Con todo en contra, repatriados crean su propio sueño mexicano
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Claudia Altamirano

Con todo en contra, repatriados crean su propio sueño mexicano

Igual que cuando se fueron a Estados Unidos, los migrantes que regresan –voluntariamente o deportados- llegan a un país que apenas conocen a escribir una nueva historia, pero México se los hace más difícil.
Claudia Altamirano
Por Claudia Altamirano
10 de abril, 2018
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Igual que cientos de niños latinoamericanos, Edwin emigró a Estados Unidos sin compañía. En 1997 sus padres se fueron a buscar un mejor futuro y lo dejaron al cuidado de su abuela. Un año después, él decidió alcanzarlos. “Pase lo que pase tú pégate al coyote, porque ese es el único que sabe cómo regresar a la carretera. Todos los demás se dispersan y te jodiste”, fue el consejo que recibió de su familia el pequeño de 13 años para atravesar la desértica y hostil frontera norte de México.

Originario de Ciudad de México, Edwin llegó hasta Atlanta, Estados Unidos, aprendió y venció. Trabajó en cocinas –preparación de alimentos y lavaplatos-, jardinería, construcción, producción de marcos de madera, de aires acondicionados, pintura y lavado de autos, y en una peluquería, donde aprendió el oficio que después se convertiría en su nuevo proyecto, de vuelta forzada a México. Tras 15 años de vivir en Estados Unidos, más de la mitad de su vida, fue deportado.

En una revisión vial de documentos, un agente descubrió que Edwin no era residente legal y lo detuvo. Peleó su caso en la Corte, pero esa determinación le valió dos años de prisión y al final fue deportado en 2013. Este antecedente le impide regresar a ese país, por lo que tuvo que asumir la idea de no volver a ver en mucho tiempo a sus padres –también indocumentados- y su hija, a quien no ve hace seis años. Obligado a cambiar de vida una vez más, Edwin decidió construir su propio “sueño mexicano”.

“Yo tengo herramientas para salir adelante, no soy bobo. Sí se puede, hasta mejor, porque si lo hice ilegalmente en un país que no era el mío, ¿no lo voy a hacer en un país que es mío, donde puedo entrar y salir cuando yo quiera? No porque me hayan regresado ya me dejé caer y, todo lo que hice ¿ya se quedó allá? No, es volver a escribir la historia, es un nuevo capítulo”, dice Edwin a Animal Político mientras atiende la peluquería en la que trabaja, pese a que es un día de asueto. En cuatro años pasó de ser empleado a socio y su objetivo es comprársela al dueño, que la ha mantenido por cuatro décadas.

La peluquería, ubicada en la colonia Tabacalera de la capital mexicana, forma parte de una incipiente comunidad de repatriados que, igual que cuando emigraron al norte, empiezan a labrar un nuevo camino pero en su país de origen, pese a que aquí encuentran incluso más dificultades para su desarrollo. En uno de los momentos más duros de la administración Trump -abiertamente antiinmigrante-, todos coinciden en una sentencia: si lo lograron en Estados Unidos lo lograrán aquí, pero México se los hace todo más difícil.

Edwin, repatriado de Estados Unidos, es actualmente socio de la peluquería ‘Alameda’ en la colonia Tabacalera. Foto: Claudia Altamirano.

De indocumentados en EUA a indocumentados en México

Las multas de tránsito son la maldición de quienes residen sin papeles en Estados Unidos: las revisiones viales son el momento más frecuente en que su estatus migratorio es descubierto y son llevados a los centros de detención, donde tienen la opción de firmar voluntariamente su repatriación o pelear su caso para intentar quedarse -aunque si no son residentes legales, es prácticamente un caso perdido-. Sin embargo, antes de ser aprehendidos, los migrantes han tenido oportunidad de trabajar, estudiar y hasta crear sus propios negocios en ese país a diferencia del suyo, donde pareciera que el crecimiento es un privilegio.

“Estados Unidos es Estados Unidos porque te permite empezar un negocio de lo que sea. Yo empecé hasta una corporación, no le ponen a uno tantas trabas para hacer algo así, no hay burocracia. Aquí es horrible, lo ahorcan a uno para todo ese tipo de trámites”, lamenta Juan Guevara, repatriado el pasado 16 de marzo. “Yo me regresé en autobús y pasando la frontera parece que se detuvo el tiempo y me estaba esperando: la misma burocracia, la misma actitud de la gente, prepotencia”.

