Rosa lleva seis años buscando a su hija desaparecida en San Fernando, Tamaulipas
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Rosa lleva seis años buscando a su hija desaparecida en San Fernando, Tamaulipas

El 12 de mayo de 2012, Dulce Yamellí González fue secuestrada, junto con su madre, por hombres armados. Aunque su familia pagó el rescate, no la han vuelto a ver. La joven cumple 28 años este 17 de agosto.
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Rosa nació en San Fernando, Tamaulipas, una población “que era bien tranquila, libre, con agricultura, pesca, ganadería, una ciudad bonita, con la playa y el golfo de México pegado”, recordó la entrevistada. Y fue así, “hasta que en 2010 empezó la guerra, y comenzaron a matar gente y a llevársela”.

En esta guerra, librada entre grupos del crimen organizado, así como con las fuerzas de Seguridad Pública, Rosa perdió a su madre, a su padre, a un hermano, a su esposo. A su hija se la llevaron, por la fuerza, y desde entonces la busca.

“Nosotros éramos comerciantes –narró Rosa–. Yo era conocida como emprendedora, como gente de trabajo y tenía mi negocio de tenis y ropa en el centro del pueblo… Todo iba bien hasta que comenzó la división de los cárteles del narcotráfico en Tamaulipas, en el año 2010: se separaron Los Zetas y el Cártel del Golfo, y fueron Los Zetas los que se quedaron con San Fernando y comenzaron a destruirlo.”

Luego de un año de enfrentamientos “de película” entre ambos grupos criminales, ya con el territorio de San Fernando en su control, señaló Rosa, “esos hombres empezaron a matar y a llevarse a la gente, a mucha gente… En nuestro caso, primero fueron a la casa de mi hermano, a finales de 2010, para decirle que querían su trascabo, pero mi hermano se negó, porque era su medio de vida y los hombres se llevaron el trascabo y se llevaron a mi hermano”.

Nunca más se supo de él.

Meses después, ya en el año 2011, “mi papá murió por la enfermedad que le provocó que no apareciera mi hermano. Y luego, por todo eso, a mediados de abril de 2012, mi mamá también se puso mala de salud, y mi hermana, enferma de cáncer de pecho, la llevó en su carro a Ciudad Victoria. Pero en el camino, los criminales las pararon para robarles el vehículo”.

Ambas fueron obligadas a descender. La madre fue asesinada de un cachazo en la nuca y la hermana fue golpeada hasta que Los Zetas la dieron por muerta.

Luego se llevaron el auto. Y menos de un mes después “vinieron por nosotras”.

El 12 de mayo de 2012, recordó Rosa, “yo estaba en mi negocio, con mi hija Dulce Yamellí González (de 21 años de edad en ese momento) cuando entraron dos chavos y me pidieron ver unos tenis; yo se los mostré y luego de verlos se fueron, pero así como salieron de mi negocio, una camioneta se paró enfrente, y los dos jóvenes entraron de nuevo, y uno me agarró a mí, y otro agarró a mi hija”.

Mientras Rosa hablaba para la entrevista, su mano izquierda temblaba. Por dentro de la piel, explicó, una placa metálica sostiene los huesos en su lugar, aunque la extremidad está prácticamente inmobilizada, y lleva la piel tachonada de cicatrices.

“Me las dejó el sujeto que me agarró a mí, que me empezó a picar y a hacer cortadas con algo, pero yo no sentí, porque yo lo que intentaba en ese momento era defender a mi hija”.

Dulce fue golpeada con la cacha de un arma larga en el estómago, y sacada del local. Rosa fue inmovilizada, maniatada y su cráneo entero fue vendado, para impedirle no sólo ver, sino hablar, y también puesta a bordo de la camioneta.

Luego, el negocio entero fue saqueado.

Rosa fue conducida a una casa desvencijada fuera de San Fernando, vigilada por “un huerquillo” que cayó inconsciente luego de varias horas de drogarse, lo que aprovechó para desamarrarse y huir.

“Yo busco a mi hija y veo que no está en la casa –recordó Rosa– y salgo y veo un monte y subo a buscarla, aunque no traía zapatos, y caminé no sé cuánto tiempo por el monte.”

Para ese momento, los familiares de Rosa y Dulce habían ya pagado la mitad del dinero exigido por sus secuestradores a cambio de su vida, y la otra mitad se pagó al día siguiente, aunque Rosa había escapado.

“Se pagó el dinero, y luego volvieron a llamar, y pidieron una nueva cantidad, a mi esposo le pusieron al teléfono a Dulce, para que ella le dijera que ya no aguantaba más, que pagáramos, y pagamos.”

Cuando el padre de Dulce acudió al punto donde fue citado para entregar ese último monto, fue golpeado y arrojado a una nopalera.

