El maíz indígena: ¿de quién son los derechos sobre la planta “milagrosa” de México?
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El maíz indígena: ¿de quién son los derechos sobre la planta “milagrosa” de México?

El maíz que fija por sí solo el nitrógeno es un descubrimiento que ha fascinado a científicos. Sin embargo, los campesinos de la comunidad que lo cultiva en Oaxaca aún no tienen sus derechos asegurados sobre la planta ni están completamente informados.
Cuartoscuro
Por Martha Pskowski
10 de agosto, 2019
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Nota del Editor: Este artículo fue publicado originalmente por Yale E360 y el Food and Environment Reporting Network. La versión original en inglés se puede leer aquí.

Un estudio reciente demuestra que una planta de maíz fijadora de nitrógeno que se cultivó en una región indígena de México tiene la capacidad de fertilizarse a sí misma. Una empresa global y varios científicos estadounidenses ya trabajan para replicar esta cualidad en otras variedades de maíz, pero entonces, ¿las poblaciones de donde provino el maíz tendrán alguna participación en las ganancias? 

En 1979, durante una visita a Totontepec, una pequeña población de Oaxaca, México, el naturalista Thomas Boone Hallberg quedó maravillado ante el maíz local. Las plantas crecían hasta casi 6 metros en una tierra deficiente de nutrientes, aún cuando los agricultores locales no utilizaban ningún fertilizante.

El maíz tenía raíces aéreas que producían un gel de tipo mucoso unos meses después de plantar. Parecía imposible, pero Hallberg se preguntó si el maíz estaría fijando su propio nitrógeno: extrayéndolo del aire y de alguna manera haciéndolo utilizable para la planta. Había visitado un sinnúmero de poblaciones desde que se mudó a Oaxaca en los cincuentas, pero nunca olvidaría lo que vio en Totontepec. 

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En 1992, Hallberg regresó con un grupo de científicos mexicanos. El maíz, conocido como Olotón, estaba casi listo para ser cosechado y sus raíces aéreas relucían de gel. Ronald Ferrera-Cerrato, un microbiólogo, llevó muestras a su laboratorio en las afueras de la Ciudad de México para realizar pruebas a las bacterias en el gel. Sus resultados preliminares, mismos que fueron publicados en un informe de 1996, mostraron que el maíz tenían bacterias fijadores de nitrógeno en las raíces aéreas, pero no comprobó definitivamente si la planta recibía nitrógeno de esta forma.

En ese momento, científicos de todo el mundo se hacían preguntas parecidas. En un artículo de 1996 publicado en Plant and Soil, el microbiólogo Eric Triplett, quien en ese momento trabajaba en la Universidad de Wisconsin, describió la posibilidad de que las plantas de maíz fijaran nitrógeno como el “santo grial”, debido a su potencial de reducir la demanda de fertilizantes. 

Pasaron más de dos décadas antes de que las sospechas sobre el maíz de Totontepec se confirmaran en una revista colaborativa. En agosto pasado, investigadores de la Universidad de California, Davis, la Universidad de Wisconsin y Mars Inc —el conglomerado global de alimentos y golosinas— publicaron los resultados de un estudio de 10 años en PLOS Biology, describiendo cómo las bacterias que se desarrollan en el ambiente bajo en oxígeno de la mucosa del maíz, obtienen nitrógeno del aire y lo suministran a la planta. 

Los medios aplaudieron los hallazgos. “La planta milagrosa”, proclamó The Atlantic. El Smithsonian declaró:“El maíz del futuro.” 

Los científicos proporcionaron escasos detalles acerca de dónde provenía el maíz, o sobre las circunstancias de lo que la UC Davis llamó el “descubrimiento extraordinario” de los investigadores, afirmando únicamente que el maíz provenía de una población remota en Oaxaca. Una compañía subsidiaria de Mars llamada BioN2 había firmado un convenio con una población para participar de las ganancias económicas de la comercialización del maíz. Esa población resultó ser Totontepec, una comunidad indígena Mixe en las montañas del este de Oaxaca. 

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Probablemente los científicos tardarían años determinando si es posible una aplicación comercial del maíz. Pero si logran reproducir exitosamente dicha característica en el maíz comercial, los agricultores podrían reducir sustancialmente su uso de fertilizante sintético. Sólo en los Estados Unidos, los agricultores gastan más de $3 mil millones al año en fertilizante para maíz. El fertilizante de nitrógeno es también una de las principales causas de contaminación del agua, zonas muertas en ríos y lagos, así como una fuente importante de gases de efecto invernadero. 

