A seis meses de los sismos, solo Organismos de la Sociedad Civil ayudan a los damnificados en Chiapas
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Andrea Vega

A seis meses de los sismos, solo Organismos de la Sociedad Civil ayudan a los damnificados en Chiapas

La promesa de apoyo por parte de los gobiernos federal y estatal ha dejado incluso a pobladores sin la asistencia de asociaciones civiles, mientras esperan con temor el inicio de la temporada de lluvias.
Andrea Vega
7 de marzo, 2018
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Marciano López empuja la sierra de un lado a otro con la pesadez que le provoca estar a rayo de sol, en este mediodía de domingo cuando hay 32 grados de temperatura. Frente a él tiene una maraña de varillas retorcidas. Para las autoridades municipales de Vista Hermosa, Cintalapa, Chiapas, son el desecho de la renovación de un puente carretero que dejó inservible el sismo de 8.2 grados del pasado 7 de septiembre. Pero para Marciano esas varillas no son basura, son una de las pocas opciones para volver a levantar su casa.

Cuando la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU) llegó a verificar los daños ocasionados por el terremoto y a foliar las viviendas, casi un mes después del desastre, determinaron que la de Marciano tenía solo daño parcial y lo colocaron entre quienes recibirían una tarjeta con 15 mil pesos para arreglar su casa.

La misma situación denuncian en esta comunidad varios de los afectados: lentitud y opacidad en el flujo de recursos, pese a que SEDATU reporta en su apartado de transparencia que solo para la reconstrucción en Cintalapa se destinaron 222 millones de pesos.

Marciano dice que su vivienda tenía daños severos. “Sí nos dieron tarjeta, pero con 15 mil pesos, con eso no me alcanza para reconstruir. Yo no tenía daño parcial, hasta tuve que tirar mi casa de lo mal que estaba. Estaban todas las paredes despegadas de las esquinas. Ayer tumbamos la última. Estamos desde septiembre durmiendo en la cocina, junto al fogón. Tengo un nietecito y a ver si no se nos enferma. Y luego ya vienen las lluvias, se nos van a mojar todas las cosas que tenemos ahí guardadas, bajo plásticos, en el patio”.

Damnificados argumentan que la ayuda entregada por el gobierno es insuficiente. Foto: Andrea Vega.

Él quedó doblemente desprotegido porque la organización civil Techo llegó hasta esta comunidad el pasado 23 de febrero para construir 20 refugios temporales de larga duración, que pueden funcionar hasta por 15 años, pero Marciano no estuvo incluido entre los beneficiados ante la promesa de las autoridades de que a él sí iban a darle más ayuda.

“El comisariado ejidal nos había dicho que estaban gestionando más apoyos para casos como el mío, pero no ha llegado nada, y ahora nos dicen que ya no nos van a dar, que ya no nos van a ayudar porque ya nos dieron por el FONDEN (Fondo de Desastres Naturales) para daño parcial, pero no me alcanza. Yo soy jornalero, gano 100 pesos al día cuando hay trabajo, que es solo una o dos veces por semana. Lo que gano lo voy metiendo para reconstruir mi casa –dice Marciano–; para la comida, ahí Dios dirá, solo agarramos para un kilo de Maseca, nomás para el desayuno, ya no nos toca comer ni cenar”.

La mayoría de quienes tienen afectadas sus viviendas en Vista Hermosa, a hora y media de distancia de Tuxtla Gutiérrez, trabajan en el jornal y ganan entre 200 o 300 pesos a la semana. Es justo ese ingreso la causa de que sus viviendas sean precarias, de adobe (tierra y paja), sin cimientos adecuados para aguantar un sismo y expuestas a reblandecerse cada temporada de lluvia.

Opacidad en los registros

Según SEDATU, después del sismo del 7 de septiembre en Vista Hermosa, Cintalapa, resultaron dañadas 82 viviendas de un total de 300 que hay en la comunidad. Sin embargo Freddy Villalobos, a quien se ha elegido para estar al frente de las gestiones de ayuda civil por no tener cargo político, señala que el FONDEN solo aplicó como daño total para 22, otras 23 fueron catalogadas como daño parcial, y 37 se quedaron sin recibir recursos.

En el apartado de transparencia de la SEDATU es posible localizar el padrón de casas afectadas. Ahí están registradas las 82 de Vista Hermosa. Lo que no está registrado es el tipo de daño sufrido por los inmuebles, de manera que no se puede hacer un seguimiento para verificar cuáles fueron consideradas como pérdida total o daño parcial y si los pobladores recibieron la tarjeta del FONDEN con la cantidad correspondiente.

