Playa Espíritu, el nuevo oasis biológico de Sinaloa
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Playa Espíritu, el nuevo oasis biológico de Sinaloa

Investigadores de la UNAM rescatan la riqueza de una región convertida en pastizales donde hace unos años había vacas pastando y en la actualidad hay desde jaguares hasta aves migratorias y tortugas golfinas.
Por Raquel Zapien /Newsweek México
13 de enero, 2019
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El ganado ocupó el espacio que antes era transitado por jaguares, los pastos forrajeros desplazaron selvas y los bosques de manglar fueron rellenados con tierra en el sur de Sinaloa desde tiempos de la Colonia. Hoy, la vegetación nativa empieza a repoblar sus antiguos territorios y, con ella, la fauna. La naturaleza responde a los esfuerzos de conservación que desde hace cinco años implementan investigadores de la UNAM para rescatar lo que aún queda en ecosistemas de alta biodiversidad. Al inicio se tenían registros de 90 especies de animales en la zona, pero hoy se sabe que existen al menos 282, de las cuales, 50 están en las listas de riesgo y cinco, en peligro de extinción.

Los terrenos forman parte del proyecto turístico Centro Integralmente Planeado (CIP) Playa Espíritu, que desarrolla el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur) en el municipio de Escuinapa, sobre una superficie de 2,381 hectáreas en colindancia con las Marismas Nacionales de los estados de Sinaloa y Nayarit, las cuales fueron incluidas en la lista de humedales de importancia internacional en 1995 (sitios Ramsar).

Aquí ya no hay parcelas ni corrales, en su lugar hay árboles que han vuelto a echar raíces: cedros, palmas de coquillo de aceite y mangles que poco a poco ganan altura. Desde ranas del tamaño de una uña hasta jaguares habitan el espacio en el que antes pastaban las vacas.

Durante estas fechas, las aves migratorias dejan el frío de Canadá y Estados Unidos para pasar el invierno en Escuinapa; por estos días se les encuentra en la playa, unas sobrevolando el mar, otras hurgando la arena en busca de alimento. Son las aves playeras, o playeritos, como les llama la gente.

El mosaico de vegetación está compuesto por cinco ecosistemas que han logrado sobrevivir a la acción humana: manglar, dunas costeras, humedales interdunarios de agua dulce, selva baja caducifolia y selva mediana subcaducifolia. Frente a la franja costera también se extienden 800 hectáreas de palmar cocotero que fue introducido a finales de los años 70.

Hábitats han sido perturbados en diferentes etapas del desarrollo económico de la región. Desde la época prehispánica hasta la actualidad, las marismas han soportado la presión de la pesca en tanto que la vegetación silvestre fue menguada por tierras de pastoreo a partir del Virreinato.

Foto: Fonatur

Los fertilizantes que se utilizan en los campos agrícolas cercanos y las descargas de aguas residuales han contaminado los mantos freáticos y su sobreexplotación empieza a provocar la infiltración de agua salina.

A partir de 2014, investigadores del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), con sede en Mazatlán, se encargan de la implementación de nueve programas ambientales encaminados a la restauración y conservación de dichos ecosistemas.

Reforestan el área con vegetación nativa y estudian el comportamiento de las diferentes especies de fauna; la calidad del agua del acuífero que atraviesa por el predio es monitoreada y se abren canales de agua dulce para rehabilitar humedales, se vigila el desplazamiento de la línea de costa y se protege a las tortugas marinas que arriban a las playas.

Las empresas que brindan sus servicios en el interior del predio son supervisadas para que acaten las disposiciones ambientales y dispongan adecuadamente de sus desechos. Todos los programas tienen seguimiento y son evaluados periódicamente.

Raquel Briseño Dueñas, acreditada ambiental, asegura que no existen antecedentes similares en la zona previo a la implementación de dichos programas, de manera que se empezó por realizar un diagnóstico de la biodiversidad existente para después aplicar metodologías probadas científicamente, las cuales se han adaptado a las características del lugar y a las variaciones ambientales que se han presentado.

El objetivo de este trabajo multidisciplinario, señala, es asegurar la supervivencia de la fauna mediante la rehabilitación de los hábitats.

