Grupos criminales, caciques y empresas desplazan a miles de personas en México; la mitad son indígenas
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Jacob García / Cuartoscuro.com

Grupos criminales, caciques y empresas desplazan a miles de personas en México; la mitad son indígenas

En 2017, 25 hechos de violencia afectaron a 20,390 personas en el país. 17 episodios fueron causados por grupos armados; 7 por violencia política o conflictos territoriales, y uno por un proyecto extractivo minero.
Jacob García / Cuartoscuro.com
3 de mayo, 2018
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Familias enteras de nueve estados del país han sido desplazadas de sus comunidades en hechos de violencia causados por grupos armados, por violencia política o conflictos territoriales, y por proyectos empresariales registrados en el último año.

En Chihuahua, por ejemplo, alrededor de 30 familias ódami (o tepehuanes del norte) han sido desplazadas o amenazadas para abandonar sus hogares en las localidades de Cordón de la Cruz, Mesa Colorada, El Tepozán y Tuáripa, en el municipio de Guadalupe y Calvo, de acuerdo con la denuncia de la  Red de la Defensa de los Territorios Indígenas de la Sierra Tarahumara.

Estos hechos se registraron luego que los hermanos Cornelio y Aurelio Alderete Arciniega solicitaran a la Secretaria de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU) la enajenación de los terrenos asegurando que son de ellos y no de las comunidades indígenas. Los Alderete Arciniega han movilizado a familiares, trabajadores y gente armada para agredir y desplazar a los ódami, según han documentado la Red.

Mientas tanto en Zacatecas, el 13 de enero de 2017 personal armado de la empresa minera canadiense Panamerican Silver amenazó y desplazó a 47 familias de la localidad La Colorada, municipio de Chalchihuites. A las víctimas se les obligó a mudarse a casas de lámina, mientras que las suyas quedaron destruidas. El argumento de la empresa es que cuenta con un título de propiedad de los predios. Las familias desplazadas dicen que ellos han vivido ahí por casi 100 años y que el título de la compañía es apócrifo.

Los pobladores denuncian que en las viviendas de lámina no pueden vender comida, realizar fiestas o mover mueble alguno. Si lo hacen, reciben multas. También denunciaron que les roban sus animales y que sufren violencia psicológica: las autoridades les quieren hacer creer que su pueblo nunca existió.

En Guerrero, decenas de familias nahuas fueron desplazadas de las localidades de Tetitlán de las Limas, Ahuihuiyuco y Tepozcuautla, en el municipio de Chilapa, de acuerdo con el Centro Regional de Defensa de Derechos Humanos José María Morelos y Pavón (Centro Morelos).

En Ahuihuiyuco, un grupo irrumpió en la comunidad, quemó viviendas y dejó dos cuerpos desmembrados. El grupo criminal amenazó, a través de hojas pegadas en casas, escuelas e iglesias, a las otras localidades y les exigió abandonar sus casas.

A estos tres casos de desplazamiento interno se suman otros 22 registrados en México durante el último año, en los que comunidades enteras han tenido que dejar sus hogares, para un total de 25 eventos documentados en el informe Desplazamiento Interno Forzado Masivo en México, cifras 2017, de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH).

José Antonio Guevara, director de la CMDPDH, explicó durante la presentación del documento que de enero a diciembre de 2017 hubo 25 episodios que afectaron a 20 mil 390 personas en el país, en nueve estados, 29 municipios y 79 localidades. En todos hubo uso directo de la violencia. 17 de los 25 episodios fueron causados por grupos armados, tanto criminales como de autodefensas; 7 fueron causados por violencia política o conflictividad social y conflictos territoriales, y uno por un proyecto extractivo minero.

La cifra es ligeramente menor que la de 2016, cuando la comisión documentó al menos 29 episodios que impactaron a 23,169 personas en 12 entidades del país. La mayoría de esos eventos, 20, fueron causados de manera directa por la violencia de los grupos criminales, a diferencia de este año cuando las causas se han diversificado, dejando un panorama más complejo.

