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Foto: Omar Martínez / Cuartoscuro.com

Bienvenidos a México: migrantes de retorno se enfrentan a trabajos precarios

Empleos informales, mal pagados y sin prestaciones reciben a los migrantes que regresan a México, a pesar de las habilidades adquiridas que en otras épocas los beneficiaban, revela un informe de El Colegio de México.
Foto: Omar Martínez / Cuartoscuro.com
Por Andrea Vega
6 de junio, 2018
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Desde 2008, los mexicanos que regresan de Estados Unidos por el incremento en las deportaciones o la falta de empleo se encuentran con que solo hay trabajos mal pagados y sin prestaciones en el mercado informal, revela el informe Desigualdades en México 2018 de la Red de Estudios sobre Desigualdades de El Colegio de México.

Se trata en su mayoría de adultos jóvenes y mujeres menores de edad que además de establecerse en entidades de migración tradicional ahora se asientan también en municipios con mayores rezagos sociales ubicados en Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Estado de México y Baja California.

Esto ha provocado que se pierdan las ventajas competitivas que en otros años les permitía insertarse en el mercado laboral con mejores salarios que la población no migrante, y que la brecha salarial entre ambas poblaciones se reduzca, pero a la baja.

“Se ha observado un deterioro en los salarios de retornados hombres y mujeres de 2000 a 2010 que también se extiende a 2015. La brecha de ingresos salariales entre ambas poblaciones desaparece por una convergencia, a la baja, hacia los salarios de la población no migrante. De hecho, los ingresos salariales promedio mensuales de migrantes de retorno varones son ligeramente menores a los no migrantes en 2015, mientras que en 2000 los retornados tenían una ventaja considerable con respecto a los que no migraban”, indica el informe.

Claudia Massferrer, profesora investigadora del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales y coautora del informe, explica que en el periodo de 1990 a 2000 la mayoría de los retornados emprendía un proyecto productivo o abría un pequeño negocio que le permitía contar con mayores ingresos, lo cual ya no sucede.

“A diferencia de los años anteriores, esta idea del retornado emprendedor se degrada un poco porque hay un mayor ingreso al mercado asalariado. Y ahí los migrantes de retorno se enfrentan a los mismos desafíos que se enfrenta la población que no migró: trabajos asalariados en el sector informal. A lo largo del tiempo, de 2000 a 2015, se da un aumento sobre todo en los hombres del trabajo asalariado informal sin prestaciones, y para las mujeres aunque se ve un ligero aumento de trabajo formal lo que vemos es que se traduce esto en salarios precarios.

“Cuando comparamos el salario promedio para hombres y mujeres del 2000 al 2015 lo que vemos es un cierre de la brecha entre salarios. Antes, los migrantes que regresaban tenían una ventaja sobre aquellos que no habían tenido esta experiencia migratoria, pero esta ventaja se pierde. Uno podría decir ‘bueno, nos hemos vuelto más equitativos, se cerró la brecha de desigualdades’, pero no. Lo que vemos es un cierre de la brecha a la baja, donde estos migrantes no están siendo capaces de que su capital humano, su capital social pague más en el mercado laboral como lo venía haciendo antes”, enfatiza.

Tan felices que estábamos

Francisco Juárez Villana es ingeniero agrónomo egresado de la Universidad de Chapingo. En el 2003 migró a Estados Unidos ante la falta de oportunidades en México y luego de ver que sus primos, que “apenas llegaron a la secundaria”, ganaban más que él trabajando allá como empleados en restaurantes o en la construcción.

En tres meses pasó de un trabajo de limpieza a uno administrativo, de gerencia, en donde le fue muy bien hasta la crisis de 2008, que aprovechó para buscar otros empleos e incursionar en el teatro. Fundó la compañía Tercera Llamada en Louisville, Kentucky, y se integró como locutor en varias estaciones locales donde hablaba de la cultura mexicana. Tenía trabajo y amigos, hasta que en enero de 2017 lo detuvieron y lo regresaron, luego de 14 años de residir en Estados Unidos.

De acuerdo con el informe de El Colmex, el ir y venir de la migración entre los dos países cambió a partir de 1986, cuando se endurecieron las políticas migratorias en Estados Unidos y se incrementó la falta de empleo. De 2000 a 2010 el número de mexicanos que retornaron de Estados Unidos se triplicó, al pasar de 266 mil a 824 mil, de acuerdo con estimaciones. En 2015 este número descendió a 442 mil.