“Nuestra visión fue entrar y hacer un diagnóstico del sitio para que los programas autorizados pudieran ser evaluados; esto nos permite, después de cinco años, tener propuestas para que los programas sean actualizados, orientados de una manera más eficiente”, puntualiza.

El conocimiento que se ha generado en este tiempo, añade, es fundamental para impulsar un proyecto de desarrollo turístico sustentable con una base científica.

EL ORIGEN DE LOS PROGRAMAS

Durante estos días de enero, los terrenos de Playa Espíritu aún conservan el verdor que dejaron las lluvias, pero entrando la primavera las plantas de la selva baja empezarán a tirar sus hojas, algunas hasta quedar desnudas; a simple vista parecerá que se han secado, pero solo estarán reservando el agua que les queda para poder sobrevivir y florecer en la época de secas, cuando los esteros se agrietan y el sol quema. Entonces las copas de las amapas amarillas y del palo blanco destacarán por su intenso color.

El CIP Playa Espíritu (antes Costa Pacífico) se concibió en 2007 como un desarrollo que ampliaría la oferta turística del país y detonaría la economía regional bajo la operación de Fonatur. El proyecto se aprobó en 2008 por la Secretaria de Hacienda y Crédito Público (SHCP) y ese mismo año se realizaron las primeras obras de infraestructura.

Para continuar con el desarrollo, se tramitó la autorización de la Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) ante la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales. La aprobación se obtuvo en 2011, pero al siguiente año se modificó y se condicionó a Fonatur a implementar una serie de programas para mitigar y compensar los impactos ambientales.

Para cumplir con estos requisitos, Fonatur buscó la colaboración de la UNAM con el fin de realizar los programas necesarios que compensaran el impacto ambiental. También se incluyeron propuestas de la sociedad civil, las cuales también habían manifestado sus preocupaciones.

Ahora se analiza la ampliación del proyecto, pero la MIA solo aplica para una etapa prioritaria de 800.20 hectáreas, por lo que las fases subsecuentes del complejo están sujetas a la obtención de nuevas autorizaciones en materia urbana y ambiental.

DE LA COLONIA A NUESTROS DÍAS

En el siglo XVII, cuando los españoles ya habían extendido sus provincias a lo que hoy es el norte de México, existió una hacienda de 513 hectáreas en el predio conocido como Las Cabras, ubicado en la isla del Palmito de Verde, Escuinapa. Ahí pastaban los toros y vacas de Bartolomé Verde Rojas, quien registró la propiedad como suya en 1668 ante el gobierno de la Nueva Vizcaya.

“Fue la hacienda ganadera más importante del noroeste de la Nueva España que se tiene registrada”, asegura Gilberto López Rodríguez, cronista de Escuinapa. Desde ahí se movía el ganado bovino a los territorios que en estos momentos ocupan Guadalajara y Ciudad de México para comercializarlo, señala. El recorrido se hacía a pie y podía durar meses.

En el libro Sinaloa en la historia, de Carlos Grande, se menciona que, en el transcurso del siglo XVII, a la propiedad se incorporaron nuevos terrenos que contribuirían a consolidar su importante comercialización ganadera. En 1671, por ejemplo, se obtuvo una licencia para sacar a la venta 2,300 novillos, toros y torunos en el reino de la Nueva España.

Gilberto López refiere que la hacienda llegó a contar con 11,225 cabezas de ganado en 1738, las cuales estaban a cargo de Marcos Gaxiola, el tercer dueño hasta entonces. A principios del siglo XX la tierra fue adquirida por Natividad Toledo, padre del exgobernador de Sinaloa Antonio Toledo Corro, en sociedad con la familia Escutia de Mazatlán.

Para 1995, el hato ganadero incluía 61,440 animales, de los cuales el 70 por ciento eran reses, según registros de José Alberto Macías Gutiérrez, primer cronista de Escuinapa.

Cuando Toledo Corro asumió la propiedad, mantuvo la actividad ganadera y adquirió más predios hasta sumar 4,500 hectáreas; de ahí vendió 2,284 a Fonatur en 2008, correspondientes al rancho Las Cabras. Para 2009, el organismo dedicado al desarrollo de destinos turísticos compró más terrenos que en conjunto suman 2,381 hectáreas.

