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Cuartoscuro Archivo

Mujeres llegan al narcotráfico por pobreza y salen de la cárcel más vulnerables, sin un camino a la reinserción

La iniciativa de Ley de Amnistía de AMLO está incompleta si no incluye una política pública para la reinserción de mujeres, señalan especialistas. 
Cuartoscuro Archivo
24 de septiembre, 2019
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Bety Maldonado vendía droga en la puerta de su casa. Llevaba seis meses en eso cuando la detuvieron. Llegaron alrededor de 150 elementos de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI), rodearon la privada familiar donde estaba su vivienda y detuvieron a 22 personas, entre familiares y hasta vecinos.

Era marzo de 2010. Le dieron seis años de prisión. Primero la llevaron a Santa Martha Acatitla. Pero el expresidente Felipe Calderón había iniciado su guerra contra las drogas, y quienes estaban presos por delitos contra la salud debían estar en un penal federal.

A Bety la trasladaron a las Islas Marías, en octubre de 2011. “Ahí, los agentes de la Policía Federal se encargaron de hacerme saber que valía menos que una piedra, eso me decían, que yo era una delincuente, por eso no podía atreverme ni a mirarlos a la cara. A su paso, las internas teníamos que agachar la cabeza”.

Del año que estuvo allá –antes de lograr que se hiciera efectivo uno de los varios amparos que interpuso para poder volver a Santa Martha– lo más duro fue no ver a su familia. Solo podía llamarles por teléfono una vez cada quince días. Y eso solo si se portaba bien y no acumulaba tres puntos malos.

En las Islas Marías, bastaba con tardarse cinco minutos más al ducharse o presentarse con el pelo y la ropa mojada al desayuno para ganarse esos puntos, no importaba que las internas debieran disputar el baño con otras 40 compañeras. Bety se esmeraba en cumplir con todas las reglas para tener permiso de hacer la llamada, porque para ella, dice, su familia es lo primero.

Lo fue cuando decidió vender droga. Su esposo era adicto y había acumulado una deuda con un grupo delictivo. Llegaron a buscarlo hasta su casa para cobrarle, pero no lo encontraron, se había escondido en un tinaco. Encontraron solo a Bety, a su hija y a su nieta de tres años.

A la menor la sujetaron y la encañonaron. Les dijeron que si no pagaban la deuda, la familia iba a “valer madre”.

“No dudamos que cumplirían, en esa época, en el barrio (en Azcapotzalco) por todos lados se sabía de muertos, de ajustes de cuentas”, dice Bety.

Con el trabajo que tenía por las tardes en la bodega de una empresa de mochilas, donde acomodaba el producto, y lo que sacaba del puesto de tacos que atendía en la mañana, Bety no podía pagar la cantidad que exigían los delincuentes. Decidió ponerse a vender droga. “Fui a los dos días a buscarlos y les dije que yo pagaría”.

Ya había logrado saldar la mitad de la deuda cuando los de la AFI llegaron a detenerla. “Fue un operativo enorme, como si yo hubiera sido un gran narcotraficante y así también me castigaron, lo de las Islas Marías fue un exceso, eso casi me mata, había momentos en los que ya solo buscaba algo con que colgarme”.

A Bety le preocupaba alguien en especial. “Me desesperaba mucho no estar con mi hijo menor, tenía 15 años cuando me detuvieron, como también se llevaron a su papá, que además era adicto, se quedó solo. Mi hijo quería estudiar leyes, pero ya no pudo. Tuvo que trabajar y cuidarse”.

Cuando se castiga con prisión el tráfico de drogas, dice Bety, “no se está castigando solo un delito, se está castigando la pobreza, la ignorancia, la falta de oportunidades. Y también se castiga a la familia, la mayoría de las mujeres encarceladas somos los pilares de ese núcleo”.

