Mujeres llegan al narcotráfico por pobreza y salen de la cárcel más vulnerables, sin un camino a la reinserción
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Mujeres llegan al narcotráfico por pobreza y salen de la cárcel más vulnerables, sin un camino a la reinserción

La iniciativa de Ley de Amnistía de AMLO está incompleta si no incluye una política pública para la reinserción de mujeres, señalan especialistas. 
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24 de septiembre, 2019
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Bety Maldonado vendía droga en la puerta de su casa. Llevaba seis meses en eso cuando la detuvieron. Llegaron alrededor de 150 elementos de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI), rodearon la privada familiar donde estaba su vivienda y detuvieron a 22 personas, entre familiares y hasta vecinos.

Era marzo de 2010. Le dieron seis años de prisión. Primero la llevaron a Santa Martha Acatitla. Pero el expresidente Felipe Calderón había iniciado su guerra contra las drogas, y quienes estaban presos por delitos contra la salud debían estar en un penal federal.

A Bety la trasladaron a las Islas Marías, en octubre de 2011. “Ahí, los agentes de la Policía Federal se encargaron de hacerme saber que valía menos que una piedra, eso me decían, que yo era una delincuente, por eso no podía atreverme ni a mirarlos a la cara. A su paso, las internas teníamos que agachar la cabeza”.

Del año que estuvo allá –antes de lograr que se hiciera efectivo uno de los varios amparos que interpuso para poder volver a Santa Martha– lo más duro fue no ver a su familia. Solo podía llamarles por teléfono una vez cada quince días. Y eso solo si se portaba bien y no acumulaba tres puntos malos.

En las Islas Marías, bastaba con tardarse cinco minutos más al ducharse o presentarse con el pelo y la ropa mojada al desayuno para ganarse esos puntos, no importaba que las internas debieran disputar el baño con otras 40 compañeras. Bety se esmeraba en cumplir con todas las reglas para tener permiso de hacer la llamada, porque para ella, dice, su familia es lo primero.

Lo fue cuando decidió vender droga. Su esposo era adicto y había acumulado una deuda con un grupo delictivo. Llegaron a buscarlo hasta su casa para cobrarle, pero no lo encontraron, se había escondido en un tinaco. Encontraron solo a Bety, a su hija y a su nieta de tres años.

A la menor la sujetaron y la encañonaron. Les dijeron que si no pagaban la deuda, la familia iba a “valer madre”.

“No dudamos que cumplirían, en esa época, en el barrio (en Azcapotzalco) por todos lados se sabía de muertos, de ajustes de cuentas”, dice Bety.

Con el trabajo que tenía por las tardes en la bodega de una empresa de mochilas, donde acomodaba el producto, y lo que sacaba del puesto de tacos que atendía en la mañana, Bety no podía pagar la cantidad que exigían los delincuentes. Decidió ponerse a vender droga. “Fui a los dos días a buscarlos y les dije que yo pagaría”.

Ya había logrado saldar la mitad de la deuda cuando los de la AFI llegaron a detenerla. “Fue un operativo enorme, como si yo hubiera sido un gran narcotraficante y así también me castigaron, lo de las Islas Marías fue un exceso, eso casi me mata, había momentos en los que ya solo buscaba algo con que colgarme”.

A Bety le preocupaba alguien en especial. “Me desesperaba mucho no estar con mi hijo menor, tenía 15 años cuando me detuvieron, como también se llevaron a su papá, que además era adicto, se quedó solo. Mi hijo quería estudiar leyes, pero ya no pudo. Tuvo que trabajar y cuidarse”.

Cuando se castiga con prisión el tráfico de drogas, dice Bety, “no se está castigando solo un delito, se está castigando la pobreza, la ignorancia, la falta de oportunidades. Y también se castiga a la familia, la mayoría de las mujeres encarceladas somos los pilares de ese núcleo”.

Ana Pecova, directora de la organización de la sociedad civil Equis Justicia para las Mujeres, explica que cuando se puso en marcha la guerra contra las drogas, en el sexenio de Calderón, se detenía a personas con poca droga y les imponían castigos ejemplares, como enviar a las mujeres a las Islas Marías.

“Era un intento de mandar el mensaje de que no se iban a tolerar esos delitos. Pero no fueron los grandes capos los que acabaron en la cárcel, las prisiones se llenaron de mujeres que trabajaban, por necesidad o amenaza, en los eslabones bajos de las redes delictivas”.

La Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) y Equis Justicia para las Mujeres han documentado que en México hay 3 mil 18 mujeres encarceladas o bajo proceso penal por delitos contra la salud. 2 mil 777 de ellas están en prisiones locales y 241 en federales. En los últimos dos años ha crecido 103.3% el número de mujeres que han ingresado a prisión en el fuero común por delitos contra la salud.

