Aunque el gasto en seguridad subió 60% en 8 años, la violencia y la impunidad se agravan
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Aunque el gasto en seguridad subió 60% en 8 años, la violencia y la impunidad se agravan

Muchos policías pero mal preparados, pocos jueces, malos manejos de subsidios y programas que no sirven, son las fallas con las que el presupuesto de seguridad termina malgastándose.
Cuartoscuro Archivo
Por Arturo Angel
11 de agosto, 2017
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Entre  2008 y 2015 el millonario presupuesto destinado a la seguridad pública en México se ha incrementado más de 60%; pese a ello, la tasa de homicidios del país es 10 veces superior a la de los países de la OCDE, en promedio, los asesinatos y delitos del fuero común han repuntado en los últimos dos años, y la impunidad prevalece: 99 de cada 100 delitos quedan sin castigo.

¿Las causas? Aunque hay muchos policías en el país, los elementos están mal preparados; en el caso de los jueces, son pocos y están saturados; además, las acciones de prevención ante la violencia y el crimen han resultado ineficaces,  y los subsidios y recursos que se dan a los estados son mal manejados.

Así lo indica un estudio realizado por el laboratorio de políticas públicas Ethos, el cual concluye que el esfuerzo de incrementar en miles de millones de pesos los recursos en seguridad ha sido prácticamente inútil.

“A pesar del incremento del gasto, México es uno de los países más violentos del mundo, con 15.7 homicidios por cada 100 mil habitantes. Incluso, no hemos podido regresar a los niveles de paz que se registraron antes del 2000”, se lee en el estudio de Ethos.

El incremento del gasto

De acuerdo con los datos incluidos en el estudio, en el 2008 el presupuesto para la seguridad interior (seguridad pública) en México fue de 27 mil 259 millones de pesos, y  en 2015 ascendió hasta los 43 mil 957 millones de pesos.

Esto equivale a un incremento del 61% en el presupuesto.

Si al presupuesto de seguridad pública se le añade el de seguridad nacional, y también el que se destina para los órganos de justicia, en 2008 el gasto ascendió a 130 mil 989 millones de pesos, y en  2015 fue de 209 mil 400 millones de pesos, lo que equivale a un alza del 60.7%.

Lo que México gasta en seguridad pública representa el 1.4% de lo que puede gastar el país. Aun con los incrementos, este porcentaje es muy inferior, en comparación con el promedio de los países de la OCDE, que invierten hasta el 4.7% de su gasto total en seguridad.

El informe destaca que entre 2013 y 2016, como parte de la estrategia en seguridad, se diseñó un Programa Nacional de Prevención del Delito. En 2016 el presupuesto para este programa superó los dos mil millones de pesos; sin embargo, para 2017 ya no se asignaron recursos al referido programa.

La mayor parte de todo el dinero que a nivel federal se asigna para la persecución de los delitos se destina a la Policía Federal, que concentra el 60% de los recursos, y que cada vez sale más cara: pasó de tener poco más de 11 mil elementos a principios de este siglo, a tener más de 40 mil, actualmente.

Como parte del gasto también hay que agregar los distintos subsidios que se dan a los estados y municipios, y que para 2017 superaron los 12 mil millones de pesos.

Pobres resultados

Todo el dinero que se ha invertido en esos temas no ha convertido a México en un país más seguro, concluye el estudio de la organización Ethos.

Diversos indicadores dan prueba de ello.

Por ejemplo, el análisis señala que la tasa de homicidios dolosos en nuestro país es de 15.7 casos por cada cien mil habitantes, que es diez veces más alta que la del promedio de los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), la cual es de 1.6 homicidios.

Hay países de la región, como Argentina, que tiene un tasa de 7.6 homicidios por cien mil habitantes, o Chile, con una tasa de 3.6 asesinatos.

La situación en este rubro cada vez es peor. Si bien entre 2011 y 2014 hubo un descenso de los asesinatos, a partir de 2015 ha comenzado un nuevo repunte. Para ponerlo en proporción, los homicidios pasaron de 15 mil 653 casos en 2014, a 20 mil 792 en 2016. Es un alza de 32%.