Ana Pecova, directora de la organización de la sociedad civil Equis Justicia para las Mujeres, explica que cuando se puso en marcha la guerra contra las drogas, en el sexenio de Calderón, se detenía a personas con poca droga y les imponían castigos ejemplares, como enviar a las mujeres a las Islas Marías.

“Era un intento de mandar el mensaje de que no se iban a tolerar esos delitos. Pero no fueron los grandes capos los que acabaron en la cárcel, las prisiones se llenaron de mujeres que trabajaban, por necesidad o amenaza, en los eslabones bajos de las redes delictivas”.

La Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) y Equis Justicia para las Mujeres han documentado que en México hay 3 mil 18 mujeres encarceladas o bajo proceso penal por delitos contra la salud. 2 mil 777 de ellas están en prisiones locales y 241 en federales. En los últimos dos años ha crecido 103.3% el número de mujeres que han ingresado a prisión en el fuero común por delitos contra la salud.

Las mujeres acusadas que se involucran en estos delitos, por lo general son pobres, con poca educación y únicas responsables de sus hijos e hijas.

Algunas de las actividades que realizan son: el traslado de estupefacientes; la siembra, la cosecha y/o el cultivo de amapola o marihuana; el empaque de sustancias ilegales para su traslado y el resguardo de drogas en sus hogares.

En su mayoría, estas mujeres fueron víctimas de violaciones de derechos humanos. Solo el 1.3% fueron arrestadas con orden de detención por parte del Ejército. Las autoridades federales, en especial la Marina, utilizaron fuerza física y armas de fuego para someterlas.

Pecova sostiene que habría que preguntarse, ¿de qué sirve tener a estas mujeres en la cárcel? “No son un peligro, están por delitos no violentos, y los grupos del crimen organizado las reemplazan fácil, su encarcelamiento no afecta la operación del narcotráfico. Solo las exponen a más violaciones a sus derechos, además causan un impacto negativo en sus familias y se gastan impuestos por tenerlas en la cárcel”.

La otra falla del Estado

Abigail Sánchez tenía ocho días de nacida cuando su madre la dejó con su abuela. Vivían en una casa de madera y cartón. Casi no fue a la escuela. Para ella un hot dog era un pan con salsa. Conoció las pizzas solo porque su vecina le dejaba las orillas que no quería comerse, y que le aventaba desde la azotea para que ella tuviera que levantarlas del piso si las quería.

A la pobreza se sumaban los golpes frecuentes de la abuela. Abi sufrió abuso sexual en su adolescencia y vivió en la calle por algunos periodos. Después se fue a vivir con un hombre. Pero su condición económica no mejoró, él le daba 100 pesos a la semana para que resolviera los gastos de ella y tres hijos. No había para lujos ni para pizzas.

También en esa época a las carencias se sumaron los golpes. La pareja de Abi empezó a maltratarla. Ella se defendía cuando podía y en un par de ocasiones hasta lo amenazó con un cuchillo. Se separaron, pero el hombre convenció a los hijos de que se fueran con él, a vivir con su abuela paterna, dueña de una pequeña tienda de abarrotes. Abigail se quedó sola y sin dinero. Se unió con otro hombre, que tampoco ganaba mucho en su empleo de albañil.

Abi buscó trabajos, pero siempre tuvo un sueldo bajo. Se hartó. Su propia hermana le ofreció “trabajar” introduciendo droga en los penales. Estuvo en eso casi un año. “Con lo que ganaba pude ir a comer a un restaurante, comprarme ropa, golosinas, tener alguien que me hiciera la limpieza, todo eso que para algunos es algo tan fácil, pero para mí no. Hasta que me aprehendieron y acabé en Santa Martha”. Era abril de 2013.

Estuvo cinco años en prisión. Salió apenas hace un año ocho meses. Mientras ella estuvo en la cárcel, al hombre con el que vivía cuando empezó a introducir droga a los penales también lo detuvieron, lo acusaron de secuestro.

