En el campo, las mujeres jóvenes se quedan sin oportunidades por cuidar a otros
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Foto: Edgar Flores

En el campo, las mujeres jóvenes se quedan sin oportunidades por cuidar a otros

De acuerdo con la OIT, la situación es preocupante porque las jóvenes no están forjando una experiencia laboral fuera del hogar, ni aprendiendo nuevos conocimientos más allá de las labores domésticas.
Foto: Edgar Flores
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 La clínica del municipio San Nicolás de los Ranchos, Puebla, está llena de mujeres que no rebasan los 20 años de edad esperando consulta, la mayoría cargando un bebé. Son las 11 de la mañana de un jueves, horario en que se supondría que los jóvenes están en la escuela, pero en esta comunidad rural del centro de México muchas mujeres de entre 15 y 25 años ya la dejaron y no trabajan porque están cuidando a sus propios hijos o ayudando a sus padres en las labores domésticas.

“Aquí casi la mayoría trabaja en su hogar”, dice una derechohabiente en la clínica. “Algunas son solteras y se van a trabajar, pero la mayoría trabaja en su casa. Casi es la edad en que se juntan (16-17) y luego ya no estudian porque ya no las dejan, o con el bebé ya no se puede. Es rara la muchacha que se va a trabajar”. Otras dos mujeres llegan a la clínica: una de 36 años y su hija de 17. Ambas se dedican al hogar. “Ya no quiso estudiar para ayudarme porque mi esposo está discapacitado, le dio un derrame cerebral”, argumenta la señora en nombre de su hija. Una chica de 17 años y rostro infantil cuenta por qué dejó la escuela.

“Mis papás sí querían darme más estudio pero yo dije que no, ya no iba a ser lo mismo”, admite Andrea mientras intenta dormir a su bebé de dos meses de edad. La adolescente dejó la escuela en el segundo grado de bachiller a los 16 años, se casó y actualmente se dedica sólo al hogar. La situación de su hermana mayor es idéntica, lo mismo que su madre. Andrea dice que la mayoría de las mujeres en esta comunidad poblana se ocupan del trabajo doméstico. “Una que otra sí trabaja pero no tienen esposo, trabajan en casas o salen a vender”. El mayor de sus hermanos, de 22, estudió hasta el primer año de bachillerato y hoy es vidriero. “Le aburrió, ya no quiso ir y después se arrepintió”, relata la joven.

En México hay más jóvenes desocupados en el campo que en las ciudades y, de ellos, la gran mayoría son mujeres, advierten las organizaciones internacionales. El porcentaje de personas entre 12 y 29 años de edad que vive en una comunidad rural y no estudia ni trabaja oscila entre 21 y 25, según los parámetros de cada organización. De ellos, más de la mitad son mujeres porque en ellas recaen tradicionalmente las labores domésticas y de cuidado familiar, lo que las condena a repetir los círculos de pobreza, rezago educativo y estancamiento laboral.

Los jóvenes mexicanos desocupados preocupan particularmente a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que los calcula en una tasa de 22.1 % hasta 2015, muy por encima del promedio de los países miembro, que es de 15 %. Las mexicanas de entre 15 y 29 años tienen cuatro veces más probabilidades de estar desocupadas que los varones, subraya un reporte de 2016 de la organización, lo que coloca a México en segundo lugar -después de Turquía- entre los miembros, cuyo promedio de probabilidad es de 1.4 veces más que los hombres.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), también de Naciones Unidas, revela que en la región ocurre la misma situación: entre las personas de 15 a 24 años hay más desocupados en el sector rural que en el urbano, con un promedio general de 21.7 por ciento. El más alto índice de jóvenes desocupados en el campo lo tienen El Salvador y Honduras con 30.6 %, mientras que el menor índice está en Perú con 11.8 %. En México hay 21.6 % de desocupados rurales, contra 15.1 % de los urbanos. De los 18 países incluidos en un estudio de 2016, sólo en tres hay más jóvenes desocupados en las ciudades que en el campo: Uruguay, Perú y Ecuador.