Las mujeres acusadas que se involucran en estos delitos, por lo general son pobres, con poca educación y únicas responsables de sus hijos e hijas.

Algunas de las actividades que realizan son: el traslado de estupefacientes; la siembra, la cosecha y/o el cultivo de amapola o marihuana; el empaque de sustancias ilegales para su traslado y el resguardo de drogas en sus hogares.

En su mayoría, estas mujeres fueron víctimas de violaciones de derechos humanos. Solo el 1.3% fueron arrestadas con orden de detención por parte del Ejército. Las autoridades federales, en especial la Marina, utilizaron fuerza física y armas de fuego para someterlas.

Pecova sostiene que habría que preguntarse, ¿de qué sirve tener a estas mujeres en la cárcel? “No son un peligro, están por delitos no violentos, y los grupos del crimen organizado las reemplazan fácil, su encarcelamiento no afecta la operación del narcotráfico. Solo las exponen a más violaciones a sus derechos, además causan un impacto negativo en sus familias y se gastan impuestos por tenerlas en la cárcel”.

La otra falla del Estado

Abigail Sánchez tenía ocho días de nacida cuando su madre la dejó con su abuela. Vivían en una casa de madera y cartón. Casi no fue a la escuela. Para ella un hot dog era un pan con salsa. Conoció las pizzas solo porque su vecina le dejaba las orillas que no quería comerse, y que le aventaba desde la azotea para que ella tuviera que levantarlas del piso si las quería.

A la pobreza se sumaban los golpes frecuentes de la abuela. Abi sufrió abuso sexual en su adolescencia y vivió en la calle por algunos periodos. Después se fue a vivir con un hombre. Pero su condición económica no mejoró, él le daba 100 pesos a la semana para que resolviera los gastos de ella y tres hijos. No había para lujos ni para pizzas.

También en esa época a las carencias se sumaron los golpes. La pareja de Abi empezó a maltratarla. Ella se defendía cuando podía y en un par de ocasiones hasta lo amenazó con un cuchillo. Se separaron, pero el hombre convenció a los hijos de que se fueran con él, a vivir con su abuela paterna, dueña de una pequeña tienda de abarrotes. Abigail se quedó sola y sin dinero. Se unió con otro hombre, que tampoco ganaba mucho en su empleo de albañil.

Abi buscó trabajos, pero siempre tuvo un sueldo bajo. Se hartó. Su propia hermana le ofreció “trabajar” introduciendo droga en los penales. Estuvo en eso casi un año. “Con lo que ganaba pude ir a comer a un restaurante, comprarme ropa, golosinas, tener alguien que me hiciera la limpieza, todo eso que para algunos es algo tan fácil, pero para mí no. Hasta que me aprehendieron y acabé en Santa Martha”. Era abril de 2013.

Estuvo cinco años en prisión. Salió apenas hace un año ocho meses. Mientras ella estuvo en la cárcel, al hombre con el que vivía cuando empezó a introducir droga a los penales también lo detuvieron, lo acusaron de secuestro.

En las visitas que le hacía a la cárcel, se hizo amigo de la pareja de otra reclusa. “El hombre le pidió que le rentara un cuarto donde nosotros vivíamos y mi esposo le dijo que sí, como yo no estaba y él pasaba muchos días con mi cuñada, esa persona usó el cuarto para meter ahí a un muchacho al que secuestró”.

La policía llegó un día a la casa y al esposo lo involucraron en el secuestro. Durante su estancia en prisión, falleció, supuestamente de peritonitis, “yo estoy segura que lo patearon en el estómago hasta matarlo”, dice Abi.

Con su esposo muerto, y sin poder acercarse a sus hijos, porque su anterior pareja no se lo permitía, Abigail salió de la cárcel sin tener ningún familiar a quien recurrir. “Quien me ofreció su casa para quedarme fue una maestra de danza que conocí aquí en el penal, me tuvo ahí ocho meses sin cobrarme un peso. Si tengo trabajo es porque dos excompañeras de Santa Martha me consiguieron empleo para hacer limpieza en una casa”.

Eso es el otro problema, las mujeres salen de prisión con una condición mucho más vulnerable de aquella con la que ingresaron. “Las mujeres nos quedamos muy solas en la cárcel. De cada diez sentenciadas, un tercio no recibe visita nunca. El mismo porcentaje sale sin tener a dónde ir. Las sacan a mitad de la noche, sin un peso y sin nadie que las espere”, asegura Natacha Lopvet, fundadora de la Red de Justicieras, una organización que se creó como un espacio de convivencia y apoyo entre exreclusas.

