Cultivan y trabajan en el campo… dentro de la cárcel

El penal varonil de Santa Martha desarrolló un proyecto para los reos con altas probabiidades de reinsersión social, que contrasta con el aspecto de cualquier prisión: una granja en la que siembran y cuidan animales, la primera en una cárcel mexicana.

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Actualmente 36 reos trabajan en el terreno en un horario de 9 de la mañana a 6 de la tarde. Rodrigo Crespo

Los pasillos del penal varonil de Santa Martha, al oriente de la Ciudad de México, son el mismo laberinto gris, largo y agobiante de cualquier prisión. En las ventanas de las celdas hay prendas asoleándose, en las torres policías armados y en las áreas comunes aparatos tubulares de gimnasio sobre cemento. Pero pasando las aulas de estudio hay un área que rompe de tajo el ambiente penitenciario: pasto, flores, huertos, conejos, patos, un estanque con peces y tortugas, y un pequeño invernadero. Es la primera granja dentro de una cárcel en la capital mexicana.

En este terreno de 450 metros cuadrados hay hombres vestidos de beige con palas y picos. Los brazos tapizados de tatuajes de uno de ellos hacen una cuna para un gazapo gris, que se acurruca sin temor. “¿Quieren uno?”, preguntan con curiosidad los reos a las visitas que llegan a la granja. Otro de ellos saca del estanque a las tortugas y las coloca en el pasto, pero ellas brincan de regreso al agua pues el sol de mediodía arde en este campo abierto.

El Centro de Rehabilitación Social Varonil (Ceresova) de Santa Martha resguarda a mil 366 primodelincuentes, es decir, que cometieron delitos por primera vez, con edades entre 18 y 30 años. Dentro de esta prisión hay un módulo de alta seguridad, conocida como ‘Diamante’, pero el perfil del resto de los internos es de bajo riesgo y altas probabilidades de reinserción social, pues fueron recluidos por delitos no graves (la mayoría por robo). Por ello, aunque el suelo no es idóneo para la siembra, este lugar fue considerado adecuado para desarrollar el proyecto productivo –y terapéutico- ‘Bio-reinserta’, con el que los presos aprenden el trabajo del campo como una alternativa laboral para cuando sean liberados, ocupan su tiempo y consumen los productos que sembraron.

“Esto ya es un oficio para nosotros, el tiempo que aquí tenemos lo aprovechamos lo más que podemos, yo no sabía nada de esto y lo he aprendido aquí el tiempo que llevo recluido. Yo lo veo como un impulso, como una prueba más de que puedo salir adelante. Me llevo una buena experiencia dentro de la mala experiencia”, cuenta Felipe Ávila, interno de 29 años que trabaja en el área de hortalizas.

Además de aprender sobre el cultivo, este trabajo les ayuda a tener un buen historial dentro de la cárcel. Foto: Rodrigo Crespo

Durante los dos años que lleva operando formalmente la granja, han pasado por ella unos 200 hombres, según estima Hazael Ruiz, subsecretario del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México. Los 36 que actualmente la trabajan cumplen una jornada completa: de 09:00 a 18:00 horas todos los días, con la obligada hora de comida. Sin embargo, el 14 de febrero pasado iniciaron sus labores pasado el mediodía, ya que recibieron una constancia de su participación la cual les brinda beneficios al momento en que un juez decide otorgar preliberaciones, por lo que además es un incentivo para los reos en su búsqueda de libertad.

“Tiene un beneficio independiente de la capacitación y conocimiento que adquieren, también esto se considera una actividad laboral y parte de la capacitación para el trabajo”, explica el subsecretario. “Tienen que tener buena conducta, tienen que comprometerse a ser puntuales y asistir de manera regular”.

Sembrar en tierra seca

La idea surgió hace unos tres años de unos internos que pidieron apoyo para aprender a sembrar en un terreno que estaba totalmente desocupado. Les impartieron el curso ‘Cultivemos para comer’ y ante el interés de otros reos, incorporaron la labor de un ingeniero agrónomo voluntario para que les enseñara formalmente los procesos agrícolas. Desde entonces trabajan bajo su guía.

A pesar de ser tierras poco fértiles, agrónomos aseguran que los reos han hecho buen trabajo. Foto: Rodrigo Crespo.

“En este lugar se siembran lechugas, brócoli, coliflor, zanahoria, rábanos, cebolla betabel, espinacas y acelgas. Aquí venimos, tomamos las herramientas, las semillas, las plántulas, se preparan los suelos, se establecen los periodos de riego y de fertilización si es el caso”, detalla a Animal Político el ingeniero Jacob González, de la Unidad de Educación Agropecuaria de la Secretaría de Educación Pública (SEP).

El agrónomo explica que el suelo lacustre de la Ciudad de México no es propicio para la siembra porque es muy salino. En el caso particular de Santa Martha, a menos de 10 centímetros de la superficie del suelo hay tepetate, es decir, tierra no fértil, sin embargo es posible fertilizarlo con composta. “Cualquier suelo se puede volver fértil cuando se incorpora material orgánico. Los muchachos han trabajado con abonos verdes como el trigo, y si no, tenemos la hidroponia”.

El sistema penitenciario de la CDMX hizo antes otros intentos de crear estos ‘oasis’ en otros penales, como en el Varonil Oriente, en el Centro Varonil de Rehabilitación Psicosocial (Cevarepsi) para internos con problemas psiquiátricos; otro en el Femenil de Santa Martha Acatitla y en la Casa de Medio Camino, a un costado del Reclusorio Sur.

El terreno de 450 metros cuadrados es suficiente espacio para que estos reos desarrollen sus habilidades. Foto: Rodrigo Crespo.

“Son similares pero de menores dimensiones: no tienen carpas, son más de huertos, cultivos, preparar semillas, tienen conejos, en Cevarepsi tienen un invernadero muy bonito y ellos venden las lechugas. Este es el mejor, es el que creemos que está más avanzado y por el que han pasado más personas”, asegura el subsecretario Ruiz y agrega que su intención es ampliar el proyecto Bio-Reinserta este año hacia los reclusorios Oriente, Norte y Sur.

La granja no tiene un presupuesto oficial sino que se sostiene de donaciones, según Hazael Ruiz. Una de las más importantes proviene de la Asamblea Legislativa a través de la diputada Rebeca Peralta, presidenta de la Comisión Especial de Reclusorios, pero según ambos, se trata de donaciones y no de una partida etiquetada con este fin. También hay aportaciones de los “socios industriales”, empresarios que trabajan al interior del sistema penitenciario y colaboran con materiales en especie: malla ciclónica, semillas, cemento o tuberías.

La presencia de los animales genera un ambiente lúdico en medio del encierro. Los presos cuentan que una de las tortugas desapareció durante una visita que tuvieron; días después fue devuelta, por lo que ellos cuentan que fue “secuestrada”. El más grande de los conejos recibió el mote de “Conejo-perro” por su agresividad y porque ya ha mordido a varios reos. Cuando sacan a todos los animales a andar libremente por la granja, cuidan que los patos no piquen las orejas de los conejos y que el enorme ‘Conejo-Perro’ no muerda a las personas.

Han logrado cosechar: lechugas, brócoli, coliflor, zanahoria, rábanos, cebolla betabel, espinacas y acelgas. Foto: Rodrigo Crespo.

“Es muy buena la convivencia con todo el equipo de hortalizas. Muy tranquilo, es una de las cosas que más me gusta hacer, porque la verdad no hay muchas cosas qué hacer”, confiesa el interno Ricardo Castañeda.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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