Mujeres seri quieren una universidad, no más megaproyectos, narcos, ni marinos en sus tierras
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Foto: Luis Jorge Gallegos

Mujeres seri quieren una universidad, no más megaproyectos, narcos, ni marinos en sus tierras

Acosados por megaproyectos que pretenden instalarse en su territorio, el pueblo seri ha extendido su lucha para atender el reclamo de las mujeres que exigen retomar su cultura de respeto entre ambos sexos y tener acceso a la educación.
Foto: Luis Jorge Gallegos
8 de marzo, 2018
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Primero tuvieron que organizarse para expulsar de su territorio a una empresa minera instalada sin el permiso de la comunidad ni los requisitos legales necesarios. Ahora deben enfrentarse a lo que consideran una invasión de la Marina Armada de México y a la intención de empresarios nacionales y extranjeros de instalar plantas desaladoras y de energía maremotriz, mientras también luchan por mantener a raya a dos enemigos, hijos de los tiempos que corren: el crimen organizado y el machismo.

La figura más visible de este movimiento seri de resistencia es Gabriela Molina Moreno. Ella dejó su casa en Desemboque, junto a la costa central de Sonora, en el municipio de Pitiquito, para poder estudiar la universidad. Los gobiernos estatales y federales se han preocupado por darle entrada a los mega proyectos (como este y este) pero no se han ocupado de acercar una institución universitaria a los seri. Gaby, como le dicen, tuvo que mudarse a Ciudad de México para estudiar Ciencia Política en la UNAM.

Cuando volvió a su comunidad se encontró con que los jóvenes estaban empezando a organizarse ante la llegada de un proyecto minero a sus tierras. La activista de inmediato se volvió parte fundamental del grupo Defensores del Territorio Comca’ac, formado por cinco hombres y 12 mujeres. Hoy su historia es una de las diez que conforman el multimedia Flores en el desierto, de Gloria Muñoz Ramírez, sobre las mujeres del Concejo Indígena de Gobierno (CIG).

Presentado por la fundación alemana Rosa Luxemburg Stiffung y Desinformémonos como parte de las celebraciones por el Día Internacional de la Mujer, Flores en el desierto cuenta la historia de 10 mujeres Comca’ac, yoreme, coca, binnizá, nahua, tsotsil, mazahua, maya y kumiai, que luchan junto a sus comunidades para defender sus territorios y recursos naturales.

Gaby explica en Flores en el desierto cómo los pueblos yaquis, makurawe, raramuri e incluso los de más al sur, en Morelos y Estado de México, empezaron a organizarse en su lucha contra las minas. Los jóvenes hablaron con el comisariado ejidal para pedirle que convocara a una reunión con todos los ejidatarios y exigir información a la empresa, porque la gente no entendía qué hacían en sus tierras.

La minera se instaló en el territorio de los seri, quienes viven de la pesca y la cacería, sin la autorización de la comunidad, sin Manifiesto de Impacto Ambiental y sin cambio de uso de suelo por parte del municipio, según denunció Gabriela a medios nacionales en 2015. Así empezaron a explorar y luego a explotar la zona.

Cuando los jóvenes del grupo de resistencia se pusieron a investigar sobre esta concesión de 200 hectáreas, conocida como La Peineta 1, encontraron que había siete más que el gobierno federal había otorgado a partir de 2010 a nombre de personas externas a la comunidad. El subsuelo donde está el territorio del pueblo seri estaba concesionado y ellos no lo sabían.

El grupo logró parar La Peineta 1 con un amparo contra la concesión, pero como el gobierno del estado nunca actuó, Gabriela cuenta que las mujeres de la comunidad fueron hasta la mina y destruyeron todo lo que había ahí. Por ahora, no hay mineras operando en territorio seri.

Sin embargo, en entrevista durante la presentación de Flores en el desierto la integrante del CIG afirma que si bien pararon a las minas, “ahora vienen otros: piensan imponer en nuestro territorio proyectos de zonas hoteleras, desaladoras (para volver potable el agua de mar) y energía maremotriz (que se genera a través de turbinas y el movimiento de las mareas), para llevar agua y electricidad a California, Estados Unidos”.

