Un mensaje de WhatsApp salvó la vida de Diana, tras 17 horas bajo los escombros
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Nayeli Roldán

Un mensaje de WhatsApp salvó la vida de Diana, tras 17 horas bajo los escombros

Entre los escombros de un edificio en Álvaro Obregón, Diana Pacheco, de 31 años, envió un mensaje de WhatsApp a su esposo, que permitió su rescate.  "Fue un milagro", dijo su suegra.
Nayeli Roldán
Por Nayeli Roldán
21 de septiembre, 2017
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Diana Pacheco, de 31 años, es licenciada en administración de empresas. Apenas en junio pasado consiguió trabajo en el despacho de contadores IPS, que desde hace siete años ocupaba el cuarto piso del edificio de Álvaro Obregón número 286, en la colonia Roma.

El martes 19 de septiembre a las 13:14 horas, cuando inició el temblor, intentó bajar por las escaleras de emergencia, pero no lo consiguió. El inmueble de seis pisos colapsó en cuestión de segundos, como si sus paredes hubieran sido de cartón. La joven quedó bajo los escombros, con una losa cerca del cuello. Estuvo ahí por 17 horas y media casi sin moverse, pero con el celular en la mano.

Su esposo, Juan Jesús García, se enteró por las noticias que uno de los edificios colapsados por el sismo de 7.1 grados, era en el que trabajaba Diana. Llegó al sitio a las 15 horas para intentar rescatarla, pero los brigadistas no se lo permitieron entrar al derrumbe. Pasó toda la noche en las vallas que delimitan la zona de desastre esperando noticias.

A las 6 de la mañana de este miércoles recibió un mensaje de WhatsApp que le cambió la vida: era Diana, enviándole su ubicación. Esa señal fue la esperanza hecha realidad, por la que rogó toda la noche. Avisó a los rescatistas que inmediatamente concentraron las labores en el punto preciso, en la parte trasera del edificio.

Diana fue rescatada a las 6:30 de la mañana.

Hasta ese momento, los rescatistas habían conseguido sacar a una veintena de personas, pero en las 11 horas siguientes, las labores de rescate no habían encontrado a alguien más entre los escombros.

“Fue un milagro de Dios, fue un milagro de Dios”, dice Olga Tejeda, suegra de Diana. Mientras está en la sala de espera de la Cruz Roja de Polanco, narra la historia de la joven con quien su hijo se casó hace 12 años. Con el llanto contenido, agradece a Dios que su nuera esté bien, que haya librado la muerte.

La familia vio a Diana y está consciente, sólo se ve muy hinchada de la cara por los golpes y aún continúan haciéndole estudios. Les contó cómo intentó salir del edificio y la desesperación que pasó durante esas horas bajo los escombros. También les dijo que aún había mucha gente, aunque no todos sobrevivieron. “Ella vio morir a uno de sus compañeros que iba delante en las escaleras”, explica Olga.

También les contó que debajo de ella habían 14 personas más con las que tuvo contacto durante esas horas. “Mi nuera está muy preocupada por todos sus compañeros y pide que hagan algo por ellos, que no los vayan a dejar ahí. Por favor los que los rescatistas saquen a toda la gente, porque hay gente atrapada, pero vive”, dice Olga.

Los dos hijos de Diana y Juan, tienen 6 y 11 años. Ninguno sabe lo que sus papás están pasando. La abuela materna les dice que ambos están trabajando y han salido de su casa muy temprano, por eso no los han visto.

La esperanza

Noemí Manuel García estudia contaduría en la Universidad de Londres. Hace 10 meses decidió hacer su servicio social en el despacho de contadores IPS y hace cuatro fue contratada. Es su primer empleo.

Tiene 21 años y es la tercera de cinco hijos. Apenas está por acabar la carrera y cada fin de semana le ayuda a su tía a vender artesanías en Coyoacán para ganar un poco de dinero.

Este martes a las 13:14 horas estaba trabajando en el cuarto piso, con el resto de sus compañeros. El derrumbe la alcanzó. Ella es una de las 36 personas que, según los reportes de familiares, aún se encuentran bajo los escombros.

Su hermano Misraim Manuel, mayor por dos años, estuvo en las labores de rescate desde la noche del martes. Hasta las 3 de la tarde del miércoles llevaba 19 horas sacando escombros. Él, a diferencia de Misael, otro de los hermanos que también ayudó, no quiso salir de la zona de derrumbe.

Olivia, la hermana mayor, dejó su trabajo como subgerente en una tienda para estar ahí, esperando noticias de Noemí. Le llamaron por teléfono después del sismo y no respondió. Por eso los hermanos llegaron al edificio a buscarla desde la tarde del martes. “Vimos las calles cerradas, las ambulancias por todos lados. Nos alarmamos”, dice Misael.

