Mujeres migrantes son acusadas falsamente de trata en Chiapas: Centro Prodh
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Jacob García / Cuartoscuro.com

Mujeres migrantes son acusadas falsamente de trata en Chiapas: Centro Prodh

Migrantes centroamericanas son detenidas en la frontera entre México y Guatemala acusadas de trata, sin que existan pruebas de su presunta participación en la comisión de ese delito de alto impacto en la zona, reportan informes de la organización de derechos humanos.
Jacob García / Cuartoscuro.com
Por Andrea Vega
12 de febrero, 2018
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El 22 de enero de 2014, elementos de la Policía Estatal Preventiva de Chiapas entraron al bar donde trabajaba Guadalupe Pérez Rodríguez, quien lavaba platos y barría por 80 pesos diarios. Tenía apenas tres meses laborando ahí. Los policías preguntaron por la persona encargada, quien no se encontraba en el lugar, por lo cual le pidieron a Guadalupe que los acompañara. Eran las 19 horas. Los policías se llevaron también a algunas asistentes del bar, y a otras dos empleadas; ningún cliente varón fue detenido.

La migrante guatemalteca de 52 años pensó que los policías solo querían hacerle algunas preguntas. Después de pasar varias horas en el Ministerio Público de Motozintla, Chiapas, preguntó por qué no la dejaban ir. Le contestaron que estaban arreglando unos papeles y que pronto se iría. Así, esperando salir en cualquier momento, pasó la primera noche en los separos.

Al día siguiente, le presentaron unos documentos para que los firmara. Guadalupe no sabía leer ni escribir y no entendía los términos legales escritos en español. Ella es hablante de mam (etnia indígena guatemalteca), así que no se enteró del contenido de los papeles, pero ante la presión de los agentes imprimió su huella digital.

Cuando sus hijos acudieron a buscarla les dijeron que debían conseguir un abogado. En su acusación, el Ministerio Público afirmó que la detención de Guadalupe fue en flagrancia. Su delito: trata de personas, en modalidad de explotación sexual, y corrupción de menores.

Ser migrante y trabajadora del hogar en Chiapas

Guadalupe llegó a México hace unos 20 años, después de que su esposo la dejó con seis hijos, cuatro mujeres y dos hombres, cuenta en entrevista. Llegó al país sin documentos migratorios y buscando trabajo. Se empleó como trabajadora del hogar en una casa en Motozintla de Mendoza, Chiapas. Ganaba 75 pesos al mes. Después de un tiempo, toda su familia la alcanzó.

Sus hijas mayores empezaron a trabajar desde niñas para ayudarle con los gastos. Guadalupe hizo de todo: vender papa, chayote, jitomate y cebolla en el mercado; lavar ropa, y limpiar casas. Su último empleo fue lavar trastes en el bar donde la detuvo la policía.

Las pruebas que la autoridad presentó en su contra fueron la declaración que firmó sin saber lo que decía y los testimonios de diversas personas —entre ellas las mujeres que según la versión oficial eran sus víctimas—, aunque la principal prueba fue el dicho de los policías que la detuvieron en el bar. El 25 de enero de 2014 la trasladaron al CERSS N. 4 en Tapachula. Hasta que llegó al penal, Guadalupe supo que la acusaban de trata de personas. Ella no entendió de qué se trataba ese delito y no era la única. En su misma situación estaban otras mujeres.

De acuerdo con el informe Migrantes en Prisión, otro destino trágico, elaborado por el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh) y el Programa de Asuntos Migratorios de la Universidad Iberoamericana, en colaboración con Australian Aid, lo vivido por Guadalupe forma parte de un patrón para encarcelar mujeres migrantes.

Datos obtenidos por las organizaciones a través de solicitudes de transparencia reportan que en 2013 había mil 219 personas de origen centroamericano detenidas. De ellas, 972 se encontraban en centros estatales de readaptación social y 247 en federales; 45 % eran de Guatemala y 34 % de Honduras, 94 % eran hombres y 6 % mujeres.

Aunque eran una minoría, la detención de ellas mostraba algo distinto. Los delitos más recurrentes imputados a hombres centroamericanos en prisiones estatales mexicanas fueron homicidio y robo. En cambio, a las mujeres se les acusaba principalmente de trata y lenocinio (con 22 % del total de casos); 20 % eran imputadas por lo menos de delitos contra la salud y otro porcentaje igual por lo menos por delitos sexuales.

