Aumentan desapariciones de personas hondureñas en el desierto de Sonora
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Rodrigo Soberanes

Aumentan desapariciones de personas hondureñas en el desierto de Sonora

El desierto, en el que han desaparecido al menos 50 personas, tiene una extensión de 96 kilómetros vigilados por los grupos que controlan el paso de las personas.
Rodrigo Soberanes
16 de septiembre, 2019
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El flujo migratorio desde honduras hacia Estados Unidos, siempre en busca de nuevas rutas, se está atreviendo cada vez más a utilizar los caminos del desierto de Sonora y las consecuencias comienzan a salir a la vista, con 50 casos de reportes de personas desaparecidas entre 2017 y 2019.

Hace 15 días sonó el teléfono en la oficina del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos Amor y Fe, con sede en Tegucigalpa, capital de Honduras. Eva Ramírez, representante y fundadora de esa organización, contó que se trataba de un chico hondureño que sí logró entrar a Estados Unidos pero que en su paso por el desierto vio cuerpos de migrantes.

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“Eran personas que estaban muertas ahí”, exclamó un sorprendido y joven migrante. “Si, mijo, eso es lo que pasa en realidad”, le contestó Eva Ramírez, quien se dedica a la difícil tarea de sistematizar la poca información que hay sobre personas hondureñas desaparecidas en México.

Y más aún, trata de que los cuerpos hallados sean reconocidos y repatriados para que se los entreguen a sus familiares. En dos años llevan cinco casos de acompañamiento a familiares que ha terminado “con éxito”, es decir, con la identificación y repatriación del cuerpo.

La ruta por donde el joven del teléfono se internó en el desierto está unos 3,670 kilómetros de su ciudad natal, en Altar, Sonora, un pueblo en la frontera norte de México de unos 10 mil habitantes rodeado por el desierto de Sonora y que tiene una fuerte actividad comercial basada en la presencia de migrantes.

En el centro de Altar hay varias tiendas que ofrecen los enseres necesarios para intentar la travesía en el desierto. Por ejemplo: pantalones y camisas con camuflaje café, sombreros, pantuflas para colocar sobre los zapatos que ayudan a dejar huellas menos nítidas, y garrafas pintadas de negro mate que brillan menos y son menos detectables para la Border Patrol.

“Se venden más de éstos garrafones que litros de leche”, contó el dependiente de la tienda.

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Las farmacias venden paquetes con artículos para primeros auxilios, es un kit de supervivencia con sueros, bloqueador solar, pomadas, vendas, gasas, cloro para el agua y alcohol.

Nunca faltan las “pastillas del día siguiente” y anticonceptivas para las mujeres, quienes también suelen comprar condones para que, si llegaran a ser atacadas por un violador, le pidan que al menos se proteja. “Saben que hay 50 por ciento de posibilidad de que las violen”, dijo el comerciante.

En el segundo cuadro de la ciudad se nota con frecuencia que migrantes entran y salen de casas donde son concentrados por “coyotes”, quienes llegan con sus furgonetas blancas a determinadas horas en que se reúnen los grupos de viaje y salen a toda velocidad hacia el último tramo de México que los llevará a un punto perdido en el mapa, pegado a la línea fronteriza, llamado “El Sásabe”.

Esta casa, en el poblado El Sásabe, es una casa-refugio de migrantes que esperan a ser llevados a la frontera por los traficantes de personas. Foto: Rodrigo Soberanes.

En el interior de estas casas están  los migrantes -mujeres y hombres- de todas las edades. Su energía al cruzar la frontera de El Ceibo o de Tecun Umán (Guatemala) desapareció. El viaje de semanas por una ruta de más de 3 mil kilómetros de camino con riesgo de muerte latente, les cambió el semblante, les arrebató el habla y la confianza hacia cualquiera que esté al lado.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México estimó en 2011 (no ha vuelto a publicar un informe desde entonces) que 20 mil migrantes son secuestrados cada año.

A los que están en las casas de Altar les falta arriesgar la vida por última vez. Mientras esperan a su transporte, comen, rezan, quizá duermen y hacen llamadas. Esperan a que alguien entre por su puerta dando la orden de salida.

