Falta de oportunidades y búsqueda de amor, las causas del embarazo adolescente en México
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Falta de oportunidades y búsqueda de amor, las causas del embarazo adolescente en México

Tienen la información, pero no las oportunidades. De manera creciente, tener un hijo a corta edad se ha convertido en una dudosa salida para las jóvenes ante la violencia y el entorno social.
Por Claudia Altamirano
17 de noviembre, 2017
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Cuando Pamela supo que estaba embarazada, a los 18 años, decidió que tendría a su bebé con o sin el apoyo de su novio. Su vocación feminista la hacía consciente de que tenía la opción de abortar, pero ese no era su deseo: ella estaba enamorada y se enamoró también de la idea de tener un bebé con Ricardo. Él se sentía igual, así que emprendieron ese proyecto para el cual no estaban preparados, admite hoy Pamela, y asegura que si hubiera sabido todo lo que implicaba, habría decidido no tenerlo.

Creo que nos lo tomamos muy a la ligera, no pensamos que las cosas nos iban a costar el doble o triple que una familia de 30 y tantos. Nos ha costado muchísimo: peleas, cosas económicas, independencia porque vivimos con mis papás, a él le ha costado su escuela, sus hobbies, a mí me ha costado sacrificar la vida de universitaria porque tengo una responsabilidad.

México ocupa el primer lugar en embarazo adolescente entre los países miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con 77 nacimientos por cada mil adolescentes de 15 a 19 años de edad. El Instituto Nacional de las Mujeres estima que cada año ocurren 340 mil nacimientos en mujeres menores de 19. Los números crecen cada año: la tasa de fecundidad pasó de 71 % en 2007 a 74 % en 2015, año en el que el gobierno implementó la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA) hasta ahora con vanos resultados.

Sin embargo, no todos los embarazos en menores de edad ocurrieron por error: el reporte ‘Situación de la Salud Sexual y Reproductiva’ del Consejo Nacional de Población (CONAPO) revela una cifra contundente: la mitad (51.5%) de las mujeres entre 15 y 19 años que estaban embarazadas cuando les fue aplicada la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2014 declararon que se trataba de un embarazo planeado, aunque aún no cumplían ni 20 años.

La Encuesta es realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), organismo que también ofrece otros datos alarmantes: hasta 44.9 % de las adolescentes del grupo de 15 a 19 años declaró que ella o su pareja no utilizaron algún método anticonceptivo en su primera relación sexual, por los motivos siguientes: 33 % porque no planeaba tener relaciones sexuales, 18 % porque quería embarazarse; 17.4 % porque no creyó que podría quedar embarazada, y otro 17 % porque no conocía los métodos, no sabía dónde obtenerlos o cómo usarlos.

Expertos en el tema y madres adolescentes que ofrecieron su testimonio coinciden en que las jóvenes desean embarazarse principalmente por dos factores: la falta de oportunidades -en muchos pueblos no hay educación Superior, en algunos ni siquiera Media- por lo que los varones emigran al concluirla y las mujeres se quedan al cuidado de sus hogares, sus familias o se embarazan para tener un proyecto de vida o alcanzar estatus en su entorno social- así como a la idealización del rol de madre y esposa, idea que se les inculca a las jóvenes sin enseñarles lo que implica ni la dimensión real de la responsabilidad que van a adquirir sin la menor preparación.

“Debí haber abortado en algún momento pero no lo hice porque creí que iba a ser fácil, que el amor lo podía todo, o que yo podía con todo, que no necesitábamos ayuda de la gente o que nuestra relación iba a estar bien todo el tiempo, y no era así. Costó trabajo entenderlo y tratar de subsanar muchas cosas”, lamenta Pamela, hoy de 23 años, quien agrega que lo que le faltó en materia de educación sexual no fue información sobre métodos de prevención, sino educación profunda sobre la realidad del embarazo, la maternidad y la vida en pareja.