En el informe destaca la situación de Chiapas. Este estado reportó un total de 525 personas centroamericanas recluidas en sus centros penitenciarios. Aunque en cinco casos no dieron información completa y solo se tomó como base para el análisis a 520 personas.

De ellas, 94 % eran hombres y 6 %, mujeres. En total había 33 migrantes recluidas en Chiapas: 15 eran de Guatemala, 12 de Honduras, cinco de El Salvador y una de Costa Rica. Los delitos de 12, de acuerdo con las autoridades, eran trata y lenocinio. No hubo otra entidad en México que reportara un número similar o siquiera cercano a éste.

Igual que Guadalupe, Rosa Elvia Murcia Díaz salió en el 2000 de su país, Honduras, con la esperanza de llegar a Estados Unidos. A sus 37 años se subió a La Bestia, pero en Apizaco, Tlaxcala, se cayó. A causa del accidente perdió una pierna. Volvió a Honduras a cuidar a su padre. Años después se unió a la Caravana de Migrantes Mutilados por La Bestia y cuando llegó a Tapachula, Chiapas, decidió quedarse e iniciar el proceso de regularización de sus documentos migratorios.

Un día antes de su detención caminaba por la calle para ir a ver a los abogados que la ayudaban con el trámite, cuando un joven se le acercó y luego de preguntarle la hora sondeó si podía ayudarlo a conseguir cinco mujeres para una fiesta de despedida de soltero. Rosa Elvia le dijo que no. El joven se fue, no sin antes tomarle una fotografía mientras se alejaba. Un día después, un grupo de hombres vestidos de civil la detuvo. La llevaron a un edificio grande y vacío, junto con dos hombres de México y uno de Nicaragua.

En el edificio reconoció la cara de uno de sus captores: era el muchacho que le había pedido ayuda para conseguir mujeres para una fiesta. La policía federal los presentó como parte de un operativo exitoso contra la trata de personas en la modalidad de explotación sexual. Después de esa presentación, trasladaron a Rosa Elvia al CERSS N. 4 en Tapachula.

Respuesta falsa a una exigencia social

En esa ciudad hay una preocupación especial con la trata de personas, afirma Sofía de Robina, del área Internacional del Centro Prodh. “Pero lo que hemos visto desde el Prodh es que muchas veces cuando hay un delito de alto impacto y una exigencia social (de frenarlo), lo que se hace es tratar de dar resultados pero de forma falsa: crear procesos, fabricar pruebas y culpables. Eso vimos acá con la trata, lo que se hizo fue detener a quienes estaban en posición de mayor vulnerabilidad, que eran las mujeres migrantes”, explica.

A los casos de Guadalupe y Rosa Elvia se suma el de Lilian Elizabeth Aguilar, de 42 años y nacionalidad guatemalteca. Ella se dedicaba a la venta de comida y refrescos en la Aduana 2, en Tecún, Umán, frontera entre Guatemala y México. Un día su sobrina desapareció, Lilian supo que la había enganchado un hombre y se la había llevado a Metapa, Chiapas.

En cuanto supo de su paradero, fue a buscarla. La encontró en una casa particular, donde había más mujeres. Estaban custodiadas por un hombre y una mujer, que le impidieron el paso y la corrieron del lugar. Llegó la policía y le pidieron que presentara una denuncia para sacar una orden de cateo.

Lilian se dirigió primero al Consulado de Guatemala en Ciudad Hidalgo. Ahí la enviaron a la Fiscalía de Atención al Migrante en Tapachula. El licenciado que la atendió le solicitó que firmara unos documentos para realizar el cateo. Sin saber leer ni escribir, firmó. A los 15 días la llamaron para decirle que ya tenían a su sobrina. Al llegar a la fiscalía ya no la dejaron salir, le dijeron que estaba detenida por trata de personas.

En la prisión de Tapachula, las seis mujeres del informe de estas organizaciones de derechos humanos se encontraron y se reconocieron como víctimas. Unas a otras se dieron ánimos mientras recuperaban su libertad con la ayuda de los organismos de derechos humanos. Hoy todas ellas están libres, pero en condiciones precarias.

“Fueron liberadas, la mayoría, a través de una figura que se llama Mesa de Reconciliación –explica de Robina, del Prodh–, un mecanismo que permite que personas condenadas o en proceso (bajo ciertas irregularidades) puedan salir libres. Pero salen con sentencias condenatorias en su contra, lo que provoca que salgan en una condición de mayor discriminación y vulnerabilidad”, asegura.