Los habitantes de Cintalapa denuncian otra irregularidad: errores en los montos en las tarjetas, lo que ha provocado que incluso a quienes se les registró su vivienda con daño total no hayan recibido hasta ahora el dinero para la reconstrucción. Es el caso de Jesús López Cruz, a quien SEDATU le demolió su casa desde el pasado 13 de noviembre con la promesa de darle una tarjeta con los 120 mil pesos por daño total, pero cuando la recibió resultó que sólo tenía 15 mil pesos.

82 de 300 casas que hay en la comunidad resultaron dañadas. Foto: Andrea Vega.

“Fue un error, me dicen que mi tarjeta la tiene una señora de Tehuacán que se llama como yo, con daño parcial”. Su hijo interviene para decir que les dijeron que si fue por error que se le dio a otra persona la tarjeta “el banco (del Ahorro Nacional y Servicios Financieros, Bansefi) se haría responsable, “pero ahorita ya ha ido mi papá y el gerente ya no le da cara”.

Animal Político buscó al director general de Ordenamiento Territorial y Atención a Zonas de Riesgo de la SEDATU, Armando Saldaña, para conocer la razón de todos estos errores que no solo se presentaron en Chiapas, sino en Oaxaca y otros estados), sin obtener respuesta.

Los jóvenes otra vez a meter las manos

Por lo menos en el caso de Jesús López, él tiene ya un lugar para refugiarse. Por los problemas que se estaban suscitando con su tarjeta y la falta de respuesta de las autoridades, la organización Techo lo consideró entre los beneficiarios de los refugios temporales. Hasta aquí llegó el pasado 23 de septiembre un grupo de 90 personas, la mayoría estudiantes universitarios voluntarios de Techo, quienes aportaron su trabajo durante todo un fin de semana para darle a estas familias un lugar donde vivir. 

Esta organización de origen chileno -dedicada a mejorar las condiciones de hábitat y habitabilidad y el desarrollo comunitario de quienes viven en asentamientos informales, pero que en estos tiempos de emergencia se ha avocado a apoyar la reconstrucción en lugares como Oaxaca o Chiapas- contactó a través de su área de voluntariado con universidades y colegios para circular la convocatoria en el estado y a quien quisiera sumarse, a formar parte de la brigada de reconstrucción en dos comunidades: Vista Hermosa y Triunfo de Madero, en Cintalapa.

Voluntarios mexicanos del grupo Techo han apoyado en las labores de reconstrucción. Foto: Andrea Vega.

En la primera comunidad se construyeron 20 refugios de larga duración, de 18 metros cuadrados, hechos de madera con fibro cemento, y en la segunda, 10. “Escogimos venir aquí porque son de las zonas donde menos apoyo ha llegado. Cuando llegamos la primera vez, los mismos habitantes ya tenían un censo de las viviendas que requerían ayuda urgente, eran 37, de esas priorizamos 20, tomando en cuenta quien tuviera niños pequeños o las afectaciones más graves”, explica Enrique Cano, director social de Techo México.

Cada voluntario pagó su transporte hasta la localidad. La alimentación y el hospedaje corrió por cuenta de la organización. Los 90 muchachos que acudieron para reconstruir a Vista Hermosa, Cintalapa, se alojaron en la escuela de la comunidad. Ahí durmieron, desayunaron y cenaron, pero comieron con las familias a quienes les estaban construyendo.

A la casa de Merli Noelia Ramírez, el sábado 24 de enero, llegó una cuadrilla compuesta por dos muchachos chiapanecos universitarios, Aldo Méndez y Jennifer Zavala, y por un integrante del equipo fijo de Techo, Andrés García, quien llevó la batuta en la construcción. Los tres trabajaron junto con el hijo, el suegro y el sobrino de Merli para levantar, en apenas dos días, el refugio de larga duración. Para el domingo a media tarde, pese al calor agotador y conatos de desmayo, ya lo habían logrado. Merli, sonrisa en boca, agasajó a los constructores en su nueva vivienda.

“A finales de septiembre la pasamos muy mal. Yo estaba yendo a dormir, con mis dos hijos, a la casa de mi hermano a dos cuadras de aquí. En el día nos la pasábamos en el patio, y nomas caía la noche y nos íbamos para allá. Pero ya luego de unos días me dio pena con mi cuñada. Agarramos unas lonas y cobijas y nos hicimos un refugio en lo que había sido nuestra casa”.