Los seri tienen además otro frente de lucha: lo que denuncian como una invasión ilegal de la Marina Armada de México en sus tierras. La Isla Tiburón, que el pueblo tiene en propiedad comunal, es punto de reunión de los guerreros seri, pero actualmente está habitada por los marinos que sin permiso de la tribu se instalaron ahí. Gaby denuncia, en su testimonio para Flores en el desierto, que solo llegaron para proteger a los delincuentes.

Gaby Molina. Foto: Luis Jorge Gallegos.

La tierra del matriarcado

Como una medida de seguridad, al territorio de los seri no puede entrar nadie que no esté invitado. Eso no los libra de los intrusos. Gabriela forma parte de la Guardia Tradicional de su comunidad, que patrulla la zona para impedir, entre otras cosas, el robo de su pesca y para redoblar la vigilancia de sus aguas.

“Me es difícil venir a la ciudad (a donde ha llegado para la presentación del multimedia y otras actividades) o salir, porque estamos haciendo recorridos. Hemos estado en operativos fuertes. Hace unos años yo fui comandante de la guardia, pero ahora no puedo porque tendría que estar todo el tiempo en la comunidad y a veces necesito ausentarme porque formo parte del grupo de resistencia y ahora del CIG”.

La asamblea tradicional de Desemboque fue la que eligió a Gabriela Molina para participar en el Concejo Indígena de Gobierno. Ella, hija del actual gobernador seri y nieta de la única mujer que ha tenido ese cargo, tiene hoy la responsabilidad de promover la organización y visibilizar las luchas de su pueblo.

Las mujeres del grupo de defensa del territorio también se ocupan de frenar el machismo. La cultura comca’ac (como se llaman los seri a sí mismos) era un matriarcado. El machismo llegó muy recientemente –afirma Gabriela– “los hombres comca’ac consideran a la mujer como cabeza del hogar, porque ella es la que tiene al hijo, lo cuida, hace la comida, recolecta semillas o granos comestibles, entonces ella tiene todo el derecho de levantar la voz y es la que propone. Claro, no excluimos a los hombres, pero la costumbre era consultar con las mujeres”.

Solo que en los últimos dos años, “con la llegada de gente externa a la comunidad, se ha empezado a extender el consumo de alcohol y ha habido violencias por parte de los hombres comca´ac hacia la mujer, que eso antes no se veía”. Así que las mujeres están trabajando para rescatar ese respeto a la figura femenina.

“Platicamos mucho con las ancianas de la comunidad, empezamos a hacer una serie de entrevistas y armamos videos para proyectarlos. Íbamos a la casa de las familias y les decíamos ‘oigan, nos prestan su pared’, y ya, nos cedían el espacio y ahí en la calle proyectábamos los testimonios para volver a escuchar cómo era el hombre seri antes y cómo trataba a su mujer, a su hermana, a su mamá, y entonces todos han empezado a reflexionar sobre eso y ya los jóvenes están haciendo mucho trabajo en la preparatoria y con un periódico comunitario”.

A construir su propia universidad

Gaby sabe que en su localidad ella es una excepción. “En un pueblo de unas 400 personas, apenas debemos haber unas diez mujeres que hemos podido estudiar una licenciatura”. Las barreras estructurales que enfrentan para llegar a ese nivel académico son muchas: el racismo es una de las principales.

Como la universidad más cercana está a cinco horas de la comunidad seri, quien quiera estudiar tiene que mudarse a otro sitio. Y “en sonora hay gente sumamente racista. No nos conocen y cree que somos asaltantes o algo así (los seri tienen la fama ancestral de belicosos, sólo por su resistencia a aceptar la colonización y confinarse a un solo territorio para proteger su religión, sus costumbres y su cultura). Si dices que eres seri o comca´ac, lo primero que hacen es humillarte y ofenderte. Los padres seri tienen miedo de que sus hijas pasen por eso, aunque quieran realmente que ellas estudien, porque sí quieren, pero saben que van a enfrentarse a ese racismo”.

