En defensa de las abejas meliponas, una lucha de las mujeres mayas con una doble causa
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Foto: Andrea Vega.

En defensa de las abejas meliponas, una lucha de las mujeres mayas con una doble causa

La Escuela de Agricultura Ecológica U Yits Ka ‘ an trabaja desde hace 22 años con campesinas de Yucatán para recuperar la producción de miel de la abeja melipona, proyecto que busca empoderar a las mujeres y enseñarles a respetar los ciclos de la naturaleza.
Foto: Andrea Vega.
Por Andrea Vega
30 de enero, 2018
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La cabeza de la guardiana asoma por el breve agujero. Su visión ultra rápida escudriña el entorno. Está preparada para ubicar a cualquier enemigo, dar la alerta y junto con otras obreras apelmazarse para bloquear la entrada, aunque eso les implique morir. Pero por esta vez, la guardiana puede relajarse, lo que se acerca no son hormigas o mosquitas nemen (que buscan ovar en su casa), es Noemí Euan, una de las apicultoras mayas que cuida a esta colonia de abejas meliponas, en el municipio yucateco de Mama.

Mimi, como le dicen, pertenece a un grupo de 15 mujeres que se conocieron durante los cursos de la Escuela de Agricultura Ecológica U Yits Ka ‘ an (Rocío que cae del cielo), una asociación civil asentada en Maní, Yucatán, desde hace 22 años, para ofrecer cursos de agroecología a los campesinos de la zona, con la asesoría y ayuda de la Universidad Autónoma de Yucatán y la Universidad Autónoma de Chapingo.

Hasta hace diez años –relata Atilano Ceballos, su director– la escuela funcionaba como un internado gratuito al que los estudiantes llegaban de martes a viernes para luego volver a sus casas, pues el único requisito para ingresar es que debían trabajar en el campo o ser de familias campesinas, sin importar su religión o nivel académico.

Pero problemas con el financiamiento que la A. C. recibe de diversas fundaciones les obligó a cerrar la opción de internado y a trasladar los cursos a las comunidades. Muchas veces los promotores de la escuela, todos egresados de la misma y de diversas poblaciones, usan sus casas para dar los talleres.

Así, en un taller en Mama se conocieron Mimi y sus 14 compañeras. Después de verse una vez a la semana, durante un año, ya eran amigas y decidieron unirse para ser las guardianas humanas de un meliponario, del que esperan sacar la producción suficiente para vender varios litros de miel de melipona, que en el mercado se cotiza a mil o mil 200 pesos, por contener vitaminas C, B1, B2 y Niacina, potasio, calcio y magnesio. Además, los mayas le atribuyen propiedades para paliar padecimientos de la visión, como las cataratas, enfermedades respiratorias y digestivas.

La reina, con sus abejas meliponas. Foto: Andrea Vega.

Hora de resarcir

Las meliponas son una especie nativa de Yucatán, abejas sin aguijón, que producen poca pero muy buena miel. Los mayas cortaban los troncos donde se encontraban las colonias y los llevaban al patio de sus viviendas. Pero como estas abejas llevan un ritmo más lento de producción que las Apis mellifera o las europeas, los españoles las desplazaron y trajeron sus propias especies pensando en las ganancias de la comercialización.

Aunque hubo un motivo adicional: la corona española emitió disposiciones legales para prohibir hacer bebidas con la miel de melipona, como el balché, una bebida sagrada maya, utilizada para ceremonias. En el intento por desaparecer esas tradiciones, las meliponas se volvieron blanco de guerra. Los españoles buscaban las colonias para destruirlas.

“Algunas familias mayas las resguardaron en sus patios, en sus casas, gracias a ellos tenemos a estas abejas todavía”, cuenta Atilano, el padre Tilo como lo conocen, el sacerdote católico que ha transitado por la pastoral social y por la pastoral de la tierra (el trabajo con campesinos en la agroecología).

La guardiana, vigilando. Foto: Andrea Vega.

Él asentó en Maní, junto con otros 12 sacerdotes (distribuidos en diversas parroquias de la zona y de los que hoy solo siguen dos al frente de la institución) la escuela U Yits Ka ‘ an, para ayudar a la población maya a recuperar sus prácticas ancestrales y encontrar formas de producir y cosechar que respeten el ambiente y les provean una vida digna.

