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Falta de oportunidades y búsqueda de amor, las causas del embarazo adolescente en México
Tienen la información, pero no las oportunidades. De manera creciente, tener un hijo a corta edad se ha convertido en una dudosa salida para las jóvenes ante la violencia y el entorno social.
Por Claudia Altamirano
17 de noviembre, 2017
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Cuando Pamela supo que estaba embarazada, a los 18 años, decidió que tendría a su bebé con o sin el apoyo de su novio. Su vocación feminista la hacía consciente de que tenía la opción de abortar, pero ese no era su deseo: ella estaba enamorada y se enamoró también de la idea de tener un bebé con Ricardo. Él se sentía igual, así que emprendieron ese proyecto para el cual no estaban preparados, admite hoy Pamela, y asegura que si hubiera sabido todo lo que implicaba, habría decidido no tenerlo.

Creo que nos lo tomamos muy a la ligera, no pensamos que las cosas nos iban a costar el doble o triple que una familia de 30 y tantos. Nos ha costado muchísimo: peleas, cosas económicas, independencia porque vivimos con mis papás, a él le ha costado su escuela, sus hobbies, a mí me ha costado sacrificar la vida de universitaria porque tengo una responsabilidad.

México ocupa el primer lugar en embarazo adolescente entre los países miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con 77 nacimientos por cada mil adolescentes de 15 a 19 años de edad. El Instituto Nacional de las Mujeres estima que cada año ocurren 340 mil nacimientos en mujeres menores de 19. Los números crecen cada año: la tasa de fecundidad pasó de 71 % en 2007 a 74 % en 2015, año en el que el gobierno implementó la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA) hasta ahora con vanos resultados.

Sin embargo, no todos los embarazos en menores de edad ocurrieron por error: el reporte ‘Situación de la Salud Sexual y Reproductiva’ del Consejo Nacional de Población (CONAPO) revela una cifra contundente: la mitad (51.5%) de las mujeres entre 15 y 19 años que estaban embarazadas cuando les fue aplicada la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2014 declararon que se trataba de un embarazo planeado, aunque aún no cumplían ni 20 años.

La Encuesta es realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), organismo que también ofrece otros datos alarmantes: hasta 44.9 % de las adolescentes del grupo de 15 a 19 años declaró que ella o su pareja no utilizaron algún método anticonceptivo en su primera relación sexual, por los motivos siguientes: 33 % porque no planeaba tener relaciones sexuales, 18 % porque quería embarazarse; 17.4 % porque no creyó que podría quedar embarazada, y otro 17 % porque no conocía los métodos, no sabía dónde obtenerlos o cómo usarlos.

Expertos en el tema y madres adolescentes que ofrecieron su testimonio coinciden en que las jóvenes desean embarazarse principalmente por dos factores: la falta de oportunidades -en muchos pueblos no hay educación Superior, en algunos ni siquiera Media- por lo que los varones emigran al concluirla y las mujeres se quedan al cuidado de sus hogares, sus familias o se embarazan para tener un proyecto de vida o alcanzar estatus en su entorno social- así como a la idealización del rol de madre y esposa, idea que se les inculca a las jóvenes sin enseñarles lo que implica ni la dimensión real de la responsabilidad que van a adquirir sin la menor preparación.

“Debí haber abortado en algún momento pero no lo hice porque creí que iba a ser fácil, que el amor lo podía todo, o que yo podía con todo, que no necesitábamos ayuda de la gente o que nuestra relación iba a estar bien todo el tiempo, y no era así. Costó trabajo entenderlo y tratar de subsanar muchas cosas”, lamenta Pamela, hoy de 23 años, quien agrega que lo que le faltó en materia de educación sexual no fue información sobre métodos de prevención, sino educación profunda sobre la realidad del embarazo, la maternidad y la vida en pareja.

“Actualmente ya no es un asunto de cuánta información puede tener a la mano la gente sino que sea de calidad y le permita tomar una decisión adecuada a sus necesidades”, agrega Brando Flores, coordinador del informe ‘Situación del embarazo adolescente en México’ del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir. El reporte –presentado en días recientes- advierte que la Estrategia Nacional para Prevenir el Embarazo Adolescente (ENAPEA) fracasa a nivel estatal porque los recursos no llegan o se aplican mal, pero principalmente, porque su enfoque sigue siendo poblacionista y no educativo.

“El embarazo adolescente es multifactorial, se perpetúa en condiciones de violencia, de pobreza, se carece de posibilidad de otorgar a los hijos mejores posibilidades. Hay una serie de elementos que van reduciendo su horizonte, la expectativa de estos jóvenes”, dijo el investigador a Animal Político.