En las visitas que le hacía a la cárcel, se hizo amigo de la pareja de otra reclusa. “El hombre le pidió que le rentara un cuarto donde nosotros vivíamos y mi esposo le dijo que sí, como yo no estaba y él pasaba muchos días con mi cuñada, esa persona usó el cuarto para meter ahí a un muchacho al que secuestró”.

La policía llegó un día a la casa y al esposo lo involucraron en el secuestro. Durante su estancia en prisión, falleció, supuestamente de peritonitis, “yo estoy segura que lo patearon en el estómago hasta matarlo”, dice Abi.

Con su esposo muerto, y sin poder acercarse a sus hijos, porque su anterior pareja no se lo permitía, Abigail salió de la cárcel sin tener ningún familiar a quien recurrir. “Quien me ofreció su casa para quedarme fue una maestra de danza que conocí aquí en el penal, me tuvo ahí ocho meses sin cobrarme un peso. Si tengo trabajo es porque dos excompañeras de Santa Martha me consiguieron empleo para hacer limpieza en una casa”.

Eso es el otro problema, las mujeres salen de prisión con una condición mucho más vulnerable de aquella con la que ingresaron. “Las mujeres nos quedamos muy solas en la cárcel. De cada diez sentenciadas, un tercio no recibe visita nunca. El mismo porcentaje sale sin tener a dónde ir. Las sacan a mitad de la noche, sin un peso y sin nadie que las espere”, asegura Natacha Lopvet, fundadora de la Red de Justicieras, una organización que se creó como un espacio de convivencia y apoyo entre exreclusas.

Es la otra falla del Estado para con las mujeres en prisión. “Para nosotras no hay casas de medio camino, por ejemplo, en varios casos son las excompañeras las que te están esperando afuera y ven a dónde llevarte, en la red hacemos eso, porque sabemos que muchas no tienen ni siquiera a donde ir”.

La amnistía de AMLO

La iniciativa de Ley de Amnistía que presentó Andrés Manuel López Obrador beneficiará a las mujeres que estén en prisión ‘acusadas en el ámbito federal’ por poseer, transportar, vender, cultivar o introducir al país narcóticos, siempre que no hayan cometido delitos de sangre o con violencia, y que no sean reincidentes.

“Pero hay varias que lo son (hasta un 8% de acuerdo a datos de la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad , ENPOL 2016). Hay usuarias de drogas que tuvieron un contacto previo con el sistema de justicia pero las dejaron ir, reincidieron y acaban de entrar en la cárcel, ellas no califican para la amnistía”, explica Pecova.

Entérate: Qué sí y qué no propone la Ley de Amnistía enviada por AMLO al Congreso

Además, señala la activista, la parte de reinserción está ausente de esta iniciativa de ley. “No solo es la cuestión de sacarlas de la cárcel, necesitan acompañamiento para que no reincidan, para tratar su adicción si son usuarias. Si eso no está, la ley queda como una solución rápida, como un parche, pero no será efectiva ni duradera”.

Tanto Pecova como Lopvet hacen énfasis en la necesidad de una política pública que acompañe a las mujeres cuando dejan la prisión. “Salen incluso sin sus documentos, tardan meses en recuperar su INE, cómo van entonces a rentar un cuarto, a encontrar un trabajo, a recuperar a sus hijos si es que han perdido la custodia, si no tienen ni los papeles básicos”, pregunta Pecova.

Frente a esta problemática es que WOLA y Equis Justicia lanzaron la campaña #LiberarlasEsJusticia El contexto es la única diferencia, en la que le hacen tres propuestas al Estado mexicano:

1. Establecer un mecanismo legal para la liberación de las mujeres que están encarceladas y que han sido víctimas de la política de drogas, muchas de cuales están en situación de vulnerabilidad. La propuesta es que salgan todas.

2. Implementar estrategias integrales de reinserción social, para que las mujeres tengan más opciones de vida.

3. Transitar a políticas de drogas integrales, que prioricen la salud pública y los derechos humanos de las mujeres.

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¿Llegaron los humanos a su máximo de inteligencia (o puede seguir creciendo indefinidamente)?