Los investigadores de la UC Davis/Mars recibieron un certificado de cumplimiento con el Protocolo de Nagoya, un acuerdo internacional cuyo objetivo consiste en compensar a las comunidades indígenas por sus recursos biológicos y conocimiento tradicional. Aún así, la situación en torno al maíz de Totontepec posa preguntas complejas acerca de cómo las comunidades indígenas se benefician de manera justa cuando los científicos investigadores y las empresas multinacionales comercializan los cultivos y las plantas locales. Si el maíz de Totontepec resulta ser un milagro, un cultivo que se fertiliza a sí mismo, cuyas características genéticas pueden replicarse en todo el mundo, ¿la gente de la comunidad Mixe tendrá una participación importante a largo plazo en las ganancias, que potencialmente ascendería a millones de dólares? ¿Cómo asegura Nagoya que los derechos e intereses de las pequeñas comunidades indígenas están salvaguardados cuando sus líderes negocian tratos complejos con abogados y ejecutivos internacionales? Y no menos importante: cuando una planta valiosa es hallada a lo largo de una región, ¿es justo que una sola población, tal como Totontepec obtenga beneficios económicos de su maíz, mientras las comunidades vecinas con maíz idéntico o similar no reciben nada?

Alejandro Ruiz García, un agrónomo de Guelatao, Oaxaca que acompañó a Hallberg a Totontepec en 1992, piensa que otras comunidades que cultivan Olotón también deberían tener voz en la comercialización futura del maíz y recibir beneficios económicos. “Esto es parte de nuestra herencia cultural y agrícola”, afirmó. “El debate apenas comienza”.

Cultivo de maíz

Foto: Cuartoscuro

Efectivamente, el maíz de Totontepec es un recordatorio de que las políticas que pretenden salvaguardar los recursos genéticos de las comunidades indígenas, en México y en todo el mundo, se encuentran aún en progreso. Algunos aspectos positivos han surgido, pero los acuerdos justos a largo plazo son raros. 

La biopiratería se define como la explotación de conocimiento indígena y recursos biológicos sin permiso. La práctica se remota a varios siglos. Las empresas internacionales han explotado la riqueza botánica del Amazonas, por ejemplo, durante más de un siglo, desde la expropiación de las semillas de las plantas brasileñas de caucho en la década de 1870, hasta la controversia actual sobre la patente internacional de la fruta Copoazú de la Amazonia. Aún antes del Protocolo de Nagoya, países como Costa Rica tomaron medidas para regular la bioprospección. Algunas comunidades indígenas han adoptado un enfoque proactivo en la negociación de acuerdos, en lugar de confiar en los gobiernos nacionales. En Panamá, el pueblo guna decidió que su Congreso General, que representa a docenas de comunidades, debería aprobar cualquier proyecto de investigación, comercial o de otra índole. 

Desde que Nagoya entró en vigor, algunos científicos han planteado su preocupación acerca de que los países han impuesto requisitos onerosos a los investigadores, desalentando la investigación científica. Pero a las comunidades indígenas y a sus defensores les preocupa que la explotación continúe. Debido a que los detalles del acuerdo negociado entre la comunidad de Totontopec y la UC Davis/Mars siguen siendo confidenciales en su mayoría, varios periodistas, científicos y defensores de los agricultores en México se han pronunciado en contra del trato, e incluso algunos de ellos han acusado a la parte estadounidenses de biopiratería. 

Pero Alan Bennett, un profesor de ciencias de las plantas en la UC Davis y líder del proyecto de investigación del maíz, desestima esa opinión, afirmando que su equipo trabajó de buena fe, solicitó la participación de la comunidad de Totontopec y siguió los lineamientos del Protocolo de Nagoya. “Realmente creamos algo de lo que estaría orgulloso”, dijo Bennett en una entrevista, en tanto que reconocía que no había visto la versión final del acuerdo. 

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Una vocera de Mars agregó: “Hemos trabajado mano a mano con la comunidad mexicana en esta investigación”. Mars afirmó que compartió información en asambleas comunitarias y realizó consultas con el gobierno federal mexicano. Y Howard-Yana Shapiro, el director agrícola en jefe de Mars, afirmó en una entrevista que la decisión de trabajar únicamente con una comunidad fue tomada “a instancia del gobierno ”, pues se consideró la forma más eficaz de cumplir con Nagoya. 

