A través de leyendas radiofónicas, un grupo de niños encontró el gusto por leer y escribir
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Especial.

A través de leyendas radiofónicas, un grupo de niños encontró el gusto por leer y escribir

Por su iniciativa, el profesor Carlos Villarreal fue galardonado con el Premio ABC 2017 que otorga la organización Mexicanos Primero.
Especial.
Por Andrea Vega @EAndreaVega
2 de diciembre, 2017
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El profesor Carlos Alberto Villareal, del municipio de Cañitas de Felipe Pescador al norte de Zacatecas, estaba preocupado porque no lograba interesar a sus alumnos de quinto y sexto grado de primaria en la lectura y la escritura.  Había intentado varias estrategias: les llevaba textos de reflexión, cuentos, fábulas, pero no conseguía mover su interés hacia los libros, hasta que un día se encontró con un contenido en la asignatura de español: el guión radiofónico.

“Los muchachos propusieron hacer historias de terror para radio. Me gustó la iniciativa y nos pusimos a trabajar con leyendas de la zona. Ellos iban y les preguntaban a sus abuelos por las de aquí, luego las escribían y así hicimos un compilado de 16 historias. Después le pedí a los  muchachos que hicieran la ambientación e iban proponiendo diálogos”.

Los alumnos no sólo escribían las historias, sino que también las interpretaban. Surgió entonces la idea de dejar plasmado el material en un libro y en un disco. Iban a hacer falta ilustraciones, así que el profesor les pidió a los muchachos que, de acuerdo al pasaje que más les impactara de la leyenda, hicieran un dibujo.

Se seleccionaron las mejores historias y se integraron en el texto. La producción del libro y el disco fue casera y manual. El profesor y sus alumnos buscaron tutoriales en Youtube para poder encuadernarlo. Para el disco se recopilaron todas las leyendas que grabaron los muchachos.

“Les prestaba mi celular y la computadora e íbamos grabando”, recordó Villarreal.

En este proyecto participaron 21 alumnos de su grupo, así como 39 más de otras dos escuelas que se involucraron.

Al inicio, el programa de radio se presentó solo en la plaza pública del colegio. Pero “vimos que al público le gustó, generó impacto, así que empezamos a buscar más leyendas y luego ya presentamos la actividad en todo el municipio. Los niños hicieron volantes y folletos para promocionarla”.

Alumnos del profesor en radio.

A partir de esta actividad, el profesor Villarreal trabajó transversalmente diversas habilidades: la lectura, la escritura, la compresión, el dibujo y aprovechó para integrar un elemento que a los niños y jóvenes les llama mucho la atención.

“Los niños quieren aprender en acción y también en interacción con la tecnología. En este proyecto ellos mismos grababan sus diálogos y luego me los mandaban por Whatsapp. Luego incursionaron en la edición de video. Buscaron las imágenes para acompañar sus historias y se fueron involucrando cada vez más”.

Por puro gusto

Por el trabajo que implementó con sus alumnos, el profesor Villareal fue uno de los docentes galardonados con el Premio ABC 2017 de Mexicanos Primero, que cumple 10 años de reconocer, desde la sociedad civil, la labor ejemplar de profesores –de educación básica en escuelas públicas de México– que han logrado altas metas en el aprendizaje de sus alumnos.

Lo que hace este profesor en el aula es parte de los “Ambientes Propicios para el Aprendizaje”, contemplados en el nuevo modelo educativo, en el que se asienta que para hacer posible el mayor logro de los estudiantes, los docentes deben priorizar las interacciones significativas entre ellos.

El ambiente de aprendizaje también debe reconocer que el conocimiento se construye en comunidad, de forma cooperativa, solidaria, participativa y organizada.

Así, se debe dar mayor peso a la motivación personal, al tiempo que se fomenta la colaboración entre los estudiantes, se diseñan estrategias para hacer relevante el conocimiento que induce en ellos el aprecio por sí mismos, su capacidad de asombro y su deseo de aprender a lo largo de toda la vida, se lee en el documento.

