Empezar de cero: El sismo les arrebató el patrimonio de toda una vida
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Manu Ureste

Empezar de cero: El sismo les arrebató el patrimonio de toda una vida

Vecinos de los edificios dañados por el sismo en Canal de Miramontes viven en la incertidumbre de no saber si sus casas serán derrumbadas.
Manu Ureste
Por Manu Ureste
9 de octubre, 2017
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La señora Remedios González iba a empezar a cocinar cuando, a la 1:14 de la tarde, el edificio de cuatro plantas en el que llevaba viviendo más de 30 años comenzó a estremecerse ante los impactos de un sismo de intensidad 7.1.

“Yo viví también el sismo del 85”, cuenta la mujer de 56 años. “Pero aunque aquel fue más demoledor, este se me hizo larguísimo. Todo a mi alrededor salió disparado. Los vasos, los platos, la cubertería, todo”.

Tras algo más de un minuto “eterno”, la tierra dejó de temblar, y aparentemente regresó la normalidad. Remedios tomó su celular y se dispuso a salir del inmueble, ubicado en el número 3010 de Canal de Miramontes. Pero ya cuando bajaba por las escaleras, la mujer se percató que aquel no había sido un sismo como muchos de los que el edificio había soportado con solvencia, incluido el del pasado 7 de septiembre, cuando otro potente temblor de 8.2 puso a prueba la resistencia de la ciudad.

Ya en la primera planta del edificio, Remedios entró en shock. A sus pies, grandes trozos de concreto le dificultaban el paso, y a uno y otro lado varias paredes tenían enormes boquetes que dejaban a la vista el interior de los departamentos de sus vecinos.

Aun así, Remedios relata que se resistía a creer que estaba ante un desastre que, a unas pocas cuadras de su casa, ya había provocado la muerte de ocho personas tras el derrumbe de un bloque de departamentos en el fraccionamiento Los Girasoles II, además de graves daños en otros inmuebles como el suyo.

“Cuando bajé si vi muchos daños fuertes en el edificio, pero pensé que en un rato nos permitirían regresar por nuestras cosas”, dice encogiendo los hombros. “Nunca se me pasó por la cabeza que ya no volvería a entrar a mi casa. Que la iba a perder para siempre”.

“Mi patrimonio de 30 años de trabajo se quedó atorado en el edificio”

Desde el pasado 19 de septiembre, Remedios y otras 24 familias del edificio 3010 están “alojados” en el estacionamiento de un centro comercial, donde con la ayuda de ciudadanos voluntarios se instaló un centro de acopio para damnificados.

No es que vivan ahí, precisan los vecinos afectados, sino con amigos y familiares que les brindaron sus casas mientras dure la crisis. Pero estar todos debajo del toldo instalado en un rincón del estacionamiento los mantiene unidos como una sola familia, subraya María Magdalena Austrich, otra vecina.

Sobre todo desde hace apenas un par de días, cuando un dictamen técnico ya les confirmó dos cosas terribles: una, que su edificio tiene que ser demolido. Y dos, que su estructura quedó tan dañada que ni siquiera se les permite el acceso para sacar sus documentos básicos, ni pertenencias de ningún tipo.

“Todo mi patrimonio de más de 30 años de trabajo se quedó atorado ahí adentro”, dice Remedios, que señala con la barbilla en dirección al edificio para luego explicar que es viuda desde hace 15 años, y que tiene una hija de 22 que le pregunta a diario qué es lo que van a hacer ahora.

“No nos quedó absolutamente nada. El día del sismo mi hija salió para sus clases con la ropa que llevaba para ese día. Pero su laptop, todos sus libros, su ropa, todo se le quedó en el departamento. Ahora todo está perdido y nosotros mismos vamos a tener que ir reponiendo ese patrimonio. Vamos a tener que empezar de cero”.

Verónica Domínguez, otra vecina, no estaba en el edificio al momento del temblor. Pero cuando consiguió regresar y reunirse con sus hijos en el camellón de la avenida Miramontes, rápido comprendió que sus vidas acaban de cambiar drásticamente.

“Cuando vimos los hoyos enormes en la fachada de mi departamento, entendimos que, literalmente, nos habíamos quedado en la calle, sin nada”, se lamenta.

Ahora, Verónica trata de recuperar su tranquilidad y la de sus hijos. Y aunque admite que es consciente de la gravedad de la situación en la que están, les ha prometido que conseguirán otro hogar.

“Ya se hicieron a la idea de que no vamos a poder pasar al departamento, y de que vamos a empezar realmente de cero”.

“El sismo nos paró la vida”

Ante la noticia de que no van a poder pasar más a la que fue su casa de toda la vida, Rodalirio Díaz y Susana Gutiérrez, una pareja de adultos mayores, exigen a las autoridades del gobierno de la ciudad que les den certeza de cuáles son los pasos a seguir a partir de ahora, para recibir más ayuda que los escasos 3 mil pesos que les entregarán durante tres meses para poder “rentar” otra casa.

