En el campo, las mujeres jóvenes se quedan sin oportunidades por cuidar a otros
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Foto: Edgar Flores

En el campo, las mujeres jóvenes se quedan sin oportunidades por cuidar a otros

De acuerdo con la OIT, la situación es preocupante porque las jóvenes no están forjando una experiencia laboral fuera del hogar, ni aprendiendo nuevos conocimientos más allá de las labores domésticas.
Foto: Edgar Flores
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 La clínica del municipio San Nicolás de los Ranchos, Puebla, está llena de mujeres que no rebasan los 20 años de edad esperando consulta, la mayoría cargando un bebé. Son las 11 de la mañana de un jueves, horario en que se supondría que los jóvenes están en la escuela, pero en esta comunidad rural del centro de México muchas mujeres de entre 15 y 25 años ya la dejaron y no trabajan porque están cuidando a sus propios hijos o ayudando a sus padres en las labores domésticas.

“Aquí casi la mayoría trabaja en su hogar”, dice una derechohabiente en la clínica. “Algunas son solteras y se van a trabajar, pero la mayoría trabaja en su casa. Casi es la edad en que se juntan (16-17) y luego ya no estudian porque ya no las dejan, o con el bebé ya no se puede. Es rara la muchacha que se va a trabajar”. Otras dos mujeres llegan a la clínica: una de 36 años y su hija de 17. Ambas se dedican al hogar. “Ya no quiso estudiar para ayudarme porque mi esposo está discapacitado, le dio un derrame cerebral”, argumenta la señora en nombre de su hija. Una chica de 17 años y rostro infantil cuenta por qué dejó la escuela.

“Mis papás sí querían darme más estudio pero yo dije que no, ya no iba a ser lo mismo”, admite Andrea mientras intenta dormir a su bebé de dos meses de edad. La adolescente dejó la escuela en el segundo grado de bachiller a los 16 años, se casó y actualmente se dedica sólo al hogar. La situación de su hermana mayor es idéntica, lo mismo que su madre. Andrea dice que la mayoría de las mujeres en esta comunidad poblana se ocupan del trabajo doméstico. “Una que otra sí trabaja pero no tienen esposo, trabajan en casas o salen a vender”. El mayor de sus hermanos, de 22, estudió hasta el primer año de bachillerato y hoy es vidriero. “Le aburrió, ya no quiso ir y después se arrepintió”, relata la joven.

En México hay más jóvenes desocupados en el campo que en las ciudades y, de ellos, la gran mayoría son mujeres, advierten las organizaciones internacionales. El porcentaje de personas entre 12 y 29 años de edad que vive en una comunidad rural y no estudia ni trabaja oscila entre 21 y 25, según los parámetros de cada organización. De ellos, más de la mitad son mujeres porque en ellas recaen tradicionalmente las labores domésticas y de cuidado familiar, lo que las condena a repetir los círculos de pobreza, rezago educativo y estancamiento laboral.

Los jóvenes mexicanos desocupados preocupan particularmente a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que los calcula en una tasa de 22.1 % hasta 2015, muy por encima del promedio de los países miembro, que es de 15 %. Las mexicanas de entre 15 y 29 años tienen cuatro veces más probabilidades de estar desocupadas que los varones, subraya un reporte de 2016 de la organización, lo que coloca a México en segundo lugar -después de Turquía- entre los miembros, cuyo promedio de probabilidad es de 1.4 veces más que los hombres.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), también de Naciones Unidas, revela que en la región ocurre la misma situación: entre las personas de 15 a 24 años hay más desocupados en el sector rural que en el urbano, con un promedio general de 21.7 por ciento. El más alto índice de jóvenes desocupados en el campo lo tienen El Salvador y Honduras con 30.6 %, mientras que el menor índice está en Perú con 11.8 %. En México hay 21.6 % de desocupados rurales, contra 15.1 % de los urbanos. De los 18 países incluidos en un estudio de 2016, sólo en tres hay más jóvenes desocupados en las ciudades que en el campo: Uruguay, Perú y Ecuador.

