La salud emocional de los niños tras los sismos de 2017 ha sido olvidada, denuncia UNICEF
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Archivo / Cuartoscuro

La salud emocional de los niños tras los sismos de 2017 ha sido olvidada, denuncia UNICEF

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia presenta un informe sobre la situación de la niñez a un año de los terremotos, destacando problemas de infraestructura sanitaria y atención psicoemocional
Archivo / Cuartoscuro
12 de septiembre, 2018
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Tras los terremotos del 7 y el 19 de septiembre de 2017, la atención de todo el país se volcó sobre los estados más afectados: Oaxaca, Morelos, Chiapas y Ciudad de México. Toneladas de ayuda humanitaria fueron enviadas y se pusieron en marcha diversos programas de atención a los damnificados, pero cuando se pensó en los niños afectados, la atención se enfocó básicamente en alimentación y escuelas. Muy poco se destinó a la atención de las secuelas emocionales de los menores ante el desastre, denuncia el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Los sismos de 8.2 y 7.1 grados que azotaron el sur del país hace un año destruyeron -además de inmuebles- infraestructura hidráulica y sanitaria, lo que ha representado un importante problema de salud pública durante este periodo, sin embargo, las afectaciones más importantes de los niños que sobrevivieron el sismo son las psicológicas, refiere el ‘Informe sobre la situación humanitaria de la infancia y la adolescencia a un año de los terremotos en México’ de UNICEF, presentado este miércoles.

El Fondo realizó varias misiones de investigación y de apoyo a los estados impactados por los sismos y, en ellos, eligió los dos municipios cuya situación consideró más grave: Juchitán, en Oaxaca (el más afectado por el sismo del 7 de septiembre) y Jojutla, en Morelos (el más dañado por el terremoto del día 19). Los analistas hallaron falta de información y de protocolos; rezago en la reconstrucción y falta de espacios para que los niños puedan volver a la normalidad y superar el evento traumático.

“Los sectores del gobierno involucrados en acciones de respuesta, principalmente el educativo (a través de la Secretaría de Educación Pública), entregaron datos desagregados sobre los impactos de los sismos, pero estos se centraron, por ejemplo, en afectaciones a la infraestructura educativa principalmente, y no en el impacto en el bienestar de niños y niñas”, señala el Informe de UNICEF.

Esto se debe a que el gobierno ni siquiera tiene un sistema de información sobre las afectaciones psico-emocionales de los sismos, específicamente en hogares con niños afectados por desastres naturales, lo que impide diseñar estrategias de atención a las familias afectadas, según los investigadores.

Pese a que los esquemas de apoyo psicológico para adultos y para niños fueron activados por sociedad civil, universidades y gobiernos locales inmediatamente después de la emergencia,  este apoyo se ha diluido en el tiempo, reduciéndose significativamente la oferta de atención especializada para atender afectaciones de largo plazo, alerta el reporte.

Recuperación lenta, educación en riesgo

Tanto en Jojutla como en Juchitán, informa el órgano de la ONU, quedó en evidencia un gran nivel de informalidad en la información sobre los puntos de distribución de alimentos para la población afectada, ya que ésta circulaba a través de redes sociales, lo que replicó patrones de desigualdad preexistentes: las personas con redes de contacto más amplias y acceso a Internet pudieron obtener más alimentos que las familias que no lo tienen.

También preocupó a UNICEF la alta oferta de sustitutos de leche materna que había en las donaciones de alimentos, ya que los bebés alimentados con fórmulas dejan de recibir nutrientes que fortalecen su sistema inmune y digestivo, obtenidos a través de la lactancia.

Pressia Arifin-Cabo, representante adjunta de UNICEF, explicó a Animal Político que los donativos de estos productos en situaciones de emergencia pueden ser útiles pero no deben ser distribuidos sin control, sino que idealmente debe haber un médico responsable que los entregue a las familias que los necesitan por una situación particular; pues si se reparte por igual a todas, se corre el riesgo de que los bebés sean alimentados de esta forma simplemente porque ya les donaron el producto.

