Por qué los cables baratos pueden matar tu celular al cargarlo
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Por qué los cables baratos pueden matar tu celular al cargarlo

¿Algo anda mal con tu celular? Quizás la culpa sea del cargador que usas y no de la batería porque los transmisores de corriente tienen también un papel importante en el rendimiento de los dispositivos.
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27 de junio, 2018
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La próxima vez que decidas conectar tu celular a un cargador, quizás debas preguntarte: ¿es este un cable de mala o baja calidad?

La pregunta no es simple pedantería; un cargador barato podría causar estragos irreparables a tu teléfono.

La situación es familiar para muchos. Te quedas sin batería y agarras el primer cargador que se te ponga al alcance para darle un par de rayitas a la batería de tu celular. Salvado.

O puede que te compres un cargador extra, a módico de precio, para tener en la oficina o llevar contigo a todos lados.

Diferentes tipos de enchufes.

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Hay distintos sistemas eléctricos con distintos voltajes que pueden afectar al funcionamiento de tus dispositivos.

Sin embargo, dependiendo del cable que se trate, esta no es una práctica en absoluto recomendable.

Estos son algunos de los efectos que pueden tener:

1. Freirá tu celular

El cable de tu celular es en realidad un transformador de corriente que convierte los voltajes de un circuito en aquellos que necesita tu teléfono.

Esto lo hace gracias a un chip, que en los teléfonos de iPhone se llama Tristar pero de forma genérica se denomina E75 o U2 y que regula la cantidad de energía que puede recibir la placa de tu teléfono.

Como indica Jesa Jones, del blog especializado Ipad Rehab, el E75 escanea y se asegura de que todo esté bien antes de que la corriente empiece a pasar. Si un cable no tiene el chip necesario entonces aparecerá un mensaje en tu celular indicando que el accesorio no es compatible.

Celular con cable cargado

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Los cargadores con garantías, generalmente más caros, tienen un chip que controla la potencia eléctrica que recibe tu teléfono.

Entonces ¿por qué no aparece esto en tu dispositivo cuando lo conectas a un cable barato?

La respuesta es que muchas compañías fabrican un falso E75 que engaña a tu celular para que deje pasar la corriente pero que podría acabar con tu teléfono si lo conectas a una corriente con alto voltaje.

2. Cargas más lentas

Un cable que no sepa regular los voltios del circuito hará también que las cargas sean más irregulares, con altos y bajos. Sin una fluctuación constante de energía, la carga completa será mucho más lenta que con los cables que controlan el suministro.

3. Problemas de seguridad

Muchas veces los cables más económicos, para no dispararse en costos, ahorran en aislamiento.

Dejar pasar por un cable cientos de voltios de electricidad sin un control adecuado puede fundir tu cargador y también el enchufe al que lo tienes conectado.

Persona quemada levemente tras una mala transmisión de corrientes.

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Un fallo en la regulación de la corriente que pasa a tu celular puede afectar a tu cargador y hasta hacer pequeños daños en la instalación eléctrica de la casa.

Generalmente los paneles de electricidad de las viviendas saltan cuando esto ocurre y no tiene mayores consecuencias pero puedes llevarte un susto y acabar con un enchufe y cargador arruinado.

Cómo reconocer un buen cargador

No siempre es necesario pagar los precios que imponen las casas fabricantes de los celulares, ya que normalmente sí son más altos, pero es recomendable que intentes buscar uno que tenga una garantía de fabricación que asegure que fueron diseñados para ese modelo en concreto.

En el caso de los iPhone muchos accesorios que no son de Apple pero sí fabricados para productos de la firma tales como auriculares, cargadores, etc… llevan una pegatina que dice MFi, que significa Made for iPhone (hecho para iPhone).

Persona enfadad mirando al celular.

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Si tu teléfono te desespera porque se agota poco después de haberlo tenido en carga la causa no siempre está en la batería. La culpa puede ser del cargador.

Pero si aún así dudas de que puedan engañarte con imitaciones, estas son algunas señales de que tu cargador no es el correcto, indica el experto en reparación de aparatos electrónicos Matthew Zieminski en un artículo en el portal Medium:

  • No se carga.
  • Falsa carga (muestra el icono de la pila pero el porcentaje está al 0%).
  • La batería baja de un porcentaje a otro rápidamente.
  • La carga es aleatoria: a veces, muy rápido; otras, muy lento y otras se estanca.
  • La batería está a un cierto porcentaje, lejos del 5%, y se apaga de repente.

 

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La “jefa Juanita” murió por COVID-19 a un mes de jubilarse como enfermera

Juanita Petra Silva tenía 54 años y era supervisora de enfermería en el hospital Belisario Domínguez. Murió el 21 de mayo después de tres semanas con síntomas de COVID. En junio comenzaban sus trámites de jubilación tras 32 años de servicio.
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A Juanita Petra Silva Isidoro, de 54 años, todo el mundo la conocía como la “jefa Juanita” en el Hospital Belisario Domínguez. Allí trabajó como enfermera los últimos 14 años. Estuvo al frente de Neonatología, Terapia Intensiva y, por último, como supervisora. Allí, con el que fue su equipo durante tantos años, murió el pasado jueves 21 de mayo, víctima de complicaciones derivadas de la COVID-19. 