Según la encuesta Intercensal 2015 del Instituto Nacional de Estadística (INEGI) en México hay ocho millones y medio de jóvenes -de entre 12 y 29 años- viviendo en zonas rurales, es decir, localidades con menos de 2 mil 500 habitantes, según los parámetros del Instituto. En 2015, la tasa de participación económica de la población femenina en esas localidades alcanzaba 18 %, mientras la de los hombres era de 64.4 %. El Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural (RIMISP) advierte que 25.2 % de las jóvenes que viven en esas comunidades no estudian ni trabajan.

“Es muy preocupante tener jóvenes desocupados de 15 a 19 años porque deberían estar estudiando, y es muy preocupante de los 20 a los 25 porque deberían estar desarrollando una perspectiva de trayectoria laboral. En el primer caso tienes que generar condiciones para prevenir la deserción, y/o acercar infraestructura educativa que les permita quedarse en Media Superior, y en el otro deberías estar generando mecanismos de inserción laboral: no tienes ninguno de los dos”, puntualiza el director de RIMISP para México y Centroamérica, Jorge Romero.

Desocupados, no ociosos

La CEPAL ha advertido en foros públicos que la juventud desocupada –despectivamente llamados Ninis porque “ni estudian ni trabajan”– ha sido típicamente asociada con ocio y vagancia, imagen que suele atribuirse más a varones que a mujeres. Sin embargo, los estudios de las organizaciones prueban que hasta 70 % de esos jóvenes sin ocupación formal son mujeres y no están ociosas, sino que realizan preponderantemente una actividad que no es reconocida en las estadísticas económicas: el cuidado del hogar y de la familia.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indica que de los 30.9 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años que actualmente viven en las zonas rurales de América Latina, los que no trabajan ni estudian son unos 6.7 millones, pero casi todos realizan alguna labor que no se contabiliza. “Los ‘verdaderos Ni-Ni’ que no están discapacitados, enfermos o trabajan en quehaceres del hogar son sólo unos 0.6 millones”, señala el organismo en su informe Juventud rural y empleo decente en América Latina, de 2016.

Entre los hombres inactivos de entre 15 y 29 años, destaca la CEPAL, la razón principal aducida para no trabajar es el estudio, y la de las mujeres rurales de ese grupo de edad es la dedicación a los quehaceres del hogar, “sobre todo en el grupo entre 20 y 24 años”. Para el conjunto de los 11 países analizados en el estudio de la Comisión, el 64.8 % de las jóvenes en el campo da esta razón, frente al 43.8 % de las jóvenes inactivas urbanas, cuya razón para no trabajar es el estudio.

Jóvenes condenadas a repetir el viejo patrón

Todas las organizaciones consultadas coinciden: las mujeres jóvenes del campo se están quedando sin oportunidades, muchas por dedicarse al hogar y otras porque trabajan pero no concluyeron sus estudios, por lo que difícilmente podrán aspirar a un crecimiento laboral. Esta es una situación preocupante para la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ya que las jóvenes no están forjando una experiencia laboral fuera del hogar ni aprendiendo nuevos conocimientos más allá de las labores domésticas, lo que merma sus posibilidades de desarrollar una trayectoria laboral positiva.

“Este comportamiento refleja, entre otros factores, la menor oportunidad que en general ofrece el mercado de trabajo a las mujeres y el rol que juega ésta en el trabajo del hogar, situación que se acentúa en las localidades pequeñas”, destaca el INEGI en un resumen de resultados de su Encuesta Intercensal 2015.

San Nicolás de los Ranchos es sólo un botón de muestra de lo que ocurre en las más de 188 mil comunidades rurales de México, de acuerdo con Jorge Romero. “En cualquier localidad de menos de 2,500 habitantes llegas y preguntas por la asamblea ejidal: todos son adultos mayores. ¿Dónde están las mujeres? En la junta de aguas o en el comité de cuenca, pero la mayoría son adultas. ¿Dónde están las jóvenes? En la casa. No están en los espacios públicos, son invisibles”, indica el investigador.

Su ausencia se nota en las calles de varios municipios rurales poblanos. En la ciudad de Atlixco se instala todos los martes y sábados un extenso tianguis en el que convergen los comerciantes de todos los municipios rurales cercanos, que van a vender sus propios productos o los que le compran a un mayorista. Casi todos los puestos son atendidos por adultos mayores, apenas dos o tres de ellos acompañados de un joven. En Santa Ana Acozautla son visibles las mujeres jóvenes alrededor del mediodía: durante el receso de los niños de la primaria a las 11:00, cuando van a llevarles el almuerzo a través de la reja de la escuela, y a la salida de los de kínder, a las 12:00. En ese momento del día, el centro escolar está rodeado de adolescentes y adultas jóvenes, algunas van por sus propios hijos y otras por sus hermanos pequeños, pero ninguna está estudiando ni trabajando.