“En el bolsillo de su camisa le pusieron un paquetito de plástico, y le dijeron que le iban a entregar a mi hija en una gasolinería, y que debía presentarles eso que le habían metido en el bolsillo: era un camaleón, vivo.”

El padre de Dulce acudió con el camaleón a la gasolinería, pero los captores de Dulce nunca llegaron.

“Mi esposo mantuvo vivo ese camaleón durante mucho tiempo, para tenerlo ahí para cuando nos regresaran a nuestra hija, hasta que él mismo murió, de depresión, el 10 de agosto de 2016. Nunca dejó de buscarla, y horas antes de morir, me pidió que no dejara de buscarla, y sigo buscándola.”

Por el rapto y desaparición de Dulce, su madre interpuso primero la denuncia ante la sede de la Procuraduría de Justicia de Tamaulipas en el municipio de San Fernando, “pero luego los criminales incendiaron esas instalaciones, y todos los expedientes se perdieron”, por lo que debió iniciar nuevamente todo el trámite.

La investigación, sin embargo, la ha realizado ella: “Si yo no hago la búsqueda, las autoridades no buscan a mi hija… me tuve que convertir en rastreadora de campo, me meto al monte a sacar coordenadas, a excavar, a sacar cuerpos”.

Muestra, como prueba de su dicho, las imágenes que recaba con su teléfono y que luego usa la autoridad para identificar esos puntos y oficialmente anunciar el hallazgo.

“No sé cuántos cuerpos he encontrado –dijo, con pesar–, son muchos, no se puede calcular porque no sólo he encontrado cuerpos completos, sino también muchas ‘partículas’ (fragmentos de restos humanos)”.

Sola, o en compañía de otros familiares de personas desaparecidas, Rosa ha recorrido los montes de San Fernando y cuando encuentra algo, ella misma es la guía para llevar hasta esos sitios a los peritos oficiales que recuperan los restos.

En noviembre de 2017, recordó, en una de esas recuperaciones, “me rafaguearon… habíamos entrado a una noria, en donde había cuerpos, y empezaron a dispararnos, y de ahí me sacaron los agentes a rastras, toda golpeada, pero protegiéndome, para que no me fuera a dar una bala”.

Desde entonces, una de sus piernas quedó lesionada, lo que no la detiene.
“Yo entro a todos los lugares de San Fernando, y he buscado desde Matamoros hasta Altamira”, además de haberse sumado a los esfuerzos de búsqueda de colectivos de familias de desaparecidos, en otros puntos del país.

“Yo busco a mi hija, y a los hijos de todas mis hermanas de dolor, de todas las madres que estamos muertas en vida. Mi hija, es una muchachita maravillosa. Había suspendido seis meses sus estudios, para ayudarme en el trabajo, cuando se la llevaron. Y no tengo palabras para describirla, su nombre la describe perfectamente…”.

Este 17 de agosto, Dulce cumple 28 años.

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Cómo tu personalidad cambia a medida que cumples años

Por mucho tiempo se ha pensado que nuestra personalidad se fija, aproximadamente, para cuando alcanzamos los 30 años de edad. Investigaciones recientes revelan que no es así.
1 de febrero, 2021
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“Señor presidente, quiero plantearle un tema que creo que ha estado rondando durante dos o tres semanas y presentarlo específicamente en términos de seguridad nacional… “, dijo el periodista Henry Trewhitt, mientras miraba fija y seriamente al presidente estadounidense Ronald Reagan.

Era octubre de 1984, y Reagan estaba en el circuito de debates, luchando por permanecer en el cargo por un segundo mandato.

Unas semanas antes había tenido un mal desempeño frente a su rival principal. Entonces se rumoreaba que, a los 73 años, simplemente era demasiado mayor para el trabajo.

En ese momento, Reagan ya era el presidente más mayor en la historia de Estados Unidos, un récord que ha sido superado por Donald Trump (74) y ahora por el actual presidente Joe Biden, de 78 años.

Trewhitt quería saber si Reagan tenía alguna duda de si podría funcionar en circunstancias estresantes.

“No, ninguna, Trehwitt”, respondió Reagan, conteniendo una sonrisa.

Expresidente de EE.UU. Ronald Reagan en 1984

Getty Images
En 1984, Reagan era el presidente de mayor edad que había gobernado EE.UU. hasta la fecha.

“Y quiero que sepa que tampoco voy a convertir la edad en un tema de esta campaña. No voy a explotar, con fines políticos, la juventud y la inexperiencia de mi oponente”.

Su respuesta fue recibida con risas estridentes y aplausos, que precedieron a una victoria aplastante en las elecciones.

La broma de Reagan, sin embargo, contenía más verdad de lo que sabía entonces.

