A 6 meses del sismo, damnificados siguen atrapados en la burocracia y viviendo en la calle
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A 6 meses del sismo, damnificados siguen atrapados en la burocracia y viviendo en la calle

Afectados por el sismo de la calle Petén 915 denuncian que tras el sismo del 19 de septiembre, la reconstrucción sigue siendo una promesa; muchas familias siguen viviendo en campamentos improvisados de lonas de plástico
Por Manu Ureste
19 de marzo, 2018
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María de Jesús Ugalde se para en el camellón de la avenida General Emiliano Zapata, en la delegación Benito Juárez, y en silencio observa el vacío que antes del sismo del 19S ocupaba un edificio de seis plantas en la calle Petén 915.

-Ahí vivíamos 12 familias –dice apuntando a lo que ahora es un predio  cercado por tablones, donde a través de los huecos de las maderas puede apreciarse restos de fierros retorcidos, y el hueco intacto del elevador-.

-Diez personas murieron en mi edificio –añade la mujer haciendo un esfuerzo para no romper a llorar-. Entre ellas, mi mamá.

María de Jesús no estaba en su departamento. Tuvo suerte de no estar en el lugar equivocado durante el sismo que dejó 228 muertos solo en la Ciudad de México. Aunque con el ceño fruncido y un paquete de documentos garabateados acaparando sus manos, la mujer dice que no se siente afortunada. Al contrario, recalca, además de la muerte de su madre, ahora está viviendo “otra tragedia”: la de enfrentar a la burocracia para reconstruir su patrimonio.  

Obstáculos y más obstáculos

-Los damnificados perdimos nuestras propiedades, nuestras vidas y a nuestros seres queridos. Y además, vemos que al Gobierno de Miguel Ángel Mancera no le interesa la reconstrucción, porque lo único que nos ha puesto son obstáculos y más obstáculos –asevera María de Jesús.

El primer obstáculo fue conseguir un dictamen de desastre. Antes del sismo, explica la mujer mientras va sacando con un ritmo vertiginoso documentos de varias carpetas, jamás había escuchado de ese dictamen. Pero tras el colapso de su edificio en cualquier ventanilla se lo exigían: las compañías de luz, agua, gas, y hasta de telefonía e internet. Y por supuesto, también la aseguradora, que amenazaba con no hacer válida la póliza.

Un mes después, y luego de investigar por su cuenta dónde acceder a ese documento, María de Jesús y sus vecinos consiguieron el dictamen de desastre que otorga el Instituto para la Seguridad de las Estructuras.

Luego, tuvo que poner una denuncia en el Ministerio Público por el derrumbe del edificio y el saqueo de pertenencias, y a continuación registrarse en la plataforma ‘Salvemos tu casa’, para que se les reconociera como damnificados y acceder a las opciones de financiamiento que ofrece el gobierno capitalino.

A continuación, María de Jesús saca un folleto de la carpeta y explica que el crédito que les plantearon era de dos millones de pesos, pagando 16 mil 500 pesos fijos por los próximos 20 años. Pero había un detalle: los mayores de 65 años no podían acceder al crédito. Y ocho de los vecinos sobrevivientes de Petén 915 tienen más de esa edad.

-O sea, que no hay manera de tener un crédito para reconstruir nuestro edificio –sentencia María de Jesús, quien señala además que aunque esas ocho personas adultas mayores aplicaran para el crédito, tendrían que invertir prácticamente toda su pensión en pagarlo.

Quieren hacer negocio

El 1 de diciembre se publica la Ley para la reconstrucción de la Ciudad de México en la Gaceta Oficial de la capital. María de Jesús y sus vecinos ven entonces un rayo de luz. Confían en que con esa nueva legislación los trámites de la reconstrucción se van a simplificar y todo será más fácil.

Pero tienen que esperar casi dos meses, hasta el 30 de enero, para conocer los requisitos y la normatividad de la Ley. Y aun así, la maraña de trámites y documentos no se dispersa. De hecho, seis meses después aún no acceden al Certificado de Derechos de Reconstrucción (CEDRA) que establece la Ley, debido a que, según denuncia María de Jesús, la Procuraduría Social (PROSOC) les exige la escritura original del régimen de condominio. Un documento que ningún vecino tiene a la mano tras el colapso del edificio.