Hay estados donde la situación es mucho peor. Por ejemplo, en 2016 en Colima la tasa de asesinatos fue de 81.6 casos por cada cien mil habitantes, en Guerrero de 61.7, y en Sinaloa 38.6 casos.

El estudio también muestra que, de 2015 a 2016, la cifra de todos los delitos del fuero común (desde robos hasta secuestros) tuvo un repunte, siendo que previamente se había logrado un descenso. Fueron casi un millón 600 mil delitos del fuero común en 2016. Diez años antes, la cifra no superaba la barrera del millón 500 mil ilícitos.

Al problema de la violencia se suma el de la impunidad, que se ha mantenido y hasta agravado, pese a los recursos que se han ejercido.

El estudio recoge cifras oficiales del INEGI, que muestran que la cifra negra de delitos en México (es decir, ilícitos que se comenten pero no se denuncian) ha pasado del 91.6% en 2012, hasta casi 94% en 2016. El nivel de inseguridad en el país es mucho mayor al que se reporta con datos oficiales.

A esto hay que sumarle que, de acuerdo con el índice de Impunidad Global, del total de delitos que sí se denuncian solamente el 4.5% de ellos terminan en una sentencia condenatoria.

Lo anterior significa, de acuerdo con Ethos, que realmente menos del 1% de los delitos cometidos en México reciben castigo.

Puntos clave del fracaso

Los especialistas a cargo del estudio identificaron varias causas por las que, el simple hecho de incrementar recursos en materia de seguridad, no está arrojando un impacto positivo en la realidad.

“La pregunta obligada es si invertimos cada vez más en seguridad interior, ¿por qué persisten los altos niveles de violencia? Una posible explicación a este fenómeno es que los recursos ejercidos hasta hoy en día han servido para conformar un cuerpo policíaco con el número de elementos adecuados para combatir el delito, pero con capacidades limitadas de persecución y prevención”, indica el estudio.

Según los datos, México tiene un promedio de 367 policías por cada cien mil habitantes, que es superior al promedio de los países de la OCDE, el cual se sitúa en 297 agentes por cada cien mil habitantes.

El caso contrario es el déficit que existe en los apartados de procurar y administrar justicia. El país apenas tiene 4.2 jueces por cien mil habitantes, cuando el promedio en la OCDE es de 16 jueces.

A esto hay que sumar que solo hay 3.2 agencias del Ministerio Público, y 7.5 agentes investigadores por cada cien mil habitantes.

“Los datos presentados dan cuenta de que la procuración y administración de justicia pueden ser un cuello de botella para el Sistema Nacional de Seguridad Pública, ya que existen muchos elementos persiguiendo el delito y pocos dedicados a estas funciones”, señala el estudio.

A lo anterior hay que sumar los malos manejos del dinero correspondiente a los subsidios en seguridad, que se entregan a los estados por parte de la federación. El estudio destaca que se han practicado 552 auditorías a los mismos, por parte de la ASF, que han derivado en más de 4 mil 200 recomendaciones.

Los problemas van de todo, desde débiles mecanismos de evaluación, adquisiciones opacas, poca transparencia en la asignación, diagnósticos inexistentes o débiles, mal control y fiscalización, y ausencia o insuficiencia de reportes sobre el destino de los pagos.

Ethos también destaca las deficiencias en el gasto en cuanto a prevención, pues si bien existen rubros etiquetados, no hay precisión de que realmente se trate de acciones nuevas, y no se mide su impacto en la realidad.

“En conclusión, muchos rubros del gasto en seguridad son opacos, tanto en su destino como en los resultados que producen. Esto implica que no existe información confiable sobre qué funciona y qué no, lo que debilita la toma de decisiones sobre la permanencia, eliminación o modificación de los programas. Sólo con información pertinente y detallada sobre las prioridades de gasto y sus resultados será posible mejorar la eficiencia”, concluye el análisis.

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COVID-19: cuál es la mejor forma de reforzar tu inmunidad, ¿con una infección natural o a través de las vacunas?

¿Qué es mejor, la protección que tenemos ante la covid-19 por habernos infectado y superado la enfermedad o aquella que nos proporcionan las vacunas?
27 de agosto, 2021
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Para nuestro sistema inmunológico, las diferencias entre haber adquirido defensas tras una infección natural por coronavirus o haberlo hecho tras la vacuna son marcadas.