Existen pruebas de que la inteligencia de los humanos aumentó durante el siglo XX. ¿A qué se debió? Y, ¿hasta qué punto este incremento se puede mantener en el tiempo? ¿Seremos más o menos inteligentes en el futuro?
28 de julio, 2019
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niños

Getty
¿Hemos llegado al tope de nuestra inteligencia?

Quizás no te hayas dado cuenta, pero estamos viviendo en una edad de oro intelectual.

Desde que se inventó el examen de inteligencia hace más de 100 años, nuestros puntajes de cociente intelectual (CI) han aumentado constantemente. Incluso la persona promedio de hoy en día habría sido considerada un genio en comparación con una persona nacida en 1919.

A este fenómeno se le llama el efecto Flynn, y quizás es hora de que lo disfrutemos mientras dure.

La evidencia más reciente sugiere que esta tendencia puede estar disminuyendo. De hecho, puede estar incluso invirtiéndose, lo que significa que ya hemos alcanzado la cima del potencial intelectual humano.

¿Podemos realmente haber alcanzado la inteligencia máxima? Y si ese es el caso, ¿qué puede significar este declive para el futuro de la humanidad?

Son pocos los expertos que dirían que los cambios más recientes del CI son producto de la evolución genética, ya que los lapsos son simplemente demasiado cortos.

Coeficiente intelectual

Tan solo hace 100 años los científicos inventaron el llamado cociente o coeficiente intelectual (CI) para medir el potencial intelectual de alguien.

El éxito de esta medición se basa en el hecho de que muchas habilidades cognitivas están correlacionadas. Por ejemplo, la capacidad de una persona para realizar un razonamiento espacial o un reconocimiento de patrones está vinculada a su capacidad matemática y su destreza verbal.

Por esta razón, se piensa que el coeficiente intelectual refleja una “inteligencia general”.

cerebro

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Las pruebas de CI pueden ser buenos indicadores de desempeño en muchas áreas.

Si bien las pruebas de CI son a menudo criticadas, una gran cantidad de investigaciones muestran que sus puntajes pueden ser indicadores de desempeño útiles en muchas tareas.

Son especialmente buenos para predecir el éxito académico (lo que no es sorprendente, dado que inicialmente fueron diseñados para ser utilizados en las escuelas), pero también predicen la rapidez con la que alguien adquiere nuevas habilidades en el trabajo.

No son una medida perfecta, y muchos otros factores también determinarán el éxito, pero en general muestran una diferencia significativa en la capacidad de las personas para aprender y procesar información compleja.

El aumento de los coeficientes intelectuales parece haber comenzado a principios del siglo XX, pero es relativamente reciente que los psicólogos han empezado a prestarle mucha atención al fenómeno.

Esto se debe a que los puntajes de CI están “estandarizados”, lo que significa que después de que las personas toman la prueba, sus puntajes brutos se transforman para garantizar que la mediana de la población siempre se mantenga en 100.

Esto permite comparar a las personas que tomaron diferentes formas de la prueba de CI, pero a menos que se mire la fuente de los datos, no se notarán diferencias entre generaciones.

Y cuando el investigador James Flynn observó los puntajes en el último siglo, descubrió un aumento constante, el equivalente a alrededor de tres puntos por década.

Hoy, eso ha sumado un aumento de hasta 30 puntos en algunos países.

¿A qué se debe el efecto Flynn?

Aunque la causa del efecto Flynn sigue siendo un tema de debate, se debe a múltiples factores del entorno y no a un cambio genético.

Quizás la mejor comparación sea nuestro cambio de altura: por ejemplo, somos 11 cm más altos que en el siglo XIX, pero eso no significa que nuestros genes hayan cambiado; solo significa que nuestra salud general ha cambiado.

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Aún no está clara la causa del efecto Flynn.

