SAT investiga a empresa que desvió millones de Pemex a compañía dedicada a organizar charreadas
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SAT investiga a empresa que desvió millones de Pemex a compañía dedicada a organizar charreadas

El Servicio de Administración Tributaria (SAT) incluyó en su lista de empresas investigadas como ‘fantasma’ a Holmal Construcciones. Esta sociedad participó en La Estafa Maestra desviando 13 millones de Pemex a otra sociedad que debía dar asesorías especializadas a la petrolera, a pesar de no tener el perfil para ello.
Por Manu Ureste, Nayeli Roldán y Miriam Castillo
16 de noviembre, 2017
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A través de la triangulación de recursos públicos, Holmal Construcciones SA de CV, una de las 9 empresas boletinadas recientemente por el SAT como “presunta fantasma” y que participó en La Estafa Maestra, desvió 13.2 millones de pesos a través de una compañía dedicada a la organización de “charreadas” y “peleas” de lucha libre.

Leer: La Estafa Maestra: graduado en desaparecer dinero público

El dinero público desviado estaba destinado a brindar a Pemex asesoría especializada y “asistencia técnica y apoyo operativo” en la exploración y perforación de pozos petroleros.

Para ello, Pemex hizo un acuerdo con la Universidad del Carmen (Unacar), en septiembre de 2013, para que la institución brindara la asesoría. Sin embargo, tras comprometerse a realizar el trabajo, la Unacar terminó subcontratando a empresas que no tenían la capacidad, que a su vez subcontrataron a otras compañías inexistentes o sin el conocimiento para hacerlo.

La ruta del desvío

El 10 de septiembre de 2013, Pemex y la Unacar firmaron el convenio número 420403822, por un monto de 83 millones 953 mil pesos, donde la Universidad se comprometía a dar a Pemex servicios de asistencia para la exploración y perforación de pozos.

De acuerdo con la cláusula 13 del convenio, cuya copia guarda Animal Político, la Unacar declaró por escrito que tenía la capacidad para dar los servicios y que “no” subcontrataría a ninguna empresa.

La Unacar no cumplió el convenio y subcontrató a dos compañías con 71 millones 033 mil pesos (el 84.6% del dinero que le pagó Pemex). Violando la ley federal de adquisiciones, misma que establece que la universidad no podía subcontratar más del 49% de los recursos.

El rol de Holmal

Gracias a esta violación a la ley, la Unacar subcontrató por 13 millones 264 mil pesos a Holmal Construcciones SA de CV (aquí el contrato), a pesar de que no tenía la capacidad para dar los servicios a Pemex. Por lo que, a su vez, Holmal subcontrató los servicios por 10 millones 953 mil pesos a otras tres sociedades, entre ellas Servicios Especializados Lets (Lets) SA de CV.

Según su acta constitutiva, Lets se dedica a múltiples giros, como la organización de “charreadas”, “conciertos musicales”, “verbenas”, “pasarelas de moda”, “excursiones turísticas” y “peleas” de lucha libre. Pero ninguno relacionado con la explotación de pozos petroleros.

El pasado mes de octubre, el SAT incluyó en la lista de empresas “fantasma” a Holmal Construcciones. La investiga como una sociedad que no tiene la capacidad, ni el personal, ni la infraestructura necesaria para dar servicios, y que simula operaciones comerciales.

La otra empresa beneficiada a partir del convenio 420403822 es Grupo Industrial Ahcof México, misma que ganó 57 millones 769 mil pesos a pesar de que ni siquiera existe en su domicilio.

Así lo corroboró Animal Político cuando se le buscó en la colonia Atlanta de Cuatitlán Izcalli, Estado de México, donde la persona que renta una casa particular dijo no saber nada de ninguna compañía.

Por transparencia se solicitó a Unacar el contrato con Grupo Industrial Ahcof, pero la universidad lo clasificó como “información reservada”.

Otra ‘fantasma’ del SAT beneficiada

La Unacar también firmó convenios con otras dependencias de Gobierno, como la Secretaría de Agricultura (Sagarpa), a partir de los cuales desvió dinero a compañías con irregularidades y que desde el 25 de abril de 2017 han estado boletinadas por el SAT.