Días antes de que los estados de Texas y Arizona anunciaran el envío de cientos de tropas a su frontera con México para evitar el ingreso de la caravana migrante, Juan esperaba a otros connacionales deportados en la sala ‘N’ del aeropuerto capitalino para ofrecerles apoyo a través de la organización civil New Comienzos. Desde ahí contaba su historia: tiene 54 años, de los cuales pasó casi 30 en Estados Unidos, por lo cual no conoce prácticamente a nadie en México. No tiene ningún documento vigente pero sabiendo que lo primero que necesita es una identificación, intentó tramitar su credencial de elector sin éxito, pues el periodo para ello se cerró debido a la elección federal del próximo 1 de julio. Cuenta con la matrícula consular para identificarse, pero todos los trámites son un constante paseo entre una dependencia y otra, por lo que Juan considera que el principal obstáculo para los repatriados es la burocracia.

“Hay muchos limbos institucionales”, acusa Ximena Ortiz, de la organización civil Otros Dreams en Acción. “Su primer problema es no poder identificarse, sobre todo en época electoral. Los programas de vivienda y empleo están bien, pero la ayuda que necesitan es inmediata: en cuanto llegan a México necesitan dónde dormir y no hay albergues específicos para ellos”, advirtió la activista en el seminario ‘Migración de Retorno’ organizado por El Colegio de México (El Colmex). Ortiz contó a los expertos reunidos en ese foro que su organización ayuda a los repatriados desde que llegan al aeropuerto de la CDMX con orientación, un sitio donde quedarse e incluso les ‘prestan’ su domicilio para los trámites, pues constantemente les piden un comprobante y muchos ya no tienen familia aquí.

Una familia espera en el Aeropuerto Internacional de Ciudad de México a que llegue su pariente deportado de Estados Unidos, mientras otro recién llegado espera a que vayan por él.

Deportados reciben apoyos, repatriados no

El gobierno federal implementó hace 10 años un programa de repatriación para apoyar a los mexicanos que son deportados o que aceptan ser devueltos a México. La estrategia Somos Mexicanos es parte de ese plan desde 2016 y consiste en brindarles “información y orientación; agua y alimento para sus necesidades inmediatas; comunicación con el consulado; asistencia médica y psicológica; llamadas telefónicas nacionales e internacionales; canalización a albergues temporales, y traslados locales a sus lugares de origen”, según la página del Instituto Nacional de Migración (INM). Sin embargo, entre los apoyos que anuncia el gobierno federal, el más importante es la constancia de repatriación: el documento que los hace acreedores a todos los apoyos de gobierno, sin el cual no pueden acceder a ninguno. Este papel, no obstante, sólo se entrega en los 11 puntos fronterizos de repatriación en tierra: los que firman voluntariamente su repatriación desde Estados Unidos y son devueltos en avión a Ciudad de México no reciben esa llave mágica.

“Los que llegan en avión son repatriados, a esos no les dan la constancia que les dan por tierra, entonces aparecen como indocumentados ante el INM. El repatriado llega a la Ciudad de México y hazle como puedas, es cuando las dependencias se avientan la pelotita. Ahí falta este mecanismo de coordinación entre los consulados y la Cancillería, así como entre todas las dependencias. En ese sentido, le va mejor al deportado porque tiene algunos apoyos asistenciales”, explicó a Animal Político el migrantólogo Rodolfo García Zamora, investigador de la Universidad Autónoma de Zacatecas y profesor invitado en el Colegio de la Frontera Norte, la Universidad Nacional (UNAM) y otras internacionales como UCLA, Berkeley y el Tecnológico de Massachussets (MIT).

Además, la vigencia de la constancia de repatriación es de seis meses, por lo que los apoyos duran sólo ese periodo, de manera que si los trámites para obtener sus documentos toman más que eso, los usuarios se quedan sin identificación y sin apoyos, agregó la académica Liliana Rivera, del Colmex. Ante la imposibilidad de identificarse o acceder a empleos formales, muchos se vuelven “cuentapropistas”, de acuerdo con la experta. “A veces no los contratan porque temen que ‘contagien’ a los otros empleados con el tema de exigir sus derechos laborales”, advirtió en el seminario sobre Migración de Retorno.