Una señal de vida

Paulino Estrada Villegas es contador, originario de Tequixquiac, Estado de México, pero vive en la colonia Torres de Potrero en la Ciudad de México. A la hora del sismo, estaba en el cuarto piso del edificio de Álvaro Obregón y no logró salir.

Cecilia lo reconoció en una publicación en Facebook que lo reportaba como desaparecido. No son amigos cercanos, pero decidió enviarle un mensaje por WhatsApp para preguntarle cómo estaba. “Las palomitas se pusieron azules. Vio el mensaje”, cuenta la joven.

A las 11:01 de la mañana de este miércoles, Cecilia recibió una llamada por Facetime de Paulino, pero no alcanzó a contestarla. Ella le regresó la llamada cinco minutos después. Sólo se veían pedazos de concreto, pero no se escuchaba nada, relata Cecilia.

Esa señal de vida mantiene a la familia con la esperanza de rescatarlo. Los amigos comparten la publicación en Facebook y atienden las llamadas para conseguir cualquier dato que ayude a encontrarlo.

Ellos son uno de los 90 empleados del despacho IPS que ocupaba todo el cuarto piso. Sin embargo en el momento del sismo había entre 50 y 60 personas, sobre todo contadores, pero también ingenieros, auditores, encargados de nómina, de reclutamiento.

El sexto piso del edificio estaba una inmobiliaria y el quinto iba a ser una escuela de idiomas, pero aún no estaba terminada; en el segundo había una clínica. Hasta el momento no se sabe con exactitud cuántas personas había dentro al momento del sismo.

Según Álvaro Byrds, contador del despacho IPS, el edificio había sido reforzado hace cinco años. Incluso, el dueño ocupaba una de las oficinas para su empresa, pero “nada es suficientemente seguro”, dice mientras observa el inmueble. Él no estuvo en el momento del sismo porque había ido a Polanco a resolver otros pendientes.

El edificio estaba en la avenida quizá más representativa de la Roma. Con restaurantes, cafés, bares, librerías y hasta un teatro, la sala Chopin. Pero desde este martes, el rostro de la zona cambió, quienes llegaron no buscaban entretenimiento, sino ofrecer ayuda.

Todo el día llegaron jóvenes con palas y cascos para remover escombros y aunque debían esperar horas formados para ser considerados en los relevos, igual permanecieron y hacían cadenas humanas para pasar herramienta o escombros.

Otros más repartían comida y agua, hacían listas de los desaparecidos y rescatados; ofrecían atención psicológica, cargaban vigas, ordenaban el tránsito, separaban víveres.

En ese sitio la emergencia no ha cesado, y la ayuda tampoco.

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¿Cómo pueden las mascarillas afectar al aprendizaje en los niños y qué medidas podemos tomar?

La “nueva” normalidad puede implicar el regreso a la escuela con cubrebocas. ¿Qué efectos pueden tener en el aprendizaje de los niños?
Getty Images
2 de junio, 2020
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Grupo de niños con mascarilla en clase

Getty Images
En muchos lugares, la vuelta al cole será con mascarillas.

En el tejido laberíntico de las conexiones que ocurren dentro de tu cerebro hay unas neuronas a las que se conoce como “células de la empatía”.

Son las neuronas espejo. Gracias a ellas lloras cuando ves una película que te emociona, bostezas si lo hace tu interlocutor o se te contagia la risa de un amigo.

Esas neuronas, que fueron descubiertas casi por casualidad hace apenas 25 años, no solo son responsables de tu empatía, sino también de la interacción social con las personas y con el mundo que te rodea.

Y son especialmente importantes cuando eres niño, porque es entonces cuando desarrollas – a partir de los 6 meses o al año de edad – la referencia social, o tu capacidad utilizar y reconocer expresiones emocionales.

“La referencia social se refiere a la búsqueda, a la intención de la comunicación con el otro, y sucede gracias a esas neuronas espejo, por las que imitamos acciones de manera inconsciente. Es ahí donde está la raíz de la empatía”, le cuenta a BBC Mundo la psicopedagoga y especialista en neuropsicología infanto-juvenil Teresa Gutiérrez, quien trabaja como profesora de educación infantil y primaria en un colegio en Madrid, España.

Precisamente en España se anunció recientemente que la vuelta al cole será con mascarillas, una medida que ya tomó China antes y que podría aplicarse en muchos otros países.

