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Cuartoscuro

Sin infraestructura ni presupuesto: así tendrá que repartir el IMSS miles de medicamentos

Exfuncionarios del IMSS, activistas del sector Salud, y empresarios farmacéuticos, explicaron cuáles son los inconvenientes para que el Seguro Social, de por sí saturado, también distribuya medicamentos, como le pide Hacienda.
Cuartoscuro
Por Andrea Vega y Manu Ureste
31 de mayo, 2019
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El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) tendrá que distribuir miles de medicamentos contra el cáncer, la diabetes, la hipertensión, el VIH-Sida, y otros padecimientos, sin que hasta el momento tenga una partida presupuestaria específica para ello, y sin disponer de una infraestructura de transporte especializado, ni de logística, para llevar los fármacos a toda la República.

El encargo de Hacienda al IMSS de crear una nueva estrategia de distribución de medicinas y materiales de curación en todos sus hospitales se produjo luego de que el gobierno federal cambió el modelo de compras de medicamentos, y acusara a las empresas distribuidoras de actos de corrupción para encarecer los precios de los insumos sanitarios.

La nueva titular de la Oficialía Mayor de la Secretaría de Hacienda, Raquel Buenrostro, fue la que pidió al IMSS que realice esta nueva tarea a través de un oficio dirigido a Flavio Cienfuegos, director de administración del Instituto, según publicó El Universal en una nota el pasado martes.

A pesar de que el instituto cuenta con la mayor red de hospitales públicos en todo el país, no ha tenido entre sus funciones la de distribuir medicamentos. Por lo que no dispone, por ejemplo, de camiones que aseguren la cadena de frío requerida por muchos fármacos, ni tampoco del personal que se necesita para transportar y resguardar una red de distribución de este tipo.  

Así lo expusieron en entrevista exfuncionarios del IMSS consultados, organizaciones de la sociedad civil del sector Salud, y representantes del sector empresarial, quienes mostraron su preocupación ante un posible desabasto de medicamentos para el segundo semestre de este año, tanto por el retraso en las compras consolidadadas de más de 3 mil 800 claves médicas, como por la falta de un plan concreto para distribuirlos.

No obstante, tanto el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, como la oficial mayor, Raquel Buenrostro, han asegurado en varias ocasiones que el abasto está garantizado, a pesar de los retrasos.

Incluso, Buenrostro acusó el pasado 24 de mayo que el desabasto de medicamentos y de equipo de curación en algunas zonas del país se debe a problemas locales, y a que las farmacéuticas no quieren vender sus productos debido al cambio en el modelo de las compras de gobierno.

“El abasto está garantizado al 100%”, recalcó la funcionaria.

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 Sin infraestructura ni tecnología

Al respecto, Patrick Devlyn, presidente de la Comisión de Salud, del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), aseguró en entrevista con Animal Político que al sector privado sí le preocupa que se le esté pidiendo a una institución tan importante como el IMSS, que atiende a casi 80 millones de mexicanos, desviar la atención de su función principal, para desarrollar una capacidad logística, que no tiene, para la distribución de medicamentos a lo largo y ancho del país.

“El IMSS no tiene la infraestructura ni la tecnología para cumplir de manera efectiva y consistente con la distribución de medicamentos a lo largo y ancho de la República”, afirmó.

Esta institución, agregó Devlyn, no fue creada como una distribuidora de medicamentos, fue creada para proveer servicios de salud a los trabajadores y para darles acceso a seguridad social.

“Si en esto tienen fallas, porque tienen cuellos de botella en su primer nivel de atención a la salud y no tienen capacidad en muchos de los servicios que deben de proveer, ahora nos preocupa que desvíen parte de las cuotas obrero patronales y su atención para llevar a cabo la distribución de medicamentos”, recalcó Devlyn.

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En la distribución de medicamentos hay tres aspectos críticos: los fármacos se tiene que controlar por lotes, porque si se presenta algún riesgo con ellos, se debe poder identificar dónde está cada pieza de cada lote para poderla recuperar.

El segundo aspecto son las fechas de caducidad, hay que tener control de esto para que no se esté vendiendo producto que está cerca de su fecha de caducidad o ya caducó.

Y tres, la cadena de frío. Muchos fármacos requieren tener un control de punta a punta, incluso en sitio, de su temperatura.

