Familia salvadoreña se reencontrará después de 30 años en la caravana de migrantes desaparecidos
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Familia salvadoreña se reencontrará después de 30 años en la caravana de migrantes desaparecidos

Lilián Esperanza buscaba desaparecidos durante la guerra de El Salvador pero fue detenida por su actividad humanitaria en 1987. Envió a sus hijos al norte para protegerles. No volvió a saber de ellos hasta 2015. Ahora volverán a abrazarse dentro de la caravana de madres.
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15 de noviembre, 2019
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En menos de 10 días, una madre abrazará a sus dos hijos después de 31 años sin verse.

Todos ellos son salvadoreños, pero el encuentro será en Marín, Nuevo León, muy cerca de Monterrey. 

Lilián Esperanza Alvarado es la madre. Dalinda Mayela y Salvador Isidro Segovia Alvarado son sus hijos. Se darán un abrazo pendiente desde el 22 de marzo de 1988. 

Aquel día, los hijos, que entonces tenían 9 y 7 años, marcharon con destino a Estados Unidos junto a su padre, Isidro Salvador, su tío, Dimas Blasco, y otra persona. Lograron su objetivo, cruzar al “gabacho”, pero no se adaptaron. Así que se dieron la vuelta. 

Toda su vida se ha desarrollado en México. 

Será un abrazo separado por tres décadas, una guerra, dos fronteras, leyes migratorias y los 2576.7 kilómetros que separan Marín, en Nuevo León, de Ilopango, en El Salvador.

“Me siento emocionada, me siento muy feliz, tengo un montón de mezclas de pensamientos, de sentimientos… ¡se fueron muy pequeñitos, los busqué toda la vida!”, dice Lilián Esperanza, de 61 años, desde Ciudad de Guatemala, donde espera para realizar  las más de siete horas hasta la frontera y cruzar por primera vez en su vida a México.

“Trato de no pensarlo tanto, pero ahora, solo de hablarlo, se me corta la respiración”, dice Dalinda Mayela, de 39 años, desde Zuazua, en Nuevo León, donde reside con su esposo y sus dos hijos.

Hace cuatro años retomaron el contacto gracias a un mensaje de Facebook. 

Publicación en Facebook

Hace cuatro años retomaron el contacto gracias a un mensaje de Facebook.

“Necesito encontrar a dos personas ellas se llaman delinda mayela segovia alvarado y salvador isidro segovia alvarado”, dice el primer mensaje, escrito el 23 de septiembre de 2012.

Al tiempo, su hija Dalinda, que se había dejado los dedos escribiendo el nombre de su madre en todas las redes sociales, dará con el post.

“Hola, soy tu hija”.

No fue hasta 2015 que volvieron a hablar, siempre por teléfono.

Cuatro años después podrán abrazarse. El Movimiento Migrante Mesoamericano gestiona los permisos y las visas a los que no podrían acceder por sí mismas, ni siquiera para ver a sus hijos perdidos.

Este 15 de noviembre comienza en Tapachula la caravana de madres de desaparecidos que todos los años organiza este movimiento. En ella participa medio centenar de personas, con 10 representantes de Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador. Por delante, casi 5 mil kilómetros a través de todo México y cuatro abrazos como el de Lilián Esperanza, Dalinda Mayela y Salvador Isidro. Los reencuentros tendrán lugar en Chiapas, Nuevo León y Veracruz.

Esta es la 15 edición de la caravana. En ella, las madres celebrarán actos con organizaciones sociales y realizarán búsquedas en plazas, centros penitenciarios u hospitales. Marta Sánchez, cofundadora del movimiento, explica que en estos tres lustros han ayudado a localizar a 300 personas en vida y a otra más que había fallecido. Dice que la mayor parte de personas localizadas llevaban más de 10 años sin comunicarse con sus familiares. Ella sabe bien qué es tener que marcharse fuera de casa. Viene de una familia de republicanos españoles que tuvieron que huir cuando triunfó el golpe militar de Francisco Franco y se desató la represión contra cientos de miles de personas. 