La primer noche así –sigue Merli– cayó una tormenta; “justo a la media noche se soltó, con rayos y un aironazo que levantaba todo. Nos paramos, nos abrazamos y nos quedamos en medio, mientras el agua entraba por todas partes”. Dice que las autoridades fueron varias veces a ver su vivienda.

“Primero vino gente del municipio, llegaron el domingo, tres días después del sismo, luego, a los 15 días, vinieron de Provich (Promotora de Vivienda Chiapas, del gobierno del estado). Checaban, tomaban fotos, pero nos decían que no nos podían decir si la iban a catalogar como daño parcial o total, aunque nos dijeron que nos saliéramos de la casa, que no durmiéramos ahí, porque estaba en riesgo. Así iban y venían”.

La mujer afirma que el comisariado ejidal les dijo que ya había arreglado con Provich y con SEDATU “y que nos iban a dar la tarjeta por pérdida total, pero pasó todo enero y nada. Por parte del municipio mandaron a demolerme la vivienda, pero luego no me ha llegado la tarjeta”.

Un caso que es en realidad un patrón

Los casos se repiten en todo Chiapas. A mayor distancia de los centros urbanos, menos llegó la ayuda gubernamental, sobre todo en el caso de las comunidades más pequeñas y apartadas. A Vista Alegre, municipio de Montecristo de Guerrero, donde la mayoría de la población se dedica a sembrar café y que estuvo entre los 97 declarados zona de desastre por el gobierno, ni siquiera llegaron para hacer un censo. Tampoco a la comunidad de Los Laureles, en la Reserva de la Biosfera La Sepultura, en la región suroeste de Chiapas, donde se sobrevive del cultivo del maíz, el frijol y pequeñas hortalizas.

Han sido también organizaciones de la sociedad civil las que han llegado al rescate en esta parte. El Fondo de Conservación El Triunfo (FONCET) recibió del Consejo de Exportadores de Carne de Ave y Huevo de los Estados Unidos (USAPEEC, por sus siglas en inglés) una donación de 250 mil dólares (4 millones 750 mil pesos), destinada a la reconstrucción en estas áreas.

La organización no está ligada al tema de vivienda, pero luego de 15 años de trabajos de conservación y desarrollo comunitario en Chiapas se ha vuelto un referente. “Cuando sucedió el sismo, la gente empezó a buscarnos para que lleváramos ayuda a las comunidades y los habitantes de las zonas afectadas nos pidieron apoyo, así que organizamos una estrategia para la emergencia. En eso estábamos cuando nos contactó USAPEEC”.

La empresa seleccionó a FONCET para recibir la donación. Así que empezaron a organizar el censo para ver los daños. En Los Laureles encontraron 32 viviendas con afectaciones importantes, 12 con pérdida total, y algunas con paredes apuntaladas a punto de colapsar, cuarteaduras en repello, pisos rotos y vigas podridas que no aguantarían otro sismo igual. En Vista Alegre, había 27 viviendas dañadas, y cinco con pérdida total.

“Ya nos llegaron los materiales para reconstruir las 12 casas con pérdida total en Los Laureles y para las cinco, de Vista Alegre. Además, se van a reparar 20 casas en la primera comunidad”, explica Ana Valerie Mendrí, directora de FONCET.

En tanto que en una tercera comunidad, Montevirgen, en el municipio de Montecristo de Guerrero, donde las autoridades sí hicieron un censo y canalizaron ayuda para 18 viviendas y una escuela, FONCET apoyará para reconstruir otras cinco casas y reparar 32 más, que estaban sin ayuda oficial.

“La construcción empezará a mediados de marzo, y vamos a construir dos o tres casas por fin de semana. Cada familia va a conseguir cinco personas para que nos apoyen en la reconstrucción y en cada comunidad se elaboró un calendario para ver qué casas se iban a atender qué días”, dice Mendrí. Las casas se harán de material: cemento y ladrillo. Tendrán tres espacios, uno para cocina y dos recamaras, y se entregarán con instalación eléctrica.

“Tenemos que apurarnos porque debemos acabar antes de que lleguen las lluvias más fuertes. Estas comunidades están en una de las zonas más lluviosas del país, una de cada diez gotas cae aquí. Las comunidades pueden quedar aisladas y los afectados necesitan tener sus casas ya”.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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COVID: las personas que han estado encerradas desde el comienzo de la pandemia

Rafael, de 38 años, habla de los temores que lo llevaron a seguir encerrado en su departamento a pesar de que ya se han levantado las restricciones y cuarentenas por el coronavirus.
14 de septiembre, 2022
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Rafael A.* recuerda las últimas tres veces que salió de casa como si fuera hoy.

