¿Cómo es la situación de los damnificados en albergues de la CDMX? Ellos lo cuentan
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Cuartoscuro

¿Cómo es la situación de los damnificados en albergues de la CDMX? Ellos lo cuentan

Tras el sismo, damnificados en albergues dicen sentirse "cobijados" por la ayuda de la gente, aunque en algunos casos también se han sentido inseguros
Cuartoscuro
Por Paris Martínez
24 de septiembre, 2017
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V. es una señora de 62 años, que habita desde hace 16 en la esquina de Yákatas y Concepción Béistegui y, si bien el edificio de departamentos en el que vivía no se derrumbó, sí sufrió daños aún no determinados, por el desplome del inmueble aledaño. Desde el día siguiente al temblor del pasado 19 de septiembre, V. permanece en un albergue, junto con Moni, su perrita.

”El día del temblor yo tenía cita con el doctor –recuerda, enfundada en un suéter verde, tejido–, entonces, me fui de la casa al mediodía y dejé a la Moni solita, y cuando iba ya por avenida Vértiz, empezó a temblar, muy fuerte, y ya no quise ir al doctor, me regresé lo más rápido que pude, por la Moni”.

Mientras habla, la pequeña perrita, ya encanecida, como ella, reposa a sus pies.

“La Moni, para mí, es toda mi vida, la adoro, la tengo desde hace dos años, la adopté, ya está viejita. Y yo me dije ‘si no me reciben en el albergue con la Moni, ni modo, nos vamos a dormir a la calle'”.

V. es una de las 120 personas damnificadas que han encontrado refugio, y consuelo, en el albergue instalado por la comunidad estudiantil del Centro Universitario de México, en su mismo plantel, en el que todas las operaciones están organizadas de forma autónoma, por los alumnos y ex alumnos de este colegio privado, ubicado en Concepción Béistegui 1106, en la delegación Benito Juárez.

“Yo vivo sola, aunque tengo un hijo que vive aparte, muy lejos, por eso preferí venir aquí, que es cerca de mi casa. Y mi hijo está pendiente de mí, pero no puede estar ahorita aquí, conmigo, porque está moviendo escombros mi pobre hijo… Apenas ayer me habló, llorando de plano, y le dije ‘no, mijo, tienes que ser fuerte. Si quieres ayudar, tienes que ser fuerte. Yo te entiendo, si yo viera lo que tú estas viendo, estaría igual…’ Él está en las brigadas de voluntarios que están removiendo escombros en La Condesa, y yo estoy orgullosa”.

–¿Se siente segura aquí?

–Sí –dice, animada– me he sentido muy bien, las personas son mucho muy atentas, me siento segura. Los chicos de aquí, del colegio, qué bárbaros, son mucho muy bondadosos todos.

–¿Aquí están sus vecinos también?

–No –responde–. Yo conocía a las personas que vivían en el edificio que se cayó, fuimos vecinas durante 16 años… No sé qué fue de ellos, ni de mis otros vecinos, no los veo aquí, ojalá estén con sus familias. Yo confío en que voy a regresar a mi departamento, pero el resto de la gente que no sabe ni qué con su vida, qué va a ser de ellos. Lo que más pido ahorita es que el gobierno se enfoque en esas personas, que los políticos tengan un poco de conciencia, y que se olviden un momento de sus elecciones, y que devuelvan el dinero que se les da, para la gente que ahorita lo necesita. Porque cuánto dinero se derrocha en propaganda, en toneladas de basura electoral, y ese dinero le hace falta ahorita a la comunidad. Ojalá les caiga el veinte, si de veras, de corazón, quieren ayudar.

Además del albergue, aquí opera un centro de acopio a donde, de forma casi ininterrumpida, llegan vecinos de la colonia Del Valle, así como familias de alumnos y ex alumnos del CUM, para entregar víveres, medicinas y agua, artículos que tan pronto se entregan son clasificados y embalados para su distribución.