Una vez que consigan el Certificado de Derechos de Reconstrucción, María de Jesús relata que en la SEDUVI les refirieron que los damnificados deben contratar por su cuenta y gasto un estudio de Mecánica de Suelos. Algo que, en su opinión, debería hacer el gobierno de la ciudad.

sismo

-El gobierno es el que tiene a los expertos, y también el presupuesto. Por este terreno, un estudio de ese tipo te cuesta entre 80 y 100 mil pesos. ¿De dónde vamos a sacar los damnificados ese dinero? –cuestiona-.

María de Jesús critica que, en realidad, la Ley de Reconstrucción oculta una intención de “beneficiar a las constructoras”. Y para sostener esa opinión, la damnificada toma el documento de la ley y señala el artículo 38 que establece que para financiar las nuevas viviendas en la zona colapsada, la constructora podrá levantar viviendas adicionales y luego venderlas.

Ese mismo artículo, en el apartado I, señala que la SEDUVI otorgará a los predios de los inmuebles que colapsaron un incremento de hasta 35% respecto a la zonificación establecida en los programas de desarrollo urbano. Mientras que el apartado II, dice que los propietarios “cederán un porcentaje de la superficie edificable que les corresponde con el fin de construir las viviendas adicionales”.

-Es decir, que nosotros le pagamos la mecánica de suelo a la constructora, les cedemos parte de nuestro terreno, y ellos todavía se quedan con una parte adicional de lo que vendan de los departamentos extra que construyan. ¿No es esto un negocio?–cuestiona irritada María de Jesús-.

Tras una hora de entrevista, la damnificada vuelve a observar el hueco vacío del edificio. Sobre uno de los tablones que cerca el predio todavía cuelga una manta en honor a Miguel Hernández Gallardo, empleado de la tintorería que existió en la planta baja del inmueble, y “héroe que dio su vida al regresar a apagar calderas, evitando una desgracia mayor”.

-Veo ese enorme hueco y lo único que puedo hacer es llorar de dolor y de impotencia –dice María de Jesús-. A seis meses del sismo, la reconstrucción sigue siendo una promesa. Nos hemos topado con tantos obstáculos, que los damnificados seguimos sin nada.

Viviendo en la calle

El gobierno capitalino, por su parte, ha recordado en múltiples ocasiones que las cifras de daños por el sismo son abultadas: más de 22 mil inmuebles con afectaciones de diferente consideración y 110 mil afectados que atender en múltiples delegaciones y colonias. Por lo que la reconstrucción de la ciudad tardará al menos otros cinco años.

Medio año después del terremoto, el ejecutivo de la ciudad asegura a través de su departamento de comunicación social que la etapa de reconstrucción “sigue avanzando”, luego de que finalizaran las obras de demolición de varios inmuebles colapsados, o con daños severos.

Por ejemplo, el 14 de marzo se finalizó la demolición del edificio Rébsamen 249, en la colonia Narvarte de la delegación Benito Juárez, “para proceder a la etapa de acompañamiento en el financiamiento y posterior construcción de un nuevo edificio”.

Un día después, el 15 de marzo, el Instituto de Vivienda (INVI) anunció que asumió las labores de demolición y reconstrucción de un edificio en Paseos de Taxqueña. Raymundo Collins, director del INVI, dijo que luego de que los vecinos se acercaran con ellos, se hicieron las gestiones para arrancar la demolición del edificio, mismo que “será construido con el sistema de financiamiento del INVI y estará en las mismas condiciones en cuanto a tamaño de lo que tienen en este momento”.

Collins explicó que cada departamento construido por el INVI costará aproximadamente 800 mil pesos, y el esquema de financiamiento será de crédito a 30 años. El principal requisito, dijo, es que los vecinos acrediten la propiedad del inmueble para acceder al crédito de uno nuevo.

Otros inmuebles afectados, como la torre Osa Mayor, en la colonia Doctores, y el ubicado en Morena 1068, de Narvarte, también serán demolidos y reconstruidos por el INVI, según anunció el gobierno.