Una versión preliminar del acuerdo de acceso y participación de ganancias, que fue visto por Yale Environment 360 y Food & Environment Reporting Network, afirma que la UC Davis posee los derechos de las patentes y los ingresos netos recibidos por regalías de las patentes se repartiríanpor partes iguales con la comunidad de Totontepec. Bennett afirmó que los líderes en la comunidad solicitaron que el acuerdo permaneciera confidencial, pero confirmó que Mars ya ha pagado $100,000 (2 millones de pesos) a Totontepec como parte del acuerdo. 

El gobierno mexicano no ha tenido un rol activo para asegurar que los derechos de la comunidad de Totontepec sean salvaguardados. En 2015, cuando México emitió un Certificado de Cumplimiento en favor de BioN2, el gobierno federal no tenía un proceso estandarizado para manejar solicitudes de empresas y universidades para tener acceso a los recursos biológicos de las comunidades indígenas. Bennett dijo que tanto los investigadores como el gobierno federal estaban aprendiendo sobre la marcha. El gobierno mexicano adoptó un “proceso transicional” en 2017. La Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales de México, a cargo de la implementación de Nagoya, y el Servicio Nacional de Inspección y Certificación de Semillas (SNICS) rechazaron diversas solicitudes de entrevistas. 

El presidente municipal actual de Totontepec, Luis Adolfo Alcántara Nuñez, afirma que no conoce los detalles del acuerdo final y que los cuatro comisarios agrícolas de la comunidad son las únicas personas autorizadas para comentar al respecto. Yale e360 no pudo entrevistar a los comisarios, pues no se encontraban en sesión durante una visita a la comunidad y desde entonces, no han estado disponibles vía telefónica.

Venta de maíz

Venta de maíz. Foto: Cuartoscuro

Totontepec es un pequeño poblado en las montañas neblinosas de Oaxaca, en el sur de México. Es un viaje de 4 horas en coche, lleno de curvas pronunciadas y vistas panorámicas, desde la ciudad capital de Oaxaca. Totontepec mira desde arriba la montaña Zempoaltepetl, uno de los puntos más altos en el estado y un sitio sagrado para el pueblo Mixe, conformados por 119,000 personas, aproximadamente. 

Es una comunidad agrícola indígena, y su tierra es de propiedad comunal. Muchos residentes son agricultores de subsistencia que dependen de las tres cosechas de la milpa, los cimientos de la agricultura indígena en Mesoamérica: maíz, calabaza y frijoles. El Olotón es una de las 59 razas de maíz en México. Los agricultores indígenas domesticaron cultivos autóctonos durante milenios, seleccionando y guardando semillas cuidadosamente durante generaciones para satisfacer sus necesidades climáticas y culinarias específicas.

Juan Arelí Bernal Alcántara creció en una familia de agricultores en Totontepec. Recuerda que los niños del pueblo seguían a sus padres a los sembradíos y que jugaban con el extraño moco que se forma en las raíces aéreas del maíz, e incluso se lo comían. Luego de estudiar agronomía en Chapingo, Bernal se convirtió en el agrónomo no oficial de Totontepec. Bernal fue el anfitrión de Thomas Boone Hallberg y un grupo de científicos cuando fueron a la población en 1992. “La idea fue que más científicos vieran nuestro maíz e incentivar la investigación”, detalla Bernal. 

Lee: México resguarda la colección más importante de maíz y trigo de todo el mundo

Ronald Ferrera-Cerrato, uno de los científicos que realizó el viaje en 1992, es un microbiólogo en el Colegio de Postgraduados de Montecillo, cuyo campus se localiza en Texcoco. Realizó pruebas al gel que llevó consigo, hallando evidencia de bacterias fijadoras de nitrógeno. Pero luego de una publicación de 1995, no siguió con la investigación debido a la falta de fondos para los complejos análisis que probarían la fijación de nitrógeno. 

Más de 20 años después, Jean-Michel Ané, un microbiólogo de la Universidad de Wisconsin retomó donde Ferrera-Cerrato había dejado, a pesar de que ambos hombres nunca habían escuchado hablar el uno del otro. Ané dice que conoció a Shapiro y a Alan Bennett en 2009. La metagenómica, el estudio del material genético recuperado de muestras ambientales, ofreció nuevas posibilidades para comprender la fijación de nitrógeno. Shapiro y Bennett invitaron a Ané a estudiar la variedad de maíz de Oaxaca que sospechaban fijaba nitrógeno. Intrigado, Ané accedió. 

