Familia salvadoreña se reencontrará después de 30 años en la caravana de migrantes desaparecidos
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Familia salvadoreña se reencontrará después de 30 años en la caravana de migrantes desaparecidos

Lilián Esperanza buscaba desaparecidos durante la guerra de El Salvador pero fue detenida por su actividad humanitaria en 1987. Envió a sus hijos al norte para protegerles. No volvió a saber de ellos hasta 2015. Ahora volverán a abrazarse dentro de la caravana de madres.
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15 de noviembre, 2019
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En menos de 10 días, una madre abrazará a sus dos hijos después de 31 años sin verse.

Todos ellos son salvadoreños, pero el encuentro será en Marín, Nuevo León, muy cerca de Monterrey. 

Lilián Esperanza Alvarado es la madre. Dalinda Mayela y Salvador Isidro Segovia Alvarado son sus hijos. Se darán un abrazo pendiente desde el 22 de marzo de 1988. 

Aquel día, los hijos, que entonces tenían 9 y 7 años, marcharon con destino a Estados Unidos junto a su padre, Isidro Salvador, su tío, Dimas Blasco, y otra persona. Lograron su objetivo, cruzar al “gabacho”, pero no se adaptaron. Así que se dieron la vuelta. 

Toda su vida se ha desarrollado en México. 

Será un abrazo separado por tres décadas, una guerra, dos fronteras, leyes migratorias y los 2576.7 kilómetros que separan Marín, en Nuevo León, de Ilopango, en El Salvador.

“Me siento emocionada, me siento muy feliz, tengo un montón de mezclas de pensamientos, de sentimientos… ¡se fueron muy pequeñitos, los busqué toda la vida!”, dice Lilián Esperanza, de 61 años, desde Ciudad de Guatemala, donde espera para realizar  las más de siete horas hasta la frontera y cruzar por primera vez en su vida a México.

“Trato de no pensarlo tanto, pero ahora, solo de hablarlo, se me corta la respiración”, dice Dalinda Mayela, de 39 años, desde Zuazua, en Nuevo León, donde reside con su esposo y sus dos hijos.

Hace cuatro años retomaron el contacto gracias a un mensaje de Facebook. 

Publicación en Facebook

Hace cuatro años retomaron el contacto gracias a un mensaje de Facebook.

“Necesito encontrar a dos personas ellas se llaman delinda mayela segovia alvarado y salvador isidro segovia alvarado”, dice el primer mensaje, escrito el 23 de septiembre de 2012.

Al tiempo, su hija Dalinda, que se había dejado los dedos escribiendo el nombre de su madre en todas las redes sociales, dará con el post.

“Hola, soy tu hija”.

No fue hasta 2015 que volvieron a hablar, siempre por teléfono.

Cuatro años después podrán abrazarse. El Movimiento Migrante Mesoamericano gestiona los permisos y las visas a los que no podrían acceder por sí mismas, ni siquiera para ver a sus hijos perdidos.

Este 15 de noviembre comienza en Tapachula la caravana de madres de desaparecidos que todos los años organiza este movimiento. En ella participa medio centenar de personas, con 10 representantes de Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador. Por delante, casi 5 mil kilómetros a través de todo México y cuatro abrazos como el de Lilián Esperanza, Dalinda Mayela y Salvador Isidro. Los reencuentros tendrán lugar en Chiapas, Nuevo León y Veracruz.

Esta es la 15 edición de la caravana. En ella, las madres celebrarán actos con organizaciones sociales y realizarán búsquedas en plazas, centros penitenciarios u hospitales. Marta Sánchez, cofundadora del movimiento, explica que en estos tres lustros han ayudado a localizar a 300 personas en vida y a otra más que había fallecido. Dice que la mayor parte de personas localizadas llevaban más de 10 años sin comunicarse con sus familiares. Ella sabe bien qué es tener que marcharse fuera de casa. Viene de una familia de republicanos españoles que tuvieron que huir cuando triunfó el golpe militar de Francisco Franco y se desató la represión contra cientos de miles de personas. 

La buscadora de detenidos que es detenida en la guerra

“Lo que sucedió fue que yo fui capturada. Yo era miembro de CoMadres (comité de madres y parientes de prisioneros, desaparecidos y mártires políticos de El Salvador), una organización que perseguían por ser supuestamente política”, explica Lilián Esperanza, recordando por qué se vio obligada a dejar marchar a sus hijos. 

