Daniel García, 17 años en prisión para entender y luchar contra las fallas del sistema
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Carlo Echegoyen

Daniel García, 17 años en prisión para entender y luchar contra las fallas del sistema

Daniel vio la cárcel como una temporada sabática, en la que se dedicó a leer y estudiar. Ahora busca adaptarse a la vida fuera de la cárcel y a hablar de lo que vivió dentro.
Carlo Echegoyen
Por Rodrigo Soberanes
6 de septiembre, 2019
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Daniel García Rodríguez estuvo los últimos 17 años de su vida en prisión y dice que en todo ese tiempo no conoció a un solo preso que haya llegado a la cárcel por una investigación judicial que haya derivado en la sentencia de un juez. 

“Donde estuve nunca vi un secuestrador detenido. Eso no existe. Nunca en los 17 años que estuve ahí adentro, vi un caso de investigación. No existe un solo caso, por lo menos que yo los haya visto llegar, que haya sido localizado en razón de una investigación”.

García, quien sigue acusado de ser el autor intelectual del crimen de la regidora de Atizapán María de los Angeles Tames Pérez, cometido el 5 de septiembre de 2001, salió de la cárcel porque el juez que actualmente lleva su caso le permitió seguir el proceso en libertad. 

Eso significa que pasó todo ese tiempo —en la cárcel de Barrientos, en Tlalnepantla, Estado de México— sujeto a prisión preventiva, sin sentencia, igual que Reyes Alpízar, quien fue señalado como cómplice material de ese crimen.

Reyes y Daniel fueron acusados de participar en el mismo delito, los encarcelaron el 25 de octubre de 2002 y fueron liberados juntos el 24 de agosto de 2019. Cada uno vivió el caso de manera distinta: Reyes Alpízar no recibió tanta atención mediática, pero denuncia que fue torturado por el caso y sufrió las carencias “normales” que hay en prisión; mientras que Daniel García estuvo expuesto ante los medios de comunicación como “el asesino de la regidora”, pero reconoce que en la cárcel fue un tipo con privilegios. 

“Como yo estaba arraigado junto con el entonces presidente municipal —Antonio Domínguez, también acusado de ser autor intelectual del crimen—, los medios estaban abajo del hotel”, contó a Animal Político

Para él, el impacto y la presión mediática fue tan dura durante su detención y su periodo de arraigo, que cuando fue llevado a prisión finalmente sintió una extraña sensación de “alivio”. 

“Si, es una sensación extraña, por el contexto, pero es verdad, realmente resulta que cuando a nosotros nos sacan del hotel, a Antonio Domínguez y a mí, habían unas 500 personas ahí gritando. Nos sacaron en las patrullas y nos llevaron desde el hotel hasta Barrientos en directo en la televisión de las dos de la tarde.

Lee: Fiscal de Edomex ratifica fin de prisión preventiva para hombres con 17 años sin sentencia

Mi familia estaba señalada. Eran hijos del asesino, homicida, delincuente. Esa es una carga, un peso para ellas y ellos”.

Daniel García es originario de Atizapán, igual que su familia. Él desde muy joven se afilió al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y a los 16 años tuvo su primer cargo público en la administración municipal. Con el paso de los años fue dos veces asesor de presidentes municipales, asesor de Roberto Madrazo cuando fue senador y también fue secretario particular de dos alcaldes. Hasta un año antes de ser detenido había sido secretario particular de Antonio Domínguez.

Cuando sucedió el crimen de la regidora, Daniel García se dedicaba a la ganadería. Tenía un hato de 130 cabezas junto con su padre, quien también manejaba una panadería. Asegura que conoció a Reyes Alpízar hasta que a ambos los acusaron del crimen de la regidora. 

Ya en prisión, Daniel García se dedicó a estudiar las leyes mexicanas y Derecho Internacional. Fue seis años el responsable de la biblioteca de la cárcel y reunió una importante colección de libros. Tuvo un espacio propio para cocinar sus alimentos y su familia siempre procuró que no le faltara nada.

