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Foto: Rodrigo Crespo

A un año del sismo, Xóchitl sigue cortando el cabello en la banqueta

Xóchitl de la Paz perdió a su madre y a su negocio, con el sismo del 19 de septiembre. Pese a trabajar diario, un año después no ha podido recuperarse del todo, en ningún sentido.
Foto: Rodrigo Crespo
18 de septiembre, 2018
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Días después del temblor del 19 de septiembre de 2017, Xóchitl de la Paz decidió encarar la tragedia de haber perdido a su madre por el derrumbe de su edificio y su negocio, una estética instalada en el estacionamiento, con lo que le quedaba: su trabajo.

En la banqueta donde estaba su antiguo local y departamento puso una sombrilla, una silla y con tijeras en mano comenzó a cortar el cabello para iniciar desde cero otra vez.

Necesitaba conseguir una nueva casa, mantener a su único hijo de 11 años, y sabía que sólo podía lograrlo trabajando, porque la ayuda gubernamental tal vez no llegaría. Se convirtió en un ejemplo de entereza, de esperanza, por eso los medios de comunicación publicaban su historia y, quienes se enteraban, se sumaban a su clientela para ayudar.

Un año después del sismo su situación económica y laboral es la misma. Pese a trabajar diario, no ha podido recuperarse del todo en ningún sentido. El dolor de la muerte de su madre es una constante, y aún está trabajando en la banqueta porque los 50 pesos que cobra por cada corte no le permiten pagar la renta de un local.

“Por más ganas que tengas de trabajar, por más ganas que tengas de salir adelante, llega un momento en el que te cansas, te sientes indefenso”, dice.

Cuando decidió instalarse en la banqueta no sabía lo que enfrentaría en los días siguientes. El clima es implacable cuando se pasa todo el día en la calle. Desde soportar el calor intenso que no se evade con una sombrilla plantada en un neumático, y las lluvias torrenciales.

“Entre que tienes miedo que se mojen los aparatos de trabajo, y te quieres tapar y cuidar que el viento no se lleve las cosas, es desesperante, tienes ganas de llorar; es lo que te lleva a decir: ya no puedo más”, cuenta.

Pero pese a todo, sabe que tiene que vencer la desesperación y al otro día regresa al mismo lugar. Instala el espejo, la sombrilla y comienza el día a las 10 de la mañana.

“Lo que me ha mantenido es lo que me han inculcado mis papás, que solamente una persona puede salir adelante trabajando y yo soy jefa de familia, tengo que sacar adelante a mi hijo. Este es mi medio de trabajo”.

Y su entereza rendía frutos. En los días siguientes a la emergencia, las personas hacían fila por varios minutos con tal de ayudar.

“Venía muchísima gente, pero conforme va pasando el tiempo la gente vuelve a su rutina, y sí sigo teniendo clientes, pero son de la colonia. Los que venían de lejos era por mostrar la solidaridad que nos caracteriza como mexicanos”, afirma Xóchitl.

En los mejores días hacía hasta 20 cortes de cabello, pero desde semana santa comenzó a bajar la clientela, ahora sólo atiende a dos o tres personas por día y “en un día muy bueno hasta 10”, pero no más.

Por eso es que pagar una renta de 6 mil pesos mensuales por un local es impensable. Tendría que hacer cuatro cortes de cabello a diario sólo para solventar el alquiler. “Si lo subo a 100 pesos, mis clientes ya no vendrían, ya se acostumbraron a la tarifa de 50 pesos”.

No tener local también le impidió recibir un apoyo por parte de la Secretaría del Trabajo de la Ciudad de México, pese a que una funcionaria le dio seguimiento a su caso y le ayudó con los trámites para que pudiera recibir muebles para la estética, pero “el problema es que yo no tengo un local y por eso no garantizo la seguridad de los muebles que me daban en custodia y por eso no se pudo hacer”, cuenta.

Las heridas del sismo

Xóchitl tiene 45 años, es de tez morena, cabello corto y negro. Después de clases, su hijo está con ella el resto de la tarde y también aguanta las inclemencias del tiempo y el aburrimiento. Antes del sismo él pasaba la tarde con su abuela mientras su madre atendía la estética en el estacionamiento del edificio.

La madre de Xóchitl, María Salomé López, de 74 años, estaba en su departamento a la hora del temblor el 19 de septiembre. Ni siquiera intentó salir y fue lo mejor porque las escaleras se desplomaron inmediatamente. Aunque fue rescatada con vida, murió horas después en el hospital.

El departamento era el patrimonio que había conseguido en 2006 y le dijeron que el inmueble tenía 25 años más de vida. Por eso es que después de unos meses, el dolor de Xóchitl se convirtió en coraje porque “si bien mi mamá falleció a raíz de un desastre natural, pudo haberse evitado porque este edificio tenía muchas anomalías”.

El edificio estaba ubicado en la avenida Niños Héroes de Chapultepec, en la colonia Niños Héroes, en la Ciudad de México, “era viejo, no tenía permiso para un cuarto piso, no estaba registrado en el catastro, el Infonavit autorizó los créditos y supuestamente vino un perito evaluador a autorizar que se comprara este departamento porque por lo menos iba a resistir 25 años”, cuenta Xóchitl.