México no está listo para recibirlos

La estructura económico-social en México, así como la de gobierno, no están preparadas para recibir a los mexicanos que regresan a México, ya sea voluntariamente o deportados, advierte el doctor García Zamora. El experto sentencia que las políticas públicas para atender a este sector son reactivas, fragmentarias y perdidas, y que el gobierno debe coordinarse con el sector productivo para crear una estrategia integral. “Actualmente hay un divorcio entre el esfuerzo y el aporte de los migrantes y lo que los gobiernos hacen por ellos”, indica.

Los académicos reunidos en El Colmex señalan hay una gran dispersión de programas entre dependencias, además de que las estrategias actuales están basadas en subsidios y algunas de ellas ni siquiera tienen recursos, como el programa Somos Mexicanos, que de acuerdo con García Zamora y Liliana Rivera, pasó sus dos primeros años totalmente sin recursos. Animal Político consultó al Instituto Nacional de Migración y la titular del programa Somos Mexicanos a este respecto, pero argumentaron que la veda electoral les impide pronunciarse.

La academia y los repatriados coinciden también en que el gobierno de México está eludiendo la responsabilidad que tiene con ellos: primero no les ofreció oportunidades de crecimiento en su país, luego se benefició de las remesas que enviaron a sus familias y de la experiencia que obtuvieron trabajando en Estados Unidos, y cuando vuelven no les otorga suficiente apoyo. “La migración es una enorme válvula de escape del gobierno, que se libera de la responsabilidad de 11 millones de mexicanos”, señala García Zamora.

“Yo estoy de acuerdo en algunas cosas con Trump y no es porque no quiera a mi gente, es que él quiere que el gobierno mexicano se haga responsable de su propia gente y yo estoy de acuerdo con eso”, opina Noé Martínez, dreamer y activista de la organización New Comienzos, quien volvió voluntariamente a México en septiembre pasado a pesar de ser beneficiario del programa DACA (Acción Diferida para los Allegados en la Infancia), que permite continuar sus estudios a los jóvenes que llegaron a Estados Unidos siendo niños. Noé renunció a ese beneficio ante la amenaza que representa el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump, y volvió a México para intentar hacer una vida exitosa más cerca de su familia.

“Trump nos hizo un favor al visibilizar este problema que ya estaba muy normalizado”, apuntó la doctora Claudia Masferrer en el foro de El Colmex, y agregó otro punto en el que los repatriados se encuentran en desventaja al volver: las habilidades que adquieren en Estados Unidos no tienen reconocimiento oficial en México, lo que lleva a desaprovechar todo lo que ya aprendieron allá cuando se les pide comprobar su experiencia.

Y sin embargo, se mueven

Contra todas las adversidades que hallaron en Estados Unidos y las que encuentran en México, los migrantes en retorno no pierden el ímpetu. “Nosotros ya traemos más ideas, más ganas de seguir trabajando. No nos creemos mejores que los que están aquí pero traemos un poco más de visión, ya experimentamos muchas cosas que aquí por muy buen trabajo que tengas, no experimentas: tecnología, muchas cosas que allá se dan por la calidad de vida que hay. Yo decido intentar aquí, a ver qué pasa, y si no pues… me sigo quedando aquí”, dice entre risas Silvestre, deportado hace tres meses luego de vivir 16 años en Louisiana y trabajar todo ese tiempo en la construcción, donde llegaba a ganar 14 o hasta 20 dólares la hora.

Las redes de apoyo familiares y sociales son vitales para la migración, tanto en la partida como en el regreso: para cruzar, para sobrevivir, para trabajar y al volver, los migrantes se protegen entre ellos y a sus familiares; en ese entorno tan hostil desarrollan una solidaridad que no es habitual dentro de México. “Cuando tú llegas allá encuentras paisanos, haces vínculo con gente de tu pueblo; y cuando llegas acá encuentras gente que viene de Wisconsin, de Texas, se vuelve a hacer ese vínculo”, relata Verónica, voluntaria de New Comienzos que tuvo que dejar a sus hijos en EU cuando fue deportada. “También porque ves el sufrimiento, saber que a mi vecino lo explotan en su trabajo, que no le han pagado, empieza a haber ese sentido humano de tratar de ayudar, ahí empieza esa mentalidad de ayudar”.

