Cómo es un día de trabajo en Latinoamérica, la región más desigual del mundo
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Cómo es un día de trabajo en Latinoamérica, la región más desigual del mundo

La organización Oxfam lanzó un cortometraje con videos reales de la jornada laboral de los habitantes de la región con mayor desigualdad social y económica del mundo: Latinoamérica
Cuartoscuro
Por Claudia Altamirano
1 de febrero, 2018
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Una joven mujer salió un día de su casa en Guatemala para buscar una vida mejor. Descalza y con la muda de ropa que vestía en ese momento, sin saber hablar español, salió para no volver y se instaló en México. Muchos años después, siendo ya una mujer mayor, se dedica a bolear zapatos en la capital, labor que puede ser sencilla pero que si no se hace con cariño, no sale bien, según sus propias palabras. “¿Cómo aprendí a bolear? El hambre me enseñó”, cuenta la señora en un video que forma parte del cortometraje ‘Trabajo’ de la organización Oxfam.

La bolera guatemalteca es una de los trabajadores latinoamericanos que protagonizan esta obra, junto con mineros, campesinos, vendedores de alimentos o de comida ya preparada, estudiantes, zapateros y oficinistas, entre otros. Mujeres, hombres, jóvenes, mayores cuentan cómo es un día típico de su trabajo, en videos que fueron recopilados por Oxfam en el cortometraje que busca divulgar la realidad de la región con mayor desigualdad salarial en el mundo: Latinoamérica.

Según cifras de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), esta región es donde se concentra la mayor desigualdad social y económica en el planeta, pues aunque hay otras regiones con mayor pobreza (como África), en Latinoamérica es donde se puede hallar conviviendo a un multimillonario cerca de un asalariado que por más que se esfuerce, apenas gana lo necesario para su supervivencia, advierte Oxfam, una confederación de organizaciones cuya labor es el combate a la pobreza.

“Uno de los indicadores más fuertes de la desigualdad económica es la manera en que la gente se gana la vida”, explicó a Animal Político Annie Thériault, asesora de Oxfam en América Latina. “En la región, el 16% de las personas asalariadas están en pobreza. Son personas que se ganan un sueldo con prestaciones de ley, y eso significa que hay muchos países donde el salario mínimo ni siquiera alcanza a cubrir el gasto básico de una familia, la canasta básica. Son sueldos de hambre, de miseria”, expresó la activista.

Los números de la desigualdad salarial y económica en Latinoamérica y el Caribe que registra Oxfam ya eran contundentes: el 10% más rico de la población concentra el 68% de la riqueza total de la región, mientras el 50% más pobre solo accede al 3.5% de esta riqueza; el 95% del aumento de la riqueza que tuvo la región en el último año se lo embolsó el 10% más rico; para 2017 había 89 multimillonarios en América Latina y el Caribe, de los cuales sólo 16 son mujeres; y de 2016 a 2017, la riqueza de los multimillonarios latinoamericanos creció en 155 billones, suficiente para acabar con la pobreza monetaria de la región casi dos veces por año. Con el cortometraje de 11 minutos, la organización puso rostro y dimensión a las cifras.

“De ahí sacamos el salario para sobrevivir, porque usted sabe que la vida está dura”, dice en el cortometraje un hombre mayor que se dedica a reparar zapatos, cuidar y lavar coches. “Mientras no tenga yo ningún dolor, ningún sufrimiento en el cuerpo yo voy a seguir dándole, hasta donde me llegue la vida”.

Porque la idea de que para dejar de ser pobre hay que trabajar y esforzarse, en Latinoamérica es una falacia, de acuerdo con Thériault. Tanto a nivel documental como en investigación de campo, según Oxfam, las evidencias prueban que no todos tienen las mismas oportunidades de crecer en esta región del mundo. “No puede ser que teniendo un salario tú continúes en pobreza. Las personas que heredan sus fortunas, que ya poseen riqueza, lo que hacen es multiplicarla durante su vida; y quienes ganan un salario mínimo viven en situación de pobreza. Ese es el panorama que nos refleja el cortometraje”, puntualizó la asesora.

La obra es producto de una convocatoria que lanzó la organización entre octubre y noviembre de 2017 para que los trabajadores latinos enviaran videos de su día laboral. Recibieron unos 620 videos de 10 países y su criterio de elección para el cortometraje fue la diversidad: de empleos, de edades, de estratos sociales y de nacionalidades, incluso tiene algunas escenas de trabajo del hogar. Todo recopilado en una notable sincronización entre música e imagen.

