La travesía de Norma Andrade: un feminicidio resuelto sin una sola orden de aprehensión
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Abraham Rubio

La travesía de Norma Andrade: un feminicidio resuelto sin una sola orden de aprehensión

El recorrido de Norma Andrade en busca de justicia para su hija Lilia Alejandra —secuestrada, violada y asesinada en 2001— trasciende a administraciones federales, estatales y municipales. Han atentado contra su vida en dos ocasiones. Sin embargo, no ceja en su esfuerzo.
Abraham Rubio
Por Marco Antonio López / YoCiudadano
31 de agosto, 2018
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A Norma Andrade le dijeron en la Fiscalía de Chihuahua, cuando su hija Lilia Alejandra García, de 17 años, no volvió a su casa después del trabajo en una maquiladora, que ‘se había ido con el novio’.

Era 14 de febrero de 2001. Lilia Alejandra “desapareció” una semana. La mañana del 21 de febrero fue encontrado su cuerpo sin vida enredado en una cobija en un terreno baldío, entre dos de las avenidas más transitadas de Ciudad Juárez: la Tecnológico y la Ejército Nacional.

El cuerpo de Lilia Alejandra tenía marcas de sujeción en las muñecas, escoriaciones en la cabeza, una fractura craneoencefálica, golpes en la nariz, en ambos pómulos, en los ojos, lesiones en el cuello consistentes en una asfixia por estrangulamiento, huellas de sujeción de laceración en ambos muslos, además de múltiples lesiones en la región vaginal y anal, y tenía en su cuerpo también rastros de semen de varios agresores.

Así se supo que Lilia Alejandra fue víctima de un grupo de hombres que la secuestró y la mantuvo en cautiverio, para violarla y torturarla una semana entera. Ni estaba con el novio, ni desapareció, ni se murió. A Lilia Alejandra la asesinaron.

Desde ese día su madre, Norma Andrade, ha enfrentado a tres presidentes en turno del país y uno electo (Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador); a cuatro gobernadores de Chihuahua (Patricio Martínez, José Reyes Baeza, César Duarte y Javier Corral); y a siete presidentes municipales en nueve administraciones distintas (Gustavo Elizondo, Jesús Alfredo Delgado, Enrique Serrano, Javier González Mocken, Armando Cabada, y a Héctor Murguía y José Reyes Ferriz en dos ocasiones a cada uno).

“Es que ellos no entienden que a mí no me mataron un perro. Que mi hija era un ser humano”, me dijo Norma una tarde nublada en la ciudad de San Luis Potosí, con su voz fuerte, característica de las personas en las que no hay un espacio para dudar.

“No era un perro”, repitió más despacio esa tarde pero ya no para mí, sino para ella, para el viento que soplaba insistente moviendo los pinos frente a la casa. Como un eco quedó el registro de su voz. Como un eco potente es su vida, replicando siempre acciones que buscan, como con una linterna sumergida en una abrumadora oscuridad, un resultado olvidado en la práctica cotidiana: Justicia.

Por eso estaba en San Luis esa tarde de mayo. Iba junto con otras 30 personas, pidiendo de ciudad en ciudad —de Ciudad Juárez a la Ciudad de México— que las escucharan, que atendieran sus casos, que alguien interviniera por ellos y le dijeran al gobernador, Javier Corral, que los escuchara. Caravana de la Realidad del Norte, se llamó eso. Entonces los familiares de víctimas de feminicidio, los de “desaparecidos”, los de desaparición forzada, los del Valle de Juárez, los que se oponen a la militarización de la frontera, unieron las luchas de una misma realidad.

De los gobernantes que ha tratado Norma, todos, de alguna manera, antes o ya electos, le han prometido una justicia que a 17 años no llega. Todos excepto uno.

El 8 de agosto el gobernador del estado, Javier Corral, dijo públicamente que el caso de Norma Andrade estaba resuelto, pero que motivaciones “personales o políticas” la hacían negarse para desprestigiar a su gobierno. No sólo eso. Lo grabó en video y lo publicó en sus cuentas de redes sociales. En total Javier Corral habla casi cuatro minutos. Va hilando una mentira tras otra. En la descripción del video escribió: “Voces con motivaciones personales o políticas buscan desprestigiar el esfuerzo realizado”.

Un día antes, en el foro para la pacificación del país que encabezó el presidente electo Andrés Manuel López Obrador en Ciudad Juárez, los familiares de víctimas que quedaron afuera del evento exigieron entrar.