La falta de recursos para mudarse lejos de casa y sostenerse es el otro impedimento para llegar a la universidad. “Las rentas en Hermosillo no bajan de 3 mil o 4 mil y es una de las ciudades que está muy mal en el tema de transporte, ahí si no tienes una camioneta o algo, no te puedes mover”.

Gabriela afirma que ella estudió por necia y por el apoyo de su papá. “Él me decía: si te quieren aplastar, tú dale la vuelta a la moneda. Él me ha enseñado mucho de eso y ahora hasta se ríe porque salgo con mi vestimenta tradicional y me dice, ¿por qué usas colores tan chillantes? Y yo le digo que para que esa gente que nos niega vea que sí estamos y que aunque no me quieran ver, me van a ver. Usar mi ropa es una forma de protestar”.

Ya muchas de las y los jóvenes de la comunidad traen esa misma idea. La hermana menor de Gaby, por ejemplo, canta en su lengua materna y hace fusión con el hip hop. “Ya los chicos empiezan a tener otra mentalidad, dicen, pues sí, soy seri, ¿Y?”

Además, como saben que si esperan al apoyo de las autoridades oficiales no tendrán pronto una universidad, “ya estamos pensando en construir una propia, estamos viendo, ahorita es un reacomodo de todo el territorio en muchos aspectos, pero lo estamos planeando”.

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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Los miniórganos creados por científicos que revolucionan el conocimiento sobre COVID

Desde minipulmones a minivasos sanguíneos. Técnicas desarrolladas hace pocos años permiten evaluar rápidamente posibles tratamientos y entender mejor cómo el coronavirus afecta a diferentes partes del cuerpo.
5 de diciembre, 2020
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Imagina tomar un puñado de células humanas de diferentes tipos y, después de una serie de procedimientos, transformarlas en un órgano en miniatura, que funciona y puede ser observado a simple vista.

Esto ya es posible hoy: los miniórganos (u organoides, nombre preferido entre los científicos) son una herramienta poderosa, que ayuda a comprender cómo el SARS-CoV-2, el coronavirus responsable de la pandemia actual, causa daños en diferentes partes de nuestro cuerpo.

Gracias a esta tecnología, los expertos evaluaron varios tratamientos posibles y entendieron rápidamente que la covid-19 no era solo una enfermedad que afectaba al sistema respiratorio, sino que tenía repercusiones en el corazón, intestino, riñones e incluso en el cerebro.

¿Pero cómo se crea un miniórgano? ¿Y qué ventajas tiene en comparación con otros métodos más antiguos, como los cultivos celulares y las cobayas de laboratorio?

Volver al pasado para proyectar el futuro

La materia prima básica para la construcción de un organoide son las células simples presentes en la piel o el sistema urinario. Tras la selección, los científicos realizan un procedimiento que hace que estas unidades se conviertan en células madre.

Es como si esas células retrocedieran en el tiempo. A través de una transformación genética se vuelven células madre nuevamente”, señaló la neurocientífica Marília Zaluar Guimarães, del Instituto D’Or de Investigación y Educación, en Río de Janeiro (IDor).

La descripción de este proceso biológico y la tecnología capaz de hacerlo factible le valieron al británico John Gurdon y al japonés Shinya Yamanaka el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 2012.

Placa de petri circular con pequeñas esferas dentro que representan los minicerebros

Getty Images
Esta ilustración muestra el tamaño de minicerebros en una placa de Petri y cómo pueden ser apreciados a simple vista.

Pero esa es apenas una parte de la historia. Después de que las células “retroceden en el tiempo”, es preciso realizar otro paso. “Hacemos que estas células madre se diferencien y se especialicen nuevamente”, agregó Guimarães, quien también es profesora de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) en Brasil.

En otras palabras, es posible tomar una célula de la piel y, siguiendo unos pocos pasos, lograr una metamorfosis para que se convierta en una neurona o en un glóbulo rojo.

