Marea verde y violeta toma calles de la CDMX: Estamos hartas de la violencia y el acoso, dicen
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Elizabeth Cruz

Marea verde y violeta toma calles de la CDMX: Estamos hartas de la violencia y el acoso, dicen

Miles de manifestantes se reunieron para marchar por el Día Internacional de la Mujer y exigir un alto a la violencia contra las mujeres, justicia para las víctimas de feminicidio y respeto a los derechos sexuales y reproductivos, entre otros.
Elizabeth Cruz
Por Elizabeth Cruz @elycruzla
9 de marzo, 2019
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“Hoy marcho no solo por los derechos que nos siguen negando: el derecho a un aborto seguro, libre y gratuito o a tener un salario igual al de los hombres, marcho también para exigir que se implementen las políticas públicas necesarias para detener la violencia contra las mujeres, para que se castigue a los feminicidas, para que podamos salir a la calle sin tener miedo”, dice Alejandra Palacios, estudiante de Derecho, quien acudió a la marcha del 8 de marzo junto con un grupo de amigas.

Todas portan el pañuelo verde que volvió a verse en las calles durante este viernes, Día Internacional de la Mujer. La prenda que simboliza la lucha por un aborto legal, seguro y gratuito se mezcló con los banderines y mantas violetas, el color de la lucha feminista.

La marcha contra feminicidios, el machismo y la violencia en imágenes

Ahí estaban también las cruces rosas en memoria y defensa de las victimas de feminicidio, y estaban también sus madres.


María Esperanza Luciotto, mamá de Karla Pontigo, a quien asesinaron en 2012, en San Luis Potosí, está en la marcha para exigir que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) resuelva ya sobre el caso de su hija. La Corte atrajo el caso para verificar si el agente del ministerio público cumplió con los estándares establecidos para una investigación diligente y con perspectiva de género, después de que se determinara que Karla había sufrido un accidente.

“El caso se tipificó como un homicidio culposo, la teoría del ministerio público es que Karla se estrelló con una puerta de cristal, en su trabajo. Nosotros no estamos de acuerdo. Ella sufría acoso por parte de su jefe, y su cuerpo tenía más de 40 heridas, entre ellas algunas de índole sexual”, dice Ana Sandra Salinas Pérez, abogada de Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho.

Lee: No queremos celebración, queremos solución: miles de mujeres marchan en la CDMX

Por las irregularidades en la investigación es que la SCJN atrajo el caso, pero lo hizo desde 2015. “La justicia tardía no es justicia; por eso estamos hoy en la marcha, para pedirle a la Corte que resuelva ya. El poder judicial tiene hoy en sus manos hacer la diferencia, saldar un poco la deuda que el país tiene con las víctimas de feminicidio. Además, que no se olviden que no habrá un plan de seguridad que funcione sino se empieza por hacer justicia”, afirma Salinas.


Es la misma demanda de Lorena Gutiérrez, justicia para su hija Fátima, a quien asesinaron cuando tenía 12 años, en Toluca, Estado de México. De los tres presuntos asesinos de la menor uno sigue libre. El sospechoso trabajaba como jardinero en la Escuela Sierra Nevada.

“La escuela lo protegió para que el nombre de la institución no se viera involucrado en una caso de feminicidio, dijeron que el día del asesinato él estaba en su trabajo. No es verdad, él era mi vecino y mucha gente lo vio ese día en la comunidad, él y los otros dos que ya están presos asesinaron a mi niña”, afirma Lorena.

Las consignas de los colectivos de feministas, organizaciones de la sociedad civil y sindicatos arropan a las madres de víctimas de feminicidio. Gritan justicia y exigen ni una asesinada más. Los grupos de amigas y compañeras de diversas escuelas, de la UAM, de la UNAM, de IPN, alzan también la voz para decir: “mi cuerpo es mío, solo mío”, y gritan consignas reivindicando el derecho al aborto.