El padre Tilo y sus 12 compañeros no escogieron a Maní como base de operaciones de la escuela de manera fortuita. Su presencia es una especie de resarcimiento. En el atrio de la iglesia de Maní, los españoles hicieron lo que se conoce como auto de fe, una quema de códices, alfabetos y altares mayas, comandada por Diego de Landa, obispo de la arquidiócesis de Yucatán entre 1572 y 1579.

Los sacerdotes de la pastoral de la tierra llegaron a Maní para mostrar que hay otro rostro de iglesia, uno más comprometido con la gente, que quiere respetar la espiritualidad de los pueblos originarios y sus prácticas de producción. Dentro de ese objetivo no podían quedar fuera las agraviadas meliponas, esas abejas nobles que los españoles buscaron en las casas mayas para destruirlas, por su íntima relación con la cosmovisión del pueblo originario.

Lucha con doble causa

Mimi y su grupo tienen apenas un año con sus abejas. No rebasan todavía las 17 cajas (donde habitan igual número de colonias). Todas se turnan para cuidarlas, aunque Mimi es quien las tienen en su casa y la que suele salir corriendo a las 3 de la mañana cuando se da cuenta que una carretonada de hormigas vuelve negra la tierra de su traspatio. La muchacha alumbra a las invasoras con una lámpara, verifica que no van hacia su meliponario y entonces se regresa a dormir.

Este jueves de fines de enero le toca a Martha Carrillo y Mariana Gutiérrez, dos de las integrantes del grupo, hacer la ronda a la casa de Mimi para verificar que sus divisiones están evolucionando sin problema. Ese proceso es importante porque es cuando separan a un grupo de abejas de la colonia para que elijan una nueva reina y formen otra.

Apenas abren la tapa de la caja, las tres gritan que ahí está la reina: más grande, gorda y con tonalidades de café y amarillo más claras que las obreras. “Dicen que no es fácil ver a la reina –señala Mimi– pero nosotras las vemos muchas veces cuando abrimos las cajas. De nosotras no se esconden. ¿Será porque somos mujeres?”.

Si el padre Tilo la escuchara, diría que es verdad. El sacerdote subraya que los mayas relacionaban a las meliponas con la feminidad, de hecho acá en la región a esta especie de polinizadoras se les conoce como Xunan Kaab, mujer abeja; por eso, para él, en estos tiempos de violencia contra las mujeres, defender a las meliponas es una lucha con doble causa.

De los siete grupos que se han conformado de meliponicultores, bajo la batuta de la Escuela de Maní, cinco son familiares y dos son solo de mujeres. Pero incluso en los conformados por familias, son ellas quienes cuidan a las abejas. “No se inició el proyecto así a propósito, pero hemos descubierto que las mujeres son más hábiles para cuidar a las meliponas, sobre todo, son más perseverantes”, señala el padre Tilo.

Una vez que terminaron el curso, la Escuela de Maní le regaló a Mimí y su grupo tres cajas (colonias) con Meliponas. Ellas deben incrementar ese número hasta 20, como primer objetivo; ya van en 17. Cuando tengan más de 10 deberán hacer el pase en cadena que marca la Escuela: regalarle tres cajas a otra familia o grupo que quiera y tenga ya el conocimiento para reproducirlas.

Foto: Andrea Vega.

Criar estas inofensivas abejitas es complejo. Lorena Zapata, quien es egresada de la Escuela de Maní, formó junto con otras ocho mujeres otro meliponario, dice que tienen 53 colonias, la mayoría en jobones, pedazos de tronco huecos sellados en los extremos con piezas circulares de madera y con un orificio enfrente que sirve de entrada a las obreras.

“Tenemos a las abejas aquí en mi casa desde hace ocho años, pero hay momentos que se pierden. Una vez perdimos 24 jobones, primero por un ataque de hormigas, luego el nenem y para acabar un enjambre de abejas africanas. El año pasado no tuvimos producción por la sequía. Y así vamos, luchando junto con ellas”.

Con todo, Lorena dice que sí vende la miel, el polen. “Cuando hay producción sacamos 15 o 16 litros, que hace dos años vendimos a mil pesos cada uno”. Ahora están empezando a hacer derivados: jabón, shampoo, crema. “Como negocio es bueno porque hay demanda, pero es difícil lograr la producción”.

