Cambian la ciudad por el campo en busca de calidad de vida

La vida en el campo se ha vuelto atractiva para no pocas personas. Desde jóvenes y profesionistas hasta adultos mayores, el número de expatriados de la ciudad que se radican en el campo es tan numeroso que integra una tendencia, conocida entre los sociólogos como neorruralismo. Se trata de un fenómeno detonado por razones diversas, que sin embargo se podrían resumir en una: mejor calidad de vida.

Cambian la ciudad por el campo en busca de calidad de vida
Cocina Rural México. Juan Mayorga

Después de pasar la mayor parte de su vida en los bulliciosos suburbios del Estado de México, Victoria Aguilera disfruta vivir en un municipio rural de Oaxaca sin más compañía que la de su familia, su yegua y una manada de perros adoptados. “Es lo mejor que me ha pasado en la vida”, asegura. Su rutina incluye rumores de pájaros carpinteros perforando cactus alrededor de su casa, arúgula y tomates frescos de su invernadero, y estrellas fugaces en las noches despejadas. Para ella son placeres sencillos, pero invaluables por lo inexistentes que son en Ecatepec, de donde es originaria.

En 2011, mientras estudiaba energía renovables, Victoria llegó a Tlacochahuaya para hacer prácticas profesionales en una granja de permacultura ubicada en ese municipio de los valles centrales de Oaxaca. Al paso de los días encontró que ordeñando vacas, cosechando hortalizas y experimentando recetas con verduras y hierbas locales “aprendía más de lo que realmente quería para vivir”, por lo que dejó sus estudios y se dedicó de lleno a la vida rural.

Después de 7 años y cientos de miles de pesos invertidos en comprar un pedazo de tierra, Victoria, ahora apoyada por su hermana menor, Mayte, operan los emprendimientos Cocina Solar México y La sazón del sol. El primero es un proyecto de construcción y promoción del uso de estufas solares, mientras que el segundo es una empresa dedicada al procesamiento de alimentos mezclando tecnología solar con frutas y verduras de la región.

Trabajo con la comunidad desde la Cocina Solar México. Foto: Juan Mayorga.

Los anaqueles de su cocina despliegan productos tan refinados que rivalizarían con la haut cuissine de Polanco: mermelada de ciruela criolla con jamaica, mangos en almíbar con mezcal y lavanda, o kombucha de té verde con panela. Todo es producto de la alquimia lograda en complicidad con el sol que Victoria y Mayte han pulido a base de ensayo y error, y que comparten en mercados, talleres o exposiciones por todo Oaxaca.

Foto: Juan Mayorga.

En sus ratos libres, Victoria, de 33 años, y Mayte, de 20, terminan de construir su casa, una obra en la que han demorado meses porque usan mayoritariamente técnicas de construcción tradicionales (muros de barro o techos de carrizo) y su propia mano de obra.

“Yo siempre recomiendo esta vida. Estoy agradecida de respirar aire limpio y gozar de bellos amaneceres y atardeceres, pero antes hay que estar dispuestas a dejar viejas creencias que la sociedad nos impone”, asegura convencida, en medio de una pausa de su trabajo preparando salsas y aderezos con mangos de la temporada. “No regresaría a la ciudad jamás”, zanja.

Con “las viejas creencias”, Victoria se refiere a muchas comodidades de la vida urbana que, por ausentes, desdibujan la imagen idealizada que se puede tener de la vida campirana. Y es que, asegura, el campo no es fácil. Privados de los servicios públicos más básicos, Victoria y su familia han tenido que cavar un pozo para obtener agua, además de construir un sistema de páneles fotovoltaicos y baterías de auto para generar su energía eléctrica. Cada tanto deben de vaciar los depósitos de su baño seco, ya que en la zona no hay drenaje. Y ni hablar de las arañas y alacranes que llegan a merodear entre la ropa de cama.

