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Cuartoscuro
Tláhuac, Azcapotzalco y GAM, las alcaldías con más desigualdad de género
El Índice ‘Igualdad CDMX’ presentado este miércoles da cuenta de las demarcaciones capitalinas con menos oportunidades y representación para las mujeres.
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Las 16 alcaldías de la Ciudad de México, capital del país, aún están lejos de alcanzar la equidad de género, de acuerdo con un Índice sobre Igualdad presentado este miércoles por el gobierno local. Y entre ellas, las peor calificadas en el Quinto Objetivo del Milenio de Naciones Unidas son Tláhuac, Azcapotzalco y Gustavo A. Madero.

En esas demarcaciones del oriente y el norte de la Ciudad, es donde las mujeres tienen menores oportunidades de educación, empleo, prestaciones, representación cultural y política, en comparación con los hombres. Asimismo, en esas alcaldías impera la inequidad en la repartición de las labores domésticas, donde se percibe más discriminación hacia las mujeres y donde se reportan más feminicidios.

En contraste, las alcaldías que resultaron mejor calificadas en el Índice son las céntricas Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo y Coyoacán, donde hay mejor redistribución en la estructura socioeconómica; mejor representación cultural y política que en el resto de la Ciudad.

Estas son las variables con las que mide la equidad de género en la capital el Índice de Igualdad CDMX, presentado este miércoles por el Congreso y la secretaría de las Mujeres de la Ciudad, que a su vez será insumo para el Sistema de Indicadores de Género de la Ciudad de México, que próximamente será formalmente instaurado por la secretaría de las Mujeres de la Ciudad.

Con el objetivo de proporcionar a ese Sistema información específica de la situación de los capitalinos por género y por alcaldía, la Comisión de Igualdad de Género del congreso local solicitó la realización de este Índice, basado en datos de la Encuesta Intercensal 2015 del Instituto Nacional de Estadística (INEGI), del secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública y la Encuesta sobre Discriminación 2017 de Copred (Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación en la Ciudad de México).

El estudio midió tres variables globales que contienen a su vez varios criterios: la primera es la Redistribución, que incluye empleo, educación, afiliación a Seguridad social, servicios médicos oficiales y créditos a la vivienda. La segunda variable es el reconocimiento, que incluye la distribución de los quehaceres domésticos y labores de cuidado, la discriminación hacia las mujeres y los feminicidios. Y la tercera es la representación en puestos de gobierno por alcaldía.

En la primera variable, las alcaldías peor calificadas son Tláhuac, con 2.2 de siete puntos, así como Benito Juárez y Gustavo A. Madero, con 2.6. Al otro lado del Índice están Cuauhtémoc (5 de 7 puntos) y Milpa Alta con 4.7, seguidas de Coyoacán, Xochimilco y Cuajimalpa, con 4.6.

En la variable de reconocimiento las peor calificadas son Tláhuac con 0.1 de 4 puntos posibles e Iztapalapa con 0.6; en tanto que las más altas fueron Benito Juárez (3.1) y Miguel Hidalgo (3.0), donde predomina un nivel socioeconómico más alto.

Finalmente, la variable de representación política se midió en términos de presencia o ausencia, calificando sólo con 1 ó 0 a las alcaldías según su cumplimiento de este requisito. Así, se encontró que Tlalpan y Tláhuac no tienen representación política de las mujeres.

Este índice fue propuesto por la diputada Paula Soto, presidenta de la Comisión de Igualdad de Género de la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, quien explicó a este medio que una de las carencias más importantes que ha tenido la Ciudad para elaborar una política pública “seria, integral y útil” en materia de género es la falta de datos.

“Estamos viendo el Índice no sólo como una herramienta para el Congreso y la Secretaría de las Mujeres, sino también para las alcaldías que estén comprometidas con la reducción de brechas de desigualdad, que puedan utilizarlo e irlo alimentando con sus acciones”, puntualizó la legisladora.

Agregó que el Índice se irá actualizando periódicamente con información proporcionada por la Agencia de Innovación Digital de la Ciudad, a cargo del politólogo José Merino.

