A un mes del temblor, vecinos de San Gregorio viven entre ruinas, sin agua y con temor al olvido

Los habitantes de San Gregorio aún no saben qué apoyos tendrán para reconstruir o arreglar sus viviendas, siguen sin servicio de agua, pero pese a todo tratan de volver a la normalidad.

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Nayeli Roldán

La vida en San Gregorio Atlapulco intenta seguir su curso, pero cuesta trabajo. La iglesia todavía está cerrada y es como si faltara la mitad del alma del pueblo. El campanario se cayó y sin el repicar, los habitantes ni siquiera se enteraron de las misas por los fallecidos.

Tampoco están los arcos del costado, ni una barda en la calle Insurgentes. El 19 de septiembre, a las 13:14 horas, se vinieron abajo. La pared enterró a comerciantes y clientes.

Algunos fueron rescatados, pero otros, como María Francisca, de 64 años, fallecieron. Ella vendía hierbas secas y aunque tendía su puesto en el extremo de la barda, ese día, quien sabe por qué, lo hizo más al centro. Tampoco sobrevivió Balbina, de 83 años, ni una niña que apenas estaba en kínder.

Las cruces al pie de los escombros en la casa del santo patrono es el recordatorio del golpe seco que sufrió el pueblo hace un mes.

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Nayeli Roldán

Lo que le sucedió a la casa de Homero Torres, justo frente a la iglesia, no es metáfora. “Fue un solo golpe, como una explosión, sólo un golpe fue lo que hizo todo esto”, relata mientras señala su casa de cantera beige en ruinas.

Los polines en la entrada advierten su fragilidad. Apenas se avanzan unos pasos y los vidrios rotos, el cascajo en la sala, las paredes quebradas como rompecabezas, los marcos de hierro de las puertas doblados como cartón confirman la descripción que hace Homero.

Este miércoles, la familia está sacando las pocas pertenencias que quedan. Entran con cascos amarillos porque parecería que hasta el aire puede tumbar las pocas paredes que aún están en pie.

El Director Responsable de Obra revisó el inmueble e hizo el dictamen apenas este martes 17 de octubre, confirmando que la casa será demolida justo 30 días después del sismo.

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Nayeli Roldán

En las semanas previas no hubo quien se ocupara de San Gregorio en materia de protección civil. Si no hubiera sido por las donaciones ciudadanas que llegaron gracias al llamado en redes sociales, los habitantes se hubieran sentido aún más abandonados.

Aunque Homero Torres, de 55 años, es profesor de secundaria, sus ingresos serían insuficientes para reconstruir su casa, el patrimonio que construyó durante años. Si el dictamen de protección civil tomó un mes, tiene duda de cuándo y cómo podría llegar la ayuda anunciada por el gobierno federal como parte del Fondo de Desastres Naturales (Fonden). “Ojalá que la ayuda con el gobierno se haga factible y nos beneficie, que nos convenga”, dice.

En el limbo

Caminar por el pueblo es descubrir que las edificaciones pueden ser tan débiles que caen en un parpadeo. Que el vecino de toda la vida puede quedarse sin nada en un minuto. Que los polines se volvieron parte de la cotidianidad entre las calles, que una losa a ras de tierra es el rastro irrefutable del 19 de septiembre.

Algunas casas tiene un letrero en su puerta con un código de barras y un número de identificación. Es de la Secretaría de Desarrollo Urbano y, según la leyenda en la parte inferior, es la comprobación de que “la vivienda ha sido censada y los apoyos para la reconstrucción de esta vivienda estarán sujetos a los lineamientos de las reglas de operación del Fonden”.

Pero la casa de María, de 92 años sólo se observa una grieta en la pared exterior. Por dentro no tiene mayor afectación, según certificó protección civil. Pero la Sedatu fue a censarla la semana pasada.

En cambio la casa de Felipe de Jesús que será demolida no fue contabilizada por la Secretaría encabezada por Rosario Robles. Nadie le ha dicho nada sobre algún apoyo de reconstrucción, pese a que se ha quedado sin nada.

Pero tampoco a María le han dicho algo sobre el supuesto apoyo del Fonden. Después de que los funcionarios pegaron el papel en su puerta no le dijeron más, ni han regresado para llevarle noticias, tampoco le dejaron algún documento que explique qué tipo de apoyo podría tener para reparar la grieta de su casa.

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Nayeli Roldán

Sin agua

San Gregorio Atlapulco es uno de los 14 pueblos originarios de Xochimilco. Llegar ahí en transporte público demanda más de dos horas. Su nombre significa “donde revolotea el agua”, pero paradójicamente el pueblo está en sequía.

Desde el sismo, los habitantes han tenido que organizarse para comprar pipas de agua que cuestan 600 pesos porque el servicio potable no ha dado ni una gota en un mes. “A veces hasta nos andamos peleando porque no alcanza para todos y todos queremos”, cuenta Jacinta, una de las vecinas.

Reclama que el delegado Avelino Méndez no ha hecho nada por remediar la restitución del servicio. De hecho, días después del sismo, fue a San Gregorio pero los habitantes lo corrieron.

Según dicen, les molestó que el funcionario dijera en televisión que las afectaciones en Xochimilco eran menores, pese a las decenas de casas colapsadas en San Gregorio. Por eso ahora corre el rumor que el delegado se está desquitando del pueblo impidiendo el servicio de agua.

Janet, además del problema del agua, también dice que la economía sigue detenida. En San Gregorio hay decenas de comercios pequeños: papelerías, panaderías, tiendas de regalos, de lentes, de verduras o dulces casi en cada calle.

Ella vende zapatos afuera de la iglesia. Es parte del grupo de una docena de comerciantes que ahora están en la calle Lázaro Cárdenas después del colapso de la barda en la calle Insurgentes. Regresaron a trabajar una semana después del sismo, pero hasta el momento las ventas están bajas.

“Ahorita nos vinieron a entregar una despensa y si no fuera por eso, estaríamos peor. Al menos ya tenemos que comer gracias a la ayuda que nos siguen dando”, cuenta sentada en la banqueta, sin que ningún cliente se acerque durante la media hora de plática.

En San Gregorio todos perdieron algo: un familiar, un vecino, una casa, un negocio. Janet espera que la distancia no sea pretexto para olvidarse de ellos. Confía en que los apoyos gubernamentales lleguen y que en algún momento, la vida en el pueblo regrese a la normalidad.

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