Del patio a la mesa: campesinos yucatecos siembran y crían animales para su autoconsumo

Habitantes de Mama, Yucatán crearon un sistema para consumir solo productos producidos en sus traspatios. Desperdicios también son aprovechados.

Yucatán
Elsy Canché siembra rábano, zanahoria, lechuga, cebolla. Andrea Vega

Para preparar la comida de su familia, Elsy Canché no tiene que comprar nada en el mercado. Le basta con ir a la hortaliza familiar y sacar lo que se le antoje: rábano, zanahoria, lechuga, cebolla. Si quiere pollo o cerdo puede matar uno de los que están en el traspatio.

De la hortaliza que tiene en su casa, en el municipio maya de Mama, en Yucatán, también saca para enviar varios sabucán (morral yucateco) con 14 diferentes productos, a la capilla de la iglesia de la Divina Misericordia, en la colonia San Ramón Norte, de la ciudad de Mérida, donde se ha establecido un punto de comercio justo, en el que los pobladores compran directo al productor.

Quienes comercian bajo este esquema no pueden usar en sus hortalizas ni herbicidas, ni abonos químicos, ni plaguicidas. Todo se hace de forma manual y natural en los traspatios de las viviendas. Cada martes, las familias que están inscritas en este programa llamado Vida Sana, de la Escuela de Agricultura Ecológica de Mani, Yucatán, conocida en maya como U Yits Ka´an, llevan sus sabucanes de hortaliza orgánica a la capilla, donde permanecen de 9 de la mañana a 2 de la tarde.

Cada sabucán contiene un mínimo de 10 especies de hortaliza, que varían mensualmente con un peso aproximado de siete kilos y un precio de 250 pesos. La venta y entrega de los costales funciona bajo suscripción. Si alguien desea integrarse a este sistema de comercio justo, debe comunicarse con la Escuela de Mani para ingresar a las listas.

Esta escuela surgió hace 22 años, bajo la organización de un grupo de sacerdotes católicos de los que hoy solo dos continúan al frente: Atilano Ceballos, como su director, y Raúl Lugo, como secretario. La institución ofrece talleres de agroecología a campesinos que busquen mejorar sus prácticas y retomar sus tradiciones ancestrales en la milpa.

Los encargados de dar los talleres, son exalumnos de la escuela, que como promotores acuden a las comunidades apoyados por investigadores de la Universidad Autónoma de Yucatán y la Universidad Autónoma de Chapingo, a formar a los agricultores en prácticas orgánicas.

“Lo que queremos es que vuelvan a sus prácticas originarias que abandonaron por culpa de los agroquímicos. Les enseñaron que es más fácil echar el herbicida y matar la hierba, pero eso mata también toda la vida del suelo y el subsuelo, por eso la tierra se vuelve menos productiva y los campesinos quedan atrapados en el monocultivo”, dice Alfredo Serralta, subdirector de la Escuela de Mani.

Entre las prácticas que promueve el proyecto Vida Sana está deshierbar la milpa o la hortaliza con una desmalezadora y nada de químicos. “Cuando la siembra se limpia así, viene una parvada de pájaros atrás de ti, comiendo todos los insectos que brincan de entre la maleza: grillos, chapulines, de todo. Si así está la superficie, ¿te imaginas la cantidad de vida que hay en el subsuelo? Pues todo eso muere con los herbicidas. Pero el gobierno con sus programas le enseñó a los productores a usarlo, porque ellos lo compran a empresas transnacionales que luego los apoyan en sus campañas”, señala Serralta.

Elsy Canché dice que en su casa, toda la familia llega a echarle montón a la milpa por la tarde, para quitar la hierba. Aunque Serralta aclara que cuando se trata de terrenos de más de tres hectáreas, hacer esta tarea sin usar herbicidas se complica, pero en parcelas de menor proporción es una práctica viable.

Lo otro que les enseñan a los campesinos en la Escuela de Mani es a formar un círculo donde todo se aproveche. Los desperdicios de la hortaliza sirven para alimentar a animales como cerdos y gallinas, el excremento de los cerdos se coloca en biodigestores (que la escuela ha gestionado para las siete familias integrantes del programa) y sirve para obtener biogás y cocinar. El excremento del ganado también se usa, junto con la maleza, para hacer composta, que luego se utiliza como abono.

De las gallinas, sacan huevo y carne, los cerdos sirven para consumo familiar pero también para vender. Cuando una familia va a sacrificar uno de estos animales, le avisa a la comunidad para que sepan que pueden ir a comprar carne.

En su hortaliza, Elsy Canché tiene rábano, cilantro, chile, tomate, lechuga roja, francesa, zanahoria, cebolla, betabel, acelga y eneldo. “Yo no compro nada para cocinar, vengo y todo lo corto de aquí. Y luego viene gente de la comunidad a comprarme: véndame un poco de lechuga, de cilantro, de rábano. Ya de ahí vendo de 100 o 150 pesos diarios, más lo que ganamos por los 14 costales que llevamos a la capilla (3 mil 500 pesos) cada semana. Y no gasto en comida”. Claro, la producción a ese ritmo solo dura en los meses de lluvia, así que hay que ahorrar y reservar productos en la siembra.

La Familia de Merly Chan todavía no se anima a llevar más costales a vender. Por ahora se mantienen entre seis y siete a la semana. Pero su hortaliza tiene mucha variedad: apio, col, chayote y hasta jícama, además de lo tradicional: zanahoria, tomate, cebolla.

Merly Chan siembra apio, col, chayote y hasta jícama. Foto: Andrea Vega.

“Vivimos muy a gusto acá. Tenemos de todo: huevo, gallinas, cerdo, hortalizas. Si quiero hacer una ensalada solo tengo que ir a mi traspatio y comemos sano. Mis puercos están alimentados con el desperdicio de la milpa, comen también maíz, elote, no consumen nada de comida procesada, si acaso les damos un poco de salvadillo, porque, además, son cerdos criollos y no ganan peso de más con el alimento que venden, como los cerdos blancos de las grandes granjas”.

Pero eso no les preocupa a los productores, ellos tienen tres o cuatro cerdos en su corral, matan uno a la semana, venden carne a sus vecinos y consumen una parte. No existe acá la lógica de engordar más al cerdo para ganar más. La lógica es el comercio justo con sus  circuitos cortos (la venta directa de productos frescos o de temporada sin intermediarios), la buena nutrición y los ingresos necesarios. “Claro –señala Serralta– de aquí no vas a sacar para comprarte un coche o un iPhone, pero sí para vivir bien”

Tienen cerdos en sus traspatios. Foto: Andrea Vega

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg

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