La abogada agrega que “en estos casos completamente construidos y armados por la policía, lo que no vemos es que haya investigación de autoridades involucradas o de flujos de dinero asociados al delito de trata. No investigan quiénes son los dueños de los bares, por ejemplo. No se van a las causas del fenómeno y lo que hacen es criminalizar a quien está a la mano y en situación de mayor indefensión”.

Resarcir el daño

En los días fríos, Guadalupe se despierta con un dolor en el brazo derecho, que no la deja sujetar objetos ni hacer maniobras simples. La aqueja también una tos, esa sí de todos los días, y un dolor general en el cuerpo. No puede barrer, lavar los platos o trapear. No puede trabajar en lo que era su modo de vida antes de ir a prisión: hacer mandados aquí y allá, lavar ropa, y limpiar en un bar de Motozintla.

Con esos padecimientos quedó después de los dos años y ocho meses presa. Trata de aliviar sus dolores con tés de manzanilla, de hierbabuena, epazote o jarabes para la tos. No puede ir al médico porque no tiene seguridad social y gana apenas 30 o 50 pesos al día con lo que vende de verdura en un mercado, donde los comerciantes son muchos y los clientes pocos.

Tras salir de prisión con sentencia absolutoria, quiere demandar al Estado mexicano por lo que le hicieron, pero no tiene para pagar un abogado que le ayude en el proceso. Así que se concentra en vender sus verduras y en trabajar, junto con tres de sus hijos, para sostener los estudios del menor, de 17 años, pero sobre todo de su hija Gloria, de 24, quien truncó su carrera de enfermería tras contraer pulmonía mientras su madre estaba en prisión.

“Ella me dice –cuenta Guadalupe– que quiere acabar su carrera de enfermería, que quiere estudiar, que no se quiere quedar así. Pero tuvo que repetir un año y entrar a una escuela pagada, porque no alcanzó lugar en una pública. Pagamos 2 mil pesos al mes, entre todos, y con la beca del niño más chico”.

Gloría no puede trabajar y estudiar porque está enferma y todavía le faltan dos años. “Y luego no hay sueldo, no hay forma de ganar ese dinero, y nadie me ayuda. Me dejaron libre porque el juez de Motozintla no me encontró culpable –subraya Guadalupe– pero no me ayudaron en nada para recuperarme ni para resarcir el daño”.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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La historia del fascinante descubrimiento del “Tutankamón británico”

El hallazgo de un barco enterrado hace 1.300 años escondía uno de los mayores tesoros de la arqueología británica.
30 de enero, 2021
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Comenzaron con las primeras luces del día. Los más fuertes de la guardia del rey, con los músculos tensos y las ásperas cuerdas rozándoles, arrastraron el pesado barco de roble desde el río hasta la orilla.

Y luego, con el sol naciente quemando lentamente la fría niebla de la mañana, levantaron la embarcación sobre la llanura, hasta el pie de la colina.

La multitud que se encontraba en la ladera observó en silencio cómo se acercaban a la cima y de ahí al cementerio reservado a los descendientes reales del dios tuerto.

Cuando se introdujo el navío en la zanja preparada para tal fin, depositaron el ajuar funerario en la cámara sepulcral.

Luego se alzó un montículo sobre él. Y allí quedó el barco, anclado en la tierra de la Anglia Oriental, pero viajando a través del tiempo hasta que, trece siglos después, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, un hombre llamado Basil Brown lo descubrió.

El increíble hallazgo del apodado “el Tutankamón británico”, es el tema de La excavación, la nueva película de Netflix que adapta la novela homónima de John Preston.

Sus estrellas, Ralph Fiennes y Carey Mulligan, interpretan respectivamente al arqueólogo autodidacta Brown y a Edith Pretty, la terrateniente que lo contrató para excavar los misteriosos túmulos en su finca de Sutton Hoo, con vistas al río Deben, en Suffolk.

Pretty, una viuda interesada en el espiritismo, tenía un presentimiento sobre esos montículos. Se creía que eran de origen vikingo.

Un huésped había visto una vez una figura fantasmal entre ellos, y existían viejas leyendas locales sobre tesoros enterrados.

Sutton Hoo as it is represented in The Dig

LARRY HORRICKS/NETFLIX
Las excavaciones de Sutton Hoo fueron recreadas en Godalming, en Surrey.

