Los damnificados en Oaxaca, entre el miedo por la rapiña y los sismos constantes
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Juan Pablo Mayorga

Los damnificados en Oaxaca, entre el miedo por la rapiña y los sismos constantes

“Ya fue mucho susto. Le pido a dios que ya, que pare”, dice Sodeiba, una habitante de San Dionisio del Mar, Oaxaca, que perdió su casa por un sismo.
Juan Pablo Mayorga
Por Juan Mayorga
26 de septiembre, 2017
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San Dionisio del Mar, Oaxaca. El pánico regresó este fin de semana al Istmo de Tehuantepec, con varios sismos intensos que aumentaron la angustia que inició tras el terremoto de magnitud 8.1 del 7 de septiembre pasado.

A pesar de que la gente se ha habituado al movimiento incesante de la tierra —hay quien asegura que los percibe hasta cada 15 minutos—, un sismo de magnitud 6.1  y al menos otros tres mayores a 5 los hicieron correr fuera de sus casas. Hasta este domingo se han registrado 4 mil 719 réplicas del terremoto de hace tres semanas, según el Servicio Sismológico Nacional (SSN).

“Ya fue mucho susto. Le pido a dios que ya, que pare”, dijo Sodeiba, una habitante de San Dionisio del Mar que acampa con el resto de su familia bajo un techo de palma, luego de perder su casa en la tragedia del 7 de septiembre.

En San Dionisio del Mar, al igual que en otras localidades como Juchitán, Unión Hidalgo y Chicapa de Castro, gente que había recuperado la confianza para volver a entrar a sus casas volvió a sacar a la calle los colchones, catres o cobijas para refugiarse al aire libre. “Es más seguro que se nos caiga el cielo y no un techo en la cabeza”, dijo en Juchitán un vecino septuagenario, que esperaba con su familia en el camellón frente a su casa, apuntalada con vigas de madera para no colapsar.

El número de gente apostada en las calles de Juchitán es tal que limita la circulación en el centro histórico de la ciudad. En tanto, la Policía Federal patrulla las calles para evitar rapiña y la Marina provee servicios como agua potable y atención médica.

Bertha Cruz tiene 79 años y camina con andadera porque tiene reumas en un pie y una lesión en la cadera. Lo único que quedó en pie de su casa de ladrillo es un muro, desde donde se aprecia la iglesia semiderruida de Unión Hidalgo. Bertha está tan fastidiada por los sismos que no quiere comer.

“Me levanto y veo alrededor cómo está todo tirado. Ya no me quiero levantar, ni comer. No tengo ganas de nada”, dice Berta en el umbral de un cuarto lleno con lo que su familia pudo salvar de entre los escombros. “Bastante triste está el caso. Triste, triste.”

Para mejorar la seguridad de la población en estas comunidades, las autoridades han instalado campamentos masivos —el de San Dionisio del Mar, por ejemplo, tiene capacidad para 800 personas—, donde se sirven tres comidas, se da atención médica y se provee seguridad. Sin embargo, a tres semanas del terremoto y en medio de nuevos sismos, la instalación de estos campamentos apenas está siendo terminada.

Paralelamente, muchos habitantes de estas localidades se rehúsan a ir a los albergues por distintas razones: el temor al robo de las pertenencias que dejan en su casa; la dificultad para desplazarse con enfermos y adultos mayores que no pueden caminar, o simplemente porque se sienten presionados para seguir alimentando a su ganado y cumpliendo otras tareas cotidianas.

“Yo ya soy una anciana y no puedo cargar a mi esposo, que no puede andar. Eso me da miedo”, dice Juana Cabrera, de 73 años. Su esposo, Laureano, tiene 86 y desde el 7 de septiembre permanece en un catre de yute en el patio de la casa.

Juana y otros entrevistados lloran al preguntarles por lo que han pasado. “Se mueve recio la tierra. Mi corazón hace así (se golpea el pecho) y se me van las fuerzas de los pies”, lamentó Juana.

Felisísima Gallegos, otra habitante de San Dionisio, lamenta seguir en el pueblo padeciendo los sobresaltos de la tierra. Sus otras cuatro hermanas dejaron la localidad en las últimas semanas, desquiciadas por los movimientos telúricos, y buscaron refugio con familiares en otras partes del país. “Yo no tengo familia en ningún otro lado, entonces seguimos aquí, muy tristes”, explicó.