Para querer y ser queridas

Uno de esos factores es la violencia y los contextos familiares dañados, como es el caso de algunas estudiantes de la preparatoria ‘José Guadalupe Posada’ ubicada en el Barrio Bravo de Tepito, zona que se caracteriza por sus altos índices delictivos. Esa escuela ha tenido varias alumnas embarazadas y, de acuerdo con la directora Lourdes Rodríguez, todas viven situaciones problemáticas en sus casas: padres divorciados, madres solteras que trabajan todo el día, graves problemas económicos, altas responsabilidades para ellas como cuidar hermanos menores, y violencia intrafamiliar.

“Ellas ven el embarazarse como asirse de alguien, yo lo veo como la necesidad de ser querido y de querer. Es la ausencia del amor y cuidado de los padres, de sentirse parte de algo, entonces formo mi propia familia”, dice la maestra. Descarta que haya una planeación del embarazo para escapar de esos contextos, sino que ocurre de una forma más orgánica. “Yo creo que ni siquiera son conscientes de ello. No es falta de información, hay un fondo en todo esto, no puede ser fortuito”, reflexiona la directora.

Falta de proyecto

Ese fondo tiene su origen en la cultura machista latinoamericana, donde la familia es la base de todo lo que se construye, según el economista Bernardo del Castillo, asesor de la organización Plan Internacional, enfocada en protección a las niñas. El investigador relata que en algunas comunidades de toda la región las mujeres jóvenes con hijos son más valoradas por su comunidad, por lo que ellas encuentran en la maternidad el mecanismo para alcanzar otro estatus y emanciparse, salir de su casa y ejercer su felicidad a través de la idealización de la pareja.

“Cuando tienes esos datos no puedes cuestionar esa decisión, y al facilitarle mayor información, probablemente le estás dando más elementos para decidirlo… Finalmente es su derecho a decidir. Es una zona gris para los derechos humanos, porque no puedes decirle a esa niña que no tiene derecho a embarazarse y ser feliz con ello”, reflexiona Del Castillo en entrevista.

Tal fue el caso de Ana Martínez, activista de Guanajuato que se embarazó a los 17 años, edad en la que ya vivía con su novio, de 22, porque no era feliz en su propio entorno familiar. Cuando supieron del embarazo, ambos jóvenes se alegraron por el futuro que imaginaron tendrían, pero la economía les mostró el otro rostro de la paternidad. Su relación se destruyó porque él era violento y posesivo, con el pretexto del embarazo la encerraba todo el día para que “nadie le hiciera nada” y muchas veces ella y el bebé se quedaron sin comer por no poder salir. Pero cuando recién se embarazó, la ilusión de esa familia la hizo permanecer con él e incluso embarazarse una vez más.

“Siempre fui vista como la niña rara, entonces lo que yo más quería era estar dentro de la normalidad; mi papá nos dejó desde que éramos muy chicas y yo quería una familia tradicional porque era algo que no había tenido, aunque implicara toda la violencia por la que pasamos. Yo veía a todas las familias como normales”, cuenta Ana en entrevista.

Actualmente de 33 años de edad, Ana recuerda que nunca usó método anticonceptivo alguno con su novio y la protección fue un tema que entre ellos nunca se tocó, porque no creyeron que les fuera a pasar siendo ella tan joven. Su acceso a información sobre prevención del embarazo se limitó a alguna clase en la preparatoria –que dejó trunca en ese entonces por el embarazo- y al consejo que su madre le daba cuando salía de su casa: “usa condón”, lo que a ella lejos de instruirla, la avergonzaba.

“Yo sabía que quería mucho ese hijo porque veía a mi tía muy emocionada, me llevaba a pláticas y clases y me decía que eso tenía que hacer”, recuerda Ana, quien vivió su primer embarazo muy cercana a una tía 10 años mayor que ella, que también estaba encinta. “La contraparte era ver a mis amigas de mi edad que no estaban embarazadas y tener que esconderme, aguantar las decisiones de mi esposo sobre mí y la idea que yo tenía de formar una familia; no dejar a mi hijo sin un papá aunque no lo quería, ser una mamá modelo, hacer lo que me decían, así que lo intenté”.

Desear un embarazo a temprana edad no significa que sea una decisión consciente, agrega a este respecto Eva Villareal, de la Organización de los Estados Americanos (OEA). La investigadora cuestionó en entrevista el fundamento de una decisión como esa cuando se toma porque alrededor no hay más alternativas. “¿Cuál es la voluntad real de una persona que no tiene más opciones porque no se las plantea la sociedad en que vive? ¿Es realmente voluntario? Yo no lo creo”, sentenció.