La buscadora de detenidos que es detenida en la guerra

“Lo que sucedió fue que yo fui capturada. Yo era miembro de CoMadres (comité de madres y parientes de prisioneros, desaparecidos y mártires políticos de El Salvador), una organización que perseguían por ser supuestamente política”, explica Lilián Esperanza, recordando por qué se vio obligada a dejar marchar a sus hijos. 

CoMadres fue un colectivo auspiciado por el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado en marzo de 1980 y canonizado en 2018. Su objetivo: buscar a familiares detenidos o desaparecidos durante el conflicto armado en El Salvador. Por ejemplo, Miguel y Salvador Mendoza, tíos de Lilian Esperanza, de los que nunca se volvió a saber nada.  

El conflicto armado en El Salvador, entre 1979 y 1992, dejó al menos 75 mil muertos según la Comisión de la Verdad auspiciada por la ONU, más de 8 mil desaparecidos y una cifra inabarcable de salvadoreños que escaparon para evitar convertirse en muertos o desaparecidos.

Algunos, como Lilián Esperanza, buscaban detenidos y se convertían ellos mismos en los arrestados. 

“Querían vincularme con la cuestión armada del FMLN, pero yo pertenecía a CoMadres pero nunca toque un arma. El problema era la situación de violencia del país, le obligaba a uno a involucrarse”, dice la mujer.

“Fueron muchas personas capturadas que no habían participado en nada. Los capturaban y los mataban. Gracias a Dios que a mí me capturaron. Tuve la oportunidad de que me soltaran después de tres días y eso me puso muy preocupada”, dice.

Al final, 72 horas en manos de los uniformados, en algún momento entre septiembre y octubre de 1987. 

Tres días que terminarían por transformarle las siguientes tres décadas.

“Me consideraba un peligro para mis hijos. Consideraba que en una próxima captura me agarrarían y me los harían daño. Así que tuve que protegerlos, soltarlos, que se los llevara su padre, supuestamente a Estados Unidos”, dice la mujer.

Para su hija los recuerdos son más borrosos. En el fondo, era solo una niña. 

“No nos dábamos cuenta del peligro. Simplemente, que nuestra vida era que andábamos de aquí para allá, vivíamos en una casa, yo no entendía nada, lo más que escuchaba a mi mamá y mi papá platicar como que ellos tenían miedo”, explica. Sí que recuera un día en el que salió de la casa por la curiosidad de ver a los soldados y tuvo que vérselas con el enfado de su madre. También recuerda el compromiso, las huelgas de hambre, las protestas. Aunque, en el fondo, era solo una niña y lo que ocurría a su alrededor, un juego.

“Hasta que llegué a México no me di cuenta de que mi país estaba en guerra”.

Dalinda no tiene en la memoria qué día marchó de su casa en Ilopango.

A Lilián Esperanza pareciera que se lo hubiesen tatuado: 22 de marzo de 1988. 

Dalinda sí tiene memoria para lo que sintió en ese momento. “Son recuerdos que a uno le quedan. Ese día salimos y mi mamá se quedó llorando. Nosotros contentos, como niños, con la inocencia que uno tiene. Nos dijeron que íbamos a pasear, que íbamos a ver a una tía en Estados Unidos”, explica. Para llegar a México tuvo que atravesar Guatemala, que en aquellos momentos también se desangraba en un conflicto armado entre Ejército y guerrilla que terminaría siendo calificado como genocidio por la ONU. 

Una madre que se queda sola en casa.

Dos hijos y un padre que atraviesan un largo y peligroso camino hacia el norte sin saber qué es lo que pueden encontrarse en el futuro.

La historia reciente de Centroamérica en una familia salvadoreña. 

“Malas decisiones” y una cabina de teléfono que no vuelve a sonar

Los caminos de Lilián Esperanza, de Dalinda y de Salvador Isidro se separan definitivamente en algún momento de 1989. En aquel entonces, a El Salvador todavía le quedaban tres años de guerra y atrocidades como la matanza de los jesuitas en la Universidad Centro Americana de San Salvador, perpetrada el mismo año en el que la familia tuvo que vivir con kilómetros de por medio. 

En los primeros tres meses, dice Lilian Esperanza, aún hablaban por teléfono. Dalinda recuerda la cabina a la que su padre les llevaba para mantener brevísimas conversaciones con su madre. Ella recuerda aquella última plática en la que mantuvo un desencuentro con su antigua pareja. 