¿Pero qué es mejor?

El mero hecho de plantearse la pregunta rayaba la herejía hace un año, cuando contagiarse con covid-19 por primera vez podía ser mortal, especialmente para los ancianos o las personas con problemas crónicos de salud.

Ahora, sin embargo, ya no partimos con inmunidad cero, ya que muchos se han vacunado o han pasado la enfermedad.

Y por ello, se ha vuelto una pregunta relevante que tiene implicaciones en el tema de si los niños deben ser vacunados o si se debe usar el virus o aplicar una tercera dosis a adultos para reforzar la inmunidad, cuestiones ambas polémicas.

“Podríamos estar metiéndonos en un agujero, por mucho tiempo, al creer que solo podemos mantener alejado el covid-19 vacunándonos cada año”, me dijo la profesora Eleanor Riley, inmunóloga de la Universidad de Edimburgo.

El profesor Adam Finn, un asesor de vacunas del gobierno británico, dijo que vacunar en exceso, cuando en otras partes del mundo todavía hay gente a la que no se le ha inoculado ni la primera dosis, es “un poco loco”.

“No solo es injusto, es estúpido”, dijo.

Vacunación en España

Getty Images

La anatomía de la inmunidad

Antes que nada, necesitamos entender un poco tanto las claves del sistema inmunológico como las del virus que este está atacando.

Los elementos fundamentales del sistema inmunológico para hacer frente a la infección son dos: los anticuerpos y las células T.

Los anticuerpos se adhieren a la superficie del virus y lo marcan para que sea destruido.

Las células T pueden detectar cuáles de nuestras propias células han sido infectadas por el virus y destruirlas.

A pesar de todos los problemas que ha causado, el virus es espectacularmente simple.

Tiene la famosa espiga, una proteína que es la llave que usa para abrir la puerta de las células de nuestro cuerpo.

También hay otras 28 proteínas que necesita para secuestrar nuestras células y hacer miles de copias de sí mismo. (A modo de comparación, se necesitan alrededor de 20.000 proteínas para hacer funcionar el cuerpo humano).

Ilustración de anticuerpos atacando el SARS CoV-2.

Science Photo Library
Ilustración de anticuerpos atacando el SARS CoV-2.

Hay cuatro áreas clave para comparar la inmunidad que proporciona una vacuna y la que se desarrolla después de la infección natural con el virus.

1. Amplitud

¿Qué porcentaje del virus aprende a atacar el sistema inmunológico?

Quienes se infectan con el virus generan una respuesta inmune mayor que la que proporciona la vacunación.

Con cualquiera de las vacunas de Moderna, Pfizer u Oxford-AstraZeneca, lo que está aprendiendo el cuerpo es a detectar solo una cosa: la proteína de espiga.

Esta es la parte clave para producir anticuerpos y los resultados, al evitar que la mayoría de infectados tengan que ser hospitalizados, han sido espectaculares.

Pero apuntar a las otras 28 proteínas también les daría a las células T mucho más para atacar.

“Eso significa que si alguien se infectó, es posible que tenga mejor inmunidad ante cualquier nueva variante que surja, ya que tiene inmunidad frente a más proteínas “, dijo el profesor Riley.

Células T

Reuters
El propósito principal de las células T es identificar y matar patógenos invasores o células infectadas.

2. Fuerza

¿Cuál de las dos opciones —vacuna o inmunidad natural— detiene la infección o previene una enfermedad grave?

Sabemos que ha habido casos de personas que contrajeron el virus dos veces (reinfección) y de otras que se vacunaron y aún así desarrollaron la covid-19 (lo que se conoce como infección progresiva).

“Ninguna de las dos te brinda una protección completa contra la infección, pero la inmunidad que obtienes parece protegerte bastante bien de caer gravemente enfermo”, explicó el profesor Finn, de la Universidad de Bristol.

Los niveles de anticuerpos son, en promedio, más altos alrededor de un mes después de la vacunación que de la infección.

Sin embargo, existe un gran abismo en cuanto a anticuerpos entre aquellos que son asintomáticos (que no producen muchos anticuerpos) y aquellos que padecen un ataque severo de covid-19.

La mayor respuesta inmune proviene de personas que contrajeron la enfermedad y luego fueron vacunadas.