Alberto, un ex alumno que coordina las labores del centro de acopio, explica que por iniciativa de la comunidad escolar se decidió aplicar un sistema de seguimiento a todos estos víveres y enseres de primera necesidad que reenvían a los puntos de atención donde son solicitados, registrando el número de identificación oficial, la dirección y el teléfono de los lugares a donde va cada embarque, así como los datos de los autos en los que se lleva la ayuda, para dar seguimiento a su destino.

“Esta ayuda se va para otros albergues, para otros centros de acopio que de pronto se quedan sin algo que necesitan, como medicinas, agua, comida, y si nosotros tenemos, se los damos. Y en caso de que no tengan cómo venir por las cosas, nosotros las estamos mandando con un grupo de motociclistas y de ciclistas voluntarios, que han sido de gran ayuda, aquí toda la gente que está participando lo hace de forma voluntaria y todos los trabajos los desarrolla la comunidad, no están aquí las autoridades interviniendo.”

La situación, sin embargo, no es tan óptima en otros albergues.

En el refugio instalado en las oficinas centrales de la jefatura delegacional en Benito Juárez, por ejemplo, los voluntarios y autoridades se esfuerzan en mantener el control y la seguridad de las instalaciones, así como de los damnificados refugiados ahí, dada la alta concurrencia de voluntarios, vecinos afectados, y donadores.

La seguridad, explicó uno de los empleados de la delegación –que es parte del grupo que coordina la operación del albergue, y quien pidió guardar su identidad–, es “prioritaria”, ya que en el albergue no sólo hay niños y niñas cuya integridad debe garantizarse, sino que también aquí guardan los damnificados las pocas pertenencias de valor que pudieron extraer de sus domicilios, tales como escrituras, documentos de identificación, y sus artículos más personales.

Esta situación, de hecho, se presenta también en el resto de los albergues y, por eso, en todos se aplican medidas de control en accesos.

Pero, al menos en el albergue de la delegación Benito Juárez, el elevado número de personas, tanto de refugiados como de voluntarios que prestan ayuda, dificulta mantener dichos controles.

“Aquí estamos bien atendidos –explica Mirna Cano, profesora de música que junto a sus dos hijas y su esposo tuvieron que abandonar su departamento, luego de que las dos torres aledañas se desplomaran el 19 de septiembre pasado–. Pero la seguridad en el albergue no es la mejor: entra mucha gente, y no a todos los registran. A los damnificados nos piden firmar de entrada y salida, pero por las noches entra mucha gente, brigadistas que están ayudando en las labores de rescate, y hemos visto que luego se ha quedado gente extraña…”

Aunque la maestra de violín y piano subraya que ella y su familia se sienten “cobijados” por toda la gente que está prestando ayuda, “pasan cosas, dicen que han visto a un señor echando ojo a lo que algunas familias han dejado en sus colchonetas, y a mi hija le acaban de robar el celular. Ella vino aquí, junto al enchufe, y puso su teléfono a cargar, pero estaba muy cansada, no hemos estado tranquilas, y mientras el teléfono se cargaba, ella se quedó dormida a un lado, y cuando despertó, el teléfono ya no estaba. Pero en cuanto a lo demás, hemos sido muy bien tratadas: hay comida, hay baños, y aquí hay otros vecinos nuestros, entonces, nos sentimos acompañadas”.

Obviamente, añade, “la convivencia a veces puede ser difícil”, ya que son tantas las personas que duermen aquí (un centenar de refugiados, más un número no cuantificado de brigadistas que han llegado por las noches a descansar), que “es difícil mantener bien las cosas, por más que todos nos esforcemos: es difícil mantener los baños limpios, es difícil mantener la zona del albergue limpia, porque aunque algunos intentemos no ensuciar, mantener ordenadas nuestras pocas pertenencias, cada persona es diferente, y no siempre jalamos parejo”.

