Fondo de Cultura publicaba libros por recomendaciones de una élite, ahora decide un consejo anónimo: Taibo II
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Fondo de Cultura publicaba libros por recomendaciones de una élite, ahora decide un consejo anónimo: Taibo II

El director del Fondo de Cultura Económica (FCE) explica en entrevista que están revisando catálogos y precios, para mejorar su oferta y lograr que más gente compre libros.
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22 de abril, 2019
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Paco Ignacio Taibo II sostiene que el “sentido común” es lo que hace falta para decidir qué libros publicará el Fondo de Cultura Económica (FCE), buscando títulos atractivos, que realmente se vendan y no terminen en bodegas.

Leer: Libros perdidos, en bodegas o destruidos por desperfectos, las irregularidades detectadas en el Fondo de Cultura

En entrevista con Animal Político, se reserva el revelar los nombres del consejo editorial que discute los títulos de los libros que el FCE está publicando, para evitar que sean blanco de cualquier clase de presión.

El escritor y funcionario asegura que todas las decisiones del FCE serán para mejorar la oferta, y así lograr que más gente compre y lea libros.

Recibió el nombramiento oficial como director del Fondo de Cultura Económica (FCE) en marzo pasado, después de la polémica por un ajuste a la ley, para que no fuera requisito del cargo haber nacido en México. Pero todo el tiempo estuvo como encargado de despacho.

En su oficina, entre libros recién salidos de imprenta, muestra los calendarios llenos de actividades realizadas y por realizar para apoyar la Estrategia Nacional de Lectura, que reconoce está aún en construcción.

Por lo pronto, la principal apuesta para fomentar la lectura se lanzó el 1 de marzo: la colección Vientos del Pueblo, libros cortos con un tiraje de 40 mil ejemplares, con precios de menos de 20 pesos, que incluye títulos como Apuntes para mis hijos, de Benito Juárez; Los convidados de agosto, de Rosario Castellanos; Loxicha, de Fabrizio Mejía Madrid, y De noche vienes, de Elena Poniatowska.

—¿Con qué criterios se están escogiendo qué libros se editan, por qué esos, por qué no otros, dónde está escrito?

¿Y por qué debería estar escrito? ¿Para que haya más manuales? Si aquí había 32 manuales cuando llegué, que explicaban cómo se debía decidir qué libro publicar, y nada… era: llamó mi primo de Washington, y así decidían… Los manuales eran de mentira, absoluta mentira. No funcionaban; lo que funcionaba era un sistema de recomendaciones intercruzadas de una élite, y las bodegas llenas de libros que no se venden. Entramos aquí con ocho millones y medio de libros embodegados.

—¿Entonces, ahora cómo se decide?

Tenemos un consejo de redacción que se reúne un par de veces por semana, hay propuestas, se discuten, se trata de crear un balance, y las propuestas que reciben más acalorados aplausos, más ‘ya lo leí, está a toda madre, y seguro que a mi vecino le gusta’, y hay la típica de ‘yo se lo doy al portero de mi casa’, y cuáles funcionan y cuáles no. Sentido común.

También pensar que tiene que ser una colección de abanico amplio para que te dé libros que te funcionen en diferentes niveles: un Rikki-Tikki-Tavi (de Rudyard Kipling) que es perfectamente leído por un niño de 10 años, y un Loxicha (de Fabrizio Mejía Madrid) que te cuenta el problema de una masacre campesina en los últimos años; a un Guillermo Prieto (Los Yanquis en México) que te cuenta la resistencia popular a la invasión norteamericana, y un cuento de amores y desamores de Elena Poniatowska (De noche vienes). Tiene que ser una colección de espectro muy amplio, en los primeros 100 números tiene que haber cubierto gustos, posibilidades. Y la única condición es: si no aguanta que uno lo lea, ¿por qué otro tendría que leerlo?

—¿Y cuál va a ser el mecanismo para decir este funciona, este no, este se quita?

En principio sólo tienes la reacción de la venta y es el único. Con libros de 11, 12 pesos.

—Este consejo, ¿quiénes lo forman?

Son 11 personas, pero es anónimo. Para que no les estén mandando 76 libros y recomendaciones. Todo el que quiera mandar un libro, que lo mande, aquí llega a esta mesa. Y creamos filtros.

—¿No podemos saber quién está decidiendo qué vamos a darle a leer a la gente?

Pues nosotros. Yo. Soy el responsable.

