Mujeres seri quieren una universidad, no más megaproyectos, narcos, ni marinos en sus tierras

Acosados por megaproyectos que pretenden instalarse en su territorio, el pueblo seri ha extendido su lucha para atender el reclamo de las mujeres que exigen retomar su cultura de respeto entre ambos sexos y tener acceso a la educación.

Mujeres seri quieren una universidad, no más megaproyectos, narcos, ni marinos en sus tierras
Gabriela Molina. Multimedia Flores en el desierto. Foto: Luis Jorge Gallegos

Primero tuvieron que organizarse para expulsar de su territorio a una empresa minera instalada sin el permiso de la comunidad ni los requisitos legales necesarios. Ahora deben enfrentarse a lo que consideran una invasión de la Marina Armada de México y a la intención de empresarios nacionales y extranjeros de instalar plantas desaladoras y de energía maremotriz, mientras también luchan por mantener a raya a dos enemigos, hijos de los tiempos que corren: el crimen organizado y el machismo.

La figura más visible de este movimiento seri de resistencia es Gabriela Molina Moreno. Ella dejó su casa en Desemboque, junto a la costa central de Sonora, en el municipio de Pitiquito, para poder estudiar la universidad. Los gobiernos estatales y federales se han preocupado por darle entrada a los mega proyectos (como este y este) pero no se han ocupado de acercar una institución universitaria a los seri. Gaby, como le dicen, tuvo que mudarse a Ciudad de México para estudiar Ciencia Política en la UNAM.

Cuando volvió a su comunidad se encontró con que los jóvenes estaban empezando a organizarse ante la llegada de un proyecto minero a sus tierras. La activista de inmediato se volvió parte fundamental del grupo Defensores del Territorio Comca’ac, formado por cinco hombres y 12 mujeres. Hoy su historia es una de las diez que conforman el multimedia Flores en el desierto, de Gloria Muñoz Ramírez, sobre las mujeres del Concejo Indígena de Gobierno (CIG).

Presentado por la fundación alemana Rosa Luxemburg Stiffung y Desinformémonos como parte de las celebraciones por el Día Internacional de la Mujer, Flores en el desierto cuenta la historia de 10 mujeres Comca’ac, yoreme, coca, binnizá, nahua, tsotsil, mazahua, maya y kumiai, que luchan junto a sus comunidades para defender sus territorios y recursos naturales.

Gaby explica en Flores en el desierto cómo los pueblos yaquis, makurawe, raramuri e incluso los de más al sur, en Morelos y Estado de México, empezaron a organizarse en su lucha contra las minas. Los jóvenes hablaron con el comisariado ejidal para pedirle que convocara a una reunión con todos los ejidatarios y exigir información a la empresa, porque la gente no entendía qué hacían en sus tierras.

La minera se instaló en el territorio de los seri, quienes viven de la pesca y la cacería, sin la autorización de la comunidad, sin Manifiesto de Impacto Ambiental y sin cambio de uso de suelo por parte del municipio, según denunció Gabriela a medios nacionales en 2015. Así empezaron a explorar y luego a explotar la zona.

Cuando los jóvenes del grupo de resistencia se pusieron a investigar sobre esta concesión de 200 hectáreas, conocida como La Peineta 1, encontraron que había siete más que el gobierno federal había otorgado a partir de 2010 a nombre de personas externas a la comunidad. El subsuelo donde está el territorio del pueblo seri estaba concesionado y ellos no lo sabían.

El grupo logró parar La Peineta 1 con un amparo contra la concesión, pero como el gobierno del estado nunca actuó, Gabriela cuenta que las mujeres de la comunidad fueron hasta la mina y destruyeron todo lo que había ahí. Por ahora, no hay mineras operando en territorio seri.

Sin embargo, en entrevista durante la presentación de Flores en el desierto la integrante del CIG afirma que si bien pararon a las minas, “ahora vienen otros: piensan imponer en nuestro territorio proyectos de zonas hoteleras, desaladoras (para volver potable el agua de mar) y energía maremotriz (que se genera a través de turbinas y el movimiento de las mareas), para llevar agua y electricidad a California, Estados Unidos”.

Los seri tienen además otro frente de lucha: lo que denuncian como una invasión ilegal de la Marina Armada de México en sus tierras. La Isla Tiburón, que el pueblo tiene en propiedad comunal, es punto de reunión de los guerreros seri, pero actualmente está habitada por los marinos que sin permiso de la tribu se instalaron ahí. Gaby denuncia, en su testimonio para Flores en el desierto, que solo llegaron para proteger a los delincuentes.

Gaby Molina. Foto: Luis Jorge Gallegos.

