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El arte te cambia la vida, dice maestro de danza que viaja por el mundo con sus alumnos

La siguiente meta de Alfredo Soní Perusquía es tener la posibilidad de ofrecer el espacio en la compañía a niños y jóvenes en situación de calle.
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28 de julio, 2019
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A los 14 años, Alfredo Soní Perusquía, tenía “malas amistades” y “vicios”, una situación difícil en plena adolescencia, recuerda. Al entrar a la preparatoria de la UNAM debía tomar alguna actividad extra, pero por su desinterés sólo alcanzó lugar en el taller de danza. La maestra le vio facilidad para los bailes regionales y entre más tiempo le dedicaba a la práctica, más se alejaba de sus antiguos amigos. Así “encontré lo que me hacía falta. Enderecé el camino”, dice.

Al terminar la prepa estudió Derecho, pero también dos carreras más en la Escuela Nacional de Danza folklórica del INBA. Encontró una ventana de posibilidades en las compañías profesionales a las que se integró con giras en México y en el extranjero. Y aún cuando estaba realizando su sueño y se subía a los escenarios para mostrar la riqueza cultural de este país a través de la danza que él tanto aprecia, sentía que no era suficiente.

Lee: Un documental busca sacar del olvido la aportación histórica de la Escuela Nacional de Danza

Cuanto tenía 25 años, en 2006, él, con otros tres artistas, comenzó la aventura de crear un grupo independiente. Luego ganaron un concurso para constituirla como sociedad civil y al siguiente año consiguieron integrarse al Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Floklore y de las Artes Tradicionales (CIOFF, por sus siglas en inglés), perteneciente a la UNESCO.

Así formaron la Compañía Mexicana de Danza Folklórica integrada por bailarines con formación profesional, luego una compañía para jóvenes de entre 16 y 20 años y recién empezaron una de niños de 9 a 15 años, donde participan sobre todo estudiantes.

Ensayan donde les prestan o alquilan un espacio, gimnasios, auditorios o a veces les dan oportunidad en escuelas de danza. Los jóvenes no pagan por las clases, las producciones se financian con las temporadas de presentaciones que ellos mismos organizan.

En estos años han logrado subir el nivel tanto para la compañía profesional como para los jóvenes. Incluso ahora las audiciones para ambos son cada vez más exigentes porque “buscamos posicionarnos como una de las compañías más importantes, ser dignos representantes del folklor y patrimonio inmaterial de México, porque tenemos mucho para estar orgullosos”, dice Alfredo, “Soni”, como le llaman en el grupo.

Los viajes, los planes y la danza

Gracias a su pertenencia al Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Floklore y de las Artes Tradicionales, en un inicio se postulaban a las convocatorias para participar en las muestras fuera del país. Ahora los invitan gracias al nivel de profesionalización que han conseguido.

Apenas el mes pasado la compañía de jóvenes participó en festivales en Eslovenia, Eslovaquia y Croacia durante un mes. Significó la posibilidad de salir de México para algunos y, sobre todo, la primera vez en exponer su arte en otros países.

danza

“Soni” no duda en asegurar que el arte restablece el tejido social. Foto: Cortesía

Aunque los jóvenes no pagan por las clases ni la renta de espacios, en este tipo de actividades cada uno debe solventar sus boletos de avión, que esta vez fueron 27 mil pesos, cantidad que para algunas familias significó ahorrar durante un año y los festivales se hacen cargo del hospedaje, comidas y trasportación interna.

Esto se vuelve un gran incentivo porque cuando ven la exhibición de grupos de otros países con niveles altísimos como los rusos o chinos, “los jóvenes llegan con más hambre de aprender, de mejorar y de mostrar nuestra cultura en más países”.

Viajar les abre el panorama y la danza les genera disciplina y pertenencia. Por eso “Soni” no duda en asegurar que el arte restablece el tejido social, “puede hacer que las cosas cambien”.

Justamente por eso es que la siguiente meta del maestro es tener la posibilidad de ofrecer el espacio en la compañía a niños y jóvenes en situación de calle. “Llevarlos a la música y la danza para que encuentren otra posibilidad”, y se salven, como el arte lo salvó a él, dice.

Confía en que poder conseguir al fin los permisos de construcción para el terreno que pudieron adquirir en la delegación Venustiano Carranza y después de 13 años concretar un espacio fijo para la compañía. Eso podría ser el primer paso para integrar a más jóvenes en situación vulnerable.

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Aunque sabe que el esfuerzo seguirá siendo individual porque no el grupo no tiene ningún apoyo gubernamental. Lo único que consiguieron en los últimos dos años fue un apoyo para el programa de movilidad del FONCA, pero este año no hubo convocatoria.

Metían solicitud al programa para conseguir algo de financiamiento para los viajes. El apoyo consistía e 200 mil pesos por cada convocatoria al año, pero esta vez ni siquiera hubo convocatoria. Eso significó que el capital de la compañía lo tuvieron que gastar en los boletos de avión de los músicos profesionales que acompañó a los jóvenes en las presentaciones.

danza

Esto a su vez implicará que se quedaron sin dinero y no podrán renovar los vestuarios y la producción para su siguiente temporada y que tampoco puedan pagar la renta de espacio para los ensayos, por lo que deberán conseguir lugares gratuitos donde se pueda.