—¿No podría alguien decir que ahora también le publican a sus amigos?

Cuando alguien diga que están publicando libros de sus amigos yo diré: ¿por qué la primera reedición que ordené aquí fue una reedición de Octavio Paz?, que si algo tenía es que no era mi amigo, y fue lo primero que firmé. ¿Basado en qué?, en los números que te decía: está vendiendo pocamadre. Y el Zapata de (Enrique) Krauze, y mira que  no son santos de mi devoción. La democracia se practica, no se teoriza.

Convertir en lectores a jóvenes, a viejos y a maestros

—En la presentación de la Estrategia Nacional de Lectura se dijo que un eje es formar a niños y adolescentes. ¿Cuál es la población objetivo del FCE?

Nosotros tenemos tres: primero, hemos descubierto que hay una reincorporación a la lectura por parte de adultos mayores, muy importante, deveras muy importante: ya son bastante grandes, ya educaron a sus hijos, ya tienen dos horas más de tiempo libre, y han vuelto a leer. Entonces, a ese sector hay que alimentarlo, de debates, conferencias, material de lectura.

El segundo es: si no rompemos el circuito negativo de las Normales, corremos el riesgo de que esto se perpetúe eternamente. Entonces, tenemos que formar fácil 60 clubs de lectura entre maestros normalistas y alimentarlos, para que transmitan, cuando sean maestros de primaria, este placer por la lectura a sus alumnos.

Y el tercero: la gran batalla es en las secundarias y en las prepas, donde tienes a un adolescente y postadolescente al que se le ha creado un conflicto, ‘¿leer?, qué hueva’. Y tienes que leer más libros de los que puedes en la semana, por lo tanto, no los lees; simulas que los lees. Dos: entraste en la lógica de la fotocopia, capítulo cinco, capítulo tres, eso al final es a la basura, ni siquiera estás haciendo biblioteca. Tres: estos jóvenes leen bajo moldes de fomento a la lectura tradicionales que han demostrado ser fallidos, que son primero el Cantar del Mío Cid, la Iliada y la Odisea, y el Periquillo Sarniento. ¡Ni madres! Primero José Emilio Pacheco, Las Batallas en el Desierto; luego José Agustín, y luego el Kamasutra, lo prohibido. Tienes que romper este mecanismo que construye una mentalidad de leer es castigo, leer es aburrido.

Esos son los tres objetivos. ¿Cuál es el problema que tenemos que asumir como un problema inmediato, práctico y de guerra? Hay que bajar el precio de los libros.

—En la encuesta del INEGI sobre lectura solo 1.7 % dice que no lee por falta de dinero y más del 80 % que por falta de tiempo o de interés, ¿entonces cuánto puede impactar bajar los precios?

¿Tú le crees a esas encuestas? Yo no. Y una de las conversaciones que tengo que tener es con el INEGI para decirle: hazme una encuesta de a deveras, separa lectura por obligación de lectura por placer.

—¿Qué giro tiene que dar el Fondo para tener estos libros baratos y que lleguen a la gente?

Básicamente un cambio en algunas colecciones que estaban editando demasiado y que no tenían un reflejo sano en las ventas. Entonces, por ejemplo, ante la pregunta de si va a continuar Tierra Adentro, la respuesta es sí, pero con un criterio de selección más estrecho, que nos permita que libro que publiquemos, libro que sacamos a la calle, debatimos y promovemos. ¿Porque qué sentido tiene publicar a un joven si no le das visibilidad, si no permites que se contraste con los lectores? El otro día vendieron 20 ejemplares de un Tierra Adentro en Ecatepec. Por mi madre, bohemios, que esto no sucedía ¡jamás! Entonces el cambio de política es: publiquemos menos, pero demos mucha más visibilidad, difusión y apoyo.

En otras colecciones, definidamente si no se demuestra lo contrario, vamos a suspenderlas, como la de administración pública. La tarea de hoy es revisar los catálogos inmóviles del Fondo de estos últimos cinco años, para ver qué podemos bajar de precio, qué podemos incluso regalar.

—¿Es cuestión de reestructurar?

De reequilibrar. Mi primera sorpresa, se lo advertí a todo el equipo: les dije, vamos a bajar mil 200 títulos del Fondo, a 20, a 8, a 49.50 pesos. Los comerciales se fueron llorando por los pasillos, ‘vamos a perder dinero’. No, les dije, vamos a ganar: ganamos dinero, porque las ventas subieron 8.3% esa semana. Llegaron a las librerías el doble y el triple de gente de las que las visitaban regularmente.

