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Fernando Montes de Oca
Escapan de los maras: Niños de Honduras cuentan cómo es dejarlo todo y migrar
Abandonaron su país y se unieron a la Caravana. Los niños saben que sus vidas corren peligro y que, al crecer, no quieren ser parte de pandillas o grupos violentos.
Fernando Montes de Oca
Por Fernando Montes de Oca
21 de noviembre, 2018
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Eran las dos de la tarde cuando Fernando y su familia salieron de Tegucigalpa, Honduras. Los “mareros” habían asesinado a su abuelo y a su tío, y ahora querían reclutarlo para que también vendiera droga. A sus 13 años decidió encaminarse junto a su madre, Belkis, y sus hermanos, Axel, de 8, y Tatiana, de 5, rumbo a la Ciudad de México, donde los esperaba su papá.

A sus 5 años, Tatiana sabe que “los ‘mareros’ son gente mala. Son como el narco. Los narcos matan”, dice.

Los hermanos son conscientes de la violencia que se vive en su país. La relacionan con la venta de droga, la desaparición de personas, el asalto a casa habitación y los asesinatos. Su abuelo estuvo perdido tres días. “Lo mataron y lo dejaron tirado en la calle. Lo encontramos en la morgue”, relatan.

La Mara Salvatrucha, llamados también “maras” o “mareros”, son una de las organizaciones de pandilleros más poderosas del continente americano y ejercen su poder mediante el miedo. Operan con impunidad en El Salvador, Guatemala y Honduras, los tres países que conforman el Triángulo Norte Centroamericano. Su objetivo es controlar una extensa red de negocios ilícitos que va desde tráfico de personas, la extorsión a pequeños negocios o el narcotráfico.

El sábado 13 de octubre, Fernando y sus hermanos llenaron una mochila con ropa, zapatos, loción y un poco de comida.

“Regresar no es opción”, cuentan pese al cansancio y el hambre. Ellos como otros 5 mil migrantes llegaron a un albergue habilitado en el Estadio Jesús Martínez Palillo, en Ciudad Deportiva, Ciudad de México; en donde tuvieron refugio por algunos días antes de continuar su camino hacia el norte del país con la intención de cruzar la frontera con Estados Unidos.

El primer grupo de migrantes llegó el lunes 12 de noviembre a la ciudad fronteriza de Tijuana, desde donde intentarán llegar a territorio estadounidense para seguir en la búsqueda de una vida mejor.  

El 44% de niños y niñas desplazados en Honduras manifestaron que fueron víctimas de la violencia por parte de actores criminales armados organizados, según el informe “Niños en Fuga” de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) publicado en marzo de 2014. Lo mismo sucede con menores de países como El Salvador y Guatemala.

“No alcanzamos el desayuno y no hemos comido nada desde ayer. Tenemos mucha hambre”, comentó Belkis sin soltar la mano de sus pequeños.

¿Qué quieres ser cuando seas grande?

Axel dice que será bombero cuando crezca para ayudar a apagar incendios, Tatiana explica que ella quiere ser doctora para aliviar a los enfermos. A diferencia de sus hermanos menores, Fernando no tiene muy claro a qué se quiere dedicar, pero sabe lo que no quiere: vender droga para las maras. Por eso prefirió huir de Honduras.

“En mi colegio vendían drogas”, cuenta el mayor de los hermanos, “mis compañeros ya distribuían y a mí los ‘mareros’ me ofrecieron”.

Antes de unirse a la caravana Fernando estudiaba en el Instituto Técnico de Honduras. Ahí, la mayoría de los estudiantes, principalmente varones, ya estaban reclutados por los maras. Lo estaban presionando, casi obligando, a hacerlo. Su tío se involucró y al poco tiempo lo asesinaron, por eso cuando a él le ofrecieron vender droga le dijo a su mamá.

“Deciden entrarle a ese negocio por la falta de empleo y por tanta pobreza”, cuenta Belkis, “por eso nos vinimos, porque no quería que le pasara como a mi hermano”.

El reclutamiento de niños, niñas y adolescentes por parte de las maras o pandillas es un proceso muy gradual y usualmente comienza desde que se encuentran en los últimos años de la escuela primaria, con el fin de habituarlos a realizar labores para el grupo y poder identificar a posibles reclutas.

Según el Observatorio de la Violencia, durante el período de 2012 a 2015, en Honduras, murieron de manera violenta 3 mil 667 menores de edad. El homicidio fue la principal causa de muerte.