Después suben a las furgonetas con la ropa que se vende en la plaza central del pueblo. Las chaquetas y pantalones les quedan grandes, pues los fabricantes de ropa solo venden “unitalla”.

En Altar, Sinaloa, la venta de accesorios de camuflaje para cruzar el desierto -para evitar ser vistos por la Patrulla Frojteriza-, es uno de los motores de la economía. Foto: Rodrigo Soberanes

Los vehículos salen de Altar y recorren un pequeño tramo carretero hasta donde hay una construcción parecida a una caseta de peaje abandonada en medio de un camino de tierra. También hay unos pequeños cuartos con ventanas sin vidrios. Adentro está oscuro.

El camino del desierto inicia donde están las seis cruces en memoria de miles de migrantes que han muerto en el desierto. Lo que hay después es un camino de 96 kilómetros controlado por normas establecidas por los grupos que controlan el paso de personas.

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El destino tras esos 96 kilómetros es El Sásabe. Ahí termina América Latina en el norte. Después está el desierto de Arizona, donde la morgue de Tucson ha recuperado al rededor de 2 mil 500 cadáveres desde 2001 a la fecha. De acuerdo con la organización No Más Muertes, los cuerpos que se encuentran son solo “un pequeño porcentaje” de las personas que en realidad pierden la vida en el desierto.

Rubén Figueroa, integrante del Movimiento Migrante Mesoamericano, contó a Animal Político que existe una tendencia de migrantes que llegan al cruce desértico específicamente desde el departamento de Morarán, Honduras.

“Hemos notado esa compleja situación de que migrantes procedentes de esa zona utilizan esa ruta desde Honduras rumbo a Sonora. Es una migración que hemos notado desde hace cinco y siete años”, dijo.

Este dato fue confirmado por Eva Ramírez. Ella explicó que son grupos “numerosos” organizados por más personas que ya recorrieron el camino y tienen los contactos necesarios para lograr completar el recorrido hacia la frontera norte de México. “Algunos han viajado varias veces, regresan y se van en grupos grandes. Lo que estamos notando es que ahí en Sonora, aunque las personas vayan con pollero a Arizona, están desapareciendo”, dijo la activista hondureña vía telefónica.

Rubén Figueroa explicó que las personas que llegan ahí provienen de lugares muy remotos del norte de Honduras y sumidos por completo en la pobreza. Arriban sin ser traficados, es decir sin “coyote”, pero se tienen que someter a las reglas del lugar y normalmente acceden a pasar como “burreros”, que significa que tienen que cargar una mochila con droga a cambio del transporte hasta Estados Unidos. No tienen otra opción.

Antes de las Caravanas migrantes que comenzaron en octubre de 2018 la Secretaría de Gobernación calculaba que cada año ingresan 150 mil migrantes a ese país y organizaciones independientes creen que la cifra ronda los 400 mil, es decir, más del doble.

Son en su mayoría hombres jóvenes de entre 18 y 35 años. De acuerdo con las fuentes consultadas las personas que están optando por ingresar por el desierto son personas que trabajan en el campo.

El Sásabe es sólo uno de los puntos de paso. Es un pequeño pueblo enclavado en un territorio irregular con algunas lomas desde donde se alcanzan a ver miles de hectáreas de desierto, y también se ve el muro fronterizo construido con grandes tubos rojizos.

Para llegar ahí fue necesario contar con la ayuda del padre Prisciliano Hernández, párroco de Altar y director de la Casa del Migrante de ese municipio, quien es respetado y puede andar por el desierto repartiendo ayuda humanitaria sin ser reprimido. Para él, quienes llegan hasta esas latitudes son los “súper latinos” que lograron pasar por infinidad de dificultades.

En El Sásabe las personas migrantes se distribuyen en las casas de seguridad y vuelven a quedar bajo custodia de alguien que les dará la orden de salir cuando el guía llegue y salgan ya cargando las mochilas que les suelen dar.  