Como casualidad inexplicable el hombre encargado de detener a las víctimas estudió en la secundaria junto a Norma Andrade. Ella, al frente de las otras madres, le dijo: “tú me conoces, sabes lo que me pasó, ¿no me vas a dejar pasar?” y el hombre optó por hacerse a un lado frente al dilema moral que implica hacer lo que se debe o lo que se quiere.

Enfrente del presidente electo decenas de madres y familiares de víctimas de feminicidio y desaparición gritaron su reprobación a Javier Corral. José Luis Castillo —padre de Esmeralda Castillo Rincón, desaparecida desde el 19 de mayo de 2009 en Ciudad Juárez— brincó al estrado para encarar al gobernador y exigirle una entrevista.

Junto a López Obrador, Javier Corral firmó un papel que le dio José Luis para que cumpliera su palabra y le diera la cita que, tan sólo a Norma y a él, les negó con más frecuencia de la que pasan los nombres de los meses en el año: entre los dos le pidieron 14 veces una reunión que fue negada.

En una hoja de papel el gobernador Javier Corral escribió “reunión hoy” y dejó su firma. Ese día terminando el foro salió sin atender a ninguna víctima.

En este contexto, al siguiente día, no sólo no les dio la fecha para la reunión, sino que subió el video en el que decía que a José Luis se le acompañó en “rastreos personales”, que el caso de Norma estaba resuelto, que las víctimas tenían reuniones a “cada rato” con él y que trabajaba muy cerca de las organizaciones. Luego de hablar de las organizaciones dijo que “es un crimen seguir medrando con el dolor”.

Pero ni las organizaciones medran con el dolor, ni las víctimas tienen reuniones a cada rato con él, ni José Luis ha realizado búsquedas personales con ayuda de la Fiscalía, de acuerdo con ellos mismos. Y el caso de Norma Andrade no está resuelto porque no hay siquiera una orden de aprehensión contra algún presunto responsable. Mucho menos detenidos ni sentencia.

Al menos 3 personas participaron en el feminicidio de Lilia Alejandra

El cuerpo de Lilia Alejandra y la cobija que cubría su cuerpo desnudo, violado y brutalmente golpeado, después de ser examinados lanzaron como resultado tres perfiles genéticos. Uno se recogió de manchas de sangre en la cobija, otro de las uñas de Lilia Alejandra y uno más del semen en la vagina de la adolescente. Para cerrar el caso es necesario que por lo menos se detenga a tres personas implicadas en el feminicidio.

En el 2008 la representación legal de Norma Andrade pidió que se cotejaran las tres muestras genéticas con las halladas en otros casos de feminicidio.

Uno de los registros que se logró identificar del semen encontrado en el cuerpo de Lilia, coincide también con el que se halló en los cuerpos de otras cuatro menores de edad: Rocío Cordero, de 10 años, asesinada en 1994; Rosa Isela Tena, de 14, asesinada en 1995; Sonia Ivette Sánchez, de 13, asesinada en 1996 y Coral Arrieta, de 17 años, asesinada en 2005, de acuerdo con David Peña, abogado del Grupo de Acción por los Derechos Humanos y la Justicia Social.

Con el perfil genético del agresor se solicitó un cruce con la base de datos de empleados de Gobierno del Estado de Chihuahua. El 5 de junio de 2010 el Ministerio Público informó que: “Existe una coincidencia en el haplotipo del cromosoma y el cual corresponde a una muestra de sangre en la tarjeta de Enrique Castañeda Ogaz, agente ministerial de la Procuraduría de Justicia del Estado de Chihuahua, que murió asesinado el 19 de febrero de 2010 cuando salía de su casa”.

A partir de esa información se realizaron más pruebas que llevaron a determinar que el semen encontrado no era de Enrique Castañeda Ogaz, pero sí de alguien de su familia paterna. Hasta el momento la Fiscalía chihuahuense no ha realizado las diligencias necesarias para investigar a todos los miembros de la familia que vivieron en Ciudad Juárez en ese tiempo y que pudieron participar en los asesinatos. Falta al menos uno que se fue a vivir a Estados Unidos, cuenta Norma Andrade.