García describe su experiencia carcelaria como un un periodo “sabático” en el que estuvo relativamente “cómodo” dedicado a estudiar. 

“No es mi a quien le quitaron el tiempo. En mi caso particular mi condición carcelaria, no se si voy a decir una barbaridad, pero fueron como años sabáticos, es como estar en un retiro porque yo me di a la tarea de leer, de estudiar, de prepararme, y mis rutinas eran con la comodidad suficiente para ocuparme”.

Sin revelar nombres, contó que convivió con “importantes” delincuentes presos por narcotráfico y famosos asaltos. 

“Allá adentro se sabe mucho. Conocí de primera mano cómo funciona (el sistema de justicia) y sabe uno no solamente cómo piensan (los presos) sino por qué. Pero va más allá, sabe uno cómo puede ser que no lo hayan hecho, sus miedos, sus traumas. 

No son como los observa la procuración de justicia. Ese mecanismo de enviar policías ya no funciona porque ya no les temen y cuando los topan, los compran y trabajan para ellos”, contó Daniel García.

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Y si bien su caso es emblemático por las fallas en el proceso que lo hicieron pasar tantos años en prisión sin recibir sentencia, él cree que su experiencia servirá para hablar con autoridades sobre las fallas del sistema Judicial.

“El 100 por ciento de las personas que están ahí es por señalamientos directos o por flagrancia pero no por una investigación”, aseguró.

Daniel García reconoce que tanto él como sus compañeros “importantes” estaban relativamente aislados de la población general. Tenían ese privilegio que les permitía quedar a salvo de los motines y de ser agredidos. Reglas de la cárcel. 

El Pacto de los acusados

Daniel García y Reyes Alpízar se conocieron cuando inició el proceso legal en su contra, cuando ambos estaban en la prisión de Barrientos. Según la narración de los dos, Alpízar fue obligado mediante tortura a declarar que Daniel García y Antonio Domínguez pagaron a él y Jaime Martínez Franco —presunto autor material— por cometer el crimen.

Daniel García dice que nunca ha tenido rencor contra Alpízar, pues asegura que siempre estuvo consciente de la manera en que fue extraída esa declaración. 

Después de la liberación del exalcalde Antonio Domínguez, se dieron cuenta que estaban solos en el proceso y que ya sin medios de comunicación, aseguran, se había construido el caso para culparlos y encarcelarlos.

Estaban en calidad de “pablos”, un término del argot carcelario que se refiere a las personas que quedan enfiladas a pagar por un delito que no cometieron. Es cuando es inminente que el Ministerio Público no va a buscar a otro culpable, explica García. 

“Lo platicamos Reyes Alpízar y yo y nos dimos cuenta que estábamos ya acabados porque ya se nos había impuesto el resto de culpabilidad. Nosotros estábamos en la característica de pablos, es decir, pagadores”.

Las opciones que quedaban era seguir esperando de manera indefinida la sentencia del juez o seguir dando la batalla jurídica. En ningún momento se plantearon declararse culpables. 

“Nos miramos Reyes y yo y le dije que lo único que seguía era la muerte y que ahí teníamos dos alternativas: o terminábamos ahí para que nos sentenciaran o seguíamos peleando”. 

El difícil retorno a casa

A Daniel García le habían contado el prisión que iba a ser difícil volver a adaptarse a la vida de la calle una vez que lograra su libertad. El no lo creía pero, efectivamente, ha sido como le contaron. La primer dificultad que ha enfrentado son los mareos y las nauseas al viajar en coche. 

“No es fácil acostumbrarse, apenas hace algunos días, a tres cuadras me mareé como si estuviera en la montaña rusa. Eso junto con la forma de dormir, la forma de comer. En la mañana fue la primera vez que agarré un cubierto. Allá están prohibidas hasta las cucharas porque les sacan filo y las convierten en armas”. 

García ya no recordaba cómo era el silencio porque a pesar de estar en una zona “segura”, no escapaba del bullicio de los radios y bocinas colocadas a menos de cuatro metros cada una con el volumen a máximo nivel, y las riñas cotidianas, a conversaciones espeluznantes, a escuchar violentas historias de vida. 

