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Foto: Alberto Pradilla

Todos alerta: Migrantes eluden retenes en la carretera y corren en un intento de abordar el tren

En una de las salidas de Huixtla, Chiapas, migrantes centroamericanos se aferran a la posibilidad de abordar el tren, para avanzar en su ruta hacia el norte.
Foto: Alberto Pradilla
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Entre Tapachula y Huixtla, Chiapas, hay 41 kilómetros. Solo en ese trayecto, el Instituto Nacional de Migración (INM) tiene instalados dos retenes. Es jueves, 13 de junio. Es difícil cruzar de Tapachula a Huixtla si no tienes papeles en regla.

“Tuvimos que correr rápido, pero escapamos”, dice un joven imberbe, salvadoreño, mientras extiende el aguacate sobre una tortilla. La víspera sorteó los controles y alcanzó Huixtla. Ahora quiere ponerse en ruta nuevamente.

Se llama Josué Benjamín, tiene 17 años. Viene de Ciudad Arce, un municipio a 45 kilómetros de San Salvador controlado férreamente por la Mara Salvatrucha (MS-13).

En esa localidad, de entre 50,000 y 75,0000 habitantes, sería imposible ver a miembros de la pandilla rival, el Barrio 18. Ciudad Arce no es un territorio en disputa. Aquí la MS dicta las normas, cobra la extorsión, decide quién entra y quién sale. Aquí, si existe algún conflicto, dice Benjamín, es con la policía, que vigila, cachea, identifica y persigue a todos los jóvenes, sean o no integrantes de la mara.

Letras o números, MS o 18, es una pregunta fundamental para entender muchas dinámicas en barrios de El Salvador, Honduras o Guatemala.

“Está crítica la cosa, no hay trabajo”, dice Benjamín. Viste jeans y una camiseta blanca de tirantes. “Vas a trabajar y te pagan cinco dólares. Se te va todo en un tiempo de comida”, explica. Parece un señor atrapado en cuerpo de niño. Habla como adulto, se mueve como adulto, migra como adulto.

Pasan algunos minutos de las 8 de la mañana. Es una de las salidas de Huixtla, Chiapas, junto a la vía del tren. Un grupito desayuna antes de iniciar la marcha. Es el Triángulo Norte de Centroamérica alrededor de unos aguacates con sal, unas tortillas y una botella de Coca-Cola.

Está Josué, que viene de El Salvador y el apellido le viene que ni pintado, porque es el benjamín del grupo.

Está José López, que pasa de los 40 años, que es originario de Santa Bárbara, en Honduras, un terreno fértil para la minería y que lo que más exporta son migrantes. López es el veterano del grupo. Ya conoce Estados Unidos. Llegó en 2008, tuvo tres hijos “con una gringa” y fue deportado hace dos años por manejar sin licencia. “Regreso por mis hijos, quiero recuperarlos”, dice.

Está Gilber Ezequiel Velásquez, de 25 años y procedente de San Marcos, Guatemala. “Mi papá es pobre. Yo soy pobre también. Mi mamá murió. Quiero ayudar a mi papá”, dice.

Al sector centroamericano se le ha sumado otro grupo: tres jóvenes procedentes de Cuba.

En total son ocho, dos de ellas mujeres. Algunos hablan y dan su nombre y otros miran con desconfianza. No fiarse de nadie es buen consejo en este camino que se ha tragado a tanta gente. Todos ellos han pasado la noche al raso, durmiendo a la intemperie. Quieren agarrar el tren, por lo que las vías se han convertido en su brújula. Allá donde puede pasar el ferrocarril y bajar la velocidad, es un buen punto para saltar. Por la mañana lo escucharon. Y corrieron. Hasta que se dieron cuenta de que se dirigía al sur, por lo que los alejaba más de su camino hacia Estados Unidos.

“Corrimos bien fuerte”, repite Benjamín. Habla de otro episodio, el relacionado con los agentes que les persiguen. Relata que antes de llegar a Tapachula iba montado en una combi. Que se bajó con su primo cuando les avisaron de que les esperaba un retén de Migración. Apuraron demasiado al regresar a la carretera y un agente les vio. Salió detrás para perseguirles pero ellos fueron más rápidos. “Saltamos una valla y ellos ya no siguieron”, dice.