“Si se distribuye un fármaco y no se tiene control de la fecha de caducidad, muchos dispendios van a entregar medicamentos ya caducos. Si no se cuidó la temperatura, puede causar daño o no surtir el efecto esperado”.

Esos son los riesgos, subrayó Devlyn. “Si le pedimos ahorita a los de (Mudanzas) Castores o a los autobuses ADO que distribuya medicamentos, lo podrían hacer, pero la cuestión es a qué costo, con qué nivel de eficiencia, y efectividad”.

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Luis Adrián Quiroz, coordinador de la organización civil Derechohabientes del IMSS viviendo con VIH que lleva 16 años luchando para garantizar el abasto de medicamentos en el seguro social, dijo en entrevista que, si bien nadie puede oponerse al combate en contra de la corrupción, y menos en el sector Salud, también le preocupa que el resultado pueda ser similar al de los primeros meses del combate contra el huachicoleo; cuando una serie de medidas tomadas por el gobierno provocó el desabasto de combustible en buena parte del país.

“En este caso de los medicamentos, el problema es que sí hay vidas de por medio”, enfatizó el activista, quien añadió que, hasta el momento, el encargo de Hacienda al IMSS de distribuir medicamentos deja muchas preguntas en el aire.

“Por ejemplo, ¿cómo van a incrementar la capacidad operativa y la infraestructura del IMSS para resguardar la calidad del proceso de transportación, y para que todos los derechohabientes, de todas las partes del país, reciban su medicina a tiempo y en buen estado. ¿Cuál es el plan?  ¿Se va a dotar al seguro social de más recursos para esto?”, planteó Quiroz, que recordó que en el presupuesto del instituto no hay, hasta ahora, una partida específica para que distribuya medicinas por todo el país.

A raíz de estas preguntas, Animal Político buscó a la Secretaría de Hacienda y al IMSS para conocer más a detalle el plan para que el Seguro Social se convierta, además de sus funciones, en distribuidor de medicamentos. Pero, hasta el momento de publicar esta nota, no hubo respuesta.

“Distribuir medicamentos es algo muy sofisticado”

Por su parte, Juan de Villafranca, director ejecutivo de la Asociación Mexicana de Laboratorios Farmacéuticos (AMELAF), señaló que ellos no podrían decir si el IMSS tiene la capacidad de asumir la distribución de medicamentos o no.

“Nosotros desconocemos si pueden hacerla o no, porque los fabricantes no se meten en la distribución. Los fabricantes le venden al distribuidor y éste le vende al gobierno”, explicó.

Así que es el distribuidor, añadió, el que se encarga de organizar el medicamento por lotes, lo entrega a los distintos lugares, paga a los fabricantes, y luego se encarga de cobrarle al gobierno.

“Si a nosotros nos dicen entréganos el medicamento, se va a cotizar entregando en un punto, pero como fabricantes no tenemos capacidad para mandarlo a todo el país, porque distribuir es algo muy sofisticado: los distribuidores recogen los medicamentos de todos los laboratorios, los ponen en una gran bodega, y de manera robotizada van escogiendo los lotes, por ejemplo, para una clínica en San Luis Potosí, y los mandan en transporte con temperatura controlada y así para todo el país”.

Retraso en las compras de medicamentos

Además del tema de la distribución por parte del IMSS, a Villafranca y Devlyn también les preocupa el retraso en la publicación de la convocatoria para la licitación de la compra consolidada de medicamentos para abastecer al sector salud durante el segundo semestre del año.

De acuerdo a lo anunciado por el gobierno, la convocatoria se publicaría el 7 de mayo, después esa fecha cambió para el 23, pero tampoco ese día se publicó.

Por el momento, no hay una fecha oficial definida.

“Estamos esperando que en cualquier momento se haga, y es muy importante considerar los tiempos, porque ningún laboratorio en el mundo tiene un inventario de medicamentos. Sería una locura que alguien empezara a fabricar medicamentos sin saber si gana la licitación. Porque si no gana, ¿luego qué hace con el medicamento? No los puede tener ahí guardado”, señaló Villafranca.

Esto implica, puntualizó, que quien gane la licitación para cierta clave, “va a tener que pedir la materia prima, fabricar el fármaco y eso lleva de dos a tres meses de tiempo”.