La disponibilidad de agua dulce en la zona benefició el desarrollo de la ganadería intensiva; la agricultura no floreció igual por las condiciones del suelo, de manera que solo los pastizales forrajeros introducidos lograron prosperar. El palmar cocotero que se incorporó en la franja costera a finales de los años 70 también se adaptó.

En los terrenos que ahora ocupa el CIP Playa Espíritu aún se puede apreciar que las condiciones naturales del entorno fueron modificadas por el sector agropecuario. Sin embargo, aún existen relictos, es decir, áreas que conservan la vegetación original y que demuestran resiliencia; pero sin un programa de conservación podrían desaparecer.

COBERTURA VEGETAL COMO ESTRATEGIA

Dicen que nadie conoce mejor las plantas de la zona que Santos Sillas Quintero, será porque nació y creció entre ellas. Hace 67 años, la partera enterró en la tierra el ombligo de este hombre, según dicta la costumbre. Desde entonces él ha estado ligado a ese territorio. Su infancia la vivió en Las Cabras cuando ya era propiedad de la familia Toledo, en donde años después trabajó en actividades del campo.

Ahora, don Santos se encarga de recolectar semillas y fragmentos de tallos de especies protegidas o de importancia biológica que entrega en el vivero del CIP Playa Espíritu para su reproducción y posterior trasplante. Su conocimiento empírico sirve de apoyo a los científicos encargados de recuperar la cobertura vegetal.

El trabajo de don Santos es fundamental, pues el rescate del material genético vegetal y su reproducción es indispensable para restaurar los ecosistemas del lugar, ya que en el interior del predio nada más quedan tres cedros blancos, un árbol de tempisque y muy pocos ejemplares de trucha, amapa y coquillo de aceite, todos clasificados en peligro de extinción, junto con cuatro tipos de mangle.

Se estima que en total existen 196 especies de flora, entre las que se encuentran árboles maderables, plantas de interés para la industria cosmética y de alimentos, así como las medicinales que durante generaciones han sido utilizadas por la gente de las comunidades. Pero, además, sus hojas, flores, frutos y semillas son fuente de proteína para la fauna; de esa forma, por ejemplo, los camichines, higueras y guayabos silvestres proporcionan alimento y refugio a las aves.

Por eso, al incrementar la densidad vegetal se generan condiciones para que los animales encuentren refugio, alimentación, sitios de reproducción y anidación, explica por su parte Daniel Benítez Pardo, responsable del Programa de Manejo Integral de Flora.

“Las plantas son las únicas capaces de generar su propio alimento, y el resto de la cadena alimenticia se puede alimentar de ellas, gracias a eso hay vida”, puntualiza.

Desde el punto de vista botánico, la selva mediana que se encuentra en el sitio es importante por ser la de mayor diversidad y altura de todo Sinaloa. Por otro lado, la colindancia del predio con las Marismas Nacionales convierte la región en una zona de amortiguamiento para el territorio de manglares más conservado del Pacífico mexicano, destaca Francisco Amador Cruz, especialista en ecología vegetal.

“Lo que se haga en el sitio impacta en las marismas porque no hay una barrera física, hay una influencia directa”, advierte.

BIODIVERSIDAD

Cada año, a partir de febrero de 2015, se ha documentado el tránsito de jaguar, el tercer felino de mayor talla a escala mundial, después del león africano y el tigre. Hasta entonces, el predio no aparecía en la base de datos de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas como hábitat del jaguar.

Su presencia está relacionada con el incremento de la cobertura forestal y, por lo tanto, con la existencia de fauna de la cual se alimenta, entre la que destaca la población de venados, pecarís y armadillos.

A través del monitoreo ha sido posible identificar a las diversas especies de fauna silvestre, sus hábitos y áreas de distribución en el interior del territorio que comprende el proyecto turístico y zonas contiguas. Algunos de los ejemplares no se habían visto durante años o se ignoraba su presencia.

Al cierre de 2018, se registraron 282 especies de las cuales 214 son aves, 36 reptiles, 22 mamíferos y 10 anfibios. Dentro del listado de registros se encuentran 50 especies protegidas, cinco de ellas en la categoría de peligro de extinción.

