Las historias de la Caminata por la Paz: "Mi hijo desapareció después de denunciar tráfico de personas y droga en Cancún"
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Alejandro Ponce

Las historias de la Caminata por la Paz: "Mi hijo desapareció después de denunciar tráfico de personas y droga en Cancún"

Arturo Aviña busca desde hace 12 años a su hijo, quien trabajó en el aeropuerto de Cancún y denunció tráfico de personas y precursores de droga.
Alejandro Ponce
26 de enero, 2020
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Édgar Arturo Aviña tenía 29 años cuando entró a trabajar en 2008 como subadministrador de aduanas del Aeropuerto Internacional de Cancún, en el estado de Quintana Roo. Por su excelente dominio del inglés -estudió la escuela y el high school en Estados Unidos- y por su licenciatura en Comercio Exterior, el trabajo en la aduana de unos de los aeropuertos más cosmopolitas e importantes de México le quedaba como anillo al dedo. Por eso dejó la Ciudad de México y se trasladó junto a su pareja Leslie a las paradisiacas playas del caribe mexicano.

Pero el paraíso duró poco. 

A los cuatro meses de iniciar el trabajo, Édgar detectó que, además de productos, por la aduana del Aeropuerto Internacional de Cancún también estaban entrando ilegalmente cientos de personas que venían traficados desde países asiáticos. 

Arturo Aviña, de 67 años y padre de Édgar, cuenta que su hijo denunció ante el comité de vigilancia de la Aduana que había indicios de que en el aeropuerto operaban redes internacionales de tráfico de personas. Y, además, hizo otra denuncia: como responsable del área de almacenamiento de la aduana, señaló que también había detectado la llegada de varias toneladas de precursores químicos que se utilizan para fabricar drogas sintéticas.

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Poco después de hacer estos señalamientos, Édgar fue con un compañero de trabajo a un bar. Era la noche del 2 de noviembre de 2008, y en la televisión pasaban un combate de box. Cenaron, disfrutaron de la adrenalina del combate, y a eso de la 1:30 de la madrugada se despidieron. Édgar salió a la calle para buscar su coche. Caminó unos metros por la avenida Yaxchilán, una de las más concurridas por los turistas de Cancún, y a los pocos minutos desapareció sin dejar rastro.

“Suponemos que lo secuestraron”, dice encogiendo los hombros Arturo Aviña, que achaca la desaparición de su hijo a que éste es una persona con ética que, por sus valores y su convicción religiosa, siempre rechazó la corrupción.

“Pero, hasta ahora, no sabemos con certeza por qué desapareció -añade-. Nadie nos ha pedido rescate, ni se ha comunicado con nosotros. Y las autoridades de Cancún nos dicen que están investigando, que van a dar resultados, y que no nos desesperemos. Pero ya han pasado casi 12 años… y mi hijo sigue desaparecido”.   

Foto: Alejandro Ponce

“Me uní a la Caravana porque es un grito de desesperación”

Cuando escuchó por la radio que el viernes en la tarde llegó a la ciudad la Caminata por la Paz convocada por el poeta y activista Javier Sicilia, y secundada por la familia Lebarón y cientos de personas que son víctimas o familiares de víctimas de la violencia, Arturo asegura que no lo pensó: corrió a una tienda, imprimió dos fotos enormes de su hijo -una para llevarla él y otra para que la portara su mujer-, y se trasladó a la Estela de Luz para compartir su testimonio. 

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“Me uní a la Caravana porque es un grito de desesperación y de dolor”, dice apoyado junto a una de las puertas metálicas de acceso al Bosque de Chapultepec, en la que se agitan con los golpes del viento cientos de telares que llevan bordados los nombres de innumerables víctimas, como Raúl Robles, líder del frente contra la corrupción en el municipio de Río Verde, San Luis Potosí, que fue golpeado hasta la muerte por policías municipales; o Ángel Aguirre Nieto, cuyo cuerpo decapitado fue hallado en un puente de Miguel Alemán, en Michoacán.

Como el resto de la Caravana, Arturo Viña lamenta que él y su esposa también están muertos en vida por la incertidumbre y el desgaste que, con el paso de los años, los va carcomiendo como un cáncer que avanza lento pero letal. 

