La salud emocional de los niños tras los sismos de 2017 ha sido olvidada, denuncia UNICEF

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia presenta un informe sobre la situación de la niñez a un año de los terremotos, destacando problemas de infraestructura sanitaria y atención psicoemocional

La salud emocional de los niños tras los sismos de 2017 ha sido olvidada, denuncia UNICEF
Archivo / Cuartoscuro

Tras los terremotos del 7 y el 19 de septiembre de 2017, la atención de todo el país se volcó sobre los estados más afectados: Oaxaca, Morelos, Chiapas y Ciudad de México. Toneladas de ayuda humanitaria fueron enviadas y se pusieron en marcha diversos programas de atención a los damnificados, pero cuando se pensó en los niños afectados, la atención se enfocó básicamente en alimentación y escuelas. Muy poco se destinó a la atención de las secuelas emocionales de los menores ante el desastre, denuncia el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Los sismos de 8.2 y 7.1 grados que azotaron el sur del país hace un año destruyeron -además de inmuebles- infraestructura hidráulica y sanitaria, lo que ha representado un importante problema de salud pública durante este periodo, sin embargo, las afectaciones más importantes de los niños que sobrevivieron el sismo son las psicológicas, refiere el ‘Informe sobre la situación humanitaria de la infancia y la adolescencia a un año de los terremotos en México’ de UNICEF, presentado este miércoles.

El Fondo realizó varias misiones de investigación y de apoyo a los estados impactados por los sismos y, en ellos, eligió los dos municipios cuya situación consideró más grave: Juchitán, en Oaxaca (el más afectado por el sismo del 7 de septiembre) y Jojutla, en Morelos (el más dañado por el terremoto del día 19). Los analistas hallaron falta de información y de protocolos; rezago en la reconstrucción y falta de espacios para que los niños puedan volver a la normalidad y superar el evento traumático.

“Los sectores del gobierno involucrados en acciones de respuesta, principalmente el educativo (a través de la Secretaría de Educación Pública), entregaron datos desagregados sobre los impactos de los sismos, pero estos se centraron, por ejemplo, en afectaciones a la infraestructura educativa principalmente, y no en el impacto en el bienestar de niños y niñas”, señala el Informe de UNICEF.

Esto se debe a que el gobierno ni siquiera tiene un sistema de información sobre las afectaciones psico-emocionales de los sismos, específicamente en hogares con niños afectados por desastres naturales, lo que impide diseñar estrategias de atención a las familias afectadas, según los investigadores.

Pese a que los esquemas de apoyo psicológico para adultos y para niños fueron activados por sociedad civil, universidades y gobiernos locales inmediatamente después de la emergencia,  este apoyo se ha diluido en el tiempo, reduciéndose significativamente la oferta de atención especializada para atender afectaciones de largo plazo, alerta el reporte.

Recuperación lenta, educación en riesgo

Tanto en Jojutla como en Juchitán, informa el órgano de la ONU, quedó en evidencia un gran nivel de informalidad en la información sobre los puntos de distribución de alimentos para la población afectada, ya que ésta circulaba a través de redes sociales, lo que replicó patrones de desigualdad preexistentes: las personas con redes de contacto más amplias y acceso a Internet pudieron obtener más alimentos que las familias que no lo tienen.

También preocupó a UNICEF la alta oferta de sustitutos de leche materna que había en las donaciones de alimentos, ya que los bebés alimentados con fórmulas dejan de recibir nutrientes que fortalecen su sistema inmune y digestivo, obtenidos a través de la lactancia.

Pressia Arifin-Cabo, representante adjunta de UNICEF, explicó a Animal Político que los donativos de estos productos en situaciones de emergencia pueden ser útiles pero no deben ser distribuidos sin control, sino que idealmente debe haber un médico responsable que los entregue a las familias que los necesitan por una situación particular; pues si se reparte por igual a todas, se corre el riesgo de que los bebés sean alimentados de esta forma simplemente porque ya les donaron el producto.

También existe el riesgo de enfermedades gastrointestinales que pudieran ser mortales, ya que la leche en polvo requiere ser mezclada con agua y en situaciones de crisis, no siempre hay agua potable disponible para este fin.