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Ignaz Semmelweis: el doctor al que metieron al manicomio por insistir en la importancia de lavarse las manos

En un mundo que no entendía los gérmenes, Ignaz Semmelweis descubrió y probó que lavarse las manos era clave para evitar la propagación de infecciones. Pero su historia no tuvo un final feliz.
22 de septiembre, 2019
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Hospital St. George

Getty Images
Los hospitales, como el St. Georges en Londres, eran conocidos como “casas de la muerte”.

En 1825, al visitar a un paciente que se estaba recuperando de una fractura compuesta en el Hospital St. George en Londres, sus familiares lo vieron acostado sobre sábanas húmedas y sucias llenas de hongos y gusanos.

Ni el afligido hombre, ni los demás que compartían el espacio, se habían quejado de las condiciones pues creían que eran normales.

Quienes tenían la mala suerte de ser admitidos en ese u otros hospitales de la época estaban acostumbrados a los horrores que residían en su interior.

Todo apestaba a orina, vómito y otros fluidos corporales. El olor era tan ofensivo que el personal a veces caminaba con pañuelos apretados contra sus narices.

Los doctores, por su lado, tampoco olían exactamente a rosas. Raramente se lavaban las manos o los instrumentos y dejaban a su paso lo que la profesión alegremente denominaba “el tradicional hedor hospitalario”.

Los quirófanos eran tan sucios como los cirujanos que trabajaban en ellos. En medio de la habitación solía haber una mesa de madera manchada con reveladoras huellas de carnicerías pasadas, mientras que el piso estaba cubierto de aserrín para absorber la sangre.

La clínica de Gross de Thomas Eakins

Getty Images
“La clínica de Gross” fue pintada por el estadounidense Thomas Eakins en 1875, justo antes de la adopción de un entorno quirúrgico higiénico y por eso a menudo se contrasta con la pintura posterior de Eakins, “La clínica de Agnew” (1889), que verás más abajo en este artículo.

Y había alguien a quien le pagaban más que a los doctores: el “cazador de insectos en jefe”. Su trabajo era librar los colchones de piojos.

Los hospitales eran caldo de cultivo para la infección y solo proporcionaban las instalaciones más primitivas para los enfermos y moribundos, muchos de los cuales estaban alojados en salas con poca ventilación o acceso a agua limpia.

En este período, era más seguro ser tratado en casa que en un hospital, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas que en entornos domésticos.

Como resultado de esta miseria, se les conocía como “Casas de la Muerte”.

Por favor lavarse las manos

En medio de ese mundo que aún no entendía los gérmenes, un hombre intentó aplicar la ciencia para detener la propagación de la infección.

Se llamaba Ignaz Semmelweis.

Retrato de Ignaz Semmelweis

Getty Images
Aunque Semmelweis llegó a la conclusión de que había que lavarse las manos entre procedimientos mediante un vigoroso análisis estadístico, no podía explicar por qué: aún no se sabía nada de los gérmenes.

Este médico húngaro trató de implementar un sistema de lavado de manos en Viena en la década de 1840 para reducir las tasas de mortalidad en las salas de maternidad.

Fue un intento digno pero fallido, pues fue demonizado por sus colegas.

Pero eventualmente llegó a ser conocido como el “Salvador de las Madres”.

Un mundo sin gérmenes

Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, donde la muerte acechaba las salas tan regularmente como en cualquier otro hospital de la época.

Antes del triunfo de la teoría de los gérmenes en la segunda mitad del siglo XIX, la idea de que las condiciones miserables en los hospitales desempeñaran un papel en la propagación de la infección no pasaba por la mente de muchos médicos.

"La clínica de Agnew" (1889), de Thomas Eakins

Getty Images
Este óleo es “La clínica de Agnew” (1889), de Thomas Eakins, al que se compara con “La clínica de Gross” pues que representa un quirófano más limpio, con los participantes en “batas blancas”. Más tarde, las medidas higiénicas serían más drásticas, hasta llegar a los quirófanos que conocemos.

“Es difícil para nosotros imaginarnos un mundo en el que no se sabía de la existencia de gérmenes ni bacterias”, le dijo a la BBC el doctor Barron H. Lerner, miembro de la facultad de la Escuela Langone de Medicina de la Universidad de Nueva York.