Erik Navarro Sánchez, responsable del Programa de Manejo Integral de Fauna, informa que se ha detectado capacidad de adaptación y resiliencia en aquellos lugares que han sido rehabilitados o que han logrado subsistir a los impactos generados por actividades humanas.

“Lo que pudimos observar durante estos cinco años de trabajo es que, a pesar de que la modificación sea grande, mientras haya espacios en donde las especies se puedan adaptar lo van a hacer y los van a tomar, no importa que sean pequeños”, manifiesta.

Los esfuerzos de conservación de las tortugas marinas también arrojan evidencias de recuperación. A paso lento, especies de golfina, laúd y prieta, todas en peligro de extinción, anidan cada año en los 42 kilómetros de playas del municipio de Escuinapa, 12 de los cuales son adyacentes al proyecto turístico.

La especie más abundante es la golfina, la cual registra un incremento en el número de nidos rescatados y crías liberadas en los siete años en los que se ha implementado el Programa de Protección y Conservación de Tortugas Marinas y el Campamento Tortuguero, el primero del extremo sur de Sinaloa y el primer programa en operar dentro del CIP Playa Espíritu. En este periodo se reportó un total de 424,883 tortuguitas que ingresaron en el mar.

Las nidadas son rescatadas y trasladadas al campamento para su protección e incubación en vivero. Se monitorean las playas de arribo, se mide la temperatura de la arena para evitar daños a embriones y se realiza un seguimiento satelital de hembras y machos adultos para conocer su distribución espacial. Los dos últimos ejemplares machos en portar un dispositivo de rastreo sobre su caparazón fueron bautizados con el nombre de Pablo y Fernando, a quienes se les ubicó por última vez frente a las costas de Guerrero y Sinaloa, respectivamente.

LA VIDA DE NOCHE

En la oscuridad absoluta las estrellas se multiplican. Parecen estar más cerca y al alcance de quien las observa. El sonido de las olas que se rompen es más fuerte y perceptible en la profundidad de la noche que aparenta calma. Pero no todos duermen; en la franja de playa, frente al palmar cocotero, las tortugas marinas llegan a desovar y el personal del campamento tortuguero realiza recorridos para rescatar sus huevos y protegerlos de los depredadores.

Cerca de ahí, entre la selva baja y mediana, los murciélagos se encuentran activos y la lechuza del campanario, de rostro blanco, plano y en forma de corazón, rastrea el terreno desde la rama de un árbol en busca de roedores para alimentarse.

En la mañana será posible apreciar con claridad las huellas de coyotes, venados, linces, jaguares y otros mamíferos en las orillas de las lagunas y espejos de agua. El bullicio y el canto de las aves indican que el día avanza.

Lee la nota completa en Newsweek México

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Felimar Luque

De vender arepas en un mercado a luchar como médica contra la COVID-19

Felimar Luque temía no volver a trabajar como médica tras emigrar de Venezuela. Pero la falta de personal sanitario que sufren países de la región como Perú ha hecho que vuelva a ejercer.
Felimar Luque
5 de agosto, 2020
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Preparando arepas en la habitación que compartía junto a su hermana en Lima, Felimar Luque temía no volver a ponerse nunca más la bata de médica que se tuvo que quitar cuando salió de Venezuela en busca de un futuro mejor.

Hoy, tras un año en el que vendió arepas en un mercado y medicamentos en una farmacia, vuelve a ejercer la medicina en un hospital. Una oportunidad que ansió durante meses y que no le llegó hasta que ocurrió una tragedia: la pandemia de COVID-19.

“La esperanza era bastante lejana por el tema económico”, cuenta esta ginecóloga de 34 años, a quien se le hacía imposible asumir el costo de homologar su título cuando llegó a Perú el año pasado.

Ahora, ante la falta de profesionales de la salud para atender de los casos de coronavirus que hay a nivel nacional, Luque ha sido contratada para trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins, el complejo hospitalario más importante de la seguridad social peruana.

Allí, se encarga de evaluar cómo evolucionan cerca de 200 afectados por COVID-19.

Perú ha decidido permitir durante la pandemia la contratación de médicos extranjeros, incluso aquellos que aún no hayan terminado de realizar sus trámites para colegiarse. Es una medida que también han tomado países como Chile, México y España.