La Fiscalía determinó el 3 de abril de 2012 que: “De acuerdo al análisis victimológico de los casos, se establece uno de tipología específica, siendo personas del sexo femenino, de edad entre 11 y 17 años y de complexión delgada, lo que genera un patrón victimológico repetitivo. Se establece como un caso serial con evidencia conductual que tiene simbolismos sexuales”.

Lo que Norma y su defensa legal han logrado determinar, es que hay un grupo de hombres que viola y asesina serialmente a mujeres y niñas en Ciudad Juárez. Que uno de los registros del semen encontrado en al menos cinco víctimas de feminicidio pertenece a un miembro de la línea paterna de la familia del agente ministerial Enrique Castañeda Ogaz. Que otros registros de semen no han podido ser cotejados.

Pasaron 17 años sin justicia, 10 desde que se tuvo el resultado del semen que se relaciona con el caso de las cinco niñas, y ocho desde que se determinó que pertenece a un familiar paterno del agente Castañeda Ogaz. Norma ha sido víctima de la ineficiencia del Estado para resolver el caso.

La indiferencia de las autoridades en la investigación del feminicidio de su hija la orilló a llevar el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En la audiencia del 7 de mayo de este año, el Estado Mexicano aceptó su responsabilidad internacional y pidió una resolución amistosa. Ahí, en Puerto Rico, Norma Andrade, el abogado David Peña y la abogada Michel Salas conocieron al ministerio público Sergio Castro, que estaba encargado de la carpeta de investigación del caso de Lilia Alejandra, quien apenas tenía con la carpeta desde febrero de este año y no se había presentado con los familiares de las víctimas.

A pesar de que las investigaciones han tardado más de 17 años, bastaron dos semanas después de la audiencia en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para que el ministerio público al que recién se le había encargado la carpeta  diera con el presunto responsable, de acuerdo con un boletín que publicó la Fiscalía General del Estado de Chihuahua el domingo 20 de mayo.

En el boletín se nombra a las niñas que están relacionadas con el caso de Lilia Alejandra, pero no la menciona a ella directamente. Unos días después, luego que el ministerio público hablara con Norma y su defensa y estos dijeran que investigarán a fondo la relación real del detenido con los casos, el boletín fue eliminado de la página de la Fiscalía.

El sábado 19 de mayo, mientras la Caravana de la Realidad del Norte salía de Ciudad Juárez hacia Chihuahua, Manuel Navarro era ingresado al Cereso Estatal 3, luego de confesar, sin que se le cuestionara por eso, que asesinó al menos a diez niñas entre 1994 y 2005 en Ciudad Juárez, entre las que se encuentran, presuntamente, Sonia Ivette Sánchez, Rosa Isela Tena, Coral Arrieta, quienes coinciden con uno de los agresores de Lilia Alejandra.

“También mencionaron que hay otra víctima más en la que el ADN del agresor tiene coincidencia”, dice una nota publicada en El Diario de Ciudad Juárez.

Cuando le comentan a Norma sobre la eliminación del boletín de la Fiscalía, dice tranquila: “no me sorprende para nada”.

Así que, de pronto, surgió una persona en la carpeta de investigación que no había sido mencionada ni aparecía en alguna línea de investigación y está detenida, mientras que la persona que aparece como principal sospechosa en la línea que se ha seguido los últimos diez años, sigue sin ser llamada a comparecer para hacer las pruebas genéticas.

El responsable que le presentó la Fiscalía a Norma y que no estaba relacionado con el caso está preso en el Cereso de Ciudad Juárez a la espera de ser juzgado, pero por otros casos. Por el de Lilia Alejandra no se ha emitido siquiera una orden de aprehensión, dijo Norma, versión corroborada por la vocera de la Fiscalía de la Mujer de Ciudad Juárez, Silvia Nájera.

En cambio, en Chihuahua, hacia donde fue removida la carpeta de investigación de acuerdo con David Peña, la vocera de la Fiscalía de la Mujer, Jéssica Rentería, sólo dijo que no estaba enterada y que no sabía, exactamente, en dónde se encontraba esa carpeta. Después se comprometió a devolver una llamada que no devolvió.

Norma dijo que traerá a la coordinadora de peritos de las Abuelas de Plaza de Mayo, en Argentina, para que haga los cotejos de ADN necesarios para probar científicamente si ese hombre es el responsable.