Pese a estas dificultades, la vida en el campo como la de Victoria y su familia resulta atractiva para no pocas personas. De hecho, el número de expatriados de la ciudad que se radican en el campo es tan numeroso que integra una tendencia, conocida entre los sociólogos como neorruralismo. Se trata de un fenómeno detonado por razones diversas, que sin embargo se podrían resumir en una: mejor calidad de vida.

La casa de sus sueños con sus propias manos. Foto: Juan Mayorga.

 

Foto: Juan Mayorga.

El campo, una construcción personal

Aunque el neorruralismo como fenómeno no es nada nuevo –se puede rastrear hasta la década de 1970 en Estados Unidos y Europa–, su desarrollo en América Latina apenas se empieza a estudiar, explica Marlon Javier Méndez Sastoque, quien ha dedicado su vida académica a analizar la articulación entre el campo y la ciudad, y las “nuevas ruralidades”.

Los neorrurales “son personas que optan por establecer su vida en un contexto rural porque representan lo rural de una manera que les satisface”, explica Méndez, maestro en sociología rural por la Universidad Autónoma Chapingo. “Una de las principales visiones que los satisfacen es esa visión idílica donde lo rural tiene mayor proximidad con la naturaleza y un estilo de vida de tranquilidad y salud”.

Aunque el fenómeno pareciera simple, los neorrurales no tienen un perfil monolótico, sino uno variopinto, según Méndez. Pueden ser jóvenes, profesionistas o adultos mayores jubilados buscando objetivos muy diversos según su “construcción personal” de lo rural. En esta diversidad hay quienes comparten una historia de campo con sus padres o abuelos y quieren volver a la tierra, o quienes, sin antecedentes de campo, buscan incursionar en actividades agropecuarias, o quienes simplemente quieren cambiar de vida. Hay también quienes llegan atraídos al campo por razones más funcionales como servicios públicos más baratos y un más fácil acceso a la tierra. Y, desde luego, quienes huyen de la violencia y la marginalidad urbana, y solo quieren un mejor espacio para que crezcan sus hijos.

Si bien en México la tendencia predominante desde principios del siglo pasado continúa siendo la migración del campo a la ciudad — la población rural pasó de ser 68% del total poblacional del país en 1921 a solo el 22% en 2010, según el INEGI–, el fenómeno de la neorruralidad o nueva ruralidad (según la propuesta académica consultada) se puede advertir en casos como el de Victoria. En 2010, casi 159,000 personas habían migrado de la ciudad al campo, un equivalente al 4% del total de migrantes del país, según la información disponible del último censo de población. Sin embargo, la información aún es insuficiente como para entender este fenómeno en México y en América Latina.

Cooperativa Tlayacapan. Foto: Emiliana Alvarado

Por su parte, el gobierno mexicano a través de la Secretaría de Agricultura reconoce la existencia de una “nueva generación de productores del campo” y trata de incentivar su productividad con capacitación y apoyos financieros. Sin embargo, no proporciona más información de este sector. Animal Político solicitó a la SAGARPA más datos al respecto, pero la dependencia respondió que por el momento no era posible porque no había un funcionario responsable del área.

Incentivar un mayor involucramiento en el campo, particularmente de los jóvenes, generaría beneficios como crecimiento económico, disminución del desempleo y mejor conservación de los recursos naturales; sin embargo, para ello es necesario diseñar políticas públicas que fortalezcan, prioritariamente, capacitación técnica y acceso a herramientas de financiamiento, según detalla el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) en un reporte publicado en marzo pasado.

“Hay que identificar qué es lo que está motivando a estas personas que se están trasladando al campo, porque eso indica lo que está en juego en términos de dinámica social”, añade Méndez, quien ha documentado el neorruralismo más extensamente en su natal Colombia. Ante la falta de investigación del fenómeno en México y América Latina, es necesario un mejor entendimiento para saber cómo es diferente el neorruralismo en estas regiones en comparación con otras como Europa o Norteamérica, donde ha sido más estudiado.