Luque ha sido una de las beneficiadas. Como a muchos de los 900,000 venezolanos que emigraron al país andino en los últimos años, a ella, le había tocado empezar desde cero en su nuevo destino.

Es decir: dejar atrás 11 años de estudios universitarios y cuatro de experiencia laboral, para, en cambio, comenzar los días levantándose a las cinco de la mañana para amasar agua y harina P.A.N.

“Despertábamos para hacer las arepas y que estuvieran calientes al momento de venderlas”, recuerda.

Harina P.A.N.

Getty Images
Felimar Duque se despertaba todos los días a las 5am para amasar la harina P.A.N.

“Vendíamos unas 30 o 35… No eran muy grandes porque la harina P.A.N. es importada y costosa y queríamos obtener un poquito de ganancia”, le dice a BBC Mundo por teléfono en el descanso de su turno en el hospital.

A dos soles cada una (0.6 dólares), ganaban entre 18 y 21 dólares cada día. Tres veces más que su sueldo mensual en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, conocido por ser donde murió en 2013 el exmandatario venezolano, Hugo Chávez.

Este monto, sin embargo, era insuficiente para vivir cómodamente en Perú. Así que, recién llegadas a Lima, las hermanas vendían las arepas por las mañanas y dedicaban el resto del día a buscar trabajo.

“El choque emocional era demasiado”, cuenta Luque. “Aparte, jamás había vendido nada”.

“Todo en mi vida había sido estudiar, estudiar, estudiar… El día en que decidí trabajar ya era médico y, desde entonces y ya graduada, nunca había dejado de trabajar”.

Dejar Venezuela

Felimar Luque era en Caracas especialista adjunta del servicio de ginecología de un hospital de nivel 4, el más alto, es decir, con un gran número de camas, área de terapia intensiva y de especialidades.

De pequeña, había decidido ser pediatra después de que una infección gastrointestinal le llevara a acabar ingresada en un hospital.

“Me atendió una excelente pediatra, que fue muy atenta conmigo. A pesar de no tener turnos, se quedó conmigo durante mi hospitalización”, recuerda.

“De ahí le dije a mi mamá: ‘Quiero ser pediatra porque quiero atender a las personas así como ella me atiende a mí”.

Pero, a medida que estudiaba la carrera, fue cambiando de opinión. “Me di cuenta de que la pediatría era bonita, pero a la vez un poco triste“.

“Sobre todo el área oncológica me deprimía, así que dije: ‘No, prefiero ser ginecóloga, que así traes un bebé al mundo y, en la mayoría de los casos, les das una alegría a los familiares”. Todavía recuerda su primer parto: varón, 3.5 kilos.

Felimar Duque con un bebé recién nacido

Felimar Duque
Duque optó por especializarse en ginecología porque el traer bebés al mundo “das una alegría a los familiares”.

Los años tomando notas o sacando fotocopias de libros que no podía permitirse comprar rindieron frutos: se graduó de la Universidad Rómulo Gallegos con notas sobresalientes o, como se dice en Venezuela, cum laude.

Un posgrado después, llegó a ser jefa de servicio en un hospital grande. Pero era un puesto que también tenía desventajas que se hicieron más agudas cuando el país empezó a verse golpeado por una dura crisis económica.

“En 2012 ya empezó el déficit, pero se acentuó muchísimo, muchísimo en 2014. En 2015, ya no teníamos absolutamente nada, teníamos que solicitar al paciente que llevara sus insumos para poder atenderle”, hace memoria.

Alternaba cuatro trabajos en dos clínicas y dos hospitales públicos para poder mantenerse. Le alcanzaba, “ajustadita”, y solo porque vivía sola y no había formado aún una familia.

Pero la falta de condiciones para atender a sus pacientes era lo que más le afectaba.

“El choque no lo vive el director del hospital, lo vives tú como jefe en tu área. Eso ya me tenía un poquito inestable emocionalmente porque decía: ¿Cómo voy a una guardia? Como recurso humano puedo hacer cualquier cosa, pero me atas de manos porque no tengo cómo resolver al paciente porque no tengo insumos”.

Protesta en Venezuela por la crisis hospitalaria

Getty Images
En Venezuela hay una crisis hospitalaria desde hace varios años.