Lilia Alejandra tuvo dos hijos: Jade, de un año ocho meses y Caleb, de cinco meses. Ahora, 17 años después, ellos son mayores de lo que fue su madre. Mientras escribo esto Caleb cumple 18 años, su abuela, que en la práctica es su madre, lo felicita antes de que salga camino a la universidad. Todavía no saben por qué asesinaron a Lilia ni quién o quiénes son responsables. A pesar de ello, para Javier Corral se trata de un caso resuelto.

Se buscó la versión de la Fiscalía para que explicara la prueba científica que relaciona a Manuel Navarro con el homicidio del Lilia Alejandra, y a la que se refirió el gobernador de Chihuahua, pero no hubo respuesta.

A Norma la han intentado asesinar en dos ocasiones. Una de ellas recibió cinco disparos en Ciudad Juárez. Después, en la Ciudad de México, un hombre tocó a su puerta y la apuñaló en el cuello. Dice que no se cierra a que Navarro esté involucrado pero que no le pueden cerrar el caso con un detenido. Que la investigación debe seguir hasta dar con los tres.

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Dominio público

El papa que decretó un confinamiento y salvó a Roma de la peste en el siglo XVII

Hace 400 años Alejandro VII ordenó unas medidas sanitarias que, según los investigadores, hizo que una epidemia de peste tuviera una baja letalidad en la que es hoy la capital de Italia.
Dominio público
18 de abril, 2021
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Era un intelectual, un aficionado al arte y la arquitectura, doctor en filosofía, teología y derecho. Cuando el italiano Fabio Chigi (1599-1667) se convirtió en el papa Alejandro VII, ni en sus peores presagios imaginó que tendría que enfrentarse a una epidemia de peste.

Su reacción, sin embargo, fue contundente.

Aunque la ciencia descubrió la bacteria causante de la peste en 1894 —gracias al bacteriólogo Alexandre Yersin—, el sumo pontífice decretó medidas sanitarias que, según investigadores, contribuyeron a que la letalidad en Roma fuera mucho menor que en otros lugares afectados por la misma epidemia.

Según un estudio del historiador italiano Luca Topi, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza, entre 1656 y 1657 la peste mató al 55% de la población de Cerdeña, la mitad de los habitantes de Nápoles y al 60% de los residentes de Génova.

En Roma, en cambio, murieron 9.500 personas de un total de 120.000, menos del 8%. Estos datos fueron publicados en una revista científica italiana en 2017.

Se calcula que distintas olas de la peste arrasaron con cerca de la mitad de la población europea.

Cuando llegaron los primeros reportes de muertes por la epidemia en el entonces reino de Nápoles, Alejandro VII llevaba un año como pontífice.

Representación pictórica de la peste en Italia.
Getty Images

Diversas olas de la peste mataron a casi la mitad de la población europea.

El papa no era sólo el líder del catolicismo. Si hoy es el soberano del diminuto estado del Vaticano, en aquella época mandaba sobre los llamados Estados Pontificios, que comprendían Roma y buena parte de los alrededores; prácticamente todo el centro de la Italia actual.

Esta fascinante historia cuenta cómo muchas de las restricciones que se aplican hoy contra la pandemia de coronavirus dieron resultado en Roma contra la peste hace 400 años.

¿Cuáles fueron las medidas del papa?

Dentro de los dominios papales, el brote ocurrió entre mayo de 1656 y agosto de 1957.

Tan pronto como llegaron las primeras noticias de la peste a Roma, Alejandro VII puso en alerta al Congreso de la Salud, que había sido creado en un brote anterior.

Las medidas de contención se implementaron gradualmente, según la situación se volvía más peligrosa.

El 20 de mayo se promulgó un decreto que suspendía todo comercio con el reino de Nápoles, que ya se encontraba muy afectado.

Cuadro del siglo XVII de la Plaza de San Pedro en El Vaticano.

Getty Images
En el siglo XVII, el papa era la máxima autoridad en los Estados Pontificios, que comprendía la región de Roma y alrededores, prácticamente todo el centro de la actual Italia.

La semana siguiente, el bloqueo se extendió y se prohibió la entrada a Roma de cualquier viajero que viniese de allí.

El 29 de mayo, en la ciudad de Civitavecchia, ubicada en los Estados Pontificios, se registró la llegada de la peste e inmediatamente se impuso la cuarentena.

“En los días y meses siguientes, se aislaron muchas otras localidades de ese territorio”, detalla el historiador Topi en su artículo.

En Roma, la decisión fue radical: se cerraron casi todos los portones de acceso a la ciudad. Solo ocho permanecieron abiertos, pero eran protegidos las 24 horas del día por soldados supervisados por “un noble y un cardenal”.