CoMadres fue un colectivo auspiciado por el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado en marzo de 1980 y canonizado en 2018. Su objetivo: buscar a familiares detenidos o desaparecidos durante el conflicto armado en El Salvador. Por ejemplo, Miguel y Salvador Mendoza, tíos de Lilian Esperanza, de los que nunca se volvió a saber nada.  

El conflicto armado en El Salvador, entre 1979 y 1992, dejó al menos 75 mil muertos según la Comisión de la Verdad auspiciada por la ONU, más de 8 mil desaparecidos y una cifra inabarcable de salvadoreños que escaparon para evitar convertirse en muertos o desaparecidos.

Algunos, como Lilián Esperanza, buscaban detenidos y se convertían ellos mismos en los arrestados. 

“Querían vincularme con la cuestión armada del FMLN, pero yo pertenecía a CoMadres pero nunca toque un arma. El problema era la situación de violencia del país, le obligaba a uno a involucrarse”, dice la mujer.

“Fueron muchas personas capturadas que no habían participado en nada. Los capturaban y los mataban. Gracias a Dios que a mí me capturaron. Tuve la oportunidad de que me soltaran después de tres días y eso me puso muy preocupada”, dice.

Al final, 72 horas en manos de los uniformados, en algún momento entre septiembre y octubre de 1987. 

Tres días que terminarían por transformarle las siguientes tres décadas.

“Me consideraba un peligro para mis hijos. Consideraba que en una próxima captura me agarrarían y me los harían daño. Así que tuve que protegerlos, soltarlos, que se los llevara su padre, supuestamente a Estados Unidos”, dice la mujer.

Para su hija los recuerdos son más borrosos. En el fondo, era solo una niña. 

“No nos dábamos cuenta del peligro. Simplemente, que nuestra vida era que andábamos de aquí para allá, vivíamos en una casa, yo no entendía nada, lo más que escuchaba a mi mamá y mi papá platicar como que ellos tenían miedo”, explica. Sí que recuera un día en el que salió de la casa por la curiosidad de ver a los soldados y tuvo que vérselas con el enfado de su madre. También recuerda el compromiso, las huelgas de hambre, las protestas. Aunque, en el fondo, era solo una niña y lo que ocurría a su alrededor, un juego.

“Hasta que llegué a México no me di cuenta de que mi país estaba en guerra”.

Dalinda no tiene en la memoria qué día marchó de su casa en Ilopango.

A Lilián Esperanza pareciera que se lo hubiesen tatuado: 22 de marzo de 1988. 

Dalinda sí tiene memoria para lo que sintió en ese momento. “Son recuerdos que a uno le quedan. Ese día salimos y mi mamá se quedó llorando. Nosotros contentos, como niños, con la inocencia que uno tiene. Nos dijeron que íbamos a pasear, que íbamos a ver a una tía en Estados Unidos”, explica. Para llegar a México tuvo que atravesar Guatemala, que en aquellos momentos también se desangraba en un conflicto armado entre Ejército y guerrilla que terminaría siendo calificado como genocidio por la ONU. 

Una madre que se queda sola en casa.

Dos hijos y un padre que atraviesan un largo y peligroso camino hacia el norte sin saber qué es lo que pueden encontrarse en el futuro.

La historia reciente de Centroamérica en una familia salvadoreña. 

“Malas decisiones” y una cabina de teléfono que no vuelve a sonar

Los caminos de Lilián Esperanza, de Dalinda y de Salvador Isidro se separan definitivamente en algún momento de 1989. En aquel entonces, a El Salvador todavía le quedaban tres años de guerra y atrocidades como la matanza de los jesuitas en la Universidad Centro Americana de San Salvador, perpetrada el mismo año en el que la familia tuvo que vivir con kilómetros de por medio. 

En los primeros tres meses, dice Lilian Esperanza, aún hablaban por teléfono. Dalinda recuerda la cabina a la que su padre les llevaba para mantener brevísimas conversaciones con su madre. Ella recuerda aquella última plática en la que mantuvo un desencuentro con su antigua pareja. 

No volvió a llevarlas a comunicar.

Dalinda, una de las damnificadas, dice que su padre “tomó malas decisiones”. Pero asegura que es cristiana y que le perdona. Lilián Esperanza insiste en que no dejó de buscarles, ni por un segundo. Y suspira, porque va a poder abrazarles. 

“Era una sensación de temblar, de no poder creerlo. Hasta estoy temblando ahorita”, dice sobre el momento en que vio aquel post de Facebook. 

“Abro su perfil, veo el perfil y lo primero que ella publica, cuando empezó me doy cuenta de que la primera era ‘ayúdenme a buscar a mis hijos’”.