Hay algunas casas que eran usadas para mantener ahí a los migrantes que se encuentran abandonadas con historias dibujadas en las paredes y también recados que sirven como testimonios de quienes pasaron por ahí.

Las mujeres migrantes son las más expuestas a los abusos durante la ruta migratoria. Una pared de una casa de El Sásabe muestra la silueta de una mujer semidesnuda con lágrimas e iniciales escritas en los pechos. Foto: Rodrigo Soberanes

“Las consecuencias son fatales. También es muy complicado hacer las búsquedas”, señaló Figueroa, cuya organización ha colaborado con la de Eva Ramírez, quien ha conocido de primera mano lo difícil que es que una familia viaje a Tegucigalpa a poner informar a la Cancillería que alguien ha desaparecido, y después que se avise a la autoridad mexicana,. se investigue, se encuentre el cuerpo, se identifique y se transporte. Son procesos que tardan años, si es que se realizan.

En El Sásabe hay una casa con patio semejante a un corral para ganado con piedras cubiertas de ropa. Parece grandes caparazones de tortuga. Ahí están en silencio unos 15 migrantes descansando y esperando a que se sequen sus trapos raídos. Cuando ven al párroco acompañado de un grupo de reporteros que portan cámaras fotográficas se forma una estampida hacia el interior de la casa, convertida en paradero de migrantes a cargo de una mujer que sale y, con una mezcla de acento hondureño-mexicano norteño- le niega al párroco el permiso para darle la bendición a los viajeros y pide tajantemente a los visitantes alejarse del lugar.

En la pared de una de las casas vacías, ubicada en uno de los caminos que llevan a los puntos de cruce, está el dibujo de una mujer desnuda con lágrimas y unas iniciales (B,F) en cada pecho. Es una imagen que remite a las compras de las mujeres migrantes en las farmacias de Altar.

En otra están dibujadas siete personas. El Toro que le grita “espérame” a Nicolás; Zalas con un cuchillo frente a una serpiente y un migrante mas -sin nombre- que parece asustado; El Cholo junto a Brenda, y un guía. Después hay una persona que dice “agáchense todos” y arriba hay un helicóptero de la Border Patrol.

“Estos son los súper latinos. Los que logran pasar después de tanto obstáculo”, dice el cura frente a la imagen de la pared, que además tiene a un cactus  y un hueso humano atrás de los migrantes.

El Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos Amor y Fe ha logrado la identificación y traslado de cinco cuerpos entre 2017 y 2019, y tiene 10 casos más de personas que aparecieron con vida. Esa organización y el Movimiento Migrante Mesoamericano calculan que por cada desaparecido reportado, hay otros tres que no se reportan jamás.

Son personas que quizá dejaron sus testimonios en las pareces de las casas derruídas de El Sásabe o que están olvidadas en el desierto, como las que vio el chico hondureño que llamó a Eva Ramírez.

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Quién vigila la radiación del 5G (y cuáles son sus verdaderos riesgos)

Esta nueva tecnología regresa el eterno debate sobre los efectos sobre la salud de las radiaciones electromagnéticas. Estos, sin embargo, son descartados por todas las agencias internacionales.
27 de octubre, 2020
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Seúl

Getty Images
Corea del Sur ya tiene una red 5G en todo el país.

Decenas de antenas, dispositivos bluetooth y cientos de teléfonos móviles nos rodean e irradian cada día. Por no hablar de la telefonía 5G que, al parecer, acabará con la vida en la Tierra. ¡Tanta radiación no puede ser buena!

¿Quién controla los niveles de exposición y los posibles efectos sobre la salud?

Percepción del riesgo

Los campos electromagnéticos están presentes en la naturaleza desde antes de la aparición del ser humano. La luz solar, los rayos cósmicos, las tormentas y la radiación natural terrestre son fuentes de exposición a estos campos.

A mediados de los años 90, se comenzaron a desplegar las redes de antenas de telefonía móvil. Aunque se hacían con estándares técnicos internacionales, que ya tenían en cuenta la protección de la población, no se ofreció la suficiente información al respecto.

A pesar de una reacción rápida por parte de organismos, operadoras y expertos, la percepción de riesgo se instaló entre los ciudadanos. También caló en instituciones, administraciones locales y asociaciones.