Pero ése es el acervo que ahora tiene para sus próximos proyectos, en lo que espera revelar cómo funciona la justicia mexicana. Algo importante para él es que la cárcel le enseñó a no sentir miedo por cosas que puedan suceder, por lo tanto, piensa dedicarse hablar sin tapujos de todos los secretos que la cárcel le enseñó durante casi 17 años.

 

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La historia de la “Pequeña Polonia” de México a la que llegaron refugiados de la Segunda Guerra Mundial

Hace 77 años, cientos de polacos llegaron a México huyendo de la guerra y algunos decidieron quedarse en tierra azteca para siempre. Esta es su desconocida y apasionante historia, contada por algunos de los sobrevivientes.
26 de julio, 2020
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“¡Qué lejos estoy del suelo donde he nacido! / Inmensa nostalgia invade mi pensamiento / Al verme tan solo y triste cual hoja al viento / Quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento”.

Así, con los versos de la tradicional “Canción mixteca”, México recibió hace 77 años a cientos de polacos que huían de la Segunda Guerra Mundial y del horror en campos de trabajos forzados.

En efecto, dejaban atrás el suelo donde habían nacido tras un doloroso destierro y llegaban a un nuevo país del que poco o nada conocían, pero que los recibió con alegría y la esperanza de que aquel conflicto bélico pronto llegaría a su fin.

Los años hasta acabar la guerra los pasaron como refugiados en una finca a las afueras de León, en el estado de Guanajuato. A aquel pedacito de su país creado en el corazón de México lo llamaban “la pequeña Polonia”.

Finca de Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
La hacienda de Santa Rosa estaba ubicada a las afueras de León, en el estado de Guanajuato.

Muchos, sobre todo quienes llegaron siendo niños, aún recuerdan su vida en la hacienda de Santa Rosa como los mejores años de su vida. Pronto pasaron del dziękuję al “gracias” para reconocer la segunda oportunidad que se había presentado en sus vidas.

Tanto fue así, que un puñado de ellos decidieron quedarse para siempre en tierra azteca, y aún hoy confiesan tener el corazón dividido entre sus “dos países”.

Esta es la historia de la tan apasionante como poco conocida historia de solidaridad entre dos países, a priori tan distintos y a más de 10.000 km de distancia, contada por algunos de sus protagonistas.

línea

BBC

Finales de la década de 1930. Polonia parece ser un país condenado a desaparecer: por el oeste son invadidos por el ejército nazi de Hitler, a lo que la Unión Soviética responde ocupando territorios polacos por el este.

La población de Polonia queda atrapada por la pugna entre las dos potencias: los alemanes luchan por expandir lo que consideran su “supremacía racial” y los soviéticos por extender los ideales del comunismo internacional.

Todo el país sufre las consecuencias del inicio de la Segunda Guerra Mundial: asesinatos masivos, encarcelamientos de disidentes, desplazamientos forzados…

La URSS da inicio a la deportación en masa de la población polaca de las zonas que se había anexado para repoblarlas con rusos. Según Polonia, fueron expulsados unos 1,2 millones de personas.

Son enviados a frías e inhóspitas regiones soviéticas como Siberia. Algunos son obligados a ingresar en el ejército y cientos de miles en campos de trabajos forzados bajo condiciones infrahumanas.

Pero su suerte cambió cuando, años más tarde, Alemania invadió la URSS y el gobierno soviético se incorporó al bando de los aliados con Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

Una de las condiciones de los ingleses fue que la URSS liberara a los ciudadanos polacos. Había entonces que decidir cuál sería su nuevo destino mientras su país natal seguía soportando lo peor de la guerra.

***

Con 97 años, la polaca Frania Pater recuerda perfectamente cuando, el 1 de septiembre de 1939, los alemanes bombardearon la estación de tren cercana a su ciudad, Lwów (hoy parte de Ucrania).

