El Estado no busca a Cosme, ni a miles de niños, niñas y adolescentes desaparecidos en México
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Andrea Murcia / Cuartoscuro.com

El Estado no busca a Cosme, ni a miles de niños, niñas y adolescentes desaparecidos en México

A sus 16 años, Cosme desapareció un día de 2011 cuando iba del trabajo a su casa. Nunca llegó. Su mamá es la única que lo busca, igual que sucede con más de 5 mil menores que han desaparecido durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, denuncian organizaciones.
Andrea Murcia / Cuartoscuro.com
1 de mayo, 2018
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La hermana de Cosme tenía ocho años cuando el adolescente desapareció. Era 5 de mayo de 2011, en Torreón, Coahuila. Desde entonces, la menor vive con miedo de salir sola a la calle y que le pase lo mismo que a su hermano y  ha tenido que enfrentar también la ausencia, a veces física y otras emocional, de Marcela Balderas, su madre, quien primero cayó en una depresión profunda por la desaparición de su hijo mayor y luego perdió su trabajo, a su pareja y el apoyo de familia y amigos, ante lo que para todos parece una necedad: seguir buscando a Cosme. Solo sus otros dos hijos la siguen apoyando en eso.

Cosme desapareció en la ruta del trabajo a su casa. Tenía 16 años. Trabajaba como “cerillito” por las tardes en un supermercado. En la mañana iba a la escuela, quería ser ingeniero en máquinas y herramientas. Su plan se truncó, lo truncaron. Aquel 5 de mayo por la noche, su madre recibió el habitual mensaje en el que el adolescente le avisaba que pronto llegaría a casa. Pero no llegó. Sus compañeros de trabajo lo vieron salir del supermercado. Sin embargo, entre las 7 y las 9 de la noche, el rastro de Cosme se perdió.

En entrevista con Animal Político, Marcela dice que no tiene una sola pista para explicar la desaparición de su hijo. El adolescente no tenía motivos para escapar de su casa, como aseguraron las autoridades al principio. “Era un niño con mamitis. Ya en prepa, todavía era capaz de cruzar el patio y volver a la puerta conmigo si se le había olvidado darme un beso de despedida. No, Cosme no se fue por su voluntad”.

LEE: Cifras incompletas y con errores impiden conocer cuántos desaparecidos hay en México

La mujer, madre también de una menor de entonces ocho años y otro adolescente de 13, cayó en una depresión profunda por la ausencia de su hijo. “Estuve en el hospital. Ya no quería nada. Me pasaba los días inconsciente, como dormida. Mi mamá me cuenta que los doctores le decían que no podían hacer nada para ayudarme porque yo ya no tenía voluntad. Entonces, en medio de esa inconsciencia, soñé a Cosme que me agarraba la mano y me decía “mamá, los mocosos”. Siempre se refería así a sus hermanos. Eso me sacó, a tiempo para salvar a mi hija pequeña”.

Marcela, madre de Cosme asegura que el menor no tenía motivos para dejar su hogar.

Marcela cuenta que cuando salió del hospital y llegó a su casa, la menor llevaba 10 días sin comer. Nadie podía hacerla ingerir bocado. Se la pasaba acostada, llorando. Su madre la sacó de la cama donde estaba y corrió con ella al hospital. “Si no la hubieras traído pronto, la hubieras perdido también”, le dijeron los médicos. La niña se salvó. Hoy tiene 15 años y vive con miedo de salir a la calle, pero también de perder a su madre en el afán de encontrar a su hermano, a quien el Estado no busca.

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Así como tampoco busca a miles de niños, niñas y adolescentes en México. Diversas organizaciones de derechos humanos señalan que este sexenio  ha sido el más alto en el número de casos que involucran a personas de menos de 18 años. De 2006 y hasta marzo de 2017, oficialmente, se reportaban 3 mil 217 niñas y 2 mil 235 niños de entre 0 y 17 años como desaparecidos. De ese total, cerca de 70% (3, 816) fueron vistos por última vez durante el periodo de gobierno de Enrique Peña Nieto. Los factores que han permitido esa incidencia son, dicen los activistas: el contexto de delincuencia e inseguridad, pero también la corrupción y la impunidad que impera en el país.