Un inconformista de la arqueología

Brown era un hombre de Suffolk que había dejado la escuela a los 12 años. Había sido trabajador agrícola y agente de seguros, pero también había aprendido por su cuenta varios idiomas, astronomía y arqueología.

Ello lo llevó a ser contratado como arqueólogo por el Museo de Ipswich, que a su vez recomendó a Pretty para que lo contratara.

Él comenzó en junio de 1938 a trabajar en algunos de los montículos más pequeños, y encontró pruebas de que habían sido asaltados por ladrones de tumbas, pero también halló un disco de bronce que sugería que podían ser anteriores a la época vikinga.

Cuando empezó a trabajar en el más grande, en el verano de 1939, mientras se acercaban los nubarrones de la guerra, enseguida encontró fragmentos de hierro que identificó como remaches de barco.

Y entonces lo encontró: un asombroso barco de 90 pies (27,4 metros), lo suficientemente grande como para acomodar hasta 20 remeros a cada lado.

La propia madera se había disuelto en el suelo junto con los restos humanos que había, pero quedaba una huella clara: un barco fantasma de más de un milenio de antigüedad.

Se habían hallado otros enterramientos de barcos, pero ninguno de este tamaño.

Antes de este, el barco más grande descubierto era una embarcación vikinga de 78 pies (23,8 m), hallada en Noruega en 1880.

Debido a hallazgos anteriores en otros lugares, Brown sabía que podía haber un cargamento de objetos en honor a los muertos, y el 14 de junio encontró lo que creía que podía ser la cámara funeraria: una estructura de madera parecida a una cabaña, ahora desintegrada, que se había construido en el centro del barco.

Pero los responsables del Museo Británico y de la Universidad de Cambridge ya se habían enterado de su gran hallazgo y, apenas unos días después, se entrometieron.

Antes de que pudiera seguir explorando, fue marginado y relegado a labores básicas.

Los profesionales no podían permitir que un hombre local, un simple aficionado, se dedicara a esa tarea.

¿Por qué habrían de dejarle? ¡El tipo ni siquiera tenía un título!

Trajeron entonces un equipo de arqueólogos y fue uno de ellos, Peggy Piggott, quien, el 21 de julio, apenas dos días después de su llegada, encontró la primera pieza de oro.

Luego encontró otra. Y en poco tiempo habían descubierto un brillante botín de más de 250 objetos para los que la expresión “tesoro escondido” se quedaba corta.

Había vasijas para banquetes y cuernos para beber. Elaboradas joyas. Una lira y un cetro, una espada, piedras originarias de Asia, platería de Bizancio y monedas de Francia (que ayudaron a datar el tesoro).

Había una hebilla de oro grabada con serpientes y bestias entrelazadas, una pieza tan extraordinaria que el conservador de las antigüedades medievales del Museo Británico casi se desmayó al verla.

Había broches y cinturones de joyas, un maravilloso casco ornamentado y con una máscara completa: el inquietante rostro de algún antiguo héroe que parece observar a través de los siglos.

Barco

Getty Images
Una representación de cómo pudo de ser el funeral del rey anglo sajón en el barco que después se enterró.

Lo que significó el descubrimiento

El hallazgo de Brown hizo que se reescribieran, literalmente, los libros de historia.

El barco y su contenido pertenecían a la Edad Media, y el descubrimiento iluminó esos cuatro siglos entre la partida de los romanos y la llegada de los vikingos, un periodo del que se sabía muy poco.

Los anglosajones que gobernaban los distintos reinos de Inglaterra durante esta época habían sido considerados un pueblo rudo y atrasado -casi primitivo-, pero allí había objetos de gran belleza y exquisita factura.

Se trataba de una sociedad que valoraba la pericia, la artesanía y el arte; y que comerciaba con Europa y más allá.

Y estas reliquias de una civilización sofisticada y perdida aparecieron justo cuando la nuestra estaba amenazada de desaparición por los nazis.

El líder de los arqueólogos dio un discurso a los visitantes del lugar, y tuvo que gritar para que se le oyera por encima del rugido de un Spitfire .

Cuando el escritor y periodista John Preston descubrió que Piggott, su tía, había participado en la excavación, investigó la historia y reconoció inmediatamente el valioso filón que suponía para un novelista.

The Dig (La excavación) se publicó con gran éxito en 2007.

Robert Harris la calificó de “verdadero tesoro literario” e Ian McEwan la definió como “muy fina, absorbente, exquisitamente original”.