Los migrantes que regresaron entre 2000 y 2015 se encuentran en edades económicamente más productivas. El grupo de edad de mayor tamaño fue el de migrantes adultos jóvenes de 35 a 44 años (de 18.3 a 28 %), mientras el de aldultos de 45 a 54 años se duplicó de 7.4 a 14 %. Las mujeres representan el mayor grupo entre los retornados menores de edad (57 % en 2015).

Desde el 2000, los migrantes de retorno se han establecieron en Jalisco, Michoacán y Guanajuato, estados tradicionalmente expulsores, pero también han escogido entidades con mayor rezagos sociales como Veracruz, Oaxaca, Guerrero, Estado de México y Baja California.

“A partir del análisis del Índice de Rezago Social encontramos que los retornados son más proclives que los no migrantes a residir en municipios con menos marginación. Sin embargo, esta tendencia se ha vuelto menos pronunciada en los últimos años. En 2010, 15 % de los retornados residía en un municipio con rezago social medio, alto o muy alto; en contraste, en 2015 esta presencia relativa aumentó 20 %. Dado que el volumen aumentó, el número absoluto de retornados que viven en municipios con carencias sociales también creció”.

Miles de costales de discriminación

Sin esposa e hijos, con 47 años, una discapacidad visual en un ojo y un dependiente directo (su papá), Francisco no califica para ser beneficiario de un programa de apoyo a jefes de familia que retornaron de Estados Unidos.

“Cuando uno llega acá, los problemas sociales de México se potencializan. Porque por ejemplo, yo que busco trabajo tengo discriminación por edad porque ya tengo 47 años. En Estados Unidos no hay esa discriminación por edad. Entonces el proyecto de poner una tiendita de pollos no se concreta porque esta vez soy discriminado por estado civil, porque se necesita ser casado para tener ese beneficio. Entonces: discriminación por edad, discriminación por trabajo, discriminación por color de piel, por apellido, por institución de donde vienes, donde estudiaste, y entonces yo en Estados Unidos fui discriminado pero sólo en un costal: yo era latino-hispano y ese era mi costal. Aquí llego y estoy en miles de costales de discriminación”, contó Francisco en el conversatorio sobre Migración de Retorno celebrado en la Cámara de Diputados el pasado 14 de marzo.

“Eso es lo que estoy viviendo. Después de un año sigo buscando empleo, y algo que sería muy fácil en Estados Unidos, aquí sigo en desesperación, incertidumbre y muchos de los problemas, como la discriminación, los vivimos todos los mexicanos, pero cuando llegamos es el golpe de recibir todo junto”.

Francisco forma parte del grupo de migrantes que han regresado y no encuentran empleo, sin importar el nivel de desarrollo de los municipios de destino. En 2010, el año con mayor número de retornados, el porcentaje en condición de desempleo fue de 7.5%, y aunque se redujo un poco en 2015 (5 %) es mayor al observado en 2000.

Los datos cambian cuando se trata de mujeres: mientras para los hombres no hay diferencias significativas considerando el grado de rezago del municipio, para las mujeres hay una brecha clara en la participación laboral entre los municipios con menor rezago y los demás, que se acentúa a lo largo del tiempo, resalta el informe. De hecho, entre las mujeres, las tasas de empleo son mayores para las retornadas que para la población no migrante.

Y las desigualdades entre sexos persisten. Entre los migrantes de retorno hay 25 veces más mujeres dedicadas a los quehaceres del hogar que varones. Sin embargo, si una mujer logra insertarse en el mercado laboral encuentra mejores condiciones laborales que un hombre. “Por ejemplo, la proporción de mujeres que recibía aguinaldo o servicio médico por su trabajo era un tercio más que la de los hombres en las mismas condiciones”.

Francisco regresó con su padre a Ahuatepec, en el municipio de Cuernavaca, Morelos, comunidad en la que servicios básicos como agua y alumbrado público corren por cuenta del usuario, y otros servicios como drenaje y transporte público no se obtienen ni pagando. No encuentra cómo superar las barreras de acceso al trabajo y de transferencia de habilidades que aprendió del otro lado, como el inglés.