Con el dato acumulado de 2017, el registro histórico-acumulativo de la CMDPDH indica que el total de personas internamente desplazadas por la fuerza en México, hasta diciembre de ese año, es de al menos 329,917.

El perfil de las víctimas

Los estados con más episodios de desplazamiento interno masivo fueron Guerrero con 7; Sinaloa, 5; Chihuahua, Chiapas y Oaxaca con 3. La entidad con más personas desplazadas fue Chiapas, con 6,090, lo que corresponde a 29.87% del total. En segundo lugar está Guerrero, con 5,948 personas, y en tercero está Sinaloa, con 2,967.

El episodio con el mayor número de víctimas registradas, que desplazó a 5,323 indígenas tzotziles, ocurrió en Chiapas, en los municipios de Chalchihuitán y Chenalhó, y se produjo por disputas de tierras y la actuación de grupos, ligados al Partido Verde Ecologista de México (PVEM), a quienes los afectados acusan de ser paramilitares.

Brenda Pérez, coordinadora del área de Desplazamiento Interno de la CMDPDH, indicó que la población indígena fue la más afectada durante el año pasado, a diferencia de 2016 y los anteriores cuando no se reportó esa incidencia en estos grupos. “De los 20,390 desplazados, 12,323 pertenecen a grupos indígenas. Eso representa 60.44% del total”.

Por lo menos seis pueblos resultaron afectados: nahuas, tzotziles, mixes, rarámuris (o tarahumaras), purépechas y tepehuanes (u ódami). Los que tuvieron mayor impacto fueron los tzotziles (5,890 personas) y los nahuas (3,640). Los datos recabados por la Comisión muestran la vulnerabilidad de esta población: de las 14 personas que han fallecido por huir de su casa en estos hechos, 12 eran indígenas. En Chiapas, por ejemplo, han muerto tres menores y un bebé.

Solo en 19 de los 25 episodios se pudo identificar el destino de las víctimas. En la mayoría de los casos los afectados se mantuvieron en el mismo municipio o en la misma entidad, solo en cuatro casos huyeron a otro estado.

“La mayoría de las personas desplazadas no han podido y no podrán regresar a sus casas”, puntualiza Brenda Pérez. La CMDPDH estima que solo 4,842 de los afectados han vuelto a sus hogares hasta enero de 2018. Eso representa 23.75 % del total, lo que quiere decir que 15,548 continúan en situación de desplazamiento.

Frente a lo anterior, la CMDPDH exhorta al Estado mexicano a reconocer  el desplazamiento interno como una violación continua de múltiples derechos humanos. De manera urgente debe crearse una Ley General para la Prevención y Atención al Desplazamiento Interno Forzado que brinde protección a las personas durante todas las fases del ciclo del traslado, indicó José Antonio Guevara. Tal marco jurídico debe garantizar que no haya ningún obstáculo para que las víctimas puedan ser registradas y logren acceder a todos los beneficios que la Ley prevea para su protección y reparación integral del daño.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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Wilson: la rara enfermedad que convirtió mi cerebro de 30 años en uno de 70

La periodista Carolina Roatta cuenta su historia con la rara enfermedad de Wilson. Se trata de "una rareza genética" que impide al cuerpo procesar o digerir el cobre.
6 de abril, 2022
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El paso del tiempo suele ser evidente en nuestro cuerpo cuando aparecen arrugas y canas, también cuando los músculos se desmarcan y los dientes se oscurecen.

Lo que le pasa a nuestro cerebro, en cambio, suele notarse menos.

Pero, ¿Qué pasaría, si ocurre lo contrario?

La periodista Carolina Roatta se enfrenta a una enfermedad rara que afectó su cerebro al punto de envejecerla el doble, aún cuando su cuerpo es joven.

BBC Mundo cuenta su historia:


Cuando cumplí 32 años me sentía la reina del mundo.

