'Tenía todo y me lo quitaron': una omisión le costó a un indígena chiapaneco más años de cárcel
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'Tenía todo y me lo quitaron': una omisión le costó a un indígena chiapaneco más años de cárcel

Juan de la Cruz Ruiz estuvo preso 13 años de su vida pese a ser inocente. "Salí sin nada. Tengo que empezar de cero", acusa.
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17 de diciembre, 2019
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El indígena chiapaneco Juan de la Cruz Ruiz estuvo preso 13 años de su vida pese a ser inocente. Los últimos 4 años fue por una doble injusticia. Desde febrero de 2016, el entonces magistrado y actual gobernador de Chiapas, Rutilio Escandón, firmó una recomendación para dejarlo en libertad, al admitir que hubo irregularidades en su proceso penal, entre ellas tortura para obligarlo a inculparse. Pero Escandón se fue a la campaña por la gubernatura y la recomendación no se ejecutó. Los motivos de la omisión aún se desconocen.

Apenas el pasado 9 de diciembre Juan de la Cruz, integrante del pueblo maya tsotsil y originario de San Juan Chamula, Chiapas, a quien se le acusó de homicidio calificado y extorsión, obtuvo su libertad. 

Él es uno de los seis presos que se mantuvo en huelga de hambre y ayuno durante 130 días, a partir del 15 de marzo de 2019, como parte de la protesta para exigir su liberación, después de años en los que las autoridades no atendieron sus denuncias respecto a que policías ministeriales de Chiapas los torturaron durante días, en casas de seguridad, para obligarlos a autoinculparse.

Entérate: A un año del gobierno de AMLO, aún hay 99% de impunidad en casos de tortura, dice informe

El Grupo de Trabajo No Estamos Todos, organización que acompaña a los presos y sus familias, afirmó que los casos de estos reclusos son un ejemplo de cómo se incrimina y se castiga a indígenas para llegar a una cierta cuota de detenidos o para encubrir a los verdaderos culpables.

En todos estos casos, explicaron, “la única prueba que presentaron las autoridades fue la confesión autoincriminatoria de los acusados, no hubo ninguna investigación. A pesar de eso los declararon culpables y han pasado hasta 15 años en la cárcel”.

Juan pasó 130 días en huelga de hambre y ayuno, junto a otros cinco compañeros, tendidos en lonas cerca del área de enfermería del penal. En varias ocasiones acabaron en el hospital. Pero las autoridades tuvieron oídos sordos a todo eso, algo mucho peor en el caso de Juan, quien no solo no debía estar en la cárcel en ese momento por ser inocente, sino porque ya había un documento que avalaba su libertad.

El 11 de febrero de 2016, la Mesa de Reconciliación –un órgano permanente que opera en Chiapas, y en el que participan diversas instancias para garantizar la legalidad en el debido proceso, respeto a los derechos humanos y garantías individuales de los inculpados– emitió la recomendación de libertad a favor de Juan al encontrar violaciones graves a sus derechos humanos desde su arresto y a lo largo del proceso penal en su contra.

La recomendación quedó asentada en el cuadernillo 387/MR/2012 y está firmada por Rutilio Escandón Cadenas, en ese entonces Magistrado Presidente del Tribunal de Justicia, y por Juan Oscar Trinidad Palacios expresidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), entre otros funcionarios.

La recomendación se envió para su trámite a la Subsecretaría de Ejecuciones de Sanciones Penales y Medidas de Seguridad, que depende de la Secretaría de Seguridad Pública del gobierno del estado. Esa instancia debió expedir la boleta de libertad. Pero no lo hizo y la omisión le costó a Juan tres años y 9 meses más de prisión. 

El Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas (Frayba), quien lleva la defensa de Juan desde hace un año, encontró la recomendación apenas el pasado 19 de noviembre y lo notificó a las autoridades correspondientes, entre ellas la Subsecretaría de Gobierno y al gobernador Rutilio Escandón Cadenas, con la solicitud de proceder inmediatamente a la liberación del detenido. Fue así que Juan obtuvo por fin su libertad.

Animal Político solicitó al gobierno del estado de Chiapas una explicación sobre esta omisión, puesto que el secretario de gobierno, Ismael Brito, se reunió con los familiares de los presos en huelga de hambre y ofreció que se revisarían los expedientes, lo que jamás sucedió.

El área de comunicación del gobierno del estado solo respondió que la omisión por la que Juan permaneció casi cuatro años más en la cárcel debió ser responsabilidad de una sala o de un juzgado, sin precisar cuál y solicitó pedir la aclaración al Poder Judicial.