Así empezó a mandar mensajes.

Y contactó. 

“Tengo paz en mi corazón, con la esperanza de verlos, abrazarlos, sentirlos”, dice la madre. “Mi corazón se va a sentir descansado y feliz de que mi sueño se haya cumplido. Es una incertidumbre, de pesadillas, de sueños horribles”, afirma.

“La caravana de madres busca enviar un fuerte mensaje de repudio a los poderes mundiales, gobiernos e instituciones. Decirles que sus modelos de gestión de la migración, lo que asumen erróneamente como un problema, agravan criminalmente la situación que ellos mismos causan en esta era de acumulación capitalista por despojo y violencia y que no lograran, por más muertos que produzcan, ordenar y controlar los flujos migratorios”, dice el comunicado con el que arranca la marcha. 

Hace un año, la caravana coincidió con otra larga marcha, la de los miles de hombres, mujeres y niños que atravesaron México con destino a Estados Unidos. Ahora el contexto es diferente. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador firmó un acuerdo con el ejecutivo de Donald Trump para frenar el flujo procedente de Centroamérica. Entre enero y septiembre de este año, México expulsó a 13 mil 114 salvadoreños de los más de 100 mil centroamericanos devueltos. Entre ellos estaba Isidro Salvador, el padre de Dalinda y Salvador Isidro. 

“Seguimos con pobreza, con muertos, con desaparecidos”, se queja Lilián Esperanza sobre los tiempos actuales en El Salvador, pero también de Guatemala, Honduras, Nicaragua. 

Su segundo nombre le viene como anillo al dedo. Ella no la perdió y en menos de 10 días abrazará a sus hijos después de enviarlos fuera por miedo a perderlos definitivamente.

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Un Chernóbil en cámara lenta en el fondo del mar: los submarinos que Rusia se prepara para recuperar

Debajo de algunos de los sitios de pesca más activos del mundo, los submarinos radioactivos de la era soviética yacen desintegrados en el fondo marino. Décadas más tarde, Rusia se prepara para recuperarlos.
5 de septiembre, 2020
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Por tradición, los rusos siempre llevan un número impar de flores a una persona viva y un número par a una tumba o monumento.

Pero cada dos días, Raisa Lappa, de 83 años, coloca tres rosas o gladiolos junto a la placa a su hijo Sergei en su ciudad natal, Rubtsovsk, como si no se hubiera hundido con su submarino durante una desafortunada operación de remolque en el océano Ártico en 2003.

“Tengo momentos en los que no soy normal, me vuelvo loca y pareciera que él está vivo, así que traigo un número impar“, dice.

“Deberían reflotar el bote (el submarino), para que las madres podamos poner los restos de nuestros hijos (a reposar) en la tierra, y eso tal vez podría darme un poco más de paz”, agrega.

Después de 17 años de promesas incumplidas, finalmente podrá ver su deseo hecho realidad, pero no porque los huesos del capitán Sergei Lappa y los otros seis miembros de la tripulación preocupen.

Con un borrador de decreto publicado en marzo, el presidente ruso Vladimir Putin puso en marcha una iniciativa para reflotar dos submarinos nucleares soviéticos del fondo limoso, reduciendo la cantidad de material radiactivo en el océano Ártico en un 90%.

El primero en la lista es el K-159 de Lappa.

Antes de que a Rusia le toque presidir el Consejo Ártico el próximo año, el mensaje que llega parece ser que el país no solo es una potencia comercial y militar en un Ártico que se calienta, sino que también es un protector del medio ambiente.

Familiares de las personas que fallecieron en la tragedia del submarino de Kursk se reúnen para un evento conmemorativo.

Getty Images
Después de 17 años, Vladimir Putin puso en marcha una iniciativa para reflotar dos submarinos nucleares soviéticos.

El K-159 se encuentra en las profundidades marinas a las afueras de Murmansk en el Mar de Barents, la zona de pesca de bacalao más lucrativa del mundo y también un hábitat importante de eglefino, cangrejo real rojo, morsas, ballenas, osos polares y muchos otros animales.

Al mismo tiempo, Rusia lidera otra “nuclearificación” del Ártico con nuevos barcos y armas, dos de los cuales ya sufrieron accidentes.

Legado en decadencia

Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética construyeron más de 400 submarinos de propulsión nuclear, lo que daba a los adversarios una forma de tomar represalias incluso si sus silos de misiles y bombarderos estratégicos habían sido eliminados en un primer ataque repentino.