Estas deficiencias le hicieron pasar por situaciones tensas, como cuando tuvo que resguardarse para no ser agredida por el familiar de una paciente.

“Había sido referida de otro hospital y, en ese momento, nosotros no contábamos con servicio de quirófano porque no había aire acondicionado y solo estábamos atendiendo estrictas emergencias”, recuerda.

“La paciente estaba en un inicio de trabajo de parto… Tenía oportunidad de ir a otro centro a ver si la podían atender”. El familiar montó en cólera, estallando en reclamos e insultos contra ella y un colega, que eran los encargados del servicio aquel día.

“Tuvimos que permanecer encerrados en la habitación porque si salíamos nos podían agredir”, afirma.

Choque emocional

Episodios como este la llevaron a iniciar la homologación de su título en España para emigrar allí.

“Mi temor era: ‘se me va a morir una paciente por el simple hecho de que en el hospital no hay tan siquiera sangre para transferirle o no hay una jeringa, nada…’ Que me llegue un paciente crítico y no pueda resolverlo, no porque no tenga conocimiento, sino porque no tengo los recursos para atenderlo”.

Pero las trabas burocráticas, tanto en España como en Venezuela, y la ralentización de los trámites en las instituciones de este último país hizo que, a inicios de 2019, se decidiera a seguir a su hermana a un destino más barato y menos complicado: Perú.

Felimar Luque (izq.) en la sala de partos en Venezuela

Felimar Luque
Practicar medicina en Venezuela se ha vuelto difícil por la falta de recursos.

A diferencia de miles de sus compatriotas, ellas tuvieron la “suerte” de poder viajar hasta allí en avión.

Pero eso no logró amainar un cambio tan brusco: “En Venezuela siempre tuve trabajo, muchísimo trabajo. Pero una vez que vengo para acá, nunca había vendido y había que relacionarse con cualquier persona”.

“Pero era más que todo el choque emocional: eras una persona reconocida en tu país. En mi caso, yo era jefe de servicio porque era especialista adjunta del servicio de ginecología ya con cuatro años de experiencia como tal. Y sí, el choque es bastante fuerte en ese sentido”.

“De verdad que me sentía bastante mal”.

Junto a su hermana, pidieron permiso en un puesto de un mercado cercano a donde vivían para ponerse de pie al lado a vender las arepas. El comerciante se lo permitió.

“Entonces hice mi currículum, lo dejé por locales comerciales, farmacias. Llamaba a los anuncios para cuidar bebés, cuidar abuelitos”. Menos de un mes después de llegar, consiguió empleo en una farmacia donde trabajaba seis días a la semana por el salario mínimo.

Inmigrante venezolana entrando a Perú

Getty Images
Muchos venezolanos que inmigran a Perú tienen dificultades en buscarse la vida.

¡No tenemos gente!

Poco a poco, fue reuniendo y validando los papeles que necesitaba para homologar su título de médico general.

“Registré mi título… pero hubo un freno porque me exigían estudiar un año más”, cuenta. No podía permitírselo: su hermana tenía problemas para encontrar empleo y de su salario salían la manutención de las dos y el dinero que enviaba a sus padres, en Venezuela.

“Decidimos oye, nada, a reunir plata. A ver si se puede lograr de alguna forma en algunos meses”.

Casi a finales de 2019, vio un anuncio en Instagram: la ONG Unión Venezolana en Perú estaba ayudando a médicos venezolanos a convalidar sus títulos. La organización ha reunido en los últimos dos años un listado de 39,000 inmigrantes venezolanos con estudios, cuyos datos se los ofrece al gobierno peruano para ayudar a cubrir vacantes difíciles de llenar.

Tras una dura selección que empezó con 150 profesionales, Luque acabó siendo una de los 20 que recibió la ayuda de la ONG y de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) para poder colegiarse en Perú.

“Tuve que pasar varias pruebas y cursos”, asegura. “A veces nos decían el mismo día o la noche anterior: ‘Hoy, urgente, tienen que ir a tal sitio’. Y bueno, ese día le pedía permiso a mi jefe y gracias a Dios fue bastante tolerante. Me decía: ‘Tranquila’. Luego, eso sí, tenía que pagarle las horas como sea”.