Podía haberse jubilado en 2019 pero decidió quedarse un año más. Le gustaba demasiado su trabajo. Tenía la esperanza de terminar su carrera en el área de neonatos, el lugar donde tuvo su primer empleo en el hospital Legaria hace 32 años.  

Pero entonces llegó la maldita pandemia y todos los planes se frustraron.

A pesar de todo, en junio comenzaban sus trámites de prejubilación. Así que estaría un mes hasta que le llegase la licencia de 90 días previa a despedirse definitivamente. 

La COVID-19 la atrapó antes.

Su cuerpo abandonó el hospital Belisario el viernes. Marchaba por última vez de la que fue su segunda casa. El féretro fue acompañado por los aplausos de todos sus compañeros, que realizaron un pasillo humano hasta la puerta de salida. 

Había muerto la “jefa Juanita”, otra mártir del coronavirus, una nueva víctima en el colectivo de trabajadores de hospitales, hombres y mujeres que hacen frente a una pandemia desconocida con medios escasos y expuestos a grandes riesgos. 

“Las sirenas sonaban y ahí estaba toda la gente: enfermeras, médicos, personal de intendencia. Todo el mundo se expresaba de una forma tan bonita, tan positiva, tan conmovedora sobre mi mamá”, dice Mayra Laura De Rosa Silva, de 28 años, hija mayor de la enfermera fallecida.

Lee: ‘Nunca lo imaginé, este lugar era de gente poderosa’: Así es la estadía de médicos y enfermeras en Los Pinos

El homenaje a Juanita es el símbolo de un colectivo golpeado. A fecha de martes 19, en México había 11 mil 394 casos de coronavirus entre el personal médico, así como 149 defunciones. Entre ellas no estaba contabilizada la enfermera, que falleció dos días después. Cada semana, la Secretaría de Salud actualiza los datos de las víctimas que se dejan la vida intentando que otros salgan adelante. 

El domingo 24 de mayo, la “jefa Juanita” fue inhumada en el Panteón civil San Lorenzo Tezonco, justo al lado del hospital Belisario. “Pareciera que el destino quiere que esté siempre cerca del hospital”, dice su hija.

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La COVID-19 es una enfermedad cruel y la soledad uno de sus castigos. En su inhumación, solo pudieron estar seis personas. Su esposo, Raúl De Rosa Cueto; sus dos hijas, Mayra Laura y Juanita Abril, su mamá y dos hermanos. 

Dos días antes, todo el hospital había salido a dar el último adiós a una de las suyas. “El amor que ella dio es el que recibe ahora. Eso se nota en su despedida. Ella se fue, pero se entregó a los pacientes hasta el último día”, dice Mayra. 

“Si algo puedo decir es que fue entregada hasta el último momento”, afirma.

Enfermera vocacional y muy respetada por sus compañeros

“A veces le preguntaba: si volvieses a nacer, ¿qué te gustaría haber estudiado? Y ella me decía: lo mismo”. Mayra, hija mayor de Juanita, explica la vocación de su madre. Quería ser enfermera casi antes incluso de que le preguntasen “qué quieres ser de mayor”.

Por eso estudió en la Escuela de Enfermería y se especializó en neurología infantil. Nunca dejó de formarse. Actualmente estaba terminando la licenciatura en la Universidad del Sur.  

Nació en Cuacnopalan, Palmar de Bravo, Puebla, en una familia humilde. Era la tercera de nueve hermanos. Su padre trabajaba como albañil y su madre en la casa. 

Lee: Detienen a un hombre por discriminación y agresión contra enfermera en Querétaro

Sus familiares, cuenta Mayra, fueron los primeros pacientes. 

“Siempre le apoyaron. Me contaba mi abuelita que desde chiquita se ponía trapitos, si alguien se quemaba de sus hermanos, ella los curaba. Luego comenzó sus estudios y, por ejemplo, cuando aprendió a inyectar le decía un hermano, aprende en naranjas, luego practica conmigo”, explica.

Posteriormente se mudó a Tulyehualco, donde creó una familia con Raúl, el hombre que le invitó a bailar en una feria, le llamaba “chaparra” y con el que pasó toda su vida. Este año hubiesen celebrado sus treinta años de casados.  

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Durante 18 años trabajó la “jefa Juanita” en el Hospital Pediátrico Legaria. Hasta 2017, cuando se trasladó al Belisario Domínguez y se ganó el sobrenombre de “jefa”. 

“Era alegre, te sabia escuchar. También era muy profesional en su trabajo, optimista y leal. Un elemento característico de ella es que portaba su uniforme impecable, que estaba siempre bien alineada”, recuerda Gladys Santiago Sánchez, actual coordinadora de enfermería en el Belisario. 