También existe el riesgo de enfermedades gastrointestinales que pudieran ser mortales, ya que la leche en polvo requiere ser mezclada con agua y en situaciones de crisis, no siempre hay agua potable disponible para este fin.

“No decimos que esté mal, porque ciertas fórmulas pueden ayudar a algunos niños, pero esto debe estar guiado por un especialista, no es algo de uso general. También el uso de leche en polvo contribuye luego al problema de obesidad y sobrepeso, que es un problema de emergencia pública en este país”, detalló la funcionaria.

En los albergues temporales quedó en evidencia la escasez de baños portátiles y de medidas de seguridad y privacidad adecuadas. Este descuido ha generado múltiples incomodidades a las niñas y las mujeres, advierte la organización. También fue revelado el riesgo sanitario que persiste en algunas localidades de esos municipios, debido a que los sismos afectaron particularmente las instalaciones de agua y saneamiento de las escuelas. Citando la información recopilada en distintas dependencias de Chiapas y Oaxaca, el informe asegura que hay unas 3 mil 444 escuelas dañadas parcial o completamente.

Respecto al daño que sufrió la infraestructura educativa, por el cual las clases se vieron interrumpidas o suspendidas, UNICEF señala que la reconstrucción ha sido lenta y los niños, además de tener menos horas y días de clases, carecen de espacios recreativos que les permitan volver a su cotidianeidad: muchas escuelas siguen siendo utilizadas como albergues, y algunos parques y centros deportivos se usan para depositar materiales de construcción.

“Los niños y niñas cuyas escuelas fueron dañadas asisten menos horas a clase (de dos a tres horas al día) y suelen asistir sólo dos o tres días a la semana”, especifica el reporte. Pero no todos los niños que se ausentan de las aulas es porque estén dañadas: entre las principales razones para asistir menos días y menos horas a clases, está el calor dentro de las carpas temporales donde se imparten las clases, la falta de instalaciones sanitarias suficientes y la falta de agua para beber.

La educación es otra de las necesidades más apremiantes en estas entidades, de acuerdo con Arifin-Cabo, pues este regreso “parcial” a clases, lejos de ayudar a los menores, los afecta más, ya que no están adquiriendo la suficiente preparación para pasar al siguiente nivel y esto les provocará rezago. En los peores casos, incluso provocará que los niños abandonen la escuela ante la dificultad de continuar así.

“¿Cómo van al siguiente año con la mitad de lo que deberían aprender? Los resultados en la prueba PISA son muy bajos en México por razones como esta. El aprendizaje es algo que ya tenía desafíos antes y se agudizaron con el terremoto”, dijo la representante adjunta de UNICEF en referencia al examen de rendimiento que aplica la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Y la reconstrucción no promete completarse pronto: en el caso de Oaxaca, problemas como tarjetas de apoyos sin fondos, censos incompletos y la asignación ineficiente de recursos han detenido el avance en la zona del Istmo de Tehuantepec. “Si bien no hay un censo terminado de las viviendas que requieren de reconstrucción se estima que ésta no ha llegado ni al 40%”, advierte UNICEF.

Otra adversidad a la que se han enfrentado los menores de edad después de los sismos es la necesidad de trabajar para ayudar a sus familias en medio de la crisis, por lo que hay una alta deserción escolar concentrada en los niveles medio superior y superior, atribuida a la decisión de dejar los estudios para integrarse al mercado laboral.

La organización llevó a cabo en marzo pasado un seminario que dejó al descubierto las carencias que aún imperan en estos municipios en materia de prevención de desastres. A nivel nacional, falta capacitación para dar respuesta a una emergencia: UNICEF identificó que la comunidad educativa (incluidos los alumnos y sus familias) no tiene acceso a información clara y sencilla sobre cómo reducir riesgos y cómo actuar en casos de emergencia, incluso sobre cómo acceder a un fondo de emergencia.

El sistema escolar local no tiene información actualizada y pública sobre cuántos niños, niñas y adolescentes asistían a las escuelas antes de los terremotos y cuántos las abandonaron después; tampoco sobre cuántas escuelas tienen medidas mínimas de protección civil, periodicidad de sus simulacros o sobre planes escolares de gestión de riesgos. Aún más lejos quedó, de acuerdo con este informe, la información y capacitación en apoyo psicoemocional a maestros y autoridades educativas, que les permita auxiliar a los estudiantes en caso de un nuevo desastre.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg. 