Mientras la desesperación crece entre los damnificados del Istmo, autoridades y voluntarios locales coincidieron en que la ayuda humanitaria ha disminuido desde que la Ciudad de México fue golpeada por un terremoto el 19 de septiembre. Vigilando algunos pocos víveres a su cargo, un voluntario en un albergue instalado en el palacio municipal lanzó un llamado a la gente fuera de la región: “Entendemos que la situación allá es grave, pero aquí falta mucho por hacer. Por eso le pedimos a la gente que no nos dejen”, dijo.

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Coronavirus: Por qué estamos contrayendo cada vez más enfermedades transmitidas por animales

El cambio climático está alterando nuestra relación con el reino animal y ayudando a las enfermedades a evolucionar. ¿Qué podemos hacer contra esto?
5 de febrero, 2020
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El nuevo brote coronavirus, que se ha extendido desde China a por lo menos otros 16 países, había dejado hasta este viernes más de 250 muertos y casi 12 mil pacientes contagiados.

Este virus, que se cree que proviene de algún animal de un mercado de la ciudad de Wuhan, resalta nuestro riesgo de contraer enfermedades transmitidas por la vida silvestre.

Es probable que esto sea un problema mayor en el futuro, ya que el cambio climático y la globalización alteran la forma en que interactúan los animales y los humanos.

¿Cómo pueden los animales enfermar a las personas?

En los últimos 50 años, una serie de enfermedades infecciosas se ha extendido rápidamente después de dar el salto de los animales a los humanos.

La crisis del VIH/SIDA de la década de 1980 se originó en los simios. La pandemia de gripe aviar de 2004-07 vino de unos pájaros y los cerdos nos dieron la pandemia de gripe porcina en 2009.

Más recientemente, se descubrió que el síndrome respiratorio agudo severo (SARS) vino de los murciélagos, animales que también nos dieron el ébola.

Pollos en jaulas, China

Getty Images
La pandemia de gripe aviar de 2004-07 vino de unos pollos.

Los humanos siempre han contraído enfermedades de los animales. De hecho, ese es el caso en la mayoría de las nuevas enfermedades infecciosas.

Pero el cambio climático está acelerando este proceso, al mismo tiempo que el aumento del número de habitantes en las ciudades y los viajes internacionales propician que estas enfermedades puedan propagarse más rápidamente.

¿Cómo pueden las enfermedades saltar de una especie a otra?

La mayoría de los animales transportan una variedad de patógenos: bacterias y virus que pueden causar enfermedades.

Venta de murciélagos en el mercado de Tomohon en el norte de Sulawesi, Indonesia, en febrero de 2017.

Getty Images
La mayoría de animales portan patógenos.

La supervivencia evolutiva del patógeno depende de la infección de nuevos huéspedes, y saltar a otras especies es una forma de hacerlo.

Los sistemas inmunes del nuevo huésped intentan matar a los patógenos, lo que significa que los dos están encerrados en un eterno juego evolutivo de tratar de encontrar nuevas formas de vencerse mutuamente.

Por ejemplo, aproximadamente el 10% de las personas infectadas murieron durante la epidemia de SARS en 2003, en comparación con menos del 0,1% de una epidemia de gripe “típica”.

Monos en un bote de basura

Getty Images
Las personas y animales como monos conviven en algunos lugares de India.

El cambio climático está alterando y eliminando los hábitats de los animales, transformando la forma en que viven y alterando quién se come a quién.

La forma en que viven los humanos también ha cambiado: el 55% de la población mundial ahora habita ciudades, en comparación con el 35% de hace 50 años.

Y estas ciudades más grandes ofrecen nuevos hogares para la vida silvestre: ratas, ratones, mapaches, ardillas, zorros, pájaros, chacales, monos, que pueden vivir en espacios verdes como parques y jardines, lejos de los desechos que los humanos dejan atrás.

Algunas especies suelen tener más éxito en las ciudades que en la naturaleza debido al abundante suministro de alimentos, lo que hace que los espacios urbanos sean un crisol de enfermedades en evolución.

¿Quiénes está en mayor riesgo?

Las nuevas enfermedades en un nuevo huésped suelen ser más peligrosas, por lo que cualquier infección emergente es preocupante.

Algunos grupos son más vulnerables a contraer estas enfermedades que otros.

Mercado en Bangladesh durante un brote de gripe aviar.