“Nosotros conocimos el caso de una persona que desapareció cuando tenía 17 años. Lo secuestraron al salir de su trabajo, en Jalapa, Veracruz, y la familia lo terminó encontrando, ya mayor de edad, en el Penal Federal de Puente Grande, en Jalisco”, cuenta en entrevista Michael Chamberlain, del Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios.

Ha recibido el apoyo de organizaciones.

Y es que a él lo estaban utilizando como carne de cañón para trasladar a salvo a jefes de los carteles de la droga, explica. “Lo llevaban de una casa de seguridad a otra, en grupos grandes de personas y convoyes de varias camionetas”.

Los trasladaban por terracerías. Llegaban en la noche a una casa de seguridad y al otro día volvían a salir, pero eran personas distintas quienes los llevaban. Hasta que un día, en Zacatecas se toparon con un retén, al parecer del ejército. Los secuestradores huyeron. A muchos de los secuestrados los mataron en la confusión y el muchacho se quedó escondido, debajo de un arbusto. Así acabó en Puente Grande.

Hay muchos contextos y razones por las que desaparecen los niños, niñas y adolescentes en México, agrega Chamberlain. “La trata de personas, en el caso de las niñas y adolescentes, es un problema grave en el país; también hay casos en los que ellos no son el blanco directo del ataque sino el adulto o los adultos con los que van, pero también ellos acaban desaparecidos, o también desaparecen muchos menores que viajan solos en el país”.

En el caso de Cosme, dos meses después de su desaparición hubo movimiento en su cuenta de Facebook. Su portada cambió. Ahora se veía una calavera disparándole a otra. “Pedimos investigar quién había cambiado la portada, que se determinara desde qué dirección IP se hizo el cambio, que se solicitara información a Facebook, pero la Procuraduría o no sabe o no puede o no quiere hacerlo”, dice Chamberlain, quien acompaña a la familia en el proceso de búsqueda.

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Tampoco hubo una búsqueda en campo durante las primeras horas. “A Marcela, como a muchas otras madres, le dijeron: vengan después de tres días, seguramente llegará. Luego le dijeron que seguramente se había ido de su casa por problemas familiares. Después que había en la morgue un cuerpo que correspondía a las características de Cosme, pero cuando llegó al Servicio Médico Forense, le dijeron que no, que no había cuerpo, y “ella se quedó con la angustia de pensar si sí era”.

El activista subraya que las investigaciones no se hacen bien y no se hacen a fondo. “No hay una investigación, por ejemplo, de cuántas desapariciones como la de Cosme hubo en 2011, en Torreón, ni si otros casos pueden aportar información a éste. Ese cruce de información no se hace. Todas las investigaciones se llevan como si fueran únicas, sin buscar patrones, sin seguir contexto por regiones, ni por periodo, ni por actividad de grupo delictivo”.

No hay en el país en general, acusan activistas, claridad sobre la cifra total de personas desaparecidas. Existen deficiencias en la aplicación de programas de búsqueda como Alerta Amber y Protocolo Alba, que rara vez se aplican y cuando se activan, el procedimiento es demasiado lento y burocrático.

Es por eso que organizaciones ligadas a la defensa de los derechos humanos en general, y de niñas, niños y adolescentes (como la Red por los Derechos de la Infancia en México, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, el Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo y el Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios, entre otras) han formulado recomendaciones concretas para atender los casos de desaparición de menores.

Entre ellas se encuentra la efectiva implementación de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas; fortalecer y garantizar el papel fundamental de la Procuraduría Federal de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes; tener claridad en la cifra total de personas desaparecidas y fortalecer los mecanismos de alerta temprana y búsqueda urgente.