“Si el edificio va a ser demolido, queremos saber quién lo va a hacer y cuándo. Y luego, queremos que nos ayuden con la construcción de nuestra vivienda, porque para nosotros sería muy costoso tener que comprar otra”, explica Rodalirio, quien señala que aunque no tenían “grandes riquezas” en sus departamentos, los vecinos van a perder mucho dinero en muebles, electrodomésticos y otras pertenencias que nadie les va a reponer, como para además tener que afrontar el gasto de otra casa.

María Magdalena Austrich, llevaba 19 años viviendo en Miramontes 3010, se emociona al recordar el día del sismo y la posterior ayuda en masa que la ciudadanía les brindó, haciéndoles llegar comida, ropa, agua, y mucho apoyo moral.

“Hemos recibido mucho apoyo de la gente. Muchísimo”, recalca la mujer adulta mayot. “Pero aun así está siendo muy duro aceptar todo esto que nos está pasando. Porque ese sismo nos paró la vida a todos. Así que ojalá de verdad las autoridades nos ayuden para volver a tener un hogar y un techo donde poder estar”, pide María con lágrimas en los ojos.

“¿No es suficiente 24 familias sin hogar para que seamos una prioridad?”

En el interior del estacionamiento, a unos pocos metros de distancia de los vecinos de Miramontes 3010, otras carpas con vecinos afectados de otros inmuebles dañados se extienden en hilera una tras otra.

En una de esas carpas improvisadas hay varios letreros grandes que muestran la molestia de los damnificados con las autoridades capitalinas.

“¿Qué tiene que suceder para que el caso de Miramontes 3040 sea prioridad para las autoridades? ¿No es suficiente más de 24 familias sin hogar?”, reza una cartulina de color rosa.

“Necesitamos el dictamen de las autoridades. ¿Dónde están?”, dice otra.

José Emanuel González observa las cartulinas y con el ceño fruncido explica que, aunque ellos al menos sí tuvieron la posibilidad de acceder rápidamente a sus departamentos a sacar parte de su patrimonio, acompañados por Protección Civil, también viven una situación precaria.

Llevan más de dos semanas sin saber qué va a pasar con sus hogares. Sin enterarse si los van a reparar, o si definitivamente van a ser demolidos. Y aunque la ciudadanía está siendo muy generosa con todos los damnificados, González teme que a medida que vaya pasando el tiempo, la ayuda no sea eterna.

“Han pasado ya dos semanas desde el sismo y aún no tenemos el dictamen de daños”, dice el vecino con un tono de voz grave. “La delegación y la gente nos han dado apoyo, sí. Pero somos 24 familias que estamos fuera de sus hogares y exigimos saber ya qué va a pasar con nuestro patrimonio, y cómo nos va a ayudar el gobierno a reconstruir nuestro edificio”.

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La novela escrita hace 100 años que retrata la vida en cuarentena de 2020

En 1909, E.M. Forster escribió una asombrosa novela corta con un relato que parece actual en muchos aspectos, escribe el editor de arte de la BBC Will Gompertz.
5 de julio, 2020
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Mi esposa estaba escuchando un programa de radio el otro día y oyó a un hombre hablar sobre inteligencia artificial.

Mencionó una novela corta de ciencia ficción escrita por E.M. Forster llamada The machine stops (“La máquina se detiene”), publicada en 1909, y dijo que era profética.

Nosotros no sabíamos de su existencia. Sinceramente, no teníamos a Forster por un novelista de ciencia ficción, más bien lo recordamos por las adaptaciones al cine de la productora Merchant Ivory protagonizadas por Helena Bonham Carter y sus elegantes vestidos victorianos.

Compramos un ejemplar.

“¡DIOS MÍO!”, como no hubiera dicho Forster.

“La máquina se detiene” no es simplemente profética; es una increíble, impactante y asombrosamente precisa descripción literaria de la vida en cuarentena en 2020.

Si se hubiera escrito hoy, seguiría siendo excelente; el hecho de que haya sido escrita hace más de un siglo la hace sorprendente.

"La máquina se detiene" fue publicada en 1909 y fue reeditada en 2013, más de un siglo después de su lanzamiento, lo cual refleja su calidad duradera.

WLC PUBLISHIN
“La máquina se detiene” fue publicada en 1909 y fue reeditada en 2013, más de un siglo después de su lanzamiento, lo cual refleja su calidad duradera.

El breve relato se desarrolla en lo que debió de ser un mundo futurista para Forster, pero no lo será para ti.

Las personas vivían solas en casas idénticas (globalización) en donde escogían el aislamiento (él usa esa palabra), enviaban mensajes por correo neumático (una especie de email o WhatsApp) y chateaban en internet a través de una interfaz de video increíblemente similar a Zoom o Skype.

El burdo sistema de encuentros públicos había sido abandonado hacía mucho tiempo”, junto con el contacto con extraños (“la costumbre se había vuelto obsoleta”), ahora prohibido en una nueva civilización en la que los humanos viven en células bajo tierra con computadoras tipo Alexa al servicio de todos sus caprichos.