Los migrantes de retorno comparten con la población no migrante muchos de los desafíos del mercado laboral en México, enfatiza el informe: dificultad para conseguir empleo, precariedad e informalidad laboral, salarios deprimidos y menores ingresos para las mujeres. Además afrontan retos adicionales, pues los contextos en que se insertan son distintos a los de su partida, con información limitada sobre los empleos disponibles y dificultades para comprobar su experiencia laboral en el extranjero o revalidar certificaciones.

“Además, las redes sociales de los retornados pueden haberse debilidtado si la estancia en el extranjero fue larga o si se les ha estigmatizado, dado que la deportación suele asociarse con criminalidad”.

El reto: estrategias diferenciadas de política pública que tome encuenta experiencia laboral previa, niveles y tipos de educación, habilidades formales e informales adquiridas, la edad y el sexo, entre otros, concluye el informe.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg.

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Crisis en Venezuela: La desesperada búsqueda de hormonas de los transexuales

Las personas que quieren cambiar su sexo biológico necesitan un tratamiento hormonal de por vida para mantener los cambios en su cuerpo. En Venezuela son hoy imposibles de encontrar, lo que acarrea graves riesgos para ellas.
27 de junio, 2019
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“Si volviera a parecer una mujer, no me atrevería a salir a la calle”.

A André le llevó mucho tiempo y esfuerzo construir la apariencia del hombre que siempre sintió ser.

Transformar el cuerpo de Bolivia Andreína Bellorín, la mujer cuyo nombre figura en su cédula de identidad pero en la que nunca se reconoció, le costó dos intervenciones quirúrgicas, meses de un caro tratamiento hormonal y un doloroso desencuentro con una madre ya fallecida que nunca terminó de aceptarlo.

Ahora, al encontrarlo en la cafetería de un centro comercial de Caracas, nadie diría que el cuerpo de este empleado en una empresa agrícola fue un día de mujer.

Pero él siente que algo está cambiando, que lo que tanto le costó podría, poco a poco, malograrse.

“Ya no me sale barba en muchas partes de la cara y me estoy poniendo más caderón”, cuenta preocupado. “Pero lo peor es mi voz, no soportaría que mi voz fuera otra vez la de antes“.

Como todos los transexuales que inician lo que los especialistas denominan “transición” para adecuar su sexo biológico a su personalidad, André Bellorín necesita un tratamiento hormonal de por vida para mantener los cambios alcanzados.

Su cuerpo se está feminizando de nuevo porque en 2014 lo interrumpió.

¿La razón? La misma que la de muchos otros problemas en Venezuela: la escasez.

De acuerdo con el Informe sobre la Situación del Derecho a la Salud elaborado el año pasado por varias ONG locales, Venezuela vive “un agotamiento extremo de los inventarios de medicinas, vacunas e insumos básicos” que se traduce en que muchos pacientes tienen graves dificultades para encontrar los medicamentos que necesitan.

Los trans y sus hormonas no se libran del problema.

“Cada vez se hizo más difícil encontrar la testosterona. Recorría una farmacia tras otra; a veces tenía suerte, otras no”, recuerda André, que cuenta incluso que hubo un año en que sus amigos le regalaron unos inyectables de testosterona por su cumpleaños.

Habían unido esfuerzos para traerlos desde Colombia.

Fue algo excepcional.

André Bellorín.

G. D. Olmo
A André le ha dejado de salir barba en la mayor parte de la cara y teme que la feminización de su cuerpo no se detenga.

“Yo no tengo dinero para comprar la hormona en Colombia y que me la manden todos los meses”, cuenta André, que como muchos en Venezuela estira su modesto sueldo al máximo para hacer frente a la hiperinflación.

Parte de los migrantes venezolanos

El cirujano Edward Romero, responsable de la Unidad Transgénero en la clínica Uciep de Caracas, ha notado en su consulta los efectos de la escasez de hormonas.

“La mitad de mis pacientes se ha marchado a países en los que pueden conseguir el tratamiento, sobre todo Colombia, Ecuador y Perú, donde es más económico”, afirma.

Es una cara menos conocida de la diáspora de más de cuatro millones de personas que, según Naciones Unidas, ha dejado Venezuela desde que comenzó la crisis económica que sufre.