Con esta realidad es muy poco probable que Fernando y sus hermanos aspiren a la profesión que se imaginan.

Según datos de 2016, reflejados en la Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples, Honduras tiene cerca de 9 millones de habitantes de los cuales el 40% tiene menos de 18 años, por lo que podría decirse que es un país relativamente joven.

Sin embargo, uno de los mayores desafíos que enfrentan los hondureños, y en particular los niños, niñas y adolescentes, es la pobreza. En menores de edad alcanzó niveles superiores al 70%, señala el mismo informe.

Familias divididas

“¡Ganamos, ganamos! Hice todas éstas. Nosotros dos ganamos, mamá”, dice Jesset, de 6 años, emocionado. Es la primera vez que juega lotería al estilo mexicano y al parecer la suerte está de su lado.

Es uno de los migrantes más pequeños que entraron a territorio mexicano el pasado mes de octubre. Según el censo de autoridades capitalinas mil 726 menores de edad están en la caravana migrante. Unos cuantos lo hacen solos, sin ningún adulto acompañándolos.

A Jesset lo acompañan sus padres Keyla y Luis, pero en Honduras dejó a sus hermanos Lety, de 13 años, y Emerson, de 11.

“Mi abuela se quedó cuidando a Emerson. No hemos podido hablar con él por teléfono. Lo extraño”, dice mientras permanece atento a las figuras de la lotería.

“Muchos niños refugiados han experimentado o presenciado espantosas violencias y sufrimientos en sus países de origen y, a veces, también durante su huida en busca de protección y seguridad” , señala Volker Türk, Alto Comisionado Auxiliar para la Protección del ACNUR.

“Mi mamá quería venirse sola, pero mi papá se pegó detrás de ella. Entonces mi papá me trajo a mí”.

Son cerca de mil 700 kilómetros los que deben recorrer los migrantes en su travesía. Lo hacen a pie, de “aventón” y una parte en balsa, al cruzar el río Suchiate, en la frontera entre Guatemala y México.

Luego de la Ciudad de México la caravana se fragmentó. Unos tomaron la ruta más corta, rumbo al noroeste del país, a Tamaulipas, y otros caminaron rumbo a la ciudad de Tijuana, por Guanajuato, Jalisco y Sinaloa, un trayecto más largo pero un poco menos peligroso. Ese se convirtió en el primer grupo en llegar a la frontera norte, aunque pobladores los recibieron con protestas y rechazo.

Lee aquí: Un grupo protesta contra migrantes en Tijuana.

Al preguntarle a Jesset qué es lo más valiente que ha hecho en México responde que viajar en un camión y “quedarse quietecito para no caerse”. Sin embargo, presume que gracias a su habilidad como bombero infantil puede “agarrarse fuerte de la puerta” y no tener miedo.

“Aprendí a deslizarme por un tubo. Lo más difícil fue cuando me enseñaron a enrollar la manguera”, cuenta feliz mientras actúa cómo eran sus prácticas en la estación de bomberos en Puerto Cortés, Honduras.

¿Seguir o regresar?

El camino desde Honduras hacia Estados Unidos no es fácil, y menos para los menores.

Axel dice que lo más complicado del viaje es cuando lo despiertan a la 1 de la mañana para caminar. “Deben enseñarse a ‘pedir jalón’”, recomienda el pequeño de 8 años a quienes, como él y sus hermanos, decidan unirse a la caravana.

Lee aquí: Juez federal de EE.UU. bloquea la orden de Trump de negar asilo a migrantes

“Hemos caminado muchos días. A veces un día completo”, dice su mamá Belkis.

“No queremos regresar a Honduras, queremos seguir avanzando”, dice Fernando con firmeza. Él no quiere ver más maras.

Pero Jesset sí quiere volver a Honduras. Quiere ver a su familia, a sus compañeros del kínder y a “Mimí” y “Bella”, sus dos perritos: “Yo quiero ir a Honduras a ver a mis hermanos”, dice mientras voltea a ver a su mamá. Sin embargo Keyla está muy segura de continuar: “Mañana nos vamos”, finaliza enérgica.  

Para los menores de edad emprender el viaje migratorio trae consigo muchas consecuencias tanto físicas como psicológicas, sin olvidar que pueden caer en manos de tratantes de seres humanos, señala el informe del Mapeo del Sistema de Protección de la Niñez y Adolescencia en Honduras.