Leer: Bajo la lluvia, migrantes duermen en la calle en espera de asilo en México; solicitudes de refugio pueden llegar a 80 mil

La dinámica en la carretera vuelve a ser la de siempre, la de la clandestinidad, la de grupitos de migrantes escondidos y vulnerables, expuestos ante un camino terriblemente peligroso. La carretera está impracticable. Todavía no hay uniformados que se identifiquen como Guardia Nacional, pero hay funcionarios del INM, Policía Federal, Policía Militar, Ejército y Marina. Están los controles de siempre y los que huyen recurren a caminar a escondidas, como siempre.

“Hemos vuelto a la situación de hace unos años”, dice el padre Heyman Velázquez, párroco de Huixtla y uno de esos tipos imprescindibles en la ruta hacia Estados Unidos. El religioso es de esta gente que sabe perfectamente qué ocurre en el camino. Lo sabe porque diariamente conversa con los migrantes que duermen o desayunan en su iglesia. Porque habla con responsables de otros albergues. Dice que muchos de los que pasan por aquí refieren haber sido asaltados. Y que, más adelante, hay mujeres que ya han referido haber sido violadas. 

El relato sobre la migración clandestina hacia Estados Unidos está lleno de historias espeluznantes.

Pobres que roban a otros pobres, que huyen de sus pobres países a través de territorios también pobres.

Josué, José y Gilber hablan de los peligros a los que pueden enfrentarse. “En la Arrocera, ahí te asaltan”, dice uno. “A mí me han dicho que en Saltillo”, tercia Rafael Muñoz Soto, de 39 años, cubano nacionalizado ecuatoriano que prueba suerte por primera vez. “Vamos por la vía del tren”, afirma, como si a fuerza de repetirle hubiese alguien que pudiese enviarles una capa protectora o el poder de la invisibilidad.

El trayecto ofrece momentos de intensa camaradería. Al final, son desconocidos procedentes de contextos muy distintos, que comparten un momento vital clave.

José, el hondureño, y Rafael, el cubano, comienzan una conversación sobre sus respectivos países. El primero habla sobre los intentos del presidente, Juan Orlando Hernández, de privatizar el sistema sanitario y de educación. Menciona las protestas y las huelgas que se desarrollan desde hace unas semanas. El segundo, que viene de un país comunista, le habla de otra realidad completamente diferente. “Lo nuestro es público, sí, pero no hay de nada. No hay medicinas, no hay cuadernos para los niños”, dice.

Discusiones ideológicas a la orilla del tren en la peligrosa ruta mexicana, rumbo a Estados Unidos.

La conversación se interrumpe.

Alguien escuchó un silbido.

Ahora lo escuchan todos.

Es inconfundible.

Es la máquina de un tren.

Todos alerta.

Los más vivos, encabezados por Josué, siguen la vía en dirección sur. Un paisano, sentado en el porche de una casita humilde con techo de lámina, les recomienda avanzar un poco más. “Allí pueden tomar el tren más fácil”, dice.

El grupo se pone nervioso y comienza a correr. El silbido está cada vez más cerca pero no se le ve todavía. Agarrar el tren, al menos hasta Arriaga, significa no caminar por sembradíos apartados en el que se exponen a que les asalten, les extorsionen o les violen. Aunque es arriesgado y hay quien se ha dejado la pierna en el camino, parece una buena idea. Por eso corren hacia un transporte todavía invisible.

Este no es un punto habitual para cabalgar la serpiente metálica, aunque también es posible. Cualquier cosa menos echarse a la carretera, donde están instalados los retenes. Otro más a la salida de Villa Comaltitlán, siguiente municipio después de Huixtla.

El grupo sigue corriendo, aunque aminora un poco el paso.

Suena el silbido, pero llega la decepción.

“Es solo la máquina”, dice el más joven, el que encabezaba el grupo. Todos se quedan quietos, frustrados, parados en seco.

El tren dejó su carga en la estación anterior. No hay opción de subirse. Toca caminar.