Esta empatía es lo que ha llevado a personas que fueron deportadas a crear organizaciones de apoyo en México, como Otros Dreams en Acción, Deportados Unidos y New Comienzos, que cada semana acuden al aeropuerto de la Ciudad de México a recibir a los repatriados para ofrecerles orientación, ayuda para conseguir un empleo o una fuente de ingresos y, principalmente, una red de apoyo a quienes están solos; un hombro que se vuelve muy significativo para quienes llegan a un país que no han visto en décadas, vestidos con la ropa que portaban en el centro de detención, y sin más pertenencias que lo que traían al ser detenidos, metidas en una bolsa de plástico. A la sala N del AICM llegan incluso unas monjas italianas que acompañan a las organizaciones para dar apoyo moral a los repatriados.

A un costado de la puerta por donde salen hay letreros de la Comisión de Atención a Víctimas (CEAV) y la secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) pero no hay ningún módulo, ninguna puerta abierta; en cuanto la puerta se abre son abordados por elementos de la secretaría del Trabajo de la Ciudad de México para informarles de sus bolsas de trabajo, pero según los activistas, sólo buscan llenar una forma para reportar que los ayudaron, sin darles seguimiento.

New Comienzos les entrega volantes con sus datos, les explica las opciones más inmediatas de empleo que tienen a mano: generalmente call centers, ya que fácilmente pueden ingresar por su dominio del idioma inglés; donde los primeros cinco meses son capacitados con un sueldo de 5 mil pesos mensuales y al terminar la capacitación su salario aumenta a 20 mil o hasta 30 mil, según los voluntarios. “Con 30 mil al mes no hay razón para volver a Estados Unidos”, dice una de ellas a Moisés, que acaba de aterrizar y espera en la sala a unos parientes.

Con estas acciones de apoyo, la organización fundada por el mexicano Israel Concha –quien se fue con sus padres a Texas a la edad de cuatro años y fue deportado tres décadas después- está construyendo una comunidad binacional en la colonia Tabacalera, donde varios de ellos viven y trabajan y donde está ubicada una de las empresas que reclutan a más repatriados: Teletech. Con esta fuente de empleo y la generación de algunos micronegocios, estos trabajadores están creando su propio ‘sueño mexicano’ en el centro de la CDMX, declarada ‘ciudad santuario’ por el exjefe de gobierno Miguel Mancera. Concha ha conseguido incluso un convenio con la secretaría local del Trabajo para ofrecer más opciones de empleo a este grupo de activistas.

“Sí se puede, te la vas a perrear bien perreada pero sí se puede. Es la manera de pensar, tomar ventaja de ciertas oportunidades pero también matarme, trabajar, no darme por vencido: ser mexicano”, asegura Edwin junto a Frank, otro repatriado que ya trabaja con él en la peluquería. “Como dijo el director (Guillermo del Toro), todo eso no te lo enseña nadie, simplemente es ser mexicano: el buscar, perseguir, no darte por vencido, caer, levantarte. Y eso no se te tiene que olvidar cuando vas a Estados Unidos y mucho menos cuando regresas, porque si eso te llevó allá, te tiene que hacer grande aquí. Porque fuimos a conquistar, conquistamos, hicimos, deshicimos: volvamos a hacerlo aquí”.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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Tokio: Por qué los Juegos Olímpicos dejarán ‘enormes’ pérdidas económicas para Japón

Las proyecciones iniciales sobre el costo de albergar el evento fueron ampliamente superadas. Varios economistas consideran que los Juegos se han convertido en un "mal negocio".
2 de agosto, 2021
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Protestas en Tokio

Getty Images
Dos tercios de la población japonesa se oponen a los Juegos Olímpicos en Tokio.

Estadios vacíos, hoteles y restaurantes sin turistas extranjeros y negocios con pocos clientes.

La decepción de quienes habían hecho grandes inversiones a la espera de un boom comercial gatillado por los Juegos Olímpicos ha sido brutal.

Es que el evento en Tokio, que fue pospuesto el año pasado por la pandemia de covid-19, se está desarrollando sin público y en una ciudad en estado de emergencia por la crisis sanitaria.

Pese a las persistentes protestas contra la celebración de los Juegos y a que de dos tercios de la población japonesa se oponen a ellos por temor a que se conviertan en un evento “superpropagador” de la pandemia, las competiciones siguen adelante.

No sin polémica. Uno de los grandes auspiciadores del evento, la automotriz Toyota, anunció hace unos días que no utilizará avisos comerciales conectados con los Olímpicos de Tokio por la preocupación que existe en el país en relación con la pandemia.