A solo 97 km de la frontera con Noruega, miembro de la OTAN, el puerto ártico de Murmansk y las bases militares circundantes se convirtieron en el centro de la armada nuclear y de los rompehielos de la URSS, así como de su combustible altamente radiactivo derramado.

Después de que cayó el Telón de Acero, las consecuencias salieron a la luz.

Pueblo pesquero en el Ártico.

Getty Images
En el Mar de Barents, como en otros sitios del Ártico, la actividad pesquera es muy activa. Sin embargo, están muy cerca de los submarinos nucleares en descomposición en el lecho marino.

Por ejemplo, en 1982, en la bahía de Andreyeva, unas 600.000 toneladas de agua tóxica se filtraron en el mar de Barents desde una piscina de almacenamiento nuclear. El combustible derramado de más de 100 submarinos se mantuvo en parte en recipientes oxidados a cielo abierto.

Por temor a la contaminación, Rusia y varios países occidentales se embarcaron en una limpieza profunda, gastando casi US$1.300 millones para desmantelar 197 submarinos nucleares soviéticos, deshacerse de las baterías con el metal estroncio de unas 1.000 balizas de navegación y empezar a retirar combustible y desechos de la Bahía de Andreyeva y de otros tres sitios costeros peligrosos.

Sin embargo, como en otros países, los desechos nucleares soviéticos también se arrojaron al mar, y ahora el foco se trasladó allí.

Un estudio de viabilidad de 2019, realizado por un consorcio que incluye a la firma británica de seguridad nuclear Nuvia, encontró 18.000 objetos radiactivos en el océano Ártico, entre ellos 19 buques y 14 reactores.

Si bien la radiación emitida por la mayoría de estos objetos es baja gracias a la acumulación de sedimento, el estudio encontró que 1.000 todavía tienen niveles elevados de radiación gamma.

El 90% de esto está contenido en seis objetos que la corporación nuclear estatal rusa Rosatom sacará del agua en los próximos 12 años, según le dijo Anatoly Grigoriev, jefe de asistencia técnica internacional de Rosatom, a Future Planet de la BBC.

"Contienen una gran cantidad de combustible nuclear gastado que en el futuro seguramente se filtrará al medio ambiente".", Source: Ingar Amundsen, Source description: Jefe de seguridad nuclear internacional de la Autoridad Noruega de Seguridad Radiológica y Nuclear, Image: Vista aérea del Monasterio Solovetsky.

Se trata de dos submarinos nucleares y compartimentos de reactores de otros tres submarinos nucleares y el rompehielos Lenin.

“Consideramos que incluso la probabilidad extremadamente baja de que se produzcan fugas de material radiactivo de estos objetos representa un riesgo inaceptable para los ecosistemas del Ártico”, dijo Grigoriev en un comunicado.

Nunca se ha llevado a cabo una limpieza nuclear tan radical en el mar.

La recuperación de los compartimentos del reactor implicará trabajos de salvataje en aguas gélidas que son seguras para tales operaciones sólo tres o cuatro meses al año.

Los dos submarinos nucleares, que en conjunto contienen un millón de curios de radiación, o aproximadamente una cuarta parte de la liberada en el primer mes del desastre de Fukushima, plantearán un desafío aún mayor.

Uno de ellos es el K-27, alguna vez conocido como el “pez dorado” por su alto costo.

El submarino de ataque de 360 pies de largo (118 metros) -un submarino diseñado para cazar otros submarinos- estuvo plagado de problemas desde su lanzamiento en 1962 con sus reactores experimentales refrigerados por metal líquido.

Uno de ellos se rompió seis años después y expuso a nueve marineros a dosis fatales de radiación.

Submarino soviético.

Getty Images
Algunos submarinos soviéticos, como el K-159, similar a este submarino de la clase November, se están pudriendo en el fondo del mar.

En 1981 y 1982, la marina llenó el reactor con asfalto y lo hundió al este de la isla Novaya Zemlya a apenas 108 pies (33 m) de profundidad.

Un remolcador tuvo que embestir la proa después de que un agujero en los tanques solo hundiera el extremo de popa.

El K-27 se hundió después de que se instalaron algunas medidas de seguridad que deberían mantener el naufragio a salvo hasta 2032.

Pero otro incidente es más alarmante.

El K-159, un submarino de ataque de la clase November de 350 pies (107 m), estuvo en servicio desde 1963 hasta 1989.

Se hundió sin previo aviso, enviando 800 kg de combustible de uranio al fondo marino, justo por debajo de la actividad pesquera y de rutas marítimas al norte de Murmansk.