Estudiamos cada uno y vimos: ¿soporta el descenso?, sí; ¿tiene movimiento?, no; ¿si lo bajamos lo va a tener?, sí. Y lo tuvo. Y va a ir creciendo. Ahora tenemos que meterle el diente a la parte del catálogo que todavía no hemos estudiado, que son libros que cuestan más de 150 pesos, ¿qué podemos hacer con ellos?

—¿Cuáles son las metas?

¿Qué queremos? A fin de año queremos haber cubierto todos los estados de la república con operaciones de fomento a la lectura, reorganización de las salas de lectura y los clubs de lectura, para pasar de los tres mil que se decía que había a ocho o nueve mil que habrá. ¿Qué queremos?, haber recorrido las 40 Normales; haber creado el primer sistema de debate y fomento de la lectura en escuelas de enseñanza media, secundarias y preparatorias. ¿Qué queremos?, participar en 100 ferias. ¡Estamos en el nivel de la locura, y eso es muy divertido!

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Por qué las fechas de vencimiento de la comida no tienen mucho de ciencia (y pueden ser culpables del desperdicio)

Un sistema de datación de productos más basado en la investigación podría facilitar que las personas diferencien los alimentos que pueden comer de manera segura de aquellos que podrían ser peligrosos.
23 de julio, 2022
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Un brote de listeria en Florida, Estados Unidos, provocó desde enero hasta ahora al menos una muerte, 22 hospitalizaciones y el retiro de una partida de helados.

Los humanos se enferman con infecciones de listeria, o listeriosis, por comer alimentos contaminados con tierra, carne poco cocida o productos lácteos crudos o sin pasteurizar.

La listeria puede causar convulsiones, coma, aborto espontáneo y defectos de nacimiento. Y es la tercera causa principal de muertes por intoxicación alimentaria en EE.UU.

Evitar los peligros ocultos de los alimentos es la razón por la que las personas suelen comprobar las fechas en los envases de los alimentos.

Impreso con el mes y el año, se presenta a menudo de una vertiginosa variedad de frases: “mejor antes de”, “usar antes de”, “usar preferentemente antes de”, “garantizado fresco hasta”, “congelar antes de” e incluso una etiqueta de “nacida en” utilizada en algunas cervezas.

Moho en la mermelada del desayuno.

Getty Images

La gente piensa en ellas como fechas de vencimiento, o la fecha en la que un alimento debe ir a la basura.

Pero las fechas tienen poco que ver con la caducidad de los alimentos o cuándo se vuelven menos seguros para comer.

Soy microbióloga e investigadora en salud pública y he utilizado la epidemiología molecular para estudiar la propagación de bacterias en los alimentos.

Un sistema de datación de productos más basado en la ciencia podría facilitar que las personas diferencien los alimentos que pueden comer de manera segura de aquellos que podrían ser peligrosos.

Confusión costosa

El Departamento de Agricultura de EE.UU. (USDA, por su sigla en inglés) informa que en 2020 el hogar estadounidense promedio gastó el 12% de sus ingresos en alimentos.

Pero mucha comida simplemente se tira, a pesar de que es perfectamente segura para comer.

El Centro de Investigación Económica del USDA informa que casi el 31% de todos los alimentos disponibles nunca se consumen.

Los precios históricamente altos de los alimentos hacen que el problema del desperdicio parezca aún más alarmante.

Producto lácteo con fecha de vencimiento.

Getty Images

El actual sistema de etiquetado de alimentos puede ser el culpable de gran parte del desperdicio.

La FDA informa que la confusión de los consumidores sobre las etiquetas de fecha de los productos probablemente sea responsable de alrededor del 20% de los alimentos que se desperdician en el hogar, con un costo estimado de US$161.000 millones por año.

Es lógico creer que las etiquetas de fecha están ahí por razones de seguridad, ya que el gobierno hace cumplir las reglas para incluir información sobre nutrición e ingredientes en las etiquetas de los alimentos.

Aprobada en 1938 y continuamente modificada desde entonces, la ley de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos exige que las etiquetas informen a los consumidores sobre la nutrición y los ingredientes de los alimentos envasados, incluida la cantidad de sal, azúcar y grasa que contienen.

Sin embargo, las fechas en esos paquetes de alimentos no están reguladas por la Administración de Drogas y Alimentos (FDA, por su sigla en inglés). Más bien, provienen de los productores de alimentos.