No solo tenía la experiencia de su lado, también tenía una “personalidad madura”.

Cambio misterioso

Todos estamos familiarizados con la transformación física que conlleva el envejecimiento: la piel pierde su elasticidad, las encías retroceden, nuestra nariz crece, los pelos brotan en lugares peculiares -a la vez que desaparecen por completo de otras partes- y esos preciosos centímetros de altura a los que nos aferramos comienzan a desaparecer.

Ahora, después de décadas de investigación sobre los efectos del envejecimiento, los científicos han comenzado a descubrir cambios más misteriosos.

“La conclusión es exactamente esta: que no somos la misma persona durante toda nuestra vida“, señala René Mõttus, psicólogo de la Universidad de Edimburgo.

Mujer mayor disfrutando de una piscina de agua caliente.

Getty Images
Si bien nuestras personalidades cambian constantemente, lo hacen en relación a quienes nos rodean.

A la mayoría de nosotros nos gustaría pensar en nuestra personalidad como algo relativamente estable a lo largo de nuestra vida. Pero diversas investigaciones sugieren que este no es el caso.

Nuestros rasgos cambian constantemente, y para cuando entramos en la década de los 70 y 80 años, hemos experimentado una transformación significativa.

La modificación gradual de nuestra personalidad tiene algunas ventajas sorprendentes. Nos volvemos más conscientes, agradables y menos neuróticos.

Los niveles de los rasgos de personalidad de la llamada “Tríada Oscura” -el maquiavelismo, el narcisismo y la psicopatía- también tienden a disminuir, y con ellos, nuestro riesgo de caer en comportamientos antisociales como el crimen y el abuso de sustancias.

Las investigaciones han demostrado que nos convertimos en personas más altruistas y confiadas. Nuestra fuerza de voluntad aumenta y desarrollamos un mejor sentido del humor.

Finalmente, los adultos mayores tienen más control sobre sus emociones.

Es sin duda una combinación ganadora, y una que indica que el estereotipo de que las personas mayores son gruñonas y cascarrabias necesita ser revisada.

Nuestras personalidades son fluidas y maleables

Lejos de asentarse en la infancia, o alrededor de los 30 años -como pensó la comunidad científica durante años-, parece que nuestras personalidades son fluidas y maleables.

“Las personas se vuelven más agradables y más adaptadas socialmente”, dice Mõttus.

“Son cada vez más capaces de equilibrar sus propias expectativas de vida con las demandas de la sociedad”.

Los psicólogos llaman al proceso de cambio que ocurre a medida que envejecemos “maduración de la personalidad”.

Mujer mayor

Getty Images
Aquellos con mayor autocontrol serán probablemente más saludables de mayores.

Es un cambio gradual e imperceptible que comienza en nuestra adolescencia y continúa al menos hasta nuestra octava década en el planeta.

Curiosamente, parece ser universal: la tendencia se observa en todas las culturas humanas, desde Guatemala hasta India.

“Generalmente es controvertido hacer juicios de valor sobre estos cambios de personalidad”, dice Rodica Damian, psicóloga social de la Universidad de Houston, en Estados Unidos.

“Pero al mismo tiempo, tenemos evidencia de que son beneficiosos”.

Por ejemplo, la falta de estabilidad emocional se ha relacionado con problemas de salud mental, tasas de mortalidad más altas y divorcios.

Entretanto, Damian explica que la pareja de alguien con un grado elevado de conciencia probablemente sea más feliz, porque es más probable que estas personas laven los platos a tiempo y sean menos propensos a engañar a su pareja.

Un lado más estable de nuestra personalidad

Resulta que, si bien nuestra personalidad cambia en cierta dirección a medida que envejecemos, lo que somos en relación con otras personas del mismo grupo de edad tiende a permanecer bastante estable.

Por ejemplo, es probable que el nivel de neurosis de una persona vaya bajando en general, pero los niños de 11 años más neuróticos siguen siendo, en general, los ancianos de 81 años más neuróticos.

“Hay una base de quiénes somos en el sentido de que mantenemos nuestro rango en relación con otras personas hasta cierto punto”, dice Damian.

“Pero en relación a nosotros mismos, nuestra personalidad no está escrita en piedra, podemos cambiar”.

¿Cómo se desarrollan estos cambios de personalidad?

Dado que la maduración de la personalidad es universal, algunos científicos piensan que, lejos de ser un efecto secundario accidental de haber tenido más tiempo para aprender las normas sociales, las formas en que cambia nuestra personalidad podría estar genéticamente programada, tal vez incluso moldeada por fuerzas evolutivas.

Por otro lado, otros expertos creen que nuestra personalidad está en parte forjada por factores genéticos y luego esculpidas por presiones sociales a lo largo de nuestra vida.