La gran ventaja es que los organoides no son solo un montón de células que pueden ser analizadas con la ayuda de un microscopio. Hablamos aquí de formaciones más complejas, que agrupan a más de un tipo de célula y, a menudo, son visibles a simple vista. Realmente se trata de un órgano en escala reducida.

“Los minicerebros, por ejemplo, son esféricos, pero no tienen la misma forma que el órgano real. Lo que nos permite saber que esa estructura se asemeja al original son sus características celulares y bioquímicas”, explicó el biólogo Daniel Martins de Souza, de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp) en Brasil.

Los orígenes

En una perspectiva histórica, la posibilidad de construir miniórganos es muy reciente. Los científicos solo han podido avanzar significativamente en este tema en los últimos 10 años.

Pero en este período breve los organoides ya hicieron grandes contribuciones a la ciencia. Uno de los mayores ejemplos de esto ocurrió durante la epidemia de Zika, que preocupó al mundo en 2015 y 2016.

Bebé en Brasil que padece microcefalia con una médica

Getty Images
Investigaciones con las nuevas técnicas permitieron demostrar que el Zika afecta las células del sistema nervioso e inhibe su crecimiento, provocando el síndrome congénito que causa microcefalia en bebés.

Transmitido por la picadura del mosquito Aedes aegypti, el virus causa síntomas relativamente simples, como fiebre baja, dolor y enrojecimiento de los ojos.

Pero la explosión de casos de microcefalia (cuando el bebé nace con un cráneo y un cerebro más pequeños de lo habitual) en la región noreste del país fue una señal de alerta: ¿podría una infección de zika durante el embarazo estar relacionada con esta complicación grave?

La sospecha se confirmó gracias a la investigación con organoides. En el laboratorio, un equipo liderado por el neurocientífico Stevens Rehen, de UFRJ e IDor, utilizó minicerebros para demostrar que el Zika en realidad afecta las células del sistema nervioso e inhibe su crecimiento, provocando el síndrome congénito asociado con la infección, que causa microcefalia y otros problemas de salud en los bebés.

“Esta fue la primera vez que se utilizó el modelo de los organoides para comprender una enfermedad viral”, recordó Guimarães.

Las ventajas

En las últimas décadas, los cultivos celulares y las cobayas han sido los principales medios para realizar estudios preliminares con candidatos a fármacos o vacunas.

La idea es comprender cómo actúan estas nuevas moléculas a una escala menor y más controlada antes de pasar a los ensayos clínicos con seres humanos.

Estas metodologías también permiten comprender cómo una determinada enfermedad afecta al organismo, aunque sea en forma simplificada.

Ilustración que muestra coronavirus y el cuerpo de un hombre

Getty Images
Sin los organoides, el conocimiento sobre la covid-19 tardaría mucho más en estar disponible.

Pero las alternativas más antiguas tienen una serie de limitaciones, comenzando por su propia simplicidad, que no reproduce las mismas características de la vida real.

“Los organoides, en cambio, están compuestos por diferentes células y tienen una estructura tridimensional. Por eso, tienen funciones más similares a lo que sucede en la realidad“, afirmó el experto en farmacéutica Kazuo Takayama, profesor de la Universidad de Kioto en Japón.

En el caso de las cobayas también existe una limitación en la cantidad de animales disponibles para su uso en experimentos. “Es posible cultivar miniórganos en el laboratorio casi infinitamente, por lo que pueden usarse para probar nuevos medicamentos a gran escala”, agregó Takayama.

Conocimiento optimizado

Durante una pandemia como la que estamos viviendo, este enfoque moderno también permitió acelerar algunos procesos y obtener información esencial rápidamente.

Sin los organoides, el conocimiento sobre la covid-19 tardaría mucho más en estar disponible. Esto, a su vez, obstaculizaría el avance de la ciencia y retrasaría aún más la llegada de métodos seguros y eficaces de diagnóstico, prevención y tratamiento.

Ilustración de un vaso sanguíneo, células de la sangre y un coronavirus

Getty Images
Las investigaciones con miniórganos permitieron entender qué células invade el coronavirus. Actualmente se sabe que el patógeno puede afectar los vasos sanguíneos.