“Nos interesaba mucho que en el corto se reflejara cómo todos en América Latina seguimos sufriendo desigualdad laboral en base al salario. Y cómo hay ejecutivos que ganan sueldos de 200-250 mil pesos al mes y otras personas que tienen un puesto de champurrado en la Cuauhtémoc”, apuntó Thériault. Esta producción fue lanzada el pasado 29 de enero, una semana después de que presentaran el informe internacional sobre desigualdad extrema en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza.

Entre las historias que muestra el cortometraje, la constante es que los trabajadores se levantan de madrugada para hacer sus labores, ya sea porque su actividad requiere buena luz -como la agricultura- o porque el traslado hacia su lugar de trabajo tomará varias horas. También domina el discurso la premisa de que para ellos no hay otra alternativa más que trabajar muy duro, incluso bajo condiciones de riesgo, porque de no hacerlo sufrirán hambre.

“La contaminación aquí es fuerte pero ¿qué vamos a hacer? Para vivir, para llevar pan a la casa hay que trabajar”, dice resignado un minero.

Esta desigualdad en el salario que perciben los latinos no es atribuible a un bajo nivel escolar, de acuerdo con Oxfam, pues en varios países hay profesionistas con estudios concluidos que no logran aumentar su ingreso durante varios años de su carrera. “No creemos que la educación sea un indicador porque a pesar que los niveles educativos en la región han ido mejorando desde hace 20 años de forma muy estable, lo que hemos visto es que la desigualdad se mantiene”, afirma Annie Thériault.

La verdadera causa, de acuerdo con la experta, son las políticas públicas de los gobiernos para establecer un salario mínimo legal, que suelen estar contaminadas por intereses del sector empresarial, industrial y comercial, quienes “hacen mucho lobby” para que los gobiernos no cambien esta situación.

A pesar de ello, los trabajadores sobreviven aun sin estudios ni las mismas oportunidades que otros: “Lo que yo he conseguido ha sido con mi sudor y mi inteligencia (…) Si yo hubiera tenido estudios, yo fuera una diputada, pero desgraciadamente no estudié, no tuve oportunidades, porque a lo mejor fuera yo Rigoberta Menchú”, dice orgullosa la bolera guatemalteca cuya historia abre y cierra el cortometraje de Oxfam.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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43 mujeres de Sudamérica denuncian al Opus Dei ante el Vaticano por servidumbre y explotación

43 mujeres de Argentina, Paraguay y Bolivia denunciaron ante el Vaticano al Opus Dei, que ha abierto una "comisión de escucha y estudio" de los casos.
2 de agosto, 2022
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Les decían que tenían “vocación de santas”, que estaban llamadas a “servir a dios” y las sometían a jornadas de hasta 15 horas de trabajo, aisladas en residencias, con una rutina de oración y mortificaciones que incluía bañarse con agua fría y autoflagelarse.

Eso es lo que dicen que sufrieron las 43 mujeres de Argentina, Paraguay y Bolivia que en septiembre de 2021 denunciaron a la organización ultraconservadora católica Opus Dei ante el Vaticano por trata de personas, explotación y reducción a la servidumbre.

Ahora, la orden religiosa en la Región del Plata -que incluye Argentina, Paraguay, Bolivia y Uruguay- ha anunciado la creación de una “comisión de escucha y estudio”, aunque dicen hacerlo por “una motivación moral y no jurídica”.

“Creemos que es necesario un ámbito que permita comenzar a sanar lo que haya que sanar”, explica a BBC Mundo la oficina de comunicación del Opus Dei sobre la creación de la comisión. Al ser preguntada por las acusaciones, la orden afirma que no tiene “ninguna notificación de denuncia por parte de las autoridades eclesiásticas”.

“Al finalizar el periodo de escucha y estudio, la comisión presentará sus conclusiones y recomendaciones al vicario regional, para que se tomen las decisiones oportunas”, agregó.

Las mujeres, que no han acudido aún a la justicia ordinaria a la espera de reunir más testimonios, según su abogado, reclaman una reparación económica y un reconocimiento público de la Iglesia.

Sus historias tienen puntos en común: fueron reclutadas entre familias de bajos recursos cuando tenían entre 12 y 16 años y las llevaron a Buenos Aires en las décadas del 70, el 80 y el 90 con la promesa de darles educación.