Ver por la salud, no por el dinero

Emiliana Alvarado es licenciada en administración de empresas, pero hace una década cambió el cubículo de una empresa financiera por un trabajo más pequeño en su pueblo natal. Ahora, a sus 35 años, es la administradora de Frutos de Tlayacapan, una cooperativa que produce alimentos orgánicos en el municipio del mismo nombre, ubicado en el estado de Morelos. El cambio implicó menos dinero, pero los beneficios personales lo compensan, asegura.

Su antiguo empleo estaba en Yautepec, por lo que debía invertir diariamente al menos dos horas de traslados (una en la ida y otra en el regreso) para cumplir con un horario de 9 a 7, que además la obligaba a llevar trabajo a casa. Sin compensaciones por externalidades, su salario se diluía entre comidas, pasajes, horas extra y, lo más grave, la imposibilidad de pasar tiempo con su familia.

“No me gustó estar esclavizada porque tenía dos hijos y la pasaba pensando en ellos, así que decidí quedarme aquí”, explica Emiliana en un momento de su agitada jornada coordinando la producción de mermeladas, tés, verduras en escabeche y productos nixtamalizados que más tarde serán distribuidos en tiendas orgánicas de la Ciudad de México y Cuernavaca. “La cooperativa es algo pequeño, pero me gusta. Estoy más tiempo con mis hijos y es una forma de vida que les voy a dejar a ellos”, asegura.

Su vida no es ideal y a menudo la encuentra muy difícil, pero Emiliana está convencida de que hay cosas más importantes que el dinero. “Lo económico no es la felicidad. Yo recomendaría ver mejor por la salud, que está en un lugar donde seas dueño de tu libertad y puedas hacer lo que te guste”, explica.

Cooperativa Tlayacapan. Foto: Emiliana Alvarado.

Trabajar en la ciudad viviendo en el campo

Tanto Isabel Noriega como su esposo son profesionistas y continúan ejerciendo sus profesiones después de haber cambiado Ciudad de México por las exuberantes montañas de Veracruz. Para poder hacerlo, el desarrollo de la conectividad ha sido un elemento clave.

“Antes en la casa no estábamos comunicados, no había ni teléfono. Ahora hay internet y eso me permite trabajar desde la casa”, explica Isabel, dedicada a la educación y la consultoría ambiental, y avecinada desde hace unos 6 años en la localidad de Rancho Viejo, a media hora de Xalapa.

Ahora, Isabel organiza una buena parte de su trabajo por teléfono y correo electrónico, y solo se desplaza a Xalapa cuando imparte algún taller o tiene alguna reunión en la Universidad Veracruzana, donde trabaja temas de sostenibilidad ambiental. Por el lado de su hijo, de tres años, una escuela recién abierta en Rancho Viejo les evita viajar diariamente a la ciudad, como lo hacían antes.

Aunque la conectividad es limitada en Rancho Viejo –no existe la banda ancha— y posibilitada no por el gobierno ni por grandes compañías, sino por gente organizada de la región que rebota la señal con procedimientos un tanto rudimentarios, el caso de Isabel es una muestra de un factor muy importante para la neorruralidad: el cierre virtual de la brecha con la ciudad.

“La tecnología hoy nos permite un contexto de conectividad en las zonas rurales, de tal manera que se puede vivir en el campo y ejercer un oficio para personas o empresas ubicadas en un contexto urbano a través de la virtualidad”, explica el sociólogo Javier Méndez.

 

Foto: Juan Mayorga.

Neorruralidad: oportunidad de desarrollo

Edna Yadné Vázquez, de 31 años, salió de su natal Durango para estudiar. Se estableció en Colima y, poco después de recibirse como ingeniería bioquímica, encontró un trabajo como jefa de ventas en una empresa de telefonía. Aspiraba a encontrar un trabajo en una dependencia y a partir de eso forjar una carrera próspera en la administración pública, pero un día recibió una invitación para volver a su tierra a integrarse un emprendimiento familiar de lechugas orgánicas.

