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Estados de cuenta, escrituras y cartas: las pruebas de PGR contra el contador de la red de Javier Duarte

Con información bancaria que demuestra el poder que tenía el contador para mover recursos en la red delictiva de Duarte, la PGR busca que el juez lo vincule a proceso.
PGR
Por Francisco Sandoval Alarcón
22 de febrero, 2018
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Estados de cuentas con transferencias millonarias, escrituras públicas de terrenos comprados a precio de ganga, peritajes financieros elaborados por expertos contables y cartas notariadas donde se muestra el poder que tenía como apoderado y comisario de diversas compañías, algunas legales y otras fantasma, con este cúmulo de pruebas la PGR pretende llevar a juicio al contador público Javier “N”, una de las piezas claves en el caso que se le sigue al exgobernador de Veracruz, Javier Duarte.

Por varios meses, Javier “N” estuvo prófugo de la justiciaEn su contra existía una orden de aprehensión por sus vínculos con la red de operaciones con recursos de procedencia ilícita del exgobernador. El 19 de abril de 2017, tras meses de búsqueda, el contador fue detenido eCabrils, Barcelona.

Este martes, tras un fallido intento de extraditarlo por parte de la justicia mexicana, Javier “N” fue expulsado de España, por lo que al llegar a México fue detenido y puesto a disposición del juez de control Marco Antonio Fuerte Tapia, quien el miércoles le decretó prisión preventiva.

Durante la audiencia inicial celebrada este miércoles en el Centro de Justicia Penal Federal del Reclusorio Norte, los fiscales de la PGR, los mismos del caso Duarte, presentaron un cúmulo de pruebas existentes contra Javier “N”, donde además de ubicarlo como miembro de la red delictiva, lo acusaron de ser un personaje clave en las operaciones de lavado de dinero encabezada por el exgobernador veracruzano y el empresario Moisés Mansur, cómplice de Duarte.

Fue por eso que la defensa del imputado y el propio Javier “N”, solicitaron al Juez una ampliación de 144 horas para hacerse llegar de una serie de evidencias que les permita impugnar las pruebas de la PGR, lo que les fue concedido. Tras el periodo de tiempo concedido, se realizará la audiencia en la que habrá de decidirse su futuro penal.

Javier “N”, el contador de Moisés Mansur

El caso por el que es investigado el contador público Javier “N”, se encuentra relacionado con una denuncia interpuesta por la Unidad de Inteligencia Financiera del Servicio de Administración Tributaria, instancia que registró movimientos de una red de 22 empresas fantasma y siete subordinados, quienes presuntamente simularon la compra con sobreprecio de más de 20 terrenos ejidales en Lerma, Campeche. 

De acuerdo con la PGR, a  través de Consorcio Brades se inyectaron recursos por más de 223 millones, por la compra de los terrenos, que en realidad pertenecían al empresario Moisés Mansur y el abogado Alfonso Ortega López.

Para los fiscales del caso, se trató de un esquema de simulación para ocultar el origen ilícito de los recursos, pero que además denotaba un sofisticado esquema de lavado de dinero.

En la investigación se estableció que las hermanas Nadia y Elia Alzate Peralta, condenadas a 3 años de prisión por sus nexos con la red Duarte, eran dueñas de Consorcio Bradesempresa que a su vez tenía como comisario al contador Javier “N”.

Según la PGR, Consorcio Brades recibió los millonarios recursos a través de una red de empresas fantasma, que presuntamente recibieron dinero desviado de las arcas públicas del gobierno de Veracruz, por órdenes de Javier Duarte y en supuesto contubernio con Mansur.

Entre las empresas que inyectaron recursos Consorcio Brades se encontraban Diseños Tevet y Trajan Construcciones, que forman parte de la red original de empresas fantasma de Duarte, mismas que recibieron recursos públicos.

No sólo eso. Señalaron que el caso específico de Javier “N” además de ser comisario de Consorcio Brades, empresa que calificaron como de “papel” o fantasma, mantenía nexos directos con al menos otras 10 compañías pertenecientes al empresario Moisés Mansur y al abogado Alfonso Ortega. En 7 casos como apoderado legal y en más como comisario de los negocios.