Evaluación en las aulas

Para Juan Alfonso Mejía, director general de Mexicanos Primero, no basta que los profesores del nivel básico sean evaluados frente a una computadora. “Nuestra postura es que se debe ir hasta las aulas y evaluar ahí el trabajo de los profesores”, esto para saber si los docentes están cambiando realmente sus prácticas.

“Sin embargo, la SEP y el INEE argumentan que no cuentan con los recursos económicos suficientes para hacerlo. Nosotros vamos a las aulas para evaluar a los profesores y entregar el Premio ABC, claro, las autoridades tendrían que hacerlo a gran escala. No sé, exactamente, cuánto costaría esto”.

Lo que sí sabe Mejía es que una de las grandes fallas de esta administración, la de Enrique Peña Nieto, es que no se ha cumplido con las pruebas necesarias para evaluar la calidad educativa en el país.

“Había un calendario para las mediciones de aprendizaje de los alumnos, Planea  (Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes) y Pisa (Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos), pero ese calendario ha sido modificado año con año. Planea, por ejemplo, debió aplicarse en 2016 y no se hizo, porque no había un presupuesto de 84 millones de pesos para realizar la evaluación”.

“Eso no se puede usar como argumento”, agregó, “no puedes decir que no tienes presupuesto cuando lo que está de fondo es garantizar el derecho de nuestros niños a aprender”. Y es que al no capacitar y al no evaluar correctamente, se deja al criterio y la iniciativa de los profesores implementar nuevas prácticas de enseñanza en el aula.

El trabajo del profesor Carlos Alberto Villareal es excepcional, lo que le valió ser galardonado con el Premio ABC 2017. Por lo pronto, el maestro planea ejecutar un proyecto similar en la asignatura de historia. Sólo que ahora las grabaciones las quiere trabajar con biografías de la historia de México o con pasajes que la van formando, “para que le sea más significativo a los niños”.

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El gas usado para "desinfectar" a mexicanos en EU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi

Durante décadas, trabajadores mexicanos que cruzaban a Estados Unidos fueron inspeccionados y fumigados con pesticidas para prevenir enfermedades infecciosas. Décadas después, cientos describieron la experiencia como humillante y vergonzosa.
4 de septiembre, 2021
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En 1956, los braceros eran fumigados con DDT como parte del proceso de entrada a Estados Unidos.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU

Muchos no sabían qué les estaban rociando, pero era tan extendido su uso que le apodaron “el polvo”.

La fotografía que abre esta nota es especialmente destacada por historiadores en Estados Unidos y algunos describen la escena capturada como “un momento atroz”.

En ella un funcionario enmascarado fumiga la cara de un joven mexicano desnudo con el pesticida DDT en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas, mientras que otros esperan en fila detrás mientras sujetan sus pertenencias.

La tomó el neoyorquino Leonard Nadel en 1956 mientras documentaba el programa Bracero, bajo el que al menos 4 millones de mexicanos migraron temporalmente a Estados Unidos para trabajar entre 1942 y 1964.

El esquema fue inicialmente establecido para compensar la ausencia de trabajadores estadounidenses debido al reclutamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial.

Un trabajador se registra en el programa Bracero.

Getty Images
Millones de mexicanos campesinos y obreros participaron en el programa Bracero en Estados Unidos.

El DDT se empleó hasta mediados de los 60 en los inmigrantes para prevenir la propagación de malaria y tifus y su uso fue posteriormente prohibido en EE.UU. en 1972.

Hoy en día está clasificado por el gobierno de ese país y autoridades internacionales como un “probable carcinógeno humano”.

Pero este no fue el único pesticida empleado para “desinfectar” a inmigrantes mexicanos en la frontera entre México y EE.UU. por décadas.

Años antes de la implementación del programa Bracero, otro insecticida fue utilizado en centros de recepción de visitantes y pasaría a servir como ejemplo a funcionarios del nazismo en Alemania.