En el convenio sin número (que puedes checar aquí) y con vigencia del 1 de abril de 2014 al 31 de diciembre de 2015, la Unacar recibió de la Sagarpa-Senasica un total de 74 millones 594 mil pesos para brindarle “servicio de asistencia técnica de soporte informático”.

De nuevo, la Universidad subcontrató a otras cinco empresas por 43 millones 892 mil pesos (casi el 60% del dinero público). De esas cinco, Administradora Loma S de R.L. también es investigada por el SAT (desde abril de 2017) como ‘empresa fantasma’. Esta compañía recibió 6 millones 613 mil pesos de dinero público.

JMSV Consultores fue beneficiada con 2 millones 068 mil pesos, a pesar de que tampoco está registrada ante la Secretaría de Economía. Además, este equipo de investigación no la encontró en su domicilio en la colonia San Jerónimo Lídice, Ciudad de México, donde ningún vecino la conoce.

Mientras que ISAI Business Group y BSR Construction Projects SA de CV, declararon ante el SAT ingresos en ceros, a pesar de que la Unacar les pagó 31 millones 257 mil pesos para que dieran servicios a Sagarpa-Senasica. Por lo que la ASF instruyó al SAT para que abriera una auditoría a estas empresas.

La Unacar también clasificó todos estos contratos como “reservados”.

Era “mano de obra especializada”: Pemex

Animal Político buscó a Pemex para cuestionarle acerca de estos convenios y los supuestos servicios que dieron a empresas fantasma investigadas por el SAT, a través de la Unacar.

Por medio de un correo electrónico, la dependencia señaló que no tuvo conocimiento de quejas por los servicios que la universidad prestó.

“La universidad (Unacar) proporcionó mano de obra especializada (…), ejecutándose los servicios adecuadamente conforme a su objeto y alcances establecidos en el convenio, sin que se tuviera conocimiento de quejas o ineficiencia en la prestación del servicio”, apuntó Pemex, que además subraya que “no es ámbito de nuestra influencia, la administración que la Unacar haya tenido al interior con sus socios comerciales y/o proveedores”.

Lee aquí la respuesta íntegra de Pemex.

 

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El gas usado para "desinfectar" a mexicanos en EU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi

Durante décadas, trabajadores mexicanos que cruzaban a Estados Unidos fueron inspeccionados y fumigados con pesticidas para prevenir enfermedades infecciosas. Décadas después, cientos describieron la experiencia como humillante y vergonzosa.
4 de septiembre, 2021
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En 1956, los braceros eran fumigados con DDT como parte del proceso de entrada a Estados Unidos.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU

Muchos no sabían qué les estaban rociando, pero era tan extendido su uso que le apodaron “el polvo”.

La fotografía que abre esta nota es especialmente destacada por historiadores en Estados Unidos y algunos describen la escena capturada como “un momento atroz”.

En ella un funcionario enmascarado fumiga la cara de un joven mexicano desnudo con el pesticida DDT en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas, mientras que otros esperan en fila detrás mientras sujetan sus pertenencias.

La tomó el neoyorquino Leonard Nadel en 1956 mientras documentaba el programa Bracero, bajo el que al menos 4 millones de mexicanos migraron temporalmente a Estados Unidos para trabajar entre 1942 y 1964.

El esquema fue inicialmente establecido para compensar la ausencia de trabajadores estadounidenses debido al reclutamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial.

Un trabajador se registra en el programa Bracero.

Getty Images
Millones de mexicanos campesinos y obreros participaron en el programa Bracero en Estados Unidos.

El DDT se empleó hasta mediados de los 60 en los inmigrantes para prevenir la propagación de malaria y tifus y su uso fue posteriormente prohibido en EE.UU. en 1972.

Hoy en día está clasificado por el gobierno de ese país y autoridades internacionales como un “probable carcinógeno humano”.