No obstante, damnificados como Alejandro Rangel, quien lleva desde el 19 de septiembre viviendo en una carpa de lona azul donada por China, no ven motivos para el aplauso ni el optimismo. Sobre todo desde que el pasado mes de febrero ‘colapsara’ la Comisión para la Reconstrucción de la ciudad, a tan solo tres meses y medio de su creación, luego de que su titular, Ricardo Becerra, renunciara por no estar de acuerdo en cómo la Asamblea Legislativa de la ciudad definirá la asignación del presupuesto para la reconstrucción. Situación que a su vez provocó que el pleno de la Asamblea tuviera que aprobar cambios a la Ley de Presupuesto, para que los recursos destinados a la reconstrucción ya no estén controlados por los diputados locales, sino por la Secretaría de Finanzas.

sismo

-Cuando estaba el comisionado Becerra nos prometieron ayuda para reparar nuestro edificio. Pero ahora Becerra ya no está, y aún hay familias que estamos subsistiendo con lo que podemos en un campamento –dice Rangel, que vivía en el quinto piso de un inmueble en la avenida Zapata, colonia Emperadores, que todavía está sujeto por polines de madera.

-Teníamos la promesa de que el gobierno iba a pagar el apuntalamiento, el estudio topográfico, el estudio estructural, y el reforzamientos de las columnas para poder habitarlo de nuevo –añade-. Pero hasta el momento, todo el dinero está saliendo de nuestros bolsillos.

También es cierto, admite el damnificado, que la lentitud en los trámites para reconstruir no es solo responsabilidad del gobierno. Un problema que enfrentan es que varios de los vecinos del edificio dañado “estaban irregulares” al momento del sismo, por lo que no pueden acreditar la propiedad y por lo tanto no pueden acceder a los préstamos del gobierno.

Pero más allá de esa situación, Rangel hace hincapié en que medio año después muchas familias, como en el Multifamiliar Tlalpan, siguen viviendo en campamentos improvisados de lonas de plástico, sin condiciones de higiene, y viendo cómo escasean cada vez más las donaciones de los ciudadanos.

-Me siento decepcionado con el gobierno. Abandonado. Por eso, si algún político se atreve a venir aquí y pedirme su voto, ten por seguro que lo voy a correr a patadas –concluye Rangel.

 

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COVID-19: cómo es vivir en casa con alguien que tiene que estar aislado

El marido de Irene, Carlos, fue diagnosticado con coronavirus y tiene que permanecer aislado dentro de su propia casa. Ella nos cuenta cómo es el día a día cuando vives con un enfermo de COVID-19.
28 de marzo, 2020
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Vivimos bajo el mismo techo. Y nos queremos como siempre; es decir, muchísimo. Pero jamás mi marido y yo hemos estado tan alejados el uno del otro como lo estamos ahora.

La culpa la tiene el maldito coronavirus.

Carlos, mi marido, tiene covid-19. Al menos, eso es lo que le han diagnosticado en el teléfono habilitado por las autoridades sanitarias españolas para atender a quienes muestran síntomas de contagio.

Cuando el pasado martes (24 de marzo) llamó a ese número y le comentó a la médica que lo atendió que tenía tos, que se sentía cansado, con dolor muscular y, sobre todo, que había perdido completamente el sentido del gusto y del olfato, el diagnóstico fue rotundo: “Tiene usted síntomas propios del coronavirus”.

Y eso que, hasta ahora, Carlos no ha tenido fiebre ni problemas de insuficiencia respiratoria. Cada tres horas se pone el termómetro, tal y como le indicó la doctora, pero por fortuna siempre tiene una temperatura normal. Y cruzo los dedos para que siga así.

Aislado tras una puerta

Desde el momento del terrible diagnóstico, y siguiendo las recomendaciones de la médica, Carlos permanece aislado, encerrado en completa soledad, en una habitación de nuestra casa.