No volvió a llevarlas a comunicar.

Dalinda, una de las damnificadas, dice que su padre “tomó malas decisiones”. Pero asegura que es cristiana y que le perdona. Lilián Esperanza insiste en que no dejó de buscarles, ni por un segundo. Y suspira, porque va a poder abrazarles. 

“Era una sensación de temblar, de no poder creerlo. Hasta estoy temblando ahorita”, dice sobre el momento en que vio aquel post de Facebook. 

“Abro su perfil, veo el perfil y lo primero que ella publica, cuando empezó me doy cuenta de que la primera era ‘ayúdenme a buscar a mis hijos’”.

Así empezó a mandar mensajes.

Y contactó. 

“Tengo paz en mi corazón, con la esperanza de verlos, abrazarlos, sentirlos”, dice la madre. “Mi corazón se va a sentir descansado y feliz de que mi sueño se haya cumplido. Es una incertidumbre, de pesadillas, de sueños horribles”, afirma.

“La caravana de madres busca enviar un fuerte mensaje de repudio a los poderes mundiales, gobiernos e instituciones. Decirles que sus modelos de gestión de la migración, lo que asumen erróneamente como un problema, agravan criminalmente la situación que ellos mismos causan en esta era de acumulación capitalista por despojo y violencia y que no lograran, por más muertos que produzcan, ordenar y controlar los flujos migratorios”, dice el comunicado con el que arranca la marcha. 

Hace un año, la caravana coincidió con otra larga marcha, la de los miles de hombres, mujeres y niños que atravesaron México con destino a Estados Unidos. Ahora el contexto es diferente. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador firmó un acuerdo con el ejecutivo de Donald Trump para frenar el flujo procedente de Centroamérica. Entre enero y septiembre de este año, México expulsó a 13 mil 114 salvadoreños de los más de 100 mil centroamericanos devueltos. Entre ellos estaba Isidro Salvador, el padre de Dalinda y Salvador Isidro. 

“Seguimos con pobreza, con muertos, con desaparecidos”, se queja Lilián Esperanza sobre los tiempos actuales en El Salvador, pero también de Guatemala, Honduras, Nicaragua. 

Su segundo nombre le viene como anillo al dedo. Ella no la perdió y en menos de 10 días abrazará a sus hijos después de enviarlos fuera por miedo a perderlos definitivamente.

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Los 10 países que han gastado más en enfrentar la pandemia (y cómo se ubican los de América Latina)

Investigadores de la Universidad de Columbia han estado siguiendo las medidas tomadas por 168 países. Estos son sus resultados.
18 de mayo, 2020
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Yen japonés

Getty Images

Un equipo de investigadores de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, ha estado monitoreando la cantidad de recursos que los gobiernos en 168 países han invertido para enfrentar la pandemia de coronavirus.

Enormes paquetes fiscales de emergencia están inyectando dinero a la economía para mitigar los efectos de una crisis económica global que, según los pronósticos de expertos y organismos internacionales, será la peor desde la Gran Recesión de los años 30.

En estas inéditas circunstancias, el dogma de mantener el equilibrio fiscal y no incurrir en gastos fuera del presupuesto quedó en el pasado, en la medida que los contagios y las muertes se expandieron rápidamente casi a todo los rincones del planeta.

“Es un nivel de gasto extraordinario”, le dice a BBC Mundo Ceyhun Elgin, director del Programa de Master en Economía de la Universidad de Columbia, Nueva York.

Hasta ahora, el monto total del gasto fiscal a nivel global se acerca a los US$7.2 billones, equivalente a unos US$1,152 per cápita, según Elgin.

Un promedio global que bordea el 3.7% del Producto Interno Bruto (GDP).

El ranking del gasto fiscal por covid-19

Para poder hacer una comparación sobre el tamaño de los paquetes de rescate, la investigación de Columbia los presenta en relación al PIB de cada país.

Así entonces el primer lugar lo ocupa Japón con un 21% del PIB, seguido por Luxemburgo (20%), y Bélgica (19%).