Getty Images

Los habitantes más pobres de las ciudades tienen más probabilidades de trabajar en la limpieza y el saneamiento, lo que aumenta sus chances de encontrar fuentes y portadores de enfermedades.

También pueden tener sistemas inmunes más débiles debido a la mala nutrición y la exposición al aire pobre o condiciones insalubres. Y si se enferman, es posible que no puedan pagar la atención médica.

Las nuevas infecciones también pueden propagarse rápidamente en las grandes ciudades, ya que las personas están tan apretadas que respiran el mismo aire y tocan las mismas superficies.

En algunas culturas, las personas también usan la vida silvestre urbana para alimentarse: comen animales capturados dentro de la ciudad o criados en los alrededores.

¿Cómo cambian nuestro comportamiento las enfermedades?

Hasta este martes la OMS ha confirmado 20.630 casos de afectados por el nuevo coronavirus y 426 muertos.

Las posibles consecuencias económicas del brote son claras.

Peatones portando mascarillas en Macao.

Getty Images

Se han impuesto restricciones de viaje, pero incluso sin estas medidas, las personas tienen miedo de interactuar debido al riesgo de contraer el virus, por lo que cambian su comportamiento.

Se hace más difícil cruzar las fronteras, los trabajadores migrantes temporales no pueden reubicarse y las cadenas de suministro se interrumpen.

Esto es típico de un brote de esta naturaleza. En 2003, la epidemia de SARS le costó a la economía global un estimado de US$40.000 millones en seis meses.

Esto se debió en parte al costo de tratar a los pacientes, pero también al descenso de la actividad económica y del movimiento de personas.

¿Qué podemos hacer?

Las sociedades y los gobiernos tienden a tratar cada nueva enfermedad infecciosa como una crisis independiente, en lugar de reconocer que son un síntoma de cómo está cambiando el mundo.

Cuanto más cambiemos el medioambiente, es más probable que alteremos los ecosistemas y que creemos oportunidades para que surjan enfermedades.

Síntomas del coronavirus

BBC

Solo alrededor del 10% de los patógenos del mundo han sido documentados, por lo que se necesitan más recursos para identificar al resto y a los animales portadores.

Por ejemplo ¿cuántas ratas hay en una gran capital y qué enfermedades transmiten?

Muchos habitantes de la ciudad valoran la vida silvestre urbana, pero también debemos reconocer que algunos animales conllevan daños potenciales.

Tiene sentido hacer un seguimiento de qué animales están llegando a las ciudades y si las personas están matando o comiendo vida silvestre o llevándola a los mercados de los alrededores.

Mejorar el saneamiento, la eliminación de desechos y el control de plagas son formas de ayudar a detener la aparición y propagación de estos brotes.

En términos más generales, se trata de cambiar la forma en que se gestionan nuestros entornos y la forma en que las personas interactúan con ellos.

Las pandemias son parte de nuestro futuro

Reconocer que están surgiendo nuevas enfermedades y que se están propagando de esta manera nos coloca en una posición más fuerte para combatir las nuevas pandemias, que son una parte inevitable de nuestro futuro.

Una persona poniéndose gel desinfectante en la mano.

Getty Images
Los expertos recomiendan tomar medidas de higiene como desinfectarse las manos para prevenir el virus.

Hace un siglo, la pandemia de gripe española infectó a aproximadamente 500 millones de personas y mató a entre 50 y 100 millones en todo el mundo.

El avance científico y las grandes inversiones en salud global significan que dicha enfermedad se manejaría mejor en estos tiempos o en el futuro.

Sin embargo, el riesgo sigue siendo real y potencialmente catastrófico: si algo similar ocurriera nuevamente, cambiaría la vida en el mundo.

A mediados del siglo XX, algunos en Occidente afirmaron que las enfermedades infecciosas eran conquistables.

Pero a medida que la urbanización y la desigualdad crecen y el cambio climático perturba aún más nuestros ecosistemas, debemos reconocer a las enfermedades emergentes como un riesgo creciente.


Este análisis fue encargado por BBC News a Tim Benton, experto que trabajaba para una organización externa.

Benton es director de investigación del equipo de Riesgos Emergentes en Chatham House, donde dirige el programa de Energía, Medio Ambiente y Recursos.

Chatham House, el Real Instituto de Asuntos Internacionales, se describe a sí mismo como un instituto independiente que ayuda a construir un mundo sostenible, próspero y justo.


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