“Paseé al perro en la cuadra de mi condominio, fui a sacar copias de documentos en una tiendita y tuve que ir a un shopping”, cuenta.

Estos episodios ocurrieron en marzo de 2020. Desde entonces, nunca ha salido del departamento de 45 metros cuadrados que habita en la Zona Norte de Río de Janeiro.

Para Rafael, la necesidad de permanecer encerrado por la pandemia de covid-19 hizo que su propia casa se convirtiera en una prisión, de la que aún hoy no puede salir, por temor a contagiarse de coronavirus y desarrollar la enfermedad más grave.

“Extraño mucho sentir el sol, ir al supermercado, ir al centro comercial…”, dice.

Como prueba viviente de este período, guarda varias botellas de alcohol que compraba para desinfectar alimentos u objetos, y una bolsa donde acumula la mayoría de los cabellos que comenzaron a caerse de su cabeza con mucha frecuencia durante este período.

Cuando se puso en contacto con BBC News Brasil para contar su historia, Rafael esperaba poder desahogarse, además de ayudar a otras personas en todo el mundo, que se encuentran en situaciones similares.

“¿Cuántas personas podrían estar atrapadas en casa ahora mismo, sentirse solas y no tener el apoyo necesario para salir de esta situación?”, se pregunta.

Cambio de hábitos

A sus 38 años, Rafael relata que ya hacía un tratamiento psicológico mucho antes de que estallara la pandemia, y podía salir de su casa con normalidad.

Otras crisis de salud recientes, como la gripe H1N1 en 2009 y el zika en 2015, no habían tenido un impacto tan grande en su rutina ni habían cambiado sus hábitos.

Las botellas vacías de alcohol que guarda Rafael como 'evidencia' de su época del aislamiento.

Archivo personal
Las botellas vacías de alcohol que guarda Rafael como ‘evidencia’ de su época del aislamiento.

Rafael trabaja como freelancer: da asistencia y apoyo a una persona con autismo, a la que ayuda con los trámites y las tareas del día a día.

Con la pandemia, todas las tareas pasaron a hacerse de forma remota, con intercambio de mensajes y llamadas.

De hecho, con la necesidad de un confinamiento por la propagación del virus, esta persona con autismo comenzó a ayudar mucho al propio Rafael, brindándole apoyo emocional y ayudándolo con tareas básicas, como llevarle algunas compras de supermercado.

Antes de la propagación del covid, Rafael compartía el departamento con su madre y dos sobrinos.

Sin embargo, el recrudecimiento de la pandemia, la necesidad de quedarse en casa y las exigencias de redoblar los cuidados de higiene generaron algunos conflictos entre ellos, lo que hizo que los otros tres familiares cambiaran de domicilio en 2020.

Durante ese período, Rafael desarrolló todo un sistema para adaptarse al día a día.

En el pasillo de entrada de su departamento, que da acceso a la sala de estar, colocó un pequeño baúl que delimita hasta dónde pueden ingresar mensajeros y familiares.

Al lado del baúl, instaló una mesa. Aquí es donde se dejan los pedidos de comida y farmacias. También hay bolsas con basura reciclable que se acumulan y solo se tiran cuando pasa alguien que conoce y se las lleva.

Sin embargo, cuando ocurren estas visitas, Rafael nunca se encuentra en el mismo ambiente. Al enterarse de que viene alguien, deja la puerta principal abierta y se encierra en la habitación hasta que la persona se va.

Al principio, la preocupación por la higiene era tan grande que incluso pedía comida a través de aplicaciones de entrega, pero, por temor al coronavirus, volvía a poner la comida en el horno.

“Muchas veces comía bocadillos y papas fritas quemadas porque dejaba la temperatura demasiado alta o por mucho tiempo”, dice.

“Hoy he mejorado un poco y ya no siento la necesidad de llegar a ese punto“, agrega.

Miedo

En estos dos años y medio de pandemia, algunos episodios han reforzado aún más los temores de Rafael.

Uno de los principales fue la muerte por covid-19 del comediante Paulo Gustavo, en mayo de 2021.

“Siempre he sido un gran admirador de su trabajo y pensé: ‘Si se muere un tipo rico como ese, imagínense lo que me puede pasar a mí, que no tengo dinero'”, recuerda.

Otro momento decisivo tuvo que ver con la vacunación contra la covid-19.

