Fotografías que se sienten: el proyecto con el que personas con discapacidad visual muestran su forma de ver
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Fotografías que se sienten: el proyecto con el que personas con discapacidad visual muestran su forma de ver

Desde 2006, la organización Ojos que sienten se dedica a brindar talleres para que personas con discapacidad visual puedan capacitarse en diferentes actividades que les permitan generar fuentes de trabajo, como la fotografía sensorial.
Por Eréndira Aquino
30 de septiembre, 2018
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El día que Naivi Luis fue invitada a tomar un taller de fotografía sensorial lo único que se le ocurrió decirle a su amigo fue “¿Estás loco? Yo no veo”.

“Yo llegué a Ojos que Sienten en febrero de 2014, cuando un amigo con el que tomaba un curso de braille en Tehuacán, Puebla, me contó del proyecto, pero entonces no yo estaba segura de entrar a aprender fotografía, porque como persona ciega no sabía que podía hacer algo así”, cuenta Naivi.

Cuatro años después, sus fotografías, al igual que las de otros cuatro fotógrafos, se encuentran expuestas en el hotel Presidente Intercontinental de la Ciudad de México.

La fotógrafa de 39 años cuenta que “lo más complicado fue entender que, a pesar de que tengo baja visión, que todavía logro ver un poco, tenía que aprender a tomar la fotografía sin utilizar la vista, solo con los otros sentidos”.

Con su cámara al hombro, Navi sale a recorrer las calles, “y si de repente siento algo, como una energía o algo que me llama, prendo mi equipo y tomo la foto”.

Desde 2006, la organización Ojos que Sienten se dedica a brindar talleres para que personas con discapacidad visual puedan capacitarse en diferentes actividades que les permitan generar fuentes de trabajo, como la fotografía sensorial y las catas de cerveza y vino.

Además de ser fotógrafa y comerciante, como parte del apoyo que brinda Ojos que Sienten, Naivi pudo certificarse como someliere y forma parte de un equipo de corredores con discapacidad visual.

“Simplemente me imagino y tomo las fotos”

Marco Antonio Martínez es otro de los fotógrafos que se encuentran exponiendo en el hotel Presidente Intercontinental.

En 2006, año en que se fundó Ojos que Sienten, él formó parte de la primera generación del taller de fotografía sensorial.

“Antes del taller, mi única experiencia en la fotografía era que, cuando todavía podía ver, tomaba algunas capturas en eventos como bodas o fiestas. Siendo ciego, alguna vez un tío me pidió tomar una foto de mi abuelo, pero francamente no supe ni cómo salió”, explica.

Sin embargo, el momento en el que la fotografía lo atrapó fue la primera vez que imprimieron sus fotos y las analizaron.

“Mi maestro me dijo ¿qué querías fotografiar?’ yo le expliqué y ella me empezó a describir cómo habían salido las imágenes que tomé. Así fue como comencé a adentrarme. Después de ese día, cuando tomaba una foto me ponía ansioso de que llegara el momento de la descripción, para saber si lo que quería retratar aparecía”, cuenta.

Marco Antonio explica que, para una persona con discapacidad visual, tomar una foto implica un proceso creativo complejo, que pasa porque el fotógrafo debe imaginar en su mente la imagen que quiere plasmar.

“Cuando se toman fotografías construidas se pueden acomodar los diferentes elementos de acuerdo a lo que el fotógrafo quiere lograr, así también pueden modificarse los encuadres y ángulos al gusto”, dice.

Para realizar retratos “me guío por su voz, y si es algo relacionado con la naturaleza utilizo el tacto y con mi mano voy sintiendo las formas y las texturas”.

En el caso de los objetos grandes, cuenta, utilizan descripciones realizadas por la persona “normovisual” que les acompaña. “Yo hago preguntas sobre cómo es el objeto, dónde está y qué tan lejos, y así puedo imaginar las dimensiones de lo que hay frente a mí”.

“Cuando no hay descripción, simplemente me imagino y tomo las fotos al ahí se va, aunque a veces no salen como a mí me gustaría, pero siempre salen cosas interesantes”, afirma.