En los talleres, los promotores de la Escuela de Maní enseñan a los participantes primero a construir el meliponario o nahil kaab (en lengua maya, casa de las abejas). Éste se hace con techo de palma de Guano, una palma de hasta 25 metros de altura con la que se construye también la casa tradicional maya, para mantener el lugar fresco en los calores de más de 40 grados de Yucatán. La estructura se completa con madera.

La organización consigue fondos para poner piso de cemento a los meliponarios y unas canaletas, que se llenan de agua para evitar el paso de las hormigas. Algunos grupos usan cajas de madera tecnificadas para alojar a las abejas, como se hace en una versión más moderna, pero la forma tradicional de los mayas es utilizar jobones.

María Cruz Torres, conocida como Nevy, y su familia tienen 37 cajas pero también nueve jobones en su meliponario. En cada uno hay alrededor de 2 mil o 2 mil 500 abejas. Ella las empezó a cuidar porque su hija entró a estudiar a la Escuela de Agricultura, y ahí le dieron tres jobones con meliponas.

“Ella se casó, se fue –dice Nevy– se llevó algunas y yo me quedé con éstas. Ahorita les doy más atención, porque cada vez me interesa más cuidarlas, me gusta. En las mañanas vengo, veo cómo están, si los guardianes están en las puertas, porque si no algo está pasando y hay que abrir el jobón”.

Nevy todavía no ha sacado mucha miel. Apenas sacó dos litros en total. Pero es que la sequía del año pasado inhibió la floración y las abejas no produjeron. Además, Nevy dice que se ha dedicado a hacer división. “Si hago eso, no puedo extraer miel porque las dejaría muy débiles”.

Ya en su punto, con la colonia bien establecida y trabajando, cada jobon producirá de dos a tres litros de miel de melipona. Aunque eso pasará solo si llueve y la floración es buena, y también si los varios enemigos de las meliponas no logran atacarlas. Con las condiciones óptimas, los grupos venderán, además de la miel y el polen, jabones y cremas. Aunque el padre Tilo dice que esto no es cuestión de negocio, sino de rescatar las prácticas mayas y a la melipona.

“No nos interesa que la gente solo aprenda a manejar de manera correcta sus abejas, queremos que también aprendan a respetar los ciclos de la naturaleza, de la floración, y que puedan agradecer, bajo su espiritualidad maya, con sus ceremonias, el tener un poco de miel, de polen. Creemos que es posible una vida que respeta los ciclos”, dice el padre Tilo. Una vida que marcha más lento y de una forma más justa, concluye.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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43 mujeres de Sudamérica denuncian al Opus Dei ante el Vaticano por servidumbre y explotación

43 mujeres de Argentina, Paraguay y Bolivia denunciaron ante el Vaticano al Opus Dei, que ha abierto una "comisión de escucha y estudio" de los casos.
2 de agosto, 2022
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Les decían que tenían “vocación de santas”, que estaban llamadas a “servir a dios” y las sometían a jornadas de hasta 15 horas de trabajo, aisladas en residencias, con una rutina de oración y mortificaciones que incluía bañarse con agua fría y autoflagelarse.

Eso es lo que dicen que sufrieron las 43 mujeres de Argentina, Paraguay y Bolivia que en septiembre de 2021 denunciaron a la organización ultraconservadora católica Opus Dei ante el Vaticano por trata de personas, explotación y reducción a la servidumbre.

Ahora, la orden religiosa en la Región del Plata -que incluye Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay- ha anunciado la creación de una “comisión de escucha y estudio”, aunque dicen hacerlo por “una motivación moral y no jurídica”.

“Creemos que es necesario un ámbito que permita comenzar a sanar lo que haya que sanar”, explica a BBC Mundo la oficina de comunicación del Opus Dei sobre la creación de la comisión. Al ser preguntada por las acusaciones, la orden afirma que no tiene “ninguna notificación de denuncia por parte de las autoridades eclesiásticas”.

“Al finalizar el periodo de escucha y estudio, la comisión presentará sus conclusiones y recomendaciones al vicario regional, para que se tomen las decisiones oportunas”, agregó.

Las mujeres, que no han acudido aún a la justicia ordinaria a la espera de reunir más testimonios, según su abogado, reclaman una reparación económica y un reconocimiento público de la Iglesia.

Sus historias tienen puntos en común: fueron reclutadas entre familias de bajos recursos cuando tenían entre 12 y 16 años y las llevaron a Buenos Aires en las décadas del 70, el 80 y el 90 con la promesa de darles educación.