A partir de entonces, cualquier entrada debía ser justificada y registrada.

El 15 de junio Roma tuvo su primer caso: un soldado napolitano que murió en un hospital. Las normas se endurecieron aún más.

El 20 de junio se implantó una ley que obligaba a los ciudadanos a informar a las autoridades en caso de conocer algún paciente.

Posteriormente, un nuevo dispositivo papal comenzó a obligar a cada párroco y sus asistentes a visitar, cada tres días, todas las casas de sus distritos electorales para identificar y registrar a los enfermos.

Luego corrió la noticia de otra muerte, esta vez un pescador de la región del Trastévere.

“Los familiares de la víctima también se infectaron y muchos murieron”, cuenta Raylson Araujo, estudiante de teología de la Universidad Católica Pontificia de Sao Paulo, Brasil, quien también investigó el asunto.

La primera idea fue intentar aislar la región.

Ilustración de Alejandro VII.

Dominio Público
Alejandro VII impuso medidas graduales hasta llegar al confinamiento total.

“El papa también era la autoridad civil. Conforme la epidemia comenzó a extenderse, implementó medidas de aislamiento. Tras prohibir el comercio con Nápoles, decretó otras reglas de distanciamiento social: prohibió reuniones, procesiones y todas las devociones populares”, dice Araujo.

El endurecimiento de las medidas fue gradual hasta llegar al confinamiento total.

“Conforme pasó el tiempo, el papa adoptó nuevas prohibiciones. Las congregaciones en la iglesia fueron suspendidas, las visitas diplomáticas también, al igual que encuentros religiosos y reuniones públicas, se vigilaron los caminos”, enumera Araujo. “Se suspendieron todas las aglomeraciones civiles”.

“Se prohibieron diversas actividades económicas y sociales. Se cancelaron las fiestas y ceremonias públicas, civiles y religiosas”, dice el seminarista Gustavo Catania, filósofo del Monasterio de São Bento de Sao Paulo.

Plaza de San Pedro vacía por las restricciones en Roma.

Getty Images
Al igual que con la pandemia de coronavirus, en el siglo XVII se prohibió asistir a celebraciones religiosas en Roma.

“Se suspendieron los mercados y se echó a algunas personas que vivían en la calle porque podían ser causa de contagio. Se prohibió el cruce nocturno del río Tíber”.

El papa también determinó que nadie debía ayunar, con el objetivo de que la población se alimentanse y mantuviese así más saludable por si se contagiaba.

A todos aquellos que tuvieran al menos una persona infectada en la familia se les prohibió salir de casa. Para garantizar la asistencia, Alejandro VII separó a los sacerdotes y médicos en dos grupos: los que tendrían contacto con los enfermos y los que no, quienes atenderían al resto de la población.

“Preocupaba que los sacerdotes se convirtieran en vectores de la enfermedad”, dice Araujo.

Los médicos tenían prohibido huir de Roma“, dice Catania, señalando que muchos temían infectarse.

Como los pacientes estaban aislados, se creó una red de apoyo a la población.

“Había una previsión de ayuda económica para las familias que no podían salir de casa y algunas personas recibían comida por la ventana“, dice el seminarista.

En los meses de octubre y noviembre, cuando la incidencia de la enfermedad era mayor, incluso se preveía la pena de muerte para quienes infringieran las normas.

Negacionistas y noticias falsas

Sin embargo, no todos admitían la gravedad de la situación.

Hubo quienes la desdeñaron y hasta difundieron bulos.

“Se acusó al papa de inventar la enfermar para su propio beneficio y para ganar popularidad”, comenta Mirticeli Medeiros, investigadora de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma.

Protestas negacionistas en Roma por la pandemia de coronavirus.

Getty Images
Como también ha sucedido en esta pandemia, hubo negacionistas en aquella época que no admitían la existencia de la enfermedad.

“Muchos no querían que el pontífice adoptara estas medidas para no alarmar a la población”, complementa.

Hasta sus colaboradores más cercanos le aconsejaron que no lo hiciera. Temían que, desde el momento en que se hizo pública la gravedad de la situación, a través de decretos y divulgaciones, la economía comenzara a sentir los efectos de este tipo de postura. Pero el papa fue firme y cumplió con su política de salud”.