Es la otra falla del Estado para con las mujeres en prisión. “Para nosotras no hay casas de medio camino, por ejemplo, en varios casos son las excompañeras las que te están esperando afuera y ven a dónde llevarte, en la red hacemos eso, porque sabemos que muchas no tienen ni siquiera a donde ir”.

La amnistía de AMLO

La iniciativa de Ley de Amnistía que presentó Andrés Manuel López Obrador beneficiará a las mujeres que estén en prisión ‘acusadas en el ámbito federal’ por poseer, transportar, vender, cultivar o introducir al país narcóticos, siempre que no hayan cometido delitos de sangre o con violencia, y que no sean reincidentes.

“Pero hay varias que lo son (hasta un 8% de acuerdo a datos de la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad , ENPOL 2016). Hay usuarias de drogas que tuvieron un contacto previo con el sistema de justicia pero las dejaron ir, reincidieron y acaban de entrar en la cárcel, ellas no califican para la amnistía”, explica Pecova.

Entérate: Qué sí y qué no propone la Ley de Amnistía enviada por AMLO al Congreso

Además, señala la activista, la parte de reinserción está ausente de esta iniciativa de ley. “No solo es la cuestión de sacarlas de la cárcel, necesitan acompañamiento para que no reincidan, para tratar su adicción si son usuarias. Si eso no está, la ley queda como una solución rápida, como un parche, pero no será efectiva ni duradera”.

Tanto Pecova como Lopvet hacen énfasis en la necesidad de una política pública que acompañe a las mujeres cuando dejan la prisión. “Salen incluso sin sus documentos, tardan meses en recuperar su INE, cómo van entonces a rentar un cuarto, a encontrar un trabajo, a recuperar a sus hijos si es que han perdido la custodia, si no tienen ni los papeles básicos”, pregunta Pecova.

Frente a esta problemática es que WOLA y Equis Justicia lanzaron la campaña #LiberarlasEsJusticia El contexto es la única diferencia, en la que le hacen tres propuestas al Estado mexicano:

1. Establecer un mecanismo legal para la liberación de las mujeres que están encarceladas y que han sido víctimas de la política de drogas, muchas de cuales están en situación de vulnerabilidad. La propuesta es que salgan todas.

2. Implementar estrategias integrales de reinserción social, para que las mujeres tengan más opciones de vida.

3. Transitar a políticas de drogas integrales, que prioricen la salud pública y los derechos humanos de las mujeres.

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#YoSoyAnimal

Cómo tu personalidad cambia a medida que cumples años

Por mucho tiempo se ha pensado que nuestra personalidad se fija, aproximadamente, para cuando alcanzamos los 30 años de edad. Investigaciones recientes revelan que no es así.
1 de febrero, 2021
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“Señor presidente, quiero plantearle un tema que creo que ha estado rondando durante dos o tres semanas y presentarlo específicamente en términos de seguridad nacional… “, dijo el periodista Henry Trewhitt, mientras miraba fija y seriamente al presidente estadounidense Ronald Reagan.

Era octubre de 1984, y Reagan estaba en el circuito de debates, luchando por permanecer en el cargo por un segundo mandato.

Unas semanas antes había tenido un mal desempeño frente a su rival principal. Entonces se rumoreaba que, a los 73 años, simplemente era demasiado mayor para el trabajo.

En ese momento, Reagan ya era el presidente más mayor en la historia de Estados Unidos, un récord que ha sido superado por Donald Trump (74) y ahora por el actual presidente Joe Biden, de 78 años.

Trewhitt quería saber si Reagan tenía alguna duda de si podría funcionar en circunstancias estresantes.

“No, ninguna, Trehwitt”, respondió Reagan, conteniendo una sonrisa.

Expresidente de EE.UU. Ronald Reagan en 1984

Getty Images
En 1984, Reagan era el presidente de mayor edad que había gobernado EE.UU. hasta la fecha.

“Y quiero que sepa que tampoco voy a convertir la edad en un tema de esta campaña. No voy a explotar, con fines políticos, la juventud y la inexperiencia de mi oponente”.

Su respuesta fue recibida con risas estridentes y aplausos, que precedieron a una victoria aplastante en las elecciones.

La broma de Reagan, sin embargo, contenía más verdad de lo que sabía entonces.

No solo tenía la experiencia de su lado, también tenía una “personalidad madura”.

Cambio misterioso

Todos estamos familiarizados con la transformación física que conlleva el envejecimiento: la piel pierde su elasticidad, las encías retroceden, nuestra nariz crece, los pelos brotan en lugares peculiares -a la vez que desaparecen por completo de otras partes- y esos preciosos centímetros de altura a los que nos aferramos comienzan a desaparecer.