Mi hijo Manuel y yo no podemos tener contacto con él, para tratar de evitar que nos transmita el virus. Y ese encierro tiene que durar 15 largos días con sus noches…

Por suerte, nuestra casa en el centro de Madrid es amplia. Así que Carlos no solo dispone de una habitación para él solo: también le hemos dejado uno de los dos baños con que cuenta nuestra vivienda para su uso exclusivo.

Bandeja en la puerta.

Irene H. Velasco
Irene le deja una bandeja con la comida en la puerta a su marido.

Otras muchas familias en Madrid (la ciudad donde ahora mismo más rápido avanza el covid-19) tienen que convivir con contagiados en un espacio mucho más reducido del que nosotros disponemos, así que no nos podemos quejar.

“¿Qué tal, cómo te encuentras?”, le pregunto cada mañana, siempre a través de esa puerta cerrada que nos separa como un muro altísimo.

La misma puerta a cuyos pies le dejo a diario sobre una bandeja el desayuno, la comida y la cena, como si fuera un preso al que se le hace llegar una escudilla de alimento. Él la devuelve al mismo sitio cuando termina de comer y cierra inmediatamente la puerta.

“Jo, pobrecillo. Está enfermo y no le podemos cuidar, es como un apestado, le tenemos preso en nuestra propia casa”, le compadece Manuel, de 14 años.

Desinfectar todo lo que toca

Carlos come en su propio plato, con sus propios cubiertos, bebe en su propio vaso… Hemos destinado algunas piezas de vajilla a su uso exclusivo.

Y, después de cada comida, me enfundo los guantes para retirar su bandeja y lavo cuidadosamente todos esos utensilios con lejía y agua caliente, como recomiendan las autoridades de Madrid que hagamos.

Solo un par de veces al día veo con mis propios ojos a mi marido. Siempre fugazmente, siempre manteniendo entre nosotros una separación de al menos dos metros de distancia que a mí, sin embargo, se me antoja kilométrica.

Lo veo un instante por la mañana cuando, con una mascarilla cubriéndome la boca y la nariz y las manos enfundadas en unos guantes, entro en su habitación para limpiarla. Él, cubierto también con mascarilla y guantes, aprovecha entonces para ir al cuarto de baño y asearse.

Mientras Carlos está bajo la ducha, yo desinfecto cuidadosamente con un paño empapado en lejía las superficies de su habitación: el picaporte de la puerta, los interruptores de la luz, la mesa en la que tiene la computadora, el teclado de la misma, su teléfono móvil…

Irene desinfectando el baño.

Irene H. Velasco
Irene desinfecta a conciencia todas las superficies que ha tocado Carlos.

Friego a conciencia el suelo con agua caliente y un buen chorro de lejía. Y me llevo la bolsa, con cierre hermético, en la que tira los pañuelos desechables y las servilletas de papel que utiliza.

También saco la bolsa en la que echa su ropa sucia. Genera bastante, porque cada día hay que cambiarle las toallas y lavar toda su ropa.

Por seguridad, la bolsa con su basura la meto dentro de otra bolsa de basura y la deposito en el cubo de nuestro edificio (tarea para la que me pongo otros guantes). La ropa sucia de Carlos la pongo en la lavadora, sin mezclarla con la de Manuel ni la mía, y la lavo a al menos 60º.

Cuando Carlos vuelve a su habitación, yo entro disparada en su cuarto de baño y -siempre armada con la mascarilla y los guantes- limpio frenéticamente con lejía el lavabo, el inodoro, la mampara de la ducha, la puerta, los interruptores… Todo lo que encuentro a mi paso.

“Confinamiento dentro del confinamiento”

Mi marido afronta esta situación con bastante resignación.

“Llevo ya cuatro días encerrado en una habitación. Y tendré que estar 15 días en total tras haberme diagnosticado que tengo ‘el bicho'”, como se refiere él con humor al coronavirus.

“Sé que no es nada especial: desde que hace dos semanas el gobierno declaró el estado de alarma, todos los españoles menos los que realizan servicios esenciales tienen que permanecer confinados en sus casas. Esto es solo un pasito más, el confinamiento en una habitación dentro del confinamiento en casa”, se consuela.

Yo no doy abasto: que si hay que cocinar, limpiar, desinfectar, poner lavadoras, tender la ropa, ventilar las habitaciones, escribir artículos…

Calle desierta en Madrid.