En cambio, denuncian, recibieron capacitación en tareas domésticas y las hicieron trabajar gratis para miembros de alta jerarquía y sacerdotes de la obra fundada por el cura español y santo Jose María Escrivá de Balaguer.

La denuncia presentada ante el Vaticano asegura que “hubo un plan proselitista” y que “lo hicieron con el conocimiento y consentimiento de las personas que ostentaban las facultades de organización y control”.

“No ha habido ninguna denuncia laboral formal en los últimos 40 años“, replica el Opus Dei al ser preguntado por BBC Mundo. “Y tampoco desde que se han realizado las acusaciones públicas, habiendo transcurrido casi un año (desde las denuncias) y a pesar de que la Prelatura siempre estuvo a total disposición de la Justicia”, agrega.

BBC Mundo no obtuvo respuesta del departamento de prensa del Vaticano ni de otras instituciones de la iglesia católica en Roma.

Alicia Torancio, una de las 43 mujeres denunciantes, se muestra reacia a colaborar con la comisión creada por el Opus.

“¿Cómo esperan que alguien vaya a denunciar el abuso y explotación al que lo abusó y explotó?“, dice a BBC Mundo.

Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei, en Bolivia junto a numerarias auxiliares en una imagen de archivo.

Alicia Torancio
Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei, en Bolivia junto a numerarias auxiliares en una imagen de archivo.

Torancio entró a la obra detrás de una hermana mayor que hoy también es una de las denunciantes.

Estuvo 13 años. Entró en 1994 con 16 y salió en 2007, con casi 30. Ahora, a los 44, las marcas de lo que padeció siguen presentes.

“Los últimos seis años estuve sumergida en una depresión terrible, ellos me trataron con psiquiatras de la obra y tuve un intento de suicidio. Me decían que esa era mi cruz, lo que tenía que pagar por los pecadores, y que con mi sufrimiento estaba sosteniendo las labores apostólicas. Sólo me dejaron ir cuando no servía más para trabajar”.

“A partir de ahora tu familia es el Opus Dei”

Torancio nació y creció en Mercedes, a casi 700 kilómetros de Buenos Aires. A los 10 años, mientras los hermanos varones se quedaban a trabajar en el campo con su padre, peón rural, a ella y a sus hermanas las mandaron a casa de unos familiares en la capital argentina para terminar la escuela primaria y después emplearse como servicio doméstico.

Por una de sus hermanas mayores, que ya trabajaba allí, supo de un centro de formación para mujeres. “Te ofrecían algo tentador, porque era una casa donde podías vivir y de paso tener una capacitación”, cuenta a BBC Mundo.

Ahí llegó Élida, la primera Torancio en entrar al Opus Dei como numeraria auxiliar, la categoría más baja de pertenencia a la obra, la de las “mucamas”.

Torancio no quería ser del Opus Dei. Pero a los 15 años y a través de su hermana consiguió trabajo en una residencia de varones perteneciente a la obra. Como estaba sola en Buenos Aires, le ofrecieron alojamiento en la residencia de mujeres donde estaban todas las chicas que estudiaban en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos, el ICIED, “la escuela de mucamas”.

“Cuando llegas ahí te empiezan a hacer la cabeza. Te dicen que tenés vocación para ser santa, que podés aportar al mundo a través de tu trabajo y que vas a ayudar a cambiar el mundo. Y yo era muy idealista”, se lamenta.

Clase en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos del Opus, el ICIED, "la escuela de mucamas".

Alicia Torancio
Clase en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos del Opus, el ICIED, “la escuela de mucamas”.

A los tres meses escribió la “carta de admisión” a las autoridades de la obra: un escrito de puño y letra en el que manifestaba su vocación. Una vez que la aceptaron, dejó de cobrar por su trabajo y tuvo que empezar a vivir de un día para el otro con las reglas del “plan de vida” de los miembros: despertarse a las 6 de la mañana, bañarse con agua fría, rezar, estudiar textos de Escrivá de Balaguer y trabajar el resto del día, pero ya sin pago.

“Te dicen que le ofrecés tu trabajo a dios. A mí me preocupaba que ya no iba a poder mandarle dinero a mis padres. Me dijeron: ‘Ya no tenés que preocuparte por tus padres. Ahora tu familia es el Opus Dei'”.

En ese momento le designaron también una directora espiritual con la que debía charlar a diario, y le sumaron la obligación de confesarse una vez a la semana con un sacerdote.