La productora Ellie Wood afirma que quiso hacer una versión cinematográfica en cuanto leyó el manuscrito de la novela en 2006, antes incluso de que se publicara.

“Era increíblemente cinematográfico”, cuenta Wood a BBC Culture.

A medida que el barco se va revelando, también lo hacen las vidas interiores de las personas involucradas, y eso es lo que me pareció tan poderoso y original”.

“Podía sentir las profundas emociones de los personajes, aunque fueran incapaces de expresarlas. Todos esos sentimientos a fuego lento se mantienen a raya debido a la reserva británica y la estructura de clases sociales”.

Carey Mulligany Ralph Fiennes

LARRY HORRICKS/NETFLIX
Ralph Fiennes y Carey Mulligan, interpretan respectivamente al arqueólogo autodidacta Brown y a Edith Pretty, la terrateniente que lo contrató para excavar los misteriosos túmulos.

Moira Buffini, cocreadora de la exitosa serie televisiva Harlots, escribió el guion.

“Ellie Wood me envió el libro en 2011 y lo leí, e inmediatamente pensé: tengo que escribir esto”, dice Buffini.

“Fue ese instante. Sabes que estás ante algo bueno cuando sientes eso por un proyecto. Y no ocurre tan a menudo”.

El libro me conmovió profundamente. Me sentí descarnada cuando terminé de leerlo. Creo que transmite la sensación de fragilidad de todo, incluidos nosotros.

Mientras escribía el guion llegué a pensar que el acto de abrir la tierra -de cavar para desenterrar a los muertos- abre en cierto modo a todos los que están vivos”.

A lo largo de los años, varios actores han sido vinculados a la película, entre ellos Cate Blanchett y luego Nicole Kidman.

Al parecer, Kidman tuvo que retirarse debido a compromisos laborales y Carey Mulligan se incorporó con poca antelación.

Wood dice que, aunque ha tardado mucho, su determinación nunca decayó.

“Creo que fue por la historia de Basil Brown”, dice. “Debido al clasismo y al esnobismo intelectual, su inestimable trabajo pasó desapercibido durante mucho tiempo, y me pareció realmente importante que más gente conociera lo que logró”.

Montículos

Getty Images
Tras enterrar los restos funerarios formaban estos característicos montículos llamados túmulos.

El misterio continuó

El nombre de Brown no se mencionó en la exposición permanente del Museo Británico sobre los tesoros de Sutton Hoo hasta hace relativamente poco tiempo.

Pero aunque ahora se reconoce su crucial contribución, hay muchas cosas que siguen generando dudas sobre el entierro del barco.

¿A quién honra? El principal candidato es Raedwald, un poderoso líder regional que murió en torno al año 624 y que formaba parte de una dinastía que afirmaba descender del dios nórdico Woden.

Fue el primer rey inglés que se convirtió al cristianismo, aunque al mismo tiempo se cuidaba astutamente de no molestar a los dioses paganos.

¿Y cuál era exactamente la naturaleza del barco? ¿Era un buque de guerra?

Podremos juzgarlo mejor cuando el proyecto de construir una réplica a tamaño real del barco llegue a buen puerto.

Nos dará una idea más precisa, por ejemplo, de cómo se maneja exactamente en el agua.

La compañía Sutton Hoo Ship pretende tener su barco construido y listo para empezar las pruebas en tres años, y espera que la película genere más interés en su proyecto.

La película es discreta, pero poderosamente conmovedora, y cuenta con unas interpretaciones tremendas tanto de Fiennes como de Mulligan.

Durante un reciente rueda de prensa sobre la película, Fiennes explicó que leyó por primera vez el guion en un avión y al final se le “saltaron las lágrimas”.

“No sé muy bien por qué, pero es algo que tiene que ver con la integridad de la gente que desentierra algo que a la vez representa de alguna forma a su nación”.

Y las circunstancias actuales hacen que su descripción de un mundo al borde del desastre resuene de una manera imprevista a cuando se comenzó este proyecto.

“Me pregunto si ahora todos tenemos un sentido más presente de nuestra propia mortalidad, de nuestra insignificancia en el gran esquema de las cosas”, sostiene Buffini.

“Pero creo que hay algo muy esperanzador en la idea de que somos eslabones de una cadena humana ininterrumpida.

Le di a Basil la frase: ‘Desde la primera huella de una mano en la pared de una cueva, formamos parte de algo continuo'”.


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