Sus fotografías han sido reconocidas: una de ellas, en la que retrató un sueño en el que aparece un pegaso, fue elegida como la portada del ejemplar número 79 de la revista Cuartoscuro, y otra titulada “Empatía” fue premiada por la organización ABC de la discapacidad.

Marco, quien además de ser fotógrafo hace actuación, da consultorías en temas de discapacidad y trabaja en coaching para personas ciegas, cuenta que su próximo proyecto es llevar la imaginación y las imágenes más allá de la foto, pues piensa aprender video.

Fotografías con causa

De acuerdo con Gregorio Rivera, encargado de comunicación y fotografía en Ojos que Sienten, la exposición que actualmente tienen en el Hotel Presidente Intercontinental es una muestra de 28 imágenes tomada por cinco fotógrafos de la organización.

“La curaduría está ordenada por colores, está montada en un espacio cuadrado y comienza el recorrido con imágenes en blanco y negro, y de ahí va jugando con los tonos azules, amarillos, verdes y finalmente llega al rojo, que es el color que representa a nuestra organización”, explica.

Rivera señala que la exposición tiene como objetivo “que la gente tenga un acercamiento a la fotografía sensorial, y que con ese interés se vayan motivando para involucrarse más con la organización”.

Las 28 fotografías expuestas se encuentran a la venta, y el dinero obtenido de ellas se encuentra destinado a financiar los talleres de los expositores y personas que decidan iniciarse en la foto sensorial.

En los 12 años que tiene Ojos que Sienten realizando proyectos para apoyar a personas con discapacidad visual han realizado 13 exposiciones fotográficas, han dado más de 2 mil 600 capacitaciones en materia laboral y han generado 60 oportunidades de empleo.

Ante la pregunta de si invitaría a otras personas con discapacidad visual a adentrarse en la fotografía, Marco finaliza diciendo que “más que invitarlos quisiera retarlos a que se demuestren que son capaces de hacer muchas cosas, y si son capaces de tomar una fotografía que transmita emociones, entonces pueden hacer lo que quieran”.

Para conocer el catálogo completo de las fotografías de Ojos que Sienten y adquirir alguna de las imágenes, visita su página de internet. (http://www.ojosquesienten.com/galerias/)

La exposición temporal de fotografías estará en el Bar Epicentro del Hotel Presidente Intercontinental hasta el próximo 21 de octubre.

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COVID-19: cómo es vivir en casa con alguien que tiene que estar aislado

El marido de Irene, Carlos, fue diagnosticado con coronavirus y tiene que permanecer aislado dentro de su propia casa. Ella nos cuenta cómo es el día a día cuando vives con un enfermo de COVID-19.
28 de marzo, 2020
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Vivimos bajo el mismo techo. Y nos queremos como siempre; es decir, muchísimo. Pero jamás mi marido y yo hemos estado tan alejados el uno del otro como lo estamos ahora.

La culpa la tiene el maldito coronavirus.

Carlos, mi marido, tiene covid-19. Al menos, eso es lo que le han diagnosticado en el teléfono habilitado por las autoridades sanitarias españolas para atender a quienes muestran síntomas de contagio.

Cuando el pasado martes (24 de marzo) llamó a ese número y le comentó a la médica que lo atendió que tenía tos, que se sentía cansado, con dolor muscular y, sobre todo, que había perdido completamente el sentido del gusto y del olfato, el diagnóstico fue rotundo: “Tiene usted síntomas propios del coronavirus”.

Y eso que, hasta ahora, Carlos no ha tenido fiebre ni problemas de insuficiencia respiratoria. Cada tres horas se pone el termómetro, tal y como le indicó la doctora, pero por fortuna siempre tiene una temperatura normal. Y cruzo los dedos para que siga así.

Aislado tras una puerta

Desde el momento del terrible diagnóstico, y siguiendo las recomendaciones de la médica, Carlos permanece aislado, encerrado en completa soledad, en una habitación de nuestra casa.