Tras mostrar el cumulo de pruebas, una de las fiscales del caso sostuvo que para la PGR no había duda que Javier “N” era el contador de Moisés Mansur, actualmente prófugo de la justicia, y quien junto a Duarte eran las cabezas de esta red de desvíos.

El rol de Javier N era facilitar el ocultamiento de los recursos en su cargo como comisario (de Consorcio Brades)… su conducta fue dolosa, porque sabiendo la procedencia ilícita del dinero decidió unirse con otras personas, tan es así que formó parte de empresas de papel”, sostuvo la fiscal.

Las reprimendas del juez 

Durante la audiencia inicial, los abogados del contador Javier “N”, quienes llegaron retrasados a la cita, fueron reprimidos y cuestionados en varias ocasiones por el juez Fuerte Tapia, quien tuvo que explicarles cómo se desarrolla una audiencia de este tipo.

Lo anterior porque el abogado defensor Sergio Baltazar Hernández dijo, en tres ocasiones, que no entendía las imputaciones lanzadas contra su cliente.

En una de sus intervenciones, el abogado defensor sostuvo que no entendía los argumentos de los fiscales, pues legalmente no era suficiente acusar aalguien por fungir como comisario de una compañía.

El Juez tuvo que corregir al abogado y explicarle que cuestionar las imputaciones de la PGR en este momento, no eran parte del desarrollo de la audiencia inicial.

“Si no está de acuerdo puede reclamar en otro momento. Ahora sólo es la formulación de la imputación”, dijo el Juez en tono molesto, ante la insistencia del abogado que le explicaran detalladamente las acusaciones.

Después de escuchar las acusaciones y pruebas de la PGR, así como las dudas de la defensa, el juez le pregunto a Javier “N” si tenía algo que declarar, por lo que éste se abstuvo de hacerlo e inmediatamente solicitó la ampliación de las 144 horas, por lo que el juez tuvo que intervenir y explicarle que no era el momento para pedir dicha ampliación, misma que se daría poco antes de finalizar la audiencia.

Delincuencia organizada y lavado

Tras varias horas de audiencia, los fiscales de la PGR, en voz de Estela Ramos Castillo, solicitaron al Juez Fuerte Tapia que se le vinculara a proceso a Javier “N” por los delitos de operaciones con recursos de procedencia ilícita y delincuencia organizada.

La defensa sin embargo pidió la ampliación de 144 horas, por lo cual el Juez fijó como fecha el lunes 26 de febrero para continuar la audiencia.

Tras escuchar la fecha, los fiscales de la PGR solicitaron la prisión preventiva para el imputado, y como contexto le recordaron al juez que Javier “N” estuvo prófugo de la justicia por varios meses.

“Javier N no comparece de manera voluntaria… la prisión preventiva es importante ante el peligro de sustracción por su comportamiento de que huyó a España”, dijo uno de los fiscales.

El abogado defensor del imputado aseguró que las acusaciones de la PGR eran “excesivas” y violentaban los principios de inocencia de su cliente, por lo que pidió la fianza para continuar el proceso en libertad. La petición finalmente fue negada por el Juez, quien puso a disposición de las autoridades del Reclusorio Norte al contador Javier “N”, esto para prevenir su posible fuga.

Con información de Arturo Angel. 

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Ignaz Semmelweis: el doctor al que metieron al manicomio por insistir en la importancia de lavarse las manos

En un mundo que no entendía los gérmenes, Ignaz Semmelweis descubrió y probó que lavarse las manos era clave para evitar la propagación de infecciones. Pero su historia no tuvo un final feliz.
22 de septiembre, 2019
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Hospital St. George

Getty Images
Los hospitales, como el St. Georges en Londres, eran conocidos como “casas de la muerte”.

En 1825, al visitar a un paciente que se estaba recuperando de una fractura compuesta en el Hospital St. George en Londres, sus familiares lo vieron acostado sobre sábanas húmedas y sucias llenas de hongos y gusanos.