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Hace falta también instaurar mecanismos para apoyar a las familias de los desaparecidos. Marcela, por ejemplo, supo lo que es la falta de políticas públicas en esto. A ella la despidieron de su trabajo en Soriana por las ausencias para buscar a su hijo. La familia no tuvo respaldo psicológico. El esposo de Marcela se terminó separando de ella y decidió no volver a preguntar por Cosme, cansado de buscarlo, se rindió.

Marcela y sus dos hijos se quedaron solos, la familia, los amigos y el Estado los dejaron por su cuenta buscando a Cosme, pero en el camino Marcela encontró otro trabajo, cuidando a una persona enferma de cáncer, que justo fue profesora de su hijo ausente y encontró también, en el colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos (FUUNDEC), a otras madres, hermanas y esposas que buscan a sus familiares. Con ellas sigue andando el camino.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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Karol Czinege/EyeEm/Getty Images

¿Por qué nos gusta tanto la comida crujiente? (y cómo el sonido se convirtió en el sabor olvidado)

Decimos que comemos con los ojos, ¿pero sabías que también puedes comer con los oídos? Por extraño que parezca, los sonidos - y especialmente lo crujiente y crocante - tienen mucho que ver con la experiencia culinaria.
Karol Czinege/EyeEm/Getty Images
18 de octubre, 2020
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El sonido es el sabor olvidado. No solo comemos con la boca, con la nariz o con los ojos. También lo hacemos con el oído.

Lo dice el experto en psicología experimental Charles Spence, que lleva casi dos décadas investigando cómo nuestro cerebro procesa información de cada uno de nuestro sentidos, y cómo comprender eso puede ayudarnos a diseñar mejores alimentos (o unos que nos agraden más).

“Desde el crujido de la comida, hasta el ruido del empaquetado, el roce de la cuchara en el plato o la música que escuchamos mientras comemos; todos los sonidos afectan a nuestra experiencia culinaria, unos más que otros, y también al sabor”, le cuenta a BBC Mundo.

Spence, autor de Gastrophysics: the new science of eating (“Gastrofísica: La nueva ciencia de la comida“, 2017), dirige el laboratorio Crossmodal Research de la Universidad de Oxford, Reino Unido, integrado por especialistas en psicología, neurociencia y cocina. También colabora con chefs de renombre -como el español Ferrán Adriá o el británico Heston Blumenthal- para crear experiencias culinarias “multisensoriales”.

Y es que, según el científico, comer es una experiencia mucho más multisensorial de lo que solemos reconocer, sobre todo a nivel auditivo.

No es el único que lo piensa. “Hay varias cosas que nos hacen sentirnos satisfechos con la comida: el olor, el gusto y la textura, en la que incluimos el sonido”, le dice a BBC Mundo la consultora en alimentación Amanda Miles-Ricketts. “Y no hay nada más satisfactorio que algo crujiente o crocante”.

"No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella".", Source: Charles Spence, Source description: psicólogo experimental, Universidad de Oxford, Image:

Precisamente, la preferencia del ser humano por lo crujiente es algo que lleva años fascinando a Spence.

Uno de sus mayores logros es haber creado un ruido electrónicamente modificado de la papa frita para convencer al consumidor de que era más crujiente. Fue un experimento que surgió de la pregunta de si el sabor de una papa frita sería diferente si alteramos su crujido. Y resultó que sí.

La Universidad de Harvard le entregó por ello un Ig Nobel, una parodia del prestigioso galardón “para hacer reír, y luego pensar”.

Pero la cuestión de por qué nos gusta tanto la comida crujiente tiene un trasfondo más serio de lo que parece.

niño comiendo alitas de pollo

Chakarin Wattanamongkol/Getty Images
¿Te entró el apetito?

“Cuando hicimos ese experimento en 2009 era difícil creer que habría interés en el tema, pero desde entonces han surgido muchos trabajos y experimentos para combinar diferentes sonidos y sabores”.

¿Qué nos pasa con la comida crujiente?

“La comida rápida suele ser crujiente, crocante, casi siempre ruidosa”, dice Spence. “A nadie le gusta la idea de una papa frita esponjosa, incluso aunque sepamos que tiene todos los elementos que le dan ese sabor”, comenta el psicólogo.