La maestra Mirna y su familia eran propietarios del departamento en el que moraban, en la calle Tokio, colonia Portales.

“Cuando empezó el temblor apenas y pudimos agarrar las escrituras de la casa –explica Magali, su hija, violinista y también maestra de música–. No pudimos sacar nada más. Nuestro conjunto era de tres torres gemelas, y dos se desplomaron. Nuestro edificio no se cayó, pero quedó tan dañado, que ya no nos permitieron subir a recuperar algunas cosas, nos dijeron que estaba tan inestable, que incluso si una persona subía podía provocar un desplazamiento”.

Esta familia vive de enseñar música, todos son intérpretes y maestros, “pero ganamos poco dinero –explica la maestra Mirna–, nosotros lográbamos sobrellevar las necesidades de la vida juntando nuestros tres salarios, el mío, el de mi esposo y el de mi hija mayor, pero no pagábamos renta. Ahora, sin ese patrimonio, sin nuestra casa, va a ser difícil enfrentar lo que viene. Toleramos esta situación, por ahora, pero hay momentos en que nos llega la desesperación: qué vamos a hacer, a dónde vamos a ir, qué va a pasar después, y no nos vamos muy lejos, qué va a ser de nosotros la próxima semana”.

–¿Cómo imaginan el futuro?

–Mira, me preocupa, y sin embargo siento que vamos a estar bien. Se ve todo mal ahorita, de repente llegan momentos de desesperación, pero creo que somos jóvenes, tenemos fortaleza, los mexicanos nos podemos levantar siempre de estas cosas, es algo incierto el futuro, pero creo que sí hay futuro para nosotros, especialmente para los jóvenes, para mis hijas. Debe haber futuro para ellas, y yo me voy a encargar de que así sea. Esto nos vamos a unir más. Soy consciente de que habrá que trabajar todavía más duro, pero sí: nos levantaremos.

Durante la jornada de este sábado 23 de septiembre, Animal Político recorrió seis de los 69 albergues que, según información difundida por las autoridades de la Ciudad de México, operan actualmente.

De los seis albergues visitados, sólo en cuatro se pudo constatar que en efecto están en operación, y sólo en dos de ellos se permitió el ingreso.

En un caso, se constató que en la dirección proporcionada por las autoridades no hay un albergue (Eje 4 Xola), y uno más, operado por la Cámara Nacional de la Industria del Hierro y el Acero (Canacero) aparentemente sí existe, pero sus representantes se negaron a proporcionar información sobre los servicios que brindan.

De hecho, el representante de prensa de la Canacero, quien se presentó como “señor Gerson”, advirtió que no debía difundirse la ubicación de este supuesto albergue, argumentando que no deseaban hacerse promoción, y añadió que aún cuando se asegura que es un albergue, en realidad no cuenta con personas refugiadas.

Cuando se aclaró al representante de la Canacero que la intención de informar sobre la existencia de este albergue, montado en sus oficinas centrales (en Amores 338, colonia Del Valle) no era hacerle promoción a este grupo industrial, sino hacerle saber a la gente con necesidad que aquí podían obtener ayuda, el “señor Gerson” reiteró que no debía difundirse nada relacionado con este albergue y ni su centro de acopio, y, a manera de advertencia, informó que antes de ser jefe de prensa de la Canacero, fue jefe de prensa de la Procuraduría General de la República.

Por esta razón, no pudo determinarse si la sede de la Canacero opera realmente como albergue, ni tampoco cuál es el destino que están dando a las donaciones que la gente de esta colonia ha realizado a su centro de acopio.

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El desertor homosexual que escapó de Corea del Norte (y de su matrimonio) y encontró el amor a los 62 años

Jang Yeong-jin huyó de Corea del Norte escapando de un matrimonio sin amor. Ahora se ha prometido con su novio.
22 de marzo, 2021
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Jang

Oh Hwan
A los 62 años, Jang ha encontrado el amor y se va a casar con su novio estadounidense.