Esta contestó, a través de su vocero, que en efecto la recomendación de libertad existía desde 2016, pero que quien debía cumplirla era la Subsecretaría de Ejecuciones de Sanciones Penales y Medidas de Seguridad.

El Frayba denunció el alto riesgo a la vida, la integridad y seguridad personal de quienes conforman el Colectivo de Familiares de Presos en Lucha y el equipo Frayba, quienes han recibido desde noviembre y lo que va de diciembre “amenazas de muerte, vigilancia, hostigamiento e intimidación”, en el contexto de la lucha por la libertad de presos de pueblos originarios, en particular del indígena tsoltsil Juan de la Cruz Ruiz.

¿Qué le quitó la justicia a Juan?

En 2006 Juan tenía una familia, una compañera, dos hijas y uno más en camino, su pareja tenía cuatro meses de embarazo. Juan también tenía un negocio de artesanías de lana, en el que vendía las piezas que confeccionaba su madre y un grupo de mujeres de San Juan Chamula.

La vida para Juan marchaba bien. Pero entonces la justicia se cruzó en su camino y lo torció. El 28 de febrero de 2007, Juan fue detenido por policías del estado y trasladado a una casa de seguridad, donde lo torturaron para que se auto inculpara de un secuestro y un homicidio que él no cometió. 

En esa auto inculpación se basó el proceso de Juan, que lo mantuvo en la cárcel durante casi 13 años, y por el que se emitió una sentencia condenatorio de 30.

Por estar en prisión perdió a su pareja, que se alejó de él y no pudo estar con sus hijos. Apenas el viernes pasado los vio ya en libertad. “Estuve con ellos una hora. Ya son adolescentes, tienen 12, 14 y 16 años. El más pequeño nació mientras yo estaba en prisión. No estuvo con ellos mientras crecían. Recibieron bien mi visita. No lo podían creer. Ahora hay mucho que reconstruir. Y nada me va a regresar el tiempo que no pude darles mi cariño, mi apoyo, mi compañía”, dijo.

Juan ya no puede vivir con ellos porque la familia que tenía antes de entrar a prisión ya no existe. Le queda poder visitarlos de vez en cuando.

Tampoco tiene ya su negocio de artesanías. Su madre y sus hermanos quedaron endeudados por pagar abogados que en nada ayudaron para que Juan consiguiera su libertad. Ahora, además, tiene secuelas físicas de la cárcel y la huelga de hambre. 

“Tenía todo, familia, negocio, muchos sueños, todo me lo quitaron. Salí sin nada. Tengo que empezar de cero después de casi 13 años en la cárcel. Me siento muy cansado a veces, pero voy a luchar, y voy a luchar también por la nueva familia que hice en la cárcel y que sigue ahí adentro, mis compañeros de la huelga de hambre y muchos otros que son inocentes y están ahí por la injusticia y la ineptitud de las autoridades. Desde afuera voy a pelear ahora porque salgan”.

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Cómo el cubrebocas evita la propagación de la COVID y puede reducir los síntomas

Un nuevo estudio concluyó que usar mascarillas reduce la carga viral a la que estaríamos expuestos y, de contagiarnos, la manifestación de la enfermedad sería más leve o inclusive asintomática.
Getty Images
9 de agosto, 2020
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El argumento generalizado de parte de las autoridades sanitarias y gobernantes por todo el mundo que recomiendan y/o imponen el uso de mascarillas es que evitan que las personas infectadas propaguen el coronavirus.

Pero un nuevo estudio concluyó, tras examinar varios casos, que usar mascarillas reduce la carga viral a la que estaríamos expuestos y, de contagiarnos, la manifestación de la enfermedad sería más leve o inclusive asintomática.

La investigación realizada en Estados Unidos por los doctores Monica Gandhi y Eric Goosby, de la Universidad de California, y el doctor Chris Beyrer, de la Universidad Johns Hopkins, resalta que la exposición al coronavirus sin consecuencias severas debido al uso de mascarillas podría generar una inmunidad a nivel comunitario y reducir la propagación mientras se desarrolla una vacuna contra el virus.

En vista del rechazo al uso de mascarillas de algunos grupos y personas, el beneficio al individuo (además de a otros) que porta el tapabocas sugerido por el estudio podría ser un incentivo más para su uso y convertirse en un pilar del control de la pandemia.

El estudio fue publicado en la revista especializada Journal of General Internal Medicine.

Un hombre con una mascarilla pasa frente a una valla con la imagen del coronavirus

Getty Images
La mascarilla reduce la posibilidad de tener síntomas severos de covid-19, dicen los investigadores.