Bennett ya había comenzado a recolectar muestras de maíz en 2006 en Totontepec conforme a un simple acuerdo de transferencia de material con la comunidad. Afirma que él y Mars fueron siempre transparentes, presentando actualizaciones en las asambleas agrícolas de la comunidad y tomando en cuenta los votos. Los residentes de Totontepec confirmaron que los investigadores asistían a asambleas con asiduidad.

Azarel Rivera Bernal creció en Totontepec y actualmente reside en la Ciudad de Oaxaca. Pero participa en el gobierno local y asistió a asambleas donde los científicos hablaron. Aún así, le sorprendió ver el certificado de cumplimiento del Protocolo de Nagoya por primera vez y se preguntó lo que significaría realmente para su comunidad. “Mi miedo es que privaticen nuestras semillas y que ya no podamos plantarlas”, afirmó. 

Los investigadores de la UC Davis/Mars exportaron muestras de maíz de México durante al menos nueve años antes de recibir un permiso por parte del gobierno mexicano en 2015. Bennett dijo que la parte estadounidense no creía que fuera necesario consultarlo con el gobierno federal, ya que las comunidades indígenas son autónomas conforme a la Constitución mexicana. 

Shapiro afirma que podría tomar más de una década para que Mars u otra empresa reproduzcan la característica de fijación del nitrógeno en una variedad comercial de maíz, si esto es acaso posible. Bennett señala que la investigación continúa en la UC Davis con objeto de entender aún mejor la bacteria que fija el nitrógeno en el gel del maíz y aislarla.

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Foto: Cuartoscuro

Personas familiarizadas con el caso Totontepec afirman que resalta algunas limitaciones importantes del Protocolo de Nagoya, que entró en vigor en 2014. (Aunque Estados Unidos no es signatario, las empresas estadounidenses deben apegarse a sus principios si operan de forma global.) Una de ellas es que Nagoya permite acuerdos confidenciales, a pesar de que la transparencia es uno de los objetivos principales del protocolo. Para las empresas y universidades, la confidencialidad es fundamental para evitar que sus investigaciones sean copiadas.

Pero para las comunidades y sus defensores, puede evitar que observadores externos evalúen lo justo de los acuerdos entre las comunidades y los conglomerados multinacionales. Las noticias acerca del acuerdo respecto del maíz apenas comenzaron a difundirse en Oaxaca cuando Animal Político publicó una historia en noviembre, años después de que el acuerdo hubiera sido suscrito. Algunos países, como Perú y Sudáfrica, han tomado acciones hacia una mayor transparencia, afirmando que cuando una empresa solicita un permiso, el nombre de las especies a que se tiene acceso, así como el solicitante, deben hacerse públicos.

Los investigadores han documentado que el maíz fijador de nitrógeno se cultiva en otras partes de Oaxaca e incluso en Guatemala.

Defensores de las comunidades indígenas afirman que es importante que tengan acceso a terceros mediadores para asegurar que están completamente informados y que sus derechos son salvaguardados. “En cualquier negociación en la que hay partes que poseen recursos muy distintos y un acceso desigual a la información, es útil contar con partes independientes que puedan ofrecer apoyo o mediación”, afirma Maria Julia Oliva, de la organización sin fines de lucro, Unión para el BioComercio Ético.

Un punto importante en el caso Totontepec es la decisión de los investigadores de Mars Inc. y UC Davis de no consultar o compensar a otras comunidades que cultivan Olotón. Ané y otros investigadores han documentado que el maíz fijador de nitrógeno es cultivado en otras partes de Oaxaca e incluso en Guatemala. Shapiro se refirió a Totontepec como el “protagonista” de la región y afirmó que la comunidad ha “compartido su material con otras comunidades” desde hace mucho, a pesar de no haber investigación alguna que indique que el Olotón que produce raíces aéreas sea originario de Totontepec. 

El que únicamente Totontepec reciba una compensación por la comercialización de un cultivo que es un recurso natural regional, afecta a otras comunidades y algunos observadores externos lo considerarían injusto. Una vez que Ané se dio cuenta de que el maíz fijador de nitrógeno no era exclusivo de Totontepec, dice haber tenido sentimientos encontrados acerca de la investigación. Cuando su contrato con Mars se dio por terminado a finales de 2017, no lo renovó. Cree que el maíz debería continuar siendo de dominio público y ponerse a disposición de agricultores a pequeña escala de todo el mundo. 