“Quiero salir a la calle sin tener miedo”

Entre las más jóvenes hay una demanda que sobresale, y que una de ellas, Martha Armenta, estudiante de diseño gráfico, pone como su principal motivo para marchar. “Estoy aquí porque quiero salir a la calle sin tener miedo. Estamos hartas de tener miedo, estamos hartas del acoso, queremos andar en la calle sin temor a que nos desaparezcan, a que nos maten, a terminar en una red de trata, estamos hartas y exigimos que el Estado actúe para acabar con esta ola de violencia hacia nosotras”.

Con todas esas exigencias, la marea verde y violeta avanzó por la avenida Reforma, cruza Eje Central, siguió por la calle 5 de Mayo y llegó al Zócalo de la Ciudad de México. Entraron primero los contingentes de organizaciones sindicales. Luego los colectivos feministas, las ciudadanas de a pie, los numerosos grupos de amigas.

La plancha del Zócalo se llenó de los grupos de mujeres que extienden, en el suelo, las mantas con sus consignas. La batucada suena y muchas bailan, con los edificios de alrededor del Zócalo iluminados de color violeta, en el final de la tarde del Día Internacional de la Mujer.

En un extremo de la plancha del Zócalo, frente a Catedral, un grupo de mujeres extiende mantas tejidas de color violeta. La convocatoria la hicieron por Facebook, los colectivos Lana Desastre y Tejiendo Identidad. Cada participante podía tejer un pedazo, que luego se uniría con otros. El objetivo era mostrar como las mujeres son hacedoras de cosas, que pueden organizar y armar mucho juntas.

Más allá, de frente a Palacio Nacional, un grupo de estudiantes de la Universidad de la Comunicación ha colocado un “tendedero de palabras”, basado en el proyecto de la artista y activista mexicana Mónica Mayer.

“Le pedimos a las asistentes a la marcha que respondieran dos preguntas, ¿cuándo fue la última vez que sufriste acoso y por qué marchas hoy? Hubo varias respuestas en donde se lee que la última experiencia de acoso fue hoy mismo, eso habla del problema tan grande que enfrentamos las mujeres”, dice Erika Núñez, mientras ella y sus compañeros empiezan a levantar el tendedero que se transformará en un video arte que resume los motivos de esta marcha.

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Lucie Vildnerova

'Salí de vacaciones de Polonia y terminé quedándome toda la pandemia en Colombia porque acá encontré familia'

Joanna Zdanowska, una polaca de 47 años, era una de las turistas que estaba en Colombia cuando empezó la cuarentena. Y se quedó a gusto porque, según dice, encontró familia en un pequeño pueblo de la costa caribeña del país.
Lucie Vildnerova
4 de enero, 2021
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Joanna Zdanowska, una polaca de 47 años, era una de las turistas que estaba en Colombia cuando empezó la cuarentena por la pandemia de coronavirus.

A diferencia de cientos de extranjeros que volvieron a su país, elladecidió quedarse en un país cuya naturaleza enamora con facilidad.

Su relato, presentado en este texto que resultó de una conversación con BBC Mundo, es prueba de que el virus, además de trágico, abrió la puerta para muchas experiencias e historias positivas.


En agosto de 2020, cuando en Colombia anunciaron el fin de la cuarentena estricta, nosotras ya nos queríamos quedar donde estábamos. No queríamos que nada cambiara.

Mis amigos turistas y yo, que vinimos a América Latina a viajar antes de que empezara la pandemia, encontramos en Palomino, en la Costa Atlántica colombiana, un hogar.

Palomino es un pequeño pueblo muy cerca de una hermosa playa llena de palmeras que se prolonga por varios kilómetros.

En marzo, apenas empezó todo, yo no quise irme a Polonia, como hicieron algunos de mis compañeros, porque tenía la esperanza de que pronto podría seguir viajando.

Pero luego pasaron dos semanas y prolongaron la cuarentena. Y dos más. Y más. Y así hasta que nos quedamos ocho meses en un pueblo al lado de la playa sin poder nadar en el mar.

Estábamos en un hostal y todos los restaurantes y bares estaban cerrados. No había nada para hacer.

Con el tiempo se fueron yendo los turistas y solo quedamos algunos pocos. Pero con los días fuimos conformando una familia de unas quince personas con una relación muy íntima con los dueños de los hostales donde estábamos.