Aún así, dice Soni, vale la pena el esfuerzo. Él tiene dos empleos en gobierno como coordinador de artes en escuelas y a sus 38 años tiene suficiente energía y planes para hacer crecer la compañía y al mismo tiempo, incluir a más jóvenes que como él, encuentren en la danza una puerta de entrada a otra vida.

“Es retribuirle a la danza la oportunidad que me dio a mí. Esto se convirtió en un modo de vida y por eso me sigo empeñando en sacar adelante esto y vale la pena”, afirma.

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Los tres mexicanos que libraron la muerte en la horca en Malasia tras 11 años en prisión por narcotráfico

Pasaron 11 años en una prisión de Malasia, sentenciados a muerte por narcotráfico. Son tres hermanos que ahora regresan a casa tras recibir el perdón del sultán Ibrahim Ismail Ibni Almarhum Sultan Iskandar Al-Haj.
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20 de mayo, 2019
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Aquel día de 2008, los hermanos Luis Alfonso, Simón y José Regino González Villarreal limpiaban una fábrica en Malasia cuando los sorprendió la policía.

Llevaban una semana trabajando en el lugar. Viajaron más de 15.000 kilómetros desde Sinaloa, México, donde vivían, hasta la ciudad de Johor Bahru, donde fueron detenidos.

La persona que los contrató dijo que había un buen proyecto donde ganarían mucho dinero.

El empleo era en una empresa donde aparentemente se fabricaban globos gigantes para publicidad. Pero en realidad era una fachada para producir drogas sintéticas, como metanfetaminas.

Los hermanos González Villarreal lo sabían. “Nosotros estábamos en esa fábrica, a un lado tenían el laboratorio”, cuenta ahora José Regino a BBC Mundo.

Uno no es tonto, llegamos con la idea de que se iba a hacer algo ilegal“, reconoce.

José Regino y sus hermanos fueron sentenciados a morir en la horca, por procesar narcóticos.

Durante 11 años pelearon en los tribunales pero perdieron dos apelaciones a la condena.

Su última esperanza era un indulto. Y lo consiguieron de parte del sultán del estado malasio de Johor, Ibrahim Ismail Ibni Almarhum Sultan Iskandar Al-Haj.

El pasado 10 de mayo los hermanos regresaron a Culiacán, Sinaloa, después de ser perdonados con una condición: que jamás regresen a Malasia.

“Está bien”, dice José Regino. “Después de todo lo que pasó no quedan ganas de volver”.

“¿A quién íbamos a acudir?”

El mismo año de la captura de los hermanos González Villarreal, agencias internacionales antidrogas, como la DEA estadounidense, detectaron que narcotraficantes mexicanos producían drogas sintéticas en países de Asia y Oceanía.

De hecho, fueron desmantelados laboratorios del Cartel de Sinaloa en Australia y Nueva Zelanda, por ejemplo.

Durante el primer juicio que enfrentaron en la Corte Superior de Kuala Lumpur, los mexicanos fueron señalados de pertenecer al cartel.

Ellos siempre lo negaron.

E inclusive, cuando se conoció el caso la Procuraduría (fiscalía) General de la República (PGR) dijo que los hermanos no tenían antecedentes penales en México.

Pero una de las pruebas que presentó la fiscalía de Malasia en el juicio fue la ropa de los detenidos con restos de metanfetaminas.

En Malasia el narcotráfico se castiga con pena de muerte.

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En Malasia el narcotráfico se castiga con pena de muerte.

José Regino recuerda que a principios de 2008 un amigo le ofreció un empleo bien pagado en Malasia.

No lo pensó mucho. Como sus padres y diez hermanos, Regino se dedicaba a fabricar ladrillos, una actividad de mucho esfuerzo físico y pocas ganancias.

“Estaba con la ilusión de hacer una casita y dije, nos aventamos, todo va a estar bien”, cuenta.

“El amigo nos dijo: ‘Yo los llevo y los traigo’. Pero allá nos abandonó.

Hermanos mexicanos siendo trasladados por las autoridades en 2013.

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Las condiciones de la cárcel eran “terribles”, según los hermanos.

La realidad los enfrentó en Johor Bahru.

Cuando llegaron a la fábrica, encontraron el laboratorio de drogas. José Regino insiste a BBC Mundo que no pudieron escapar.

En el juicio los hermanos dijeron que les habían obligado a permanecer en la fábrica.

“Cuando llegamos y vimos todo eso no tuvimos la oportunidad de salir ni nada porque nos quitaron los pasaportes”, asegura.

“No sabíamos hablar inglés ni malayo, se nos hacía muy difícil comunicarnos y teníamos muy poquito dinero. ¿A quién íbamos a acudir?”.

Una semana después, al llegar la policía, empezó su odisea.

Abandonados

Los tres mexicanos fueron enviados a una antigua prisión, construida en el siglo XIX, que no tiene baños ni letrinas.