“Actualmente ya no es un asunto de cuánta información puede tener a la mano la gente sino que sea de calidad y le permita tomar una decisión adecuada a sus necesidades”, agrega Brando Flores, coordinador del informe ‘Situación del embarazo adolescente en México’ del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir. El reporte –presentado en días recientes- advierte que la Estrategia Nacional para Prevenir el Embarazo Adolescente (ENAPEA) fracasa a nivel estatal porque los recursos no llegan o se aplican mal, pero principalmente, porque su enfoque sigue siendo poblacionista y no educativo.

“El embarazo adolescente es multifactorial, se perpetúa en condiciones de violencia, de pobreza, se carece de posibilidad de otorgar a los hijos mejores posibilidades. Hay una serie de elementos que van reduciendo su horizonte, la expectativa de estos jóvenes”, dijo el investigador a Animal Político.

Para querer y ser queridas

Uno de esos factores es la violencia y los contextos familiares dañados, como es el caso de algunas estudiantes de la preparatoria ‘José Guadalupe Posada’ ubicada en el Barrio Bravo de Tepito, zona que se caracteriza por sus altos índices delictivos. Esa escuela ha tenido varias alumnas embarazadas y, de acuerdo con la directora Lourdes Rodríguez, todas viven situaciones problemáticas en sus casas: padres divorciados, madres solteras que trabajan todo el día, graves problemas económicos, altas responsabilidades para ellas como cuidar hermanos menores, y violencia intrafamiliar.

“Ellas ven el embarazarse como asirse de alguien, yo lo veo como la necesidad de ser querido y de querer. Es la ausencia del amor y cuidado de los padres, de sentirse parte de algo, entonces formo mi propia familia”, dice la maestra. Descarta que haya una planeación del embarazo para escapar de esos contextos, sino que ocurre de una forma más orgánica. “Yo creo que ni siquiera son conscientes de ello. No es falta de información, hay un fondo en todo esto, no puede ser fortuito”, reflexiona la directora.

Falta de proyecto

Ese fondo tiene su origen en la cultura machista latinoamericana, donde la familia es la base de todo lo que se construye, según el economista Bernardo del Castillo, asesor de la organización Plan Internacional, enfocada en protección a las niñas. El investigador relata que en algunas comunidades de toda la región las mujeres jóvenes con hijos son más valoradas por su comunidad, por lo que ellas encuentran en la maternidad el mecanismo para alcanzar otro estatus y emanciparse, salir de su casa y ejercer su felicidad a través de la idealización de la pareja.

“Cuando tienes esos datos no puedes cuestionar esa decisión, y al facilitarle mayor información, probablemente le estás dando más elementos para decidirlo… Finalmente es su derecho a decidir. Es una zona gris para los derechos humanos, porque no puedes decirle a esa niña que no tiene derecho a embarazarse y ser feliz con ello”, reflexiona Del Castillo en entrevista.

Tal fue el caso de Ana Martínez, activista de Guanajuato que se embarazó a los 17 años, edad en la que ya vivía con su novio, de 22, porque no era feliz en su propio entorno familiar. Cuando supieron del embarazo, ambos jóvenes se alegraron por el futuro que imaginaron tendrían, pero la economía les mostró el otro rostro de la paternidad. Su relación se destruyó porque él era violento y posesivo, con el pretexto del embarazo la encerraba todo el día para que “nadie le hiciera nada” y muchas veces ella y el bebé se quedaron sin comer por no poder salir. Pero cuando recién se embarazó, la ilusión de esa familia la hizo permanecer con él e incluso embarazarse una vez más.

“Siempre fui vista como la niña rara, entonces lo que yo más quería era estar dentro de la normalidad; mi papá nos dejó desde que éramos muy chicas y yo quería una familia tradicional porque era algo que no había tenido, aunque implicara toda la violencia por la que pasamos. Yo veía a todas las familias como normales”, cuenta Ana en entrevista.

Actualmente de 33 años de edad, Ana recuerda que nunca usó método anticonceptivo alguno con su novio y la protección fue un tema que entre ellos nunca se tocó, porque no creyeron que les fuera a pasar siendo ella tan joven. Su acceso a información sobre prevención del embarazo se limitó a alguna clase en la preparatoria –que dejó trunca en ese entonces por el embarazo- y al consejo que su madre le daba cuando salía de su casa: “usa condón”, lo que a ella lejos de instruirla, la avergonzaba.