“Decían que desde el 85 lo desalojaron porque estaba inhabitable y aún así las autoridades permitieron que se vendiera sólo remodelándolo. Es lo que me llena de impotencia, pensar que no puede ser que se pierdan vidas a costa de dinero. No hubo quien dijera esto está mal, esto no lo puedes hacer”.

Pero pese a que la corrupción mató a su madre, no hay responsable al respecto, por eso, el coraje volvió a ser dolor. A punto de acercarse el primer aniversario del sismo sólo siente tristeza.

“Es un dolor que a lo mejor voy a llevar toda la vida, pero que tengo que superar”, dice.

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#YoSoyAnimal

Cómo los seres humanos aprendimos a comer plantas que podrían matarnos

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8 de septiembre, 2019
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Ilustración de Robert Burke, William Wills y John King llegando a Cooper's Creek, en 1861

Getty Images
Robert Burke, William Wills y John King llegando a Cooper’s Creek en 1861.

En 1860, Robert Burke y William Wills llevaron a cabo la primera expedición europea por el hasta entonces mayormente desconocido interior de Australia.

No les fue muy bien. Debido a una combinación de liderazgo pobre, mala planificación y mala fortuna, Burke, Wills y su compañero de viaje John King se quedaron sin comida en el trayecto de regreso.

Quedaron varados en un arroyo llamado Cooper’s Creek, ya que no pudieron encontrar la manera de transportar suficiente agua para cruzar un tramo de desierto hasta el puesto colonial más cercano, llamado irónicamente el Monte Hopeless (Sin Esperanza, en inglés).

“No hemos podido abandonar el arroyo”, escribió Wills. “Ambos camellos murieron y nuestras provisiones se agotaron. Estamos tratando de vivir de la mejor manera posible”.

La población local, la tribu yandruwandha, parecía prosperar a pesar de las condiciones que Wills y sus colegas encontraban tan difíciles.

Los yandruwandha le dieron a los exploradores pasteles hechos con semillas trituradas de una planta que conocían como nardoo (Marsilea drummondii), un helecho parecido a un trébol de cuatro hojas.

Nardoo flotando en un lago en Australia

Getty Images
El nardoo, que aparece flotando aquí en primer plano, es un tipo de helecho originario de Australia.

Burke se peleó con los aborígenes e, imprudentemente, los alejó con un disparo de su pistola.

Pero el trío pensó que, tal vez, había aprendido lo suficiente como para sobrevivir.

Así que, cuando encontraron nardoo fresco, decidieron hacer sus propios pasteles.

Al principio, todo parecía estar bien. Satisfacían su apetito, pero se sentían cada vez más débiles.

Una semana más tarde, Wills y Burke estaban muertos.

Resulta que preparar el nardoopara hacerlo comestible es un proceso complejo.

Este helecho está lleno de una enzima llamada tiaminasa, que es tóxica para el cuerpo humano. La tiaminasa descompone el suministro de vitamina B1 del cuerpo, lo que impide al organismo absorber los nutrientes de los alimentos.

A pesar de que Burke, Wills y King tenían sus estómagos llenos, estaban muertos de hambre.

Los yandruwandha cocinaban las esporas de nardoo, molían la harina con agua y exponían los pasteles a cenizas. Con estos pasos hacían que la tiaminasa fuera menos tóxica. No es algo que uno aprende a hacer por casualidad.

Apenas vivo, King se arrojó a la merced de los yandruwandha, quienes lo mantuvieron con vida hasta que llegó la ayuda europea, meses más tarde.

Fue el único miembro de la expedición que sobrevivió.

La otra yuca

Raíces de yuca

Getty Images
La yuca es un alimento básico en los países tropicales. Pero no hay que confundirla con la otra yuca, la amarga o brava.

Tan tóxica como el nardoo es la yuca amarga o brava, que no hay que confundir con la otra yuca, la dulce, un tubérculo que se consume a diario en varios países de América Latina, entre otros.

Los niveles de cianuro o ácido cianhídrico presentes la yuca amarga, si no es tratada y cocinada de forma adecuada, pueden causar desde intoxicación hasta un fallo masivo en los órganos vitales, como el hígado y el cerebro.

Y también una afección llamada konzo, cuyos síntomas incluyen la parálisis repentina de las piernas.

Pero en 1981, en Nampula, Mozambique, un joven médico sueco llamado Hans Rosling no sabía nada de esto. Como resultado, la situación que enfrentó fue profundamente desconcertante.

Cada vez más personas acudían a su clínica con parálisis en las piernas.

¿Podría ser un brote de polio? No. Los síntomas no aparecían en ningún libro médico.

Con Mozambique entrando en una guerra civil ¿podría ser el efecto de armas químicas?

Llevó a su esposa Agneta y a sus hijos pequeños a un lugar seguro y continuó sus investigaciones.

Fue la colega del doctor Rosling, la epidemióloga Julie Cliff, quien finalmente descubrió lo que estaba sucediendo.

Los enfermos estaban comiendo alimentos a base de yuca amarga que había sido procesada de manera incompleta.