Thomas Nilsen, editor del medio en línea The Barents Observer, describe los submarinos como un “Chernóbil en cámara lenta en el fondo del mar”.

"Para todos los familiares sería un alivio si sus padres y maridos fueran enterrados, y no que solo estén en el fondo de un casco de acero".", Source: Dmitry Gurov, Source description: , Image: Un militar asiste a un evento conmemorativo.

Ingar Amundsen, jefe de seguridad nuclear internacional de la Autoridad Noruega de Seguridad Radiológica y Nuclear, dice que no es una cuestión de si ocurrirá o no, sino de cuándo sucederá que los submarinos hundidos contaminen las aguas si se dejan como están.

“Contienen una gran cantidad de combustible nuclear gastado que en el futuro seguramente se filtrará al medio ambiente, y sabemos por experiencia que solo pequeñas cantidades de contaminación en el medio ambiente generarían problemas y consecuencias económicas para los productos marinos y la industria pesquera”, analiza.

“Agosto maldito”

Sergei Lappa nació en 1962 en Rubtsovsk, una pequeña ciudad en las montañas de Altai cerca de la frontera con Kazajstán.

Aunque estaba a miles de kilómetros del océano más cercano, cultivó un interés por la navegación y después de la escuela fue aceptado en la academia superior de ingeniería naval en Sebastopol, en Crimea.

Alto, atlético y buen estudiante, fue asignado al servicio más prestigioso de la marina: la Flota Submarina del Norte.

Submarino K-159

Nucelar-Submarine-Decommissioning.ru
La operación de remolque del K-159 se vio afectada por el mal tiempo y el submarino terminó hundido.

Sin embargo, tras la desintegración de la Unión Soviética, el ejército entró en un declive que se reveló al mundo cuando el submarino de ataque de primera línea Kursk se hundió con 118 tripulantes a bordo en agosto de 2000.

Para entonces, Lappa estaba a cargo del K-159, que se había estado oxidando desde 1989 en un muelle en la aislada ciudad naval de Gremikha, apodada la “isla de los perros voladores” por sus fuertes vientos.

En la mañana del 29 de agosto de 2003, llegó la demorada orden de remolcar el decrépito K-159, que había sido amarrado a cuatro pontones de 11 toneladas con cables para mantenerlo a flote durante la operación.

El destino era una base cerca de Murmansk para su desmantelamiento, a pesar de que había pronóstico de viento.

Con los reactores apagados, Lappa y su tripulación de nueve ingenieros operaban el barco con una linterna.

Cuando el submarino fue remolcado cerca de la isla de Kildin a la medianoche, los cables de los pontones de proa se rompieron en un mar embravecido y media hora después se descubrió que el agua entraba en el octavo compartimento.

Pero mientras el cuartel general luchaba con la decisión de lanzar un costoso helicóptero de rescate, la tripulación siguió tratando de mantener el submarino a flote.

A las 2:45 de la madrugada, Mikhail Gurov envió una última transmisión de radio: “¡Nos estamos inundando, hagan algo!”

Para cuando llegaron los botes de rescate del remolcador, el K-159 estaba en el fondo cerca de la isla Kildin.

De los tres marineros que lograron salir, el único superviviente fue el teniente mayor Maxim Tsibulsky, cuya chaqueta de cuero se había llenado de aire y lo había mantenido a flote.

Map: Mar de Barents

Otro submarino nuclear se había hundido durante el mes “maldito” de agosto, escribieron los periódicos rusos, pero el incidente provocó poca atención en comparación con el Kursk.

La marina prometió a sus familiares que reflotarían el K-159 el año siguiente, pero luego retrasó repetidamente el proyecto.

Incluso después de 17 años de búsqueda y corrosión, es probable que al menos los huesos de la tripulación permanezcan en el submarino, según Lynne Bell, antropóloga forense de la Universidad Simon Fraser, de Canadá.

Pero las familias hace tiempo que han perdido la esperanza de recuperarlos.

“Para todos los familiares sería un alivio si sus padres y maridos fueran enterrados, y no que solo estén en el fondo de un casco de acero”, dice el hijo de Gurov, Dimitri.

“Solo que nadie cree que esto suceda”.

Lyudmila Zibulskaya, la madre del teniente Maxim Zybylski, el único sobreviviente del K-159.

Getty Images
Los familiares de quienes iban a bordo del K-159 recibieron pocas respuestas sobre cómo y cuándo se podría reflotar el submarino.

Sin embargo, la situación ahora ha cambiado, ya que el interés de Rusia se reaviva en el Ártico y en sus desmoronados puertos y ciudades militares soviéticas.