“No hay mucha gente por aquí, casi los que estamos, los que ves”, dice José López, que sigue hablando de sus hijos, la razón por la que ha vuelto a ponerse en camino. La vía del tren marca la ruta. De repente, pasa un pickup con trabajadores del campo. Silban y dicen obscenidades a las mujeres.

El grupo acelera el paso. También hay lugareños que les lanzan alguna palabra de aliento. Esta también es tierra de migrantes. No existe amnesia que pueda borrar eso.

Leer: Entregarse al INM, la estrategia de migrantes africanos en Chiapas para avanzar hacia EU

“Hay demasiado control”, se queja Rafael, el cubano. Todos han escuchado acerca de las negociaciones entre México y Estados Unidos. Todos tienen en la mente la cifra de 6,000 integrantes de la Guardia Nacional que, según el canciller, Marcelo Ebrard, desembarcarán en Chiapas para cazar a grupos como el suyo. Sin embargo, en ese momento, los que los persiguen no son el nuevo cuerpo, sino la Migra de toda la vida.

En realidad, el tránsito en esta parte de la ruta es muy escaso. Apenas se ven grupitos como el de estos ocho. En toda la mañana, únicamente aparecerán otros dos hondureños, que mascullan algo contra su presidente, Juan Orlando Hernández, antes de perderse entre unos matorrales.

Existe una paradoja. Se habla de que cada vez más migrantes llegan a la frontera con Estados Unidos. La ruta procedente de Tecún Umán, sin embargo, está en mínimos. En realidad, este tránsito cobró fuerza con las caravanas de octubre. Pero existen muchísimos más caminos con menos atención mediática y, por lo tanto, más porosos. Al final, la migración siempre encuentra su camino. Quien camina a la orilla de la vía del tren forma parte de los pobres de entre los pobres, que no alcanzan a pagar 8,000 dólares que cobra un pollero.

Saben que pueden ser asaltados. Han fiado todo a caminar, quién sabe hasta dónde.

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La captura del Chapo y otros 4 casos en los que el celular pudo usarse como herramienta de espionaje

Imagina que los hackers pudieran instalar remotamente programas espía en tu celular para acceder a tus mensajes y al micrófono, y la cámara del teléfono. Así se hizo para capturar al Chapo... y en otros muchos casos.
Getty Images
26 de junio, 2019
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¿Alguna vez pensaste que, realmente, podrías tener un espía en tu bolsillo?

Para muchas personas, su celular es una ventana al mundo. Pero ¿y si fuera también una ventana para su vida privada?

Imagina qué pasaría si los hackers pudieran instalar remotamente un spyware (programa espía) en tu teléfono que les diera acceso a todo -incluidos los mensajes encriptados- e incluso les permitiera controlar el micrófono y la cámara.

Lo cierto es que esa idea no se aleja tanto de la realidad como podría parecer.

Hemos analizado varios ejemplos en los que se usó un software espía para monitorear el trabajo de periodistas, activistas y abogados en todo el mundo.

Pero ¿quién lo hizo y por qué? ¿Y qué puede hacerse para evitar que conviertan tu smartphone en una herramienta de espionaje?

Cámara de un celular

Getty Images
La cámara de un smartphone es como un ojo: ve todo lo que tiene enfrente.

Mike Murray es un especialista en ciberseguridad que trabaja en Lookout, una compañía de San Francisco, California, EE.UU., que ayuda a gobiernos, empresas y consumidores a mantener sus teléfonos y datos seguros.

Los spyware tienen un software tan poderoso que está clasificado como un arma y solo puede venderse bajo determinadas circunstancias, dice Murray.

“El operador del software puede monitorearte con tu GPS”, explica.

“Pueden activar el micrófono y la cámara en cualquier momento y grabar todo lo que ocurra a tu alrededor; acceder a cualquier aplicación que tengas instalada, tus fotos, tus contactos, la información de tu calendario, tu email y cualquier documento.

“Convierte tu teléfono en un dispositivo de escucha con el que pueden vigilarte y robar todo lo que haya en él”, añade.

Los spyware son un tipo software que no interceptan los datos en tránsito (que salen del teléfono), que normalmente ya están cifrados, sino que se apoderan de cada función del celular y usan tecnología tan avanzada que es prácticamente imposible detectarlos.