El regreso de los que no logran llegar a Estados Unidos tampoco es fácil. Los menores vuelven a una situación económica más precaria, debido a los préstamos que sus familias realizaron para poder emprender el viaje. También vuelven a la violencia de la que habían huído y pronto los maras los buscan para reclutarlos, señala el informe “Desarraigados en Centroamérica y México”.

A pesar de que el panorama al retornar a Honduras no es el más alentador, diversas organizaciones han detonado campañas para apoyar a los que regresan.

Ante la “Emergencia Humanitaria” declarada por el gobierno hondureño por el tema de la niñez migrante, la UNICEF implementó en 2014 la estrategia “Retorno de la Alegría”, una metodología que consiste en brindar apoyo psico-afectivo a niños y niñas que han sufrido un trauma psicológico por medio de sesiones de terapias lúdicas ofrecidas por adolescentes voluntarios y voluntarias. También se les ayuda a seguir su educación ofreciéndoles opciones flexibles de escolarización y reintegración en el sistema de educación formal.

Por su parte, la Organización Internacional para las Migraciones promueve la campaña y plataforma “Soy migrante” que presenta historias personales de refugiados. Su objetivo es cuestionar los estereotipos contra los migrantes y las expresiones de odio en la política y la sociedad.

Tanto Fernando y su familia, como Jesset y sus padres, continúan su camino hacia Estados Unidos, pese a las amenazas del presidente Donald Trump y del envío de cientos de militares para reforzar la frontera con México.

Después de jugar tres veces a la lotería, Belkis le dice a sus hijos que es momento de hacer fila en el comedor instalado a unos metros de ahí. ¿Qué les dirían a los mexicanos que los han ayudado? “Muchísimas gracias, gracias por su ayuda y que los queremos”, dicen.

Antes de despedirnos responden una última pregunta: en caso de ser regresados a Honduras, ¿se unirían de nuevo a la caravana? ”Sí. Preferimos caminar y caminar en vez de quedarnos en Honduras”, señala Fernando. “Nosotros somos valientes por hacerlo”, concluye Axel.

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BBC
Infierno en casa: la pesadilla de los padres obligados a vivir con sus hijos adultos por razones económicas
Sue Elliott-Nicholls adora a su hijo de 23 años, pero la convivencia en la casa familiar puede ser una pesadilla. Él está de acuerdo.
BBC
10 de abril, 2019
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Es muy común en América Latina —y cada vez más en otras partes del mundo— que los hijos sigan viviendo en la casa familiar años después de que han empezado a trabajar, por la brecha que existe entre los alquileres y los salarios. Sue Elliott-Nicholls y su hijo Morgan Elliot concuerdan en que la convivencia puede ser una pesadilla. Esta es la historia, contada por Sue, con comentarios de Morgan.


Es un día particularmente cálido de primavera. Llego a la casa. He tenido un buen día en el trabajo y fue muy agradable regresar a la casa en bicicleta. Disfruto de las noches ahora que hay más luz.

Llego temprano. Apenas son las cuatro de la tarde. Quizás pueda tomarme una taza de te en el patio.

Y de repente, me azota.

Abro la puerta de la casa y me envuelve un aire caliente como si fuera un ventarrón del Sahara.

¡Tiene la maldita calefacción encendida!

Le cuento a una vecina. Ella saca un tapón de bañera de su bolsillo y me lo muestra.

“Lo saco así no puede pasarse toda la tarde en la bañera, mientras yo trabajo para asegurarme de que tengamos un techo”, dice.

Puede que estés pensando en que las dos estamos en relaciones amorosas disfuncionales. Y, de alguna manera, lo estamos… ¡Pero con nuestros hijos!

Tienen alrededor de 20 años y se ven obligados a vivir con nosotros porque sus salarios no les alcanzan para pagar una renta en Londres (y me refiero solo a la renta, olvídate de las cuentas).

Según el centro de investigación Civitas, el 49% de los jóvenes de 23 años vive con sus padres. En 1998, era el 37%.

Estos son nuestros hijos. Los que no son lo suficientemente privilegiados como para disfrutar los servicios del “banco de mamá y papá”, pero son lo suficientemente privilegiados como para disfrutar (o no) la vivienda de sus padres, a una renta muy subsidiada.

Debo decir que en este punto, mi hijo Morgan no es un vago. Es trabajador, motivado para hacer dinero y salir adelante en la vida.