Menos oportunidades en cadena

En la ciudad más poblada del país y que concentra la mayoría de sedes empresariales, así como campus universitarios, hay 13% más hombres con educación superior que mujeres, de acuerdo con el Índice.

Ese mayor acceso a estudios superiores deriva en más oportunidades de trabajo, mayor acceso a créditos de vivienda y otras prestaciones para los varones: en la Ciudad, la cantidad de hombres que buscan empleo es el doble que mujeres; 26% más tienen crédito hipotecario y solo 36% de los empleadores en la capital son mujeres.

Por otro lado, las mujeres realizan una abrumadora mayoría de las labores domésticas y de cuidado de personas, particularmente de hijos. En toda la Ciudad, de acuerdo con el Índice, hay 625 hombres por cada 100 mil realizando quehaceres del hogar, contra 27 mil 300 mujeres que lo hacen.

En el cuidado de niños menores de seis años la brecha es menor pero sigue siendo predominante la presencia femenina: 14 mil 220 mujeres de cada 100 mil los cuidan, frente a 8 mil 503 hombres.

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Chernobyl: cómo el gobierno de la Unión Soviética trató de ocultar la catástrofe nuclear
Fue el peor desastre nuclear de la historia. Pero también uno de los mayores intentos fallidos de ocultar una tragedia por parte de un gobierno. Historiadores y periodistas le contaron a BBC Mundo cómo ocurrió.
Getty Images/AFP
29 de mayo, 2019
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Es difícil imaginar una tragedia peor que Chernobyl. Pero cuesta todavía más hacerse a la idea de cómo los hombres fuertes del la Unión Soviética trataron de evitar por todos los medios que saliera a la luz el mayor desastre nuclear de la historia.

Cuando el reactor número 4 explotó, esparciendo nubes radioactivas por todo el hemisferio norte de la Tierra -desde Checoslovaquia hasta Japón- y lanzando a la atmósfera el equivalente a 500 bombas de Hiroshima, el Partido Comunista de la URSS trató de controlar la información y dar su propia versión sobre los hechos.

“Ocultaron la gravedad del accidente desde el principio y se negaron a evacuar Kiev (la actual capital ucraniana)”, le cuenta a BBC Mundo la periodista Irena Taranyuk, del servicio ucraniano de la BBC.

Irena era estudiante y vivía entonces en la región occidental de la antigua URSS. Recuerda el miedo y la confusión que sintió cuando estalló la noticia.

Más sobre Chernobyl

Nos informábamos a través del ‘enemigo’ -los medios occidentales, como la BBC- sobre lo que estaba ocurriendo. Mientras tanto, muchos jóvenes y compañeros universitarios eran enviados a trabajar en la zona como liquidadores voluntarios, exponiéndose a la radiación”.

La URSS no pudo contener la noticia por mucho tiempo. “No era posible encubrir algo tan grande como aquello; los rumores comenzaron a correr como el agua, dice Irena.

Tres décadas después, todavía no conocemos el alcance total de la tragedia ni cuántas personas -se estima que unas 4,000, pero podrían ser más- murieron de cáncer u otras enfermedades vinculadas a ella.

Los testimonios, datos y relatos de supervivientes, junto al trabajo de investigadores, nos cuentan hoy lo que ocurrió y han permitido recrear en pantalla el drama histórico sobre Chernobyl en una aclamada miniserie homónima con tintes de ficción que acaba de estrenar HBO.

Pero volvamos a los hechos. ¿Qué ocurrió exactamente el 26 abril de 1986 y cómo trató la antigua Unión Soviética de impedir que el mundo conociera aquel desastre inimaginable?

De la negación a la irresponsabilidad

Eran las 5 de la mañana cuando Mijaíl Gorbachov, el último líder de la Unión Soviética, recibió una llamada telefónica. Había habido una explosión en la planta nuclear de Chernobyl. Pero, aparentemente, el reactor estaba intacto.