Todavía estamos esperando datos sobre lo que sucede al revés.

laboratorio

Reuters
Aunque los anicuerpos son importantes podrían no ser suficientes para evitar la propagación de covid-19.

3. Duración

¿Cuánto dura la protección?

Se ha demostrado que los niveles de anticuerpos disminuyen con el tiempo, aunque esto puede no ser importante para prevenir que enfermes gravemente.

El sistema inmunológico recuerda los virus y las vacunas para poder responder rápidamente cuando se encuentra una infección.

Hay “células T de memoria” que permanecen en el cuerpo, y las células B permanecen preparadas para producir una nueva avalancha de anticuerpos si es necesario.

Existe evidencia de respuestas inmunitarias que duran más de un año después de la infección y los ensayos de las vacunas también han demostrado un beneficio duradero.

“En términos de durabilidad, todavía hay mucho por estudiar”, dijo el profesor Peter Openshaw, del Imperial College de Londres.

Un hombre con mascarilla

Getty Images

4. Localización: nariz o brazo

¿En qué parte del cuerpo está la inmunidad?

Esto importa.

Existe un conjunto completamente diferente de anticuerpos, conocidos como inmunoglobulina As, en la nariz y los pulmones, en comparación con los inmunoglobulina G que medimos en la sangre.

Los primeros son más importante por su papel como barrera contra la infección.

La infección natural ocurre en la nariz, mientras la vacuna se aplica con un pinchazo en el brazo. Por eso, la posición de esos anticuerpos es clave.

Ya se están investigando las vacunas nasales.

El profesor Paul Klenerman, que indaga sobre las células T en la Universidad de Oxford, señaló: “La ubicación de una infección marca la diferencia incluso si es el mismo virus, por lo que esperaríamos diferencias importantes entre la infección natural y las vacunas”.

Vacuna

Getty Images
Las vacunas han transformado la evolución del covid porque han reducido drásticamente las posibilidades de enfermarse gravemente.

¿Entonces, más vacunas o exposición al virus?

Existe una clara evidencia de que los adultos que no han recibido ninguna dosis tendrán defensas inmunitarias más fuertes si se vacunan, incluso si han contraído covid antes.

Pero en este punto hay dos importante cuestiones que plantearse:

  • ¿Los adultos vacunados necesitan una dosis de refuerzo o es suficiente la exposición al virus?
  • ¿Los niños necesitan vacunarse o toda una vida de encuentros con el virus construye una buena defensa inmunológica?

La idea de aumentar la inmunidad poco a poco durante toda la vida no suena radical cuando hablamos de otros virus, como el RSV (virus respiratorio sincitial) o los otros cuatro coronavirus que causan los síntomas del resfriado común.

Cada vez que está expuesto, el sistema inmunológico se fortalece un poco y esto continúa hasta la vejez, cuando el sistema inmunológico comienza a fallar y las infecciones empiezan a ser un problema.

“Esto no está probado, pero podría ser mucho más barato y sencillo dejar que eso suceda que pasar todo el tiempo inmunizando a las personas”, dijo el profesor Finn, quien advierte que podríamos terminar “encerrados en un ciclo de refuerzo” sin saber si era necesario.

Sin embargo, observó que el argumento en los niños “ya se ha demostrado”, ya que “el 40-50% ya se ha infectado y la mayoría no se puso enfermo o muy enfermo”.

Niño en una prueba de covid

Getty Images

Pero hay contraargumentos.

Riley apunta a la covid prolongada en los niños y el profesor Openshaw recuerda el nerviosismo en torno a los efectos a largo plazo de un virus que puede afectar a muchos órganos del cuerpo.

Pero Riley dijo que hay potencial en el uso de vacunas para “aliviar” la covid, seguido de una infección que amplíe nuestra respuesta inmunitaria.

“Realmente debemos considerar: ¿estamos simplemente asustando a la gente en lugar de darle la confianza para seguir adelante con su vida? Ahora estamos preocupando a la gente otra vez“.

Por supuesto, dado que los casos continúan, es posible que no haya muchas opciones.

“Me pregunto si es inevitable”, dijo el profesor Klenerman, pensando en que el virus continuará propagándose. Es probable que entonces veamos un efecto de constante cuestionamiento.


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