Y es posible que no se basen en la ciencia de la seguridad alimentaria.

Un hombre revisa la etiqueta de un producto en el supermercado.

Getty Images

Por ejemplo, un productor de alimentos puede encuestar a los consumidores en un focus group para elegir una fecha de caducidad que sea seis meses después de que se elaboró porque al 60% del grupo ya no le gustó el sabor.

Los fabricantes más pequeños de un alimento similar podrían imitar y poner la misma fecha en su producto.

Más interpretaciones

Un grupo de la industria, el Food Marketing Institute y la Grocery Manufacturers Association, sugieren que sus miembros marquen los alimentos como “mejor usar antes de” para indicar cuánto tiempo es seguro comerlos y “usar antes de” para indicar cuándo los alimentos se vuelven inseguros.

Pero el uso de estas leyendas más matizadas es voluntario. Y aunque la recomendación está motivada por el deseo de reducir el desperdicio de alimentos, aún no está claro si este cambio recomendado ha tenido algún impacto.

Lata de comida con fecha de vencimiento.

Getty Images

Un estudio conjunto de la Harvard Food Law and Policy Clinic y el National Resources Defense Council recomienda la eliminación de las fechas dirigidas a los consumidores, citando posibles confusiones y desperdicios.

En cambio, la investigación sugiere que los fabricantes y distribuidores utilicen fechas de “producción” o “empaque”, junto con fechas de “caducidad” dirigidas a los supermercados y otros minoristas.

Las fechas indicarían a los minoristas la cantidad de tiempo que un producto permanecerá en alta calidad.

La FDA considera que algunos productos son “alimentos potencialmente peligrosos” si tienen características que permiten que los microbios prosperen, como la humedad y una gran cantidad de nutrientes que los alimentan.

Estos comestibles incluyen pollo, leche y tomates en rodajas, todos los cuales se han relacionado con brotes graves de enfermedades transmitidas por los alimentos.

Pero actualmente no hay diferencia entre el etiquetado de fecha que se usa en ellos y el de alimentos más estables.

Fórmula científica

La leche de fórmula es el único producto alimenticio con una fecha de caducidad que está regulada por el gobierno en EE.UU. y determinada científicamente.

Se somete a pruebas de laboratorio de forma rutinaria para detectar contaminación. Pero la fórmula también se somete a pruebas de nutrición para determinar cuánto tardan los nutrientes, en particular las proteínas, en descomponerse.

Para prevenir la desnutrición en los bebés, la fecha de caducidad de la leche de fórmula indica cuándo ya no es nutritiva.

Los nutrientes en los alimentos son relativamente fáciles de medir y la FDA lo hace regularmente.

La agencia emite advertencias a los productores de alimentos cuando los contenidos de nutrientes que figuran en sus etiquetas no coinciden con lo que encuentra el laboratorio de la FDA.

Una mujer mira un producto que saca del refrigerador.

Getty Images

Los estudios microbianos, como en los que trabajamos los investigadores de seguridad alimentaria, también son un enfoque científico para el etiquetado significativo de la fecha en los alimentos.

En nuestro laboratorio, un estudio microbiano podría implicar dejar un alimento perecedero para que se eche a perder y medir la cantidad de bacterias que crecen en él con el tiempo.

Los científicos también realizan otro tipo de estudio microbiano observando cuánto tardan los microbios como la listeria en crecer hasta niveles peligrosos después de agregar intencionalmente los microbios a los alimentos para observar lo que hacen.

Se observan detalles tales como el crecimiento de la cantidad de bacterias con el tiempo y cuándo hay suficientes como para causar una enfermedad.

Consumidores por su cuenta

Determinar la vida útil de los alimentos con datos científicos sobre su nutrición y seguridad podría reducir drásticamente el desperdicio y ahorrar dinero a medida que los alimentos se vuelven más caros.

Pero en ausencia de un sistema uniforme de fechado de alimentos, los consumidores pueden confiar en sus ojos y narices, decidiendo descartar el pan peludo, el queso verde o la bolsa de ensalada con mal olor.

Las personas también podrían prestar mucha atención a las fechas de los alimentos más perecederos, como los fiambres, en los que los microbios crecen fácilmente.

*Jill Roberts es profesora asociada de salud global en la University of South Florida.

*Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y está reproducido bajo la licencia de Creative Commons. Haga clic aquí para leer el artículo original.


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