Era noviembre de 2012. Había terminado mi tesis de maestría y estaba de regreso a la soltería. Dictaba clases en una universidad y acababa de conseguir el trabajo de mis sueños como periodista.

El día que fui a firmar el contrato laboral, llegué tan segura de mí misma que logré controlar el temblor que tenía en mis manos desde hacía un tiempo.

Esa firma fue lo último que pude escribir.

El diagnóstico de Wilson

Empecé a temblar cada vez más fuerte. Primero mis manos y brazos se batían como alas de mariposa, luego les siguieron mi cabeza y mis piernas.

Opté por modificar mi rutina. Dejé de usar blusas de abotonar y zapatos de amarrar, me hice amiga de los pitillos y hasta llegué a contratar a un asistente para que escribiera por mí.

En algún punto también empecé un diario en audio para registrar todo lo que me pasaba.

Resistí como pude, pero al cabo de seis meses la situación se hizo insostenible.

Pasé por varias citas médicas que duraban 15 minutos. Es lo normal. En el sistema de salud colombiano, hay que pasar por un médico general para que éste ordene exámenes o remita al paciente a consulta con algún especialista.

En medio de eso me vio un neurólogo primerizo que me diagnosticó erróneamente con temblor esencial y me mandó unos medicamentos para esa condición. Esa medicina me relajaba, pero no me quitaba el temblor.

Irónicamente, después de haber consultado médicos, psicólogos, neurólogos, fue una médica bioenergética la que pensó en ordenarme un examen que mostrara imágenes de mi cerebro.

Mi papá y mi mamá me acompañaron al examen de resonancia electromagnética. Al otro día, mientras esperábamos los resultados, el técnico llamó preguntando si en mi trabajo manipulaba químicos. Las imágenes mostraban que mi cerebro estaba intoxicado.

El resto de mi familia prendió las alarmas. Me ayudaron a conseguir una consulta privada con un neurólogo reconocido. No fue barato, pero por primera vez sentí que alguien entendía lo que pasaba.

La cita duró tres horas, el doctor me hizo todo tipo de pruebas: debía tocarme la punta de la nariz con el dedo índice, dibujar un espiral, hacer marionetas con las manos, sostenerme en un solo pie. En todas me rajé y terminé sudando como si hubiese corrido una maratón.

Fue como haber perdido el examen de admisión al kínder, pero con un diagnóstico como premio de consolación.

Gracias a la cita y otros exámenes especializados, el neurólogo confirmó que tengo la enfermedad de Wilson. Es una rareza genética que lleva el nombre del neurólogo que la investigó, Samuel Alexander Kinnear Wilson, e impide que mi cuerpo pueda procesar o digerir el cobre.

¿Cobre? ¿el mismo metal naranja que hay en los cables?

Sí, el mismo.

Resulta que el cobre es un elemento que nos ayuda a tener nervios y huesos sanos, también contribuye con el colágeno y la melanina en la piel. El cuerpo humano no lo produce, pero lo adquiere por medio de un montón de alimentos.

Lentejas, almendras, chocolate, aguacate, langosta.. La lista sigue.

El cuerpo descompone esos alimentos, el hígado procesa el cobre que le sirve y elimina el que no necesita, usualmente por la orina.

El problema es que quienes sufrimos de Wilson, en vez de procesar y digerir el cobre, lo acumulamos hasta que el cuerpo no resiste más y colapsa. Lo usual es que el hígado sea el más afectado, después el cerebro, los ojos y los riñones.

Pero mi caso es aún más raro. A pesar de llevar 32 años acumulando cobre, mi hígado estaba sano. Mi cerebro, en cambio, envejeció el doble. El neurólogo dijo que parecía el de una persona de 70 años.

También tenía un aro de cobre alrededor de las pupilas de mis ojos, otro signo típico de la enfermedad.