Mi hijo Manuel y yo no podemos tener contacto con él, para tratar de evitar que nos transmita el virus. Y ese encierro tiene que durar 15 largos días con sus noches…

Por suerte, nuestra casa en el centro de Madrid es amplia. Así que Carlos no solo dispone de una habitación para él solo: también le hemos dejado uno de los dos baños con que cuenta nuestra vivienda para su uso exclusivo.

Bandeja en la puerta.

Irene H. Velasco
Irene le deja una bandeja con la comida en la puerta a su marido.

Otras muchas familias en Madrid (la ciudad donde ahora mismo más rápido avanza el covid-19) tienen que convivir con contagiados en un espacio mucho más reducido del que nosotros disponemos, así que no nos podemos quejar.

“¿Qué tal, cómo te encuentras?”, le pregunto cada mañana, siempre a través de esa puerta cerrada que nos separa como un muro altísimo.

La misma puerta a cuyos pies le dejo a diario sobre una bandeja el desayuno, la comida y la cena, como si fuera un preso al que se le hace llegar una escudilla de alimento. Él la devuelve al mismo sitio cuando termina de comer y cierra inmediatamente la puerta.

“Jo, pobrecillo. Está enfermo y no le podemos cuidar, es como un apestado, le tenemos preso en nuestra propia casa”, le compadece Manuel, de 14 años.

Desinfectar todo lo que toca

Carlos come en su propio plato, con sus propios cubiertos, bebe en su propio vaso… Hemos destinado algunas piezas de vajilla a su uso exclusivo.

Y, después de cada comida, me enfundo los guantes para retirar su bandeja y lavo cuidadosamente todos esos utensilios con lejía y agua caliente, como recomiendan las autoridades de Madrid que hagamos.

Solo un par de veces al día veo con mis propios ojos a mi marido. Siempre fugazmente, siempre manteniendo entre nosotros una separación de al menos dos metros de distancia que a mí, sin embargo, se me antoja kilométrica.

Lo veo un instante por la mañana cuando, con una mascarilla cubriéndome la boca y la nariz y las manos enfundadas en unos guantes, entro en su habitación para limpiarla. Él, cubierto también con mascarilla y guantes, aprovecha entonces para ir al cuarto de baño y asearse.

Mientras Carlos está bajo la ducha, yo desinfecto cuidadosamente con un paño empapado en lejía las superficies de su habitación: el picaporte de la puerta, los interruptores de la luz, la mesa en la que tiene la computadora, el teclado de la misma, su teléfono móvil…

Irene desinfectando el baño.

Irene H. Velasco
Irene desinfecta a conciencia todas las superficies que ha tocado Carlos.

Friego a conciencia el suelo con agua caliente y un buen chorro de lejía. Y me llevo la bolsa, con cierre hermético, en la que tira los pañuelos desechables y las servilletas de papel que utiliza.

También saco la bolsa en la que echa su ropa sucia. Genera bastante, porque cada día hay que cambiarle las toallas y lavar toda su ropa.

Por seguridad, la bolsa con su basura la meto dentro de otra bolsa de basura y la deposito en el cubo de nuestro edificio (tarea para la que me pongo otros guantes). La ropa sucia de Carlos la pongo en la lavadora, sin mezclarla con la de Manuel ni la mía, y la lavo a al menos 60º.

Cuando Carlos vuelve a su habitación, yo entro disparada en su cuarto de baño y -siempre armada con la mascarilla y los guantes- limpio frenéticamente con lejía el lavabo, el inodoro, la mampara de la ducha, la puerta, los interruptores… Todo lo que encuentro a mi paso.

“Confinamiento dentro del confinamiento”

Mi marido afronta esta situación con bastante resignación.

“Llevo ya cuatro días encerrado en una habitación. Y tendré que estar 15 días en total tras haberme diagnosticado que tengo ‘el bicho'”, como se refiere él con humor al coronavirus.

“Sé que no es nada especial: desde que hace dos semanas el gobierno declaró el estado de alarma, todos los españoles menos los que realizan servicios esenciales tienen que permanecer confinados en sus casas. Esto es solo un pasito más, el confinamiento en una habitación dentro del confinamiento en casa”, se consuela.

Yo no doy abasto: que si hay que cocinar, limpiar, desinfectar, poner lavadoras, tender la ropa, ventilar las habitaciones, escribir artículos…

Calle desierta en Madrid.

