Historias de la Caravana: migrantes huyen de las pandillas de Honduras con menores y bebés para buscar refugio en EU

Animal Político entrevistó a madres y padres que huyen de Honduras con bebés y menores de edad por la pobreza y la violencia de las pandillas.

Historias de la Caravana: migrantes huyen de las pandillas de Honduras con menores y bebés para buscar refugio en EU
Elizabeth Cruz

Desde que salió de Honduras el pasado mes de octubre para unirse a la Caravana Migrante que recorre México hasta la frontera de Estados Unidos, Karen cuenta que tiene una pesadilla recurrente.

Sueña que se queda profundamente dormida.

Que los mil 800 kilómetros que lleva acumulados de Caravana, entre caminatas bajo el sol, la lluvia, y el frío, y algún “raite” esporádico en camión o coche, la vencen a traición. Y que, entonces, como un plomo que va lentamente camino hacia el fondo del río, se deja arrastrar por el peso del cansancio y pierde la noción del tiempo.

Primero pasan diez minutos.

Luego una hora.

Dos.

Tres…

Cuando abre los ojos con la primera brisa gélida del alba, la hondureña de tez cobriza, ojos negros, y pelo lacio, no sabe si está en Tecún Uman, en la frontera de Guatemala con México, donde vivió con la Caravana el primer enfrentamiento con 200 policías federales, que buscaban impedir el acceso de los migrantes al interior del país.

O si ya está en el albergue de la Ciudad de México donde, desde el pasado domingo, las autoridades capitalinas instalaron una especie de “santuario migrante” para atender a 5 mil personas con agua, comida, medicinas, y asesoría legal, antes de continuar hacia la frontera con Estados Unidos.

Con la respiración agitada, Karen cuenta que en su sueño mira en un gesto instintivo, eléctrico, a izquierda y derecha.

Pero el pánico le nubla la vista y no encuentra a su hija de seis años, ni a la de diez, ni al varón de 13 años.

Entonces, se incorpora como un resorte sobre la delgada colchoneta en la que duerme, tira la manta a un lado en un gesto agresivo, y comienza desesperada a palpar con las dos manos a su alrededor, como quien busca a ciegas en mitad de una noche cerrada.

Así, hasta que toca con la punta de sus dedos finos las cabezas llenas de pelo hirsuto de sus tres niños, y aliviada, cae en la cuenta de que ya está despierta, que nadie ha secuestrado a sus hijos, y que el sueño ha terminado. Aunque la pesadilla por la que huyó de Honduras continúa.

Elizabeth Cruz

“Si no pagas, empezamos matando a una de tus hijas”

En su país, Karen cuenta que se autoempleaba ofreciendo menús económicos en un comedor. El negocio no dejaba mucho, explica. Lo justo para ir tirando y para mantener a sus hijos en la escuela. Hasta que un día, le dejaron una nota sobre la mesa, en la que una pandilla le exigía el temido “impuesto de guerra”. O, en otras palabras: el 50% de las ganancias del negocio.

A partir de ese entonces, los pandilleros le dieron de plazo cuatro días para darles el primer impuesto.

Pero todo se complicó.

-Las ventas del comedor estaban muy bajas, ¿con qué dinero les iba a pagar? –pregunta la hondureña que sostiene de la mano a su hija pequeña, una niña de ojos negros rasgados que lleva una mochila de la que sobresale la cabeza de una muñeca con las mejillas desgastadas y sucias-. ¿Con el dinero para que comieran mis hijas? No podía hacer eso, pues. Pero ellos no entienden. Solo te dicen: tenés cuatro días, y si no pagas, empezamos matando a una de tus hijas.

Así que Karen no lo pensó cuando se enteró por las redes sociales de que se estaba preparando una Caravana Migrante, que saldría de Honduras para atravesar México y llegar a Estados Unidos, donde pedirán refugio.

Agarró a sus dos hijas, y a su hijo, y lo mejor que pudo les explicó a unos niños que tenían que huir de sus hogares, abandonar la escuela, a sus amigos, sus juegos, su vida. Todo. E iniciar otra vida prematuramente adulta como migrantes sin documentos con apenas seis, diez y trece años.

-Migrar es muy difícil, muy peligroso. Pero hacerlo con tres niños, es todavía mucho más duro. Tienes que estar pendiente todo el rato para que no les vayan a hacer algo, o que te los quiten. Por eso, ya no duermo. Los vigilo día y noche. Porque mis tres hijos son los único que tengo en la vida. Y ellos solo me tienen a mí.