Ya lo han intentado todo, plantea a colación. Tras aquella fatídica noche de noviembre, Arturo vendió el taxi con el que laboraba en la Ciudad de México y se trasladó a Cancún en busca de respuestas. Como Sandra Jazmín Luna, integrante de la Caminata que busca a su esposo desaparecido, él también la tuvo que hacer de detective por su cuenta y riesgo, hasta que las amenazas y el temor de dejar huérfanos a sus otros dos hijos lo hizo regresar. 

“Estuve ocho meses allí. En ese tiempo, le llevé a las autoridades de Cancún las sábanas de las llamadas de celular y del radio de mi hijo, y un mapa con su última posición. Y hasta ellos se sorprendían. Me preguntaban: ¿cómo ha conseguido usted toda esa información?”. 

Ahora, aunque aún mantiene viva la esperanza de hallar a Édgar, Arturo se toma un respiro para agarrar fuerzas y decir que, a 12 años de la desaparición de su hijo, no tiene más remedio que iniciar los trámites para declararlo oficialmente como muerto. Porque, de no hacerlo, sus dos nietos, un joven de 20 años que ya entró a la universidad y una niña que ya está en secundaria, no pueden acceder a los beneficios del seguro que tenía Édgar.

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Que un padre declare como muerto a un hijo es algo muy duro -dice el hombre de 67 años ahogando un sollozo-. Mi esposa y yo estamos seguros de que nuestro hijo está vivo, de que un día va a volver con nosotros. Pero necesitamos que nos den esa ayuda del seguro”, expone Arturo, que explica que tras un accidente laboral en el que perdió la mano y parte del brazo derecho se le ha complicado mucho apoyar a sus nietos.

“Por eso lo hacemos, por amor a nuestro hijo -concluye aferrado a la lona con el retrato de su muchacho, un joven de ojos negros y barba de candado-. Para que mis nietos puedan estudiar y prepararse, y tener un buen futuro”.

Desparecen tres empleados de Sanborns

Foto: Alejandro Ponce

María de Lourdes Romero Díaz tampoco pudo asistir a la Caminata que salió el jueves de Cuernavaca para recorrer a pie el trayecto hasta la Ciudad de México. 

Pero cuando supo de su llegada a la Estela de Luz, donde este sábado se hizo una jornada cultural de lectura de poesías, conciertos musicales, y la exposición de testimonios de víctimas y de familiares de víctimas, también se puso una camiseta blanca con la fotografía de su cuñado desaparecido, Leonel Báez Martínez, de 35 años, y se unió a la Caravana. 

Con la lúgubre lectura de fondo del poema ‘Instrucciones para contar muertos’, declamado con pasión por la actriz Julieta Egurrola, María de Lourdes trata de explicar, con el sofoco de la angustia impregnado en su rostro juvenil, que su cuñado desapareció en circunstancias extrañas junto a otros dos jóvenes cuyas fotografías también porta en su playera y en dos lonas: Ángel Gerardo Ramírez Chaufón, de 20 años, y Jesús Armando Reyes Escobar, de 30 años.  

Los tres trabajaban para la cadena comercial Sanborns, aunque en sucursales diferentes en la alcaldía Gustavo A Madero. Ángel era mesero en la sucursal de Parque Linda Vista; y Jesús y Leonel trabajaban en otra sucursal próxima a la Avenida Politécnico, como bodeguero y chófer, respectivamente. 

No está muy claro si se conocían, si eran amigos, o qué relación tenían. Pero los tres laboraban para la misma compañía, y los tres desaparecieron en la misma zona, el mismo día: el domingo 29 de noviembre del año pasado. 

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Más allá de esto, poco más se conoce con certeza. Y la investigación de las autoridades, aún no dan resultados “a casi dos meses” de la desaparición, denuncia enojada y con el ceño fruncido María de Lourdes.

A su alrededor, algunas de las personas que la escuchan, bajan la mirada, y guardan un silencio cargado de pesadumbre. No quieren decirle que está rodeada de casos como el del propio Arturo Aviña, que lleva ya casi 12 años sin respuestas; o como el de Rubén Alonso Gómez, que busca a su hermana Marazuba Teresa Gómez, una agente federal antisecuestros que desapareció en Durango hace una década; o como el de María Salvadora Coronado, que busca a su esposo desaparecido hace nueve años. Y así, una lista tan interminable como la de los nombres de víctimas bordados en los telares, o como los casos que están grabados en placas metálicas en el suelo de la Estela de Luz.