Según la encuesta Intercensal 2015 del Instituto Nacional de Estadística (INEGI) en México hay ocho millones y medio de jóvenes -de entre 12 y 29 años- viviendo en zonas rurales, es decir, localidades con menos de 2 mil 500 habitantes, según los parámetros del Instituto. En 2015, la tasa de participación económica de la población femenina en esas localidades alcanzaba 18 %, mientras la de los hombres era de 64.4 %. El Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural (RIMISP) advierte que 25.2 % de las jóvenes que viven en esas comunidades no estudian ni trabajan.

“Es muy preocupante tener jóvenes desocupados de 15 a 19 años porque deberían estar estudiando, y es muy preocupante de los 20 a los 25 porque deberían estar desarrollando una perspectiva de trayectoria laboral. En el primer caso tienes que generar condiciones para prevenir la deserción, y/o acercar infraestructura educativa que les permita quedarse en Media Superior, y en el otro deberías estar generando mecanismos de inserción laboral: no tienes ninguno de los dos”, puntualiza el director de RIMISP para México y Centroamérica, Jorge Romero.

Desocupados, no ociosos

La CEPAL ha advertido en foros públicos que la juventud desocupada –despectivamente llamados Ninis porque “ni estudian ni trabajan”– ha sido típicamente asociada con ocio y vagancia, imagen que suele atribuirse más a varones que a mujeres. Sin embargo, los estudios de las organizaciones prueban que hasta 70 % de esos jóvenes sin ocupación formal son mujeres y no están ociosas, sino que realizan preponderantemente una actividad que no es reconocida en las estadísticas económicas: el cuidado del hogar y de la familia.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indica que de los 30.9 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años que actualmente viven en las zonas rurales de América Latina, los que no trabajan ni estudian son unos 6.7 millones, pero casi todos realizan alguna labor que no se contabiliza. “Los ‘verdaderos Ni-Ni’ que no están discapacitados, enfermos o trabajan en quehaceres del hogar son sólo unos 0.6 millones”, señala el organismo en su informe Juventud rural y empleo decente en América Latina, de 2016.

Entre los hombres inactivos de entre 15 y 29 años, destaca la CEPAL, la razón principal aducida para no trabajar es el estudio, y la de las mujeres rurales de ese grupo de edad es la dedicación a los quehaceres del hogar, “sobre todo en el grupo entre 20 y 24 años”. Para el conjunto de los 11 países analizados en el estudio de la Comisión, el 64.8 % de las jóvenes en el campo da esta razón, frente al 43.8 % de las jóvenes inactivas urbanas, cuya razón para no trabajar es el estudio.

Jóvenes condenadas a repetir el viejo patrón

Todas las organizaciones consultadas coinciden: las mujeres jóvenes del campo se están quedando sin oportunidades, muchas por dedicarse al hogar y otras porque trabajan pero no concluyeron sus estudios, por lo que difícilmente podrán aspirar a un crecimiento laboral. Esta es una situación preocupante para la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ya que las jóvenes no están forjando una experiencia laboral fuera del hogar ni aprendiendo nuevos conocimientos más allá de las labores domésticas, lo que merma sus posibilidades de desarrollar una trayectoria laboral positiva.

“Este comportamiento refleja, entre otros factores, la menor oportunidad que en general ofrece el mercado de trabajo a las mujeres y el rol que juega ésta en el trabajo del hogar, situación que se acentúa en las localidades pequeñas”, destaca el INEGI en un resumen de resultados de su Encuesta Intercensal 2015.

San Nicolás de los Ranchos es sólo un botón de muestra de lo que ocurre en las más de 188 mil comunidades rurales de México, de acuerdo con Jorge Romero. “En cualquier localidad de menos de 2,500 habitantes llegas y preguntas por la asamblea ejidal: todos son adultos mayores. ¿Dónde están las mujeres? En la junta de aguas o en el comité de cuenca, pero la mayoría son adultas. ¿Dónde están las jóvenes? En la casa. No están en los espacios públicos, son invisibles”, indica el investigador.

Su ausencia se nota en las calles de varios municipios rurales poblanos. En la ciudad de Atlixco se instala todos los martes y sábados un extenso tianguis en el que convergen los comerciantes de todos los municipios rurales cercanos, que van a vender sus propios productos o los que le compran a un mayorista. Casi todos los puestos son atendidos por adultos mayores, apenas dos o tres de ellos acompañados de un joven. En Santa Ana Acozautla son visibles las mujeres jóvenes alrededor del mediodía: durante el receso de los niños de la primaria a las 11:00, cuando van a llevarles el almuerzo a través de la reja de la escuela, y a la salida de los de kínder, a las 12:00. En ese momento del día, el centro escolar está rodeado de adolescentes y adultas jóvenes, algunas van por sus propios hijos y otras por sus hermanos pequeños, pero ninguna está estudiando ni trabajando.