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Otros países han hallado maneras de compensar a múltiples comunidades por un recurso geográficamente disperso. La planta Hoodia, utilizada en supresores del apetito, crece en el Desierto Kalahari y ha sido utilizada tradicionalmente por los bosquimanos de Sudáfrica, Botswana y Namibia. Luego de haber sido excluidos en un inicio de los beneficios derivados de las medicinas bosquimanas patentadas, los bosquimanos y aliados en las comunidades sin fines de lucro negociaron un acuerdo en los años 2000, para crear el Fondo Fiduciario de Participación en los Beneficios San Hoodia, el cual podría finalmente significar beneficios económicos para el pueblo San. Los San también decidieron que los beneficios debían ser colectivos, en lugar de exclusivos de comunidades individuales, puesto que Hoodia no es “propiedad” de una sola comunidad. 

Laurent Gaberell de la organización suiza sin fines de lucro Public Eye afirma que el Tratado Internacional sobre los Recursos Filogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, un acuerdo simultáneo a Nagoya, pretende regular el acceso a los cultivos básicos que se difunde entre diversas comunidades. El tratado reconoce que estos recursos no son propiedad de una sola comunidad y que los beneficios deben ser compartidos. El maíz es uno de los cultivos cubiertos por el tratado FAO, pero México no lo ha ratificado. México no tiene un procedimiento legal que regule cómo consultar y compensar a las comunidades, y a falta de legislación nacional, las empresas tienen una libertad significativa.

“Es un fracaso por parte de Nagoya y es un fracaso por parte del gobierno mexicano”, afirma Jack Kloppenburg, un experto en semillas de la Universidad de Wisconsin. “Si a ambas partes se les permite operar de esta manera, todo el ejercicio carece de sentido… Nagoya está legitimando la biopiratería”.

La administración del nuevo presidente izquierdista de México, Andrés Manuel López Obrador, ha hablado en favor de los derechos de los agricultores a pequeña escala y de los indígenas. Víctor Suárez, líder desde hace años de diversas organizaciones de agricultores en México, es ahora subsecretario de la recién inaugurada oficina para la Autosuficiencia Alimentaria. “En este nuevo gobierno, no permitiremos que continúen políticas que privatizan los recursos genéticos de nuestra población, especialmente los recursos colectivos de las comunidades indígenas”, señaló en una entrevista. 

Mientras tanto, conforme los investigadores estadounidenses continúan con la ardua tarea de intentar transferir las características genéticas de fijación de nitrógeno a las variedades comerciales de maíz, los agricultores de Oaxaca continuarán plantando su maíz milagroso como lo han hecho durante miles de años.

Este artículo fue elaborado en colaboración con la Food & Environment Reporting Network, una organización de periodismo de investigación sin fines de lucro.

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5 razones por las que 2021 puede ser un año crucial en la lucha contra el cambio climático

El año que comienza representa una gran oportunidad para encaminarnos hacia un planeta con menos emisiones de carbono.
6 de enero, 2021
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Glaciar en Argentina

Getty
El mundo no está encaminado hacia lograr sus metas de reducción de emisiones de carbono.

El mundo tiene un tiempo limitado para actuar si quiere evitar los peores efectos del cambio climático.

La pandemia de covid-19 fue el gran problema de 2020, sin duda, pero espero que, para fines de 2021, las vacunas se hayan activado y hablemos más sobre el clima que sobre el coronavirus.

Este año que comienza será decisivo para enfrentar el cambio climático.

Según Antonio Guterres, secretario general de la ONU, estamos en un “punto de quiebre” para el clima.

Con el espíritu optimista de Año Nuevo, estas son cinco razones por la que creo que 2021 podría confundir a los fatalistas y ver un gran avance en la ambición global sobre el clima.

1. La crucial conferencia climática

En noviembre de 2021, los líderes mundiales se reunirán en Glasgow, Escocia, para trabajar en el sucesor del histórico Acuerdo de París de 2015.

París fue importante porque fue la primera vez que prácticamente todas las naciones del mundo se unieron para acordar que todas necesitaban ayudar a abordar el cambio climático.

El problema fue que los compromisos asumidos por los países para reducir las emisiones de carbono en ese entonces no alcanzaron los objetivos establecidos por la conferencia.