Si ya suena espeluznantemente cercano como para causarte preocupación, no te tranquilizará saber que los miembros de esta sociedad conocen a miles de personas a través de redes sociales controladas por máquinas que alientan a los usuarios a recibir e impartir las ideas de otros.

“En cierto sentido, las relaciones humanas habían avanzado enormemente”, escribe con ironía el visionario autor, antes de añadir:

“Pero la humanidad, en su búsqueda del bienestar material, había ido demasiado lejos. Habían explotado en exceso las riquezas de la naturaleza, y el progreso había llegado a significar el progreso de la máquina”.

FOTO 3- FORSTER EN 1924.

Hulton-Deutsch Collection/ Corbis via Getty Images
E.M. Forster comenzó a escribir ficción en el King’s College de Cambridge, donde primero estudió Literatura Clásica y luego Historia (1897-1901).

No se me pasa por alto que estás leyendo esto en internet, en un dispositivo artificial sobre el cual todavía creemos que ejercemos dominio. No por mucho tiempo, según la historia de Forster ni, sospecho, según algunos de los cerebritos detrás de la inteligencia artificial de hoy día.

Estamos en el territorio de monstruoso de Frankenstein, otra advertencia literaria que probablemente no deberíamos ignorar.

No hay una manifestación física aterradora similar en Forster que indique que la ciencia va mal en “La máquina se detiene” (el título lo dice todo), pero eso la hace todavía más inquietante.

Los dos protagonistas de la historia, Vashti y su hijo Kuno, son gente normal, como tú o yo. Ella vive en el hemisferio sur, él vive en el norte.

Kuno quiere que su madre le visite. Ella no está dispuesta.

“¡Pero puedo verte!”, exclama ella. “¿Qué más quieres?”

“Quiero verte, pero no a través de la Máquina”, dice Kuno. “Quiero hablar contigo, y no a través de la fastidiosa Máquina”.

“¡Ay, cállate!”, dice su madre, vagamente sorprendida. “No deberías decir nada contra la Máquina”.

Yvonne Mitchell

BBC
Yvonne Mitchell interpretó el papel de la madre, Vashti, en esta adaptación televisiva de 1966 de The machine stops (“La máquina se detiene”), como parte de una serie de ciencia ficción de la BBC llamada Out of the unknown (“Fuera de lo desconocido”).

Ella prefiere el distanciamiento social y dar su conferencia en internet sobre Música Durante el Período Australiano a una audiencia invisible en el sillón de sus casas que acumula información histórica abstracta sin relevancia alguna para sus vidas subterráneas reales, más allá de ser una distracción ilusoria de su vacía existencia (no muy diferente a los cursos durante el confinamiento, tal vez).

No diré nada más sobre lo que ocurre – es una historia muy corta que leerás en menos de una hora – salvo mencionar que es, básicamente, una versión en la era de las máquinas de la Alegoría de la Caverna de Platón.

En la Caverna de Platón hay dos grupos de filósofos que están separados por un muro, pero en un acalorado debate.

CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN DEL MUSEO BRITÁNICO
En la Caverna de Platón hay dos grupos de filósofos que están separados por un muro, pero en un acalorado debate.

La Máquina (internet, para nosotros) es la cueva solitaria, sin aire y sin sol en la que existimos, la información que imparten las sombras en la pared.

E.M. Forster publicó el cuento entre A room with a view (“Una habitación con vistas”, 1908) y Howard’s End (“La mansión, 1910), dos novelas en las que explora temas filosóficos similares en torno a mundos internos y externos, verdad y pretensión.

“La máquina se detiene” apareció por primera vez en la revista británica Oxford and Cambridge Review el mismo año en que Filippo Tommaso Marinetti publicó su furioso “Manifiesto futurista” en el periódico Le Figaro.

El poeta italiano argumentó lo opuesto a la parábola profética de Forster.

Marinetti abrazó a la máquina, argumentando que un automóvil veloz era mucho más hermoso que una escultura griega antigua. El pasado era un peso muerto que necesitaba ser destruido para dar paso al futuro.

Aunque el "Manifiesto futurista" de Filippo Tommaso Marinetti también se publicó en 1909, celebró la maquinaria como una fuerza para el bien, a diferencia de Forster

Getty Images
Aunque el “Manifiesto futurista” de Filippo Tommaso Marinetti también se publicó en 1909, celebró la maquinaria como una fuerza para el bien, a diferencia de Forster

Le habría caído bien Vashti, quien, cuando viajaba en una aeronave para ver a Kuno, bajaba la persiana sobre Grecia porque ese no era el lugar para encontrar ideas: una broma irónica de Forster, dado que la idea para su cuento, vino de la Atenas de Platón.

Eso es todo en cuanto a bromas en una novela donde realmente no existen cosas como la comunidad o la experiencia directa, y es imposible alejarse del constante zumbido de la máquina sin pedirle al Comité Central un permiso para salir al exterior.

En ese momento, te colocas un respirador y te aventuras en el mundo real.

Como dijo el hombre de la radio, es profética. Y muy, muy buena.


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