Así, se produjo una situación paradigmática. Por un lado, el rechazo a las antenas era un fenómeno global. Por el otro, crecía la demanda universal del servicio.

Ilustracion 5G

Getty Images
La red 5G es mucho más que la mejora de la red 4G.

La OMS parece tenerlo claro

Tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la Unión Europea fueron conscientes a principios de los 2000 de esa carencia y de la necesidad de dar respuesta a una inquietud y percepción social del riesgo asociado a la telefonía móvil.

Aunque esta percepción e inquietud estaban sobredimensionadas.

A pesar de los esfuerzos realizados para informar y tranquilizar a la población, la OMS reconoció en 2006 que “algunas personas consideran probable que la exposición a campos electromagnéticos de radiofrecuencia entrañe riesgos y que éstos puedan ser incluso graves”.

En la revisión de 2014, la OMS aseguraba que “hasta la fecha no se ha confirmado que el uso del teléfono móvil tenga efectos perjudiciales para la salud”.

En otro documento publicado a comienzos de este 2020 sobre el 5G, insiste en que en las últimas décadas no hay estudios científicos que demuestren una relación causal que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

“El calentamiento de tejidos es el principal mecanismo de interacción entre los campos electromagnéticos de radiofrecuencia y el cuerpo humano”.

Ese posible efecto, a los niveles habituales de exposición, es insignificante. Por eso es importante que los niveles se mantengan por debajo de los límites establecidos por agencias internacionales independientes.

Mujer con una tablet.

Getty Images
La OMS ha dicho que no hay estudios científicos que demuestren una relación causal del 5G que pueda hacer temer efectos sobre la salud.

Quién y cómo se establecen los límites de exposición

En 1992 se estableció en Alemania la Comisión Internacional de Protección frente a Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP). Esta organización científica, independiente y sin ánimo de lucro, revisa periódicamente y de forma sistemática las evidencias científicas para determinar los niveles a los cuales se producen efectos biológicos.

No solo de los campos electromagnéticos de radiofrecuencia, sino también de otras radiaciones electromagnéticas como la luz visible, los infrarrojos y los ultravioletas que, por encima de ciertos niveles, también pueden resultar muy peligrosos.

Por eso se fijan niveles de seguridad y, por eso mismo, no debemos preocuparnos de la radiación que emite el mando a distancia de nuestra tele. Tampoco del router wifi de nuestra casa o de nuestro teléfono inalámbrico.

El proceso de revisión es abierto y su publicación se realiza en una revista científica tras un proceso de revisión por pares.

Así, una vez se establecen los niveles a los cuales se observan efectos para cada frecuencia, se aplica un factor de precaución o seguridad de 50.

Estos valores son aceptados por la mayor parte de los países occidentales desde hace décadas y se adoptan en las correspondientes legislaciones.

Además, existen otras agencias u organismos que realizan una revisión similar. Por ejemplo el Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE) y la Food and Drug Administration de Estados Unidos.

Estos tres organismos, en los últimos meses y coincidiendo con el despliegue de la 5G, han revisado y publicado sus guías de límites seguros de exposición humana.

La mano negra de la industria

Que la industria está detrás de todas estas regulaciones e instituciones es un argumento reiterado por los movimientos antiantenas -ahora anti-5G- que parecen acoger toda clase de creencias conspiranoicas con respecto, también, a las mascarillas, las vacunas y la COVID-19.

En realidad han sido la industria y los profesionales del sector los más interesados en garantizar que las radiaciones emitidas por las antenas fueran seguras y que los niveles de potencia estuviesen dentro de los límites permitidos.

Transmisión de eventos deportivos en dos pantallas.

Getty Images
Con la conexión 5G se podrán conectar muchos dispositivos al mismo tiempo.

El Colegio Oficial de Ingenieros de Telecomunicación (COIT), como entidad de derecho público al servicio de la sociedad, fue la primera organización que ya en 2001 elaboró un informe sobre las radiofrecuencias de telefonía móvil.