Cuando las dosis estaban disponibles para su grupo de edad, Rafael se enfrentó a un verdadero dilema: por un lado, sabía que las vacunas garantizarían una mejor protección contra el coronavirus; por otro lado, no se sentía cómodo saliendo de casa, exponiéndose y acudiendo a un centro de salud.

Comenzó entonces una verdadera epopeya en la que Rafael y sus compañeros y familiares intentaron convencer a un profesional de la salud para que acudiera al apartamento y le administrara allí la vacuna.

Después de mucho buscar, en diciembre de 2021, dos enfermeras de una clínica de salud familiar del barrio finalmente acudieron a la casa de Rafael, quien las recibió vestido con ropa especial, la que usan los científicos en situaciones de emergencia y con alto riesgo de contagio.

Rafael recibe una de las dosis de la vacuna contra la covid-19, equipado con un traje especial.

Archivo personal
Rafael recibe una de las dosis de la vacuna contra la covid-19, equipado con un traje especial.

El proceso se repitió unas semanas después, en enero de 2022, cuando necesitaba la segunda dosis.

“Tenía miedo de tener una reacción y tener que ir a un hospital, pero por suerte no sentí nada”, dice.

Y es precisamente por el miedo a los eventos adversos —además de la dificultad de convencer al equipo de un puesto de salud para que acuda al apartamento— que Rafael aún no se ha puesto la tercera dosis de la vacuna que protege contra la covid.

¿Cuál es el límite?

Rafael se angustia al ver que la gente está volviendo a la vida y abandonando todas las restricciones que han marcado los dos últimos años, como el uso de mascarilla, la higiene de manos y el distanciamiento físico.

La pandemia no ha terminado“, apunta.

“En el Carnaval vi a la gente de lejos, a través de la ventana del apartamento, celebrando, todos muy felices. No lo puedo entender”, admite.

Consultado sobre en qué situación cree que estará dispuesto a salir de casa y retomar la rutina, Rafael dice que revisa todos los días las noticias y gráficos sobre las muertes por covid registradas en Brasil.

“Para mí, el número ideal sería cero. Pero creo que a lo mejor me sentiré un poco más cómodo para salir cuando vea entre cinco y diez muertos por covid“, estima.

Además del seguimiento psicológico semanal, dice que también hizo citas con el psiquiatra, quien le recomendó el uso de medicamentos para aliviar la ansiedad.

Pero el miedo a sufrir algún efecto secundario —y tener que ir a urgencias— le hizo desistir de la idea de iniciar un tratamiento farmacológico.

Paulo Gustavo

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La muerte del comediante Paulo Gustavo por covid reforzó algunos de los temores de Rafael.

Más común de lo que se piensa

A pesar de llamar la atención, la historia de Rafael se repite, en mayor o menor medida, con otras personas, según expertos con los que habló BBC News Brasil.

Aunque no hay estadísticas oficiales sobre a cuántos les cuesta salir de casa y retomar su rutina en esta “nueva normalidad”, el psiquiatra Rodolfo Furlan Damiano, que no trata directamente con Rafael, admite que “esas historias aparecen en la rutina diaria de la oficina”.

“Son casos muy particulares, vinculados con un aumento en la prevalencia de los trastornos mentales en los últimos años”, contextualiza el médico, quien realiza un doctorado en el Instituto de Psiquiatría (IPq) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sao Paulo.

Damiano explica que, en los primeros meses de la pandemia, hubo incluso una disminución de padecimientos como la ansiedad y la depresión.

“Cuando nos enfrentamos a un gran problema colectivo, la tendencia inicial es a olvidarnos de las otras dificultades de la vida y enfocarnos solo en eso. Esto, en cierto modo, suma y genera sentido de pertenencia”.

“Pero a medida que pasa la pandemia sucede otro fenómeno. Vuelven las dificultades anteriores, que estaban latentes, y agregamos todos los dilemas extras relacionados con ese momento”, agrega.

Y, para las personas que ya tienen algún tipo de vulnerabilidad, todo esto representa una carga emocional muy alta, explica Damiano.

“Algunas personas pueden tener dificultades para adaptarse nuevamente y desarrollar condiciones como ansiedad, depresión o fobias”, concluye.

Rafael guarda en una bolsa el pelo que se le ha caído de la cabeza desde el inicio del confinamiento.

Archivo personal
Rafael guarda en una bolsa el pelo que se le ha caído de la cabeza desde el inicio del confinamiento.