Zyklon B

David Dorado Romo, historiador y cronista de El Paso y Ciudad Juárez, dio con un artículo en una revista científica alemana de 1937 que lo dejó atónito.

El escrito incluía dos fotografías de “cámaras de despiojado” en El Paso, Texas.

Su autor, el químico alemán Gerhard Peters, destacaba las imágenes para ilustrar “la efectividad del Zyklon B (un pesticida a base de cianuro) como un agente para matar plagas indeseables”, escribe Romo en su libro Ringside Seat to a Revolution (“Asiento en primera fila a una revolución”).

“Peters se convirtió en el director de operaciones de Degesch, una de las dos firmas que adquirió la patente del Zyklon B en 1940 para producirlo masivamente”, describe.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron el gas en dosis concentradas para matar a millones de judíos.

Un funcionario fronterizo estadounidense les habla a un grupo de refugiados mexicanos en el Puente Internacional de El Paso, en Texas. Año 1916.

Getty Images
Las inspecciones y requerimientos en la frontera entre EE.UU. y México en El Paso se endurecieron a partir de 1916.

Aunque en El Paso no se utilizó para el mismo fin, ya se estaba empleando desde 1929 por funcionarios fronterizos para fumigar la ropa y los zapatos de inmigrantes mexicanos en el Puente Internacional Santa Fe, que conecta esa ciudad con Ciudad Juárez.

Las inspecciones habían iniciado formalmente en 1917, amplía el historiador, cuando las autoridades estadounidenses empezaron a imponer restricciones sobre los cruces fronterizos en sectores como El Paso.

El alcalde de la ciudad en esa época, Tom Lea, se refería a los mexicanos como “sucios piojosos indigentes” que “sin duda, van a traer y propagar el tifus”.

Pero entre 1915 y 1917, menos de 10 residentes de El Paso habían muerto del tifus epidémico, recogió Romo en su libro.

Aún así, los mexicanos considerados de “segunda clase” eran sometidos a exhaustivos chequeos que incluían duchas con agua caliente y revisiones de los migrantes desnudos. A los que le encontraban piojos, “les rapaban la cabeza y les afeitaban todo el cuerpo”, señala Romo a BBC Mundo.

Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Tan solo en 1917, al menos 120.000 personas fueron examinadas en el centro de El Paso.

Romo y otros historiadores hablan de un contexto en el que las ideas eugenésicas cobraban fuerza y se manifestaban a través de nociones discriminatorias y racistas.

“No hay que comparar peras con manzanas, pero el Holocausto no fue un hecho aislado y la frontera entre EE.UU. y México sirvió como un centro de experimentación importante de esas ideas”, advierte Romo.

“¿Sabe qué es la vergüenza?”

Cuando inicia el programa Bracero en 1942 ya estaba extendido el uso de diferentes químicos como el kerosén en centros de inspección fronterizos.

Aunque el gobierno de EE.UU. alabó a los mexicanos que se enlistaban como “soldados de la producción” y de la tierra en ese tiempo, con los años surgieron cientos de testimonios de trabajadores que señalaron sus experiencias como vergonzosas y humillantes.

La historiadora Mireya Loza recuerda en conversación con BBC Mundo que la imagen del trabajador rociado con DDT en la cara era la que más afectaba a los antiguos participantes del programa con los que habló.

“Muchos decían que sentían los efectos del DDT en los ojos, que tenían reacciones alérgicas en la piel y entendieron que no era un tratamiento humano”, dice la profesora de la Universidad de Georgetown.

Un grupo de trabajadores del programa Bracero alzan los brazos y están alineados contra la pared mientras son inspeccionados en una habitación del Centro de Procesamiento en Monterrey, México.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores eran inspeccionados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, en un centro de procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

La académica inició su investigación entrevistando a decenas de braceros para un proyecto llamado Bracero History Archive (Archivo Histórico de los Braceros), impulsado por el Museo Nacional de Historia estadounidense Smithsonian.