Pero este no fue el único pesticida empleado para “desinfectar” a inmigrantes mexicanos en la frontera entre México y EE.UU. por décadas.

Años antes de la implementación del programa Bracero, otro insecticida fue utilizado en centros de recepción de visitantes y pasaría a servir como ejemplo a funcionarios del nazismo en Alemania.

Zyklon B

David Dorado Romo, historiador y cronista de El Paso y Ciudad Juárez, dio con un artículo en una revista científica alemana de 1937 que lo dejó atónito.

El escrito incluía dos fotografías de “cámaras de despiojado” en El Paso, Texas.

Su autor, el químico alemán Gerhard Peters, destacaba las imágenes para ilustrar “la efectividad del Zyklon B (un pesticida a base de cianuro) como un agente para matar plagas indeseables”, escribe Romo en su libro Ringside Seat to a Revolution (“Asiento en primera fila a una revolución”).

“Peters se convirtió en el director de operaciones de Degesch, una de las dos firmas que adquirió la patente del Zyklon B en 1940 para producirlo masivamente”, describe.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron el gas en dosis concentradas para matar a millones de judíos.

Un funcionario fronterizo estadounidense les habla a un grupo de refugiados mexicanos en el Puente Internacional de El Paso, en Texas. Año 1916.

Getty Images
Las inspecciones y requerimientos en la frontera entre EE.UU. y México en El Paso se endurecieron a partir de 1916.

Aunque en El Paso no se utilizó para el mismo fin, ya se estaba empleando desde 1929 por funcionarios fronterizos para fumigar la ropa y los zapatos de inmigrantes mexicanos en el Puente Internacional Santa Fe, que conecta esa ciudad con Ciudad Juárez.

Las inspecciones habían iniciado formalmente en 1917, amplía el historiador, cuando las autoridades estadounidenses empezaron a imponer restricciones sobre los cruces fronterizos en sectores como El Paso.

El alcalde de la ciudad en esa época, Tom Lea, se refería a los mexicanos como “sucios piojosos indigentes” que “sin duda, van a traer y propagar el tifus”.

Pero entre 1915 y 1917, menos de 10 residentes de El Paso habían muerto del tifus epidémico, recogió Romo en su libro.

Aún así, los mexicanos considerados de “segunda clase” eran sometidos a exhaustivos chequeos que incluían duchas con agua caliente y revisiones de los migrantes desnudos. A los que le encontraban piojos, “les rapaban la cabeza y les afeitaban todo el cuerpo”, señala Romo a BBC Mundo.

Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Tan solo en 1917, al menos 120.000 personas fueron examinadas en el centro de El Paso.

Romo y otros historiadores hablan de un contexto en el que las ideas eugenésicas cobraban fuerza y se manifestaban a través de nociones discriminatorias y racistas.

“No hay que comparar peras con manzanas, pero el Holocausto no fue un hecho aislado y la frontera entre EE.UU. y México sirvió como un centro de experimentación importante de esas ideas”, advierte Romo.

“¿Sabe qué es la vergüenza?”

Cuando inicia el programa Bracero en 1942 ya estaba extendido el uso de diferentes químicos como el kerosén en centros de inspección fronterizos.

Aunque el gobierno de EE.UU. alabó a los mexicanos que se enlistaban como “soldados de la producción” y de la tierra en ese tiempo, con los años surgieron cientos de testimonios de trabajadores que señalaron sus experiencias como vergonzosas y humillantes.

La historiadora Mireya Loza recuerda en conversación con BBC Mundo que la imagen del trabajador rociado con DDT en la cara era la que más afectaba a los antiguos participantes del programa con los que habló.

“Muchos decían que sentían los efectos del DDT en los ojos, que tenían reacciones alérgicas en la piel y entendieron que no era un tratamiento humano”, dice la profesora de la Universidad de Georgetown.

Un grupo de trabajadores del programa Bracero alzan los brazos y están alineados contra la pared mientras son inspeccionados en una habitación del Centro de Procesamiento en Monterrey, México.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores eran inspeccionados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, en un centro de procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

La académica inició su investigación entrevistando a decenas de braceros para un proyecto llamado Bracero History Archive (Archivo Histórico de los Braceros), impulsado por el Museo Nacional de Historia estadounidense Smithsonian.