Desde 2013, se han construido siete bases militares árticas y dos terminales petroleras como parte de la Ruta del Mar del Norte, una ruta más corta a China que Putin ha prometido que tendrá 80 millones de toneladas de tráfico para 2025.

El K-159 se encuentra debajo del agua en la parte este del final de la ruta.

Minimizar el riesgo

Rusia, Noruega y otros países cuyos barcos de pesca surcan las ricas aguas del mar de Barents ahora se han encontrado con la espada de Damocles colgando sobre sus cabezas.

Aunque una expedición ruso-noruega de 2014 al K-159 analizó el agua, el fondo marino y animales, como un ciempiés marino, y no encontró radiactividad por encima de los niveles naturales.

Un experto del Instituto Kurchatov de Moscú dijo en ese momento que una falla en la contención del reactor “podría suceder 30 años después de hundirse en el mejor de los casos; y después de 10 años en el peor”. Eso liberaría cesio-137 y estroncio-90 radiactivos, entre otros isótopos.

Si bien el gran tamaño de los océanos diluye rápidamente la radiación, incluso niveles muy pequeños pueden concentrarse en los animales en la parte superior de la cadena alimentaria a través de la “bioacumulación” y luego ser ingeridos por los humanos.

Pero las consecuencias económicas para la industria pesquera del Mar de Barents, “quizás sean peores que las consecuencias medioambientales”, dice Hilde Elise Heldal, científica del Instituto de Investigación Marina de Noruega.

Submarinos rusos siendo remolcados.

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No hay barco en el mundo capaz de levantar el K-159, por lo que se tendría que construir un buque de salvataje especial.

Según sus estudios, si todo el material radiactivo de los reactores del K-159 se liberara, aumentaría los niveles de cesio-137 en los músculos del bacalao en el este del Mar de Barents al menos 100 veces. (Al igual que una fuga del Komsomolets, otro submarino soviético hundido cerca de Noruega que no está programado para ser reflotado).

Aún estaría por debajo de los límites establecidos por el gobierno noruego después del accidente de Chernóbil, pero podría ser suficiente para asustar a los consumidores.

Más de 20 países continúan prohibiendo los productos del mar japoneses, por ejemplo, a pesar de que los estudios no han logrado encontrar concentraciones peligrosas de isótopos radiactivos en los peces depredadores del Pacífico después del accidente de la planta de energía nuclear de Fukushima en 2011.

Cualquier prohibición de la pesca en los mares de Barents y Kara podría costarle a las economías rusa y noruega unos US$140 millones al mes, según un estudio de viabilidad de la Comisión Europea.

Submarino soviético en descomposición.

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El desmantelamiento de los submarinos nucleares de la era soviética ha sido lento, mientras que el ritmo de construcción de nuevos buques nucleares se acelera.

Pero, por otro lado, un accidente mientras se eleva el submarino podría sacudir repentinamente el reactor, mezclando potencialmente elementos combustibles y comenzando una reacción en cadena descontrolada y una explosión.

Eso podría aumentar los niveles de radiación en los peces 1.000 veces más de lo normal o, si ocurriera en la superficie, irradiar a los animales terrestres y humanos, dice otro estudio noruego.

Noruega se vería obligada a detener las ventas de productos del Ártico, como pescado y carne de reno, durante un año o más.

El estudio estimó que se podría liberar más radiación que en el incidente de la bahía de Chazhma en 1985, cuando una reacción en cadena descontrolada durante el reabastecimiento de combustible de un submarino soviético cerca de Vladivostok mató a 10 marineros.

Amundsen argumenta que el riesgo con el K-159 o K-27 es bajo y podría minimizarse con una planificación adecuada, como lo fue durante la remoción de combustible gastado de alto riesgo de la bahía Andreyev.

“En ese caso, no dejamos el problema para que lo resuelvan las generaciones futuras, generaciones en las que el conocimiento sobre el manejo de estos residuos heredados puede ser muy limitado”, dice.

Sin embargo, la seguridad y la transparencia de la industria nuclear rusa a menudo han sido cuestionadas, más recientemente cuando las autoridades holandesas concluyeron que el yodo radiactivo 131 detectado en el norte de Europa en junio se originó en el oeste de Rusia.

Barco carga un submarino.

Nucelar-Submarine-Decommissioning.ru
El costo de reflotar submarinos hundidos con material radioactivo puede ser de cientos de millones de dólares.

La instalación de reprocesamiento de Mayak que recibió el combustible gastado de la bahía de Andreyev en tren tiene una historia problemática que se remonta al peor desastre nuclear del mundo en 1957.