Me da un poco de pena. Después de vivir tres años en Manchester, disfrutando de su independencia, dejando los platos sucios por días y toallas mugrientas por el suelo, tener que regresar a vivir en una pequeña habitación en una casa donde pueden escuchar todas tus conversaciones —y hasta tu respiración— debe ser desesperante.

¿Pero cómo hago para dejar de ser una madre pesada y dejar tranquilo a mi hijo?

Comentario de Morgan: esta chaqueta Moncler en la que gasté casi todo mi préstamo estudiantil no es lo suficientemente abrigada para las condiciones árticas en las que me he encontrado recientemente.

Creo que ni un oso polar podría sobrevivir las temperaturas que nos hace soportar mi madre. Es irónico que gaste literalmente US$13 por día en café, pero no pueda pagar por calentar la casa para su querido hijo.

Morgan

BBC
Morgan contribuye en las tareas domésticas, pero no hace las cosas del mismo modo que su madre.

Hay vasos en lavaplatos que está lleno de agua sucia porque lo cargaron mal. Él tiene un título universitario, ¿cómo es posible que no sepa poner un vaso en el lavaplatos?

El chorizo delicioso para la cena familiar desapareció. ¿Quizás pueda usar una pechuga de pollo para la cena? No, aparentemente no. ¿O las costillas de cordero? No, tampoco. No quedaron ninguna de estas cosas.


“¿Qué?”, dice. “No me dijiste que no las coma”.

Hemos retrocedido. Ha vuelto a ser un adolescente petulante y yo, una gritona.

Comentario de Morgan: dado que soy su hijo, tiene sentido que mi madre quiera alimentarme. Sin embargo, este no parece ser el caso. A veces, veo un pedazo de pollo en la nevera y puede que decida cocinarlo. El teléfono de mi madre está apagado, pero seguro que darle a su hijo algo de comer no puede ser un gran problema. No es así. Una pequeña decisión mía se ha transformado en una situación por la que me pueden echar de la casa. Y esto no es una exageración. “¡Eres un hombre de 23 años!“, me grita. “¡Exactamente! ¡Y un hombre de 23 años necesita comer!”.

Hablemos de la calefacción. ¿Mencioné antes lo de la calefacción?

Si hace frío y estoy trabajando en la casa, prendo le estufa en una habitación. Imagina mi furia cuando lo veo por la casa en camiseta y calzoncillos, con todos los radiadores encendidos.

¿Qué hago en esta situación?

  • Opción 1: le doy unos golpes. No, tiene 23 años. Esta no es una opción.
  • Opción 2: le digo que pague más de alquiler y me arriesgo a una discusión por dinero.
  • Opción 3: entro en modo zen y pago más por la calefacción e ignoro la voz dentro mío que me dice que es tremendo.
  • Opción 4 : le pido que se vaya si no puede hacer nada para que no aumenten las cuentas. Parece un poco drástico…

Es el gasto escondido lo que Morgan no ve. Cuesta dinero poner a andar el lavarropas solo por un par de cordones.

El horno encendido al máximo por una salchicha y que luego queda prendido todo el día cuesta dinero.

“He estado pensando en apagar el gas cuando estamos fuera”, se ríe mi marido. Yo también me río, hago una pausa y le pregunto. “¿Se puede?”.

Él le cuenta a nuestro hijo cómo, en su época, se esperaba que contribuyera con la mayor parte de su sueldo a las arcas familiares.

Tony, Morgan y Sue Elliott-Nicholls

BBC
Parece que hemos hecho una regresión, dice Sue.

“Pero eso fue hace 350 años y eran tiempos más difíciles”, digo, una vez más, desautorizándolo como cuando los niños eran pequeños. Toda la familia está haciendo una regresión.

Si fuésemos compañeros de casa, ya nos habríamos matado.

Pero más tarde, como suele pasar en las familias, nos reímos todos juntos en la cocina y nos olvidamos de los malos ratos.

Hasta la próxima vez…

Comentarios de Morgan: Desafortunadamente para mí, tengo muchos amigos ricos, por eso la idea de que mi mamá tome dinero mío en vez de darme dinero para ayudarme a pagar un alquiler me parece absurda. No es un problema en sí y entiendo que hay que pagar las cuentas, pero parece que mi alquiler aumenta casi todos los meses.