“El mayor confinamiento de la historia”

El profesor Paul Crawford, del Instituto de Salud Mental de la Universidad de Nottingham, en Reino Unido, coincide en que el encierro prolongado y el aislamiento social tienen varios efectos nocivos sobre el bienestar, pero afirma que existen antídotos que ayudan a lidiar con esta condición.

En 2020 escribió un libro llamado “Claustrofobia: sobreviviendo el encierro durante la pandemia de coronavirus”, en el que exploró este tema en detalle.

Crawford define lo que hemos vivido en los últimos dos años y medio como “el mayor confinamiento de la historia”.

“Para algunos, quedarse en casa fue bienvenido y brindó la oportunidad de profundizar las relaciones con personas cercanas, como parejas e hijos. Para otros, la falta de contacto físico y la interminable comunicación digital tuvo un impacto emocional muy negativo“, compara.

Al recordar situaciones y episodios en los que las personas también están aisladas, como en prisiones, secuestros, viajes alrededor del mundo o vuelos espaciales, Crawford cita algunas estrategias que pueden funcionar y son buenas para la mente.

“En estos contextos, tener una estructura, establecer metas y crear propósitos para cada día son factores cruciales”, le dice a BBC News Brasil.

“También es importante tener acceso a áreas verdes, aceptar psicológicamente la ‘nueva normalidad’, ajustar las necesidades a la realidad, conectarse con otras personas, aunque sea en medios digitales, percibir el hogar como un santuario -y no como una prisión-, cuidar la salud, especialmente la alimentación y el ejercicio físico, y realizar actividades creativas y artísticas”, añade.

Crawford comprende la dificultad que algunos pueden sentir cuando se relajan las restricciones y la gente regresa a las calles.

“Muchos sienten ansiedad ante la posibilidad de tener contacto con el virus, ya sea por alguna vulnerabilidad de salud o por la muerte traumática de conocidos, amigos o familiares”, describe.

“Y algunos han convertido su hogar en un santuario tan cómodo y perdurable que, quizás, prefieren seguir viviendo adentro”.

El investigador cree que “todavía no se ha establecido una línea clara sobre cuándo un comportamiento así, basado en un confinamiento voluntario, es comprensible o patológico”.

“Lo que han hecho la pandemia y el confinamiento más grande de la historia es intensificar y hacer más palpables las formas en que el aislamiento social puede conducir al declive mental y la calamidad, y cómo el sufrimiento y los desafíos mentales a menudo llevan a las personas a aislarse o esconderse socialmente”, concluye el experto.

No está en tu cabeza

Para Damiano, ante la dificultad de retomar la rutina, el umbral entre la salud y la enfermedad está definido por la pérdida de la libertad.

“Cuando la persona ya no puede tomar sus propias decisiones y el contexto en el que vive es fuente de sufrimiento y angustia, ha llegado el momento de buscar un profesional de la salud”, indica.

La consulta con el psiquiatra y el psicólogo es fundamental para diagnosticar el trastorno, investigar los orígenes del problema y, por supuesto, iniciar el tratamiento más eficaz.

Un psicólogo tomando notas

Getty Images
Ver a un especialista en salud mental es uno de los primeros pasos para deshacerse de los trastornos que causan angustia.

Algunos casos se resuelven con psicoterapia. El método consiste en sesiones estructuradas de conversaciones con un especialista, quien analizará comportamientos, emociones y pensamientos para cambiar lo que no es ideal.

En otros, la medicación también es fundamental para complementar este proceso y estabilizar el cuadro.

Damiano insiste en que, como ocurre con cualquier otra enfermedad, los trastornos mentales deben tratarse con respeto: tener depresión o ansiedad no es “solo algo que está en la cabeza” o “un tema de fuerza de voluntad”, como algunos dicen de manera equivocada.

“Son problemas que cualquiera puede tener, y es importante que la gente busque ayuda cuando sienta la necesidad”, señala.

Entre miedos y adaptaciones, Rafael sigue viviendo su vida, con la esperanza de algún día volver a sentir el sol.

“No estoy loco. No robo dinero. No hago daño a la gente. Sé hablar bien”, dice.

“Pero mi situación siempre me hace pensar en otras personas que pueden estar en una situación similar, o personas con ansiedad, bipolaridad o esquizofrenia, que quizás no tengan el apoyo de nadie”, concluye.

*El apellido de Raphael se ha omitido para proteger su identidad.

Este texto fue publicado originalmente en portugués aquí: https://www.bbc.com/portuguese/geral-62834973


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