De hecho, algunos de los mismos factores pueden subyacer a ambos cambios. Los avances de la medicina, la reducción de las infecciones infantiles y dietas más nutritivas, ayudaron a nuestros cuerpos a crecer más y a nuestros cerebros a ser más inteligentes, por ejemplo.

Algunos sostienen que el aumento en el coeficiente intelectual también podría deberse a una reducción del plomo en la gasolina, que pudo haber atrofiado el desarrollo cognitivo en el pasado. Cuanto más limpios son nuestros combustibles, más inteligentes nos volvemos.

Sin embargo, es poco probable que este sea el panorama completo, ya que nuestras sociedades también han visto enormes cambios en nuestro entorno intelectual, que ahora puede formar pensamiento abstracto y razonamiento desde una edad temprana.

En educación, por ejemplo, a la mayoría de los niños se les enseña a pensar en términos de categorías abstractas (si los animales son mamíferos o reptiles, por ejemplo).

También nos apoyamos en un pensamiento cada vez más abstracto para hacer frente a la tecnología moderna.

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Nuestra cultura puede moldear nuestras mentes de maneras misteriosas.

Solo piensa en una computadora y en todos los símbolos que debes reconocer y manipular para realizar incluso la tarea más simple. Crecer inmerso en este tipo de pensamiento debería permitir a todos cultivar las habilidades necesarias para desempeñarse bien en una prueba de CI.

Cualquiera que sea la causa del efecto Flynn, existe evidencia de que es posible que ya hayamos llegado al final de esta era, con el aumento del CI estancado e incluso revertido.

Si nos fijamos en Finlandia, Noruega y Dinamarca, por ejemplo, el punto de inflexión parece haber ocurrido a mediados de los años 90, después de lo cual el coeficiente intelectual promedio se redujo en alrededor de 0.2 puntos por año. Eso equivaldría a una diferencia de siete puntos entre generaciones.

Estas tendencias son aún más difíciles de explicar que el efecto Flynn, en parte porque han surgido recientemente. Una posibilidad es que la educación se haya vuelto un poco menos estimulante de lo que alguna vez fue, o al menos, no se ha enfocado en las mismas habilidades.

Algunas de las pruebas de coeficiente intelectual utilizadas han evaluado la aritmética mental de las personas, por ejemplo, pero como me indica Ole Rogeberg de la Universidad de Oslo, es probable que ahora los estudiantes estén más acostumbrados al uso de calculadoras.

Por ahora, parece claro que nuestra cultura puede moldear nuestras mentes de maneras misteriosas.

¿De qué sirve ser más inteligentes?

Si bien los científicos continúan descifrando las causas de esas tendencias, vale la pena preguntarse qué significan estos cambios en el coeficiente intelectual para la sociedad en general.

¿El aumento del coeficiente intelectual producto del efecto Flynn nos ha traído los beneficios que podríamos haber esperado? Y si no, ¿por qué no?

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¿Qué beneficios nos ha traído el aumento del CI?

Un número especial del Journal of Intelligence recientemente se hizo esa pregunta, y en el editorial, Robert Sternberg, psicólogo de la Universidad de Cornell, escribió:

Las personas probablemente son mejores para descifrar complejos teléfonos celulares y otras innovaciones tecnológicas de lo que hubieran sido a comienzos del siglo XX. Pero en términos de nuestro comportamiento como sociedad, ¿están impresionados con [los beneficios ] que nos han traído 30 puntos ? Las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016 fueron probablemente tan pueriles como ninguna en nuestra historia… Además, un mayor coeficiente intelectual no ha traído consigo soluciones para ninguno de los principales problemas del mundo o del país: aumento de las disparidades de ingresos, pobreza generalizada, cambio climático, contaminación, violencia, muertes por opioides, entre otros.

Quizás Sternberg es demasiado pesimista. La medicina ha logrado grandes avances en la reducción de problemas como la mortalidad infantil, por ejemplo, y si bien la pobreza extrema no se ha resuelto, ha disminuido a nivel mundial.