“Pasaban los aviones, hasta seis juntos, y temblaban todas las ventanas. Yo corría al campo y me tiraba al suelo porque tenía mucho miedo”, relata para BBC Mundo desde su casa en León.

Poco después llegaron los soviéticos y su ciudad se convirtió en el reflejo de lo que ocurría en el resto de la Polonia oriental. De un lado del puente que cruzaba el río, se apostaron las tropas de Hitler. Del otro, las de la URSS.

A las 6:00 de la mañana del 10 de febrero de 1940, los rusos entraron a la casa de la familia de Pater. No les dieron más que media hora para recoger sus pertenencias de una vida y dejar todo atrás.

Frania Pater en una salida a León

Archivo familia Frania Pater
Frania Pater (segunda por la derecha en la fila inferior) fue una de las jóvenes que vivió refugiada en México tras verse obligada a abandonar su hogar.

Viajes en trineo y cuatro semanas en tren después (“el tren se paraba a cada rato”), llegaron a Krasnoyarsk, en Siberia. Otros fueron trasladados a Uzbekistán o Kazajistán.

Como el resto de polacos, Pater fue sometida a jornadas extenuantes en condiciones infrahumanas en campos de trabajos forzados. Ella se encargaba de “sacar la goma de miles de árboles y ponerlas en barriles”.

“No había camas, dormíamos en tablas. Nos daban un kilo de pan por persona para mucho tiempo, así que comíamos puras hierbas. Trabajábamos desde la mañana hasta que oscurecía, yo no sabía ni qué día de la semana era”, recuerda.

Dos años y medio después de aquello, los polacos fueron liberados y Pater pudo dejar Siberia junto a su madre. Su padre, en cambio, no soportó las condiciones como tantos otros y falleció.

***

Una de las claves para que la URSS aceptara liberarlos fue la idea de Reino Unido de que sería efectiva y útil para la guerra la formación de un ejército polaco en territorio soviético.

El primer ministro del gobierno polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, aceptó. Pero vistas sus pésimas condiciones físicas, la URSS aceptó reubicar a los polacos en un clima más favorable en 1942.

Así, unas 40.000 personas entre soldados, mujeres y niños dejaron territorio ruso rumbo a Irán, que en ese momento apoyaba al bloque de los países aliados. Aunque muchos murieron en el camino, su llegada al puerto de Pahlevi los llenó de esperanza.

Niños polacos en Irán

Biblioteca de PRCUA
Cientos de niños polacos fueron recibidos en Irán antes de encontrar un país que les ofreciera refugio permanente.

Pero su estancia en Teherán como refugiados tampoco se pudo prolongar mucho. Su peregrinaje continuó en busca de asilo y fueron trasladados después a la ciudad india de Karachi (hoy parte de Pakistán).

Finalmente, seis países de África Oriental pertenecientes a la Mancomunidad Británica ofrecieron refugio a 20.000 personas. Ni EE.UU. ni Reino Unido les abrieron sus fronteras.

Pero mucho más llamativo fue que México, un país en el otro lado del planeta y con fuertes restricciones ante la inmigración en aquella época, se ofreciera también a recibirlos.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
El presidente mexicano Manuel Ávila Camacho recibió al primer ministro polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, para oficializar el acuerdo de recepción de refugiados.

“En nuestro libro, insinuamos que realmente fue una petición del gobierno de EE.UU., que fue un gesto en el que se manifestó la participación de México como parte del espíritu panamericanista de apoyo a EE.UU. en la guerra”, dice Gloria Carreño, historiadora y autora junto a Celia Zack de Zukerman del libro “El convenio ilusorio”.

Aquel convenio se firmó a finales de 1942, cuando Sikorski visitó México y fue recibido con honores de jefe de Estado por el presidente Manuel Ávila Camacho.

Los refugiados podrían vivir hasta que terminara la guerra en México. Su transporte y manutención sería posible gracias a un préstamo de Washington al gobierno polaco en el exilio y de organizaciones polacas en EE.UU.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
Durante su visita a México, Sikorski incluso se probó un sombrero charro.

