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Andrea Vega

Voluntarios llevan comunicación y auxilio médico a comunidades de Oaxaca donde no llega el gobierno

Una asociación civil se ha dado a la tarea de comunicar a poblaciones que viven en lugares alejados y en alto riesgo de un siniestro. A través de una red de radiocomunicación y un módulo de urgencias atienden los incidentes de la Sierra Mazateca, en Oaxaca.
Andrea Vega
Por Por Andrea Vega
22 de noviembre, 2017
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El mensaje de alerta llegó justo cuando el equipo de voluntarios de emergencias de la asociación Cinco panes y dos peces estaban terminando de dar una capacitación sobre protección civil a los policías del municipio de San José Tenango, en la Sierra Mazateca de la Región Cañada, en Oaxaca. Un automóvil compacto se había ido a un voladero. Había dos personas heridas.

El equipo de voluntarios de la asociación salió a prestar el auxilio. Por otro camino se fueron los policías, pensando en llegar más rápido. Pero a mitad de la ladera empinada, tapizada de piedra y lodo, los rescatistas civiles se toparon con un vehículo que descendía trayendo a los dos accidentados.

Raúl Soto, delegado de protección civil de la asociación en Oaxaca; Jacqueline Aguilar, su mano derecha y técnica en urgencias médicas, y tres de sus estudiantes en la misma área revisaron a los heridos: un hombre que tenía varias costillas fracturadas y una mujer con una fractura en el hueso del fémur.

El herido venía sentado en el asiento del copiloto del primer auto que llegó en su auxilio. En esa posición probablemente no hubiera llegado con vida a un hospital. Al traer varias costillas rotas y venir sentado, con el vehículo bajando por las laderas, donde se rebota a razón de una vez por minuto, lo más probable es que hubiera sufrido una perforación de pulmón. Los rescatistas lo trasladaron a su camioneta. Lo acostaron en la batea, lo empaquetaron y emprendieron el camino de una hora al hospital más cercano. El señor se salvó.

Si este equipo de rescate, sus radios de comunicación y su camioneta azul marino que peina todos los días la Sierra Mazateca no hubieran estado, la historia habría acabado en tragedia como las muchas que suceden en esta zona, a donde no ha llegado ni la telefonía fija, ni la celular, ni el asfalto, ni las ambulancias bien equipadas, ni los planes de protección civil ni casi nada.

Solo hay dos municipios (de 19) con señal de teléfono celular en la Sierra Mazateca de la Región Cañada de Oaxaca: Huautla de Jiménez y San Mateo Yoloxochitlan. Internet hay en la mayor parte de la región, aunque los pobladores deben comprar fichas por tiempo para poder usar la red WiFi, con una conexión muy inestable.

“Como somos una región de alta marginación, y estamos pegados a la sierra, ni al gobierno ni a las empresas les interesa traer infraestructura o comunicación. Han llegado, por ejemplo, empresas como Unefon a ofrecer teléfonos celulares, pero muy caros, de 12 o 15 mil pesos, porque son satelitales, y aquí la población no puede costear eso”, explica Arturo Carrera, presidente municipal de San Juan Coatzospam.

Casetas telefónicas hay, dice Raúl Soto, pero también son satelitales y cobran muy caro por las llamadas. Además, la mayoría no sirven. “Hace dos años Telmex tenía mucho teléfonos descompuestos por acá, así que mandaron personal en helicóptero para arreglarlos por lo mal que están los caminos, pero el aparato tuvo un accidente y los ocupantes murieron. Desde entonces los teléfonos están abandonados”.

Raúl Soto, delegado de Protección Civil en Oaxaca de Cinco peces y dos panes.

Las principales empresas de telefonía que operan en México no llegan a esta zona porque no les es rentable. Lo que ha llegado acá son los radios de comunicación de la asociación Cinco panes y dos peces, galardonada por su labor con el premio de la Fundación Vidanta, que reconoce y apoya los trabajos sobresalientes y originales desarrollados en América Latina y el Caribe para reducir pobreza, desigualdad y combatir la discriminación.

Los equipos de radio base dos que usan funcionan a través de una repetidora (un CPU con una antena colocada a más de 2300 metros de altura y que replica la señal a través de los cerros). Hasta ahora, Cinco panes y dos peces ha colocado 61 de estos aparatos en la región Mazateca de Oaxaca, 367 en Chiapas, 243 en Puebla, 26 en Hidalgo y 34 en Veracruz.