Esto sin mencionar los enormes beneficios de los avances tecnológicos y científicos que, por supuesto, se han basado en una fuerza laboral inteligente.

Sin embargo, Sternberg no está solo al preguntarse si el efecto Flynn realmente representó una mejora profunda en nuestra capacidad intelectual. El mismo James Flynn ha argumentado que probablemente se limita a algunas habilidades específicas de razonamiento.

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Ser más inteligente no significa necesariamente ser más creativos.

De la misma manera en que algunos ejercicios físicos pueden desarrollar diferentes músculos sin aumentar el estado físico general, hemos estado ejercitando ciertos tipos de pensamiento abstracto, pero eso no necesariamente ha mejorado todas las habilidades cognitivas por igual.

Y algunas de esas otras habilidades, menos cultivadas, podrían ser esenciales para mejorar el mundo en el futuro.

Miremos la creatividad, por ejemplo. Cuando investigadores como Sternberg discuten sobre creatividad, no solo hablan de expresión artística, sino de habilidades más fundamentadas. ¿Con qué facilidad puede generar soluciones novedosas a un problema? Y ¿qué tan bueno es su “pensamiento contrafactual”?, es decir, la capacidad de considerar escenarios hipotéticos que aún no han ocurrido.

La inteligencia sin duda debería ayudarnos a ser más creativos, pero no vemos un aumento del pensamiento creativo individual a medida que aumentó el CI.

Lo que sea que haya causado el efecto Flynn, no nos ha llevado a pensar en formas nuevas y originales.

Luego está la cuestión de la racionalidad: qué tan bien puedes tomar decisiones óptimas, sopesando la evidencia y descartando la información irrelevante.

¿Entre más inteligente, más creativo?

Podría suponerse que cuanto más inteligente sea una persona, más racional será, pero no es tan sencillo.

Si bien un coeficiente intelectual más alto se correlaciona con habilidades como la habilidad numérica, que es esencial para comprender las probabilidades y sopesar los riesgos, todavía hay muchos elementos de toma de decisiones racionales que no pueden explicarse por la falta de inteligencia.

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La falta de racionalidad y pensamiento crítico puede explicar varios de nuestros fallos como sociedad.

Miremos los sesgos cognitivos, por ejemplo. Algo que se presenta como “95% sin grasa” suena más saludable que “5% de grasa”, por ejemplo, un fenómeno conocido como el “efecto marco”.

Ahora está claro que un alto coeficiente intelectual sirve de poco para ayudar a evitar este tipo de fallos, lo que significa que incluso las personas más inteligentes pueden dejarse engañar por los mensajes engañosos.

Las personas con un alto coeficiente intelectual también son susceptibles al sesgo de confirmación: nuestra tendencia a considerar solo la información que respalda nuestras opiniones preexistentes, mientras que ignoramos los hechos que podrían contradecir nuestras opiniones.

Ese es un problema serio cuando empezamos a hablar de cosas como la política.

Un alto coeficiente intelectual tampoco puede protegerte del “sesgo de los costos irrecuperables”, que es la tendencia a seguir invirtiendo recursos en un proyecto fallido, incluso si sería mejor reducir las pérdidas.

Este fue el sesgo que llevó a los gobiernos británico y francés a continuar financiando los aviones Concorde, a pesar de la creciente evidencia de que sería un desastre comercial.

Las personas altamente inteligentes tampoco son mucho mejores en las pruebas de “descuento temporal”, que implican renunciar a las ganancias a corto plazo para obtener mayores beneficios a largo plazo. Eso es esencial si quieres asegurar tu comodidad para el futuro.

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La vida moderna no parece haber corregido nuestras tendencias irracionales.

Además de la resistencia a este tipo de sesgos, también existen habilidades de pensamiento crítico más generales, como la capacidad para desafiar suposiciones, identificar información faltante y buscar explicaciones alternativas para los sucesos antes de sacar conclusiones.