“Yo sabía que quería mucho ese hijo porque veía a mi tía muy emocionada, me llevaba a pláticas y clases y me decía que eso tenía que hacer”, recuerda Ana, quien vivió su primer embarazo muy cercana a una tía 10 años mayor que ella, que también estaba encinta. “La contraparte era ver a mis amigas de mi edad que no estaban embarazadas y tener que esconderme, aguantar las decisiones de mi esposo sobre mí y la idea que yo tenía de formar una familia; no dejar a mi hijo sin un papá aunque no lo quería, ser una mamá modelo, hacer lo que me decían, así que lo intenté”.

Desear un embarazo a temprana edad no significa que sea una decisión consciente, agrega a este respecto Eva Villareal, de la Organización de los Estados Americanos (OEA). La investigadora cuestionó en entrevista el fundamento de una decisión como esa cuando se toma porque alrededor no hay más alternativas. “¿Cuál es la voluntad real de una persona que no tiene más opciones porque no se las plantea la sociedad en que vive? ¿Es realmente voluntario? Yo no lo creo”, sentenció.

En este difícil contexto, agregó Villareal, corresponde al Estado procurar que las niñas tengan acceso a educación de calidad en todos los niveles; garantizar que tengan alternativas de vida, de empleo y de acceso a la salud no sólo en zonas urbanas sino llegar a las rurales, que tienen alta población indígena. “Por eso hablamos de una concatenación de legislación y de políticas públicas que amparen esos proyectos de vida. Hay que dar alternativas, sin eso evidentemente es más complicado pedirle a una persona que no haga nada hasta los 18 años. El Estado tiene que llegar ahí”, puntualizó la secretaria técnica del Mecanismo de la Convención de Belém Do Pará de la OEA.

“Si no generamos espacios habilitantes, proyectos sociales que permitan el proyecto de vida de una persona y les transforme esta idea de que su razón de ser es casarse, tener hijos, tener familia como el máximo de la idea de ser una persona, estaremos un paso atrás para avanzar en este tema”, dijo Claudia Alonso, coordinadora de operación en el Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), en un foro sobre matrimonio infantil realizado esta semana.

Pobreza y poca educación

La pobreza también va de la mano con este problema de salud pública: en todo el mundo, la tasa de fecundidad por adolescente de entre 15 y 19 años, es inversamente proporcional a su nivel económico: a mayor riqueza, menor fecundidad en adolescentes, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Aunque las regiones con niveles más altos de fecundidad adolescente son África y Latinoamérica- el Caribe, el panorama mundial no es alentador: la proporción entre riqueza y fecundidad es de tres veces, en promedio, revela el Informe ‘Mundos aparte: la salud y los derechos reproductivos en tiempos de desigualdad’ del UNFPA.

El informe de Fondo agrega que la educación reduce la incidencia de los embarazos en la adolescencia: cuanto más tiempo permanece escolarizada una niña, menor es la probabilidad de que contraiga matrimonio o se embarace. Y no sólo es la niña quien pierde sus oportunidades, sino que perpetúa el esquema de pobreza y bajo desarrollo para las siguientes generaciones, con lo que pierden también su comunidad y su país.

“El truncar la vida de una niña implica debilitar las posibilidades de desarrollo de los niños que ella pueda tener, porque ella es quien lo va a criar. El costo social es irreparable, más allá de que pueda ser monetizable, la sociedad ya perdió en esa niña la posibilidad de tener una persona realizada profesionalmente, que sea feliz”, explicó Bernardo del Castillo.

Por su parte, la relatora de Derechos de la Niñez de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Esmeralda Arosamena, advirtió que negar a los adolescentes una educación sexual adecuada destruye sus proyectos de vida pero también a la sociedad, al hacerla más pobre y más violenta, perpetuando los ciclos de desigualdad y discriminación. “¿Quién puede decirme que estamos cumpliendo con el derecho a la educación de las niñas y niños, sobre su vida, su sexualidad? La educación sexual es necesaria para protegerlos, para evitar estas realidades; así como educamos para que los niños sepan matemáticas, tienen que saber sobre sus vidas, eso no le hemos dado el valor que tiene”, dijo la comisionada a Animal Político.

