La Generación Smartphone no está preparada para la adultez (tiene menos sexo y bebe menos)
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La Generación Smartphone no está preparada para la adultez (tiene menos sexo y bebe menos)

Un estudio revela que están creciendo más lento que generaciones previas, son menos rebeldes, más tolerantes y menos felices. Además beben menos alcohol y tienen menos sexo.
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Por Cecilia Barría BBC Mundo
28 de agosto, 2017
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Un adolescente llega a su primer trabajo y de pronto se encuentra con que tiene que tomar decisiones, funcionar con autonomía, asumir riesgos y responsabilidades. Básicamente, hacerse cargo de sí mismo. ¿Pero cómo lo hace si no tiene experiencias previas donde haya tenido que resolver situaciones complejas en la vida real?

Esa es una de las cosas que le puede tocar enfrentar a los niños y jóvenes que pertenecen a la llamada Generación Smartphone, aquellos nacidos después de 1995, que han pasado toda su adolescencia con un celular en la mano.

Jean Twenge, profesora de psicología de San Diego State University, acaba de publicar su libro iGen: por qué los chicos superconectados están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y completamente no preparados para la adultez, con los resultados de en una investigación basada en encuestas a 11 millones de jóvenes estadounidenses y entrevistas en profundidad.

Conversamos con ella.

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Jean TwengeJEAN TWENGE
La investigación de Twenge incluyó encuestas a 11 millones de jóvenes y entrevistas en profundidad para poder construir el perfil de la Generación I.

¿Por qué dices que la Generación Smartphone no está preparada para la adultez?

Los adolescentes de la Generación Smartphone están creciendo más lentamente que generaciones previas. Ellos son menos propensos a conducir automóviles, trabajar, tener sexo, salir, y tomar alcohol.

Esas tendencias les han permitido crear un entorno seguro que los hace no involucrarse en situaciones en las que habitualmente participan los adultos. El lado negativo de eso, es que ingresan a la universidad y al mundo laboral con menos experiencia, son menos independientes y les cuesta tomar decisiones.

Los de 18 actúan y se parecen a los que antes tenían 15 en generaciones previas. Lo positivo es que se exponen a menos situaciones potencialmente riesgosas relacionadas, por ejemplo, con el uso de drogas y alcohol.

¿Cómo es la relación de estos adolescentes con la tecnología? ¿Son adictos tecnológicos?

El adolescente promedio pasa 6 horas al día conectado a internet, enviando mensajes y jugando. Posiblemente el resultado de eso es que pasan menos tiempo con sus amigos en persona.

Ahora bien, no podría definir si efectivamente son o no adictos tecnológicos porque no fue una de las variables que medí en la investigación.

Más allá del tema de la adicción, ¿cuáles podrían ser los potenciales efectos de la relación que tienen con la tecnología?

Existen riesgos para la salud mental, hay potenciales efectos en el desarrollo de sus habilidades sociales dado que pasan menos tiempo con otros en persona y -algo que está comprobado por varios estudios- es que no están desarrollando las habilidades de lectura y la escritura que necesitan.

Portada del libro de TwengeSIMON & SCHUSTER
El libro dice que los jóvenes súper conectados están madurando más lentamente.

En el libro dices que has visto niveles sin precedentes de ansiedad, depresión y soledad. ¿En qué se traduce eso, qué efectos tiene en la vida de los adolescentes?

La tasa de suicidio en de niñas entre 12 y 14 años se ha triplicado en los últimos 10 años.

¿Por qué podría estar dándose este fenómeno?

En la medida que pasan más tiempo usando pantallas aparecen los temas de ansiedad o depresión Hemos visto que a partir de 2012 el fenómeno se ha vuelto más fuerte y aparentemente puede estar relacionado con que están menos tiempo con otras personas o no hacen deportes.

Tiene que ver con las cosas que dejan de hacer por estar conectados, más que por los efectos directos de estar conectados.

Investigando este tema hubo algo que te impresionara, es decir, algo que ni siquiera te imaginabas que podría estar ocurriendo

Me impresionó que los adolescentes estuvieran muy conscientes de los efectos negativos de los celulares. Lo otro que me sorprendió fue un estudio que hicimos con 200 universitarios, donde casi todos dijeron que preferirían ver a sus amigos en persona.

Lo otro interesante fue comprobar la correlación directa entre el nivel de actividades frente a una pantalla y el nivel de infelicidad. Y al revés, me sorprendió cómo las actividades sin pantalla estaban vinculadas a mayores niveles de felicidad.

¿Cuál podría ser la relación entre esta generación y el mercado laboral al que tienen que entrar?

En ese sentido hay buenas noticias para las empresas. Ellos son más realistas y parecen estar más dispuestos a trabajar duro. No tienen grandes expectativas como sí las tenían los millennials.

Ellos están preocupados de estar físicamente seguros y también emocionalmente seguros. Y probablemente están más físicamente seguros que generaciones previas. Ellos beben menos y no les gusta tomar riesgos.

Y en el tema de la rebeldía, ¿se trata de que cuestionan menos a la autoridad? Porque esta es una característica muy propia de la adolescencia en todos los tiempos

Lo que ocurre es que al tener una infancia más protegida, van creciendo más lento. Y no les gusta hacer cosas que no sientan muy seguras. Lo que hacen es posponer los placeres y las responsabilidades. Esto no es algo ni bueno, ni malo.