Las condiciones eran “terribles, muy duras”, le dice a BBC Mundo Luis Alfonso González Villarreal.

Su hermano José contrajo tuberculosis y así enfrentó el primer juicio.

Ellos denuncian que durante los primeros tres años no recibieron apoyo de la embajada de México y sus familias no tenían dinero para enviarles.

“Estábamos abandonados, solos, no teníamos ni para comprar jabón”, recuerda.

Sin embargo, la Cancillería afirmó en un comunicado que en marzo de 2008, cuando fueron capturados, los hermanos González Villarreal recibieron asistencia consular.

Y durante el juicio la diplomacia mexicana asegura que también solicitó atención médica para los detenidos e informó a su familia de los avances del caso.

La dureza de la prisión era una parte de su vida. La otra fue el proceso judicial que se complicaba cada vez más.

El abogado de los mexicanos aseguró que existían irregularidades graves, como la pérdida de evidencias sobre la culpabilidad de los clientes.

Tampoco contaron con traductores y denuncian que sufrieron maltratos.

Un informe de Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en el mundo señala que, en el caso de Malasia, “continuaron recibiéndose noticias sobre uso innecesario o excesivo de la fuerza, así como denuncias de tortura y malos tratos a detenidos a manos de la policía”.

Los argumentos de su defensa fueron desechados por la Corte Superior que emitió una sentencia de muerte.

Los hermanos González Villarreal apelaron la decisión pero en 2015 la Corte Federal de Malasia ratificó la condena.

Para ese momento la embajada mexicana ya había contratado un nuevo equipo de abogados, “pero era tarde, ya todo había terminado, recuerda José Regino.

No obstante, solicitaron una nueva revisión del caso con la esperanza de que, al evidenciar las fallas en el proceso, se repusiera el juicio. Tampoco hubo suerte.

La última salida era el indulto del sultán.

Los diplomáticos mexicanos pidieron que se les conmutara la sentencia de muerte.

Es un procedimiento que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) aplica en todos los casos de mexicanos que enfrentan la pena capital.

En México, está prohibida la pena de muerte y legalmente es obligación de la cancillería trabajar para impedir que se aplique esta sanción a los nacionales que reciben esa sentencia en otros países.

BBC Mundo solicitó a la SRE detalles de su participación en el indulto a los hermanos González. La cancillería declinó ofrecer comentarios sobre el tema.

La sorpresa

A partir de 2015, el caso se mantuvo virtualmente estancado, a la espera de la respuesta del sultán.

En marzo de 2018, el sultán ordenó conmutar la pena de muerte de los mexicanos por una sentencia de 30 años de prisión y, meses después, en octubre de ese año, el gobierno anunció la intención de derogar ese castigo de sus leyes.

La conmutación de la sentencia es algo que cumple con una de las tradiciones en Malasia. Cuando se celebra algún acontecimiento importante, las autoridades suelen otorgar medidas de gracia a los sentenciados a muerte.

Eso ocurrió en este caso. Pero los hermanos González Villarreal no esperaban la sorpresa del año siguiente.

Funcionarios transportan pruebas del caso de narcotráfico en el que estuvieron involucrados los tres mexicanos.

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Según el abogado de los mexicanos, se produjeron irregularidades con el caso.

Luis Alfonso cuenta que unos días antes de volar a México fueron enviados de la cárcel donde se encontraban a la prisión central de Malasia.

Para los sentenciados a muerte en ese país y que solicitan el perdón del sultán ese movimiento es una apuesta arriesgada: puede ser que les informen de un indulto, pero también pueden enterarse de que no fueron perdonados.

Los mexicanos sospecharon que podrían recibir buenas noticias porque su sentencia de muerte ya había sido anulada.

“El jefe de la prisión quiso jugar con nosotros”, considera José Regino. “Nos preguntó qué le pediríamos a Dios si lo tuviéramos enfrente. Yo le dije que regresar con mi hija y mis viejos (padres)”.

Respuesta atinada.Nos dijo: ‘Ya pueden regresar a México, el sultán los indultó‘”.

Sultán de Johor.

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El sultán de Johor (centro) decidió indultarles.

Las horas siguientes parecieron tan largas como la estancia en prisión, dice Luis Alfonso.

“En todo el viaje de regreso no dormimos nada. Estábamos ansiosos por pisar Sinaloa. Yo quería que se apuraran las horas pero con el tiempo no se puede”.

No está claro por qué el sultán los dejó en libertad, pero los mexicanos creen que fue otro momento de misericordia por algún asunto importante.

Ahora es lo de menos. Desde hace unos días los hermanos González Villarreal gozan de su segunda oportunidad de vida.

Su plan es empezar otra vez, con un nuevo empleo y el empeño de redimirse. Y aprovechar el tiempo porque “cada minuto es valioso”, dice Luis Alfonso.

“Dejé a mi hija chiquita y ahora ya cumplió 15 años”, cuenta José Refugio. “Le dije: ‘Mija, no tengo para hacer su fiesta’. Y me responde: ‘Regresaste, tú eres mi mejor regalo'”.


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