En su laboratorio de Oxford, ha podido demostrar que las diferentes frecuencias de crujidos pueden alterar cómo percibimos su sabor o incluso que algunos alimentos nos parezcan de mejor o de peor calidad.

“Es una reacción instantánea en nuestro cerebro”, dice Spence. “Todavía estamos investigando por qué nos atrae tanto lo crujiente, pero existen varias teorías”.

“Una de ellas parte de que las verduras y los vegetales más ‘ruidosos’ suelen ser más frescos (y viceversa), por lo que asociamos lo crujiente con lo saludable“.

“Por otro lado (y paradójicamente), algunos alimentos crujientes -como las galletas, los cereales o las frituras- suelen tener un alto contenido en grasa…. y a nuestro cerebro le gusta la idea de grasa, lo cual explicaría nuestra preferencia por ese sonido”.

cereales

Getty Images
Cuando comes algo crujiente, prestas más atención a lo que ocurre dentro de tu boca.

A Miles-Ricketts -que tiene una marca propia de tés especializada en salud y bienestar que lanzó tras sufrir problemas en la piel- le preocupa eso. “Al margen de las manzanas, que obviamente son saludables, los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes. No es pura coincidencia“.

“Finalmente”, añade Spence, “otra teoría que surgió hace un par de años es que cuando empezamos a degustar algo nos suele resultar más sabroso, y nuestro cerebro se va adaptando y desconectando a medida que le parece menos ‘interesante’, pero cuando comes algo ruidoso eso dirige tu atención hacia tu boca, lo cual ayuda a que el sabor se quede por más tiempo”.

Eso significaría que puede que nos guste más la comida crujiente porque sentimos que su sabor dura más.

Pero la cuestión de la experiencia sensorial -y sonora- de la comida va más allá de lo crujiente.

Maridaje fonético

“Piensa en el sonido cuando abres una lata, una botella, el corcho del vino o incluso el del microondas. Todo ello afecta a nuestra experiencia y a cómo percibimos el sabor”, explica Spence. “No es casualidad que las papas fritas se vendan en bolsas de plástico especialmente ruidosas; es puro marketing intuitivo”.

Y así como los ruidos afectan al sabor, también lo hace la música.

"Los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes".", Source: Amanda Miles-Ricketts, Source description: consultora en alimentación y fundadora de Niche Tea, Image:

Spence y su equipo han investigado cómo los sabores dulces y agrios suelen asociarse con notas de alta frecuencia, mientras que los amargos equivalen a notas de baja frecuencia.

“Si, por ejemplo, escuchas cierta música mientras tomas una taza de café o comes una porción de chocolate, puedes intensificar su dulzura“, explica Spence.

Es lo que él llama “sazonar fonéticamente” la comida.

El científico asegura que muchas marcas y músicos se han interesado por esta técnica y ya están poniendo en prácticas maneras de combinar sabores y sonidos para mejorar la experiencia culinaria y responder a la pregunta de “cuál es el sonido de su sabor”.

Miles-Ricketts cree que cada vez más actores en la industria alimentaria tienen en cuenta la “funcionalidad y el propósito de sus productos” y el hecho de que la alimentación es “una experiencia multisensorial”.

papas fritas

Getty Images
¡Ese “crunch” es muy deseable!

“Podríamos incluso aprovechar esto para comer de forma más saludable”, propone Spence. “Podríamos comer con menos azúcar si añadimos un poco de ‘música dulce’ para sazonar alimentos, en lugar de la alta música de algunos restaurantes que, de hecho, suprime nuestra capacidad de saborear adecuadamente”.

“Así como maridamos ciertos alimentos con ciertos vinos, podemos maridar sabores con sonidos y formas“.

“Muchos nunca habrían imaginado que la música puede alterar el sabor de la comida, pero es todo un nuevo campo por explorar. ¿Por qué no maridar un sabor con un sonido?”

“No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella”.


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