En el otro extremo, entre los países que -por distintas razones- no han invertido recursos adicionales a los que tenían contemplados en su presupuesto fiscal están Turkmenistán, Yemen, Omán o Argelia.

10 países con mayor gasto fiscal por covid-19. (% del PIB). (Datos publicados el 10 de mayo)..

¿Por qué hay tanta diferencia entre los paquetes?

Sin duda los países más ricos tienen más posibilidades de aumentar su gasto fiscal, pero no es el único factor.

Elgin explica que los países con menos camas de hospital han tenido que desembolsar más recursos, algo que está directamente relacionado con la calidad y la cobertura del sistema de salud de cada país.

El nivel de exposición a la pandemia también juega un rol clave, en la medida que los países con un mayor número de contagios, tienen mayor presión para inyectar más recursos.

Gasto fiscal frente a la pandemia. (en relación al PIB) [ 3,7% A nivel global ] [ 2,4 En América Latina ],[ 6,7% En los países ricos ], Source: Fuente: Ceyhun Elgin, Columbia University, Image: Desinfección en Nicaragua por covid-19

Otro elemento relevante es el acceso al crédito o la ayuda internacional, dado que si un país tiene bloqueadas las vías de oxígeno financiero, no tendrá muchas opciones de aumentar su gasto.

Por ejemplo, países como Estados Unidos o Japón no solo son más ricos, sino que además tienen más facilidades para endeudarse, ya que hay más inversores dispuestos a comprar sus bonos.

Perú lidera el ranking en América Latina

“Latinoamérica presenta un gasto menor que el promedio a nivel mundial”, dice Elgin.

Mientras la región ha gastado cerca de un 2.4% del PIB, el mundo ha desembolsado un 3.7%.

Y en el caso de los países ricos -aquellos con más de US$10,000 per cápita- el gasto fiscal adicional por la emergencia es de 6.7% del PIB.

“En América Latina el sector informal es muy grande. Eso hace que la recaudación de impuestos sea baja y por lo tanto, el tamaño de los paquetes más reducido”, apunta el economista.

El país que lidera la lista regional de mayor gasto fiscal frente a la pandemia es Perú (9% del PIB), mientras que en el otro extremo está Nicaragua, con un nivel de gasto igual a cero.

Gasto fiscal por covid-19 en América Latina. (% del PIB). (Datos publicados el 10 de mayo).

“Más grande no es mejor”

“No hay que confundir el tamaño del paquete con la efectividad”, advierte Elgin.

“Lo más importante es cómo se gasta el dinero, el contenido del paquete, no sólo la cantidad de dinero”.

“Un paquete más grande no significa un paquete mejor”, dice Elgin, agregando que se van a requerir otros estudios que permitan analizar en profundidad los contenidos específicos del gasto fiscal frente a la pandemia.

Cementerio en Managua, Nicaragua

Getty Images
Nicaragua es el único país de América Latina que no ha destinado presupuesto adicional para enfrentar el covid-19.

“¿En qué estás gastando el dinero?, ¿en darle crédito a las empresas pequeñas?, ¿en rescatar a empresas grandes?, ¿en los desempleados?, ¿en los informales?, ¿en los bancos?. Esto es muy importante”, dice Elgin.

El seguimiento hecho por el equipo de Columbia incluye el gasto adicional al presupuesto aprobado por los países para este año.

En ese sentido, incluye en sus datos recursos frescos y deja fuera reasignaciones dentro del mismo presupuesto.

Eso podría explicar en parte por qué en otras investigaciones sobre los paquetes económicos para enfrentar la pandemia, los valores son distintos.

Por ejemplo, un análisis hecho por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), “Política y gestión fiscal durante la pandemia y las post-pandemia en América Latina y el Caribe”, centrado en los recursos totales anunciados por los gobiernos (incluyendo gasto directo, reasignaciones, préstamos a los bancos y otros factores) arroja que el costo de estos paquetes llega al 4.1% del PIB en Latinoamérica.

Con estos parámetros, Chile ocupa el primer lugar de la lista con un 15.1% del PIB, seguido por Perú (11.1%), y el El Salvador y Colombia con cerca de 8%.

Enlaces a más artículos sobre el coronavirus

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