Escuela primaria Emiliano Zapata en Santa Ana Acozautla, Puebla. Foto: Claudia Altamirano.

La escuela es un gasto, el empleo es fugaz

En la familia Ahuehuetl hay ocho hijos: cinco mujeres y tres hombres. Sólo una de ellos estudió bachillerato porque la necesidad de producir dinero era más imperiosa que la de estudiar: había que ayudar a los padres a sostener a la extensa familia. Uno a uno, los hermanos fueron abandonando la escuela para buscar un empleo, pero en su municipio, Santa Ana Acozautla, Puebla, el único que han hallado es el mismo que sus padres: el campo. Cada temporada de lluvia llega un capataz a ofrecerles trabajo temporal en sus parcelas, por unos días a la semana que a veces sólo son dos, durante seis o siete meses del año. Después de eso simplemente no hay trabajo.

“Nosotros nos esperamos, llega alguien que nos ocupe y nada más por días o semanas pero no es un trabajo fijo, a veces dos o tres días a la semana, a veces uno, a veces no hay. Cuando nos falta trabajo nomás nadie llega, pues no trabajamos”, explica la señora Fénix Ahuehuetl, de 44 años. “Y esperarse hasta que vengan, quien quieran que les vaya a ayudar a escardar, a cortar, cosechar, es cuando va uno a trabajar; si no, aquí se las ve uno a juntar quelites, verdolagas, lo que sea para que no falten aunque sea los frijolitos”, agrega su hermana Eli, de 33.

Lo que más siembran es frijol y maíz, y su actividad más frecuente es escardar (cortar la hierba). El máximo tiempo continuo que han hecho este trabajo es una semana, lo regular son dos días. Fénix cuenta que el tomate es lo que más ganancias les deja porque su cosecha requiere más horas de trabajo; sin embargo, el pago sigue siendo ínfimo: 40 pesos la arpilla (saco para empacar la cosecha) trabajando jornadas de hasta diez horas. “A veces no sacamos ni lo del día, a veces sacamos 150-140. Y ni para hacer otra cosa porque ya nada más llegamos, comemos y otra vez a dormir”.

Tres de las hermanas Ahuehuétl, del municipio Santa Ana Acozautla, en Puebla. Ninguna de ellas tuvo oportunidad de seguir estudiando. Foto: Edgar Flores.

La FAO explica en su informe que la mayoría de las faenas agrícolas son cíclicas y, por ende, el trabajo. Es por ello que el subempleo y el empleo temporal son frecuentes, con fluctuaciones importantes en los requerimientos de mano de obra a lo largo del año. La reducción de las necesidades de mano de obra –conocida y reiterada en magnitudes año tras año- explica que gran parte de los trabajadores agrícolas no busquen trabajo de modo activo en los periodos de merma y respondan así en las encuestas, “con lo cual son categorizados como inactivos y no como desempleados”.

Mientras tanto los jóvenes de la familia, que ya dejaron la escuela, se quedan ayudando en las labores domésticas y cuidando a sus propios hijos de diciembre a mayo, hasta la siguiente temporada de lluvias. “Éramos muchos para que fuéramos tantos a la escuela y solo trabajaran mis papás, a veces nada más trabajaba mi papá y mi mamá no iba diario. Para pagar tanto… ya no quisimos ir a la escuela por eso”, dice Abigail López, hija de Fénix.

Los miembros de la familia Ahuehuetl permanecen en casa en los periodos en que no hay trabajo”. Foto: Claudia Altamirano.

Este fenómeno también ocurre -aunque en menor medida- en el ámbito urbano, donde también hay más mujeres desocupadas que hombres. En promedio, las organizaciones calculan la tasa de desocupación urbana entre mujeres de 12 a 29 años en 14% contra la masculina de 5 por ciento. Una de esas mujeres que dejaron la escuela y no trabajan es María Elena Montoya, habitante de la ciudad de Atlixco, Puebla. Ella abandonó la preparatoria para emigrar a Estados Unidos, llevaba 10 años trabajando en ese país pero regresó a México con sus hijos y su esposo cuando él fue deportado. Desde entonces, se dedica exclusivamente a su hogar.

