No apostaremos por la guerra ni por el uso de la fuerza, promete AMLO a víctimas
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Cuartoscuro

No apostaremos por la guerra ni por el uso de la fuerza, promete AMLO a víctimas

El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, recibió los resultados de los 16 foros regionales de pacificación y más de 10 con expertos para escuchar propuestas para acabar con la violencia en México.
Cuartoscuro
Por Itxaro Arteta @iartetam
24 de octubre, 2018
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Andrés Manuel López Obrador, presidente electo, dijo que su gobierno no apostará por la guerra para lograr la paz en el país, ni ordenará nunca la represión a los ciudadanos.

Al clausurar los Foros Escucha para la Pacificación y la Reconciliación Nacional, dijo que se puede garantizar la paz y tranquilidad en el país sin el uso extremo de la fuerza.

“Para simplificar, primero, el no apostar a la guerra. Mi gobierno se compromete a eso, a no apostar a la guerra. Esto, entre otras cosas, implica no optar por el exterminio de los seres humanos, el que no haya masacres en nuestro país, el que podamos garantizar la paz y la tranquilidad sin el uso extremo de la fuerza”, aseguró.

López Obrador recibió las relatorías, resultados de la consulta por internet o con cuestionarios en los estados y otros documentos en un evento con 280 invitados, entre miembros de los equipos de sus propios funcionarios e integrantes de organizaciones sociales. Estos últimos no participaron como oradores en las dos horas que duró el acto.

El presidente electo hizo ocho compromisos de seguridad con las víctimas.

Expuso que el problema de inseguridad se debe combatir desde diferentes ámbitos, como el social y económico, por lo que una de sus primeras acciones será generar oportunidades y empleos para los jóvenes, a fin de que no se sumen a las filas de la delincuencia.

Aseguró que la inseguridad y la violencia se han originado por el modelo económico que se ha venido imponiendo, se abandonaron las actividades productivas.

López Obrador dijo que debe dejarse de lado la simulación, “de echarle la culpa a los de abajo, a quienes reciben instrucciones, el jefe del Estado es el principal responsable de la inseguridad y la violencia”.

Al mencionar el perdón, uno de los temas que generó inconformidades durante los foros de escucha por parte de familiares de víctimas, el presidente electo dijo que su postura personal es de “olvido no, perdón sí”, pero como jefe de Estado se someterá a la opinión de todos.

“Es buscar el equilibrio entre justicia y perdón, que es también amnistía, no descartarla, que no es sinónimo de impunidad, y sobre todo, reconciliación”, aseguró.

Dijo que se aceptará la ayuda internacional de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que unos minutos antes había ofrecido su experiencia y conocimientos para apoyar el proceso de pacificación. También prometió respeto total a la autonomía de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), de la que estaba presente el titular, Luis Raúl González Pérez.

Como compromisos con el respeto a los derechos humanos, López Obrador dijo que será una materia fundamental en la formación de policías y militares, y contó que antes de decidir el nombramiento de los futuros secretarios de la Defensa y la Marina, le pidió una investigación a la CNDH sobre todos los generales en activo para asegurarse de elegir a quienes no tuvieran recomendaciones por su comportamiento.

Antes de que López Obrador cerrara el evento, la futura secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, dijo que la dependencia a su cargo asumirá el mandato de buscar a los miles de desaparecidos que hay en el país, lo que consideró la mayor deuda moral del Estado, y prometió echar a andar el mecanismo de búsqueda y la ley de desaparición forzada.

“Recibimos un país violento y dolido. El reto es monumental”, sentenció.

Del equipo de transición expusieron también el futuro secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, y la coordinadora de los foros de pacificación, Loretta Ortiz, que fueron claros en decir que el documento elaborado es apenas un primer paso para construir un diálogo entre sociedad y gobierno para conseguir el fin de la violencia, y que continuará enriqueciéndose en los próximos meses.

Alfonso Durazo dijo que los jóvenes entre 13 y 30 años y los pueblos originarios son los más afectados por la inseguridad. Aseguró que también falta una atención prioritaria a los campesinos siembran cultivos ilegales.

Dijo que el proceso de justicia del próximo gobierno incluirá reparación del daño, el castigo, la disculpa y el perdón.

Esta apertura fue reconocida como lo más positivo del acto por uno de los activistas presentes. Alberto Solís, director de Serapaz, comentó a Animal Político que lo más importantes es que no se haya presentado una propuesta ya cerrada sino el ofrecimiento de seguir trabajando.

“Lo importante es que se quede como un insumo de un ejercicio en el cual muchos colectivos de víctimas se quedaron con dudas, por la manera de elaborarse, por el acelere de hacer foros por todos lados con una metodología confusa, que no se logró coordinar con las organizaciones de la sociedad civil que llevaban más tiempo trabajando el tema. La parte positiva es que han tenido ellos la apertura de abrir este espacio de interlocución, diálogo y construcción en otras dinámicas. Esperamos que éste sea uno de varios insumos”, dijo.

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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