Y algunos líderes empresariales en Japón como Takeshi Niinami, director ejecutivo de la empresa Suntory, declaró que los Juegos Olímpicos están perdiendo su valor comercial y que su firma decidió no ser parte de los patrocinadores por considerarlos “demasiado caros”.

Algo que ya habían advertido expertos del mundo financiero como Takahide Kiuchi, economista del Instituto de Investigación Nomura, quien escribió en un informe que “gran parte del beneficio económico esperado de los Juegos de Tokio desapareció en marzo, cuando se decidió prohibir a los espectadores extranjeros viajar a Japón”.

“Hubiera sido mejor no tenerlos”, declaró Suehiro Toru del banco de inversión Daiwa Securities, pese a los costos que habría supuesto suspenderlos.

La perspectiva comercial es sombría, aunque no solo por los estragos que ha causado la pandemia.

Un “mal negocio”

Desde hace años varios economistas han publicado investigaciones para demostrar que los Olímpicos son un “mal negocio” para la ciudad -y el país- que los alberga.

Los argumentos que más se repiten son que, en lugar de consumo, turismo y prestigio, el evento deja una millonaria deuda y obras de infraestructura que terminan convertidas en “elefantes blancos” completamente inútiles.

Negocio callejero en Tokio

Getty Images
Desde pequeños negocios hasta las grandes cadenas de hoteles han sufrido el impacto de unos Juegos sin público.

“Las pérdidas serán enormes”, le dice a BBC Mundo Robert Baade, profesor de Economía de la Universidad Lake Forest en Estados Unidos y expresidente de la Asociación Internacional de Economistas del Deporte.

Aunque es difícil poner en cifras la verdadera magnitud de las pérdidas económicas para Japón, porque los cálculos operan sobre la base de valores estimados en relación a lo que habrían sido las “ganancias” generadas por el evento en otras circunstancias, el economista dice que, de todos modos, es posible hacer una proyección.

Desde su perspectiva, las pérdidas pueden ser de unos US$15.000 millones.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que se han esfumado unos US$800 millones por la venta de entradas. Pero el asunto se torna más complejo cuando hay que estimar cuánto ha perdido el sector turístico y todos los negocios asociados a él, además de otros sectores que confiaban en un renacer económico gracias a los Juegos.

Qué dice el gobierno

El evento se ha convertido en todo un desafío para la nación del sol naciente, que “cuando ganó esta oportunidad esperaba que le sirviera para demostrar su renacer tras la triple crisis de 2011 y su vuelta a la primera línea mundial, con un ojo puesto en Pekín, que acogerá los siguientes, los de invierno en 2022”, explica Tamara Gil, enviada especial de BBC Mundo a Tokio.

En medio de la vorágine, el gobierno de Japón ha salido a tratar de calmar las aguas.

El primer ministro Yoshihide Suga

Getty Images
El primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, declaró el estado de emergencia por la pandemia de covid-19.

El primer ministro Yoshihide Suga ha dicho que está seguro de que las medidas para mantener al público alejado del evento evitarán una escalada de la pandemia y que el país aún se beneficiará de una enorme audiencia televisiva mundial.

“Decidí que los Juegos Olímpicos pueden seguir adelante sin comprometer la seguridad del pueblo japonés”, dijo Suga en una entrevista.

“Lo más simple y lo más fácil es detenerlos”, agregó. Pero “el trabajo del gobierno es abordar los desafíos”.

Suga no está en una posición cómoda, considerando que su nivel de aprobación ha bajado y que enfrentará elecciones hacia fines de este año.

Por otro lado, la apuesta por convertirse en país sede del evento fue hecha hace casi una década por su predecesor, Shinzo Abe, un aliado político de Suga, que heredó este gran desafío.

El problema es que cada vez hay menos interés por parte de los gobiernos para albergar el evento, precisamente porque se han puesto en duda los beneficios que genera.

Los únicos interesados en responder al último llamado para organizar los Juegos posteriores a Tokio fueron Pekín y Almaty (Kazajastán). La apuesta la ganó China.

¿Qué tan costosos han resultado estos Olímpicos?

Como suele ocurrir con los Juegos Olímpicos, el presupuesto previsto para el evento terminó escalando más allá de las previsiones iniciales.

En 2013, el costo del evento fue calculado oficialmente en US$7.300 millones. A fines de 2019 subió a US$12.600 millones y más tarde a US$15.400 millones.