“La mayoría están instalados en las zonas más inaccesibles de cada región, donde es difícil no solo la comunicación sino también el acceso. Hay lugares donde se llega después de tres horas, una en vehículo y dos ascendiendo a pie por las montañas”, informa Alicia Baldovino, presidenta y fundadora de la asociación.

El nuevo integrante

Este jueves de mitad de noviembre, el equipo se dispone a inaugurar la comunicación de un radio más. Ahora en Agua Ciénega, una comunidad de no más de 300 habitantes, perdida entre las montañas de Oaxaca. La camioneta azul marino que conduce Soto sube por las laderas.

Todos quienes lo ven lo saludan con simpatía, con el característico chiflido que se usa acá para saludar a los amigos. “Si quieres que alguien te haga un favor en esta zona o te trate bien, di que eres amigo de Raúl Soto”, dice uno de sus acompañantes para dar una prueba de su popularidad.

En la casa que alberga el nuevo equipo espera quien estará a cargo de operarlo, Constantino García Vázquez. Cuando se va a colocar un radio en una comunidad, se habla con todos los habitantes y ellos escogen a su líder en el tema de protección civil: la persona que recibirá el equipo en su casa. Además, los pobladores eligen a un comité, que trabajará junto con el líder.

“Este comité recibe capacitación en protección civil y deben hacer su plan comunitario de prevención de riesgos, en donde se identifica cuáles son los lugares más seguros donde sus vecinos pueden resguardarse en caso de una emergencia, dónde se puede ubicar un refugio temporal, se hace un mapa de la comunidad y se van determinando cuáles son los riesgos y qué se puede hacer para minimizarlos”, explica Soto.

Constantino García está nervioso. Su casita está invadida por el grupo de ingenieros que ha llegado a colocar el equipo y a darle las instrucciones sobre cómo operarlo. Es su primera vez frente a un aparato así. Alrededor, sus seis hijos pasean una mirada de estupor de su papá a los varios invasores de su pequeño espacio.

García toma el altavoz del radio, aprieta el botón y se identifica, “aquí, Constantino García, de Agua Ciénega, probando”. Y una voz le responde en Huautla: “aquí Huautla, bienvenido”. Después, ambos interlocutores inician una breve charla en mazateco, el idioma que habla aquí la mayor parte de la población.

A partir del momento en el que Constantino dice, a través del radio, “aquí Agua Ciénega”, su comunidad estará enlazada con el resto de las 51 donde hay radios en esta sierra, así como con los municipios, la policía y el Módulo Regional de Protección Civil, ubicado en Huautla de Jiménez, que recién están empezando a operar Raúl Soto y su equipo.

Constantino García.

En Oaxaca es donde la asociación Cinco panes y dos peces tiene un plan más robusto de prevención. Aquí Soto ha logrado conformar un comité de protección civil con 15 presidentes municipales (de los 19 que hay en la región), quienes se reúnen una vez al mes, para evaluar los riesgos en esta zona donde las comunidades están dispersas entre las montañas, con el peligro constante de deslaves por las fuertes lluvias, como las del huracán Katia, que recién arrasó varias casas aquí.

Arturo Carrera, el presidente municipal de San Juan Coatzospam, cuenta que con los huracanes de los meses pasados resultaron afectadas unas 800 familias y 700 viviendas. Cuando los presidentes aglutinados en el Consejo Regional de Protección Civil pidieron apoyo al gobierno federal, les contestaron que no podían considerarlos dentro del Fondo de Desastres Naturales (Fonden).

La explicación para excluirlos fue que Conagua determinaba quienes eran beneficiados, “Pero Conagua hace sus evaluaciones vía satelital, no son muy precisas, quienes estuvieron de lleno recibiendo la información de las afectaciones fue protección civil, pero hicieron caso omiso de eso”.

De recursos o capacitación para desarrollar planes de prevención de desastres o de protección, Carrera dice que ni el gobierno federal ni el estatal les canalizan nada. “Por eso es que cuando Raúl Soto nos propuso conformar este consejo para tratar de prevenir los muchos desastres que amenazan a la zona, aceptamos trabajar con él, porque acá si las organizaciones civiles no nos apoyan no llega nadie”.

Inicia la operación

Hoy es un día de festejo en el Módulo Regional de Protección Civil de la Mazateca, por fin han logrado conformar el equipo y el mobiliario adecuado para que tres estudiantes de técnico en urgencias médicas permanezcan 24 horas aquí pendientes de cualquier emergencia y listos para responder a ella. En total son ocho los estudiantes que se rolarán los turnos de 24 horas.