Estrategia sin resultados a dos años

Los investigadores del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir han destacado que la estrategia del gobierno federal para prevenir el embarazo adolescente ha fracasado a nivel estatal, donde los recursos no se ejercen adecuadamente y eso se refleja en un aumento de los embarazos en adolescentes indígenas. Las cifras han aumentado, incluso, durante los dos años que lleva en operación la ENAPEA, de acuerdo con el informe del ILSB presentado en octubre pasado.

A este respecto, la secretaria general del Consejo Nacional de Población, Patricia Chemor, aseguró que ninguna estrategia de largo plazo –como la ENAPEA- presenta resultados durante los primeros años, y que será hasta diciembre de 2018 cuando haya una diferencia medible con las cifras de 2014, previas a la implementación de la Estrategia.

“Las metas son al 2030, una estrategia integral necesita tiempo. Las cifras las da el INEGI y hasta 2018 va a volver a hacer la Encuesta Nacional de Dinámicas Demográficas, ahí tendremos la primera medición estadística real de disminución del embarazo adolescente”, puntualizó Chemor Ruiz, quien también es Coordinadora de la ENAPEA. Precisó que la expectativa de este gobierno para 2018 es reducir a la mitad la tasa actual de fecundidad en adolescentes, que es de 77 embarazos por cada mil, es decir, llegar a 38.

“Obviamente todos queremos ver resultados ya, pero no es tan rápido, en todo el mundo es paulatino el avance porque es educar a la población”, dijo la funcionaria, y citó las cifras de natalidad en madres menores de edad del Subsistema de Nacimientos de la Secretaría de Salud federal: 440,468 nacimientos en 2014 contra 395,597 en 2016, es decir, 44 mil 871 nacimientos menos en niñas de entre 9 y 19 años. “Ese es el dato oficial de un sistema de una secretaría. Que nos cuestionen, pero con las cifras correctas”, concluyó la secretaria general de Conapo.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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¿Por qué tantos niños mueren en Brasil por COVID-19?

La pandemia no da tregua en Brasil y estudios muestran que las cifras oficiales pueden ser menores respecto a la cantidad de niños fallecidos por el virus. Una madre relata como perdió a su hijo porque no consiguió que la enfermedad fuera detectada a tiempo.
15 de abril, 2021
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Un año después de la declaratoria de la pandemia del coronavirus, las muertes en Brasil se encuentran en su punto máximo.

Sin embargo, a pesar de la abundante evidencia de que la COVID-19 rara vez mata a niños pequeños, en la nación sudamericana han fallecido más de 800 menores por esa enfermedad, según cifras oficiales. Y esas cifras pueden ser mayores, de acuerdo a estudios.

Uno de esos casos tiene que ver el hijo de un año de la profesora Jessika Ricarte, al que un médico se negó a realizar una prueba bajo el argumento de que sus síntomas no se ajustaban al perfil del coronavirus.

Dos meses después, el menor murió por complicaciones asociadas con la enfermedad. Sucedió en Tamboril, una ciudad en el estado de Ceará, en el noreste de Brasil.

La historia

Luego de un par de años de intentos y tratamientos de fertilidad fallidos, Ricarte casi había renunciado a tener una familia hasta que quedó embarazada de Lucas.

“Su nombre proviene de ‘luminoso’. Y fue una luz en nuestra vida. Demostró que la felicidad era mucho más de lo que imaginamos”, cuenta.

El primer cumpleaños de Lucas.

Jessika Ricarte
El primer cumpleaños de Lucas.

Primero sospechó que algo andaba mal cuando Lucas, que siempre tenía buen apetito, dejó de sentir hambre.

Jessika se preguntó entonces si era debido a que le estaban saliendo los dientes.

La madrina de Lucas, una enfermera, sugirió que podría tener dolor de garganta. Pero después de que desarrolló fiebre, luego fatiga y dificultad para respirar, la madre lo llevó al hospital y pidió que le hicieran la prueba de COVID-19.