Elena asegura que la mayoría de las mujeres que conoce en Atlixco son más jóvenes que ella (de 32 años) y ya tienen hijos mayores que los suyos, de nueve y seis. Todas dejaron truncos sus estudios y se dedican al cuidado de sus familias.

“Sí me gusta trabajar y a veces sí hace falta, pero descuido a los niños en la escuela, tendrían que estar al cuidado de otra persona y la verdad no. Sí tengo planeado volver a trabajar ahora que estén un poquito más grandes, que no dependan tanto de uno. Que sigan estudiando hasta que tengan una carrera o hasta que ellos quieran, ya ve que luego no les gusta o prefieren trabajar”, admite María Elena. El ciclo vuelve a empezar.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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'Anidamiento': el novedoso acuerdo entre divorciados en el que se turnan la casa, no los hijos

En los divorcios de la generación millennial, cada vez se da más el caso en que los hijos se quedan en la casa de siempre, mientras que los padres rotan la permanencia en la vivienda.
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29 de agosto, 2021
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Separarse de una pareja siempre es difícil, especialmente si los hijos se ven atrapados en el proceso.

Pero algunos padres están recurriendo a una solución innovadora para facilitar el proceso.

“Birdnesting”, o anidamiento, es una alternativa que permite a los niños permanecer en su hogar de siempre y pasar tiempo con cada padre.

Cada tutor legal está en casa durante su tiempo de custodia acordado, y se va a otro lugar cuando está “fuera de servicio”.

El concepto recibe su nombre por la forma en que los padres crían a sus polluelos en el mundo de las aves, manteniéndolos a salvo en un nido y entrando y saliendo del nido alternativamente para cuidarlos.

“Queríamos mantener la estabilidad para los niños, y no solo romper todo de una vez”, dice Niklas Björling, de 38 años, de Estocolmo, Suecia, cuya joven familia “anidó” durante ocho meses después de que él y su esposa se separaron.

“Los niños tenían oportunidad de mantener su casa, la escuela y los amigos como siempre”, explica, y además evitan el estrés de tener que desplazarse entre dos casas.

Una opción al alza

Aunque todavía es un concepto relativamente desconocido a nivel mundial, el birdnesting parece estar en aumento en países occidentales, principalmente entre las familias de clase media.

Los abogados de divorcio han informado de un aumento en el número de “nidos” en lugares como EE.UU., Australia y los Países Bajos.

Niklas Björling

Niklas Björling
Niklas Björling dice que él y su exmujer priorizaron la estabilidad de los niños cuando se separaron.

En Suecia, donde la custodia de los hijos es compartida por igual, ha sido un acuerdo tomado por padres divorciados durante décadas: algunos lo han hecho incluso desde los años 70.

Björling se quedó en la habitación libre de su madre durante su “tiempo fuera” de hijos, mientras que su expareja alquilaba una habitación en una casa compartida.

Los que tienen más recursos pueden optar por comprar apartamentos individuales, invertir en una segunda propiedad compartida o convertir parte del hogar principal en un anexo, dice la doctora Ann Buscho, una terapeuta de California que ha escrito un libro sobre “anidamiento”.

Para muchos, es un “arreglo de transición o temporal”, pero algunos de sus clientes lo han hecho durante años, asegura.

Sin embargo, a medida que más familias comienzan a adoptar el concepto, los expertos están divididos sobre su impacto tanto en los niños como en los padres.

¿Qué consecuencias puede generar?

Buscho dice que es importante comprender el contexto detrás de la tendencia, incluida la influencia de los planes de crianza de celebridades no tradicionales en los divorciados de los millennials.

La actriz Anne Dudek y su esposo, Matthew Heller, hicieron público que “anidaban” después de su divorcio en 2016.

También se sabe que la actriz Gwyneth Paltrow se quedó con frecuencia en la casa que solía compartir con el músico Chris Martin, de Coldplay, mucho después de que se separaran.

Gwyneth Paltrow

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Gwyneth Paltrow aseguraba que su Chris Martin y ella compartían la custodia de sus hijos en su casa de siempre.