En cambio, denuncian, recibieron capacitación en tareas domésticas y las hicieron trabajar gratis para miembros de alta jerarquía y sacerdotes de la obra fundada por el cura español y santo Jose María Escrivá de Balaguer.

La denuncia presentada ante el Vaticano asegura que “hubo un plan proselitista” y que “lo hicieron con el conocimiento y consentimiento de las personas que ostentaban las facultades de organización y control”.

“No ha habido ninguna denuncia laboral formal en los últimos 40 años“, replica el Opus Dei al ser preguntado por BBC Mundo. “Y tampoco desde que se han realizado las acusaciones públicas, habiendo transcurrido casi un año (desde las denuncias) y a pesar de que la Prelatura siempre estuvo a total disposición de la Justicia”, agrega.

BBC Mundo no obtuvo respuesta del departamento de prensa del Vaticano ni de otras instituciones de la iglesia católica en Roma.

Alicia Torancio, una de las 43 mujeres denunciantes, se muestra reacia a colaborar con la comisión creada por el Opus.

“¿Cómo esperan que alguien vaya a denunciar el abuso y explotación al que lo abusó y explotó?“, dice a BBC Mundo.

Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei, en Bolivia junto a numerarias auxiliares en una imagen de archivo.

Alicia Torancio
Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei, en Bolivia junto a numerarias auxiliares en una imagen de archivo.

Torancio entró a la obra detrás de una hermana mayor que hoy también es una de las denunciantes.

Estuvo 13 años. Entró en 1994 con 16 y salió en 2007, con casi 30. Ahora, a los 44, las marcas de lo que padeció siguen presentes.

“Los últimos seis años estuve sumergida en una depresión terrible, ellos me trataron con psiquiatras de la obra y tuve un intento de suicidio. Me decían que esa era mi cruz, lo que tenía que pagar por los pecadores, y que con mi sufrimiento estaba sosteniendo las labores apostólicas. Sólo me dejaron ir cuando no servía más para trabajar”.

“A partir de ahora tu familia es el Opus Dei”

Torancio nació y creció en Mercedes, a casi 700 kilómetros de Buenos Aires. A los 10 años, mientras los hermanos varones se quedaban a trabajar en el campo con su padre, peón rural, a ella y a sus hermanas las mandaron a casa de unos familiares en la capital argentina para terminar la escuela primaria y después emplearse como servicio doméstico.

Por una de sus hermanas mayores, que ya trabajaba allí, supo de un centro de formación para mujeres. “Te ofrecían algo tentador, porque era una casa donde podías vivir y de paso tener una capacitación”, cuenta a BBC Mundo.

Ahí llegó Élida, la primera Torancio en entrar al Opus Dei como numeraria auxiliar, la categoría más baja de pertenencia a la obra, la de las “mucamas”.

Torancio no quería ser del Opus Dei. Pero a los 15 años y a través de su hermana consiguió trabajo en una residencia de varones perteneciente a la obra. Como estaba sola en Buenos Aires, le ofrecieron alojamiento en la residencia de mujeres donde estaban todas las chicas que estudiaban en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos, el ICIED, “la escuela de mucamas”.

“Cuando llegas ahí te empiezan a hacer la cabeza. Te dicen que tenés vocación para ser santa, que podés aportar al mundo a través de tu trabajo y que vas a ayudar a cambiar el mundo. Y yo era muy idealista”, se lamenta.

Clase en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos del Opus, el ICIED, "la escuela de mucamas".

Alicia Torancio
Clase en el Instituto de Capacitación en Estudios Domésticos del Opus, el ICIED, “la escuela de mucamas”.

A los tres meses escribió la “carta de admisión” a las autoridades de la obra: un escrito de puño y letra en el que manifestaba su vocación. Una vez que la aceptaron, dejó de cobrar por su trabajo y tuvo que empezar a vivir de un día para el otro con las reglas del “plan de vida” de los miembros: despertarse a las 6 de la mañana, bañarse con agua fría, rezar, estudiar textos de Escrivá de Balaguer y trabajar el resto del día, pero ya sin pago.

“Te dicen que le ofrecés tu trabajo a dios. A mí me preocupaba que ya no iba a poder mandarle dinero a mis padres. Me dijeron: ‘Ya no tenés que preocuparte por tus padres. Ahora tu familia es el Opus Dei'”.

En ese momento le designaron también una directora espiritual con la que debía charlar a diario, y le sumaron la obligación de confesarse una vez a la semana con un sacerdote.