Getty Images
España está en estado de alarma y las calles de sus ciudades, como esta de Madrid, están prácticamente desiertas.

Lo bueno es que toda esa actividad frenética me mantiene ocupada y me impide pensar. Carlos es todo lo contrario: no tiene nada que hacer y mucho tiempo para darle vueltas a la cabeza.

“La verdad es que es un poco aburrido, pero mantengo algunas rutinas: me levanto a la misma hora que si tuviera que ir a trabajar, me ducho, me afeito y me visto como si fuera a salir a la calle. Nada de estar todo el día en pijama. Pero los días pasan despacio; hay que rellenar el tiempo, y aunque no estoy trabajando porque estoy de baja, sí leo los correos del trabajo y estoy en contacto por teléfono o videoconferencia con mis compañeros”, cuenta.

Cada vez que oigo que tose, cuando siento un carraspeo salir de su habitación, entro en pánico. “¿Estás bien?”, le escribo por WhatsApp. “Sí, tranquila”, me ha respondido siempre hasta ahora.

Una de las obsesiones de Carlos es recuperar el olfato y el gusto. “No le estoy echando azúcar al café del desayuno, y una de las esperanzas que tengo cada mañana es probarlo y que no me guste… Pero de momento, no noto nada. Intento oler el jabón al ducharme, la lejía con la que Irene friega el suelo de la habitación… Pero por ahora nada”.

“Voy a ganar”

Carlos tiene computadora en su habitación, una tablet y su teléfono móvil. Pero se niega a leer noticias sobre el coronavirus.

“En la práctica he dejado de leer los periódicos, porque ahora mismo todo lo que llevan tiene relación con el coronavirus. Prefiero no saber cuántos nuevos contagiados ha habido ni cuánta gente ha muerto en las últimas 24 horas”.

Lo que no puede es olvidar lo que ya sabía antes de su encierro sobre el elevadísimo número de fallecidos que se está cobrando esta pandemia en España.

“La verdad es que la primera noche casi no dormí. Es verdad que me siento bastante bien, he tenido resacas peores. Pero sí me da un poco de miedo lo que he leído de empeoramientos repentinos, gente a la que han dado de alta y ha muerto a las pocas horas… Pero sé que eso no va conmigo, voy a ganar”, me manda en un mensaje de correo electrónico.

Confieso en que hay días que, agotada, me siento tentada de tirar la toalla.

“Esto es absurdo, Carlos, hemos estado dándonos besos hasta el minuto antes de que te diagnosticaran el coronavirus. Si tú lo tienes seguro que yo también lo tengo”, le digo.

Pero él se niega en redondo a poner fin a su encierro, no hay manera de convencerlo. “No”, responde tajante. “Mejor así, por si acaso. Si tú y Manuel no estás infectados con el covid-19, con estas medidas evitaremos que lo estéis”.

Gente aplaudiendo en los balcones.

Getty Images
Cada día a las 20:00 horas, miles de españoles salen a su balcón a aplaudir al personal sanitario a modo de agradecimiento. Irene y Carlos también lo hacen.

Afortunadamente Carlos toca el piano y tiene un teclado en la habitación que puede tocar a cualquier hora (con auriculares, claro), y esa es la ocupación a la que más tiempo le está dedicando estos días.

“Reconozco que en esta situación es una suerte tener un hobby como este, que te permite desconectar y dejar de dar vueltas al coronavirus”, cuenta.

El segundo momento en el que cada día veo a Carlos es a las 20:00 horas (19:00 GMT). A esa hora, la inmensa mayoría de los españoles nos abalanzamos a nuestras ventanas y balcones para aplaudir durante un minuto a nuestros equipos sanitarios por la titánica tarea que están haciendo para salvar vidas a pesar de los pocos medios de los que disponen.

Mi hijo y yo salimos a aplaudir al balcón del salón y, unos siete metros más allá, ahí está Carlos, aplaudiendo desde el balcón de su habitación.

No lleva mascarilla, yo tampoco. Y nos podemos sonreír.

Es, sin duda, el mejor momento del día.

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