Médico y usuario transexual.

G. D. Olmo
El doctor Edward Romero dice que la mitad de sus pacientes se han marchado a países donde podían encontrar las hormonas.

Suspender el tratamiento hormonal, como muchos se han visto obligados a hacer, no solo pone en peligro los cambios logrados sino que puede tener otras graves consecuencias.

Según el doctor Romero, “los usuarios con frecuencia caen en la depresión y en la ansiedad”.

Los jóvenes son los más vulnerables. “En los adolescentes que están atravesando el conflicto de la transgeneridad vuelve a haber ideas suicidas y explosiones violentas en el ámbito familiar“.

El problema se agudiza en el caso de los trans masculinos, en los que las hormonas provocan cambios más rápidos, pero que también desaparecen rápido.

La vuelta de la menstruación, que puede producirse ya a los tres meses de la interrupción del tratamiento, supone una experiencia traumática para muchos de ellos.

Transexuales en Caracas.

Getty Images
Las hormonas provocan cambios más rápidos en los transexuales masculinos, pero también desaparecen rápido.

Toni del Vecchio es uno de los trans a los que trató el doctor Romero. Asegura que “lamentablemente, hoy en Venezuela empezar un tratamiento hormonal es una cuestión de dinero”.

Él, un diseñador gráfico al que le va bien, se sabe miembro de una minoría de privilegiados. Puede pagar el coste de su medicación en Ecuador y el envío desde allí.

Para la mayoría de los que resisten en Venezuela y no se resignan a que su cuerpo se convierta en aquello de lo que escaparon, conseguir las hormonas se ha convertido en una especie de odisea.

Venezolano rumbo a Colombia

Karl Rodríguez consume ahora lo que le queda de Nebido, un inyectable en ampollas que debe suministrarse cada tres meses para mantener los niveles de testosterona.

“Viajé hasta Colombia en la camioneta de un amigo para comprarlas a US$80 cada una”.

Ahora, cuenta, está ahorrando lo que puede de su sueldo de cocinero en el Banco Central para repetir el viaje y renovar sus existencias.

Sabe que no será fácil. Viajar por carretera en Venezuela se ha convertido en misión de alto riesgo. A la inseguridad se suma últimamente el problema de la dificultad para encontrar combustible en la mayor parte del país.

Karl dice que nada de eso lo detendrá. “De una manera o de otra conseguiré mis hormonas”.

Karl Rodríguez

G. D. Olmo
Karl Rodríguez tuvo que viajar por carretera hasta Colombia para conseguir las hormonas que necesitaba.

La desesperación por conseguirlas llevó a algunos a buscar en internet lo que no podían encontrar en las farmacias.

“En Venezuela lo único que puedes encontrar son páginas web que ofrecen las hormonas, nunca por debajo de US$300“, explica Del Vecchio.

Más alto que el coste son los riesgos para la salud de adquirir uno de estos productos sin certificación y consumirlo sin supervisión médica, como algunos hicieron.

El doctor Romero cuenta que trató a personas que recurrieron a hormonas animales, lo que puede provocar crisis hipertensivas y otros trastornos.

Un transexual que prefirió no dar su nombre refirió a BBC Mundo que compró por internet lo que creyó era testosterona y luego resultó ser resina vegetal.

Ahora tiene unos bultos en los glúteos, no sabe cuándo desaparecerán y ha renunciado definitivamente a hormonarse.

Situación de los LGBT en Venezuela

Para activistas y organizaciones de defensa de los gays, lesbianas, bisexuales y transexuales (LGBT) en Venezuela, los problemas de los transgénero para conseguir su medicación son un reflejo más del marco de precariedad y falta de derechos que sufre este colectivo.

Para Quiteria Franco, de la ONG Unión Afirmativa, “el país siempre estuvo mal en este campo, pero ahora estamos a la cola en la región“.

Venezuela no reconoce el derecho al cambio de identidad de los transgénero. Es además uno de los pocos de Sudamérica que no admite el matrimonio y ni siquiera contempla la unión civil entre personas del mismo sexo.

BBC Mundo intentó obtener información sobre la situación del colectivo LGBT en el país, pero el Ministerio de Comunicación no respondió a la petición.

Quiteria Franco resume la situación. “Somos un problema que nunca le ha importado a nadie”.


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