“A mediados del siglo XIX, se pensaba que las enfermedades se propagaban a través de nubes de un vapor venenoso en el que estaban suspendidas partículas de materia en descomposición llamadas ‘miasmas'”.

Desequilibrio notable

Entre las personas con mayor riesgo estaban las mujeres embarazadas, particularmente las que sufrían desgarros vaginales durante el parto, pues las heridas abiertas eran el hábitat ideal para las bacterias que médicos y cirujanos llevaban de un lado al otro.

Lo primero que notó Semmelweis fue una discrepancia interesante entre las dos salas obstétricas del Hospital General de Viena, cuyas instalaciones eran idénticas.

Una era atendida por estudiantes de medicina masculinos, mientras que la otra estaba bajo el cuidado de parteras.

La que era supervisada por los estudiantes de medicina tenía una tasa de mortalidad 3 veces más alta.

Tabla de mortalidad por fiebre puerperal

Power.corrupts
La Primera Clínica era el servicio de enseñanza para estudiantes de medicina; la Segunda Clínica había sido seleccionada en 1841 solo para instrucción de parteras.

Quienes se habían dado cuenta de ese desequilibrio antes lo habían atribuido a que los estudiantes varones eran más rudos en su trato con las pacientes que las comadronas. Creían que eso comprometía la vitalidad de las madres, haciéndolas más susceptibles a desarrollar fiebre puerperal.

Pero a Semmelweis no le convencía esa explicación.

El sacerdote o la mugre

Poco después, notó que cada vez que una mujer moría de fiebre infantil, un sacerdote caminaba lentamente por la sala de médicos con un asistente tocando una campana.

Semmelweis teorizó que ese ritual aterrorizaba tanto a las mujeres después dar a luz que desarrollaban una fiebre, se enfermaban y morían.

Después de hacer que el sacerdote tomara otra ruta y abandonara la campana comprobó, frustrado, que el cambio no había surtido ningún efecto.

Streptococcus pyogenes

Getty Images
Esta era la causa que en ese tiempo no se podía ver: la bacteria Streptococcus pyogenes.

Pero en 1847, la muerte de uno de sus colegas por una cortada que se había hecho en la mano durante un examen post mortem, le dio la pista que necesitaba.

Una leve herida fatal

Cortar cadáveres abiertos en ese tiempo conllevaba riesgos físicos, muchos de ellos fatales.

Cualquier herida o grieta en la piel producida por el cuchillo de disección, por leve que fuera, era un peligro siempre presente, incluso para anatomistas más experimentados, como el tío de Charles Darwin -con el mismo nombre-, quien murió en 1778 después de sufrir una lesión mientras diseccionaba a un niño.

Mientras su colega moría, Semmelweis notó que sus síntomas eran muy similares a los de mujeres con fiebre puerperal.

¿Sería que los médicos que trabajan en la sala de disección llevaban “partículas cadavéricas” con ellos a las salas de parto?

El toque, placa de las "Nouvelles dmonstrations d'accouchements"

Getty Images
Los doctores, como se ve en esta placa de las “Nouvelles dmonstrations d’accouchements” (Nuevas demostraciones de partos) de Jacques-Pierre Maygrier, 1840, usaban sus manos al atender partos, pero no solían estar tan limpias como en esta ilustración.

Después de todo, Semmelweis observó que muchos de los jóvenes iban directamente de una autopsia a atender a las mujeres.

Como no se usaban guantes ni otras formas de equipo de protección en la sala de disección, no era raro ver estudiantes de medicina con trozos de carne, tripas o cerebros pegados a su ropa después de que las clases hubieran terminado.

La gran diferencia entre la sala de médicos y la de parteras era que los médicos realizaban autopsias y las parteras, no.

¿Sería esa la clave del misterio que atormentaba a Semmelweis?

Tumbar y reconstruir

Antes de que se entendiera bien el asunto de los gérmenes, era difícil encontrar un remedio para la miseria en los hospitales.

El obstetra James Y. Simpson (1811-1870) -el primer médico en demostrar las propiedades anestésicas del cloroformo en humanos- argumentó que si la contaminación cruzada no se podía controlar, los hospitales debían ser periódicamente destruidos y construidos de nuevo.

El cirujano John Eric Erichsen (1818-1896) -autor de “Ciencia y el arte de la cirugía”- concordaba: “Una vez que un hospital se ha vuelto incurablemente afectado por la piemia (infección purulenta), es tan imposible desinfectarlo por cualquier medio higiénico conocido, como lo es desinfectar un viejo queso de los gusanos que se han generado en él”, escribió.