Recibió también una liga de alambre con puntas, el cilicio, y un látigo con un manojo de sogas trenzadas y enceradas, la disciplina, junto con las instrucciones de uso: llevar el alambre ajustado a la pierna dos horas al día y rezar dándose latigazos en la espalda una vez a la semana. Todavía tiene las cicatrices del cilicio en el muslo.

Disciplina (izquierda) y cilicio.

Getty Images
Disciplina (izquierda) y cilicio.

“Te convierten en una máquina”

Con la admisión tuvo que ir a la “escuela de mucamas”. Era como una secundaria, pero de sólo tres años y sin título oficial. Tenían clases de cocina, limpieza, costura, modales. La escuela era de 2 a 7 de la tarde. Los padres de algunas de las chicas pagaban una pensión. Las que no podían, como Alicia, sentían la responsabilidad de trabajar más para compensar que no pagaban.

“Te cortan los vínculos con tu familia y con el (mundo de) afuera, pero además tenés prohibido hacerte amiga de alguna de tus compañeras. Tampoco podía compartir con mi hermana. Te observan todo el tiempo y enseguida te llaman la atención”.

El control, dice, se ejercía a través de la “corrección fraterna”: todas observan a todas e informan de todo lo que ven a las directoras, que las corrigen. “Te convierten en una máquina”.

Alicia, de uniforme, con su hermana Élida, que también es unas de las 43 denunciantes.

Alicia Torancio
Alicia, de uniforme, con su hermana Élida, que también es unas de las 43 denunciantes.

Cada tanto, una vez al año o cada año y medio, la dejaban viajar dos o tres días a visitar a sus padres. Tenía que hacer un pedido especial; a veces le decían que sí y a veces que no. Cuando le daban permiso, tenía que ir acompañada por otra chica.

“Te infantilizaban todo el tiempo. Tenías que pedir permiso para las cosas más tontas y no tenías dinero para manejarte”. El resto del año se podía comunicar por carta o teléfono. Las cartas, tanto las que mandaba como las que recibía, se abrían y leían primero por la directora espiritual, asegura Torancio.

Los traslados entre centros del Opus Dei eran compulsivos, incluso entre provincias y países. A los 20 años mandaron a Torancio a Laya, la residencia de numerarias auxiliares más grande del país, al lado de la sede central de la organización y “centro de estudios” por el que pasan todos los miembros varones y donde también están las máximas autoridades. Queda en la Recoleta, el barrio más caro de Buenos Aires.

La sede central es un gran edificio de nueve pisos de alto. A un costado está el edificio de la servidumbre. Se pueden ver desde la calle las ventanas tapadas que no permiten mirar el exterior ni que el interior se vea desde afuera.

A través de una conexión en el subsuelo, con doble puerta, pasan a trabajar al edificio de la sede central todos los días -en horarios específicos para evitar cruzarse con los varones-. Allí tienen la cocina, el planchero, la tintorería, la sala de lavado y además limpian las habitaciones y espacios comunes, como el oratorio, salas de conferencia, comedor y living. También cosen, bordan y hacen lo que haga falta.

Clases prácticas en la llamada "escuela de mucamas" del Opus en los años 2000.

Alicia Torancio.
Clases prácticas en la llamada “escuela de mucamas” del Opus en los años 2000.

Allí Torancio cumplió la mayoría de edad y dio el paso definitivo como miembro del Opus Dei: la Fidelidad, que es la incorporación de por vida con compromisos de castidad, pobreza y obediencia.

Ese paso es para todos los miembros célibes, que no pueden casarse y son los que ocupan las casas de la obra: los numerarios y numerarias, que son los de alta jerarquía y son profesionales de clases medias y altas; y las numerarias auxiliares, que son las mujeres de origen pobre que sirven y atienden a los demás. Es el caso de Alicia.

Por encima de todos ellos hay una cúpula de religiosos, pero son sólo un 2% de los miembros en el mundo.

La Fidelidad implica el rito de ponerse un anillo como símbolo de unión a la obra y el compromiso de pobreza, que incluye entregar todo lo que se posee y se recibe: sea un regalo o el salario en el caso de quienes trabajan fuera de las casas.

José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, de visita en Argentina en 1974.

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José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, de visita en Argentina en 1974.