Entre ellos hay muchachos que han tenido que superar el alcoholismo, otros debieron enfrentar el machismo de su entorno para poder vivir su homosexualidad, hay madres solteras. Ninguno tenía una oportunidad de trabajar ni de estudiar fuera de este espacio que es ya su hogar. Por eso todos están dispuestos a seguir estudiando, hasta conseguir su certificación, y a pasarse las noches y las madrugadas aquí, brindando atención a sus comunidades.

El equipo.

Arturo Escamilla Sánchez, de 23 años de edad, originario de Tehuacán e integrante de este grupo, cuenta que hace tiempo se registró en un curso de enfermería y ahí conoció a Raúl Soto y a Jacqueline Aguilar. Ellos le comentaron sobre el curso que brindarían para conformar el equipo del modulo de protección civil.

Escamilla entró al curso de enfermería porque no tenía otra opción para poder estudiar, pero sabía que le sería difícil conseguir trabajo. En cambio con el curso que ofrecía Soto podía certificarse y tener algo estable. Así que se enroló. “Vine a las clases y me encantó. Empezamos en marzo y hemos visto desde anatomía hasta todo lo que es prehospitalario. Y no nos cobran nada por las clases”.

Los ocho jóvenes van y vienen en el módulo. Muestran las dos camas, hechas de tablas donde descansan dos, mientras otro está con la vista clavada en la radio de comunicación, por si algún mensaje llega. Enseñan su pequeño almacén de medicinas. Están contentos. Anoche fue la primera vez que tres pudieron quedarse aquí y ahora va todo el grupo a inaugurar una casa de block con madera y techo de lámina galvanizada, que el equipo gestionó para una familia afectada por las lluvias.

La nueva casa es apenas un cuarto de 4×4, un poco más arriba de donde la familia tenía su vivienda original, a una hora caminando sobre una ladera que es puro lodo. Pero es un espacio más seguro que la casa hecha de embarrado (carrizo con lodo) y lamina de cartón, donde vivían antes de que la frágil construcción quedara semidestruida con el huracán Katia.

Caminando por la Sierra Mazateca.

Los jóvenes aprovechan el trayecto de ida y vuelta a la casa para ponerse de acuerdo sobre la nueva rutina en el módulo: los turnos, los días de descanso, las clases. Jacqueline les recuerda las reglas: no se fuma, no se ingiere alcohol, siempre debe haber una persona frente a la radio. Parece dura, muy dura, pero no lo es, los quiere y es uno de los pocos apoyos que tienen estos muchachos, sus chupones, como ella les dice.

El grupo se ha vuelto una comunidad, una familia donde hay camaradería, posibilidad de estudiar, un trabajo y un futuro, a eso se aferran todos. Pero Raúl Soto se truena los dedos porque la verdad es que no le alcanza para cubrir los sueldos de los ocho chicos, ni los gastos del módulo que ascienden a 60 mil pesos al mes en total.

La asociación sólo va a cubrir los sueldos de dos personas y únicamente los presidentes municipales de San José Tenango, Huautla de Jiménez, San Antonio Eloxochitlan y San Juan Coatzospam, de 19 que hay en la región, se han comprometido a aportar 5 mil pesos cada uno. Eso no asegura ni la mitad de los gastos, ni siquiera los 4 mil pesos mensuales que recibirá de sueldo cada uno de los ocho muchachos.

En tanto los recursos caen, ellos siguen envueltos en la vorágine de ir contra los desastres y la carencia. Organizan sus clases, sus rondas de trabajo y la camioneta azul de Raúl Soto peina los caminos checando los equipos de radio comunicación, los comités, las laderas, gestionando apoyo.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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#YoSoyAnimal

Cómo los seres humanos aprendimos a comer plantas que podrían matarnos

La capacidad innata del ser humano de imitar y aprender de otros nos permitió evolucionar culturalmente y desarrollar procesos complicados, como la preparación de alimentos que en su estado natural son dañinos.
8 de septiembre, 2019
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Ilustración de Robert Burke, William Wills y John King llegando a Cooper's Creek, en 1861

Getty Images
Robert Burke, William Wills y John King llegando a Cooper’s Creek en 1861.

En 1860, Robert Burke y William Wills llevaron a cabo la primera expedición europea por el hasta entonces mayormente desconocido interior de Australia.