“Muchos de estos trabajadores dijeron haber sentido algo feo porque era la primera vez que eran desnudados públicamente y frente a varias personas. Para ellos era un shock tremendo estar ahí y que los doctores les hicieran abrir las pompis, la boca; todo revisaban”, describe.

Los trabajadores eran generalmente inspeccionados en sedes administradas por Estados Unidos dentro de México y en ciudades fronterizas como Hidalgo, en Texas.

Además de las fumigaciones, los vacunaban contra la viruela, les hacían exámenes de sangre y de rayos X y les revisaban las manos en busca de callos que demostraran que tenían experiencia en el campo.

Un bracero es vacunado mientras otros esperan en la fila en el Centro de Procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores también eran vacunados contra la viruela.
Un funcionario de gobierno revisa las manos de un aspirante al programa Bracero.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Era común que las manos de los trabajadores fueran revisadas en busca de callos como prueba de que ya trabajaban la tierra.

José Silva, un campesino oriundo de Michoacán que empezó a trabajar desde los 6 años, describió en 2005 con cierto enfado la experiencia que vivió mientras fue bracero durante una entrevista disponible en el Archivo Bracero:

“Por una parte sí fue un buen programa (…) No tuve problema, me ayudé económicamente. Lo que no me gustaba era que nos fumigaron. Sentí vergüenza. ¿Sabe qué es la vergüenza? Todos formados así, sin ropa, y salíamos así caminando y allá en la puerta estaba el hombre con el fumigador. Muy mal. No éramos animales, éramos cristianos, ¿por qué nos fumigaban?“.

Víctor Martínez Alemán, originario de Tlaquiltenango, en Morelos, se enlistó en el programa en 1956 y trabajó en California:

“Nos pasaron, encuerados, delante de todas las muchachas, ya no más nos tapábamos acá pero encuerados para pasar donde nos iban a fumigar, bien fumigados así y todo… A nosotros nos daba vergüenza porque teníamos que pasar como con 20 mujeres (…) Eran todas secretarias. Y con manos atrás, nada de taparse, nada… Nos quería hasta pegar (…) Nunca había yo pasado esas penas pero como yo lo que quería era llegar a Estados Unidos para hacer algo…”.

“Injusticias y abusos”

A través del Archivo Bracero, el gobierno de EE.UU., mediante el Museo Nacional de Historia y diferentes instituciones académicas, reconocen que los trabajadores fueron sometidos a una serie de “injusticias y abusos”.

“Muchos se enfrentaron a alojamiento deficiente, discriminación e incumplimiento de contratos, incluso fueron estafados al recibir sus salarios”, indica el sitio web.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Pese a estas investigaciones, ningún presidente o autoridad de alto cargo a nivel nacional en EE.UU. ha ofrecido disculpas públicas ni reparaciones por los efectos negativos que desencadenó el programa, indica la historiadora Mireya Loza.

Tampoco existe una investigación exhaustiva sobre el impacto de pesticidas, incluido el DDT, en la salud de millones de braceros que fueron fumigados.

Aunque el programa culminó hace casi seis décadas, aún queda una generación que vive para contarlo.

Carlos Marentes, activista por los derechos de los campesinos en El Paso, recogió también cientos de testimonios y denuncias de abusos laborales, y las fumigaciones sobresalían entre los recuerdos más amargos de los trabajadores.

“Naturalmente existía un miedo de que trajeran enfermedades contagiosas, pero eso conllevó a una estigmatización“, dice a BBC Mundo.

Para Marentes, el programa Bracero fue un ejemplo claro de “la contradicción en la política de inmigración” de Estados Unidos.

“Por una parte sabemos que los necesitamos (a los inmigrantes), para que hagan todo lo que no podemos o no queremos hacer, pero por otra parte nos han metido en la cabeza que hay que tenerles miedo”, sentencia.



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