La tierra del matriarcado

Como una medida de seguridad, al territorio de los seri no puede entrar nadie que no esté invitado. Eso no los libra de los intrusos. Gabriela forma parte de la Guardia Tradicional de su comunidad, que patrulla la zona para impedir, entre otras cosas, el robo de su pesca y para redoblar la vigilancia de sus aguas.

“Me es difícil venir a la ciudad (a donde ha llegado para la presentación del multimedia y otras actividades) o salir, porque estamos haciendo recorridos. Hemos estado en operativos fuertes. Hace unos años yo fui comandante de la guardia, pero ahora no puedo porque tendría que estar todo el tiempo en la comunidad y a veces necesito ausentarme porque formo parte del grupo de resistencia y ahora del CIG”.

La asamblea tradicional de Desemboque fue la que eligió a Gabriela Molina para participar en el Concejo Indígena de Gobierno. Ella, hija del actual gobernador seri y nieta de la única mujer que ha tenido ese cargo, tiene hoy la responsabilidad de promover la organización y visibilizar las luchas de su pueblo.

Las mujeres del grupo de defensa del territorio también se ocupan de frenar el machismo. La cultura comca’ac (como se llaman los seri a sí mismos) era un matriarcado. El machismo llegó muy recientemente –afirma Gabriela– “los hombres comca’ac consideran a la mujer como cabeza del hogar, porque ella es la que tiene al hijo, lo cuida, hace la comida, recolecta semillas o granos comestibles, entonces ella tiene todo el derecho de levantar la voz y es la que propone. Claro, no excluimos a los hombres, pero la costumbre era consultar con las mujeres”.

Solo que en los últimos dos años, “con la llegada de gente externa a la comunidad, se ha empezado a extender el consumo de alcohol y ha habido violencias por parte de los hombres comca´ac hacia la mujer, que eso antes no se veía”. Así que las mujeres están trabajando para rescatar ese respeto a la figura femenina.

“Platicamos mucho con las ancianas de la comunidad, empezamos a hacer una serie de entrevistas y armamos videos para proyectarlos. Íbamos a la casa de las familias y les decíamos ‘oigan, nos prestan su pared’, y ya, nos cedían el espacio y ahí en la calle proyectábamos los testimonios para volver a escuchar cómo era el hombre seri antes y cómo trataba a su mujer, a su hermana, a su mamá, y entonces todos han empezado a reflexionar sobre eso y ya los jóvenes están haciendo mucho trabajo en la preparatoria y con un periódico comunitario”.

A construir su propia universidad

Gaby sabe que en su localidad ella es una excepción. “En un pueblo de unas 400 personas, apenas debemos haber unas diez mujeres que hemos podido estudiar una licenciatura”. Las barreras estructurales que enfrentan para llegar a ese nivel académico son muchas: el racismo es una de las principales.

Como la universidad más cercana está a cinco horas de la comunidad seri, quien quiera estudiar tiene que mudarse a otro sitio. Y “en sonora hay gente sumamente racista. No nos conocen y cree que somos asaltantes o algo así (los seri tienen la fama ancestral de belicosos, sólo por su resistencia a aceptar la colonización y confinarse a un solo territorio para proteger su religión, sus costumbres y su cultura). Si dices que eres seri o comca´ac, lo primero que hacen es humillarte y ofenderte. Los padres seri tienen miedo de que sus hijas pasen por eso, aunque quieran realmente que ellas estudien, porque sí quieren, pero saben que van a enfrentarse a ese racismo”.

La falta de recursos para mudarse lejos de casa y sostenerse es el otro impedimento para llegar a la universidad. “Las rentas en Hermosillo no bajan de 3 mil o 4 mil y es una de las ciudades que está muy mal en el tema de transporte, ahí si no tienes una camioneta o algo, no te puedes mover”.

Gabriela afirma que ella estudió por necia y por el apoyo de su papá. “Él me decía: si te quieren aplastar, tú dale la vuelta a la moneda. Él me ha enseñado mucho de eso y ahora hasta se ríe porque salgo con mi vestimenta tradicional y me dice, ¿por qué usas colores tan chillantes? Y yo le digo que para que esa gente que nos niega vea que sí estamos y que aunque no me quieran ver, me van a ver. Usar mi ropa es una forma de protestar”.

Ya muchas de las y los jóvenes de la comunidad traen esa misma idea. La hermana menor de Gaby, por ejemplo, canta en su lengua materna y hace fusión con el hip hop. “Ya los chicos empiezan a tener otra mentalidad, dicen, pues sí, soy seri, ¿Y?”

Además, como saben que si esperan al apoyo de las autoridades oficiales no tendrán pronto una universidad, “ya estamos pensando en construir una propia, estamos viendo, ahorita es un reacomodo de todo el territorio en muchos aspectos, pero lo estamos planeando”.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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