El efecto de la carga viral

Los doctores Gandhi, Goosby y Beyrer respaldan su teoría -como la llaman- comparando la evidencia de múltiples situaciones en las que grupos usaron o dejaron de usar mascarillas y la relación que eso tiene con la carga viral y los crecientes índices de infecciones leves o asintomáticas.

La infección asintomática puede ser problemática porque promueve la propagación del virus por personas que están contagiadas sin que lo sepan, pero al mismo tiempo ser asintomático en lugar de estar gravemente enfermo es beneficioso para el individuo, indican.

Además, los índices más altos de infección asintomática conducen a índices más altos de exposición al virus. El exponer a una sociedad a este coronavirus sin las consecuencias de una enfermedad grave podría crear mayores niveles de inmunidad comunitaria, la llamada inmunidad de rebaño.

Los investigadores reconocen que la respuesta inmunológica de anticuerpos y células T a las diferentes manifestaciones de covid-19 todavía está siendo analizada, pero las señales basadas en los datos del desarrollo de esa inmunidad celular, aun con una infección leve, son esperanzadoras.

Evidencia

La perspectiva que los portadores de mascarillas están expuestos a una carga viral menor que resulta en una infección más leve está sustentada en el estudio de tres importantes cúmulos de evidencia: virológica, epidemiológica y ecológica.

Una fila de compradores todos con mascarillas

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Hasta ahora, el principal argumento para el uso de las mascarillas es la protección de los otros.

Con respecto a la primera, las mascarillas -dependiendo del diseño y material- filtran la mayoría de las partículas virales, aunque no todas. Desde hace un tiempo se ha propuesto que la exposición de ese bajo nivel de partículas virales probablemente producen una enfermedad que es menos severa.

Los resultados de experimentos realizados en el pasado con humanos expuestos a diferentes volúmenes de virus no letales demostraron síntomas más severos en sujetos que recibieron una carga viral mayor.

Con el nuevo coronavirus la experimentación no es posible ni ética, pero unas pruebas realizadas a hámsteres en las que se simuló el uso de mascarillas separando a los animales con una pared divisoria hecha de una máscara quirúrgica, no sólo demostraron que los hámsteres protegidos fueron menos propensos a la infección, sino que los que, entre esos, se contagiaron de covid-19 manifestaron síntomas leves.

En términos de la evidencia epidemiológica, los doctores indican que los altos índices de mortalidad que se vieron al inicio de la pandemia parecen estar asociados a la intensa exposición a la alta carga viral antes de que se introdujera el uso de mascarillas.

Caso del crucero argentino

Un caso reciente en particular llama la atención: el de un crucero en Argentina donde todos los pasajeros y tripulantes fueron dotados de mascarillas tras detectarse un brote de covid-19.

En ese entorno cerrado, 128 de las 217 personas abordo dieron positivo en la prueba de coronavirus. Sin embargo, la mayoría de los infectados (81%) se mantuvo asintomática.

Un autobús en Taiwán con pasajeros usando mascarillas

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Las tasas de mortalidad se han mantenido baja en países que han reabierto sus actividades pero todavía usan mascarillas.

Como evidencia ecológica, la investigación indica que los países y regiones que de por sí acostumbran a usar mascarillas para el control de infecciones, como Japón, Hong Kong, Taiwán, Singapur, Tailandia y Corea del Sur, no han sufrido tanto en cuanto índices de la severidad de la enfermedad y la mortalidad.

Igualmente ha sucedido con los países que aplicaron tempranamente la medida del uso de mascarillas.

Es más, aun cuando los mencionados países registraron un resurgimiento de casos de covid-19 al reanudar la actividad social y económica, las tasas de mortalidad se ha mantenido baja, sustentando la teoría de la carga viral, afirman los autores del estudio.

En conclusión, los doctores alegan que el uso universal de mascarillas durante la pandemia debería ser uno de los fundamentos más importantes en el control de la enfermedad y abogan que esta medida se tome en particular en Estados Unidos, donde las directivas no han sido homogéneas y parte de la población ha reaccionado hasta violentamente contra el uso de mascarillas.

Resaltan que durante la devastadora pandemia de gripe en 1918, los estadounidenses adoptaron sin contratiempos el uso de las mascarillas en público, pero la respuesta a las actuales recomendaciones de los Centros de Control de Enfermedades (CDC) ha sido dispareja.

Una secretaria con mascarilla escribe a máquina en su escritorio en 1918

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En 1918, el público estadounidense no tuvo objeción en cumplir con el uso de mascarillas para combatir la pandemia de influenza.

El uso de mascarillas tiene dos ventajas. La primera es proteger a los demás evitando la propagación del virus por una persona infectada. Si esa preocupación por el prójimo no es suficiente, tal vez la segunda ventaja -el beneficio individual- sea una motivación más eficaz.


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