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Elizabeth Cruz
Historias de la Caravana: migrantes huyen de las pandillas de Honduras con menores y bebés para buscar refugio en EU
Animal Político entrevistó a madres y padres que huyen de Honduras con bebés y menores de edad por la pobreza y la violencia de las pandillas.
Elizabeth Cruz
Por Manu Ureste
9 de noviembre, 2018
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Desde que salió de Honduras el pasado mes de octubre para unirse a la Caravana Migrante que recorre México hasta la frontera de Estados Unidos, Karen cuenta que tiene una pesadilla recurrente.

Sueña que se queda profundamente dormida.

Que los mil 800 kilómetros que lleva acumulados de Caravana, entre caminatas bajo el sol, la lluvia, y el frío, y algún “raite” esporádico en camión o coche, la vencen a traición. Y que, entonces, como un plomo que va lentamente camino hacia el fondo del río, se deja arrastrar por el peso del cansancio y pierde la noción del tiempo.

Primero pasan diez minutos.

Luego una hora.

Dos.

Tres…

Cuando abre los ojos con la primera brisa gélida del alba, la hondureña de tez cobriza, ojos negros, y pelo lacio, no sabe si está en Tecún Uman, en la frontera de Guatemala con México, donde vivió con la Caravana el primer enfrentamiento con 200 policías federales, que buscaban impedir el acceso de los migrantes al interior del país.

O si ya está en el albergue de la Ciudad de México donde, desde el pasado domingo, las autoridades capitalinas instalaron una especie de “santuario migrante” para atender a 5 mil personas con agua, comida, medicinas, y asesoría legal, antes de continuar hacia la frontera con Estados Unidos.

Con la respiración agitada, Karen cuenta que en su sueño mira en un gesto instintivo, eléctrico, a izquierda y derecha.

Pero el pánico le nubla la vista y no encuentra a su hija de seis años, ni a la de diez, ni al varón de 13 años.

Entonces, se incorpora como un resorte sobre la delgada colchoneta en la que duerme, tira la manta a un lado en un gesto agresivo, y comienza desesperada a palpar con las dos manos a su alrededor, como quien busca a ciegas en mitad de una noche cerrada.

Así, hasta que toca con la punta de sus dedos finos las cabezas llenas de pelo hirsuto de sus tres niños, y aliviada, cae en la cuenta de que ya está despierta, que nadie ha secuestrado a sus hijos, y que el sueño ha terminado. Aunque la pesadilla por la que huyó de Honduras continúa.

Elizabeth Cruz

“Si no pagas, empezamos matando a una de tus hijas”

En su país, Karen cuenta que se autoempleaba ofreciendo menús económicos en un comedor. El negocio no dejaba mucho, explica. Lo justo para ir tirando y para mantener a sus hijos en la escuela. Hasta que un día, le dejaron una nota sobre la mesa, en la que una pandilla le exigía el temido “impuesto de guerra”. O, en otras palabras: el 50% de las ganancias del negocio.

A partir de ese entonces, los pandilleros le dieron de plazo cuatro días para darles el primer impuesto.

Pero todo se complicó.

-Las ventas del comedor estaban muy bajas, ¿con qué dinero les iba a pagar? –pregunta la hondureña que sostiene de la mano a su hija pequeña, una niña de ojos negros rasgados que lleva una mochila de la que sobresale la cabeza de una muñeca con las mejillas desgastadas y sucias-. ¿Con el dinero para que comieran mis hijas? No podía hacer eso, pues. Pero ellos no entienden. Solo te dicen: tenés cuatro días, y si no pagas, empezamos matando a una de tus hijas.

Así que Karen no lo pensó cuando se enteró por las redes sociales de que se estaba preparando una Caravana Migrante, que saldría de Honduras para atravesar México y llegar a Estados Unidos, donde pedirán refugio.

Agarró a sus dos hijas, y a su hijo, y lo mejor que pudo les explicó a unos niños que tenían que huir de sus hogares, abandonar la escuela, a sus amigos, sus juegos, su vida. Todo. E iniciar otra vida prematuramente adulta como migrantes sin documentos con apenas seis, diez y trece años.

-Migrar es muy difícil, muy peligroso. Pero hacerlo con tres niños, es todavía mucho más duro. Tienes que estar pendiente todo el rato para que no les vayan a hacer algo, o que te los quiten. Por eso, ya no duermo. Los vigilo día y noche. Porque mis tres hijos son los único que tengo en la vida. Y ellos solo me tienen a mí.

En este punto de la plática, la voz de Karen se quiebra.

Se lleva las manos a la cara y luego se las pasa por el cabello cobrizo, para exhalar una bocanada de aire con la que recobra el aliento.

A veces, dice abrazando a su otra niña de diez años, una muchacha espigada y alta para su edad, de ojos negros saltones y sonrisa traviesa, observa en silencio a sus hijos dormir en la noche y les pide perdón.