“En las primeras horas e incluso el día después del accidente no se sabía que el reactor había explotado y que había una enorme emisión nuclear en la atmósfera”, diría el propio Gorbachov más tarde.

El hombre más poderoso de la Unión Soviética en aquel momento no vio necesidad de despertar a otros líderes políticos o de interrumpir su fin de semana con una sesión de emergencia, explica el historiador ucraniano Serhii Plokhii en su libro Chernobyl: the history of a nuclear catastrophe (“Chernobyl: la historia de una catástrofe nuclear”, 2018).

En lugar de eso, creó una comisión gubernamental liderada por Boris Shcherbina, vicepresidente del Consejo de Ministros, para investigar las causas de la explosión. Mientras tanto, los ciudadanos corrían peligro. Pero nadie se atrevía a ordenar una evacuación.

El primer acercamiento en helicóptero, unas 24 horas después de la explosión, evidenció la magnitud de la catástrofe. “Cuando aterrizaron, todavía no estaban preparados para aceptarlo”, dice el historiador.

El propio Shcherbina escribió en sus memorias que tuvo que forzarse a sí mismo a asimilar lo que veían sus ojos.

“Al principio, estaban en un estado de shock y negación. No querían aceptar lo que había pasado. Después, no quisieron asumir la responsabilidad de lo sucedido“, le cuenta a BBC Mundo Plokhii, quien es también director del Instituto de Investigación Ucraniano de la Universidad de Harvard, en Massachusetts, Estados Unidos.

“Hubo una negación por parte de quienes trabajaban en Chernobyl. Y, además, era muy complicado afirmar lo que estaba pasando sin ponerse en una situación todavía más peligrosa”.

Plokhii escribe en su libro que “a medida que los niveles de radiación aumentaban, los funcionarios se ponían cada vez más nerviosos, pero no tenían la potestad para decidir evacuar”.

“El país tardó 18 días en hablar sobre ello en televisión”, agrega.

“La reacción inmediata fue ocultar la tragedia y luego trataron de minimizar la cantidad de información que se publicaba“, le cuenta a BBC Mundo el periodista Adam Higginbotham, autor de Midnight in Chernobyl (“Medianoche en Chernobyl, 2019), un superventas del New York Times que recoge varios testimonios.

El escritor señala que había una “dimensión psicológica” en esa negación inicial que es importante tener en cuenta. “El evento era tan catastrófico y la escala del desastre era tal que ni siquiera los especialistas bien formados, que entendían con exactitud la energía nuclear, podían asimilar lo que estaban viendo”.

“Necesitamos comprender que la escala del accidente era demasiado grande incluso para ellos, y no caer en los estereotipos típicos sobre cómo funcionaba la Unión Soviética. La historia es más compleja y complicada que todo eso”, advierte.

Armen Abagian, el director de un instituto de investigación sobre energía nuclear que había sido destinado a Moscú, le dijo a Shcherbina que la ciudad tenía que ser evacuada: “Le dije que había niños corriendo por las calles, gente colgando ropa para secarla. Y la atmósfera era radioactiva”, fueron sus palabras, según cuenta el historiador Serhii Plokhii.

Pero la URSS consideraba en sus regulaciones que no era necesario, y nadie quería tomar la responsabilidad de ordenar una evacuación y entonar así un mea culpa.

Mientras la comisión pensaba qué hacer, la gente comenzaba a abandonar la ciudad.

El gobierno soviético no estaba dispuesto a que las malas noticias se propagaran tan rápido como las radiaciones. Por eso cortó las redes telefónicas, y a los ingenieros y trabajadores de la planta nuclear se les prohibió compartir las noticias sobre lo ocurrido con sus amigos y familiares, explica Plokhii.

No era la primera vez que la URSS se enfrentaba a este tipo de situaciones: “Hubo otro desastre nuclear (mucho más pequeño) en septiembre de 1957 en Kyshtym, en los montes Urales, cuando explotaron unos materiales radiactivos. Pero no había información en ningún lado”, le cuenta a BBC Mundo. “Guardar silencio era un protocolo normalizado en la Unión Soviética”.