“No decimos que esté mal, porque ciertas fórmulas pueden ayudar a algunos niños, pero esto debe estar guiado por un especialista, no es algo de uso general. También el uso de leche en polvo contribuye luego al problema de obesidad y sobrepeso, que es un problema de emergencia pública en este país”, detalló la funcionaria.

En los albergues temporales quedó en evidencia la escasez de baños portátiles y de medidas de seguridad y privacidad adecuadas. Este descuido ha generado múltiples incomodidades a las niñas y las mujeres, advierte la organización. También fue revelado el riesgo sanitario que persiste en algunas localidades de esos municipios, debido a que los sismos afectaron particularmente las instalaciones de agua y saneamiento de las escuelas. Citando la información recopilada en distintas dependencias de Chiapas y Oaxaca, el informe asegura que hay unas 3 mil 444 escuelas dañadas parcial o completamente.

Respecto al daño que sufrió la infraestructura educativa, por el cual las clases se vieron interrumpidas o suspendidas, UNICEF señala que la reconstrucción ha sido lenta y los niños, además de tener menos horas y días de clases, carecen de espacios recreativos que les permitan volver a su cotidianeidad: muchas escuelas siguen siendo utilizadas como albergues, y algunos parques y centros deportivos se usan para depositar materiales de construcción.

“Los niños y niñas cuyas escuelas fueron dañadas asisten menos horas a clase (de dos a tres horas al día) y suelen asistir sólo dos o tres días a la semana”, especifica el reporte. Pero no todos los niños que se ausentan de las aulas es porque estén dañadas: entre las principales razones para asistir menos días y menos horas a clases, está el calor dentro de las carpas temporales donde se imparten las clases, la falta de instalaciones sanitarias suficientes y la falta de agua para beber.

La educación es otra de las necesidades más apremiantes en estas entidades, de acuerdo con Arifin-Cabo, pues este regreso “parcial” a clases, lejos de ayudar a los menores, los afecta más, ya que no están adquiriendo la suficiente preparación para pasar al siguiente nivel y esto les provocará rezago. En los peores casos, incluso provocará que los niños abandonen la escuela ante la dificultad de continuar así.

“¿Cómo van al siguiente año con la mitad de lo que deberían aprender? Los resultados en la prueba PISA son muy bajos en México por razones como esta. El aprendizaje es algo que ya tenía desafíos antes y se agudizaron con el terremoto”, dijo la representante adjunta de UNICEF en referencia al examen de rendimiento que aplica la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Y la reconstrucción no promete completarse pronto: en el caso de Oaxaca, problemas como tarjetas de apoyos sin fondos, censos incompletos y la asignación ineficiente de recursos han detenido el avance en la zona del Istmo de Tehuantepec. “Si bien no hay un censo terminado de las viviendas que requieren de reconstrucción se estima que ésta no ha llegado ni al 40%”, advierte UNICEF.

Otra adversidad a la que se han enfrentado los menores de edad después de los sismos es la necesidad de trabajar para ayudar a sus familias en medio de la crisis, por lo que hay una alta deserción escolar concentrada en los niveles medio superior y superior, atribuida a la decisión de dejar los estudios para integrarse al mercado laboral.

La organización llevó a cabo en marzo pasado un seminario que dejó al descubierto las carencias que aún imperan en estos municipios en materia de prevención de desastres. A nivel nacional, falta capacitación para dar respuesta a una emergencia: UNICEF identificó que la comunidad educativa (incluidos los alumnos y sus familias) no tiene acceso a información clara y sencilla sobre cómo reducir riesgos y cómo actuar en casos de emergencia, incluso sobre cómo acceder a un fondo de emergencia.

El sistema escolar local no tiene información actualizada y pública sobre cuántos niños, niñas y adolescentes asistían a las escuelas antes de los terremotos y cuántos las abandonaron después; tampoco sobre cuántas escuelas tienen medidas mínimas de protección civil, periodicidad de sus simulacros o sobre planes escolares de gestión de riesgos. Aún más lejos quedó, de acuerdo con este informe, la información y capacitación en apoyo psicoemocional a maestros y autoridades educativas, que les permita auxiliar a los estudiantes en caso de un nuevo desastre.

 

Esta publicación fue posible gracias al apoyo de Fundación Kellogg. 

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