Hemos visto varias conclusiones de la investigación que podrían encender una luz de alerta. Me gustaría saber cuáles son las características más positivas de esta generación

La Generación Smartphone es tolerante con las personas que son diferentes y especialmente defienden los derechos de la población, homosexual, bisexual o transexual. Más que las generaciones previas ellos creen que las personas deben ser lo que son.

¿Se trata de una tolerancia amplia?

Yo diría que tolerancia en temas de raza o género, en temas de identidad de grupo. Eso por un lado. Pero en el otro extremo, también hemos visto que hay algunos grupos no tolerantes con otros puntos de vista, una especie de polarización, donde los adolescentes se mueven hacia la extrema izquierda o la extrema derecha. Sin embargo, la gran mayoría muestra altos niveles de tolerancia.

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Cuartoscuro

Tras el contagio, la culpa: la otra secuela que deja la COVID en los mexicanos

Además de los contagios y las pérdidas, el dolor y la culpa se han convertido en algunas de las secuelas más comunes entre los mexicanos.
Cuartoscuro
Por AFP
15 de febrero, 2021
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¿Cómo se infectó? ¿Por imprudencia? ¿Hicimos lo correcto? Entre las secuelas de la COVID-19, una menos visible mortifica a enfermos y familiares: la culpa, que se ha hecho más patente en México con el repunte dramático de las muertes.

El país está pagando una cuenta letal alimentada, entre otras causas, por una docena de celebraciones de fin y comienzo de año.

Enero fue el mes más mortífero en casi un año de pandemia, con 32 mil 729 fallecidos. Las autoridades aseguran que el 60% de los contagios ocurrieron en reuniones caseras.

México, de 126 millones de habitantes, acumula casi 174 mil decesos, una espiral que sigue creciendo en febrero con cerca de 15 mil víctimas.

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Aunque dolorida por la muerte de su hermana, una maestra jubilada intenta que la familia olvide los resentimientos.  

Creen que fue contagiada por una persona que se arriesgó a ir a una fiesta de Año Nuevo mientras esperaba los resultados de una prueba. 

“Eran pocos, pero una (de las invitadas) era caso sospechoso, se hizo la prueba y esperaba los resultados para enero. Pero por no quedarse sola, no dijo nada. Contagió a todos”, relató la mujer a la AFP bajo anonimato.

“Yo le digo a mi sobrina (adolescente) que olvide rencores, que nada le devolverá a su madre, que mire hacia adelante“, añade.

Caso Manzanero 

En su consulta, Francesca Caregnato, psicoterapeuta y tanatóloga, ha encontrado que la culpa a veces se convierte en una agobiante carga.

Con el contagio o la muerte se abre un abanico de cuestionamientos, reproches y búsqueda de responsables. ¿Quién trajo el virus? ¿Era necesario que saliera? 

“Cuando hay una pérdida es complicado para la familia no señalar o señalarse. Es una culpa muy pesada, pero señalar no ayuda en el proceso de duelo”, asegura.

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El pasado 28 de diciembre, el afamado bolerista mexicano Armando Manzanero murió tras contagiarse en su fiesta de cumpleaños. Su edad, 86 años, y la diabetes agravaron la enfermedad.

“Veo la foto con 30 personas, sin cubrebocas y digo: ¡’Qué cosa tan irresponsable’! (…) A todos ahí les dio COVID”, contó Juan Pablo Manzanero, hijo del artista, al diario Reforma.

Caregnato sugiere no perder la perspectiva en casos donde el virus solo es un “detonante” de muertes por avanzada edad o males crónicos. 

El desahogo 

El remordimiento también acosa fuera del ámbito familiar.

“Me voy muy triste porque siento que tuve la culpa”, dice la nota que dejó en la madrugada una empleada doméstica, tras enterarse que los cinco miembros de la familia para la que trabajaba se habían contagiado.

Ella se había infectado tras visitar en Año Nuevo a su padre, enfermo por el virus.

“Sé que no fue intencional, que a veces no sabes ni cómo te contagias, pero sí, me dio coraje, esto del COVID lo hablé mucho con ella”, dice Penélope Gutiérrez, abogada de 36 años para la que trabajaba esa empleada doméstica. 

“Le pagaba extra para que no usara transporte público, le dije que si ella o alguien de su familia se sentían mal, no viniera, que le seguía pagando”, recuerda Gutiérrez, quien pasó una semana hospitalizada con su mamá.

Relacionado a esto: México supera las 174 mil muertes por COVID; hay 64 mil 477 casos activos

Otra familia, que perdió al abuelo y a una mujer, y en la que resultaron contagiadas cinco personas más, aún se pregunta si fue correcto llevarla a ella a un hospital público, desbordado de pacientes.

El anciano falleció un día después de presentar síntomas. “No sufrió”, dice un hijo. 

Pero la mujer pasó un mes intubada hasta que el corazón no resistió. “Se agravó por una infección intrahospitalaria. Mi hermano (viudo) se pregunta: ‘¿Y si hubiera ido con su doctor de siempre?'”, añade. 

Hablar de la pérdida ayuda a sanar la culpa, bien con personas cercanas o en una terapia, explica Caregnato. 

“Es un desahogo, permite conectar con las emociones y las acciones que se han tomado. Y en terapia, a través de las preguntas que hago, la idea es que el otro pueda encontrar respuestas”, señala.

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