****

En Karachi, los refugiados polacos tenían que decidir si querían ir a África o a México. La familia de Valentina Grycuk se decantó por América Latina.

Ella tuvo que abandonar Novogrudk (actualmente en Bielorrusia) cuando solo tenía 2 años. Por eso no recuerda su etapa en Siberia, donde murió su madre. A su padre se lo llevaron al ejército, por lo que quedó a cargo de una tía y sus abuelos.

Pese a ser entonces una niña, Grycuk aún conserva a sus 83 años un detalle grabado para siempre en su memoria del viaje rumbo a México a bordo del barco Hermitage, con más de 700 personas a bordo.

Valentina Grycuk en la hacienda de Santa Rosa

Archivo familia Valentina Grycuk
Valentina Grycuk (primera por la derecha en la fila central) estudió en la escuela de la hacienda Santa Rosa.

“A diario se moría mucha gente, me impresionaba ver los cadáveres amortajados y que aventaban (lanzaban) al mar. Ese chasquido que hacían al caer al agua lo tengo tan presente que siempre lo recuerdo cuando estoy en una alberca (piscina) y oigo que alguien se lanza”, recuerda.

Tras paradas técnicas en Australia y Nueva Zelanda, el barco llegó al puerto de San Pedro, al sur de Los Ángeles. De ahí, fueron en tren a la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, en México, hasta llegar a León en Guanajuato.

Era 1 de julio de 1943. Habían viajado durante semanas a lo largo de más de 22.000 km del planeta.

Mapa

BBC

Desde León, Grycuk le cuenta con orgullo a BBC Mundo lo que recuerda de la bienvenida que le dio el país que acabaría siendo su hogar.

“Fue maravilloso. En la estación había muchísima gente con flores, dulces para los niños, música y mariachis. Fue muy cálido, como son los mexicanos, muy cálidos”.

***

Wladyslaw Rattinger fue uno de los liberados en Siberia que pasó a formar parte de los ejércitos formados por polacos para defender Rusia.

Su principal misión era rescatar grupos de cientos de polacos de los campos de Asia Central para enviarlos a Irán. Fue enviado después a Irak, donde lo transfirieron al ejército inglés y le encomendaron acompañar a un segundo grupo de refugiados a México.

Rattinger en Irak

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger (segundo por la derecha) en Irak, donde fue transferido al ejército británico.

“Definitivamente, ayudó a salvar vidas”, le dice a BBC Mundo su hijo, Andrzej Rattinger.

Su padre, fallecido en 1998, ocupó en esa segunda travesía del Hermitage el cargo de comandante del transporte.

“Él se encargaba de comunicarse con las autoridades, mantener el orden del grupo, que estuvieran culturalmente actualizados… Es sorprendente el nivel de organización del barco, recibieron clases y empezaron a estudiar algo de español”, cuenta.

Buque Hermitage

National Archives Record
El buque Hermitage fue el barco en el que dos grupos de cientos de polacos viajaron hasta México.

El segundo grupo llegó a León el 2 de noviembre de 1943. En total, fueron 1,453 los refugiados polacos que encontraron en la hacienda de Santa Rosa, a 10 km de León, su nuevo hogar.

Era “la pequeña Polonia”.

La pequeña Polonia

Peter Gordon
Foto de familia en “la pequeña Polonia”.

***

Aquella finca, habitada en mayor parte por mujeres y niños (muchos huérfanos), funcionaba organizada como una pequeña población.

Debían vivir en el espacio de la hacienda y tenían prohibido trabajar fuera, por lo que sus labores eran para su propia subsistencia: plantación de hortalizas, granjas o talleres artesanales.

Cultivando en la finca Santa Rosa

A. Trzebiez
Los adultos polacos en Santa Rosa aprendieron oficios, criaban animales y cultivaban sus propios vegetales para contribuir a su alimentación.

Había clínica, capilla y mercado. Los adultos aprendían oficios y los niños estudiaban en la escuela siguiendo el sistema educativo polaco, ya que la intención era que regresaran a su país al acabar la guerra.