Pero, para María, el sufrimiento de estos casi dos meses se siente ya como el paso de toda una vida. Visiblemente nerviosa, sube al escenario por el que han pasado otras decenas de testimonios y grita desgarrada que, por favor, la ayuden a encontrarlos vivos. 

Son tres personas que queremos en casa. Por favor, ayúdennos a que regresen…”, pide la joven, que quiere continuar con su discurso, pero no puede. 

Las lágrimas le quiebran la voz y el micrófono se queda en silencio unos largos segundos, hasta que desde el público surge con fuerza un grito espontáneo: “¡No estás sola!”, “¡No estás sola!”. 

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Cómo el COVID-19 llevó a la bancarrota a Avianca, la aerolínea más antigua de América Latina

La aerolínea más grande de Colombia, y la segunda de América Latina, solicitó acogerse a la ley de bancarrota de Estados Unidos.
12 de mayo, 2020
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En diciembre pasado, Avianca celebró sus 100 años con anuncios de nuevas rutas, conciertos en aeropuertos y vuelos y la emisión de unas estampillas conmemorativas en alianza con el gobierno de Iván Duque.

“Avianca se ha convertido en un símbolo de Colombia ante el mundo”, celebró el Ejecutivo en ese momento.

Cinco meses después, la crisis económica producida por la pandemia del coronavirus, que tiene parados al 90% de los aviones del mundo, llevó a la aerolínea más grande Colombia al default.

El domingo, cuando se cumplía el plazo de unos pagos de deuda, la empresa solicitó acogerse al Capítulo 11 del Código de Bancarrota de Estados Unidos, figura que busca defender a los acreedores en ese país y le da incentivos a las empresas con contratos allí para no tener que cerrar operaciones.

La compañía, que tiene filiales en Ecuador, Brasil y Honduras, entre otros países, anunció la liquidación de su operación en Perú, la primera consecuencia concreta de la bancarrota. La pandemia ha significado una caída del 80% en los ingresos de la empresa.

Sin embargo, con acogerse al famoso capítulo 11 Avianca espera reanudar sus vuelos cuando termine la pandemia. La bancarrota le permite mantener el control de sus operaciones y ganar cerca de un año para renegociar una deuda total estimada en US$7.000 millones.

Avianca

AFP
El 90% de los aviones en el mundo están quietos. Los de Avianca no son la excepción.

Uno de los mecanismos que se ha planteado para salvar a la empresa es un rescate del gobierno colombiano.

La idea, al parecer planteada por la compañía según filtraciones de medios locales, generó fuerte polémica en un país que intenta sobrellevar la pandemia entre pobreza, desigualdad e informalidad laboral.

Los defensores de un rescate argumentan que el impacto social y económico de la desaparición de Avianca, que consideran un “activo estratégico” para el país, sería catastrófico.

Los detractores lo ven como un premio a una compañía que ya no es colombiana -y cada tanto protagoniza escándalos de maltrato al cliente- por parte de un gobierno de tecnócratas que, dicen, “gobierna para los empresarios”.

Duque (cuya hermana, Maria Paula, es vicepresidenta de relaciones estratégicas de Avianca), quien fue elegido de la mano del sector privado, no ha ni rechazado ni aceptado la iniciativa. Pero, con la bancarrota, el debate continuará.

Historia de altibajos

Avianca emplea a 21.000 personas, de las cuales 14.000 están en Colombia. Es la segunda aerolínea más grande de la región después de la chilena Latam; tiene 176 aviones, opera a 150 destinos y hasta ahora ofrecía 5.100 vuelos semanales.

La marca está registrada en la memoria de los colombianos, en parte porque en 1973 se incendió su emblemático edificio en Bogotá y porque en 1990 los narcos derribaron uno de sus aviones.

Según Skytrax, un servicio de consultoría aeronáutica, Avianca es la mejor aerolínea de América Latina. Pero en otros portales de críticas, como Official Aviation Guide, registra como una de las que más retrasos y quejas presenta de la región.