Pero incluso cuando su nombre apareció oficialmente en la base de datos de médicos colegiados de Perú, encontrar trabajo como tal siguió siendo una tarea complicada.

Coronavirus en Perú

Getty Images
En algunos lugares de Perú se han visto desbordados por la falta de médicos para combatir el coronavirus.

En tres meses, solo llamaron para dos plazas lejos de Lima, de donde no quería irse.

“Conseguí un puesto de asistente de cirugía plástica. Realmente, no es mi área, solo llenaba historias de los pacientes y hacía las tareas de las enfermeras”.

Con la pandemia, la clínica cerró: “Lo que más me angustiaba era que yo tengo que enviar dinero a Venezuela porque mis papás lo necesitan… Era estresante: quedarte sin dinero en un país donde no tienes nada”.

Hasta que un colega le avisó de que la seguridad social peruana, EsSalud, estaba contratando médicos para afrontar la pandemia de COVID-19.

Como muchos países de la región, Perú cuenta con menos médicos de los que necesita, según refleja un informe del Ministerio de Salud de 2018: apenas 13,6 médicos por cada 10.000 habitantes en vez de los 23 que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

A esto se suma el hecho de que muchos se han dado de baja porque su edad o historial médico los hace especialmente vulnerables al nuevo coronavirus.

Por ejemplo, en Lambayeque, una de las regiones más afectadas por la pandemia y en la que se han tenido que construir cementerios temporales para enterrar a los muertos por coronavirus, el director del Hospital Regional explicaba a principios de mes que, pese a tener 60 camas libres con punto de oxígeno, no las podía usar:

“¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente!”, gritaba con desesperación en una entrevista con la emisora pública, RPP.

Talento desaprovechado

Carlos Scull, nombrado embajador de Venezuela en Perú por Juan Guaidó, aseguró en una radio local que hay unos 1.000 médicos venezolanos en Perú -de los que solo entre 200 y 300 están colegiados- y unos 3,000 enfermeros.

Otras fuentes como la campaña “Tu causa es mi causa” eleva a 4,000 el número de médicos venezolanos que podrían unirse al esfuerzo del sistema de salud peruano contra la pandemia.

Trabajadores de la salud con equipos de protección personal frente a una ambulancia en Perú

Getty Images
En Perú hay escasez de trabajadores de la salud para hacerle frente a la pandemia.

Al menos uno de ellos, Felimar Luque, empezó a trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins el lunes de la semana pasada: “Es hermoso, se parece al hospital en el que yo trabajaba ”.

“Me siento bien, a pesar de la pandemia, haciendo lo que más me gusta”, dice. Ahora gana ocho veces más de lo que recibía en la farmacia. Su hermana, abogada, ha tenido menos suerte y ahora trabaja cuidando a una mujer mayor en una provincia al norte de Lima.

“El venezolano tiene una necesidad de tener un ingreso y ejercer su profesión”, dice Garrinzon González, director de Unión Venezolana en Perú. En los años que lleva frente a la ONG, ha visto a muchos compatriotas experimentados y con estudios superiores haciendo trabajos no cualificados.

“Es un activo que se está perdiendo el Perú en vez de beneficiarse con estos profesionales cuyos estudios fueron un gasto que hizo otro Estado. Y más cuando hay vacantes”, afirma.

Del listado de 39,000 profesionales venezolanos que ofreció al Estado peruano, calcula que solo el 10% consiguió empleo.

Él espera que la experiencia de echar mano de profesionales sanitarios venezolanos durante la pandemia sirva para abrir las puertas a otros sectores.

Luque tiene un contrato de solo tres meses, prorrogable por otros tres meses más si la pandemia se extiende. Aunque, así como cuando soñaba con volver a ponerse la bata mientras preparaba arepas, le sobran esperanzas.

“Aunque el contrato dice ‘solo pandemia’, yo confío, Dios quiera, que nos dejen trabajando como tal. Ya ellos saben que soy especialista, que estoy en proceso de mi registro nacional de especialista acá en Perú. Y si no, bueno, como médico general, que ya tengo todo legal”.

“Si la posibilidad está, sería genial quedarnos acá trabajando”.

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BBC

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