Perdón por meterlos a un camino minado de peligros. Un camino de violaciones, extorsiones, agresiones, desapariciones, y de tanto muerto en pos de un sueño que muchas veces termina truncado en un desierto, o se queda varado en una estación migratoria en la frontera sur de Texas.

-Les pido perdón porque están viviendo algo que no deberían vivir –murmura Karen limpiándose las lágrimas que la corren por las mejillas-.

-Pero sé que ellas ven cómo estoy luchando honradamente –dice ahora con rabia en su tono de voz-. Sé que el día de mañana, cuando crezcan y recuerden todo esto que estamos pasando, se van a sentir orgullosas de tener una madre que luchó hasta el final para que tengan un mejor futuro.

Elizabeth Cruz

“Es un riesgo traer a mi bebé así, pero no me queda de otra”

Karen no es, desde luego, la única madre que migra, o que huye, con menores. En un simple recorrido por las instalaciones del estadio Jesús Martínez ‘Palillo’, en la alcaldía Iztacalco de la capital mexicana, se pueden apreciar a simple vista una gran cantidad de menores: desde bebés que van en carriola, hasta adolescentes que viajan con algún familiar, o solos.

De hecho, se pueden contar por miles: según el censo que hizo la Comisión de Derechos Humanos del DF, de los 4 mil 814 migrantes que llegaron a las instalaciones del albergue entre el domingo 4 de noviembre y ayer jueves, mil 726 son menores de edad: el 36%.

Antonio Javier, un hondureño de 20 años que, por su rostro lampiño y mirada aniñada, podría pasar él mismo por menor de edad, llegó al albergue cargado con una aparatosa mochila, donde lleva unos tenis colgando, y una manta enrollada, y tirando de una carriola donde en su interior viaja una niña de dos años, que llora cuando tose con esfuerzo.

-Así vengo desde Honduras. Unas veces caminando, otras aprovechando algún ‘raite’, y echándole muchas ganas con todo y la carriola –sonríe exhausto el migrante, que aprovecha para agradecer la solidaridad de los mexicanos que lo apoyaron en el trayecto donándole pañales y medicamentos para la fuerte tos que trae la niña desde Veracruz, el punto anterior a la llegada a la Ciudad de México.

-Sé que es un gran riesgo traer a mi hija así –mira la carriola que ya trae las cuatro ruedas desconchadas-. Pero no tenemos de otra. En mi país, el gobierno nos tiene en la ruina, sin trabajo, sin oportunidades, y con mucha delincuencia. Y eso es lo que nos obliga a tener que salir con todo y la bebé.

María Elena Torres también es hondureña, como casi todos en el albergue de la Ciudad de México, donde el 84% de la población recibida es de ese país. La mujer tiene ambas manos ocupadas sosteniendo las de dos niñas de apenas dos y tres años.

-Cuando una migra así –sonríe mostrando las manos entrelazadas a las de las bebés-, va más preocupada por ellas que en una misma. Porque los hijos es lo que más cuida una siempre. Por eso este camino es aún más difícil para nosotras que para el resto de migrantes: porque una, como sea, lo aguanta todo. Pero los niños no saben aguantar el sol, la lluvia, el frío, y caminar tanto.

Pero tiene fe, asegura convencida. Fe en que todo el sacrificio dará un fruto para sus hijas en el futuro, aunque es consciente de que Donald Trump, ni su gobierno, las recibirá con una cálida bienvenida, sino con soldados y la Guardia Fronteriza custodiando la frontera para que no entren y se vayan de regreso a su país.

-Yo no tengo a nadie que me reciba en Estados Unidos, así que espero que entremos todos con la Caravana.

-¿Y si Trump no les da asilo? –cuestiona el periodista-.

María Elena vuelve a enseñar sus manos entrelazadas a las de las niñas, y responde:

-Entonces, le pediré a Dios que toque el corazón de Trump, para que dé refugio a estas niñas. Porque los padres solo queremos un mejor futuro para nuestros hijos.

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La carrera por producir carne artificial y cómo puede cambiar la forma en la que comemos
El desarrollo de la biotecnología está abriendo la puerta a que podamos comer carne de cerdo o de pollo sin que sea necesario matar a un solo animal y, además, hay quien defiende que beneficia al medio ambiente pero, ¿es realmente una alternativa?
23 de marzo, 2019
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Cada vez el futuro está más cerca. Un grupo de científicos británicos de la Universidad de Bath (Inglaterra) se ha marcado como misión producir carne cultivada en laboratorio.

Si lograran reproducir el proceso a escala industrial, los amantes de la carne podrían comerse un trozo de tocino sin que ningún animal haya tenido que ser sacrificado.

Los productos cárnicos de laboratorio aún no están a la venta, aunque una compañía estadounidense, Just, ha dicho que sus nuggets de pollo cultivado a partir de células extraídas de pluma de pollo vivo pronto estarán en algunos restaurantes.

La doctora Marianne Ellis, ingeniera química de la Universidad de Bath, cree que la carne cultivada en laboratorio es “una fuente de proteína alternativa para alimentar al mundo”.