En este punto de la plática, la voz de Karen se quiebra.

Se lleva las manos a la cara y luego se las pasa por el cabello cobrizo, para exhalar una bocanada de aire con la que recobra el aliento.

A veces, dice abrazando a su otra niña de diez años, una muchacha espigada y alta para su edad, de ojos negros saltones y sonrisa traviesa, observa en silencio a sus hijos dormir en la noche y les pide perdón.

Perdón por meterlos a un camino minado de peligros. Un camino de violaciones, extorsiones, agresiones, desapariciones, y de tanto muerto en pos de un sueño que muchas veces termina truncado en un desierto, o se queda varado en una estación migratoria en la frontera sur de Texas.

-Les pido perdón porque están viviendo algo que no deberían vivir –murmura Karen limpiándose las lágrimas que la corren por las mejillas-.

-Pero sé que ellas ven cómo estoy luchando honradamente –dice ahora con rabia en su tono de voz-. Sé que el día de mañana, cuando crezcan y recuerden todo esto que estamos pasando, se van a sentir orgullosas de tener una madre que luchó hasta el final para que tengan un mejor futuro.

Elizabeth Cruz

“Es un riesgo traer a mi bebé así, pero no me queda de otra”

Karen no es, desde luego, la única madre que migra, o que huye, con menores. En un simple recorrido por las instalaciones del estadio Jesús Martínez ‘Palillo’, en la alcaldía Iztacalco de la capital mexicana, se pueden apreciar a simple vista una gran cantidad de menores: desde bebés que van en carriola, hasta adolescentes que viajan con algún familiar, o solos.

De hecho, se pueden contar por miles: según el censo que hizo la Comisión de Derechos Humanos del DF, de los 4 mil 814 migrantes que llegaron a las instalaciones del albergue entre el domingo 4 de noviembre y ayer jueves, mil 726 son menores de edad: el 36%.

Antonio Javier, un hondureño de 20 años que, por su rostro lampiño y mirada aniñada, podría pasar él mismo por menor de edad, llegó al albergue cargado con una aparatosa mochila, donde lleva unos tenis colgando, y una manta enrollada, y tirando de una carriola donde en su interior viaja una niña de dos años, que llora cuando tose con esfuerzo.

-Así vengo desde Honduras. Unas veces caminando, otras aprovechando algún ‘raite’, y echándole muchas ganas con todo y la carriola –sonríe exhausto el migrante, que aprovecha para agradecer la solidaridad de los mexicanos que lo apoyaron en el trayecto donándole pañales y medicamentos para la fuerte tos que trae la niña desde Veracruz, el punto anterior a la llegada a la Ciudad de México.

-Sé que es un gran riesgo traer a mi hija así –mira la carriola que ya trae las cuatro ruedas desconchadas-. Pero no tenemos de otra. En mi país, el gobierno nos tiene en la ruina, sin trabajo, sin oportunidades, y con mucha delincuencia. Y eso es lo que nos obliga a tener que salir con todo y la bebé.

María Elena Torres también es hondureña, como casi todos en el albergue de la Ciudad de México, donde el 84% de la población recibida es de ese país. La mujer tiene ambas manos ocupadas sosteniendo las de dos niñas de apenas dos y tres años.

-Cuando una migra así –sonríe mostrando las manos entrelazadas a las de las bebés-, va más preocupada por ellas que en una misma. Porque los hijos es lo que más cuida una siempre. Por eso este camino es aún más difícil para nosotras que para el resto de migrantes: porque una, como sea, lo aguanta todo. Pero los niños no saben aguantar el sol, la lluvia, el frío, y caminar tanto.

Pero tiene fe, asegura convencida. Fe en que todo el sacrificio dará un fruto para sus hijas en el futuro, aunque es consciente de que Donald Trump, ni su gobierno, las recibirá con una cálida bienvenida, sino con soldados y la Guardia Fronteriza custodiando la frontera para que no entren y se vayan de regreso a su país.

-Yo no tengo a nadie que me reciba en Estados Unidos, así que espero que entremos todos con la Caravana.

-¿Y si Trump no les da asilo? –cuestiona el periodista-.

María Elena vuelve a enseñar sus manos entrelazadas a las de las niñas, y responde:

-Entonces, le pediré a Dios que toque el corazón de Trump, para que dé refugio a estas niñas. Porque los padres solo queremos un mejor futuro para nuestros hijos.

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