“Creo que el ‘desacoplamiento consciente’ de Gwyneth Paltrow tuvo un gran efecto aquí. Hicieron una especie de anidación modificada. Y creo que tan solo la idea de un divorcio con respeto y amabilidad tuvo un gran impacto en la gente”, dice Buscho.

“Simplemente hay más conciencia sobre el hecho de que es una opción disponible para las personas”, señala Ben Evans, abogado experto en derecho familiar de Coop Legal Services, en Inglaterra.

Stephen Williams, otro abogado de la firma británica Ashtons Legal dice que se prioriza la salud mental de los menores.

“La gente se ha vuelto mucho más sabia sobre la necesidad de pensar en el desarrollo de sus hijos”, dice.

¿Realmente beneficia a los menores?

Cualesquiera que sean las razones por las que las parejas separadas están probando el anidamiento, juzgar su eficacia es complicado.

Dado que es una tendencia bastante nueva, no hay datos comparativos sobre el bienestar de los niños en este tipo de familias en comparación con otros acuerdos de crianza compartida.

Buscho ha entrevistado a docenas de familias que “anidan” para su investigación, además de que ella misma lo hizo en un período de 15 meses con su exmarido y tres hijos en la década de 1990.

Cree firmemente que es más saludable para los niños, ya que les permite seguir las rutinas y adaptarse más lentamente a los cambios en la familia.

“Si les preguntas a los niños, siempre te dirán que el divorcio no es divertido. No saben lo que es un divorcio sin anidamiento”, dice.

“Pero lo que dirán es que los padres soportaron la carga del divorcio y ellos no”.

Pareja de adultos discutiendo y dos menores

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Las discusiones de pareja suelen tener un efecto nocivo sobre los niños.

Esa es una perspectiva que comparte Linnea Andersdotter, que ahora tiene 36 años.

Pasó por esa experiencia en Estocolmo durante varios años, después de que sus padres se separaran cuando ella tenía 11 años.

“Lol sentí como algo muy dramático cuando me lo hicieron saber por primera vez -que iban a separarse- pero cuando descubrí que no tenía que mudarme, eso realmente me ayudó a no asustarme”, dice.

Me mantuvieron en una pequeña burbuja segura mientras ellos resolvían el asunto de la ruptura”.

Pero los críticos argumentan que puede crear una situación de “casa intermedia” que no ayuda a los niños a procesarla realidad de la separación de sus padres.

Eline Linde, que vivía así cerca de Oslo, Noruega, cuando era una adolescente dice que la experiencia fue “extraña y confusa”.

“No sabía si era la casa de mamá o papá, o si estaban probando porque iban a volver a estar juntos”, recuerda la joven de 28 años.

“Creo que deberíamos tener mucho cuidado al promocionar la idea”, coincide Malin Bergström, psicóloga infantil y científica del Instituto Karolinska de Estocolmo.

“Es una forma de proteger a los niños y resguardarlos de la realidad, básicamente. Creo que es una amenaza para la salud mental”, considera.

Eline Linde

Eline Linde
Eline Linde dice que cuando era niña encontraba confusa la experiencia del anidamiento.

Por el contrario, dice que “enfrentar desafíos junto con los padres, como mudarse del hogar familiar, puede darles a los niños las herramientas para convertirse en un adulto resiliente que pueda manejar las cosas en el futuro”.

Bergström también tiene dudas sobre la suposición de que “anidar” es menos estresante para los niños que desplazarse entre los hogares de dos padres.

Participó en varios estudios amplios del Centro de Estudios de Equidad en Salud en Estocolmo, los cuales sugirieron que había muy poca diferencia en la salud mental de los niños en acuerdos típicos de custodia compartida, en comparación con aquellos que vivían en una familia nuclear tradicional con dos padres.

¿Qué pasa con los padres?

También hay desacuerdo sobre el impacto del anidamiento en los padres.

El abogado de derecho familiar Ben Evans cree que funciona para algunas parejas porque puede ayudar a “ganar un poco de tiempo y aliviar la presión sobre ellas”.

Ambas partes pueden reflexionar sobre los pasos futuros, argumenta, y evitar decisiones impulsivas o costosas.

Buscho dice que un período de anidación también proporciona un “respiro” para ayudar a las exparejas a descubrir cómo quieren que sea su plan de crianza compartida a largo plazo, o incluso podría facilitar una reconciliación.