Recibió también una liga de alambre con puntas, el cilicio, y un látigo con un manojo de sogas trenzadas y enceradas, la disciplina, junto con las instrucciones de uso: llevar el alambre ajustado a la pierna dos horas al día y rezar dándose latigazos en la espalda una vez a la semana. Todavía tiene las cicatrices del cilicio en el muslo.

Disciplina (izquierda) y cilicio.

Getty Images
Disciplina (izquierda) y cilicio.

“Te convierten en una máquina”

Con la admisión tuvo que ir a la “escuela de mucamas”. Era como una secundaria, pero de sólo tres años y sin título oficial. Tenían clases de cocina, limpieza, costura, modales. La escuela era de 2 a 7 de la tarde. Los padres de algunas de las chicas pagaban una pensión. Las que no podían, como Alicia, sentían la responsabilidad de trabajar más para compensar que no pagaban.

“Te cortan los vínculos con tu familia y con el (mundo de) afuera, pero además tenés prohibido hacerte amiga de alguna de tus compañeras. Tampoco podía compartir con mi hermana. Te observan todo el tiempo y enseguida te llaman la atención”.

El control, dice, se ejercía a través de la “corrección fraterna”: todas observan a todas e informan de todo lo que ven a las directoras, que las corrigen. “Te convierten en una máquina”.

Alicia, de uniforme, con su hermana Élida, que también es unas de las 43 denunciantes.

Alicia Torancio
Alicia, de uniforme, con su hermana Élida, que también es unas de las 43 denunciantes.

Cada tanto, una vez al año o cada año y medio, la dejaban viajar dos o tres días a visitar a sus padres. Tenía que hacer un pedido especial; a veces le decían que sí y a veces que no. Cuando le daban permiso, tenía que ir acompañada por otra chica.

“Te infantilizaban todo el tiempo. Tenías que pedir permiso para las cosas más tontas y no tenías dinero para manejarte”. El resto del año se podía comunicar por carta o teléfono. Las cartas, tanto las que mandaba como las que recibía, se abrían y leían primero por la directora espiritual, asegura Torancio.

Los traslados entre centros del Opus Dei eran compulsivos, incluso entre provincias y países. A los 20 años mandaron a Torancio a Laya, la residencia de numerarias auxiliares más grande del país, al lado de la sede central de la organización y “centro de estudios” por el que pasan todos los miembros varones y donde también están las máximas autoridades. Queda en la Recoleta, el barrio más caro de Buenos Aires.

La sede central es un gran edificio de nueve pisos de alto. A un costado está el edificio de la servidumbre. Se pueden ver desde la calle las ventanas tapadas que no permiten mirar el exterior ni que el interior se vea desde afuera.

A través de una conexión en el subsuelo, con doble puerta, pasan a trabajar al edificio de la sede central todos los días -en horarios específicos para evitar cruzarse con los varones-. Allí tienen la cocina, el planchero, la tintorería, la sala de lavado y además limpian las habitaciones y espacios comunes, como el oratorio, salas de conferencia, comedor y living. También cosen, bordan y hacen lo que haga falta.

Clases prácticas en la llamada "escuela de mucamas" del Opus en los años 2000.

Alicia Torancio.
Clases prácticas en la llamada “escuela de mucamas” del Opus en los años 2000.

Allí Torancio cumplió la mayoría de edad y dio el paso definitivo como miembro del Opus Dei: la Fidelidad, que es la incorporación de por vida con compromisos de castidad, pobreza y obediencia.

Ese paso es para todos los miembros célibes, que no pueden casarse y son los que ocupan las casas de la obra: los numerarios y numerarias, que son los de alta jerarquía y son profesionales de clases medias y altas; y las numerarias auxiliares, que son las mujeres de origen pobre que sirven y atienden a los demás. Es el caso de Alicia.

Por encima de todos ellos hay una cúpula de religiosos, pero son sólo un 2% de los miembros en el mundo.

La Fidelidad implica el rito de ponerse un anillo como símbolo de unión a la obra y el compromiso de pobreza, que incluye entregar todo lo que se posee y se recibe: sea un regalo o el salario en el caso de quienes trabajan fuera de las casas.

José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, de visita en Argentina en 1974.

Getty Images
José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, de visita en Argentina en 1974.