No les fue muy bien. Debido a una combinación de liderazgo pobre, mala planificación y mala fortuna, Burke, Wills y su compañero de viaje John King se quedaron sin comida en el trayecto de regreso.

Quedaron varados en un arroyo llamado Cooper’s Creek, ya que no pudieron encontrar la manera de transportar suficiente agua para cruzar un tramo de desierto hasta el puesto colonial más cercano, llamado irónicamente el Monte Hopeless (Sin Esperanza, en inglés).

“No hemos podido abandonar el arroyo”, escribió Wills. “Ambos camellos murieron y nuestras provisiones se agotaron. Estamos tratando de vivir de la mejor manera posible”.

La población local, la tribu yandruwandha, parecía prosperar a pesar de las condiciones que Wills y sus colegas encontraban tan difíciles.

Los yandruwandha le dieron a los exploradores pasteles hechos con semillas trituradas de una planta que conocían como nardoo (Marsilea drummondii), un helecho parecido a un trébol de cuatro hojas.

Nardoo flotando en un lago en Australia

Getty Images
El nardoo, que aparece flotando aquí en primer plano, es un tipo de helecho originario de Australia.

Burke se peleó con los aborígenes e, imprudentemente, los alejó con un disparo de su pistola.

Pero el trío pensó que, tal vez, había aprendido lo suficiente como para sobrevivir.

Así que, cuando encontraron nardoo fresco, decidieron hacer sus propios pasteles.

Al principio, todo parecía estar bien. Satisfacían su apetito, pero se sentían cada vez más débiles.

Una semana más tarde, Wills y Burke estaban muertos.

Resulta que preparar el nardoopara hacerlo comestible es un proceso complejo.

Este helecho está lleno de una enzima llamada tiaminasa, que es tóxica para el cuerpo humano. La tiaminasa descompone el suministro de vitamina B1 del cuerpo, lo que impide al organismo absorber los nutrientes de los alimentos.

A pesar de que Burke, Wills y King tenían sus estómagos llenos, estaban muertos de hambre.

Los yandruwandha cocinaban las esporas de nardoo, molían la harina con agua y exponían los pasteles a cenizas. Con estos pasos hacían que la tiaminasa fuera menos tóxica. No es algo que uno aprende a hacer por casualidad.

Apenas vivo, King se arrojó a la merced de los yandruwandha, quienes lo mantuvieron con vida hasta que llegó la ayuda europea, meses más tarde.

Fue el único miembro de la expedición que sobrevivió.

La otra yuca

Raíces de yuca

Getty Images
La yuca es un alimento básico en los países tropicales. Pero no hay que confundirla con la otra yuca, la amarga o brava.

Tan tóxica como el nardoo es la yuca amarga o brava, que no hay que confundir con la otra yuca, la dulce, un tubérculo que se consume a diario en varios países de América Latina, entre otros.

Los niveles de cianuro o ácido cianhídrico presentes la yuca amarga, si no es tratada y cocinada de forma adecuada, pueden causar desde intoxicación hasta un fallo masivo en los órganos vitales, como el hígado y el cerebro.

Y también una afección llamada konzo, cuyos síntomas incluyen la parálisis repentina de las piernas.

Pero en 1981, en Nampula, Mozambique, un joven médico sueco llamado Hans Rosling no sabía nada de esto. Como resultado, la situación que enfrentó fue profundamente desconcertante.

Cada vez más personas acudían a su clínica con parálisis en las piernas.

¿Podría ser un brote de polio? No. Los síntomas no aparecían en ningún libro médico.

Con Mozambique entrando en una guerra civil ¿podría ser el efecto de armas químicas?

Llevó a su esposa Agneta y a sus hijos pequeños a un lugar seguro y continuó sus investigaciones.

Fue la colega del doctor Rosling, la epidemióloga Julie Cliff, quien finalmente descubrió lo que estaba sucediendo.

Los enfermos estaban comiendo alimentos a base de yuca amarga que había sido procesada de manera incompleta.

Hambrientos y desnutridos, no podían esperar lo suficiente para que fuera segura para el consumo. Como resultado, desarrollaron konzo.

Prueba y error

Hay plantas tóxicas en todas partes.

A veces, adecuadamente procesadas, pueden ser comestibles.

Pero ¿cómo aprende alguien a realizar la preparación elaborada que necesita la yuca o el nardoo?

No es algo que aprende una sola persona, según Joseph Henrich, un biólogo evolutivo.