Para eso es necesario tomar una muestra del tejido de cerdo, aislar las células madre para cultivar otras nuevas y después ponerlas en un biorreactor. De esta forma pueden expandirse de forma masiva, explica el estudiante de posgrado Nick Shorten, de la Universidad de Aberystwyth, en Gales.

“Así el cerdo todavía está vivo y feliz, a la vez que puedes conseguir mucho tocino”.

Pero replicar el sabor y la textura del tocino llevará años de investigación. Por el momento, en Bath están experimentando con algo que es completamente natural: hierba.

A modo de prueba, lo que estos investigadores británicos están haciendo es hacer crecer células de roedores, que son más baratas y fáciles de usar, en unas estructuras de hierba que funcionan a modo de andamio.

“La idea era esencialmente, en lugar de alimentar a una vaca con pasto y luego comer la carne, ¿por qué no ‘dar de comer hierba a nuestras células cultivadas’?”, dice Scott Allan, un estudiante de posgrado en ingeniería química.

“Usamos el andamio hecho con hierba para que las células crezcan, y después éste se puede incorporar al producto final”.

Ese producto final sería realmente tejido muscular puro, carne magra, y no algo con el sabor y la textura de un tocino o de un filete, así que habría que añadirle células de grasa y células conectivas para darle “un poco más de sabor”, explica Allan.

Para que la carne cultivada sea una opción factible en el futuro, las células tendrán que cultivarse a gran escala.

“Lo que estamos haciendo aquí es diseñar biorreactores, y el proceso necesario para usarlos y cultivar células musculares a gran escala que sean rentables, seguras y de alta calidad. De esta forma, podremos proporcionar células musculares cultivadas a tanta gente como la quiera”, asegura la doctora Ellis.

Para ello, Ellis prevé tomar “las células primarias” de un animal vivo o que haya sido recientemente sacrificado, o si no usar una población de células “inmortalizadas”, que seguirán dividiéndose.

“Esto hace que no sea necesario matar a ningún animal, siempre tendrás esta célula ‘inmortal’ que podrás usar siempre”.

Una carne que no necesita el sacrificio de un animal puede resultar muy atractiva. Tanto para los animalistas como para quienes están preocupados por los problemas ambientales que supone la producción ganadera.

Richard Parr es director gerente para Europa en The Good Food Institute, un grupo sin ánimo de lucro que promueve alternativas a los productos de la agricultura convencional.

Parr dice que la carne cultivada en laboratorio tiene el potencial de usar mucha menos tierra y agua, emitir menos dióxido de carbono, ahorrarles a miles de millones de animales un inmenso dolor y sufrimiento, y de ayudar a combatir la resistencia antimicrobiana y la contaminación de los alimentos.

“También es una oportunidad comercial enorme en la que las empresas, universidades y gobiernos deberían aprovechar la oportunidad para apoyar e invertir”, argumenta.

Según Marianne Ellis, la mayoría de los análisis parecen sugerir que la carne cultivada supone también una reducción significativa tanto de los gases de efecto invernadero, como del uso de la tierra y el agua, pero no está tan claro el ahorro energético.

Un estudio reciente descubrió que la carne cultivada en laboratorio podría ser peor para el clima que la carne convencional, aunque la investigación no analizó el uso del agua y del suelo.

“La carne cultivada podría ser una de estas alternativas prometedoras para reducir las emisiones agrícolas, pero hasta que obtengamos más datos de producción, no podemos asumir eso de forma automática”, dice el autor del artículo, John Lynch, de la Universidad de Oxford.

Los investigadores de Bath ven un futuro donde la carne cultivada conviva con la agricultura tradicional.

Illtud Dunsford, cofundador con Marianne Ellis de la empresa de biotecnología Cellular Agriculture, proviene de una larga familia de agricultores en Gales y es defensor de métodos tradicionales, pero dice que en el futuro será necesario gestionar las tierras de cultivo y que el ganado seguirá jugando su papel, pero más pequeño.

“En mi pequeña granja en el oeste de Gales, lo que me gustaría ver es que fuimos capaces de mantener una gama de razas de ganado nativas muy, muy tradicionales, aunque sea a escala muy pequeña, pero con una calidad y cuidados excelentes”.

No se espera que la carne cultivada en laboratorio esté disponible a gran escala en al menos cinco años.

Queda por ver si la gente querrá comerla o no. Las encuestas en Reino Unido, por ejemplo, sugieren que el 20% la comería, el 40% no y el resto está está indeciso.

Los sondeos muestran también que las generaciones más jóvenes, los habitantes de núcleos urbanos y las personas de mayor nivel económico están más abiertas a la idea.

Chris Bryant, psicólogo de la Universidad de Bath, dice que hay tres factores importantes que deben tenerse en cuenta: el precio, el sabor y la seguridad.

El tercero es el más difícil de abordar, dice, basado en “la falacia naturalista“, bajo la cual la gente cree que las cosas naturales son buenas y las antinaturales son malas.

En última instancia, serán los consumidores quienes juzguen el éxito o el fracaso de la carne cultivada en el laboratorio.


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