Hija con sus dos padres

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Los divorcios y los conflictos no tienen que ser traumáticos si se evitan enfrentamientos, dicen los expertos.

Pero Bergström sostiene que anidar puede tener un impacto psicológico negativo en los padres divorciados, al estancar su capacidad para superar la ruptura.

“El impulso natural después de un divorcio como padre es crear su propia vida, hacer frente a las cosas, seguir adelante”, argumenta. “Y creo que los nidos van en contra de ese impulso”.

Åse Levin, una diseñadora gráfica de Estocolmo de 50 años, dice que eso le sucedió cuando intentó anidar durante seis meses después de que ella y su pareja se separaron.

La pareja entró y salió del mismo alquiler de un dormitorio cuando estaban lejos de sus dos hijos: “Sé que los dos teníamos mucha ansiedad al estar en ese apartamento… no tenías tus cosas, así que no era un lugar acogedor al cual ir”, recuerda.

“Estás atrapado en una especie de burbuja o algo así, no puedes hacer nada. No puedes seguir adelante”.

Al final, su pareja se quedó en su antiguo apartamento y su padre la ayudó a comprar un pequeño lugar a poca distancia.

Si bien “anidar” puede reducir los cambios en la vida de los niños, también crea nuevos desafíos logísticos para los adultos, desde descubrir nuevas rutinas para las tareas domésticas hasta navegar por lo que sucede si alguien comienza a salir con otra persona.

Pareja enfadada

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Algunas parejas separadas se pueden sentir “atrapadas”, dice Åse Levin.

“Una clienta llegó a casa y encontró un condón usado en el dormitorio cuando llegó su turno. Eso no salió tan bien”, dice Buscho. “Es necesario que haya acuerdos muy detallados”.

“Necesitas tener una buena relación con tu ex”, concuerda Bodil Schwinn, de Sollentuna, Suecia, quien dice que lo pasó bien durante dos años y planea mantener el arreglo durante al menos otros 18 meses.

Ella y su expareja dividieron el costo de alguien que limpiara la casa y compraban cosas para el refrigerador según las necesidades: “Nunca discutimos cosas como ‘compraste carne’ o ‘te comiste mi carne o mi queso’, simplemente nos ocupamos de eso”, dice Schwinn.

Ella puso un límite al hecho de que la nueva novia de su ex dormía en su cama compartida cada dos semanas, por lo que acordaron convertir su oficina de casa en un nuevo dormitorio.

“Mucha gente piensa que esto es realmente extraño, pero a mí me parece bien. Estoy feliz de que él esté feliz y haya encontrado a alguien”, dice.

El futuro de la anidación

El abogado Stephen Williams cree que“anidar” no es una solución para todos, y dice que los padres recién separados no deben sentirse presionados por subirse al tren.

Para empezar, algunas parejas carecerán de los recursos económicos o de las redes de apoyo para encontrar un alojamiento alternativo durante el “tiempo fuera”.

Bodil Schwinn

Bodil Schwinn
Bodil Schwinn dice que anidar funciona bien para ella y su exmarido.

También dice que no será la opción correcta si todavía hay un alto nivel de conflicto, si uno de los padres no puede comprometerse con el arreglo o si simplemente no se siente como el trato adecuado.

“En mi opinión, el anidamiento es solo una de las diversas intervenciones positivas que pueden ayudar a los padres a cuidar a sus hijos después de la separación”, dice.

Pero los partidarios de la tendencia esperan que se convierta en algo más común.

Buscho señala que la paternidad compartida entre padres divorciados parecía radical en la década de 1950, pero ahora es ampliamente aceptada como una opción positiva para muchas familias.

“Mi esperanza es que en el futuro, a medida que la conciencia de la anidación crezca, se convierta en una rutina, que las personas comiencen su proceso de separación con un período de anidación de algunos meses o incluso más”.

En Estocolmo, Niklas Björling disfruta de un pequeño apartamento de alquiler a poca distancia de su expareja, que comparte con sus hijos cada dos semanas, y con su nueva novia cuando no están.

Reflexionando sobre su experiencia, dice: “No me arrepiento de haberlo hecho… Pero quieres liberarte por completo después de un tiempo”.

Puedes leer la versión original de este artículo en inglés en BBC WorkLife.


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