Henrich sostiene que este conocimiento es cultural.Nuestras culturas evolucionan a través de un proceso de prueba y error análogo a la evolución en especies biológicas.

Al igual que la evolución biológica, la evolución cultural puede, con el tiempo suficiente, producir resultados impresionantemente sofisticados.

Alguien da con un paso que parece hacer que la planta tóxica sea menos riesgosa; eso se difunde y se descubre otro paso. Con el tiempo, pueden evolucionar rituales complejos, cada uno ligeramente más efectivo que el anterior.

En América del Sur, las tribus han aprendido los muchos pasos necesarios para desintoxicar por completo la yuca amarga: raspar, rallar, lavar, hervir el líquido, dejar reposar el sólido durante dos días y luego hornear, para hacer un pan ácimo llamado casabe.

Preparación de harina de mandioca en Brasil.

Getty Images
Preparación de harina de mandioca en Brasil.

Si les preguntas por qué hacen esto, no mencionarán el cianuro de hidrógeno. Simplemente dirán: “Esta es nuestra cultura”.

En África, la yuca se introdujo recién en el siglo XVII. No venía con un manual de instrucciones, así que la intoxicación por cianuro sigue siendo un problema ocasional.

La gente toma atajos porque el aprendizaje cultural aún es incompleto.

Henrich argumenta que la evolución cultural es a menudo mucho más inteligente que nosotros.

Ya sea para construir un iglú, cazar un antílope, prender un fuego, hacer un arco largo o procesar la yuca amarga, no aprendemos entendiendo los principios de las cosas, sino imitando.

Una mujer en la aldea brasileña de Bannibas preparando casabe de yuca.

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Una mujer en la aldea brasileña de Bannibas preparando casabe de yuca.

Un estudio desafió a los participantes a colocar pesas en los radios de una rueda para maximizar la velocidad a la que rodaba por una pendiente.

Los datos sobre la prueba más exitosa de cada participante se le pasaban a una nueva persona.

Debido a que se beneficiaban de los experimentos anteriores, a los últimos participantes les fue mucho mejor.

Sin embargo, cuando se les preguntó, no podían explicar por qué algunas ruedas rodaban más rápido que otras.

Otros estudios muestran que los humanos somos los únicos primates que tenemos el instinto de imitar.

Las pruebas revelaron que los chimpancés y los humanos de dos años y medio tienen capacidades mentales similares, a menos que el desafío sea aprender copiando a alguien.

Los niños pequeños son mucho mejores copiando que los chimpancés.

Y los humanos copiamos rituales, algo que no hacen los chimpancés. Los psicólogos llaman a esto sobreimitación.

Podría parecer que en esto los chimpancés son los más inteligentes. Pero si estás procesando raíces de yuca amarga, la sobreimitación es exactamente lo que debes hacer.

Un niño jugando con un chimpancé

Getty Images
Un niño puede copiar comportamientos mucho mejor que un chimpancé de la misma edad.

Si Henrich tiene razón, la civilización humana se basa menos en inteligencia pura que en una capacidad altamente desarrollada para aprender unos de otros.

A lo largo de las generaciones, nuestros antepasados acumularon ideas útiles gracias a la prueba y el error, y la siguiente generación simplemente las copió.

Sin duda, algunas ideas menos útiles se mezclaron con ellas, como la necesidad de un baile ritual para que lleguen las lluvias, o la convicción de que sacrificar una cabra persuadirá al volcán para que no entre en erupción.

Pero en general, pareciera que nos fue mejor copiando sin preguntar que asumiendo, como los chimpancés, que éramos lo suficientemente inteligentes como para poder determinar qué pasos podríamos ignorar de manera segura.

Claro que la evolución cultural solo nos puede llevar hasta cierto punto.

Ahora tenemos el método científico para decirnos que sí, realmente necesitamos dejar reposar la mandioca durante dos días, pero no, al volcán no le importan las cabras.

Cuando comprendemos los principios de las cosas podemos avanzar más rápidamente que mediante prueba, error e imitación.

Pero no debemos menospreciar el tipo de inteligencia colectiva que salvó la vida de King.

Es lo que hizo posible la civilización, y también el funcionamiento de la economía.


Tim Harford escribe la columna “Economista clandestino” en el diario británico Financial Times. El Servicio Mundial de la BBC transmite la serie 50 Things That Made the Modern Economy. Puedes encontrar más información sobre las fuentes del programa y escuchar todos los episodios o suscribirte al podcast de la serie.


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