Ahora, después de décadas de investigación sobre los efectos del envejecimiento, los científicos han comenzado a descubrir cambios más misteriosos.

“La conclusión es exactamente esta: que no somos la misma persona durante toda nuestra vida“, señala René Mõttus, psicólogo de la Universidad de Edimburgo.

Mujer mayor disfrutando de una piscina de agua caliente.

Getty Images
Si bien nuestras personalidades cambian constantemente, lo hacen en relación a quienes nos rodean.

A la mayoría de nosotros nos gustaría pensar en nuestra personalidad como algo relativamente estable a lo largo de nuestra vida. Pero diversas investigaciones sugieren que este no es el caso.

Nuestros rasgos cambian constantemente, y para cuando entramos en la década de los 70 y 80 años, hemos experimentado una transformación significativa.

La modificación gradual de nuestra personalidad tiene algunas ventajas sorprendentes. Nos volvemos más conscientes, agradables y menos neuróticos.

Los niveles de los rasgos de personalidad de la llamada “Tríada Oscura” -el maquiavelismo, el narcisismo y la psicopatía- también tienden a disminuir, y con ellos, nuestro riesgo de caer en comportamientos antisociales como el crimen y el abuso de sustancias.

Las investigaciones han demostrado que nos convertimos en personas más altruistas y confiadas. Nuestra fuerza de voluntad aumenta y desarrollamos un mejor sentido del humor.

Finalmente, los adultos mayores tienen más control sobre sus emociones.

Es sin duda una combinación ganadora, y una que indica que el estereotipo de que las personas mayores son gruñonas y cascarrabias necesita ser revisada.

Nuestras personalidades son fluidas y maleables

Lejos de asentarse en la infancia, o alrededor de los 30 años -como pensó la comunidad científica durante años-, parece que nuestras personalidades son fluidas y maleables.

“Las personas se vuelven más agradables y más adaptadas socialmente”, dice Mõttus.

“Son cada vez más capaces de equilibrar sus propias expectativas de vida con las demandas de la sociedad”.

Los psicólogos llaman al proceso de cambio que ocurre a medida que envejecemos “maduración de la personalidad”.

Mujer mayor

Getty Images
Aquellos con mayor autocontrol serán probablemente más saludables de mayores.

Es un cambio gradual e imperceptible que comienza en nuestra adolescencia y continúa al menos hasta nuestra octava década en el planeta.

Curiosamente, parece ser universal: la tendencia se observa en todas las culturas humanas, desde Guatemala hasta India.

“Generalmente es controvertido hacer juicios de valor sobre estos cambios de personalidad”, dice Rodica Damian, psicóloga social de la Universidad de Houston, en Estados Unidos.

“Pero al mismo tiempo, tenemos evidencia de que son beneficiosos”.

Por ejemplo, la falta de estabilidad emocional se ha relacionado con problemas de salud mental, tasas de mortalidad más altas y divorcios.

Entretanto, Damian explica que la pareja de alguien con un grado elevado de conciencia probablemente sea más feliz, porque es más probable que estas personas laven los platos a tiempo y sean menos propensos a engañar a su pareja.

Un lado más estable de nuestra personalidad

Resulta que, si bien nuestra personalidad cambia en cierta dirección a medida que envejecemos, lo que somos en relación con otras personas del mismo grupo de edad tiende a permanecer bastante estable.

Por ejemplo, es probable que el nivel de neurosis de una persona vaya bajando en general, pero los niños de 11 años más neuróticos siguen siendo, en general, los ancianos de 81 años más neuróticos.

“Hay una base de quiénes somos en el sentido de que mantenemos nuestro rango en relación con otras personas hasta cierto punto”, dice Damian.

“Pero en relación a nosotros mismos, nuestra personalidad no está escrita en piedra, podemos cambiar”.

¿Cómo se desarrollan estos cambios de personalidad?

Dado que la maduración de la personalidad es universal, algunos científicos piensan que, lejos de ser un efecto secundario accidental de haber tenido más tiempo para aprender las normas sociales, las formas en que cambia nuestra personalidad podría estar genéticamente programada, tal vez incluso moldeada por fuerzas evolutivas.

Por otro lado, otros expertos creen que nuestra personalidad está en parte forjada por factores genéticos y luego esculpidas por presiones sociales a lo largo de nuestra vida.

