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Archivo General de la Nación
El último heredero de Felipe Ángeles narra cómo su linaje peleó por la libertad de México
El general Ángeles fue promotor de reformas democráticas y luchó contra la dictadura de Porfirio Díaz. Su apellido está lleno de gloria militar, pero también de calamidad, cuenta el último de sus descendientes.
Archivo General de la Nación
Por Paris Martínez
20 de noviembre, 2017
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Entre la guerra de Independencia iniciada en 1810, y la Revolución de un siglo después, pasando por las invasiones francesa y estadunidense, en México siempre hubo un Ángeles en la línea de batalla.

El más reconocido es el general Felipe Ángeles, el mayor táctico de la División del Norte, la principal fuerza bélica que actuó durante la Revolución Mexicana, “pero su papá (don Felipe Ángeles Melo) también fue oficial de carrera y participó en la defensa de México durante las dos intervenciones extranjeras (alcanzando el grado de coronel), y su abuelo (don Manuel Ángeles)  fue alférez en la guerra de Independencia, de ahí viene el abolengo del apellido”, explica César Gómez Ángeles, el último descendiente que habrá de portarlo.

Se trata de un apellido investido de gloria militar, pero también de calamidad, por el cual, explica César, pueblos enteros fueron arrasados a fuego, con el único objetivo de acabar con todo rastro de la familia Ángeles, tal como hicieron las tropas de Venustiano Carranza en Molango (en diciembre de 1914), en el estado de Hidalgo.

Aún antes de iniciada la Revolución, Felipe Ángeles ya era un dolor de cabeza para el gobierno, entonces presidido por Porfirio Díaz, al haber documentado y denunciado casos de corrupción al interior del ejército federal, del cual era un oficial joven, pero prominente.

Tras el derrocamiento de Díaz, Ángeles fue nombrado como director del Colegio Militar, cuyos cadetes marcharon junto al presidente Francisco I. Madero (para garantizar su arribo a Palacio Nacional) cuando ya se presentía el golpe de estado que poco después habrían de consumar Bernardo Reyes y Victoriano Huerta, quien se impuso en la Presidencia.

De hecho, durante dicho golpe de estado, conocido como la Decena Trágica, Ángeles fue el único militar que defendió Palacio Nacional, a cañonazos, de los militares alzados que se parapetaban en La Ciudadela, y cuando el presidente Madero fue apresado por los golpistas, Ángeles cayó con él.

El presidente Madero fue asesinado junto con su vicepresidente, José María Pino Suárez, y su primo y consejero, Gustavo Madero, pero los golpistas le perdonaron la vida a Ángeles, por su condición de oficial del ejército, y fue exiliado a Europa, de donde volvió para unirse a las fuerzas revolucionarias que nuevamente se alzaron en la guerra, ahora contra Huerta, tal como antes lo hicieron contra Díaz.

Ángeles se convirtió así en el principal artillero de la División del Norte, comandada por Pancho Villa, y a su destreza en el manejo de la artillería pesada, y de la táctica de guerra, la Revolución debe la victoria en la Batalla de Zacatecas, aquella con la que el dictador Victoriano Huerta vio sucumbir sus últimas fuerzas.

“De chico –recuerda César, hoy de 47 años–, a mí me despertaban con la Marcha de Zacatecas, ese era nuestro despertador. Y para mí, es como mi segundo himno nacional. Mi mamá es la última sobrina nieta de Ángeles, venimos de su línea paterna, y yo no tuve hijos, así que, como tal, el apellido Ángeles se pierde, se diluye conmigo, porque mis sobrinos ya no lo llevan.”

Así es como el paso del tiempo logra lo que los enemigos del general no pudieron: borrar su simiente, aunque sólo de los próximos libros del Registro Civil. Su legado queda.

“Luego de que las fuerzas carrancistas incendiaron el pueblo de Molango, los hermanos del general Ángeles, y sus hijos, fueron repartidos en toda la república: a algunos los enviaron a Saltillo, otros a Teotihuacán (en el Estado de México), a Querétaro, y a Estados Unidos. Imagínate el grado de persecución que hubo contra la familia, que a los mismos hijos del general no les hablaban de quién fue su papá, para no meterlos en problemas, para que no fueran a cazarlos.”

Esos hijos murieron en el extranjero, y el acervo que ellos conservaban del general Ángeles se perdió.

“Apenas estoy encontrando material como pistolas, uniformes, espadas, que el general dejó en California, en Arizona, en Florida”, explica César, lugares por los que pasó Ángeles tras la desaparición de la División del Norte, y en donde intentó reagrupar a los enemigos de Carranza, al que asumía como un traidor a los principios democráticos maderistas, para luego volver a México sólo para distanciarse de Pancho Villa (radicalizado para entonces por el acoso y la persecución) y finalmente caer capturado, junto con un puñado de soldados fieles, en una cueva de Chihuahua, el 15 de noviembre de 1919.

Ángeles fue sometido a juicio militar, durante el que tuvo la oportunidad de explicar su ideario “socialista” y su proceder como revolucionario: “Yo he predicado la fraternidad –exclamó–, he predicado una doctrina de conciliación y de amor. La gente muy poco entiende de eso. Por desgracia, nuestro pueblo no está aún en la época en que deba hablársele de otra cosa que de lo contrario a todo lo que sea odio y venganza. Por eso su infelicidad”.

El general Ángeles fue fusilado diez días después de su captura. Su última petición, misma que le fue concedida, fue dirigir él mismo el pelotón de fusilamiento.

Él era, explica César, quizá el más sensible de los jefes revolucionarios, promotor de reformas democráticas, maderistas, y también uno de los más humanistas en medio de la carnicería de la guerra, a grado tal que los zapatistas (a los que combatió por órdenes de Madero) reconocían su honor como militar, ya que puso fin a los oprobios que los soldados federales cometían contra la población civil de Morelos y contra los seguidores de Emiliano Zapata que eran capturados.

“De hecho, cuando matan a Madero, el general Ángeles es parte de los organizadores de la Convención de Aguascalientes (que aglutinó en primera insta a todas las fuerzas revolucionarias opuestas al golpista Victoriano Huerta), y como tal, acudió a Morelos para invitar a Zapata a participar”.

“Quien lo recibe es el general zapatista Genovevo de la O, y él le dice que pudieron haberlo emboscado, porque finalmente él los había combatido, era su enemigo. Pero luego, Genovevo de la O le dijo ‘yo lo tenía en la mira con esta 30-30, pude haber terminado con su vida, pero no, porque usted fue bueno con nosotros’, y le regaló la escopeta. Yo con esa escopeta disparé mil veces en el patio de mi abuelo, y ahora está en un museo, en Zacatecas.”

El general Felipe Ángeles, concluye César, “fue el último militar de la familia, con mi tío abuelo se rompe el hilo con la institución armada… pero creo que es importante que, hoy, los mandos del Ejército Mexicano tengan la figura del general Ángeles en la memoria, su patriotismo, porque, para mí, aún vivimos en la dictadura perfecta”.

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