En París, el mundo acordó que para fines de siglo el aumento de la temperatura global no estaría por encima de 2 °C respecto a los niveles preindustriales. El objetivo era limitar el aumento a 1,5 °C, si era posible.

Naturaleza.

Getty
La conferencia de Glasglow es una nueva oportunidad para lograr las metas climáticas.

La realidad es que no estamos avanzando en ese sentido.

Según los planes actuales, se espera que el mundo supere el límite de 1,5 °C en 12 años o menos, y que alcance 3 °C de calentamiento para fines de siglo.

Según el acuerdo de París, los países prometieron volver a reunirse cada cinco años y aumentar sus objetivos de reducción de carbono.

Eso debía suceder en Glasgow en noviembre de 2020, pero debido a la pandemia se aplazó para este año.

Así, Glasgow 2021 puede ser un encuentro en el que se aumenten los recortes a las emisiones de carbono.

2. Grandes reducciones de emisiones

El anuncio más importante sobre el cambio climático el año pasado salió completamente de la nada.

En la Asamblea General de la ONU en septiembre, el presidente de China, Xi Jinping, anunció que su país tenía como objetivo convertirse en neutral en emisiones de carbono para 2060.

Los ambientalistas quedaron atónitos.

Reducir el carbono siempre ha sido visto como una tarea costosa, pero aquí estaba la nación más contaminante del mundo, responsable de cerca del 28% de las emisiones mundiales, comprometiéndose a cortar sus emisiones incondicionalmente, independientemente de si otros países seguirán su ejemplo.

Ese fue un cambio total respecto a las negociaciones anteriores, cuando todos temían asumir el costo de descarbonizar su propia economía, mientras que otros no hacían nada, pero disfrutaban a costa de los que sí habían hecho la tarea.

Planta de carbón.

Getty
China es responsable de cerca del 28% de las emisiones de gases de efecto de invernadero.

China no es la única en tener esta iniciativa.

En 2019, Reino Unido fue la primera de las principales economías del mundo en asumir un compromiso legal de cero emisiones netas.

La Unión Europea hizo lo mismo en marzo de 2020.

Desde entonces, Japón y Corea del Sur se han sumado a lo que, según estimaciones de la ONU, son ya más de 110 países que han establecido una meta de cero neto para mediados de siglo.

Según explica la ONU, el cero neto significa que no estamos agregando nuevas emisiones a la atmósfera. Las emisiones continuarán, pero se equilibrarán absorbiendo una cantidad equivalente de la atmósfera.

Los países que se han puesto la meta de llegar al cero neto representan más del 65% de las emisiones globales, y más del 70% de la economía mundial, dice la ONU.

Con la elección de Joe Biden en Estados Unidos, la economía más grande del mundo ahora se ha reincorporado al coro de reducción de carbono.

Estos países ahora necesitan detallar cómo planean lograr sus nuevas aspiraciones, que serán una parte clave de la agenda de Glasgow, pero el hecho de que ya estén diciendo que quieren llegar a ese punto es un cambio muy significativo.

3. La caída del costo de las energías renovables

Hay una buena razón por la que tantos países ahora dicen que planean tener cero emisiones netas: la caída del costo de las energías renovables está cambiando por completo el cálculo de la descarbonización.

En octubre de 2020, la Agencia Internacional de Energía, una organización intergubernamental, concluyó que los mejores esquemas de energía solar ofrecen ahora “la fuente de electricidad más barata de la historia”.

Cuando se trata de construir nuevas centrales eléctricas, las energías renovables ya suelen ser más baratas que la energía generada por combustibles fósiles en gran parte del mundo.

Paneles solares

Getty
El costo de producción de las energías renovables está disminuyendo.

Si los países aumentan sus inversiones en energía eólica, solar y de baterías en los próximos años, es probable que los precios caigan aún más, hasta un punto en el que comenzará a ser rentable cerrar y reemplazar las centrales eléctricas de carbón y gas.

Esto se debe a que el costo de las energías renovables sigue la lógica de toda la industria: cuanto más produces, más barato se vuelve, y entre más barato se vuelve, más produces.

Esto significa que los activistas no tendrán que presionar a los inversores para que hagan lo correcto.

Por su parte, los gobiernos saben que al aumentar las energías renovables en sus propias economías, ayudan a acelerar la transición energética a nivel mundial, al hacer que las energías renovables sean aún más baratas y competitivas en todas partes.

Granja eólica.