En este difícil contexto, agregó Villareal, corresponde al Estado procurar que las niñas tengan acceso a educación de calidad en todos los niveles; garantizar que tengan alternativas de vida, de empleo y de acceso a la salud no sólo en zonas urbanas sino llegar a las rurales, que tienen alta población indígena. “Por eso hablamos de una concatenación de legislación y de políticas públicas que amparen esos proyectos de vida. Hay que dar alternativas, sin eso evidentemente es más complicado pedirle a una persona que no haga nada hasta los 18 años. El Estado tiene que llegar ahí”, puntualizó la secretaria técnica del Mecanismo de la Convención de Belém Do Pará de la OEA.

“Si no generamos espacios habilitantes, proyectos sociales que permitan el proyecto de vida de una persona y les transforme esta idea de que su razón de ser es casarse, tener hijos, tener familia como el máximo de la idea de ser una persona, estaremos un paso atrás para avanzar en este tema”, dijo Claudia Alonso, coordinadora de operación en el Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), en un foro sobre matrimonio infantil realizado esta semana.

Pobreza y poca educación

La pobreza también va de la mano con este problema de salud pública: en todo el mundo, la tasa de fecundidad por adolescente de entre 15 y 19 años, es inversamente proporcional a su nivel económico: a mayor riqueza, menor fecundidad en adolescentes, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). Aunque las regiones con niveles más altos de fecundidad adolescente son África y Latinoamérica- el Caribe, el panorama mundial no es alentador: la proporción entre riqueza y fecundidad es de tres veces, en promedio, revela el Informe ‘Mundos aparte: la salud y los derechos reproductivos en tiempos de desigualdad’ del UNFPA.

El informe de Fondo agrega que la educación reduce la incidencia de los embarazos en la adolescencia: cuanto más tiempo permanece escolarizada una niña, menor es la probabilidad de que contraiga matrimonio o se embarace. Y no sólo es la niña quien pierde sus oportunidades, sino que perpetúa el esquema de pobreza y bajo desarrollo para las siguientes generaciones, con lo que pierden también su comunidad y su país.

“El truncar la vida de una niña implica debilitar las posibilidades de desarrollo de los niños que ella pueda tener, porque ella es quien lo va a criar. El costo social es irreparable, más allá de que pueda ser monetizable, la sociedad ya perdió en esa niña la posibilidad de tener una persona realizada profesionalmente, que sea feliz”, explicó Bernardo del Castillo.

Por su parte, la relatora de Derechos de la Niñez de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Esmeralda Arosamena, advirtió que negar a los adolescentes una educación sexual adecuada destruye sus proyectos de vida pero también a la sociedad, al hacerla más pobre y más violenta, perpetuando los ciclos de desigualdad y discriminación. “¿Quién puede decirme que estamos cumpliendo con el derecho a la educación de las niñas y niños, sobre su vida, su sexualidad? La educación sexual es necesaria para protegerlos, para evitar estas realidades; así como educamos para que los niños sepan matemáticas, tienen que saber sobre sus vidas, eso no le hemos dado el valor que tiene”, dijo la comisionada a Animal Político.

Estrategia sin resultados a dos años

Los investigadores del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir han destacado que la estrategia del gobierno federal para prevenir el embarazo adolescente ha fracasado a nivel estatal, donde los recursos no se ejercen adecuadamente y eso se refleja en un aumento de los embarazos en adolescentes indígenas. Las cifras han aumentado, incluso, durante los dos años que lleva en operación la ENAPEA, de acuerdo con el informe del ILSB presentado en octubre pasado.

A este respecto, la secretaria general del Consejo Nacional de Población, Patricia Chemor, aseguró que ninguna estrategia de largo plazo –como la ENAPEA- presenta resultados durante los primeros años, y que será hasta diciembre de 2018 cuando haya una diferencia medible con las cifras de 2014, previas a la implementación de la Estrategia.

“Las metas son al 2030, una estrategia integral necesita tiempo. Las cifras las da el INEGI y hasta 2018 va a volver a hacer la Encuesta Nacional de Dinámicas Demográficas, ahí tendremos la primera medición estadística real de disminución del embarazo adolescente”, puntualizó Chemor Ruiz, quien también es Coordinadora de la ENAPEA. Precisó que la expectativa de este gobierno para 2018 es reducir a la mitad la tasa actual de fecundidad en adolescentes, que es de 77 embarazos por cada mil, es decir, llegar a 38.

“Obviamente todos queremos ver resultados ya, pero no es tan rápido, en todo el mundo es paulatino el avance porque es educar a la población”, dijo la funcionaria, y citó las cifras de natalidad en madres menores de edad del Subsistema de Nacimientos de la Secretaría de Salud federal: 440,468 nacimientos en 2014 contra 395,597 en 2016, es decir, 44 mil 871 nacimientos menos en niñas de entre 9 y 19 años. “Ese es el dato oficial de un sistema de una secretaría. Que nos cuestionen, pero con las cifras correctas”, concluyó la secretaria general de Conapo.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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