Escuela primaria Emiliano Zapata en Santa Ana Acozautla, Puebla. Foto: Claudia Altamirano.

La escuela es un gasto, el empleo es fugaz

En la familia Ahuehuetl hay ocho hijos: cinco mujeres y tres hombres. Sólo una de ellos estudió bachillerato porque la necesidad de producir dinero era más imperiosa que la de estudiar: había que ayudar a los padres a sostener a la extensa familia. Uno a uno, los hermanos fueron abandonando la escuela para buscar un empleo, pero en su municipio, Santa Ana Acozautla, Puebla, el único que han hallado es el mismo que sus padres: el campo. Cada temporada de lluvia llega un capataz a ofrecerles trabajo temporal en sus parcelas, por unos días a la semana que a veces sólo son dos, durante seis o siete meses del año. Después de eso simplemente no hay trabajo.

“Nosotros nos esperamos, llega alguien que nos ocupe y nada más por días o semanas pero no es un trabajo fijo, a veces dos o tres días a la semana, a veces uno, a veces no hay. Cuando nos falta trabajo nomás nadie llega, pues no trabajamos”, explica la señora Fénix Ahuehuetl, de 44 años. “Y esperarse hasta que vengan, quien quieran que les vaya a ayudar a escardar, a cortar, cosechar, es cuando va uno a trabajar; si no, aquí se las ve uno a juntar quelites, verdolagas, lo que sea para que no falten aunque sea los frijolitos”, agrega su hermana Eli, de 33.

Lo que más siembran es frijol y maíz, y su actividad más frecuente es escardar (cortar la hierba). El máximo tiempo continuo que han hecho este trabajo es una semana, lo regular son dos días. Fénix cuenta que el tomate es lo que más ganancias les deja porque su cosecha requiere más horas de trabajo; sin embargo, el pago sigue siendo ínfimo: 40 pesos la arpilla (saco para empacar la cosecha) trabajando jornadas de hasta diez horas. “A veces no sacamos ni lo del día, a veces sacamos 150-140. Y ni para hacer otra cosa porque ya nada más llegamos, comemos y otra vez a dormir”.

Tres de las hermanas Ahuehuétl, del municipio Santa Ana Acozautla, en Puebla. Ninguna de ellas tuvo oportunidad de seguir estudiando. Foto: Edgar Flores.

La FAO explica en su informe que la mayoría de las faenas agrícolas son cíclicas y, por ende, el trabajo. Es por ello que el subempleo y el empleo temporal son frecuentes, con fluctuaciones importantes en los requerimientos de mano de obra a lo largo del año. La reducción de las necesidades de mano de obra –conocida y reiterada en magnitudes año tras año- explica que gran parte de los trabajadores agrícolas no busquen trabajo de modo activo en los periodos de merma y respondan así en las encuestas, “con lo cual son categorizados como inactivos y no como desempleados”.

Mientras tanto los jóvenes de la familia, que ya dejaron la escuela, se quedan ayudando en las labores domésticas y cuidando a sus propios hijos de diciembre a mayo, hasta la siguiente temporada de lluvias. “Éramos muchos para que fuéramos tantos a la escuela y solo trabajaran mis papás, a veces nada más trabajaba mi papá y mi mamá no iba diario. Para pagar tanto… ya no quisimos ir a la escuela por eso”, dice Abigail López, hija de Fénix.

Los miembros de la familia Ahuehuetl permanecen en casa en los periodos en que no hay trabajo”. Foto: Claudia Altamirano.

Este fenómeno también ocurre -aunque en menor medida- en el ámbito urbano, donde también hay más mujeres desocupadas que hombres. En promedio, las organizaciones calculan la tasa de desocupación urbana entre mujeres de 12 a 29 años en 14% contra la masculina de 5 por ciento. Una de esas mujeres que dejaron la escuela y no trabajan es María Elena Montoya, habitante de la ciudad de Atlixco, Puebla. Ella abandonó la preparatoria para emigrar a Estados Unidos, llevaba 10 años trabajando en ese país pero regresó a México con sus hijos y su esposo cuando él fue deportado. Desde entonces, se dedica exclusivamente a su hogar.