“Fueron años maravillosos. Como niña que era, para mí era todo alegría. Vivía con mis abuelitos, no me faltaba de nada, tenía colegio, teníamos que comer… hasta funciones de teatro. Yo era muy feliz allí”, recuerda Grycuk.

Valentina Grycuk haciendo su primera comunión

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk (a la izquierda del sacerdote) recibió su primera comunión en el campamento.

Precisamente Rattinger, tras acompañar a México al segundo grupo de refugiados, se quedó en Santa Rosa coordinando esas actividades de educación y entretenimiento de la finca como teatro, danza o desfiles.

Según la historiadora Carreño, “los mexicanos estaban contentos con la presencia de los polacos. En todas las fiestas populares, les invitaban a que participaran en los desfiles con sus trajes típicos polacos. Fueron muy integrados a la sociedad de León”.

Rattinger en varias representaciones teatrales

Archivo familia Rattinger
Rattinger, vestido arriba como San Nicolás, coordinaba desfiles, representaciones y otras actividades culturales.

A ello contribuía que, aunque oficialmente los refugiados no podían salir del campamento, con permisos especiales sí podían organizar excursiones a León o Ciudad de México, lo que les permitió interactuar y conocer a la sociedad mexicana.

E igual que los polacos se las arreglaban para salir, también los mexicanos se las ingeniaban para entrar a la finca.

Desfiles festivos en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
La comunidad polaca de Santa Rosa participaba en las fiestas populares de León.

Pater recuerda como todos los días iban muchas personas para verlos desde detrás de las rejas de alambre. “Parecíamos un poco animales raros”, ríe.

“Había un mexicano que me vio nada más bajar del barco y que iba a la finca todos los días. Yo me quedaba sentada cerca de las rejas con dos amigas, y él me traía que si una rosa, cosas así…”, relata.

Jóvenes polacas en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
Algunas jóvenes polacas formaron familia con ciudadanos mexicanos.

“Estaba prohibido que los mexicanos entraran al centro, pero él le dio unos zapatos al guardia y así tenía libre todos los días para que le dejaran entrar. Ya ve, que con dinero baila el perro”, cuenta riendo.

Aquel hombre se convirtió en su marido y el principal motivo por el que, después de acabar la guerra y de que la hacienda de Santa Rosa fuera oficialmente clausurada al terminar 1946, Pater decidiera quedarse para siempre en México.

La escuela en Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
Los niños seguían el sistema educativo polaco, ante la previsión de que volverían a su país tras la guerra.

***

Cuando se anunció a los refugiados que tenían permiso para instalarse y trabajar fuera de la finca o mudarse, la mayoría eligió como nuevo destino EE.UU., especialmente la ciudad de Chicago, donde había gran presencia de diáspora polaca.

Rattinger mostrando la finca Santa Rosa

Archivo familia Rattinger
Rattinger, a la izquierda, mostrando el campamento a unos visitantes antes de que la finca fuera cerrada en diciembre de 1946.

Muchos tenían la ilusión de volver a Polonia, aunque su país -entonces bajo dominio de la URSS, la misma que los había expulsado y llevado a campos de trabajos forzados- ya se parecía poco al que guardaban en sus recuerdos.

“En Polonia ya no tenía nada, nos quitaron todo: la casa, los terrenos… nos quedamos sin nada”, lamenta Pater. Quienes sí decidieron regresar fueron un centenar de polacos, a quienes siempre se conoció en su país como “mexicanitos”.

Otros intentaron establecerse en México, aunque no a todos les resultó fácil y acabaron marchándose. Pero Pater, al igual que Grycuk y Rattinger, formaron familia con mexicanos y se quedaron para siempre.

Frania Pater junto a su esposo

Archivo familia Pater
Frania Pater se casó con el mexicano Antonio Luna Azpeitia, quien falleció en 1971.

Años más tarde llegarían los reencuentros con aquellos a quienes daban por perdidos a causa de la guerra. Rattinger volvió a ver su madre y hermano en Polonia en los 50. Tras casi 40 años sin verse y pensar que estaba muerto, Pater se encontró con su hermano en Inglaterra.