Rosatom continúa negando los hallazgos de expertos internacionales de que la instalación fue la fuente de una nube radiactiva de rutenio-106 registrado en Europa en 2017.

Si bien es necesario rescatar el K-159 y el K-27, Rashid Alimov de Greenpeace Rusia, tiene sus reservas.

“Nos preocupa el seguimiento de este trabajo, la participación pública y el transporte (de combustible gastado) a Mayak”, dice.

Misión personalizada

Levantar un submarino es una extraña hazaña de ingeniería.

Estados Unidos gastó US$800 millones en un intento de levantar otro submarino soviético, un K-129 con motor diesel que transportaba varios misiles nucleares, desde 16.400 pies (5.000 m) de profundidad en el océano Pacífico, bajo la apariencia de una operación minera en un lecho marino.

Al final, solo lograron traer un tercio del submarino a la superficie, dejando a la CIA con poca información útil.

Ese fue el reflote más profundo de la historia. El más pesado fue el Kursk.

Cementerio en San Petersburgo, Rusia, donde descansan los restos de los marinos que murieron en el accidente del submarino Kursk.

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El 20 de agosto de 2020 se cumplieron 20 años del accidente del submarino nuclear Kursk.

Para elevar el último submarino de misiles de 17.000 toneladas desde 350 pies (108 m) de profundidad en el mar de Barents, las empresas holandesas Mammoet y Smit International instalaron 26 grúas elevadoras hidráulicamente en una barcaza gigante y abrieron 26 agujeros en el casco de acero recubierto de goma del submarino operado por buzos.

El 8 de octubre de 2001, apresurándose a vencer la temporada de tormentas invernales después de cuatro meses de trabajo estresante y retrasos, las pinzas de acero instaladas en los 26 pozos levantaron el Kursk del lecho marino en 14 horas, tras lo cual la barcaza fue remolcada a un dique seco en Murmansk.

Con menos de 5.000 toneladas, el K-159 es más pequeño que el Kursk, pero incluso antes de hundirse su casco exterior era “tan débil como el papel de aluminio”, según Bellona.

Desde entonces se ha incrustado en 17 años de sedimentos. Un agujero en la proa parecería descartar poder bombearlo con aire y levantarlo con globos, como se ha sugerido anteriormente.

En una conferencia de donantes del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo en diciembre, un representante de Rosatom dijo que no había ningún barco en el mundo capaz de levantarlo, por lo que se tendría que construir un barco de salvataje especial.

Eso aumentará el costo estimado de unos US$330 millones para levantar los seis objetos más radiactivos.

Los donantes están discutiendo la solicitud de Rusia para ayudar a financiar el proyecto, dijo Balthasar Lindauer, director de seguridad nuclear del BERD.

“Hay consenso en que hay que hacer algo allí”, dice.

Soldados conmemorando los 20 años del hundimiento del submarino Kursk.

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En el hundimiento del submarino nuclear Kursk murieron 118 personas.

Cualquier buque construido a medida probablemente necesitaría un grupo de tecnologías especializadas, como propulsores de proa y popa, para mantenerlo posicionado con precisión sobre el naufragio.

Pero en agosto, Grigoriev le dijo a un sitio web financiado por Rosatom que un plan que la compañía estaba considerando involucraría un par de barcazas equipadas con grúas de cable hidráulico y aseguradas a amarres en aguas profundas.

En lugar de pinzas de acero como las que se insertan en los agujeros del Kursk, unas pinzas curvas gigantes agarrarían todo el casco y lo levantarían entre las barcazas.

Una barcaza parcialmente sumergible se colocaría debajo, luego se llevaría a la superficie junto con el submarino y finalmente se remolcaría a puerto.

Tanto el K-27 como el K-159 podrían recuperarse de esta manera, dijo.

Una de las tres empresas de ingeniería que trabajan en propuestas para Rosatom es la oficina de diseño militar Malachite, que redactó un proyecto para elevar el K-159 en 2007 que “nunca se realizó por falta de dinero“, según su diseñador principal.

Este año, la oficina comenzó a actualizar este plan, dijo un empleado a la BBC en el vestíbulo de la sede de Malachite en San Petersburgo. Sin embargo, quedan muchas preguntas.

“¿En qué estado está el casco? ¿Cuánta fuerza puede soportar? ¿Cuánto sedimento se ha acumulado? Necesitamos examinar las condiciones allí”, dice el empleado, antes de que llegue el jefe de seguridad para interrumpir nuestra conversación.