No es la primera vez que la aerolínea se declara en bancarrota ante la justicia estadounidense, aunque esta sea, según su presidente, Anko van der Werffa, “la crisis más desafiante en nuestra historia“.

En realidad, aerolíneas como Delta, American y United entraron a este proceso durante la crisis posterior al 2008.

Aviones de Avianca.

Reuters
El sector aeronáutico es uno de los más perjudicados por la pandemia del coronavirus.

La última emergencia de esta magnitud para Avianca fue en 2003, cuando el proceso de renegociación resultó en la compra de la mayoría de las acciones por parte del empresario Germán Efromovich, quien aún hoy posee la mayoría, pero perdió el control de la junta.

El brasileño quiso convertir Avianca en una “aerolínea latinoamericana“, invirtió en Bogotá y San Salvador como principales centros de conexión, desarrolló aerolíneas satélite en Perú, Argentina y Brasil y se alió con la gigante estadounidense United Airlines.

La aerolínea, cuya sede fue trasladada a Panamá, se disparó durante la primera década del siglo.

Pero hacia 2017, con la desaceleración de la economía latinoamericana, reflotaron los problemas: las operaciones en Brasil resultaron un fracaso y la empresa tuvo que acogerse a una ley de quiebras; la crisis en Argentina contrajo la demanda por vuelos internos de bajo precio; y un viejo y profundo conflicto con el sindicato aeronáutico en Colombia significó retrasos, protestas y el despido de decenas de pilotos en 2018.

Germán Efromovich

AFP
Germán Efromovich ha sido la cabeza de Avianca desde 2003 pero en los últimos años perdió su posición en la junta.

“Antes de los años 80 el mercado global estaba compartimentalizado y no había política de cielos abiertos”, dice a BBC Mundo el economista Salomón Kalmanovitz.

“Pero eso cambió en los 90, se abrió una competencia plena, bajaron los precios y Avianca nunca pudo adaptarse a ese nuevo escenario”.

“Entre 2003 y 2015 tuvieron buen desempeño y eso le dio alas para expandirse, pero la crisis la castiga muy duro porque se creyó el cuento de que la bonanza de esa época, generada por el auge de las materias primas, los bajos impuestos y la apertura total, era para siempre”, agrega.

Kalmanovitz, que escribió una columna de El Espectador criticando el rescate estatal, recuerda que Avianca siempre ha tenido una participación, a veces mayoritaria, de empresarios extranjeros.

Menos colombiana que su reputación

Avianca fue creada el 5 de diciembre de 1919 y se llamó Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos (Scadta). Los impulsores eran tres alemanes y seis colombianos que hacían parte de un grupo de inversionistas en Barranquilla, la ciudad portuaria en el norte de Colombia más cerca del Canal de Panamá.

Para entonces, la única aerolínea rentable del mundo era la holandesa KLM.

Según una investigación del historiador Luis Eduardo Rosemberg, la llegada del nazismo al poder en 1933 tuvo cierto impacto en Scadta, porque el gobierno alemán quiso utilizarla como parte de su estrategia geopolítica en la región.

Algunos de los fundadores alemanes de la empresa, además, parecían mostrar simpatía con el nacional-socialismo.

A finales de los años 30, según registros de la época, el gobierno estadounidense presionó al presidente colombiano Eduardo Santos para que nacionalizara Avianca y despojara a los alemanes de su participación en la empresa.

Fue así como, en junio de 1940, la compañía pasó a llamarse Avianca. Era una empresa colombiana cuyo principal accionista, sin embargo, era el gobierno estadounidense a través de Pan Am Airlines.

Con el tiempo la participación accionaria fue cambiando, pasó por el portafolio de los principales millonarios de Colombia y, en 1975, quedó en manos de la empresa más poderosa del país en ese entonces: el Grupo Santo Domingo, dueños de cervecerías, canales de televisión y servicios aduaneros, entre otras cosas.

“Avianca gozó durante años del proteccionismo del Estado, que limitaba la competencia, le dio el monopolio del correo y la rescataba cuando necesitaba, pero cuando llegó el libre mercado en los 80 y 90, nunca supo adaptarse”, concluye Kalmanovitz.

Bajo las riendas de los Santo Domingo, en 2003, Avianca cayó en bancarrota. Y ahora, con el coronavirus, la historia se repite.


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