EPA
La energía eólica es una alternativa para reducir las emisiones de carbono.

4. La pandemia lo cambia todo

La pandemia de coronavirus ha sacudido nuestra sensación de ser invulnerables y nos ha recordado que es posible que nuestro mundo se trastorne de formas que no podemos controlar.

También ha provocado la conmoción económica más significativa desde la Gran Depresión.

En respuesta, los gobiernos están dando un paso adelante con paquetes de estímulo diseñados para reactivar sus economías.

Y la buena noticia es que rara vez, si es que alguna vez, ha sido más barato para los gobiernos realizar este tipo de inversiones. En todo el mundo, las tasas de interés rondan el cero o incluso son negativas.

economía verde.

Getty
Muchos países tienen planes de incentivar la economía verde.

Esto crea una oportunidad sin precedentes para hacer las cosas mejor esta vez.

La Unión Europea y el nuevo gobierno de Joe Biden en EE.UU. han prometido billones de dólares en inversiones verdes para poner en marcha sus economías e iniciar el proceso de descarbonización.

Ambos dicen que esperan que otros países se unan a ellos, ayudando a reducir el costo de las energías renovables a nivel mundial. Pero también advierten que, junto con esta zanahoria, planean blandir un garrote: un impuesto a las importaciones de países que emiten demasiado carbono.

La idea es que esto puede ayudar a que los rezagados en la reducción de carbono, como Brasil, Rusia, Australia y Arabia Saudita, se animen a recortar emisiones.

La mala noticia es que, según la ONU, los países desarrollados están gastando un 50% más en sectores vinculados a los combustibles fósiles que en energías bajas en carbono.

5. Los negocios también se está volviendo verdes

La caída del costo de las energías renovables y la creciente presión pública para que se actúe sobre el clima también están transformando las actitudes en los negocios.

Existen sólidas razones económicas para ello. ¿Por qué invertir en nuevos pozos de petróleo o centrales eléctricas de carbón que se volverán obsoletas antes de que puedan amortizarse a lo largo de sus 20 o 30 años de vida?

De hecho, ¿por qué tener en sus carteras riesgos asociados al carbono?

La lógica ya se está desarrollando en los mercados. Solo este año, el vertiginoso precio de las acciones de Tesla la ha convertido en la empresa automotriz más valiosa del mundo.

auto eléctrico.

Getty
Los autos eléctricos han ganado terreno en el mercado automotriz.

Mientras tanto, el precio de las acciones de Exxon, que llegó a ser la compañía más valiosa del mundo, cayó tanto que fue expulsada del Promedio Industrial Dow Jones de las principales corporaciones estadounidenses.

Al mismo tiempo, existe un impulso creciente para lograr que las empresas incorporen el riesgo climático en su toma de decisiones financieras.

El objetivo es hacer que sea obligatorio para las empresas y los inversores demostrar que sus actividades e inversiones están dando los pasos necesarios para la transición a un mundo de cero emisiones netas.

Setenta bancos centrales ya están trabajando para que esto suceda, y la integración de estos requisitos en la arquitectura financiera mundial será un enfoque clave para la conferencia de Glasgow.

Aún está todo en juego.

Por lo tanto, hay buenas razones para la esperanza, pero está lejos de ser un trato hecho.

Confinamiento.

Getty
El confinamiento causó una reducción de las emisiones, pero ya los niveles están volviendo a subir.

Para tener una posibilidad razonable de alcanzar el objetivo de 1,5 °C, debemos reducir a la mitad las emisiones totales para fines de 2030, según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el organismo respaldado por la ONU que recopila la ciencia necesaria para informar las políticas.

Esto implicaría lograr cada año la reducción de emisiones que hubo en 2020 gracias a los confinamientos masivos debido a la pandemia.

Las emisiones, sin embargo, ya están volviendo a los niveles que tenían en 2019.

La verdad es que muchos países han expresado grandes ambiciones de reducir el carbono, pero pocos han implementado estrategias para alcanzar esos objetivos.

El desafío para Glasgow será lograr que las naciones del mundo se adhieran a políticas que comenzarán a reducir las emisiones ya.

La ONU dice que quiere ver el carbón eliminado por completo, el fin de todos los subsidios a los combustibles fósiles y una coalición global para llegar al cero neto para 2050.

Eso sigue siendo una tarea muy difícil, incluso si los sentimientos globales sobre enfrentar el calentamiento global están comenzando a cambiar.


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