“Fue una mujer muy entregada. Del gremio de salud, el más comprometido es el de enfermería. Es el equipo más disciplinado. Juanita era una persona que siempre estuvo en disposición de ayudar, estudiosa, amable con el personal, tranquila”, afirma el doctor Miguel Ángel Toscano, jefe del área de Terapia Intensiva del Belisario.

La enfermedad evoluciona rápidamente

Nadie puede determinar cuándo se contagió la “jefa Juanita”. El Belisario Domínguez fue reconvertido en hospital-Covid19, así que atiende únicamente a pacientes con coronavirus. Pudo ser en alguna de sus rondas por las áreas donde están los enfermos. O que alguno de sus compañeros, también infectado, le pasase el bicho al acudir a su despacho a presentar un informe. Incluso cabría la posibilidad de que hubiese enfermado en el exterior. Las opciones son amplias en un hospital en el que el personal ha reclamado en varias ocasiones por la escasez de insumos contra la pandemia, un fenómeno que se replica en hospitales de todo el país. 

Calixta Concepción Ramos, jefa de enfermería, también cayó enferma. Además, de las cuatro supervisoras de enfermería, dos resultaron contagiadas. 

Lee: En México no hay suficientes crematorios para los miles de muertos por COVID-19

“Fuimos juntas a hacernos la prueba”, explica. Todavía no se cree que su amiga haya muerto y le cuesta hablar de ella en pasado. 

“El lunes 4 ya nos encontrábamos muy cansadas y en el hospital no nos querían hacer las pruebas, ya que hay pocas y son para los pacientes. Así que una compañera nos recomendó ir al centro de salud de Tlaltenco”, dice.

Allí se fueron las dos, nada más terminar su turno.

Dos días después les informaron de que estaban autorizadas para hacer el test y al poco recibió el veredicto: infección por COVID-19. Para entonces ya se había aislado en casa y el ISSSTE le había concedido la incapacidad de una semana por posible coronavirus. Fue una decisión difícil para alguien que “jamás había faltado a trabajar”, según explica su hija Mayra. Pero no le quedaba otra. Su salud empeoraba y, además, era un foco de contagio.

Todavía sabemos poco de esta enfermedad. Es una lotería cruel. Ella hacía todo lo que estaba en sus manos, pero su cuerpo no respondía. 

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El 10 de mayo, día de la madre, recibió las llamadas de sus amigas como Calixta Concepción Ramos. 

“Ese fue el último día que platicamos. Yo iba mejorando y ella se deterioraba”, dice. 

El 12, Día Internacional de las Enfermeras, fue internada en el Belisario. Su hija Mayra la trasladó y le dijo “te amo” antes de dejarla en manos de sus compañeros. “Yo más”, le respondió Juanita, que para entonces ya apenas podía respirar y sufría problemas de visión. 

La pandemia ha extendido el temor al ingreso hospitalario. En la calle se dice que quien llega al centro médico tiene más posibilidades de perder la vida, que puedes infectarte. El miedo y la falta de información construyen explicaciones irracionales.

La “jefa Juanita”, sin embargo, era consciente de que ir al hospital era aceptar que su estado agravaba y que si la gente no sale adelante es porque la enfermedad no tiene piedad. Pero también sabía que estaba en buenas manos. Que si alguien podía sacarle adelante eran sus compañeras. 

Lo había dicho en repetidas ocasiones: “si me pongo peor, llévenme con mi equipo. Ellos saben lo que hacen y confío en ellos”.

Durante nueve días y nueve noches, sus compañeros, los mismos con los que trabajó los últimos 13 años, se desvivieron para sacarla adelante. 

No pudieron hacer nada. 

El 15 de mayo fue intubada. Seis días después, Mayra recibió la llamada que nunca hubiese querido tener: la fiebre de su madre no se bajaba, cada vez le costaba más respirar y había que prepararse para lo peor. 

Tuvo la oportunidad de despedirse desde un cristal.

El recorrido hasta el área de Patología, donde se guardan los cuerpos hasta que llegan las funerarias, lo hizo el cuerpo de la “jefa Juanita” rodeada por batas blancas y con la música de Las Golondrinas. Cuando abandonó definitivamente el centro hospitalario todo el mundo estaba ahí. 

El fallecimiento de una compañera es un duro golpe para todo el personal de los hospitales. 

“Nunca imaginamos esta situación. No estábamos preparados. Trabajamos con aislamiento en otras enfermedades infecciosas, pero esto es diferente”, dice Gladys Santiago.

“No me imagino llegar y que Juanita no esté”, lamenta Calixta Concepción Ramos.

El domingo por la mañana, la “jefa Juanita” fue inhumada en el panteón San Lorenzo. Su hija Mayra la recuerda con orgullo. “Si faltaba personal en un área, ella entraba. No hubo día que no fuese a ver a sus compañeras y siempre se entregó a sus pacientes”, dice.

Cuando todo esto acabe, dicen sus compañeras que piensan hacerle un homenaje. El último adiós a la enfermera que tenía que haberse jubilado pero que murió en el hospital en el que tantas vidas ayudó a salvar. 

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