“El médico puso el oxímetro. Los niveles (de oxígeno) de Lucas eran del 86%. Ahora sé que eso no es normal”, dice Jessika.

Como no tenía fiebre, el médico dijo: “No se preocupe, no hay necesidad de una prueba de COVID-19. Probablemente sea solo un dolor de garganta leve”.

Le afirmó a Jessika que el coronavirus era raro en los niños y solo le dio algunos antibióticos.

A pesar de las sospechas de la madre, no había ninguna opción para que Lucas hiciera una prueba en laboratorios privados en ese momento.

Y Ricarte relata que algunos de sus síntomas se disiparon al final de su tratamiento de antibióticos de 10 días, pero el cansancio permaneció.

Lucas

Jessika Ricarte
Jessika tomaba videos de su hijo y las enviaba a familiares porque estaba preocupada por su condición.

“Le envié varios videos a su madrina, a mis padres, a mi suegra, y todos decían que estaba exagerando, que debía dejar de ver las noticias, que me estaba volviendo paranoica. Pero yo sabía que mi hijo no era el mismo, que no respiraba normalmente”, recuerda.

Inesperado

Era mayo de 2020 y el contagio del coronavirus estaba creciendo. Dos personas ya habían muerto en la ciudad donde vive Ricarte.

“Todos se conocen aquí. La ciudad estaba en shock“, afirma.

Israel, el esposo de Jessika, estaba preocupado de que una visita al hospital pudiera aumentar el riesgo de que ella o el hijo de ambos se infectaran con el virus.

Pasaron las semanas y Lucas se volvió cada vez más somnoliento. Finalmente, el 3 de junio, el pequeño vomitó una y otra vez después de almorzar y Ricarte entendió que tenía que hacer algo.

Regresaron al hospital donde el médico examinó a Lucas para evaluar si se trataba de un contagio de COVID-19.

La madrina de Lucas, que trabajaba allí, le dio la noticia a la pareja de que el resultado de la prueba era positivo.

“En ese momento, el centro de salud ni siquiera tenía un reanimador clínico”, dice Jessika.

El menor fue trasladado a una unidad de cuidados intensivos pediátricos en la ciudad de Sobral, a más de dos horas de distancia, donde le diagnosticaron una afección llamada síndrome inflamatorio multisistémico pediátrico (PIMS, por su sigla en inglés).

Se trata de una respuesta inmune extrema al virus que puede causar inflamación severa de órganos vitales.

Niños

Los expertos dicen que el síndrome, que afecta a los niños hasta seis semanas después de que se infectan con el coronavirus, es un fenómeno raro.

Sin embargo, la reconocida epidemióloga de la Universidad de Sao Paulo Fatima Marinho dice que, durante la pandemia, está viendo más casos de PIMS que nunca antes.

Lucas

Jessika Ricarte

Cuando Lucas fue intubado, a Jessika no se le permitió quedarse en la misma habitación. Llamó a su cuñada para intentar distraerse de la preocupación.

“Podíamos escuchar el sonido de la máquina (de la unidad de cuidados intensivos), el ‘bip’. Hasta que la máquina se detuvo y escuchamos ese pitido constante. Y sabemos que eso sucede cuando la persona muere. Después de unos minutos, la máquina comenzó a funcionar nuevamente y comencé a llorar”, cuenta.

La doctora Manuela Monte, la pediatra que trató a Lucas durante más de un mes en la unidad de cuidados intensivos de Sobral, afirmó que le sorprendió que la condición del niño fuera tan grave porque no tenía ningún factor de riesgo.

La mayoría de los menores afectados por coronavirus tienen enfermedades o trastornos (afecciones existentes como diabetes o problemas cardiovasculares) o sobrepeso, según Lohanna Tavares, infectóloga pediátrica del Hospital Infantil Albert Sabin en Fortaleza, la capital del estado de Ceará.

Pero ese no fue el caso de Lucas.

Durante los 33 días que Lucas estuvo en cuidados intensivos, a Jessika solo se le permitió verlo tres veces.