Posteriormente, la Junta Nacional de Auditoría de Japón informó que el costo final se acerca a los US$22.000 millones.

Y luego los medios locales Nikkei y Asahai hicieron sus propias investigaciones situando la cifra en US$28.000 millones.

El costo de los Juegos Olímpicos de Tokio. [ US$22.000 millones Costo estimado del evento según la Junta Nacional de Auditoría de Japón. ] [ US$7.300 millones Estimación oficial del costo del evento en 2013 ], Source: Fuente: BBC Mundo, Image:

A final de cuentas, sea cual sea el cálculo que se considere más preciso, no cabe duda de que las proyecciones iniciales quedaron ampliamente superadas, algo que ha sido una constante durante los últimos años.

“La historia muestra que los Juegos Olímpicos terminan generando pérdidas para los países que se convierten en sede”, explica Baade. “Lo que está ocurriendo en Japón venía desde mucho antes de la pandemia”.

Las firmas patrocinadoras japonesas que aportaron unos US$3.300 millones están preocupadas por la manera en que ha evolucionado esta saga.

Y las pérdidas, dicen expertos, podrían aumentar si finalmente los Juegos terminan siendo el “evento superpropagador” que algunos temen.

“Eso sería un desastre que se sumaría a las pérdidas actuales”, apunta Baade. “Crucemos los dedos para que eso no ocurra”.

¿Quién pierde más?

Según Victor Matheson, profesor de Economía de la Universidad de la Santa Cruz en Massachusetts, Estados Unidos, el costo -no oficial- de los Juegos Olímpicos podría haber llegado a los US$25.000 millones, incluso antes de los gastos adicionales que ha provocado la contención de la pandemia.

Como contraparte, los millonarios ingresos por concepto de entradas, patrocinadores o turismo para Japón, han caído dramáticamente, le dice Matheson a BBC Mundo.

Pero los que no han sufrido un gran impacto financiero, argumenta, son los organizadores del Comité Olímpico Internacional (COI).

“Los ingresos del COI permanecen intactos mientras los juegos continúen siendo televisados”, señala.

“Todavía hay una oportunidad importante”

Varias de las más de 60 empresas que invirtieron en el evento han mostrado su preocupación por la rentabilidad de sus fondos.

“Esta no es una situación ideal”, reconoció Michael Payne, exjefe de marketing del Comité Olímpico Internacional en una entrevista.

El Estadio Internacional de Yokohama

Getty Images
El Estadio Internacional de Yokohama será la sede de la final del fútbol olímpico.

Sin embargo, su pronóstico aún mantiene un cierto nivel de esperanza.

Las empresas aún podrían quedar “gratamente sorprendidas por el potencial beneficio que dejará el legado de estos juegos tan difíciles”.

“Todavía hay una oportunidad importante”, agregó.

Una solución radical

Andrew Zimbalist, quien ha publicado tres libros sobre la economía de los Juegos Olímpicos, ha criticado los beneficios que deja el evento en las ciudades que lo albergan.

Y en el caso de Tokio, sostiene que el gobierno ha gastado unos US$35.000 millones, la cifra más alta que se ha puesto sobre la mesa.

GHF

Getty Images
Andrew Zimbalist propone que la misma ciudad sea sede de los Juegos cada dos años

Su postura es que las gigantescas inversiones en infraestructura que se hacen para acoger el evento -como construcción de estadios, villas olímpicas o renovación de las instalaciones existentes- suelen terminar beneficiando a las empresas constructoras, más que a la economía local.

En una entrevista con el diario The New York Times, Zimbalist propuso que si viviéramos en un mundo racional, “tendríamos la misma ciudad sede de los Juegos cada dos años”. No hay razón para reconstruir obras cada cuatro años, apuntó. “No tiene sentido para las ciudades”.

“Cuando se crearon los Juegos Olímpicos modernos en 1896, no teníamos telecomunicaciones internacionales ni viajes internacionales en aviones. Entonces, para que el mundo participara y disfrutara de los Juegos Olímpicos, tenía que moverse. Ya no tenemos que hacer eso”, propuso el investigador.

Una propuesta que hasta ahora no parece haber ganado adeptos, al menos en el debate público, pero que después de los Juegos de Tokio y con los efectos que ha causado la pandemia de covid-19 en el mundo, quizás podría comenzar a debatirse.


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