Veamos ejemplos prácticos de cómo sucedió esto en los últimos meses. Ante la emergencia sanitaria mundial, muchos expertos quisieron evaluar si ya existían medicamentos disponibles en el mercado que pudieran combatir el virus o mitigar sus daños.

Muchas de estas terapias se probaron en organoides. Aquellos tratamientos que no funcionaron de inmediato fueron descartados. Y los medicamentos que mostraron algún efecto positivo inicial evolucionaron más rápidamente hacia las siguientes fases de investigación. Imagina cuánto tiempo se ahorró con esta evaluación inicial.

Pero las aplicaciones fueron más allá del área farmacéutica. Investigadores en Japón y Estados Unidos se centraron en los minipulmones y descubrieron que el SARS-CoV-2 invade y destruye células del sistema respiratorio. Esto, a su vez, puede generar una respuesta inflamatoria muy fuerte y dañina para la salud de la persona afectada por la infección.

“En general, los organoides nos permitieron comprender qué células humanas invade el coronavirus y utiliza para replicarse. Nuestro grupo demostró que esto sucede en el intestino, lo que explica los síntomas gastrointestinales que se observan en muchos pacientes”, señaron los investigadores Joep Beumer y Maarten Geurts, del Instituto Hubrecht, en Holanda.

Otro experimento realizado en la Universidad de la Columbia Británica en Canadá y en el Instituto de Biotecnología Molecular en Viena, Austria, construyó vasos sanguíneos en miniatura. De esa forma se pudo observar que el virus de la covid-19 invade el endotelio (la capa interna de las venas y arterias).

Esto tiene dos implicaciones principales. El primero es la formación de coágulos que bloquean el paso de la sangre y pueden desencadenar un ataque cardíaco, un derrame cerebral o una trombosis. En segundo lugar, existe la sospecha de que a través de la circulación sanguínea el patógeno puede “filtrarse” a diferentes áreas del cuerpo y afectar otros órganos importantes.

Las iniciativas no terminan ahí. Se sigue trabajando con organoides para evaluar posibles huellas del coronavirus en el hígado, los riñones, el corazón y el cerebro.

Foto tomada con un microscopio que muestra neuroesferas y coronavirus

Carolina Pedrosa – IDor
Neuroesferas infectadas por SARS-CoV-2. Los puntos azules son los núcleos de las células. La zona verde es el coronavirus.

Los límites

A pesar de tener tantas ventajas, los organoides no son perfectos y no permiten encontrar todas las respuestas.

“Esta es un área que está dando sus primeros pasos y enfrenta importantes desafíos. Muchas de estas estructuras están hechas con células aún inmaduras, lo que significa que no son 100% comparables a los órganos de un adulto“, afirmó Núria Montserrat Pulido, profesora del Instituto de Bioingeniería de Cataluña, España.

La bioquímica Shuibing Chen, de la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, destacó la gran variabilidad entre los modelos de miniórganos utilizados por los grupos de investigación.

“Necesitamos estandarizar este material para comprender las aplicaciones de nuestros esfuerzos en el mundo real”, advirtió.

La inversión financiera es otra barrera a considerar en este contexto. “Los materiales que utilizamos son caros y estamos trabajando para crear sistemas rentables”, añadió Chen.

Souza destacó un impedimento más: los miniórganos son (aún) estructuras aisladas, que no interactúan con otros sistemas del cuerpo humano. Por ello no es posible comprender cómo los efectos del coronavirus en los riñones, por ejemplo, repercuten en el corazón o en el intestino.

“Tal vez en el futuro tendremos diferentes organoides conectados, para que interactúen en el laboratorio”, agregó Souza.

Si los organoides ya han aportado tanto conocimiento en sus primeros pasos, imagina lo que podrán hacer cuando sean perfeccionados.


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https://www.youtube.com/watch?v=3KQvURTJmgA

Si los organoides ya han aportado tanto conocimiento en sus primeros pasos, imagina lo que podrán hacer cuando sean perfeccionados.

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