La singular historia del único desertor abiertamente homosexual de Corea del Norte fue cubierta por la prensa internacional cuando publicó su autobiografía. Ahora, 25 años después de huir de su país, cuenta a la BBC sus planes para casarse con su novio estadounidense.

Jang Yeong-jin nunca le habían parecido atractivas a las mujeres. Pero no fue hasta la noche de bodas, a los 27 años, que esto le hizo su vida más difícil.

Jang se sintió intensamente incómodo. “No podía poner un dedo sobre mi esposa“, recuerda.

Aunque la pareja finalmente consumó su matrimonio, el sexo era poco habitual.

Cuatro años después, su esposa seguía sin quedar embarazada, y uno de los hermanos de Jang comenzó a averiguar. Jang admitió que jamás se había sentido atraído por una mujer, y su hermano lo mandó rápido al doctor.

“Fui a muchos hospitales en Corea del Norte porque pensé que tenía algún problema“.

Nunca se le ocurrió a Jang, o su familia, que podía haber otra razón por su falta de interés hacia su esposa.

Pruebas médicas

“La homosexualidad no es un concepto en Corea del Norte”, dice.

Si se ve a alguien correr a saludar a un amigo del mismo sexo, se asume que son buenos amigos. De hecho, con frecuencia se ve a adultos del mismo género agarrados de la mano en la calle, explica.

“Corea del Norte es una sociedad totalitaria. Tenemos mucha vida comunitaria, así que es normal para nosotros”.

Echando la vista atrás, Jang piensa que no era el único incomprendido.

Cuando ingresó en el hospital durante un mes para hacer pruebas médicas, conoció a otros pacientes.

“Descubrí que muchos habían tenido una experiencia similar: hombres que no podían sentir nada hacia una mujer”.

Pero explorar lo que realmente sentían era casi imposible.

“En Corea del Norte, si un hombre dice que no le gusta una mujer, la gente piensa que está enfermo”.

Un hombre con el que Jang había servido en el ejército lo visitó varias veces después de ser dado de alta. Le confió que su noche de bodas también había sido un desastre y que ni siquiera podía tomar de la mano a su esposa.

“Creo que era alguien como yo”, reflexiona Jang.

Park Jeong-Won, profesor de leyes en la Universidad Kookmin en Seúl, Corea del Sur, no tiene conocimiento sobre alguna ley explícita en Corea del Norte contra las relaciones homosexuales.

Pero agrega que las leyes del estado contra las relaciones extramaritales y la violación de las costumbres sociales probablemente serían utilizadas para enjuiciar cualquier acto sexual gay.

Jang

Oh Hwan
El caso de Jang se conoció abiertamente cuando publicó su biografía hace 25 años.

Otro académica en Seúl, Kim Seok-hyang, ha entrevistado docenas de desertores sobre esto, y dice que ninguno había escuchado jamás hablar sobre el concepto de homosexualidad.

“Cuando les preguntaba sobre homosexualidad, les costaba entender. Así que tenía que explicarlo a cada persona”, dice Kim, profesora de estudios norcoreanos en la Universidad de Mujeres Ewha.

Todos los desertores le confesaron que si alguien les descubría explorando relaciones con alguien del mismo sexo, serían condenados al ostracismo, incluso posiblemente ejecutados.

Jang fue dado de alta con un historial médico limpio. Todas las pruebas médicas solicitadas por su hermano mostraron que no tenía nada malo.

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BBC

La decisión de marcharse

Por otro lado, la esposa de Jang seguía siendo infeliz.

“Pensaba: ‘Debería dejar marchar a esta persona. Deberíamos encontrar una forma de ser felices'”, cuenta el desertor.

Jang solicitó el divorcio. Sin embargo, este proceso no es fácil en Corea del Norte. Se requiere el permiso de un tribunal, y estos priorizan la unidad familiar, dice el profesor de leyes Park Jeong-Won.