Niñas con mascarilla en un aula en Austria

Reuters
En las aulas de Austria, los pequeños llevan mascarilla y mantienen la distancia social.

¿Cómo afectará a la referencia social y a otros aspectos del aprendizaje en los niños el hecho de que tengamos (y tengan) que usar mascarillas? ¿Y qué podemos hacer al respecto?

Cuestión de edades

“Afecta a la interacción social y sobre todo a la parte emocional”, responde Gutiérrez. “Y no solo las mascarillas, sino también otras medidas higiénicas, como la distancia social”.

“Eso provoca un bloqueo emocional con los demás porque la comunicación no se da de una forma natural, sobre todo en lugares en donde el contacto físico diario es tan importante, como ocurre en España o en muchos países de Latinoamérica. Se crea un rechazo social y sentimientos negativos de miedo, de angustia, de fobia”.

Un joven con mascarilla en una escuela

Getty Images
Los adolescentes son un grupo vulnerable, dicen los expertos.

“Todavía no hemos podido apreciar cómo será en las aulas, pero sin duda va afectar porque los niños no van a poder visualizar nuestra boca, que es fundamental para expresar lo que queremos transmitir”, añade la psicoterapeuta.

A la psicóloga e investigadora Ángela Ulloa Solís, con 20 años de experiencia en infanto-juvenil, que trabaja en la Unidad de Adolescentes del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid, también le preocupa esta cuestión.

“Es un tema bastante nuevo que deja en el aire más preguntas que respuestas”, le cuenta a BBC Mundo en entrevista telefónica. “En muchos colegios todavía no se sabe qué medidas se van a adoptar o el impacto que va a tener, pero es interesante tener algunas alarmas en mente para prevenir”.

Ulloa destaca dos parámetros importantes: la edad y las condiciones psicológicas previas.

Respecto a lo primero, “las edades tempranas y la adolescencia son puntos a observar muy de cerca”, dice la especialista.

Niño con mascarilla

Getty Images
Los niños más pequeños son más susceptibles a los efectos de la mascarilla.

“Las etapas son clave porque hasta el final de la educación infantil se sigue configurando la referencia social como vehículo para que el niño aprenda a relacionarse con el medio y con los compañeros, y en la adolescencia también es un punto importante”, explica Ulloa.

“Si el niño ha adquirido bien la referencia social podrá adaptarse mejor a los cambios”, añade la psicóloga. “Tenemos que estar muy atentos a cuál es el desarrollo normal y, según qué etapa, reforzar las herramientas que tenemos para compensar lo que nos vamos a perder con la mascarilla”.

En cuanto a las condiciones psicológicas, ella dice que, por ejemplo con niños autistas, el impacto será mayor.

“Todo esto ya se está discutiendo y poniendo en común entre expertos de distintas partes del mundo”, señala Ulloa.

Profesora con mascarilla en un aula

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Algunos profesores y orientadores creen que la enseñanza deberá ser mucho más visual.

“Uno de los temas es si usar pantallas para que los niños puedan ver los gestos que hace el profesional, pero el reto es lograr un equilibrio para no poner en riesgo la salud física sin perjudicar la salud mental. Por eso creo que la terapia online va a ocupar un lugar muy preponderante”.

Guzmán Pisón del Real, logopeda, orientador, escolar y profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), cree que “vamos a necesitar un periodo de adaptación para que tanto alumnos como profesores se acostumbren al uso de la mascarilla; adaptarnos a un nuevo estilo de vida, al menos por ahora”.

Él cree que el que un maestro lleve mascarilla podría tener “ciertos efectos en el aprendizaje del alumno”, y está de acuerdo con Ulloa en que afectará en mayor o menor medida dependiendo de la edad del niño, “especialmente en los niños más pequeños que requieren un modelado vocal (para enseñar a pronunciar los sonidos del lenguaje) o que necesitan más tiempo de expresión facial”.

“No hay que ser tremendista, pero en algunos niños sí podría tener ciertas repercusiones”, agrega el logopeda.

3 tipos de cambios

¿Qué podemos hacer para minimizar el impacto?

Niña con mascarilla haciendo la tarea

Getty Images
En muchas aulas, la situación va a cambiar, aunque la esperanza es que sea temporal.

Pisón del Real cree que lo importante es procurar “que haya una educación multisensorial, sobre todo fomentando el sentido del tacto”.

“También creo que se deberían realizar algunas modificaciones en el entorno escolar, a nivel personal, organizativo y metodológico”, le cuenta a BBC Mundo.

Él mismo, dice, estuvo dando una charla recientemente sobre cómo preparar al profesorado ante el posible nuevo retorno a las aulas.