Estos son algunos casos en los que aparentemente se usaron.

1. La captura del Chapo Guzmán

Joaquín "El Chapo" Guzmán Loera, transportado a una prisión de seguridad.

Getty Images
No existe cantidad posible de datos encriptados que hubiera podido salvar al Chapo de ser monitoreado y finalmente arrestado.

El narcotraficante mexicano Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera tenía un imperio de miles de millones de dólares.

Tras escapar de prisión, estuvo prófugo seis meses, ayudado y protegido por su extensa red de contactos. Solo se comunicó a través de teléfonos encriptados, supuestamente imposibles de hackear.

Pero después se supo que las autoridades mexicanas compraron un nuevo y más avanzado software de espionaje y que lograron infectar los celulares de quienes estuvieran en su círculo de confianza, lo cual les permitió dar con su escondite.

La captura del Chapo demuestra que este tipo de software puede ser un arma valiosa en la lucha contra criminales organizados y terroristas: muchas vidas podrían salvarse y podría detenerse la actividad de extremistas violentos gracias a compañías de seguridad capaces de hackear teléfonos encriptados y aplicaciones.

Pero ¿qué impide que los compradores de estas armas las usen contra cualquier persona que elijan? ¿Está cualquiera que incomode a un gobierno en peligro de ser hackeado?

2. Un bloguero británico que ayudaba a refugiados en Medio Oriente

Código binario

Getty Images
¿Cómo saber quién está detrás de un email con spyware?

Rori Donaghy es un bloguero que creó un grupo de activismo y una página web en Medio Oriente.

Denunciaba violaciones de derechos humanos en Emiratos Árabes Unidos (EAU), desde el trato a trabajadores migrantes hasta turistas víctimas de la ley del país.

Apenas tenía unos pocos cientos de lectores y sus titulares no eran más incendiarios que los que aparecen todos los días en las noticias.

Pero cuando comenzó a trabajar en el portal web de noticias Middle East Eye pasó algo: comenzó a recibir emails extraños de gente que no conocía que incluían enlaces.

Rori envió uno de esos correos sospechosos a un grupo de investigación llamado The Citizen Lab, de la Universidad de Toronto, en Canadá, que se dedica a analizar espionaje digital contra periodistas y activistas.

Confirmaron que el enlace servía para que se descargara un malware (programa malicioso) en su dispositivo y para informar al emisor del mensaje sobre el tipo de protección antivirus que tenía, de manera que no pudiera ser detectado; una herramienta muy sofisticada.

Quienes escribían a Rori resultaron ser de una compañía de ciberespionaje que trabaja para el gobierno de Abu Dhabi monitoreando grupos gubernamentales supuestamente extremistas que suponen un riesgo para la seguridad nacional.

Le dieron incluso un apodo, “Giro”, y habían monitoreado a miembros de su familia y cada uno de sus movimientos.

3. Un activista de derechos civiles encarcelado en EAU

dibujo de un teléfono

Getty Images
Cuidado con lo que escribes en tu celular y con los enlaces en los que haces clic…

Ahmed Mansoor, un conocido y premiado activista de derechos civiles, fue objeto de vigilancia por parte del gobierno de Emiratos Árabes Unidos durante años.

En 2016 recibió un mensaje de texto sospechoso, que también compartió con The Citizen Lab.

Usando un iPhone “vacío”, el equipo de investigación hizo clic en el enlace y lo que vieron les impresionó: el smartphone fue infectado de manera remota y los datos transmitidos fuera del dispositivo.

El iPhone se supone que es uno de los teléfonos más seguros del mercado, pero el spyware -uno de los más sofisticados tipos de este software hasta la fecha- encontró un wormhole (agujero de gusano o falla de seguridad) en el sistema de Apple.

La empresa se vio obligada a lanzar una actualización para cada uno de sus celulares en todo el mundo.

No está claro qué información fue recabada del teléfono de Mansoor, pero después fue arrestado y encarcelado durante diez años. Ahora está en confinamiento solitario.