Sólo había una solución: la demolición.

Semmelweiss no creía que fueran necesarias medidas tan drásticas.

Sólo tres palabras

Tras concluir que la fiebre puerperal era causada por “material infeccioso” de un cadáver, instaló una cuenca llena de solución de cal clorada en el hospital y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: “lávese las manos”.

Ignaz Semmelweis se lava las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Getty Images
Ignaz Semmelweis lavándose las manos con agua de cal clorada antes de operar.

Aquellos que pasaban de la sala de disección a las salas de parto tenían que usar la solución antiséptica antes de atender a pacientes vivos.

Las tasas de mortalidad en la sala de estudiantes de medicina se desplomó.

En abril de 1847, la tasa era del 18,3%.

Inmediatamente después de un mes de instituido el lavado de manos, las tasas cayeron a poco más del 2% en mayo.

Triunfo sin laureles

El experimento continuó; los resultados de Semmelweis eran muy convincentes, sus datos habían sido recogidos minuciosamente y sin duda salvó la vida de muchas madres durante ese periodo.

No obstante, no pudo convencer a todos sus colegas de los méritos de su teoría de que los incidentes de la fiebre puerperal se relacionaban con la contaminación causada por el contacto con cuerpos muertos.

Aquellos dispuestos a poner a prueba sus métodos a menudo lo hacían de manera inadecuada, produciendo resultados desalentadores.

Tabla de mortalidad antes y después del lavado de manos

Power.corrupts
Los datos eran incontrovertibles: las tasas de mortalidad de fiebre puerperal para la Primera Clínica en la Institución de Maternidad de Viena cayeron notablemente cuando Semmelweis implementó el lavado de manos a mediados de mayo de 1847.

“Hay que tener en cuenta que lo que él estaba diciendo -aunque no en esas palabras- era que los estudiantes de medicina estaban matando mujeres, y eso era muy difícil de aceptar”, explica Lerner.

Tras varias críticas negativas de un libro que publicó sobre el tema, Semmelweis arremetió contra sus críticos y llegó a tildar a médicos que no se lavaban las manos de “Asesinos”.

El futuro que no llegó a ver

Cuando no le renovaron el contrato en el hospital de Viena, Semmelweis retornó a su nativa Hungría, donde asumió el cargo de médico honorario relativamente insignificante y no remunerado de la sala obstétrica del pequeño Hospital Szent Rókus de Pest.

Tanto ahí como en la clínica de maternidad de la Universidad de Pest, donde más tarde fue profesor, la propagación de la fiebre puerperal era rampante hasta que él virtualmente la eliminó.

Pero ni las críticas contra su teoría ni la ira de Semmelweis hacia la falta de voluntad de sus colegas para adoptar sus métodos de lavado de manos se apaciguaron.

Placa en honor a Ignaz Semmelweis

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Sólo después de su muerte logró el reconocimiento que le habría alegrado la vida.

Su comportamiento se volvió errático. A partir de 1861 empezó a sufrir de depresión severa y se volvió distraído. Y cada conversación lo llevaba al tema de la fiebre puerperal.

Un día, un colega lo llevó al Asilo de locos vienés con el pretexto de visitar un nuevo instituto médico.

Cuando Semmelweis se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y trató de irse, los guardas lo golpearon severamente, le pusieron una camisa de fuerza y ​​lo confinaron a una celda oscura.

Dos semanas después, Semmelweis murió porque una herida en su mano derecha se había vuelto gangrenosa. Tenía 47 años.

Lamentablemente, nunca jugó ningún papel en los cambios que, en última instancia, serían llevados a cabo por pioneros anteriores a la teoría de los gérmenes, como Louis Pasteur, Joseph Lister y Robert Koch.

Una de las últimas cosas que Semmelweis escribió son inquietantes:

Cuando reviso el pasado, sólo puedo disipar la tristeza que me invade imaginando ese futuro feliz en el que la infección será desterrada La convicción de que ese momento tiene que llega inevitablemente tarde o temprano alegrará mi hora de morir“.

~ Si quieres escuchar más sobre Ignaz Semmelweiss y la importancia de lavarse las manos haz clic aquí.


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