Lucas's parents, Israel and Jessika

BBC

Lucas necesitaba inmunoglobulina, un medicamento muy caro, para desinflamar su corazón.

Afortunadamente un paciente adulto que había comprado donó una ampolla sobrante al hospital.

Lucas estaba tan enfermo que necesitó recibir una segunda dosis. Desarrolló una erupción en su cuerpo y tenía fiebre persistente. Necesitaba apoyo para respirar.

Luego el niño comenzó a mejorar y los médicos decidieron sacarle el tubo de oxígeno. Hicieron videollamadas a Jessika e Israel para que no se sintiera solo cuando recuperara la conciencia.

“Cuando escuchó nuestras voces se puso a llorar“, relata la madre.

Era la última vez que la pareja vería a su hijo reaccionar. Durante la siguiente videollamada “tenía la mirada paralizada”.

El hospital solicitó una tomografía computarizada y descubrió que Lucas había tenido un derrame cerebral.

Pese a ello, a la pareja se le dijo que Lucas se recuperaría bien con la atención adecuada y que pronto sería trasladado a una sala general.

Cuando Jessika e Israel fueron a visitarlo, el médico estaba tan esperanzado como ellos, cuenta la mujer.

“Esa noche, puse mi celular en silencio. Soñé que Lucas se me acercó y me besó la nariz. Y el sueño fue un gran sentimiento de amor, gratitud y me desperté muy feliz. Luego vi mi celular y vi las 10 llamadas que había hecho el médico”, narra.

Jessika

BBC
Jessika Ricarte

El doctor encargado le dijo a Jessika que la frecuencia cardíaca y los niveles de oxígeno de Lucas habían bajado repentinamente y que había muerto temprano esa mañana.

Ella está segura de que si le hubieran hecho una prueba cuando ella la solicitó, a principios de mayo, habría sobrevivido.

“Es importante que los médicos, incluso si creen que no es coronavirus, hagan el examen para eliminar la posibilidad”, dice.

Indica que “un bebé no dice lo que siente, así que todo depende de las pruebas“.

Un menor en una sala de cuidados intensivos

BBC
Un menor en una sala de cuidados intensivos.

Jessika cree que la demora en el tratamiento adecuado agravó la condición de su hijo.

“Lucas tuvo varias inflamaciones, el 70% del pulmón estaba comprometido, el corazón aumentó en un 40%. Era una situación que podría haberse evitado”, indica.

La doctora Monte está de acuerdo. Ella dice que aunque una situación de PIMS no se puede prevenir, el tratamiento es mucho más exitoso si la condición se diagnostica y se trata temprano.

“Cuanto antes hubiera recibido atención especializada, era mejor. Llegó al hospital ya críticamente enfermo. Creo que podría haber tenido un resultado diferente si lo hubiéramos tratado antes”, señala.

Jessika ahora quiere compartir la historia de Lucas para ayudar a otras personas que pueden prevenir esa clase de síntomas críticos en los menores.

“En el caso de todos los niños que conozco y fueron salvados por alguna advertencia mía, la madre me dice: ‘Vi tus publicaciones, llevé a mi hijo al hospital y ahora está en casa’. Es como si fuera una parte de Lucas“, cuenta.

Los médicos usan teléfonos móviles para que los menores puedan verse con sus familiares.

BBC
Los médicos usan teléfonos móviles para que los menores puedan verse con sus familiares.

El problema

Existe la idea errónea de que los niños corren cero riesgo de un contagio de coronavirus, según Fatima Marinho, quien también es asesora principal de la ONG de salud Vital Strategies.

La investigación de la doctora sostiene que un número sorprendentemente alto de niños y bebés fueron afectados por la enfermedad.

Entre febrero de 2020 y el 15 de marzo de 2021, la COVID-19 mató al menos a 852 niños de Brasil, incluidos 518 bebés menores de un año, según cifras del Ministerio de Salud de ese país.

Pero la experta estima que más del doble de esta cantidad de niños murieron a causa de esa enfermedad dado que, señala, existe un problema grave de bajo registro debido a la falta de pruebas que reduce las cifras.