“Muchos de estos trabajadores dijeron haber sentido algo feo porque era la primera vez que eran desnudados públicamente y frente a varias personas. Para ellos era un shock tremendo estar ahí y que los doctores les hicieran abrir las pompis, la boca; todo revisaban”, describe.

Los trabajadores eran generalmente inspeccionados en sedes administradas por Estados Unidos dentro de México y en ciudades fronterizas como Hidalgo, en Texas.

Además de las fumigaciones, los vacunaban contra la viruela, les hacían exámenes de sangre y de rayos X y les revisaban las manos en busca de callos que demostraran que tenían experiencia en el campo.

Un bracero es vacunado mientras otros esperan en la fila en el Centro de Procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores también eran vacunados contra la viruela.
Un funcionario de gobierno revisa las manos de un aspirante al programa Bracero.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Era común que las manos de los trabajadores fueran revisadas en busca de callos como prueba de que ya trabajaban la tierra.

José Silva, un campesino oriundo de Michoacán que empezó a trabajar desde los 6 años, describió en 2005 con cierto enfado la experiencia que vivió mientras fue bracero durante una entrevista disponible en el Archivo Bracero:

“Por una parte sí fue un buen programa (…) No tuve problema, me ayudé económicamente. Lo que no me gustaba era que nos fumigaron. Sentí vergüenza. ¿Sabe qué es la vergüenza? Todos formados así, sin ropa, y salíamos así caminando y allá en la puerta estaba el hombre con el fumigador. Muy mal. No éramos animales, éramos cristianos, ¿por qué nos fumigaban?“.

Víctor Martínez Alemán, originario de Tlaquiltenango, en Morelos, se enlistó en el programa en 1956 y trabajó en California:

“Nos pasaron, encuerados, delante de todas las muchachas, ya no más nos tapábamos acá pero encuerados para pasar donde nos iban a fumigar, bien fumigados así y todo… A nosotros nos daba vergüenza porque teníamos que pasar como con 20 mujeres (…) Eran todas secretarias. Y con manos atrás, nada de taparse, nada… Nos quería hasta pegar (…) Nunca había yo pasado esas penas pero como yo lo que quería era llegar a Estados Unidos para hacer algo…”.

“Injusticias y abusos”

A través del Archivo Bracero, el gobierno de EE.UU., mediante el Museo Nacional de Historia y diferentes instituciones académicas, reconocen que los trabajadores fueron sometidos a una serie de “injusticias y abusos”.

“Muchos se enfrentaron a alojamiento deficiente, discriminación e incumplimiento de contratos, incluso fueron estafados al recibir sus salarios”, indica el sitio web.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Pese a estas investigaciones, ningún presidente o autoridad de alto cargo a nivel nacional en EE.UU. ha ofrecido disculpas públicas ni reparaciones por los efectos negativos que desencadenó el programa, indica la historiadora Mireya Loza.

Tampoco existe una investigación exhaustiva sobre el impacto de pesticidas, incluido el DDT, en la salud de millones de braceros que fueron fumigados.

Aunque el programa culminó hace casi seis décadas, aún queda una generación que vive para contarlo.

Carlos Marentes, activista por los derechos de los campesinos en El Paso, recogió también cientos de testimonios y denuncias de abusos laborales, y las fumigaciones sobresalían entre los recuerdos más amargos de los trabajadores.

“Naturalmente existía un miedo de que trajeran enfermedades contagiosas, pero eso conllevó a una estigmatización“, dice a BBC Mundo.

Para Marentes, el programa Bracero fue un ejemplo claro de “la contradicción en la política de inmigración” de Estados Unidos.

“Por una parte sabemos que los necesitamos (a los inmigrantes), para que hagan todo lo que no podemos o no queremos hacer, pero por otra parte nos han metido en la cabeza que hay que tenerles miedo”, sentencia.



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