Salí de vacaciones de Polonia y terminé quedándome toda la pandemia en Colombia porque acá encontré familia.

Atrapada a gusto en Colombia

En 2019, decidí tomarme un año sabático porque me aburrí de Polonia, donde además tengo un apartamento que genera renta y me permite viajar tranquila.

Estuve en México y Cuba. Luego tenía el plan de viajar dos meses por Colombia, un país que recomiendan mucho para el turismo. Me quedé 10 meses y sigo contando.

Cuando viajas conoces muchas personas, pero normalmente los ves máximo una semana. Pero cuando vives con alguien seis meses, se genera una relación única.

Turistas en Palomino

Joanna Zdanowska
Los turistas que se quedaron en Palomino toda la cuarentena se convirtieron en miembros y colaboradores de la comunidad.

Porque ninguno trabajaba, entonces pasábamos todos el día juntos. Nos sentimos como en vacaciones permanentes.

Cada día había actividades con la gente local para apoyarnos unos a otros. Nos cocinaban. Algunos trabajaban para los hostales, otros aprendieron a surfear, había una chica que empezó a dar clases de español por internet.

En la casa donde yo me quedé, por ejemplo, había una familia de venezolanos con dos niños que descubrieron que nosotras las tratábamos mejor que sus padres. Entonces pasaban el día con nosotras. Yo les compré libros y les leía cuentos. Les mostraba videos en YouTube. Ahora los niños dicen que nosotras somos sus madres. Eso te rompe el corazón.

Lo que aprendí

Lo mejor de haberme quedado tanto tiempo aquí fue que pude conocer bien a la gente del pueblo, una experiencia que no tiene nada que ver con uno ve en el sector turismo.

Una de las experiencias más extraordinarias que tuve fue cuando fui a un pueblo de arhuacos, un grupo de indígenas que viven en la Sierra Nevada de Santa Marta y han tenido muy poco contacto con culturas occidentales.

Tuvimos que salir a las 4 de la mañana. Nos dijeron que eran 8 horas caminando pero cuando levábamos 9 horas aún no llegábamos. Pensamos que este lugar no existía. A las 10 horas finalmente llegamos, sin poder hablar del cansancio. Y nos quedamos ahí con nuestras hamacas.

Nos dieron su casa más grande. Nos quedamos tres días.

Joanna Zdanowska

Joanna Zdanowska
Joanna dice que los tres días que estuvo en un pequeña villa de indígenas le cambió su forma de pensar.

Esta experiencia cambió mi pensamiento, descubrimos algo que puede ser obvio pero nunca lo habíamos vivido: que no necesitamos nada para ser feliz.

Nos cobraban 50 dólares por cada uno de nosotros cinco. Cuando vimos las condiciones en las que viven los indígenas, decidimos no negociar nada, porque duermen en el suelo, cocinan en el fuego, no hay electricidad, ni gas, todo es muy básico; comen solo cosas que tienen ahí en su finca: yuca, plátano, arroz.

Son cosas muy básicas que me enseñaron mucho y me dieron ganas de seguir viajando, y quizá buscar aprovechar mi experiencia de 14 años en la televisión polaca en alguno de estos países. Creo que es buen momento para vender producciones que ya están listas y no necesitan más que subtítulos o doblaje.

Palomino

Joanna Zdanowska
Palomino es uno de los tantos paraísos de Colombia.

Con mi familia no necesito tener contacto físico. Lo único que me hace falta es ver al hijo de mi hermana, que solo vi cuando tenía un año. Pero hablamos mucho.

Y ahora la situación en Polonia es muy fuerte: en coronavirus Colombia y Polonia son países vecinos. Pero, además, ahora el gobierno en mi país es muy conversador y tengo la impresión de que estamos como hace 30 años: no aceptan la sociedad LGTBI, el aborto es tema de guerra, millones de personas están en la calle protestando.

Además allá es invierno. Y no es que me haya acostumbrado al clima de acá. Cuando hace 38 grados me molesta. Pero estar solo en chancletas y vestido corto en lugar de cinco kilos de ropa te relaja. Y eso me gusta de Palomino.


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https://www.youtube.com/watch?v=BKNQNzyRydw

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