Solo autorizan una separación si el matrimonio es visto como una amenaza a la ideología del país, explica.

Fue entonces cuando Jang se dio cuenta que solo le quedaba la opción de huir, de abandonar Corea del Norte. Esto anularía automáticamente su matrimonio y permitiría volver a casarse a su mujer.

Pero el catalizador de su decisión fue una visita del mejor amigo de Jang, un hombre llamado Seoncheol.

Habían crecido juntos en el pueblo norteño de Chongjin. Eran muy cercanos, y dormían en la misma cama cuando uno se quedaba en casa del otro durante la infancia.

Pero cuando crecieron, los sentimientos de Jang por Seoncheol se intensificaron.

“Realmente Seoncheol me gustaba mucho. Todavía sueño con él”.

A veces Seoncheol le visitaba para cenar y, una noche, preocupado por lo tarde que se había hecho, Jang persuadió a Seocheol para que se quedara a dormir.

Unas horas más tarde, Jang se encontró saliendo de su propia cama y acercándose a Seoncheol. Estaba devastado cuando su amigo dormido ni siquiera se movió.

“No sé exactamente qué quería de él, tal vez solo que me abrazara fuerte”, dice Jang.

Aquel momento le hizo sentir que su vida en Corea del Norte había llegado a su fin.

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BBC

La fuga

Jang llegó a Corea del Sur en abril de 1997 arrastrándose por la zona desmilitarizada (DMZ) llena de minas que divide las dos naciones, después de que su ruta inicial le dejara varado en China.

Cruzar la DMZ es tan arriesgado e infrecuente que su fuga fue noticia en el sur.

Zona desmilitarizada en Corea del Norte.

Getty Images
Jang escapó a través de las verjas fortificadas de la zona desmilitarizada llena de minas que divide las dos Coreas.

Las dinámicas en Seúl eran muy distintas a las de Corea del Norte, pero incluso aquí el caso de Jang desconcertó a los funcionarios surcoreanos.

Todos los desertores de Corea del Norte se someten a varias semanas de interrogatorios obligados del Servicio de Inteligencia de Corea del Sur (NIS) para comprobar que no son espías.

Jang fue interrogado durante más de cinco meses porque se resistía a explicar la verdadera razón por la que desertó.

Cuando finalmente admitió que simplemente no se sentía atraído por su esposa, se le permitió quedarse, pero una vez más fue enviado al médico.

“Los funcionarios del NIS me dijeron que debía haber alguna razón por la que no me gustaban las mujeres”.

En aquel tiempo, incluso en el sur había poca conciencia sobre las distintas orientaciones sexuales. Varios doctores le recomendaron buscar ayuda psicológica, pero ignoró sus consejos.

Descubrimiento y decepción

Entonces, en la primavera de 1998, 13 meses después de llegar a Corea del Sur, Jang abrió una revista para leer una entrevista que dio sobre su deserción.

Al pasar la página, descubrió un artículo sobre hombres homosexuales saliendo del armario, con una escena de una película estadounidense que mostraba dos hombres besándose sobre una cama.

Ahí se convenció de que él también era homosexual.

“Cuando vi aquello, supe enseguida que era ese tipo de persona. Por eso no me gustaban las mujeres”.

Aquella revelación transformó la vida de Jang, quien se volvió un cliente habitual de los bares para gays en Seúl.

Pero años después, este nuevo mundo expuso a Jang a un fraude devastador.

En 2004, el dueño de uno de los bares favoritos de Jang le presentó a un auxiliar de vuelo.

Salieron durante tres meses y Jang se enamoró.

El auxiliar de vuelo le pidió a Jang mudarse juntos, pero le explicó que, como vivía con su padrastro, primero debían comprar una casa más grande.

Jang se mudó de su apartamento alquilado y le dio US$82.000 de sus ahorros y todas sus pertenencias.