La Embajada de Emiratos Árabes Unidos en Londres, Reino Unido, le dijo a la BBC que sus instituciones de seguridad se adhieren estrictamente a los estándares internacionales y a las leyes nacionales pero, a diferencia de otros países, no comentan sus asuntos de inteligencia.

4. El caso del periodista Jamal Khashoggi

Jamal Khashoggi

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El periodista y disidente Jamal Khashoggi fue asesinado el 2 de octubre de 2018 en el consulado saudita de Estambul, Turquía.

En octubre de 2018, el periodista saudita y columnista de opinión del diario The Washington Post Jamal Khashoggi entró en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, Turquía, y nunca regresó. Fue asesinado por funcionarios del régimen saudita.

Un amigo del periodista, Omar Abdulaziz, un periodista disidente, descubrió que su teléfono había sido hackeado -dice- por el gobierno saudita.

Omar cree que ese hackeo jugó un papel importante en el asesinato de su amigo y mentor. Estaban en contacto a menudo. Discutían sobre política y tenían proyectos compartidos.

Durante un tiempo, el gobierno saudita tuvo acceso a esas conversaciones y a cualquier intercambio de documentos o archivos entre ellos.

La respuesta oficial de Arabia Saudita es que, aunque existe software malicioso para atacar teléfonos móviles en circulación, no hay evidencia que sugiera que el país esté detrás de eso.

5. El último hackeo a WhatsApp

Mano desbloqueando un celular

Getty Images
La tecnología “cero click” puede ser la entrada más fácil al software de tu celular.

En mayo de 2019 hubo una gran brecha de seguridad en WhatsApp con un software espía.

La app sirvió meramente para el acceso al software del celular: una vez abierto, los hackers pudieron descargar una carga explosiva de spyware.

El receptor ni siquiera tenía que hacer clic en un enlace porque los hackers podían acceder al aparato tan solo haciendo una llamada y después colgando. Eso se conoce como tecnología “cero click”.

WhatsApp lanzó rápidamente parches para arreglar este problema para sus 1.500 millones de usuarios, pero nadie sabe quién estaba detrás del ataque.

Esta vez la aplicación afectada fue WhatsApp, pero ¿qué vendrá después? ¿Y quién llevará a cabo el ataque?


Luchando contra el spyware

Los desarrolladores de los programas espía requieren licencias especiales, como si fueran contratos de defensa. Se venden con el único propósito de detener a los criminales peligrosos.

Pero The Citizen Lab creó un informe completo sobre lo que creen que son abusos por parte de gobiernos que compran esos software espía.

ojo

Getty Images
Los desarrolladores suelen permanecer activos en el mantenimiento y servicio de los spyware.

A diferencia de otras armas -como las pistolas- los desarrolladores permanecen activos en el servicio y mantenimiento del spyware después de su venta, entonces, ¿serían culpables del uso indebido?

El principal actor en el mercado de la interceptación legal es una compañía israelí llamada NSO Group. Existe desde hace casi una década y gana cientos de millones de dólares cada año.

El abogado de Omar Abdulaziz está llevando a la compañía a los tribunales por el supuesto hackeo al celular de su cliente. El caso ayudará a determinar qué papel juegan las compañías de software una vez que éste ha sido instalado.

NSO declinó una petición de entrevista, pero dijo en un comunicado que su tecnología les proporciona a agencias gubernamentales autorizadas las herramientas que necesitan para ayudar a prevenir e investigar crímenes peligrosos, y que salva muchas vidas.

Pero el abogado dice que ya comenzó a recibir llamadas sospechosas en WhastApp…

¿Cuánto tiempo hace falta para detectar un spyware?

mujer usando celular

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Si no conoces el emisor del mensaje, no hagas clic…

El propósito final de la industria del espionaje a través de celulares es desarrollar programas espía que sean 100% indetectables.

Si lo logran, nadie podrá reportar su uso indebido porque nadie lo sabrá: todos estaremos en manos de los desarrolladores, estén operando de acuerdo a la ley o no.

Podría parecer que es cosa de James Bond, pero hay consecuencias reales.

La amenaza es real y es algo que todos deberíamos tener presente para el futuro.


* Esta nota fue adaptada del programa de radio de la BBC File on 4.


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