Estas habilidades son cruciales, pero no se correlacionan muy fuertemente con el coeficiente intelectual, y no necesariamente se adquieren con la educación superior.

Dadas estas correlaciones menos claras, tendría sentido que el aumento en el coeficiente intelectual no haya sido acompañado por una mejora igualmente milagrosa en todo tipo de toma de decisiones.

Como lo explico en mi libro sobre el tema, la falta de racionalidad y pensamiento crítico puede explicar por qué el fraude financiero sigue siendo un lugar común, y la razón por la que millones de personas gastan dinero en medicinas sin base científica o toman riesgos innecesarios para la salud.

En nuestra sociedad, esto puede llevar a errores médicos o fallos de justicia errados. Incluso puede haber contribuido a desastres como derrames de petróleo y crisis financieras mundiales.

También está contribuyendo a la difusión de noticias falsas y la enorme polarización política en temas como el cambio climático, que nos impide encontrar una solución concertada antes de que sea demasiado tarde.

Reevaluar nuestra forma de pensar

Si consideramos el alcance de la historia humana hasta la fecha, podemos ver cómo nuestros cerebros crecieron para vivir en sociedades cada vez más complejas. Y la vida moderna, si bien nos permite pensar de manera más abstracta, no parece haber corregido nuestras tendencias irracionales.

Hemos asumido que las personas inteligentes naturalmente absorben la buena toma de decisiones a lo largo de la vida, pero está claro que no es así.

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El fin de la era dorada del intelecto en realidad podría ser solo su comienzo.

Mirando hacia el futuro, el “efecto Flynn inverso” y la posible caída de los coeficientes intelectuales deberían hacernos evaluar las formas en que usamos nuestros cerebros.

Prevenir un mayor descenso sin duda debería ser una prioridad para el futuro, pero también podríamos hacer un esfuerzo más concertado y deliberado para mejorar esas otras habilidades esenciales que no necesariamente vienen con un mayor coeficiente intelectual.

Ahora sabemos que este tipo de pensamiento puede enseñarse, pero necesita una instrucción deliberada y cuidadosa.

Estudios prometedores sobre la toma de decisiones por ejemplo, sugieren que los errores cognitivos comunes pueden evitarse si se enseña a ser más reflexivos sobre el pensamiento. Eso podría salvar innumerables vidas.

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Quizás es hora de evaluar la forma en que usamos nuestro cerebro.

¿Por qué no enseñar estas habilidades en la educación temprana?

Wandi Bruine de Bruin, de la Escuela de Negocios de la Universidad de Leeds y sus colegas han demostrado que las discusiones sobre los errores en la toma de decisiones pueden incorporarse en el currículo de historia de los estudiantes de secundaria, por ejemplo.

Sus investigaciones mostraron que hacerlo no solo mejora el desempeño en posteriores pruebas de racionalidad; también aumenta el aprendizaje de los hechos históricos.

Otros han intentado revitalizar la enseñanza del pensamiento crítico en escuelas y universidades; por ejemplo, una discusión sobre teorías de conspiración enseña a los estudiantes los principios del buen razonamiento, como identificar las falacias lógicas comunes y cómo evaluar las evidencias.

Habiendo tomado esas lecciones, los estudiantes parecen ser más escépticos sobre la información errónea en general, incluidas las noticias falsas.

Estos éxitos son solo una pequeña muestra de lo que se puede hacer, si a la racionalidad y al pensamiento crítico se les da el mismo tipo de respeto que tradicionalmente hemos brindado a nuestras otras capacidades cognitivas.

Idealmente, podríamos comenzar a ver un fuerte aumento de la racionalidad, e incluso de la sabiduría, en conjunto con el efecto Flynn. Si es así, el fallo temporal en nuestras puntuaciones de CI no debe significar el final de una edad de oro intelectual, sino su comienzo.

Puedes leer la versión original de este artículo en inglés en BBC Future.


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https://www.youtube.com/watch?v=0erzbX0Kg3k&t=15s

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