Sobre la enfermedad de Wilson*:

  • La mayoría de las personas son diagnosticadas entre los 5 y los 35 años, pero también puede afectar a personas más jóvenes y mayores.
  • La enfermedad está presente al nacer, pero los signos y síntomas no aparecen hasta que el cobre se acumula en el cerebro, el hígado u otro órgano.
  • Los signos y síntomas varían según las partes del cuerpo afectadas por la enfermedad. Pueden incluir: Fatiga, falta de apetito o dolor abdominal – Una coloración amarillenta de la piel y el blanco de los ojos (ictericia) -Decoloración de los ojos de color marrón dorado (anillos de Kayser-Fleischer) – Acumulación de líquido en las piernas o el abdomen – Problemas con el habla, la deglución o la coordinación física – Movimientos incontrolados o rigidez muscular.
  • Para padecer la enfermedad se debe heredar una copia del gen defectuoso de cada progenitor. Si se recibe un solo gen anormal no se padece la enfermedad, aunque la persona se considerará portadora y es posible que sus hijos hereden el gen.
Un ojo con un aro de cobre alrededor

CRMR Wilson Paris
El aro de cobre en los ojos es uno de los síntomas de Wilson

Enferma de por vida

Ahora debía someterme a una desintoxicación. El tratamiento consiste en tomar durante toda la vida un medicamento quelante que literalmente “pela” el cobre que se acumula en los órganos para después eliminarlo a través de la sangre y la orina.

El médico me explicó que pasaría un tiempo antes de mejorarme, sin precisar si serían meses o años. Me recomendó no mirar Internet para no asustarme y precisó que de pronto los síntomas se agravarían durante el inicio del tratamiento.

Llegué a creer que iba a ser breve y que en poco tiempo retomaría mis actividades. La realidad es que en mi cotidianidad parecía una especie de “bebé grande”.

Pasé de ser una mujer super autónoma a depender de otros en cada aspecto de mi vida. Lo entendí poco después del diagnóstico, cuando mi mamá tuvo que ayudarme a lavar los dientes porque yo ya no podía. Recuerdo perfecto que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando abrí mi boca y ella cuidadosamente comenzó a limpiar con el cepillo.

Lloraba porque sentía que ya no tenía dignidad. No podía ser una adulta, un individuo, una persona. Así me sentía cada vez que requería de su ayuda: me limpiaba cuando orinaba, me bañaba, me ayudaba a cambiarme la toalla higiénica cuando tenía la regla, me vestía.

Después de casi un año había llegado al límite de incapacidades médicas permitidas. No mostraba mejoría. El siguiente paso era que me dieran una pensión por invalidez. Al principio me sonaba hasta atractivo: tener 32 años, un salario de por vida, y poder dedicarle tiempo a mis hobbies.

Pero el espejismo tenía otra cara: ser así de joven y sentirme inútil, descartada para el mundo laboral, relegada y sentenciada a ganar un salario mínimo en Colombia, que para ese entonces era como 150 dólares americanos. Una cifra que, igual, me condenaba a depender de otros.

Carolina Roatta

Carolina Roatta
Carolina Roatta

El privilegio

Estaba lejos de imaginarme que Roatta, mi apellido, me salvaría. Mi familia paterna es francesa y gracias a esa herencia, yo recibí la doble nacionalidad, pude estudiar en un colegio bilingüe y hablo el idioma.

Por eso Francia empezó a sonar como una opción cuando entendimos que en Colombia no podía hacer nada más que esperar y depender sin mucha esperanza.

Una de mis hermanas ya vivía allá, se puso a investigar y encontró un centro de referencia en la enfermedad de Wilson que está ubicado en París.

Mis padres, mi hermana menor y yo decidimos emigrar para juntarnos con ella. Fue una decisión difícil, pero necesaria.

En el CRMR Wilson hay un equipo de especialistas que nos dio todas las respuestas. Como Wilson es una enfermedad genética, lograron diagnosticar a mis dos hermanas antes de que los síntomas aparecieran.