Paradoja nuclear

La operación de reflote de los seis objetos radiactivos encaja con una imagen de Putin diseñada como un defensor del frágil entorno ártico.

En 2017, inspeccionó los resultados de una operación para retirar 42.000 toneladas de chatarra del archipiélago de Franz Josef Land como parte de una “limpieza general del Ártico”.

Ha hablado sobre la preservación del medio ambiente en una conferencia anual para las naciones árticas.

Y el mismo día de marzo de 2020 en el que emitió su proyecto sobre los objetos hundidos, firmó una política ártica que enumera “proteger el medio ambiente ártico y las tierras nativas y los medios de vida tradicionales de los pueblos indígenas” como uno de los seis intereses nacionales en la región.

Submarino ruso.

Getty Images
Al menos ocho submarinos nucleares más se agregarán a la Flota del Norte, mientras que los restos de la flota nuclear soviética yacen en el lecho marino.

“Para Putin, el Ártico es parte de su legado histórico. Debe estar bien protegido, brindar beneficios reales y ser limpio”, dijo Dimitry Trenin, director del centro de estudios Carnegie Center de Moscú.

Sin embargo, mientras busca un Ártico “limpio”, el Kremlin también respalda el desarrollo de gas y petróleo en el Ártico, que representa la mayor parte del transporte marítimo en la Ruta del Mar del Norte.

La estatal Gazprom construyó uno de los dos grupos de petróleo y gas en crecimiento en la península de Yamal, y este año el gobierno redujo los impuestos sobre los nuevos proyectos de gas natural licuado en el Ártico al 0% para aprovechar algunos de los billones de dólares de combustibles fósiles y riqueza mineral en la región.

E incluso mientras Putin limpia el legado nuclear soviético en el lejano norte, está construyendo su propio legado nuclear.

Una marcha constante de nuevos rompehielos nucleares y, en 2019, la única central nuclear flotante del mundo han vuelto a convertir al Ártico en el mayor sitio acuático nuclear del planeta.

Mientras tanto, la Flota del Norte está construyendo al menos ocho submarinos y tiene planes de fabricar varios más, así como ocho destructores de misiles y un portaaviones, todos ellos de propulsión nuclear.

También ha estado probando un dron submarino de propulsión nuclear y un misil de crucero.

En total, podría haber hasta 114 reactores nucleares en funcionamiento en el Ártico para 2035, casi el doble que en la actualidad, según un estudio de Barents Observer de 2019.

Este crecimiento no ha pasado sin incidentes.

Buques en el Mar de Barents.

Getty Images
Para 2035, podría haber hasta 114 reactores nucleares en el Ártico, informó el Observador de Barents, entre ellos la planta de energía flotante Akademik Lomonosov.

En julio de 2019, un incendio en un sumergible nuclear de aguas profundas cerca de Murmansk casi provocó una “catástrofe de escala mundial”, según los informes, dijo un oficial en el funeral de los 14 marineros muertos.

El mes siguiente, un “sistema de propulsión reactiva de combustible líquido” explotó durante una prueba en una plataforma flotante en el Mar Blanco, matando a dos personas y aumentando brevemente los niveles de radiación en la cercana ciudad de Severodvinsk.

“Los esfuerzos conjuntos de la comunidad internacional, incluidos Noruega y Rusia después de la desintegración de la Unión Soviética, utilizando el dinero de los contribuyentes para limpiar los desechos nucleares, fue una buena inversión en nuestros sitios de pesca”, dice Nilsen de The Barents Observer.

“Pero hoy en día hay cada vez más políticos en Noruega y Europa que piensan que es una gran paradoja que la comunidad internacional esté brindando ayuda para asegurar el legado de la Guerra Fría mientras parece que Rusia está dando prioridad a la construcción de una nueva Guerra Fría”, opina.

Mientras la agencia civil Rosatom tenga la tarea de limpiar, el ejército ruso tiene pocos incentivos para frenar esta ola de armas nucleares, señala Nilsen.

“¿Quién va a pagar por la limpieza de esos reactores cuando ya no estén en uso?” pregunta.

“Ese es el desafío con la Rusia actual, que los militares no tienen que pensar qué hacer con el muy, muy costoso desmantelamiento de todo esto”, advierte.

Por lo tanto, si bien la limpieza nuclear que se avecina será la más grande de su tipo en la historia, puede resultar solo un preludio de lo que se necesita para hacer frente a la próxima ola de energía nuclear en el Ártico.

Si quieres leer este artículo en inglés, puedes hacerlo aquí.


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