Aceptó y volvió a Durango en 2015, pero el cambio fue difícil. Edna había trabajado duro para conseguir su título universitario y cambiar de rubro podía poner en riesgo su carrera y el futuro próspero que imaginaba. Además, no se había preparado en producción agrícola, por lo que tuvo que tomar numerosas capacitaciones del gobierno federal (SAGARPA y SENASICA) y privadas. No obstante, el esfuerzo rindió frutos.

Tres años después, Edna es gerente de producción de una empresa que ha crecido el triple desde su llegada. Si en un inicio Lechugas Tlaana producía 8 mil lechugas, hoy por hoy produce 22 mil, que además ahora son troceadas y empaquetadas con maquinaria nueva, y luego distribuidas en cadenas comerciales que llegan hasta Mazatlán con distintas certificaciones orgánicas. El éxito ha sido tal que Edna fue seleccionada por la Secretaría de Agricultura (SAGARPA) como uno de los rostros de la campaña La nueva generación de productores mexicanos.

“Un título o una carrera al final no lo son todo en la vida. Tú puedes ser tu mismo jefe echándole ganas a una empresa propia y ahí sabes qué tanto puedes llegar a crecer. Yo dejé de pensar en una dependencia y empecé a ver mi estado y mi familia”, explica Edna.

Ciertamente, el éxito de Lechugas Tlaana no es solamente para Edna y su familia. Al menos 10 familias de la región se benefician de la empresa, que emplea principalmente a mujeres, varias de ellas indígenas, en una región fuertemente castigada por el desempleo. Además, Edna se siente particularmente orgullosa de alimentar a parte de Durango y del norte de México con verduras libres de pesticidas. “El cáncer entra por la boca”, advierte.

De forma paralela al negocio, Edna da cursos de hidroponía, enseña la construcción de huertos caseros, técnicas para cuidar el agua y a trabajar la tierra con fertilizantes que no la desgasten tanto. Además muestra cómo funcionan las energías limpias con los páneles solares instalados en su empresa. “Tratamos de cambiarle el chip a la gente y de motivar a los jóvenes a cuidar el agua y la tierra”, asegura.

Aunque a ratos extraña su vida en la ciudad, Edna disfruta de estar más cerca de la naturaleza, “apartada de la civilización” y de ver sus lechugas crecer. “A mi esposo y a mí nos gusta saber que con esto vamos a alimentar a nuestros hijos cuando los tengamos”, explica.

Integración, intercambio y conflictos

Cuando una persona de la ciudad decide mudarse al campo, difícilmente llega a un lugar aislado de la humanidad. Por el contrario, al llegar al campo el neorrural se encuentra con gente, prácticas, valores distintos, lo cual puede generar conflictos entre ambas partes, según el sociólogo Javier Méndez. Sin embargo, en este encuentro de formas de ser también hay margen para el intercambio a partir de la integración.

Esta integración entre los neorrurales y la población local es variada, pues abarca desde la gente que tiene el propósito de incorporarse a las comunidades que lo reciben, y que incluso ponen al servicio de las comunidades de acogida su conocimiento y habilidades profesionales, hasta quienes compran tierras, construyen sus casas y se mantienen al margen de la vida comunitaria.

“El nuevo habitante rural no se incorpora a un espacio vacío, sino a uno ya habitado por gente en la mayoría de los casos dedicada a la producción agropecuaria. Tienen que ser conscientes que quienes llegan son ellos y adaptarse a las normas y valores de ese espacio de acogida”, explica el profesor Méndez. “Eso no quiere decir que no se pueda innovar desde la perspectiva de quien llega”, agrega.

Después de años viviendo en Tlacochahuaya, pagando tequios y acatando los usos y costumbres, Victoria Aguilera y su familia aun son excluidos de las asambleas de la comunidad por ser considerados “de fuera”. Además, deben lidiar con costumbres incompatibles con ellos, como la quema de maleza después de la temporada de lluvias, que este año casi incendia un árbol en su propiedad. O el uso indiscriminado de pesticidas que su vecino aplica a sus cultivos sin ninguna consideración a los daños que podría provocar en la salud de Victoria y su familia.