Las tres tenemos citas de seguimiento, con exámenes incluidos, cada seis meses. También tenemos acceso privilegiado a medicamentos y yo recibo una ayuda económica para compensar mi situación de discapacidad.

Desde que llegamos, a finales de 2014, estoy intentando crearme una nueva vida. Ha habido avances. Ahora tiemblo mucho menos, el aro de mis ojos desapareció y volví a ser totalmente autónoma.

Han sido ocho años en proceso de aceptación de mi diferencia: enferma, rara, mitad colombiana, desempleada y ahora con 40 años. Nada fácil. Intenté varios proyectos laborales pero no progresaron. Intenté varios proyectos amorosos y de vida en pareja pero tampoco funcionaron.

Hoy sigo en modo construcción. Estoy haciendo una nueva Maestría (mi revancha porque en Colombia nunca pude sustentar la tesis y nunca me dieron el diploma), tengo un nuevo amor, cambié el proyecto de tener hijos por el de tener gatos y me mudé a una ciudad cerca al mar, luego de aceptar que París es muy dura para vivir cuando eres vulnerable.

Pero claro, el desenlace de mi historia también es una rareza. Que yo tenga diagnóstico, tratamiento y acompañamiento, está lejos de ser la norma para quienes se encuentran en los países de América Latina.

En Colombia tuve suerte: La enfermedad de Wilson aparece en la lista de enfermedades raras del Ministerio de Protección Social, gracias a los esfuerzos de la Federación Colombiana de Enfermedades Raras (Fecoer), y por fortuna para el bolsillo de los pacientes, uno de los medicamentos está cubierto por el sistema de salud público.

El problema, en ese caso, es que las personas sean diagnosticadas a tiempo, por eso obtener estadísticas sobre el número de casos es difícil, aunque desde 2020 ha habido progresos gracias a un equipo de la Universidad de Antioquia.

Si yo no hubiera tenido cómo consultar a un especialista que conocía la enfermedad, es muy probable que ya hubiera muerto y mi familia aún estuviera buscando respuestas.

He sido consiente de mi privilegio y tengo mi lado activista, por eso desde que llegué a Francia me vinculé como voluntaria con la asociación de pacientes de Wilson y ahora soy la Presidenta.

Carolina Roatta con su bicicleta

Carolina Roatta
Carolina hoy vive en Francia, en donde recibe tratamiento completo

Esta red de apoyo es lo que me ha mantenido en pie. En ella he podido seguir compartiendo lo que sé hacer: comunicar, crear lazos, ayudar, empoderar a los pacientes y a sus familiares.

También milito para que en otras partes del mundo, incluida Latinoamérica, un diagnóstico rápido, el acceso al tratamiento y un seguimiento de calidad, sea posible.

Durante un tiempo gestioné un grupo en Facebook para conectar con pacientes hispanoparlantes.

Hubo mucha interacción, incluso me contactaron varias personas a mi cuenta personal, una de Cuba, una asociación de Costa Rica, otra paciente de Chile, una de Argentina, dos de Colombia. Todas con historias durísimas de falta de acceso a los medicamentos y larga espera para el trasplante de hígado, la solución extrema en los peores casos de Wilson.

Tres de esos pacientes murieron mientras estábamos en contacto.

La experiencia que más me marcó fue una mujer de Perú. Su esposo tenía la enfermedad y falleció a comienzos de la pandemia.

Durante varios meses no tuvieron acceso al medicamento y murió mientras esperaban un trasplante. La acompañé vía messenger durante tres días mientras su esposo agonizaba, con la tristeza de saber que los finales felices de pacientes con Wilson son más raros que la misma enfermedad.


* Fuente: Mayo Clinic

Si tienes dudas sobre esta enfermedad, necesitas orientación, o si eres un profesional de salud interesado en crear una red de apoyo en América Latina, puedes escribir a:[email protected]


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https://www.youtube.com/watch?v=YVLbq0MczGc

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