“Yo me separé de mi padre en Siberia cuando tenía 2 años, por lo que no le recordaba. Puedo decir que lo ‘conocí’ ya en los 70, cuando fui a verlo a Polonia”, lamenta Grycuk.

“Gocé a mi padre 90 días, juntando las tres veces que alcancé a ir. Pero esos días valieron por años”.

Frania Pater y Valentina Grycuk en la actualidad

Archivo familia Valentina Grycuk
Frania Pater y Valentina Grycuk, en una imagen actual, fueron recibidas en Varsovia junto a otros refugiados polacos sobrevivientes tras la Segunda Guerra Mundial.

***

El hijo de Rattinger cuenta que a su padre, como a tantas personas que pasaron por episodios traumáticos como la guerra, no le gustó hablar mucho de ello durante años hasta que la familia lo convenció para que les transmitiera su historia.

“Yo ya les he platicado mi historia a todos, saben cómo fue. No pienso en lo malo ahorita, ¿ya qué me falta? ¡Si cualquier día cuelgo los tenis”, dice Pater riendo.

Los tres protagonistas de esta historia reconocieron siempre su profundo agradecimiento a México por la acogida y la oportunidad que encontraron por empezar una nueva vida.

Valentina y Frania junto a familiares con una bandera mexicana.

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk y Pater, en la imagen junto a familiares, agradecen la generosidad de México por acogerlas sin olvidar sus raíces polacas.

Pero tanto Rattinger como Pater, que llegaron a Latinoamérica siendo ya jóvenes, tenían muy presente su origen.

“Definitivamente, mi papá siempre se consideró polaco, que es algo que debemos admirar los latinos, ese sentido tan fuerte de patria y nacionalidad. Pero también decía que su vida era de mexicano”, recuerda Rattinger.

Rattinger junto a su esposa y la medalla concedida por el gobierno polaco.

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger junto a su esposa. A la derecha, la medalla que le otorgó el gobierno polaco por su labor.

“Yo, si soy franca, me siento más mexicana”, dice en cambio Grycuk. Asegura que cuando pone el pie en Polonia “el corazón me late porque siento que allí está mi raíz, es una sensación que quizá nadie la puede entender si no la vive”.

“Pero en México está mi vida, no tengo más que gratitud y adoro este país”, remarca.

La antigua finca de Santa Rosa funciona actualmente como internado de reintegración para grupos de jóvenes y adolescentes, testigo silencioso de aquel apasionante episodio de la historia del que ya solo los mayores en León se acuerdan.

Antes y ahora de un edficio de la finca Santa Rosa

Archivos familiares
Así se veía uno de los edificios de Santa Rosa durante los años de estancia de los refugiados polacos y en la actualidad.

En Polonia tampoco es un episodio ampliamente conocido, si bien se hacen esfuerzos por hacer que esta muestra de amistad y solidaridad no se olvide con el tiempo.

Su gobierno planeaba inaugurar este año un museo en memoria de “Los niños de Siberia” cuya apertura fue pospuesta por la pandemia de covid-19. La embajada de México en Polonia, por su parte, inauguró en julio una exposición sobre la visita de Sikorski al país en 1942.

Valentina Grycuk junto al presidente polaco y su esposa.

Archivo Valentina Grycuk
Grycuk junto al presidente polaco, Andrzej Duda, y su esposa.

“El tema de los niños de Santa Rosa es aún hoy muy valorado porque muy pocas naciones se mantuvieron cerca de la Polonia invadida por los ejércitos nazi y soviético en 1939”, le dice a BBC Mundo desde Varsovia el embajador mexicano, Alejandro Negrín.

“Cuando presenté mis cartas credenciales como embajador al presidente de Polonia, Andrzej Duda, él se refirió con aprecio a ese momento histórico y el mensaje que recibo de distinguidas personalidades es muy claro: ‘Polonia y los polacos no olvidan'”.


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