Ni el afligido hombre, ni los demás que compartían el espacio, se habían quejado de las condiciones pues creían que eran normales.

Quienes tenían la mala suerte de ser admitidos en ese u otros hospitales de la época estaban acostumbrados a los horrores que residían en su interior.

Todo apestaba a orina, vómito y otros fluidos corporales. El olor era tan ofensivo que el personal a veces caminaba con pañuelos apretados contra sus narices.

Los doctores, por su lado, tampoco olían exactamente a rosas. Raramente se lavaban las manos o los instrumentos y dejaban a su paso lo que la profesión alegremente denominaba “el tradicional hedor hospitalario”.

Los quirófanos eran tan sucios como los cirujanos que trabajaban en ellos. En medio de la habitación solía haber una mesa de madera manchada con reveladoras huellas de carnicerías pasadas, mientras que el piso estaba cubierto de aserrín para absorber la sangre.

La clínica de Gross de Thomas Eakins

Getty Images
“La clínica de Gross” fue pintada por el estadounidense Thomas Eakins en 1875, justo antes de la adopción de un entorno quirúrgico higiénico y por eso a menudo se contrasta con la pintura posterior de Eakins, “La clínica de Agnew” (1889), que verás más abajo en este artículo.

Y había alguien a quien le pagaban más que a los doctores: el “cazador de insectos en jefe”. Su trabajo era librar los colchones de piojos.

Los hospitales eran caldo de cultivo para la infección y solo proporcionaban las instalaciones más primitivas para los enfermos y moribundos, muchos de los cuales estaban alojados en salas con poca ventilación o acceso a agua limpia.

En este período, era más seguro ser tratado en casa que en un hospital, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas que en entornos domésticos.

Como resultado de esta miseria, se les conocía como “Casas de la Muerte”.

Por favor lavarse las manos

En medio de ese mundo que aún no entendía los gérmenes, un hombre intentó aplicar la ciencia para detener la propagación de la infección.

Se llamaba Ignaz Semmelweis.

Retrato de Ignaz Semmelweis

Getty Images
Aunque Semmelweis llegó a la conclusión de que había que lavarse las manos entre procedimientos mediante un vigoroso análisis estadístico, no podía explicar por qué: aún no se sabía nada de los gérmenes.

Este médico húngaro trató de implementar un sistema de lavado de manos en Viena en la década de 1840 para reducir las tasas de mortalidad en las salas de maternidad.

Fue un intento digno pero fallido, pues fue demonizado por sus colegas.

Pero eventualmente llegó a ser conocido como el “Salvador de las Madres”.

Un mundo sin gérmenes

Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, donde la muerte acechaba las salas tan regularmente como en cualquier otro hospital de la época.

Antes del triunfo de la teoría de los gérmenes en la segunda mitad del siglo XIX, la idea de que las condiciones miserables en los hospitales desempeñaran un papel en la propagación de la infección no pasaba por la mente de muchos médicos.

"La clínica de Agnew" (1889), de Thomas Eakins

Getty Images
Este óleo es “La clínica de Agnew” (1889), de Thomas Eakins, al que se compara con “La clínica de Gross” pues que representa un quirófano más limpio, con los participantes en “batas blancas”. Más tarde, las medidas higiénicas serían más drásticas, hasta llegar a los quirófanos que conocemos.

“Es difícil para nosotros imaginarnos un mundo en el que no se sabía de la existencia de gérmenes ni bacterias”, le dijo a la BBC el doctor Barron H. Lerner, miembro de la facultad de la Escuela Langone de Medicina de la Universidad de Nueva York.

“A mediados del siglo XIX, se pensaba que las enfermedades se propagaban a través de nubes de un vapor venenoso en el que estaban suspendidas partículas de materia en descomposición llamadas ‘miasmas'”.

Desequilibrio notable

Entre las personas con mayor riesgo estaban las mujeres embarazadas, particularmente las que sufrían desgarros vaginales durante el parto, pues las heridas abiertas eran el hábitat ideal para las bacterias que médicos y cirujanos llevaban de un lado al otro.