Por ejemplo, una investigación de Wiebke Bleidorn, psicóloga de la personalidad de la Universidad de California, concluyó que, en culturas donde se esperaba que las personas maduraran más rápido (en términos de casamiento, empezar a trabajar, asumir responsabilidades adultas), sus personalidades tienden a madurar a una edad más temprana.

Niño con traje

Getty Images
Las personas de culturas donde se espera que se casen o empiecen a trabajar más jóvenes, tienen personalidades que maduran antes.

“Las personas simplemente se ven obligadas a cambiar su comportamiento y, con el tiempo, a volverse más responsables. Nuestras personalidades cambian para ayudarnos a enfrentar los desafíos de la vida”, dice Damian.

¿Pero qué ocurre cuando nos volvemos muy mayores?

Hay dos formas posibles de estudiar cómo cambiamos a lo largo de nuestra vida.

La primera es tomar un grupo grande de personas de muchas edades diferentes y luego observar en qué se diferencian sus personalidades.

Un problema con esta estrategia es que es fácil confundir accidentalmente los rasgos generacionales que han sido esculpidos por la cultura de un período de tiempo particular -como la mojigatería o una adoración inexplicable por las natillas y el jerez- con los cambios que ocurren a medida que uno envejece.

Estudio de largo plazo

La alternativa es tomar un mismo grupo de personas y estudiarlas a medida que crecen.

Esto es exactamente lo que sucedió con el Lothian Birth Cohort (estudio de cohorte de Lothian), un grupo de personas en Escocia a quienes se les examinaron sus rasgos de personalidad e inteligencia en junio de 1932 o junio de 1947, cuando aún estaban en la escuela.

En ese momento, las personas tenían cerca de 11 años de edad.

Junto con colegas de la Universidad de Edimburgo, Mõttus rastreó a cientos de las mismas personas cuando tenían 70 u 80 años, y les hizo dos pruebas idénticas más, con varios años de diferencia.

Señor mayor en un parque

Getty Images
Un famoso estudio con personas en Escocia mostró resultados notablemente diferentes para dos generaciones de personas.

“Debido a que teníamos dos grupos diferentes de personas, y ambas fueron medidas en dos ocasiones, pudimos utilizar ambas estrategias a la vez”, dice Mõttus.

Fue una suerte, porque los resultados fueron notablemente diferentes para las dos generaciones.

Si bien las personalidades del grupo más joven permanecieron más o menos iguales en general, los rasgos de personalidad del grupo mayor comienzan a cambiar, de modo que, en promedio, se volvieron menos abiertos y extrovertidos, así como menos agradables y concienzudos.

Los cambios beneficiosos que habían estado ocurriendo a lo largo de sus vidas comenzaron a revertirse.

“Creo que esto tiene sentido, porque en la vejez las cosas comienzan a pasarle a la gente a un ritmo más rápido”, dice Mõttus, quien señala que la salud de estas personas podría haber estado en declive y es probable que hayan comenzado a perder amigos y familiares.

“Esto tiene cierto impacto en su participación activa en el mundo”.

Nadie ha investigado aún si esta tendencia continuaría después de los 100 años.

Investigaciones sobre japoneses centenarios han descubierto que tienden a obtener una puntuación alta en la conciencia, la extroversión y la apertura, pero es posible que hayan tenido más de estas características para empezar, y tal vez esto incluso contribuyó a su longevidad.

Mujer mayor asiática

Getty Images
Nuestra personalidad está muy ligada a nuestro bienestar.

De hecho, nuestra personalidad está intrínsecamente ligada a nuestro bienestar a medida que envejecemos.

Por ejemplo, aquellas con un mayor autocontrol tienen más probabilidades de ser saludables en la edad adulta, las mujeres con niveles más altos de neurosis tienen más probabilidades de experimentar síntomas durante la menopausia, y cierto grado de narcisismo se ha asociado con tasas más bajas de soledad, que en sí mismo es un factor de riesgo para una muerte más temprana.

En el futuro, comprender cómo ciertos rasgos están vinculados a nuestra salud -y cómo podemos esperar que nuestra personalidad evolucione a lo largo de nuestra vida- podría ayudar a predecir quién está en mayor riesgo de padecer ciertos problemas de salud y poder intervenir.

El conocimiento de que nuestra personalidad cambia a lo largo de nuestra vida, lo queramos o no, es una prueba útil de lo maleables que son.

“Es importante que sepamos esto”, considera Damian. “Durante mucho tiempo, la gente pensó que no”.

“Ahora estamos viendo que nuestra personalidad puede adaptarse, y esto nos ayuda a enfrentar los desafíos que nos presenta la vida”, agrega.

Al menos, nos da a todos algo que esperar a medida que envejecemos y la posibilidad de descubrir en quiénes nos convertiremos.


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