Mi mamá busca cualquier excusa para subirla y cuánto más gano, más quiere que pague. El sistema parece un engaño de esos de internet. Un contrato de seis meses al menos me permitiría hacerme una idea de qué presupuesto necesito para los próximos meses. Y eso, por supuesto, incluye la compra de zapatos deportivos.

Morgan dice que se siente juzgado por nosotros y, en cierto punto, es verdad.

Pero también siento que él nos juzga. Cuando nos tiramos en el sofá el viernes por la noche con unas cervezas y unas papitas fritas, y los chicos empiezan a salir en el momento en que estamos pensando en ir a dormir, me siento una fracasada.

Cuando salimos o cuando vienen a visitarnos amigos, se lo cuento orgullosa a mis hijos y me doy cuenta de que estoy esperando aprobación. “Mira tengo amigos, tengo una vida social, soy cool yo también”.

Comentarios de Morgan. Hablando de juzgar, imaginen este escenario que no es hipotético: acabo de llegar del trabajo y estoy completamente exhausto. Tengo ganas por una vez de fumar un porro. En el verano me iría muy feliz a fumar en el parque, pero en este preciso momento el jardín me parece lo más apropiado. Pero, si me descubre mi madre, va a pensar que son un drogadicto. Y, a juzgar por la conmoción que causa el hecho de que suba la calefacción, no creo que tenga el dinero suficiente como para mandarme a un centro de rehabilitación este año. Además, la ventana de mi hermano está abierta y si el viento empuja el humo hacia su cuarto, mi padre se dará cuenta y tendré que dejar de fumar. No que él haya sido mejor que yo a mi edad.

Sí es verdad, juzgo. Noto sus zapatillas nuevas.

“¿Por qué compras zapatos deportivos de US$200 cuando deberías estar ahorrando para el depósito de un departamento”, menciono casualmente.

Apenas estas palabras salen de mi boca me arrepiento. Cuando yo era joven, de hecho eso era cuando él era un bebé, yo me compraba ropa cara porque en ese entonces no tenía esperanzas de poder comprar una casa.

“Si pago renta, al menos debería poder traer chicas a casa”, dice Morgan.

Bueno, chicas sí, pero amigas. En última instancia, esta es aún una casa familiar.

Morgan y Spencer

BBC
Morgan y su hermano Spencer. Ambos viven aún con su familia.

Viviendo en una casa con todos hombres, no hay nada que me guste más que que venga una chica. Casi les suplico que no se vayan cuando las veo salir por la puerta.

Pero esta no es una casa de solteros, así que si vienen, me gustaría al menos verlas y hablar con ellas.

Ahora me siento como una mojigata. Una neurótica y miserable mojigata.

¿Otras culturas lo harán mejor? ¿Tienen reglas?

Comentarios de Morgan: Son las 3 de la mañana en Shoreditch (un lugar de salida de los jóvenes en Londres). Y puede que haya encontrado a mi posible futura esposa. Dimos vuelta por la zona como 10 veces tratando de encontrar un bar abierto pero no tuvimos suerte. Actúo como si no tuviera un lugar donde llevarla.

Claro que tengo, pero no sé cuán cómodo será que conozca a mi familia tan pronto. Ellos asumirán que es mi novia y empezarán a hacerle preguntas. O peor, ¿y si el baño está hecho un asco?

Me estoy empezando a preguntar si no sería bueno alquilar algo barato. Cuando era joven, era más fácil llevar chicas, pero ahora ya son mujeres.

“Apenas se vaya lo vas a extrañar”, dice una amiga.

“Y luego vuelven y tienes que acostumbrarte, y luego se van de nuevo”.

Morgan y Spencer

BBC
Aunque Morgan trabaja y está motivado para ganar dinero, su salario no alcanza para pagar una renta en Londres.

Un estudio llevado a cabo por la London School of Economics dice que este ir y venir de los hijos causa un deterioro en la salud mental de los padres.

Pero sé que lo extrañaré cuando se vaya. Mis hijos tienen ahora 17 y 23, y cuando estamos todos juntos charlando en la cocina o cuando los escucho reír en la sala, me emociona pensar en lo fantásticos que son.

Son una compañía excelente, graciosos, interesantes, considerados y divertidos.

Un día se irán. “Pero eso está bien”, me digo. “Regresarán muy pronto”.


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https://www.youtube.com/watch?v=_cDXqCfnycM&t=42s

https://www.youtube.com/watch?v=HgJYOwiWtec&t=51s

https://www.youtube.com/watch?v=gFkihTytGRU&t=1s

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