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Qué es la distimia, uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar

Puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años.
7 de septiembre, 2022
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Ana Bacovis sintió los primeros síntomas de distimia —trastorno depresivo persistente—, en su preadolescencia. A los 13 años sufría de baja autoestima, tenía problemas con sus relaciones sociales y empezó a tener una visión oscura de la vida.

“Me veía como una persona muy realista, pero en realidad era pesimista. La gente acaba cayendo en una situación en la que se siente eso como normal”, dice esta comunicadora y servidora pública.

Sus padres tardaron un tiempo en darse cuenta de que el comportamiento de su hija era inusual. Los picos de ira e irritabilidad que tuvo fueron los indicios para que Ana buscara ayuda.

“Tenemos una visión distorsionada de la depresión. Yo tenía momentos de alegría, picos muy altos de euforia. Luego eso se acababa y venía la tristeza”, recuerda.

Incluso ya con los síntomas iniciales del trastorno, solo obtuvo un diagnóstico cuando ya tenía signos de depresión más avanzados. Al recibir atención médica, la joven se enteró de que sufría distimia y que presentaba un grado moderado de ansiedad.

Selfie de Ana Bacovis, una joven con el pelo azul.

Archivo personal
Ana Bacovis empezó a tener los primeros síntomas de distimia cuando era adolescente.

Al igual que Ana, es muy común que muchos pacientes reciban el diagnóstico de este tipo de depresión después de estar durante décadas viviendo con los síntomas. A menudo, los signos más evidentes se confunden con la personalidad, el “modo de ser” del individuo. Y esto puede hacer que haya un infradiagnóstico.

“La historia más común que hay es la de alguien que tiene algún tipo de depresión leve o distimia, pero solo cuando los síntomas de la depresión se vuelven más severos el paciente busca ayuda y descubre que padece el trastorno”, destaca Marcelo Heyde, médico psiquitatra y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Pontificia Católica de Paraná (PUCPR).

Qué es la distimia

El trastorno depresivo persistente es una forma crónica de depresión y puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años. La distimia afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La principal diferencia entre la distimia y el tipo clásico de depresión es que, en el que nos ocupa, la persona puede ser funcional y realizar sus actividades con normalidad. Sin embargo, trabajar, estudiar y otras acciones cotidianas son un poco más difíciles de hacer.

“Se pueden hacer las actividades pero con un costo mayor en la rutina y una productividad reducida debido a los síntomas. La persona es funcional, pero a costa de un mayor esfuerzo”, explica Márcia Haag, psiquiatra y profesora de la Universidad Positivo de Curitiba.

Según los expertos consultados por la BBC, aún no hay consenso sobre las causas de la distimia. Por lo general, el trastorno puede ser multifactorial y estar generado por factores estresantes durante la infancia, una presdisposición genética y biológica, un traumatismo o cuestiones sociales.

Un niño con la cabeza apoyada sobre su escritorio.

Getty Images
Esta forma crónica de depresión puede aparecer en la adolescencia.

“Es posible notar que en la fase adulta el paciente llegua a consulta y tiene llanto fácil, pero cuando se profundiza e investiga, se descubre que era un niño silencioso y con dificultades para relacionarse“, señala Bianca Breda, psicóloga y especialista en terapias cognitivas del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FMUSP).

En el caso de Ana, descubrió que padecía esta enfermedad gracias a su trabajo en un centro de apoyo a niños y adolescentes víctimas de abuso sexual. Al tener atención psicológica en el lugar, la joven pudo entender lo que estaba pasando.

Cómo identificar la distimia y distinguirla de la depresión clásica

A diferencia de otros episodios de depresión, que son más fáciles de reconocer, la distimia tiene características propias “camufladas”.

Además de tener una duración mayor, los signos más comunes pueden manifestarse a través de cansancio, fatiga, baja autoestima, indecisión y pesimismo exagerado.