Araujo compara esos hechos del siglo XVII con el “movimiento de hoy y la resistencia popular” para aceptar la gravedad de la pandemia de coronavirus.

“Comerciantes aconsejaron al papa que no adoptara las medidas, porque el cierre perjudicaba el comercio y la cosecha“, comenta el investigador.

“Hubo grupos que acudieron a él para pedirle que no promulgara más medidas de aislamiento. Querían maquillar y tapar la situación para que no se extiendera el pánico y cerraran los comercios”, continúa Araujo.

Hay informes de que un médico divulgó bulos sobre las verdaderas motivaciones del encierro.

“Hizo correr la voz de que tras las decisiones de este papa había intereses políticos”, dice el historiador Victor Missiato, profesor del Colegio Presbiteriano Mackenzie de Brasília.

“Fue acusado de difamación y terminó condenado a trabajar en un hospital, dedicado a curar la peste”.

Victoria contra la enfermedad

Cuando se resolvió el brote en 1657, la celebración estuvo a la altura.

Alejandro VII demostró el renacimiento de la Iglesia con monumentos que hasta hoy marcan El Vaticano, como el conjunto de columnas de la plaza de San Pedro, del escultor y arquitecto barroco Gian Lorenzo Bernini.

Columnas de Bernini en la Plaza San Pedro.

Edison Veiga
Las obras del papa Alejandro VII marcaron el aspecto de El Vaticano hasta hoy.

“En ese periodo era muy común que los papas visibilizaran su soberanía y poder. Los grandes monumentos de Roma de esa época fueron construidos con esa motivación”, contextualiza Medeiros.

“Como el caso de la Fuente de los Cuatro Ríos de la Piazza Navona, la Fontana di Trevi y otros”.

“Alejandro VII era un apasionado del arte y amigo de Bernini. Su comienzo como papa estuvo marcado por la peste”, explica.

“La forma que encontró de apagar aquel periodo sombrío fue invirtiendo en obras colosales. Las columnas de San Pedro representan los brazos abiertos de la Iglesia. La basílica de San Pedro fue restaurada como símbolo de poder temporal, no solo espiritual”.

Otros casos

Este no fue el único momento histórico en el que la Iglesia, en el pasado, cerró sus puertas por brotes y epidemias.

“Hubo otros casos en algunas diócesis de Italia, especialmente en el siglo XIX durante la epidemia de cólera”, recuerda Medeiros. “Entonces se tomaron medidas restrictivas similares”.

Grabado de un mercado durante la epidemia de cólera en Italia.

Getty Images
Durante la epidemia de cólera en el siglo XIX la iglesia tomó restricciones similares en Italia.

Por otro lado, la experta recuerda que en el brote de peste del siglo XIV ocurrió “todo lo contrario”.

“El papa Clemente VI, aislado en el palacio pontificio de Aviñón, en Francia, no parecía muy preocupado por lo que sucedía fuera de los muros de su casa”, apunta la investigadora.

“En esa época la enfermedad era un castigo divino y se producían procesiones y otras aglomeraciones para intentar, según la mentalidad religiosa, de superar el mal”.

En el siglo anterior, la región de Milán se vio muy afectada por la plaga. El cardenal arzobispo Carlo Borromeo también estableció estrictas medidas sanitarias en su circunscripción.

“Propuso una cuarentena general y se decretó a la gente a quedarse en casa hasta resolver la situación. Solo podían irse los que asistían espiritual y materialmente a la población.

El investigador dice que incluso las misas se celebraban “a distancia”.

“Un cura iba a la esquina y celebraba en la calle. Los fieles miraban desde sus ventanas”, explica.

Fe en la ciencia

Al analizar estos episodios del pasado, a menudo similares a los de hoy, hay que tener en cuenta que entonces la ciencia no se valoraba tanto como hoy y que la religión y la política estaban muy entrelazadas.

“En el siglo XVII, el absolutismo era muy fuerte en Europa y estaba ligado al poder de la Iglesia. El poder político y el poder religioso estaban muy mezclados“, explica Missiato.

“En ese momento, la revolución científica aún no se había extendido a las diferentes sociedades del mundo europeo. La creencia en lo divino como entidad definitoria de la paz y el caos todavía se veía como el camino hacia la salvación”.

Por eso el encierro impuesto por Alejandro VII es tan relevante.

“Lo que pasó muestra un alineamiento entre fe y ciencia, una fe con los pies en la tierra“, dice Araujo.


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