Elena asegura que la mayoría de las mujeres que conoce en Atlixco son más jóvenes que ella (de 32 años) y ya tienen hijos mayores que los suyos, de nueve y seis. Todas dejaron truncos sus estudios y se dedican al cuidado de sus familias.

“Sí me gusta trabajar y a veces sí hace falta, pero descuido a los niños en la escuela, tendrían que estar al cuidado de otra persona y la verdad no. Sí tengo planeado volver a trabajar ahora que estén un poquito más grandes, que no dependan tanto de uno. Que sigan estudiando hasta que tengan una carrera o hasta que ellos quieran, ya ve que luego no les gusta o prefieren trabajar”, admite María Elena. El ciclo vuelve a empezar.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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Cómo la tecnología puede hacer que ya no tengamos que aprender inglés

La tecnología de la traducción ha avanzado mucho en los últimos años y ya es posible comprar dispositivos que tardan pocos segundos en traducir lo que queremos decir. Entonces, ¿será necesario que sigamos estudiando inglés?
2 de febrero, 2020
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Estudiante de inglés

Getty Images
Con todos los avances tecnológicos en materia de traducción, ¿seguiremos necesitando aprender inglés?

¿Llevas años intentando aprender inglés sin obtener muchos resultados? Tal vez la tecnología pueda ayudarte.

Dominar el idioma de William Shakespeare lleva años siendo una de las habilidades más demandadas por las empresas. Pero también lleva mucho tiempo siendo la pesadilla de quienes han llegado a la conclusión de que no tienen la capacidad de hablar otra lengua.

La tecnología, sin embargo, ha intentado llenar este hueco con distintos tipos de herramientas de traducción.

Si bien en un principio estas podían dejar mucho que desear, su precisión y efectividad ha ido mejorando en los últimos años gracias a los avances en inteligencia artificial.

Pero, ¿han progresado lo suficiente para que podamos ya dejar de invertir tiempo y dinero en clases de inglés?

El traductor de Google, por ejemplo, ha dado pasos gigantes desde que saliera al mercado en 2006.

Tras pasar por una etapa en la que se dedicaba a buscar el equivalente en otra lengua de una frase determinada, en 2016 el gigante tecnológico le introdujo una nueva forma de operar: la traducción automática neuronal.

Pizarra con palabras en varios idiomas

Getty Images
Los traductores electrónicos pueden traducir decenas de idiomas.

El resultado son textos mucho más fluidos que tienen en cuenta el significado global del texto en vez de traducir palabra por palabra.

A esto se suman mejoras que en los últimos años han permitido que se pueda traducir también sonidos y documentos utilizando el micrófono y la cámara del celular.

Pero Google no es el único que ofrece ayuda para quienes quieren hacerse entender en un idioma que no hablan.

Traductores electrónicos

Si bien puedes utilizar software como el traductor de Google en tu celular para leer una traducción de lo que alguien está diciendo, existen en el mercado varios dispositivos que realizan el mismo trabajo con algunas ventajas.

Por ejemplo, Pocketalk, que se ha convertido en uno de los más populares en Japón. Su principal ventaja es la calidad de su micrófono, con tecnología de cancelación de ruido, lo que facilita la traducción en lugares muy transitados como cafés o aeropuertos.

Otras marcas alternativas incluyen Langogo y Buoth Smart Voice, todas rondan el precio de US$300. ¿Vale la pena pagar por algo que se puede hacer con una app en el celular? Quienes invierten en ellas destacan el hecho de que les ayudan a ahorrar en batería del teléfono y que ofrecen una traducción más precisa.

Mujer hablando al teléfono

Getty Images
¿Vale la pena pagar por un dispositivo traductor pudiendo usar el traductor de Google?

Otra opción más reciente que todavía está por popularizarse es la de los audífonos que traducen en tiempo real.

Si bien Google lanzó los suyos, los Pixel Buds, hace un par de años, las críticas no fueron buenas. Hoy, se puede comprar alternativas como el WT2Plus, al que pronto le saldrá competencia: el Ambassador de Wavery Labs, con sede en Nueva York.