Lo primero que notó Semmelweis fue una discrepancia interesante entre las dos salas obstétricas del Hospital General de Viena, cuyas instalaciones eran idénticas.

Una era atendida por estudiantes de medicina masculinos, mientras que la otra estaba bajo el cuidado de parteras.

La que era supervisada por los estudiantes de medicina tenía una tasa de mortalidad 3 veces más alta.

Tabla de mortalidad por fiebre puerperal

Power.corrupts
La Primera Clínica era el servicio de enseñanza para estudiantes de medicina; la Segunda Clínica había sido seleccionada en 1841 solo para instrucción de parteras.

Quienes se habían dado cuenta de ese desequilibrio antes lo habían atribuido a que los estudiantes varones eran más rudos en su trato con las pacientes que las comadronas. Creían que eso comprometía la vitalidad de las madres, haciéndolas más susceptibles a desarrollar fiebre puerperal.

Pero a Semmelweis no le convencía esa explicación.

El sacerdote o la mugre

Poco después, notó que cada vez que una mujer moría de fiebre infantil, un sacerdote caminaba lentamente por la sala de médicos con un asistente tocando una campana.

Semmelweis teorizó que ese ritual aterrorizaba tanto a las mujeres después dar a luz que desarrollaban una fiebre, se enfermaban y morían.

Después de hacer que el sacerdote tomara otra ruta y abandonara la campana comprobó, frustrado, que el cambio no había surtido ningún efecto.

Streptococcus pyogenes

Getty Images
Esta era la causa que en ese tiempo no se podía ver: la bacteria Streptococcus pyogenes.

Pero en 1847, la muerte de uno de sus colegas por una cortada que se había hecho en la mano durante un examen post mortem, le dio la pista que necesitaba.

Una leve herida fatal

Cortar cadáveres abiertos en ese tiempo conllevaba riesgos físicos, muchos de ellos fatales.

Cualquier herida o grieta en la piel producida por el cuchillo de disección, por leve que fuera, era un peligro siempre presente, incluso para anatomistas más experimentados, como el tío de Charles Darwin -con el mismo nombre-, quien murió en 1778 después de sufrir una lesión mientras diseccionaba a un niño.

Mientras su colega moría, Semmelweis notó que sus síntomas eran muy similares a los de mujeres con fiebre puerperal.

¿Sería que los médicos que trabajan en la sala de disección llevaban “partículas cadavéricas” con ellos a las salas de parto?

El toque, placa de las "Nouvelles dmonstrations d'accouchements"

Getty Images
Los doctores, como se ve en esta placa de las “Nouvelles dmonstrations d’accouchements” (Nuevas demostraciones de partos) de Jacques-Pierre Maygrier, 1840, usaban sus manos al atender partos, pero no solían estar tan limpias como en esta ilustración.

Después de todo, Semmelweis observó que muchos de los jóvenes iban directamente de una autopsia a atender a las mujeres.

Como no se usaban guantes ni otras formas de equipo de protección en la sala de disección, no era raro ver estudiantes de medicina con trozos de carne, tripas o cerebros pegados a su ropa después de que las clases hubieran terminado.

La gran diferencia entre la sala de médicos y la de parteras era que los médicos realizaban autopsias y las parteras, no.

¿Sería esa la clave del misterio que atormentaba a Semmelweis?

Tumbar y reconstruir

Antes de que se entendiera bien el asunto de los gérmenes, era difícil encontrar un remedio para la miseria en los hospitales.

El obstetra James Y. Simpson (1811-1870) -el primer médico en demostrar las propiedades anestésicas del cloroformo en humanos- argumentó que si la contaminación cruzada no se podía controlar, los hospitales debían ser periódicamente destruidos y construidos de nuevo.

El cirujano John Eric Erichsen (1818-1896) -autor de “Ciencia y el arte de la cirugía”- concordaba: “Una vez que un hospital se ha vuelto incurablemente afectado por la piemia (infección purulenta), es tan imposible desinfectarlo por cualquier medio higiénico conocido, como lo es desinfectar un viejo queso de los gusanos que se han generado en él”, escribió.

Sólo había una solución: la demolición.