En la depresión común, la más conocida, la persona tiende a mostrar síntomas exacerbados de tristeza, desánimo, desinterés por las cosas, pérdida de apetito y otros signos que pueden ser percibidos por el entorno y por el propio paciente.

“En la depresión hay una mayor intensidad, el sufrimiento de una persona con depresión suele ser mayor y la clasificamos en leve, moderada y severa. Suele estar ligada a algún evento”, dice Breda.

No es la personalidad

La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y en muchos casos se confunde como algo “de la personalidad”·

Mujer mira al horizonte a través de una ventana.

Getty Images
La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial.

Debido a este error común, el diagnóstico suele ser tardío y perjudica a los pacientes en la búsqueda del tratamiento correcto, algo que puede tardar décadas.

Es fundamental, según los expertos, dejar de decir que cierta persona es aburrida, que es así y ha sido así toda su vida y que, por tanto, no cambiará más.

“La distimia viene de modo lento y sigiloso. Sin embargo, con los años, a pesar de ser leve, el impacto funcional es grande, ya que la persona se va ganando apodos y etiquetas de gruñón y malhumorado. Esto, que es culturalmente aceptado, va retrasando el diagnóstico y también refuerza el neuroticismo, un rasgo de la personalidad que hace que se vean las cosas de un modo negativo“, explica Heyde.

En el caso de Ana, tenía dificultades para relacionarse en la escuela pero no sabía por qué. “Siempre he tenido una inseguridad mucho mayor, sobre todo en el amor. Me bloqueaba mucho”, dice.

Ella creía que todos esos sentimientos eran parte de su actitud y que, con el tiempo, podría pasar. Pero eso no pasó y los cambios de humor se sucedieron con frecuencia.

Selfie de Ana Bacovis

Archivo personal
Desde que volvió a recibir asesoramiento psicológico, Ana ha notado una mejora significativa

“Quien tiene distimia tiene una relación muy conflictiva consigo mismo. En algún momento te acabas enfadando”, dice Ana.

Cómo buscar ayuda y tratar el trastorno

Es fundamental que el paciente busque ayuda temprana para evitar el infradiagnóstico. Muchas veces, cuando hay una queja específica sobre otra enfermedad no se busca apoyo psiquiátrico y, en general, se recibe el diagnóstico de esa otra dolencia y la distimina pasa desapercibida.

“La depresión en sí tiene hasta un 50 % de casos que no son diagnosticados por los médicos de atención primaria. Imagina lo que pasa con la distimia, donde una persona puede quejarse de sentir cansancio, fatiga y baja autoestima. Es bastante común asociarla con otras enfermedades psiquiátricas, trastorno de ansiedad y uso de sustancias“, dice Haag.

El diagnóstico tardío, refuerza el médico, también puede interferir en la aparición de otras enfermedades o empeorar cada una de ellas.

“La distimia y la depresión afectan al organismo de forma sistémica y puede hacer que empeoren algunos cuadros clínicos como la diabetes, hipertensión y enfermedades reumatológicas, haciendo que el paciente necesite mayores dosis de fármacos o una combinación superior de medicamentos para estabilizar ese cuadro”, dice.

Como todavía hay bastante tabú en relación a los temas de salud mental, identificar el trastorno puede ser aún más complicado. Lo recomendable es buscar atención con psicólogos y psiquiatras, quienes evaluarán el caso y podrán determinar la línea terapeútica correcta, la cual puede hacerse con medicación o solo psicoterapia.

En el momento en que Ana descubrió la distimia, continuó con psicoterapia y terapias “alternativas” ya que, debido a su edad, su psicóloga prefería no recetarle medicamentos.

Durante algunos años, esta servidora pública interrumpió las sesiones de terapia, pero desde el inicio de la pandemia, en 2020, ha regresado. Desde entonces ha notado una mejoría significativa.

Los especialistas refuerzan la importancia de no interrumpir el tratamiento sin la autorización de un profesional de la salud y que se debe observar continuamente la evolución del trastorno.

El seguimiento médico puede durar meses o años, pero es fundamental para mejorar los síntomas y la calidad de vida del paciente.


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