Ambos requieren estar conectados a un celular para poder funcionar y que cada hablante se ponga uno de los dos audífonos en la oreja.

“Enviamos la señal de lo que se está diciendo a la nube, donde la transcribimos y la traducimos, y luego la devolvemos a los audífonos. Así que, en efecto, lo que sucede es que yo te hablo en español y un minuto y medio después tú oirás la traducción directamente en el auricular”, afirmó Andrew Ochoa, director de Waverly Labs, sobre el Ambassador.

Teléfono y audífonos

Waverly Labs
Cada hablante debe ponerse un Ambassador en la oreja y conectarlos a un celular.

En una entrevista en el programa de radio de la BBC Business Daily, el empresario explicó cómo se desarrollaron los audífonos que saldrán a la venta durante el segundo trimestre de 2020 por un costo menor al de los traductores electrónicos: US$149.

“Es una combinación de muchas cosas. Por el lado del hardware, tenemos sensores mecánicos microelectrónicos que ya están miniaturizados. Cosas como acelerómetros o micrófonos que ahora puedes meter en dispositivos pequeños. Son baratos y puedes conseguir muchos de ellos”.

“Por el lado del software, tienes estos nuevos modelos de inteligencia artificial que impulsaron por completo la precisión del reconocimiento de voz y traducción”.

Ochoa confía tanto en la capacidad de la inteligencia artificial para traducir, que se atreve a asegurar que los traductores profesionales corren el riesgo de quedarse sin trabajo pronto.

Aunque advierte: “Si intentas negociar un tratado de paz nuclear, usa un intérprete profesional, ¿OK?”

El empresario argumenta que hay muchas aplicaciones en las que las tecnologías de traducción hoy en día que “son lo suficientemente buenas para reemplazar algunas interacciones”. Y vaticina que “dentro de siete o 10 años, empezaremos a alcanzar la paridad con los humanos“.

Pocketalk

Getty Images
Dispositivos como el Pocketalk rondan los US$300.

Aunque también admite que hay limitaciones.

“Hay problemas como: ¿y qué si hay varias personas hablando diferentes idiomas al mismo tiempo?… Imagina que estás en una habitación con una docena de personas a tu alrededor. El oído humano puede hacer un muy buen trabajo concentrándose en la persona a quien quiero oír. Pero las máquinas no pueden hacer eso“.

A este se suma el del ritmo: “Ahora mismo, funciona así: hablas y paras, hablas y paras… Pero queremos llegar al punto en que sea simultánea, que es lo que ves en televisión cuando alguien habla y un intérprete traduce en tiempo real lo que está diciendo…”

Algo que cree que puede empezar a verse, al menos en forma de prototipos, tan pronto como en 2020: “Cuando eso suceda, revolucionará inmensamente la tecnología de la traducción”.

Escasez de profesores

Hablantes y estudiantes de inglés sumarán alrededor de 2.000 millones en 2020, según el British Council, el instituto cultural público de Reino Unido.

Mujer traduciendo

Getty Images
Andrew Ochoa asegura que los traductores pueden quedarse sin trabajo pronto.

La demanda de estudios de inglés es tan grande, que ya se está hablando de una escasez de profesores nativos, como explicaba a Business Daily Melanie Butler, editora de la publicación especializada en el sector de la enseñanza de inglés English Language Gazette.

“A las escuelas de idiomas locales les está yendo bien, pero se está volviendo imposible proveerlas de hablantes nativos de inglés porque el mundo es demasiado grande”, afirmó.

Solo en China, por ejemplo, existen entre 50.000 y 55.000 academias de inglés que emplean a 400.000 profesores, según Butler, que estima que 260.000 ejercen la profesión de manera ilegal al no cumplir los requisitos necesarios.

Ante los avances de la tecnología y la dificultad de responder a la demanda de profesores de inglés nativos, ¿podrán dispositivos como los Ambassadors hacer desaparecer la necesidad de que aprendamos inglés y ocupar su lugar como lengua franca?

“Supongo que es posible, nunca pensé en eso”, respondió Ochoa.

De lo que sí está seguro es de que productos como el suyo, pese a sus limitaciones, “harán más divertida la experiencia de explorar diferentes culturas”.


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