Sin embargo, también han desarrollado relaciones estrechas de cooperación con gente del pueblo, a quien compran frutas, tortillas o leche. O con el albañil que les apoya para construir su casa, quien ha aprendido tanto de técnicas tradicionales de construcción que ya es buscado por gente interesada en su trabajo. Además, Victoria y Mayte han impartido talleres de energías renovables, separación de basura y alimentación sana en su comunidad.

A 500 kilómetros de Tlacochahuaya, en las montañas de Xalapa, Isabel Noriega, su esposo y su hijo mantienen distancia con la comunidad, pero también han tejido una red de contactos con quienes intercambian los excedentes de sus cosechas, una red de donde cubren hasta el 30 % de su alimentación. Aunque no guardan la pretensión de llamarse campesinos, tratan de conciliar su historia urbana y profesionista con una vida campirana llena de prácticas y valores agrícolas.

“Creo que nosotros somos una transición y un puente. No somos los nuevos campesinos, solo somos nuevos pobladores de lo rural. Los campesinos sí producen alimentos para ellos y para quienes no están en el campo. Sin embargo nosotros visibilizamos, para la gente con que estamos en contacto en la ciudad, a los campesinos y al campo que muchas veces no están valorados en la ciudad”, explica Isabel.

En busca de un futuro para la humanidad

Para Michiko Tanaka, catedrática de El Colegio de México e investigadora de la cultura campesina y la agricultura orgánica en Japón, la neorruralidad representa una alternativa ante la “tendencia abrumadora” de concentración en las grandes ciudades no solo de México, sino del mundo.

“Hay una preferencia no solo por la vida urbana, sino por la capital. La gente quiere llegar a París y no a cualquier ciudad. Y creo que esto es una perversión porque en esa visión no encuentro futuro para la humanidad”, explica la doctora Michiko, de 74 años, quien mediante sus investigaciones exploró a principios de los años 80 las comunidades rurales donde iniciaron los experimentos de producción orgánica en Japón.

“En Japón hay aún un éxodo rural y hay muchas tierras vacías (que) quedan en venta, así que gente de ciudad las compra y se establece. Incluso gente que ejerce profesionalmente, pero vive en esa comunidad, se dedica parcialmente a cultivar”, explica, antes de apuntar que observa una tendencia similar en México.

Motivada por sus investigaciones sobre movimientos campesinos, Michiko participó a fines de los años 90 en la creación de la cooperativa Frutos de Tlayacapan, donde se había establecido años antes. Lo que empezó con la curiosidad de experimentar cultivos libres de químicos y productos sin conservadores se convirtió en 2003 en la empresa formal que hoy administra Emiliana Alvarado y que emplea a 15 personas de la comunidad, con ventas anuales superiores a 150,000 pesos.

A lo largo de los años, la cooperativa de Tlayacapan ha sido un lugar de trabajo y estudio para mexicanos y extranjeros, y una empresa promotora del movimiento orgánico en la región. Sus productos se pueden encontrar en espacios del calibre comercial de The Green Corner y recientemente inauguraron un tianguis agroecológico sabatino en su comunidad.

Sin embargo, a pesar del exitoso experimento que cofundó, la doctora Michiko es honesta con los retos que enfrenta la vida rural en la actualidad: la migración a las ciudades, el envejecimiento de los campesinos o el abandono de la tierra ante la producción industrial.

“En Japón, a pesar del fuerte movimiento que existió de los pequeños productores orgánicos, no se pudo detener el proceso de desrruralización. El promedio de edad de los campesinos es probablemente de más de 60 años, mucho mayor de lo que es en México”, explica Michiko. “Se necesita promover el campo como algo atractivo y rentable, pero no sé cómo”.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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