Marinho revisó el exceso de muertes por síndrome respiratorio agudo durante la pandemia y encontró que hubo al menos 10 veces más muertes que en años anteriores.

Considerando esas estimaciones sostiene que el virus mató a un aproximado de 2.060 niños menores de nueve años, incluidos 1.302 bebés.

¿Qué está pasando?

Los expertos señalan que la gran cantidad de casos de coronavirus en Brasil, el segundo en cantidad de contagios más alto del mundo, elevó la probabilidad de que bebés y niños se vean afectados.

“Por supuesto, cuantos más casos tengamos y, por ende, más hospitalizaciones, mayor será el número de muertes en todos los grupos de edad, incluidos los niños. Pero si se controlara la pandemia, este escenario evidentemente podría minimizarse“, explica Renato. Kfouri, presidente del Departamento Científico de Inmunizaciones de la Sociedad Brasileña de Pediatría.

Dr Cinara Carneiro

BBC
Dra Cinara Carneiro

Una tasa de infección tan alta sobrepasó el sistema de salud de Brasil. En todo el país, el suministro de oxígeno está disminuyendo, hay escasez de medicamentos básicos y en muchas unidades de cuidados intensivos de todo el país simplemente no hay más camas.

El presidente Jair Bolsonaro todavía se opone a los encierros estrictos y se estima que la tasa de infección está siendo impulsada por la variante llamada P.1, considerada más contagiosa y posiblemente surgida en el norte de Brasil.

En marzo murió el doble de personas que en cualquier otro mes de la pandemia y la tendencia al alza continúa.

Otro problema que impulsa las altas tasas de contagios en los niños es la falta de exámenes.

Marinho dice que para los menores es usual que el diagnóstico llegue demasiado tarde, cuando ya están gravemente enfermos.

“Tenemos un grave problema en la detección de casos. No tenemos suficientes pruebas para la población en general, menos aún para los niños. Debido a que hay un retraso en el diagnóstico, hay un retraso en la atención del menor”, explica.

Esto no se debe solo a que exista poca capacidad de prueba, sino también a que es más fácil pasar por alto, o diagnosticar erróneamente, los síntomas de los niños que padecen COVID-19, ya que la enfermedad tiende a presentarse de manera diferente en las personas más jóvenes.

Una salubrista en Brasil

Departamento de Salud de Ceará

“Un niño tiene mucha más diarrea, mucho más dolor abdominal y dolor en el pecho que el visto en un cuadro clásico de COVID-19. Debido a que hay un retraso en el diagnóstico, cuando el menor llega al hospital está en una condición grave y puede complicarse y morir”, señala Marinho.

Problemas sociales

Aunque todo esto también se trata de pobreza y acceso a la atención médica.

Un estudio de 5 mil 857 pacientes con COVID-19 menores de 20 años, realizado por pediatras brasileños dirigido por la Facultad de Medicina de Sao Paulo identificó tanto las enfermedades de base como las vulnerabilidades socioeconómicas como factores de riesgo para el peor resultado en menores.

Marinho está de acuerdo en que este es un factor importante.

“Los más vulnerables son los niños afrodescendientes y los menores de familias muy pobres, ya que tienen más dificultades para acceder al auxilio. Estos son los niños con mayor riesgo de muerte”, indica.

Ella dice que esto se debe a que las condiciones de vivienda hacinadas hacen que sea imposible distanciarse socialmente cuando se infectan, y porque las comunidades más pobres no tienen acceso a una unidad de cuidados intensivos local.

Estos niños también corren riesgo de desnutrición, lo que es “terrible para la respuesta inmunológica”, afirma Marinho.

Cuando se detuvieron las subvenciones en medio de la pandemia, millones volvieron a entrar en graves problemas de subsistencia.

“Pasamos de 7 millones a 21 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza en un año. Así que la gente también pasa hambre. Todo esto tiene un impacto en la mortalidad”, afirma la experta.

Braian Sousa, líder de la investigación de la Universidad de Sao Paulo, dice que su estudio identifica ciertos grupos de riesgo entre los niños a los que se debe dar prioridad para la vacunación. Aunque actualmente, no hay vacunas disponibles para menores de 16 años.


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