Hambrientos y desnutridos, no podían esperar lo suficiente para que fuera segura para el consumo. Como resultado, desarrollaron konzo.

Prueba y error

Hay plantas tóxicas en todas partes.

A veces, adecuadamente procesadas, pueden ser comestibles.

Pero ¿cómo aprende alguien a realizar la preparación elaborada que necesita la yuca o el nardoo?

No es algo que aprende una sola persona, según Joseph Henrich, un biólogo evolutivo.

Henrich sostiene que este conocimiento es cultural.Nuestras culturas evolucionan a través de un proceso de prueba y error análogo a la evolución en especies biológicas.

Al igual que la evolución biológica, la evolución cultural puede, con el tiempo suficiente, producir resultados impresionantemente sofisticados.

Alguien da con un paso que parece hacer que la planta tóxica sea menos riesgosa; eso se difunde y se descubre otro paso. Con el tiempo, pueden evolucionar rituales complejos, cada uno ligeramente más efectivo que el anterior.

En América del Sur, las tribus han aprendido los muchos pasos necesarios para desintoxicar por completo la yuca amarga: raspar, rallar, lavar, hervir el líquido, dejar reposar el sólido durante dos días y luego hornear, para hacer un pan ácimo llamado casabe.

Preparación de harina de mandioca en Brasil.

Getty Images
Preparación de harina de mandioca en Brasil.

Si les preguntas por qué hacen esto, no mencionarán el cianuro de hidrógeno. Simplemente dirán: “Esta es nuestra cultura”.

En África, la yuca se introdujo recién en el siglo XVII. No venía con un manual de instrucciones, así que la intoxicación por cianuro sigue siendo un problema ocasional.

La gente toma atajos porque el aprendizaje cultural aún es incompleto.

Henrich argumenta que la evolución cultural es a menudo mucho más inteligente que nosotros.

Ya sea para construir un iglú, cazar un antílope, prender un fuego, hacer un arco largo o procesar la yuca amarga, no aprendemos entendiendo los principios de las cosas, sino imitando.

Una mujer en la aldea brasileña de Bannibas preparando casabe de yuca.

Getty Images
Una mujer en la aldea brasileña de Bannibas preparando casabe de yuca.

Un estudio desafió a los participantes a colocar pesas en los radios de una rueda para maximizar la velocidad a la que rodaba por una pendiente.

Los datos sobre la prueba más exitosa de cada participante se le pasaban a una nueva persona.

Debido a que se beneficiaban de los experimentos anteriores, a los últimos participantes les fue mucho mejor.

Sin embargo, cuando se les preguntó, no podían explicar por qué algunas ruedas rodaban más rápido que otras.

Otros estudios muestran que los humanos somos los únicos primates que tenemos el instinto de imitar.

Las pruebas revelaron que los chimpancés y los humanos de dos años y medio tienen capacidades mentales similares, a menos que el desafío sea aprender copiando a alguien.

Los niños pequeños son mucho mejores copiando que los chimpancés.

Y los humanos copiamos rituales, algo que no hacen los chimpancés. Los psicólogos llaman a esto sobreimitación.

Podría parecer que en esto los chimpancés son los más inteligentes. Pero si estás procesando raíces de yuca amarga, la sobreimitación es exactamente lo que debes hacer.

Un niño jugando con un chimpancé

Getty Images
Un niño puede copiar comportamientos mucho mejor que un chimpancé de la misma edad.

Si Henrich tiene razón, la civilización humana se basa menos en inteligencia pura que en una capacidad altamente desarrollada para aprender unos de otros.

A lo largo de las generaciones, nuestros antepasados acumularon ideas útiles gracias a la prueba y el error, y la siguiente generación simplemente las copió.

Sin duda, algunas ideas menos útiles se mezclaron con ellas, como la necesidad de un baile ritual para que lleguen las lluvias, o la convicción de que sacrificar una cabra persuadirá al volcán para que no entre en erupción.

Pero en general, pareciera que nos fue mejor copiando sin preguntar que asumiendo, como los chimpancés, que éramos lo suficientemente inteligentes como para poder determinar qué pasos podríamos ignorar de manera segura.

Claro que la evolución cultural solo nos puede llevar hasta cierto punto.

Ahora tenemos el método científico para decirnos que sí, realmente necesitamos dejar reposar la mandioca durante dos días, pero no, al volcán no le importan las cabras.

Cuando comprendemos los principios de las cosas podemos avanzar más rápidamente que mediante prueba, error e imitación.

Pero no debemos menospreciar el tipo de inteligencia colectiva que salvó la vida de King.

Es lo que hizo posible la civilización, y también el funcionamiento de la economía.


Tim Harford escribe la columna “Economista clandestino” en el diario británico Financial Times. El Servicio Mundial de la BBC transmite la serie 50 Things That Made the Modern Economy. Puedes encontrar más información sobre las fuentes del programa y escuchar todos los episodios o suscribirte al podcast de la serie.


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https://www.youtube.com/watch?v=16AhQaStWxg

https://www.youtube.com/watch?v=gFkihTytGRU

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