Por ejemplo, una investigación de Wiebke Bleidorn, psicóloga de la personalidad de la Universidad de California, concluyó que, en culturas donde se esperaba que las personas maduraran más rápido (en términos de casamiento, empezar a trabajar, asumir responsabilidades adultas), sus personalidades tienden a madurar a una edad más temprana.

Niño con traje

Getty Images
Las personas de culturas donde se espera que se casen o empiecen a trabajar más jóvenes, tienen personalidades que maduran antes.

“Las personas simplemente se ven obligadas a cambiar su comportamiento y, con el tiempo, a volverse más responsables. Nuestras personalidades cambian para ayudarnos a enfrentar los desafíos de la vida”, dice Damian.

¿Pero qué ocurre cuando nos volvemos muy mayores?

Hay dos formas posibles de estudiar cómo cambiamos a lo largo de nuestra vida.

La primera es tomar un grupo grande de personas de muchas edades diferentes y luego observar en qué se diferencian sus personalidades.

Un problema con esta estrategia es que es fácil confundir accidentalmente los rasgos generacionales que han sido esculpidos por la cultura de un período de tiempo particular -como la mojigatería o una adoración inexplicable por las natillas y el jerez- con los cambios que ocurren a medida que uno envejece.

Estudio de largo plazo

La alternativa es tomar un mismo grupo de personas y estudiarlas a medida que crecen.

Esto es exactamente lo que sucedió con el Lothian Birth Cohort (estudio de cohorte de Lothian), un grupo de personas en Escocia a quienes se les examinaron sus rasgos de personalidad e inteligencia en junio de 1932 o junio de 1947, cuando aún estaban en la escuela.

En ese momento, las personas tenían cerca de 11 años de edad.

Junto con colegas de la Universidad de Edimburgo, Mõttus rastreó a cientos de las mismas personas cuando tenían 70 u 80 años, y les hizo dos pruebas idénticas más, con varios años de diferencia.

Señor mayor en un parque

Getty Images
Un famoso estudio con personas en Escocia mostró resultados notablemente diferentes para dos generaciones de personas.

“Debido a que teníamos dos grupos diferentes de personas, y ambas fueron medidas en dos ocasiones, pudimos utilizar ambas estrategias a la vez”, dice Mõttus.

Fue una suerte, porque los resultados fueron notablemente diferentes para las dos generaciones.

Si bien las personalidades del grupo más joven permanecieron más o menos iguales en general, los rasgos de personalidad del grupo mayor comienzan a cambiar, de modo que, en promedio, se volvieron menos abiertos y extrovertidos, así como menos agradables y concienzudos.

Los cambios beneficiosos que habían estado ocurriendo a lo largo de sus vidas comenzaron a revertirse.

“Creo que esto tiene sentido, porque en la vejez las cosas comienzan a pasarle a la gente a un ritmo más rápido”, dice Mõttus, quien señala que la salud de estas personas podría haber estado en declive y es probable que hayan comenzado a perder amigos y familiares.

“Esto tiene cierto impacto en su participación activa en el mundo”.

Nadie ha investigado aún si esta tendencia continuaría después de los 100 años.

Investigaciones sobre japoneses centenarios han descubierto que tienden a obtener una puntuación alta en la conciencia, la extroversión y la apertura, pero es posible que hayan tenido más de estas características para empezar, y tal vez esto incluso contribuyó a su longevidad.

Mujer mayor asiática

Getty Images
Nuestra personalidad está muy ligada a nuestro bienestar.

De hecho, nuestra personalidad está intrínsecamente ligada a nuestro bienestar a medida que envejecemos.

Por ejemplo, aquellas con un mayor autocontrol tienen más probabilidades de ser saludables en la edad adulta, las mujeres con niveles más altos de neurosis tienen más probabilidades de experimentar síntomas durante la menopausia, y cierto grado de narcisismo se ha asociado con tasas más bajas de soledad, que en sí mismo es un factor de riesgo para una muerte más temprana.

En el futuro, comprender cómo ciertos rasgos están vinculados a nuestra salud -y cómo podemos esperar que nuestra personalidad evolucione a lo largo de nuestra vida- podría ayudar a predecir quién está en mayor riesgo de padecer ciertos problemas de salud y poder intervenir.

El conocimiento de que nuestra personalidad cambia a lo largo de nuestra vida, lo queramos o no, es una prueba útil de lo maleables que son.

“Es importante que sepamos esto”, considera Damian. “Durante mucho tiempo, la gente pensó que no”.

“Ahora estamos viendo que nuestra personalidad puede adaptarse, y esto nos ayuda a enfrentar los desafíos que nos presenta la vida”, agrega.

Al menos, nos da a todos algo que esperar a medida que envejecemos y la posibilidad de descubrir en quiénes nos convertiremos.


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