Con ello se pretendía informar a la ciudadanía y mitigar la inquietud que ya surgía ante el desconocimiento de esta tecnología y la normativa que la regula.

La labor de difusión se centró en ayuntamientos y asociaciones ciudadanas, aunque se ha seguido trabajando durante todos estos años con todo tipo de administraciones e instituciones.

En 2006, se creó el Comité Científico Asesor de Radiofrecuencias y Salud (CCARS), comité independiente compuesto por profesionales de gran prestigio -en campos como la medicina, física, química, biología, ingeniería de telecomunicación y derecho-, que, desde entonces, ha elaborado cinco informes trienales de referencia.

En ellos recogen las evidencias científicas existentes sobre el impacto de los campos electromagnéticos en la salud.

Además, ha publicado numerosos documentos sobre tecnologías concretas -el último sobre 5G-, con el ánimo de informar verazmente a la sociedad, manteniendo siempre el conocimiento científico riguroso como referencia.

Sus informes han tratado siempre de arrojar luz y evitar cualquier tergiversación que de forma interesada se intentara hacer sobre el efecto de estas tecnologías sobre la salud.

Incluidas comparaciones sin fundamento con sustancias, como el tabaco o el alcohol, que la ciencia sí ha demostrado como perniciosas incluso en pequeñas cantidades.

5G

Getty Images
Los verdaderos riesgos de estas tecnologías son los asociados a la dependencia, problemas musculares, malas posturas y al condicionamiento de nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Los verdaderos riesgos para la salud

Decir que los campos electromagnéticos de radiofrecuencia son inocuos es falso si no se acompaña de la frase “a los niveles habituales de exposición”.

Dichos niveles están decenas o centenas de miles de veces por debajo de los de seguridad marcados por ICNIRP.

Es lo que han demostrado numerosos estudios y revisiones sistemáticas de exposición personal en condiciones reales.

Pero hay efectos constatados derivados del uso de dispositivos y que no son consecuencia de las radiaciones que emiten.

Así, se ha demostrado que su uso puede provocar dependencia, problemas musculares, malas posturas y que condicionan nuestras relaciones personales y hábitos saludables.

Dichos efectos, sin embargo, no son denunciados por los movimientos en contra de estas tecnologías.

Ilustración 5G

Getty Images
Hay una proliferación de un cierto “negocio del miedo” vinculado a las nuevas tecnologías.

Negar la evidencia, ¿con qué fin?

Quizá piense que existe cierta controversia científica en este tema.

Habrá oído que “numerosos científicos alertan de los efectos” en cuestionables llamamientos internacionales, algún pseudoinforme como el Bioinitiative o declaración política ajena a la Unión Europea, como la declaración 1815 del Consejo de Europa.

Todos tienen en común su falta de rigor, el establecimiento de límites de forma arbitraria o la extrapolación inadecuada de estudios en animales o de laboratorio sin tener en cuenta las condiciones reales.

En 30 años, no se ha publicado una revisión sistemática o metaanálisis -los estudios con mayor fortaleza en ciencia- que demuestre sus alarmantes augurios y peligros para la salud (efectos sobre el sueño, la concentración, fisiológicos, hipersensibilidad o, incluso, cáncer).

En cambio, sí es constatable la relación de sus promotores con la proliferación de un cierto “negocio del miedo” a partir de datos tergiversados, erróneos y en ningún caso avalados por la evidencia científica.

Y ese negocio que se basa en esos datos afecta tanto a ámbitos como el médico-sanitario, con diagnósticos o prescripciones no fundamentados en el conocimiento médico; el legal, con denuncias insostenibles basadas en opiniones de supuestos expertos, medios de información carentes de credibilidad (webs pseudocientíficas) o, incluso, empresas que ofrecen aparatos y dispositivos de protección completamente innecesarios.

Todo un negocio basado en el miedo y el desconocimiento que sigue alimentando esa falsa percepción de que vivimos radiados al límite.

*Alberto Nájera López es doctor en radiología y medicina física y profesor de la Universidad de Castilla-La Mancha y Juan Carlos López es ingeniero de telecomunicaciones y catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer la versión original aquí.


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