“Si Jesús y los grandes santos soportaron tanto dolor, cómo no lo vas a soportar vos”

A los 22 años, a Torancio la nombraron jefa de cocina de la sede central: era la responsable del menú, las compras y el servicio para los 100 hombres que vivían allí. Ahí empezó su crisis: “Era demasiada presión y empecé a estar mal”, recuerda.

En el Opus Dei hay un manual para todo. Y cualquier cuestionamiento a lo que se vive se aborda como una duda vocacional que tiene respuesta estandarizada: “Cualquier duda vocacional era abordada por la institución como un problema psicológico/psiquiátrico con el consiguiente suministro de psicofármacos para neutralizar la voluntad”, dicen en la denuncia al Vaticano las 43 mujeres.

Los psiquiatras y psicólogos son siempre miembros del Opus Dei. A Alicia la llevaron primero a una psiquiatra que le dijo que no tenía nada y que fingía su depresión. “Lo que te dicen siempre es que si Jesús y los grandes santos soportaron tanto dolor, cómo no lo vas a soportar vos”.

Consiguió que la llevaran con otra psiquiatra que decidió tratarla. “Enseguida me dieron pastillas, pero siempre era algo que hacía efecto al principio pero después volvía a caer. Llegué a tomar siete u ocho pastillas por día. O más. Era una zombi y pesaba 45 kilos porque no podía comer. Caí en un pozo y empecé a tener ideas suicidas”. Fueron seis años así.

“Yo no lograba levantar. Estuve tan mal que en un momento le pidieron permiso a mi familia para tratarme con electroshock, pero por suerte dijeron que no”.

Después de una sobredosis de pastillas, estuvo internada en un psiquiátrico y recién ahí le dieron permiso para irse a casa con su familia. Ahí empezó a madurar la decisión de irse.

“Fijate el lavado de cabeza que te hacen que yo les decía que me iba porque era mala imagen para ellos. Sentía que no servía, que había fallado a dios. Eso es lo que te dicen”.

Cuando volvió de Corrientes escribió la “carta de dispensa”, porque así como para entrar, también se necesita permiso para dejar el Opus Dei. En los dos casos se hace a través de un escrito de puño y letra que se envía al Prelado, la máxima autoridad de la organización, que reside en la sede central, en Roma.

Es un edificio a pocos kilómetros del Vaticano. Allí se centraliza el control de los 68 países en los que la obra está presente.

Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei.

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Fernando Ocariz, actual prelado del Opus Dei.

Cuando se fue del Opus Dei, con casi 30 años de edad, Torancio sólo tenía una valija y una bolsa con unas pocas cosas personales. Se fue a Corrientes, a casa de sus padres, porque no tenía nada.

De los 13 años que estuvo dentro del Opus Dei, dice que nunca ganó dinero por ni una de las horas trabajadas. No estaba contemplado pagarles. “A nosotras no nos decían que estábamos trabajando. Nos decían que nos estábamos santificando, que lo que Dios nos pedía era servir y que así estábamos ayudando a transformar el mundo”.

“No te podías quedar ni con un centavo”

Recién en 2005, con cambios en la legislación laboral argentina, el Opus Dei empezó a hacer un pago a las numerarias auxiliares: “Nos hacían firmar un recibo, nos mandaban a cobrar por cajero automático y luego teníamos que entregar todo a las directoras. No te podías quedar ni con un centavo”, dice Alicia, que cumplía así el voto de pobreza al que obliga la obra.

Por eso, le quedaron los dos últimos años de aportes jubilatorios. Por los otros 11 años que estuvo no tiene ni registro de su paso por allí.

“Ellas eran miembros del Opus Dei. Los católicos encarnan los valores del Evangelio de diversas maneras. Los miembros del Opus Dei lo hacen desde su trabajo y en la vida diaria. Para las numerarias auxiliares, esa llamada desde el trabajo se concreta en su elección profesional del cuidado de las personas y actividades ligadas a la Prelatura”, explican a BBC Mundo desde la organización.

“Ese trabajo, como cualquier otro, está remunerado”, dice. Respecto del régimen laboral, dicen que “el Opus Dei se adaptó a las leyes vigentes de cada época“.

“El trabajo que desarrollan las numerarias auxiliares en los centros del Opus Dei se ajustó a las leyes vigentes en cada época”.

“Tienen que reconocer públicamente lo que hicieron con nosotras”, reclama Torancio. “Hay mujeres mayores con muchos problemas de salud por tanto trabajo y que ni siquiera pueden jubilarse”.


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