“Los estadounidenses encontraron algunas señales de que había una explosión y contaminación en aquel primer desastre, pero no dijeron nada porque ellos mismos estaban en el proceso de desarrollar grandes planes nucleares y no quisieron crear una alarma”.

Higginbotham también evoca aquel accidente de Kyshtym, que los soviéticos sí lograron ocultar con éxito: “Simplemente, adoptaron el mismo enfoque en Chernobyl, pero en este caso la frontera estaba más cerca con Occidente y la contaminación y el alcance fueron mucho mayores”.

¿Cómo se enteró el mundo?

“Fueron los suecos quienes primero detectaron que algo iba mal. Y después unos británicos que trabajaban en otra planta nuclear”, dice Plokhii.

Higginbotham asegura que los suecos comenzaron a preguntar a las autoridades soviéticas si había habido un accidente nuclear, “pero incluso en ese momento continuaron negando que tal cosa hubiera ocurrido”.

Y es que en Suecia se detectaron altos niveles de radiación en los días posteriores al accidente cuyo origen no tenía explicación.

“La gente de Europa alertó sobre lo que estaba pasando y la Unión Soviética tuvo que publicar su información. Fueron contando cada vez más cosas, pero solo bajo la presión de Occidente“, coincide el ucraniano, quien añade que el contexto de la Guerra Fría es vital para comprender cómo se desarrollaron los hechos.

El historiador añade que la “insatisfacción” de quienes vivían en la URSS en aquella época también jugó un papel clave, que se estaban informando de los hechos a través de medios extranjeros y de rumores -algunos ciertos y otros no-, y no de su propio gobierno”.

“Tardaron semanas, meses e incluso años hasta que, gradualmente, fue emergiendo la verdad. En parte, eso fue porque capturaron a los corresponsales extranjeros que estaban basados en Moscú y les impidieron dejar la ciudad y acercarse a la zona del accidente”, dice Higginbotham.

“Muchos de esos periodistas comenzaron a publicar cualquier información que recibían, aunque fueran rumores. En Estados Unidos, el New York Post llegó a decir que 15.000 personas habían muerto. Eso justamente lo opuesto a lo que quería el gobierno”.

“No querían que la población tomara precauciones”, sostiene Irena. “Fue irónico que nos enteráramos a través de medios extranjeros”.

Pero Higginbotham advierte que la historia que se cuenta en Occidente sobre Chernobyl a menudo es incompleta y que “muchas cosas que se escribieron se asientan sobre ideas preconcebidas sobre cómo era la vida en la Unión Soviética que resultaban muy convenientes”, olvidando la dimensión psicológica y humana de quienes tomaron las decisiones.

La caída de un imperio

“Chernobyl suele vincularse a cambios estratégicos en la Unión Soviética y a los inicios de la política abierta. El principio de todo está en Chernobyl”, explica Plokhii.

El historiador dice que quiso escribir sobre la tragedia porque forma parte de su historia personal: “Recuerdo el horror de aquellos días, no sabíamos lo que iba a ocurrir y traté de reconstruir los hechos de la mejor manera posible”.

“El material que reconstruí me hizo llegar a la conclusión de que hubo verdaderamente un vínculo directo entre Chernobyl y la caída de la Unión Soviética“.

“La manera en que colapsó la Unión Soviética no puede comprenderse realmente sin la historia de Chernobyl”.

Por otra parte, Higginbotham considera que fue un momento clave “en la desintegración de la URSS no solo por el coste económico, o el incremento de la desconfianza hacia las instituciones por parte de los soviéticos, sino también por cómo cambió al propio Gorbachov.

“El accidente reveló que Gorbachov corrompió el imperio que había heredado“, señala.

“Pero la lección más importante que nos deja Chernobyl es el problema de confiar en exceso en la tecnología -¡La gente creyó que un accidente de ese alcance era imposible incluso cuando tuvo lugar!-. Y también que una cultura que niega la evidencia científica y se basa en mentiras y secretismo no es segura para nadie”.


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