Semmelweiss no creía que fueran necesarias medidas tan drásticas.

Sólo tres palabras

Tras concluir que la fiebre puerperal era causada por “material infeccioso” de un cadáver, instaló una cuenca llena de solución de cal clorada en el hospital y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: “lávese las manos”.

Ignaz Semmelweis se lava las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Getty Images
Ignaz Semmelweis lavándose las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Aquellos que pasaban de la sala de disección a las salas de parto tenían que usar la solución antiséptica antes de atender a pacientes vivos.

Las tasas de mortalidad en la sala de estudiantes de medicina se desplomó.

En abril de 1847, la tasa era del 18,3%.

Inmediatamente después de un mes de instituido el lavado de manos, las tasas cayeron a poco más del 2% en mayo.

Triunfo sin laureles

El experimento continuó; los resultados de Semmelweis eran muy convincentes, sus datos habían sido recogidos minuciosamente y sin duda salvó la vida de muchas madres durante ese periodo.

No obstante, no pudo convencer a todos sus colegas de los méritos de su teoría de que los incidentes de la fiebre puerperal se relacionaban con la contaminación causada por el contacto con cuerpos muertos.

Aquellos dispuestos a poner a prueba sus métodos a menudo lo hacían de manera inadecuada, produciendo resultados desalentadores.

Tabla de mortalidad antes y después del lavado de manos

Power.corrupts
Los datos eran incontrovertibles: las tasas de mortalidad de fiebre puerperal para la Primera Clínica en la Institución de Maternidad de Viena cayeron notablemente cuando Semmelweis implementó el lavado de manos a mediados de mayo de 1847.

“Hay que tener en cuenta que lo que él estaba diciendo -aunque no en esas palabras- era que los estudiantes de medicina estaban matando mujeres, y eso era muy difícil de aceptar”, explica Lerner.

Tras varias críticas negativas de un libro que publicó sobre el tema, Semmelweis arremetió contra sus críticos y llegó a tildar a médicos que no se lavaban las manos de “Asesinos”.

El futuro que no llegó a ver

Cuando no le renovaron el contrato en el hospital de Viena, Semmelweis retornó a su nativa Hungría, donde asumió el cargo de médico honorario relativamente insignificante y no remunerado de la sala obstétrica del pequeño Hospital Szent Rókus de Pest.

Tanto ahí como en la clínica de maternidad de la Universidad de Pest, donde más tarde fue profesor, la propagación de la fiebre puerperal era rampante hasta que él virtualmente la eliminó.

Pero ni las críticas contra su teoría ni la ira de Semmelweis hacia la falta de voluntad de sus colegas para adoptar sus métodos de lavado de manos se apaciguaron.

Placa en honor a Ignaz Semmelweis

Getty Images
Sólo después de su muerte logró el reconocimiento que le habría alegrado la vida.

Su comportamiento se volvió errático. A partir de 1861 empezó a sufrir de depresión severa y se volvió distraído. Y cada conversación lo llevaba al tema de la fiebre puerperal.

Un día, un colega lo llevó al Asilo de locos vienés con el pretexto de visitar un nuevo instituto médico.

Cuando Semmelweis se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y trató de irse, los guardas lo golpearon severamente, le pusieron una camisa de fuerza y ​​lo confinaron a una celda oscura.

Dos semanas después, Semmelweis murió porque una herida en su mano derecha se había vuelto gangrenosa. Tenía 47 años.

Lamentablemente, nunca jugó ningún papel en los cambios que, en última instancia, serían llevados a cabo por pioneros anteriores a la teoría de los gérmenes, como Louis Pasteur, Joseph Lister y Robert Koch.

Una de las últimas cosas que Semmelweis escribió son inquietantes:

Cuando reviso el pasado, sólo puedo disipar la tristeza que me invade imaginando ese futuro feliz en el que la infección será desterrada La convicción de que ese momento tiene que llega inevitablemente tarde o temprano alegrará mi hora de morir“.

~ Si quieres escuchar más sobre Ignaz Semmelweiss y la importancia de lavarse las manos haz clic aquí.


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