Nunca más volvió a verle. Acudió cada día a la estación de policía durante dos semanas hasta que le dijeron que se diera por vencido.

Jang jamás pensó que alguien pudiese engañarle de esta manera.

“En Corea del Norte tenemos una vida muy controlada. Si hubiera dicho que alguien me había estafado, el partido lo habría rastreado y castigado con dureza”.

Jang enfermó y fue hospitalizado durante un mes. Piensa que fue producto del estrés. Esto significó perder su trabajo en una fábrica. Como consecuencia, se quedó sin dinero, sin casa y desempleado.

Poco a poco fue reconstruyendo su vida. Consiguió un trabajo como limpiador, ahorró para rentar una nueva casa y comenzó a escribir en su tiempo libre.

De niño ganó una vez un concurso de escritura, pero entonces se requería que los estudiantes solo escribieran para honrar al régimen norcoreano.

Ahora, finalmente, Jang podía escribir lo que quisiera. Su autobiografía A Mark of Red Honor (“La marca del honor rojo”) fue publicada en 2015.

Encontrar el amor

Tomó un largo tiempo antes de que Jang se arriesgara a tener una cita. El año pasado, con 62 años, Jang conoció a Ming-su, el dueño de un restaurante, en un sitio de citas.

Cuatro meses más tarde, Jang viajó a la nación que conocía como “el país de los lobos”, el término despectivo de Pyongyang hacia Estados Unidos.

Pero cuando Jang vio a Min-su esperándolo en la sala de llegadas, su corazón se hundió. Min-su llevaba pantalones cortos y gorra, y dice Jang que esto le decepcionó.

“Al ver cómo se vestía, asumí que era un hombre maleducado y brusco“, dice Jang.

Jang

Jang Yeong-jin
Compartiendo vinos y picnics, la pareja se ha ido conociendo cada vez más.

El confinamiento por coronavirus les dio espacio para conocerse mejor, bebiendo vinos y organizando picnics.

“Cuanto más le conocía, más podía ver su buen carácter. Aunque es ocho años menor que yo, es el tipo de persona que primero se preocupa por los demás”.

Tras dos meses, Min-su decidió proponerle matrimonio.

Ahora Jang está finiquitando sus documentos para probar que su matrimonio en Corea del Norte está terminado y esperan casarse a fines de este año.

“Siempre me sentía miedoso, triste y solitario cuando vivía solo. Soy muy introvertido y sensible, pero él es una persona optimista. Somos buenos el uno para el otro”, dice.

Jang y su prometido.

Jang Yeong-jin
Jang y su prometido tienen varios planes para cuando terminen las restricciones por coronavirus.

Pero a pesar de su felicidad recién descubierta, Jang sigue obsesionado por el impacto que su deserción tuvo en su familia.

Varios de sus parientes fueron desterrados a una aldea remota en el helado norte, un destino brutal para aquellos cuyos familiares se perciben como desleales al régimen. Seis de sus familiares murieron de hambre y enfermedad, incluida su madre y cuatro de sus hermanos.

Jang dice que la única forma en que puede lidiar con esa culpa es escribiendo.

“Siempre que pienso en mi familia es muy doloroso para mí, por eso decidí escribir. Pienso que es la única manera en que puedo compensarle”, reflexiona.

Pero al menos le consuela que su decisión de abandonar Corea del Norte dio nuevas oportunidades a su esposa. Escuchó que había vuelto a casarse.

“Siempre pensé que era muy talentosa, así que me sentí muy feliz por ella”.

Y dice que espera expandir sus horizontes una vez se flexibilicen las restricciones por el coronavirus y quiere visitar Washington, a media hora en auto, con Min-su.

“Escuché que hay muchos bares gay allí. Quiero ir a esos bares con él”.

Mientras tanto, dice que disfruta de la tranquilidad de los suburbios, que describe como si estuviera en un “cuento de hadas”.

Min-su es un nombre falso.


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