Getty Images
España está en estado de alarma y las calles de sus ciudades, como esta de Madrid, están prácticamente desiertas.

Lo bueno es que toda esa actividad frenética me mantiene ocupada y me impide pensar. Carlos es todo lo contrario: no tiene nada que hacer y mucho tiempo para darle vueltas a la cabeza.

“La verdad es que es un poco aburrido, pero mantengo algunas rutinas: me levanto a la misma hora que si tuviera que ir a trabajar, me ducho, me afeito y me visto como si fuera a salir a la calle. Nada de estar todo el día en pijama. Pero los días pasan despacio; hay que rellenar el tiempo, y aunque no estoy trabajando porque estoy de baja, sí leo los correos del trabajo y estoy en contacto por teléfono o videoconferencia con mis compañeros”, cuenta.

Cada vez que oigo que tose, cuando siento un carraspeo salir de su habitación, entro en pánico. “¿Estás bien?”, le escribo por WhatsApp. “Sí, tranquila”, me ha respondido siempre hasta ahora.

Una de las obsesiones de Carlos es recuperar el olfato y el gusto. “No le estoy echando azúcar al café del desayuno, y una de las esperanzas que tengo cada mañana es probarlo y que no me guste… Pero de momento, no noto nada. Intento oler el jabón al ducharme, la lejía con la que Irene friega el suelo de la habitación… Pero por ahora nada”.

“Voy a ganar”

Carlos tiene computadora en su habitación, una tablet y su teléfono móvil. Pero se niega a leer noticias sobre el coronavirus.

“En la práctica he dejado de leer los periódicos, porque ahora mismo todo lo que llevan tiene relación con el coronavirus. Prefiero no saber cuántos nuevos contagiados ha habido ni cuánta gente ha muerto en las últimas 24 horas”.

Lo que no puede es olvidar lo que ya sabía antes de su encierro sobre el elevadísimo número de fallecidos que se está cobrando esta pandemia en España.

“La verdad es que la primera noche casi no dormí. Es verdad que me siento bastante bien, he tenido resacas peores. Pero sí me da un poco de miedo lo que he leído de empeoramientos repentinos, gente a la que han dado de alta y ha muerto a las pocas horas… Pero sé que eso no va conmigo, voy a ganar”, me manda en un mensaje de correo electrónico.

Confieso en que hay días que, agotada, me siento tentada de tirar la toalla.

“Esto es absurdo, Carlos, hemos estado dándonos besos hasta el minuto antes de que te diagnosticaran el coronavirus. Si tú lo tienes seguro que yo también lo tengo”, le digo.

Pero él se niega en redondo a poner fin a su encierro, no hay manera de convencerlo. “No”, responde tajante. “Mejor así, por si acaso. Si tú y Manuel no estás infectados con el covid-19, con estas medidas evitaremos que lo estéis”.

Gente aplaudiendo en los balcones.

Getty Images
Cada día a las 20:00 horas, miles de españoles salen a su balcón a aplaudir al personal sanitario a modo de agradecimiento. Irene y Carlos también lo hacen.

Afortunadamente Carlos toca el piano y tiene un teclado en la habitación que puede tocar a cualquier hora (con auriculares, claro), y esa es la ocupación a la que más tiempo le está dedicando estos días.

“Reconozco que en esta situación es una suerte tener un hobby como este, que te permite desconectar y dejar de dar vueltas al coronavirus”, cuenta.

El segundo momento en el que cada día veo a Carlos es a las 20:00 horas (19:00 GMT). A esa hora, la inmensa mayoría de los españoles nos abalanzamos a nuestras ventanas y balcones para aplaudir durante un minuto a nuestros equipos sanitarios por la titánica tarea que están haciendo para salvar vidas a pesar de los pocos medios de los que disponen.

Mi hijo y yo salimos a aplaudir al balcón del salón y, unos siete metros más allá, ahí está Carlos, aplaudiendo desde el balcón de su habitación.

No lleva mascarilla, yo tampoco. Y nos podemos sonreír.

Es, sin duda, el mejor momento del día.

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