Los cambios a nivel personal, indica, pueden variar desde la elevación de la voz, acompañándose de un mayor apoyo kinestésico (movimiento del cuerpo), hasta el uso complementario de pizarras digitales, además de controlar el nivel de ruido en el aula o hablar más despacio.

Alumnos de una escuela en Costa de Marfil

AFP
Las mascarillas serán una prenda común en las escuelas de todo el mundo.

“Cuando tenemos que usar una mascarilla ,perdemos muchas habilidades en el mecanismo del habla”, dice el logopeda. “Tenemos que hablar más alto y repetir más veces el mensaje oral y eso se puede trasladar al aula”.

En cuanto a lo organizativo, él dice que se trata de una serie de pautas a seguir por los profesores. Por ejemplo, colocar al alumnado en forma de “u” para que el profesor tenga una posición central y que todos los niños puedan acceder a un mensaje más visual, o fomentar rutinas en la clase, sobre todo en educación infantil.

“Esas rutinas son vitales para reducir la ansiedad y el impacto emocional, no solo en los alumnos sino también en los profesores”.

Jugar con mascarillas

Ulloa aconseja interactuar con los niños a través de juegos usando las mascarillas, “por ejemplo, ayudándoles a leer lo que dicen los ojos o jugando a adivinar expresiones”.

“Si los cuidadores, sea en el colegio en casa, consiguen mantener más calma, serenidad e incluso usar el humor y el juego para que el niño pueda introducir en su día a día algo tan ajeno como es una mascarilla, el niño lo percibirá de una manera no amenazante, lo cual es clave para la influencia que pueda tener en su desarrollo”.

“El hecho de hacérselo ver como un juego es para ayudarle a tener más control sobre algo que es nuevo”, dice la psicóloga.

Niña en un parque de juegos en Turquía

AFP
Algunos expertos recomiendan abordar el tema de las mascarillas con los menores como un juego.

Pisón del Real tiene una opinión similar: “Evidentemente, los niños (y muchos adultos) asocian las mascarillas a riesgo, a situación anómala, a preocupación. Creo que es importante lanzar a los niños un mensaje de esperanza en esa normalización de algo anormal”.

“Nosotros como adultos tenemos que enseñarles a gestionar esas emociones. Van a necesitar más apoyo, empatía, consuelo y respuestas a las incógnitas que tienen. Es necesario de que, de alguna forma, tengan el mensaje de seguridad y protección”.

“Tenemos que tener en cuenta que las mascarillas van a ser un elemento importante de protección en nuestras vidas, pero también que van a ser algo pasajero y temporal”, dice el especialista.

Por otra parte, Ulloa plantea que habrá que responder a las preguntas de cuántas horas en el colegio tendrá que llevar el niño la mascarilla o si se la podrá quitar dependiendo de la edad. “Todo eso sería fundamental para hacer planes en los colegios para que esa carencia se compense”.

“Yo creo que habrá distintas etapas a lo largo del año, unas más relajadas, tal vez en verano, y otras más estrictas”, vaticina.

Plasticidad cerebral

Los tres especialistas consultados por BBC Mundo coinciden en que la plasticidad cerebral de los niños puede ayudar a que el cambio no sea tan problemático.

“Todos los que trabajamos con niños sabemos perfectamente que se adaptan de forma rápida por su plasticidad cerebral”, dice Gutiérrez.

Niñas en China

EPA
Los niños son flexibles y se adaptan a nuevas situaciones rápidamente.

“Para mí, eso es lo más esperanzador”, dice Ulloa. “El cerebro es muy plástico. Está compuesto por circuitos neuronales, y cuanto más usas unos circuitos, más se van reforzando. Pero también podemos generar circuitos alternativos y ejercitarlos”.

Eso se puede aplicar al uso de las mascarillas: “Si fuera tan limitante su uso como para que tuviéramos que ejercitar mucho más el fijarnos en la información que no está tapada por la mascarilla (como la mirada), acabaríamos siendo expertos en leer esa información”.

De esa manera, las mascarillas incluso podrían permitirnos desarrollar, literalmente, una “mirada” más empática.

Pisón del Real tiene claro que lograremos encontrarla: “El tú y el yo ya se ha convertido en un nosotros porque cada uno estamos aportando nuestro granito de arena”, dice con optimismo.

Cuando piensa en la vuelta a las aulas, Gutiérrez habla de la empatía.

“Lo primero será preguntarles a los niños cómo están y cómo se sienten, y acompañarles emocionalmente. Que se sientan queridos, que sientan que estamos ahí y que somos cercanos, aunque parezcamos distantes. Eso es lo más importante”.

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