“Si Jesús y los grandes santos soportaron tanto dolor, cómo no lo vas a soportar vos”

A los 22 años, a Torancio la nombraron jefa de cocina de la sede central: era la responsable del menú, las compras y el servicio para los 100 hombres que vivían allí. Ahí empezó su crisis: “Era demasiada presión y empecé a estar mal”, recuerda.

En el Opus Dei hay un manual para todo. Y cualquier cuestionamiento a lo que se vive se aborda como una duda vocacional que tiene respuesta estandarizada: “Cualquier duda vocacional era abordada por la institución como un problema psicológico/psiquiátrico con el consiguiente suministro de psicofármacos para neutralizar la voluntad”, dicen en la denuncia al Vaticano las 43 mujeres.

Los psiquiatras y psicólogos son siempre miembros del Opus Dei. A Alicia la llevaron primero a una psiquiatra que le dijo que no tenía nada y que fingía su depresión. “Lo que te dicen siempre es que si Jesús y los grandes santos soportaron tanto dolor, cómo no lo vas a soportar vos”.

Consiguió que la llevaran con otra psiquiatra que decidió tratarla. “Enseguida me dieron pastillas, pero siempre era algo que hacía efecto al principio pero después volvía a caer. Llegué a tomar siete u ocho pastillas por día. O más. Era una zombi y pesaba 45 kilos porque no podía comer. Caí en un pozo y empecé a tener ideas suicidas”. Fueron seis años así.

“Yo no lograba levantar. Estuve tan mal que en un momento le pidieron permiso a mi familia para tratarme con electroshock, pero por suerte dijeron que no”.

Después de una sobredosis de pastillas, estuvo internada en un psiquiátrico y recién ahí le dieron permiso para irse a casa con su familia. Ahí empezó a madurar la decisión de irse.

“Fijate el lavado de cabeza que te hacen que yo les decía que me iba porque era mala imagen para ellos. Sentía que no servía, que había fallado a dios. Eso es lo que te dicen”.

Cuando volvió de Corrientes escribió la “carta de dispensa”, porque así como para entrar, también se necesita permiso para dejar el Opus Dei. En los dos casos se hace a través de un escrito de puño y letra que se envía al Prelado, la máxima autoridad de la organización, que reside en la sede central, en Roma.

Es un edificio a pocos kilómetros del Vaticano. Allí se centraliza el control de los 68 países en los que la obra está presente.

Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei.

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Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei.

Cuando se fue del Opus Dei, con casi 30 años de edad, Torancio sólo tenía una valija y una bolsa con unas pocas cosas personales. Se fue a Corrientes, a casa de sus padres, porque no tenía nada.

De los 13 años que estuvo dentro del Opus Dei, dice que nunca ganó dinero por ni una de las horas trabajadas. No estaba contemplado pagarles. “A nosotras no nos decían que estábamos trabajando. Nos decían que nos estábamos santificando, que lo que Dios nos pedía era servir y que así estábamos ayudando a transformar el mundo”.

“No te podías quedar ni con un centavo”

Recién en 2005, con cambios en la legislación laboral argentina, el Opus Dei empezó a hacer un pago a las numerarias auxiliares: “Nos hacían firmar un recibo, nos mandaban a cobrar por cajero automático y luego teníamos que entregar todo a las directoras. No te podías quedar ni con un centavo”, dice Alicia, que cumplía así el voto de pobreza al que obliga la obra.

Por eso, le quedaron los dos últimos años de aportes jubilatorios. Por los otros 11 años que estuvo no tiene ni registro de su paso por allí.

“Ellas eran miembros del Opus Dei. Los católicos encarnan los valores del Evangelio de diversas maneras. Los miembros del Opus Dei lo hacen desde su trabajo y en la vida diaria. Para las numerarias auxiliares, esa llamada desde el trabajo se concreta en su elección profesional del cuidado de las personas y actividades ligadas a la Prelatura”, explican a BBC Mundo desde la organización.

“Ese trabajo, como cualquier otro, está remunerado”, dice. Respecto del régimen laboral, dicen que “el Opus Dei se adaptó a las leyes vigentes de cada época“.

“El trabajo que desarrollan las numerarias auxiliares en los centros del Opus Dei se ajustó a las leyes vigentes en cada época”.

“Tienen que reconocer públicamente lo que hicieron con nosotras”, reclama Torancio. “Hay mujeres mayores con muchos problemas de salud por tanto trabajo y que ni siquiera pueden jubilarse”.


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